Vista del amanecer en el trópico

Guillermo Cabrera Infante

Fragmento

El hombre (era un mulato largo, de manos largas y flacas y piernas tan largas que cuando se paraba realmente se ponía en pie: parecía desdoblarse, desenrollarse como un acordeón de huesos y armarse sobre sí mismo en el aire, componer los miembros infinitos, echar adelante el pecho delgado y estrecho y también largo, y finalmente ganar el equilibrio, no pararse, que ahora tenía puesto un sombrero de paja blanca o amarilla, pálida, que llevaba con las alas vueltas hacia arriba, como lo llevan los negros de la ciudad, que no creen en el sol, su cara era huesuda y flaca y también impenetrable, no por los espejuelos oscuros que usaba, sino por sí misma, hermética excepto cuando se reía y mostraba uno o dos dientes de oro, y era que su risa era su comunicación cierta, su risa y la guitarra que entre sus manos extensas, entre sus brazos de mantis atea parecía un violín, una mandolina, una bandurria: la atravesaba al pecho, amarilla contra la camiseta blanca que la camisa de rayas negras y blancas dejaba ver, impoluta, abotonada con esmero, decorada por la gran medalla de oro de la Caridad, abierta la camisa con el propósito de mostrar el inmaculado interior, como dientes blancos sobre el pecho y la doble imagen dorada) se reía mientras tocaba no sé qué Longinao Santa Cecilia o En el sendero de mi vida triste o algo así y dejó que las notas se alargaran, alcanzaran el semitono, se detuvieran como en un melisma infinito, en un definido gorjeo y se extendieran más allá de las palmas, de las copetúas en flor, por sobre el incendio vegetal de los flamboyanes, reproducido en la puesta de sol, en el fuego cósmico que estallaba, se integraba y volvía a reventar tras las grandes lomas moradas, azules, negras en un espectáculo increíble y único y gratuito, y que a nadie interesaba.

La vida amigo es como esa vaca muerta, dijo cuando acabó de tocar y puso sus manos cruzadas sobre la guitarra, tapándola. Ve la vaca muerta: nadie puede echarlo a usté patrás, dijo al muchacho, ni el yip darle marchatrás ni retrasar el reló de aquí del correo, porque ná deso va salvar la vaca. De manera que lo mejor es seguir su camino ca uno: la vaca pal matadero a completar el matarife lo que ustedes empesaron, dijo mirando para el muchacho, que era un recluta, pero también para el cabo y el otro soldado que venían en el jeep y que bajaron por la insistencia del muchacho, del chofer, a dar excusas por la vaca atropellada, ustedes pa dónde iban tan apuraditos, la gente aquí pa su casa a seguir haciendo lo que estaban, acás, dijo, así con esa ese de más, mirando para el compungido campesino que tenía detrás, pa su miseria menos en tiempo muerto, y yo, que voy a seguir tocando hasta que la máquina invisible nos alcance un día sin ruido a mí y a mi guitarra... O que una cansionsita désas o un discursito tuyo se te atraviese como boniato sin grasa y te atragante, oíste, dijo el cabo mirándolo fijo. Puede ser cabo, dijo el negro. Puede ser. Es como digo yo: en la vida todo sale. El cabo plantó su bota con ruido sobre el piso de madera de la bodega-oficina-de-correos-alcaldía-bar-club-y-centro-de-veteranos del pueblo y sacudió una mano con el índice torcido que señalaba al músico. Oye lo que te voy a decir, dijo, negroemierda. Negro, dijo el negro. No, negro no, negro de mierda, dijo el cabo amenazador. Como usté diga cabo; usté es la ley y la palabra de Dió y el cabo, dijo el negro sin mover un dedo de la guitarra, sin echarse atrás ni adelante, sin dejar de mirar al cabo, a los tres soldados. Bueno, dijo el cabo, tú eres un negroemierda y un bocón y ya te tenemos fichado. Así que te vas a ir yendo con la música a otra parte. Cuando regresemo, no te quiero ver por aquí. Es un consejo. Recuérdate de la vaca. No me olvido de la vaca cabo, dijo el negro. Grasia por el consejo. Asétalo en lo que vale chico, dijo el otro soldado. Recuérdate de la vaca, repitió el cabo moviendo su dedo. Vámonos cabo, dijo el muchacho, el chofer, el recluta, por favor que nos va coger la noche en la carretera todavía. ¿Qué? ¿Tienes mieo? No cabo, miedo no, pero estamos sin luces: la vaca hiso trisas los focos. ¿La vaca? La vaca no, tú chocaste con ella. Yo seguí sus órdenes cabo, dijo el muchacho. Sí, yo te dije que corriera pero no que chocara, dijo el cabo, final, y se volvió para el negro: Recuérdalo: ni tú ni tu guitarrita ni tus chansitas de música o de palabra, a la vuelta, oíste. Dijo el negro: Como usté diga cabo.

Se fueron. Cuando el jeep no había arrancado todavía después de haber sido inspeccionado de nuevo, y ya el sol, solo, se ocultaba en la indiferencia de los que estaban en el portal mirando nada más para los tres soldados, el negro resbaló una mano casual sobre las cuerdas, que sonó como un acorde, pero que fue más bien el punto final al incidente —y cuando se fueron de veras, cuando se metieron en la curva protectora y tras la última casa del pueblo, el negro volvió a tocar y volvió a cantar y volvió a reírse como tocó, cantó, rió antes de que llegaran los soldados, cuando mataron la vaca, cuando bajaron del jeep todavía atontados por l golpe o la sorpresa, cuando vinieron hacia la casa, hacia el grupo, cuando buscaban al dueño y encontraron su música y su risa y su sorna, que seguiría allí, sin la menor duda, después del último soldado, después del último animal (o hombre) muerto y después del último jeep apurado o con miedo o con las dos cosas a la vez, que sucedía.

Cantaba María Bonita, con música de Agustín Lara y letra del cabo:

Recuérdate de la vaca,

María Bonita, María del Alma, recuérdate de sus ojos

tan dormiditos y tan en calma...

La noche antes, como a las dos, entró el que parecía el líder a decirles que iban a asaltar un cuartel. No les dijo qué cuartel. Dijo que los que no estuvieran de acuerdo podían renunciar al ataque. Se les pediría, nada más, que se quedaran en la finca hasta dos horas después de la salida del grupo. Sería una medida de seguridad tanto para los que fueran como para los que no fueran. Uno de los hombres habló. Él no estaba de acuerdo con el asalto. Ni siquiera sabía por qué estaba allí. Había venido acompañando unos amigos al carnaval. Creía que el ataque tenía que fallar. Sin embargo, añadió, voy a ir. Dos más decidieron no ir. Cosa curiosa, el hombre que fue sin estar de acuerdo peleó, se portó bien y resultó herido, pero salvó la vida y de los siete que quedaron en la casa no quedó uno vivo. La policía, el ejército, la secreta o lo que fuera descubrió el lugar y cercó la casa-vivienda, y los hicieron salir gritándoles con un megáfono que se rindieran. Los fueron matando mientras salían, uno a uno.

Hay una frase popular que dice que cuando un negro tiene canas / es porque es viejo con ganas. Este negro, este hombre, era viejo, pero caminaba ágilmente y sin miedo por la calle, aunque no lejos todavía se oían disparos aislados y de vez en vez una ráfaga de ametralladora, clara, distinta, d-e-s-t-a-c-a-d-a de los ruidos habituales del amanecer: gallos que cantan, pájaros trinando en los árboles, una ventana que se abre y la hoja golpea contra la reja de hierro. Subió por Caridad con el pan debajo del brazo y saludó a alguien que pasaba. Dobló por Espinosa y al llegar a Sebastián Castro y Saldaña oyó el motor. Vio cómo el jeep asomaba sus faros todavía encendidos y después todo el chasis por la comba de la loma y vio también los soldados. El jeep pasó de largo, él siguió su camino. Entonces oyó que de atrás lo llamaban por su nombre. Se volvió y recibió los tiros en el pecho, en el cuello y la cabeza.

Claro que lo conocían: todo el mundo lo conocía en la ciudad: fue revolucionario hace años y estuvo en la cárcel y escapó a la muerte muchas veces. Pero no esta vez. Hacía una semana que estaba enfermo y como vivía solo tuvo que salir a comprar su desayuno. Todo el mundo lo conocía y estuvo tirado en la calle, muerto, con el pan sobre lasangre encharcada, hasta las doce del día o más. Como ejemplo, parece, o más bien un símbolo del tiempo en que le tocó morir —que fue, como el de todos los hombres, malo para vivir.

Lo único vivo es la mano. Al menos, la mano parece viva apoyada en el muro. No se ve el brazo y quizá la mano esté también muerta. Tal vez sea la mano de un testigo y la mancha en el muro es su sombra y otras sombras más. Abajo, medio metro abajo, está el césped quemado por el sol de julio. Hay claros en la yerba, de pisadas o senderos de tierra o cemento. Ahora los senderos aparecen blanqueados, fulgurantes, por la luz. Un objeto que está cerca —una granada, el casquillo de una bala de cañón de alto calibre, ¿una cámara de cine?— se ve negro, como un hueco en la foto. En el sendero, sobre el césped, hay cuatro, no: cinco féretros, que son cinco simples cajas de madera de pino. (Parece que hay seis, pero ese último ataúd es la sombra del muro.) Una de las cajas está medio abierta y tiene un muerto en el suelo y en la caja más cercana el muerto, también fuera, tiene puesto un brazo como reclamándola. La caja que se ve mejor, a la derecha, está clavada y lista para hacer el viaje. En medio del patio hay un muerto solo, que no tiene ataúd pero que lo espera, doblado en un garabato, con un latón de basura que cubre su cabeza en un acto que puede ser de piedad o burla. Hay algunos árboles al fondo que dan una sombra oscura. Arriba, a la izquierda, un gancho de hierro forjado se funde a los árboles negros y parece un signo. No es más que un adorno del muro o de un balcón del cuartel.

Lo único que queda de él es la fotografía y el recuerdo.

En la foto está sentado en el suelo y mira al fotógrafo como mirará a la muerte, sereno. Está herido porque se ve la sangre que baja por la pierna derecha y un manchón oscuro sobre el muslo, la herida —y no es una cornada—. De manera que nadie corre a llevar el diestro a la enfermería. Esto no es una corrida y el piso de azulejos moros no es de la capilla, de una plaza de toros de provincia. Es un cuartel, en tiempo de carnaval, domingo. El herido no se vistió de luces porque no es un torero ni quiso posar de matador. Trató de poner fin a una tiranía y se disfrazó de soldado en la madrugada y vino a atacar el cuartel con noventa muchachos más. Ahora el ataque fracasó y él está ahí tirado en el suelo del cuerpo de guardia esperando a que lo interroguen. No tiene miedo ni siente dolor, pero no se jacta ni siquiera piensa en el dolor o el miedo: hace el fin con la misma sencillez que hizo el comienzo, y espera.

El recuerdo sabe que segundos después lo levantaron a empujones, luego de tumbarle el cigarrillo de la boca de una bofetada y de insu

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