«Los muertos», de Agustina Bazterrica: anatomía de un horror íntimo
Cuando «Cadáver exquisito» (Alfaguara, 2018) irrumpió en el panorama literario internacional, Agustina Bazterrica se convirtió en una de las voces más inquietantes y leídas de la narrativa argentina contemporánea. Aquella distopía feroz, capaz de incomodar y fascinar a partes iguales, se volvió un clásico instantáneo y consolidó una poética que ya latía en la trastienda de su obra. Mucho antes del fenómeno global, Bazterrica venía explorando, cuento a cuento, los pliegues más oscuros de la condición humana. Ahora (enero de 2026), Alfaguara reúne una serie de relatos que dialogan con ese universo perturbador en un único volumen titulado «Diecinueve garras y un pájaro oscuro». En estas historias breves, la autora se adentra en el territorio del miedo, las fantasías delirantes y el humor negro más filoso. El amor, la amistad, la familia y los deseos inconfesables se ven sometidos a una tensión constante, como si cada vínculo escondiera una grieta a punto de abrirse. En LENGUA publicamos en exclusiva uno de los cuentos, «Los muertos», una muestra contundente de la potencia narrativa de Bazterrica.
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Agustina Bazterrica. Crédito: Rubén Digilio.
Todos los muertos van a la luna. Cuando el cuerpo de un muerto se pone duro y frío es porque entiende que poco a poco se va a ir haciendo humo, como cuando el agua está muy caliente y todo el humo blanco sube al techo. Primero un dedo, después el otro, el brazo, la cabeza, hasta que todo el cuerpo queda atrapado en algún pozo de la luna.
Mamá nunca supo explicarme qué es ese polvo que queda en el cajón. Yo sé lo que es. Una vez fui a la casa de tío Alberto. Comí el polvo de tía Camelia. Tío Alberto lo guardaba en una caja que mi papá me dijo que se llamaba urna. El gusto era feo y manchaba. Tío Alberto me dijo que la urna no se tocaba, pero a mí no me importó y lo comí a escondidas. El padre Benito me dijo, y yo le creo porque él es sacerdote y los sacerdotes son buenos y no mienten, que estamos condenados al polvo por nuestros pecados. Me dijo que estar condenado es como ir directo al infierno. Yo pienso que el polvo es la suciedad del alma, es por eso que meten el ataúd debajo de la tierra, para que los pecados no lastimen a nadie.
Mamá está en la luna. La extraño. Me llama. Me dice, quiero que vengas porque los muertos me dan miedo. Ella me cuenta que todos miran algo. Algunos miran, pero es como si no miraran nada, como si tuviesen los ojos llenos de nada, pero otros miran enojados, tan enojados que mamá llora y me llama. La extraño. Quiero hacerme humo, pero no estoy muerto. La voz de mamá es muy linda. A veces me canta.
Ayer decidí que voy a ir a la luna. Me voy a cortar un dedo. Lo voy a enterrar en el jardín. Después me voy a cortar el otro, la mano, el brazo, la cabeza, hasta que todo el cuerpo quede atrapado en algún agujero de la luna y pueda estar con mamá.
Papá me pegó. Estaba buscando el cuchillo para cortar la carne y lo encontró en mi cuarto. Me dijo, qué hace esto acá y le dije que mamá gritaba y que yo tenía que ir a la luna con ella, pero me pegó en la boca. Callate mocoso, qué decís. Se fue. Me dejó encerrado. Papá es malo. Papá me pegó.
Ahora mira tele. La prendió y está fuerte, tan fuerte que las palabras se meten en mi cuerpo. Me quieren cortar las venas. Son malas como papá. Mi papá es como una palabra negra y grande que mira. Me da miedo. Papá es malo. Seguro que comió el polvo de tía Camelia y por eso me pegó. Seguro que lo probó a escondidas y por eso ahora es tan malo.
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Es raro que no me haya cortado el cuerpo. Ni siquiera la cabeza. El tío Alberto y papá estaban en casa y no me animé. Creo que papá también extraña a mamá, y a veces llora. Como toma mucho, tiene mucha agua en el cuerpo y llora más. Cuando tiene tanta agua en el cuerpo, papá no es una palabra mala que me da miedo. Es como los títeres de la plaza que parece que se caen todo el tiempo, aunque no se caen porque los sostienen hilos que casi no se ven. Pero papá no tiene hilos y se cae de verdad. A veces pienso que papá tenía hilos adentro y cuando mamá se murió todos los hilos de papá se cortaron.
La otra vez papá no estaba tan triste ni lloraba tanto. Vino a casa sin el tío Alberto y con una señora. La señora tenía una pollera parecida a la de mamá, una con flores de colores y papá le acarició la cabeza, pero no como a mí, se la acarició distinto, más despacio. Después subió a mi cuarto. Yo subí antes y me acosté con la ropa y despierto. Papá pensó que yo dormía.
Salí de la cama sin hacer ruido, caminando como si flotara. En el living la señora estaba acostada en el sillón y tenía el pelo rubio en una almohada. Papá le dio un beso y eso me dio rabia. Yo sabía que tenía que ir a dormir porque era tarde, pero yo no tengo la culpa de portarme mal. Todo es culpa de tío Alberto. Él guardó el polvo de tía Camelia en esa caja y yo lo probé. Ahora tengo la suciedad del alma de tía Camelia pegada en el cuerpo, pero adentro. Quiero que se vaya, pero no sé cómo se limpia adentro. Un día le pregunté a papá qué pasaba si tomaba agua bendita porque el padre Benito me dijo que el agua bendita limpia las impurezas del alma. No entendí bien lo de las impurezas, pero me imaginé que el agua bendita es como lavandina, que limpia cosas que no se ven. Papá me dijo, cómo vas a tomar eso, no digas pavadas. La tele estaba prendida. Estaba fuerte. No había palabras, había dos policías corriendo que disparaban y gritaban. El living estaba oscuro, pero con la luz de la tele podía ver el pelo rubio de la señora, a veces parecía negro, porque la luz se iba, pero después, cuando la luz volvía era otra vez rubio y largo. No me gustaba ese pelo, era raro cómo se movía en la almohada, no era como mi pelo o el de papá, que es corto y no se mueve. Hubo más disparos y la señora se sacó la pollera con flores de colores, igual a la de mamá. La tiró en el piso. Papá no le dijo que la levantara, como hace cuando yo tiro mi ropa. Eso me dio rabia. Después papá trató de sacarle la camisa, pero ella le dijo que no. Papá y la señora parecían mojados, como cuando uno se baña, pero no estaban desnudos. La señora tenía la camisa y papá el pantalón. Había olor al polvo de la tía Camelia. Parecía que las piernas de la señora querían lastimar la cabeza de papá, pero papá no gritaba. Las piernas eran muy largas y blancas y se movían como el pelo. No me gustaron, parecían as patas de un bicho gigante, como esos que veo en la tele. Las patas de una araña blanca. La señora le decía algo en voz baja. No era como la voz de mamá, era distinto, la voz de mamá es más linda. Papá le dio más besos y la agarró de los brazos. Después papá se empezó a mover fuerte como si los policías de la tele le pegaran tiros. Una, dos, tres y más balas en el cuerpo de papá que no dejaba de moverse. Cuatro, cinco, seis y más balas en la espalda, en las piernas, en la cabeza. La araña se puso a llorar. Pensé que se había puesto a llorar porque le estaban disparando a papá. Pero no, las arañas no son buenas, las arañas no lloran. Después papá se quedó un rato quieto y le empezó a decir cosas. Ella seguía haciendo que lloraba, pero yo sabía que era mentira. Después gritó un poco y pensé que papá la había lastimado y me alegré. Después me dio un poco de miedo porque pensé que papá se había convertido en una palabra negra y la estaba haciendo llorar en serio. No me dio miedo por ella, por la araña, me dio miedo porque sabía que la palabra negra podía pegarme. Pero, después, se empezaron a reír y se abrazaron. Se les cayó la frazada al suelo. Yo no quise ser bueno y taparlos. La araña me daba asco.
Mamá ya no me canta. Llora y grita. Mamá me dice, estoy sola y quiero que papá me abrace como cuando estábamos juntos. Ya no me acuerdo del pelo de mamá, que no era marrón ni rubio, pero era como una mezcla de los dos colores. No me puedo acordar porque pienso que el pelo es igual a la suciedad del alma y que por eso ahora el pelo de mamá es polvo. Pero la voz y la piel de la cara y los ojos no pueden ser polvo. Seguro que ella se evaporó con todo eso, menos el pelo que ahora debe ser como tierra, pero de un color más lindo.
Le dije a papá que mamá lo extraña. Me tocó la cabeza y me dijo que ella está en el cielo con los angelitos y que está muy feliz. No me gustó que me tocara la cabeza, porque lo hizo sin mirar y me despeinó. Entonces, le dije enojado, no, mamá grita y llora porque está sola en la luna y tiene frío y quiere que vayas. Me miró con cara rara. Se sentó en el sillón y se puso a tomar. Parecía que quería llorar, pero no podía porque le faltaba tomar más. Miró una foto de mamá que estaba en la mesa y ahí me di cuenta de que papá tiene miedo de ir a la luna, entonces fui a buscar el cuchillo para cortar la carne.

