Prefacio
Santa Anna y el México Perdido es una novela diferente sobre la vida del controvertido general presidente, y esa enorme parte del territorio mexicano, que fue perdida ante Estados Unidos en la polémica guerra de 1847.
Estas páginas presentan la saga de la familia Escobar, y su tragedia, al verse dividida por las guerras de Texas y México.
Ciertos estados del norte de México alguna vez fueron mexicanos y, después del triunfo de Houston y Scott, pasaron a manos extranjeras, con lo que la vida de sus pobladores cambió de la noche a la mañana, puesto que tuvieron que enfrentarse a una nueva economía esclavista, una religión diferente y un gobierno discriminador, dando inicio a ese profundo racismo que hasta el día de hoy agrede a los mexicanos residentes en Estados Unidos.
El norte de México, de mediados del siglo XIX, era un territorio poco poblado y gobernado por el centralismo de Antonio López de Santa Anna. Al pasar a manos de los norteamericanos, por su triunfo en la guerra contra México, se desató una fiebre de colonización que fue seguida por las expediciones de los pioneros en las sendas de Oregón y California, partiendo del río Missi-ssippi, en Independence Missouri.
Aquellos territorios, que según se pensaba eran mexicanos, en realidad desde tiempo atrás pertenecían a tribus indígenas, las cuales empiezan a padecer el acoso y la destrucción de su mundo por parte de los norteamericanos, los nuevos invasores y dueños de sus tierras.
En Santa Anna y el México Perdido se detalla cómo la familia Escobar, a pesar de que estaba compuesta por ciudadanos mexicanos arraigados en Santa Fe, Nuevo México, pierde todo en el momento en que el coronel norteamericano Sterling Price invade su territorio, en febrero de 1847.
Los hermanos Escobar, oriundos de Santa Fe, sufren en carne propia la paulatina invasión norteamericana en Texas, auspiciada por Esteban Austin, hasta llegar a la rebelión por su independencia de México, insurrección que tiene que ser sofocada por el general presidente Antonio López de Santa Anna, en San Antonio Béjar en 1836. Teodoro y Genaro Escobar enarbolaran banderas antagonistas al enfrentarse en el Álamo y San Jacinto. El destino los junta de nuevo en la sangrienta invasión norteamericana a México, en 1847.
Sixto Escobar, Kit Carson y John Mackenzie recorren las peligrosas y desoladas rutas de Santa Fe y Oregón, atravesando medio México (Estados Unidos desde 1848) hasta llegar a California. Caminaremos por los mismos senderos que recorrieron los primeros exploradores americanos como Jedediah Smith, Zebulon Pike, John Fremont, Jim Baker y Jim Bridger. Atajos llenos de naturaleza y belleza impoluta, en territorios aún deshabitados, antes de la conquista del oeste americano impulsada por el Destino Manifiesto.
Don Melchor Escobar y doña Gertrudis Esparza, oriundos de Santa Fe, formaron una familia compuesta por siete hijos. Cada uno de ellos se verá afectado de algún modo por la invasión norteamericana en Texas y México. Los odios se desatarán y la sangre correrá al ver sus intereses expuestos ante la ola yanqui que poco a poco los empieza a invadir.
Los Estados Unidos, a mediados del siglo XIX, contaban con un ejército de primer mundo. Militares destacados como William Worth, Robert E. Lee, Ulysses Grant, Quitman, Zachary Taylor, Winfield Scott y el capitán Teodoro Escobar, protagonista ficticio de esta emocionante historia. Hombres egresados de academias de renombre como West Point, quienes se graduarían en plena guerra contra México, para demostrase a sí mismos que eran el mejor ejército del mundo.
Como un castigo divino, 13 años después de la invasión a Chapultepec, este glorioso ejército invasor se destrozaría a sí mismo en una espantosa guerra civil, donde correrían ríos de sangre para acabar con el sistema esclavista que regó con sangre de negros los campos algodoneros del sur de Estados Unidos.
Acompañaremos a los hermanos Escobar en la heroica defensa del Álamo, junto al coronel Travis, Davy Crockett y Jim Bowie. Juzgaremos la inclemencia de Santa Anna al ordenar la ejecución de todos los prisioneros, para engendrar la legendaria frase de odio entre los texanos «Remember the Alamo», que lo perseguirá hasta la capital de México, diez años después.
Seamos testigos de primera fuente de las polémicas actuaciones de Mariano Arista en las batallas de Palo Alto, Resaca de Guerrero y Monterrey contra el osado Zachary Taylor; y la de Santa Anna enfrentando al aguerrido Winfield Scott en la Angostura, Cerro Gordo, Padierna, Churubusco, Molino del Rey y Castillo de Chapultepec, hasta ver ondear la bandera de las barras y las estrellas en Palacio Nacional, el 14 de septiembre de 1847.
John Mackenzie junto con los valientes pioneros en sus conestogas1 irán en su largo viaje hacia al oeste norteamericano, entre soles abrazadores, espectaculares paisajes, tormentas torrenciales, poderosos tornados, manadas de lobos, gigantescos osos, serpientes venenosas y el abominable Sasquatch. Un peligroso viaje entre interminables manadas de bisontes y ataques de furiosos indios en la ruta de Oregón, una década antes de que se desatara la fiebre del oro en California en 1849.
Emocionante aventura sobre la vida de don Antonio López de Santa Anna y la saga de los Escobar, en el México que todos los mexicanos perdimos, aunque para esperanza nuestra, millones de inmigrantes mexicanos ya están recuperando poco a poco con nuestra fuerza de trabajo y legal inmigración.
1 Carreta con el piso curveado hacia arriba en forma de cuna de bebé, cubierta con gruesas lonas. Su capacidad de carga era de hasta ocho toneladas. Las ruedas traseras eran más grandes que las delanteras y su piso estaba recubierto con brea para poder cruzar arroyos y ríos de considerable caudal. Fue la carreta ideal que transportó a la mayoría de las caravanas al oeste de Estados Unidos en el siglo XIX.
1
La ruta de Santa Fe
Albino Pérez, veracruzano como el presidente don Antonio López de Santa Anna, aprovechó su fuerte amistad con el general para ser nombrado como el décimo gobernador de Nuevo México, en la historia. Don Albino ascendió al gobierno en febrero de 1835, sucediendo a Francisco Sarracino y a su capitán Blas de Hinojos, asesinado en una emboscada en territorio navajo por tratantes de esclavos.
La famosa ruta de Santa Fe —abierta en 1821 sobre las veredas y brechas usadas desde siglos atrás por los indios de la zona y magnificadas por los españoles durante la colonia— atravesaba el enorme estado de Nuevo México. El Camino Real de Tierra Adentro, abierto en 1598, cubría 3 000 kilómetros, desde la Ciudad de México a Santa Fe, Nuevo México. La ruta de Santa Fe pasaba por Paso del Norte, lo que hoy es Ciudad Juárez, y corría paralela al Río Grande o Bravo, hasta llegar al pueblo de Santa Fe para de ahí enlazarse con la otra ruta comercial de St Louis Missouri, que conectaba con Nueva York y su puerto hacia Europa. Con la ruta comercial de Santa Fe, era posible que se comerciara en semanas entre la Ciudad de México y Nueva York. Para las caravanas bien organizadas y protegidas militarmente, la ruta era más cansada y larga que peligrosa. Para los aventureros y viajeros solitarios, que la desafiaban, era una ruta peligrosísima, donde lo mismo podías morir de sed en el desierto, que mordido por una serpiente de cascabel o ensartado por las flechas de los indios comanches y navajos de la zona.
Desde la Independencia de México en 1821, estos desolados territorios se vieron invadidos paulatinamente por los norteamericanos del este, que impulsados por el Destino Manifiesto, doctrina que les permitía posesionarse de cualquier territorio que Dios les pusiera en su camino, llegaban con sus anhelos de expansión desde San Luis Missouri hasta el océano Pacifico y de la frontera con Canadá hasta los estados del norte de la República mexicana.
La familia Escobar era una familia mexicana que vivía en Santa Fe, Nuevo México. Con el correr de los años empezaron a vivir esta paulatina invasión, donde los nuevos usurpadores, con un idioma y religión diferente, llegaban a posesionarse de amplias extensiones de tierra con sus esclavos negros, algo que rechazaba rotundamente la Constitución Mexicana de 1824.
Don Melchor Escobar y doña Gertrudis Esparza vivían en un modesto rancho con sus siete hijos. Don Melchor mantenía a su familia con una bien surtida tienda en el pueblo de Santa Fe, punto de paso obligado para las caravanas rumbo al norte. Durante años la familia prosperó con la venta de comestibles y provisiones para los viajeros del camino de Santa Fe. La familia completa ya empezaba a vivir los estragos de esta bien planeada invasión norteamericana, que contaba con más fuerza y desarrollo en San Antonio Béjar, al sureste de Santa Fe, en la provincia de Texas. No era ningún secreto para nadie de estas regiones, los deseos de independencia de los texanos comandados por Stephen Austin y Sam Houston, el Cuervo. Se rumoraba que de un momento a otro el ejército mexicano viajaría a Texas para poner las cosas en orden con los insurrectos esclavistas. El general presidente, don Antonio López de Santa Anna, planeaba él mismo en persona pasarlos por las armas por tan tremendo desacato a su gobierno.
El hijo más grande de los Escobar era Genaro, con 21 años cumplidos. Lo seguían, Teodoro, Sixto y Evaristo de 19, 18 y 16 años y Lucía, Jimena y Dominga, con 15, 14 y 13 años, respectivamente.
El gobernador Albino Pérez era buen amigo de don Melchor y juntos mantenían una sociedad secreta al abastecer a las caravanas del gobierno con agua, caballos y alimentos en el viaje de Santa Fe a Chihuahua.
Aquella soleada mañana de marzo de 1835, Albino Pérez y don Melchor se juntaron para desayunar, como acostumbraban hacerlo cada semana.
Su mesa se ubicaba en un pequeño espacio al aire libre a un costado de la tienda. Desde ahí se contemplaba majestuoso el paisaje desértico de Nuevo México, con sus largas extensiones de tierra, donde la vista se perdía hasta topar con alguna lejana montaña o risco de forma caprichosa.
Los dos hombres vestían como vaqueros del oeste norteamericano. Entre los hombres del pueblo llevar una o dos armas al cincho era común, ante el temor de algún asalto sorpresivo de los indios navajos de la zona.
—Este pueblo polvoriento se encuentra tan lejos de todo que si lo abandonáramos para siempre, el gobierno de México se enteraría cinco años después, Melchor.
—O a lo mejor nunca, Albino. Están más enterados los texanos de lo que pasa aquí con nosotros, que el gobierno de México. Si no fuera por el camino de Santa Fe, yo no estaría aquí con mi familia.
—No te quejes Melchor, que tu tienda vende muy bien. Invertir contigo me levantó los ánimos para no regresarme y decirle a Santa Anna que se fuera a la chingada con su Nuevo México de mierda.
—No me quejo, Albino. Lo que me preocupa es el alboroto que Esteban Austin está haciendo por querer separar a Texas de México. Gómez Farías lo encarceló el año pasado en Nacogdoches por andar incitando a los texanos a formar un gobierno independiente.
—Todo esto es consecuencia de errores garrafales cometidos por los gobiernos anteriores. El virreinato de la Nueva España nunca debió permitir que Moisés Austin trajera familias de protestantes a Texas, como si fuera la tierra prometida del gran Moisés bíblico. ¿Cómo permitieron que gente que no era católica, que no tenía nuestra sangre y que no hablaba nuestro idioma, tomara tierras que deberían ser para los católicos? Lo peor vino cuando la Nueva España, enfrascada en su lucha contra los insurgentes, dejó que las familias de Austin multiplicaran su población e influencia. Ahora ves que su hijo Esteban, con la muerte de su padre hace 14 años2, se cree el enviado de Dios que va a separar a Texas de México.
—¿Te has dado una vuelta por Nacogdoches últimamente, Albino?
—No, Melchor. ¿Qué cambio ha habido en ese maldito pueblo que parece una sucursal de Nueva Orleans?
—Ahí viven más o menos 4 000 habitantes, donde sólo una cuarta parte es mexicana. Los esclavistas hacen sus tianguis de negros en la plaza central sin importarles un pito lo que diga el gobierno local. El pueblo está lleno de tratantes de esclavos y vendedores de tierras texanas. Los verdaderos regidores del pueblo son los hermanos John y William H. Warton; David Burnet; Gail Borden; Williamson y Samuel Houston, todos ellos más norteamericanos que el difunto Washington y tienen como objetivo común, junto con Austin, hacer de Texas un territorio independiente de México.
—¡Hijos de la chingada! Que ni se atrevan a intentar algo así en Nuevo México, porque los fusilo a los cabrones. Soy el gobernador de este estado y por ningún motivo voy a permitir que contaminen la mente de nuestra gente con su porquería de protestantismo y esclavismo.
Don Albino revisó su pistola como cerciorándose de que estuviera cargada para evitar ser sorprendido por imaginarios texanos irrumpiendo en su sagrado desayuno.
—La cuestión es muy preocupante Albino. Mis hijos están tomando partido por los eventos y eso divide a mi familia. Constantemente tengo pleitos en la mesa por culpa de Austin y de Santa Anna.
—¿Quién defiende a quién?
—Genaro se quiere unir al ejército que Santa Anna planea mandar a Texas. Teodoro, enamorado de la hija de un texano, le coquetea a Sam Houston, el Cuervo. Cómo verás no tengo mucho para dónde hacerme.
—¿Y que con los otros dos?
—Sixto es neutral. Está hecho un idiota con las aventuras del trampero Kit Carson. Se quiere ir con él a explorar el oeste y Evaristo ama Santa Fe y me jura que multiplicará mis negocios en Nuevo México.
—¡Qué hijos! —dijo don Albino en broma—. Dile a Genaro que hoy mismo mando una carta a mi compadre Santa Anna para que le reserve un lugar digno en el heroico ejército mexicano. Genaro llegará muy lejos por estar en el lado justo de la contienda. Sé que Santa Anna tiene pensado entrar en acción contra Zacatecas por oponerse al centralismo y principalmente contra los texanos, es un hecho que se levantarán contra el gobierno.
Melchor agradeció el enorme favor de su gran amigo. Don Albino evitó preguntarle más sobre sus otras tres hijas. Los planes de las hijas no contaban en estas pláticas.
El ejemplo cismático de Texas, aunado al criticado sistema centralista de gobierno, despertó el interés separatista de algunas provincias del país como Yucatán y Zacatecas. El presidente general, don Antonio López de Santa Anna, accediendo a los ruegos del general Miguel Barragán, tomó el mando del ejército para someter en persona a Francisco García, el insurrecto líder zacatecano. Aunque las tropas zacatecanas sobrepasaban en número a las de Santa Anna, éstas no pudieron ante la superioridad militar de tropas entrenadas profesionalmente, a diferencia de las norteñas, reclutadas mediante la leva.
En mayo de 1835, las calles zacatecanas se vistieron de gloria, ante el abrumador triunfo del Napoleón del Oeste.
Días después, don Antonio López de Santa Anna, ataviado con su elegante uniforme militar, se encontraba en el palacio municipal de Aguascalientes, con una lista de los insurrectos que todavía faltaba por detener y fusilar, cuando una sorpresiva visita lo sacó de sus vengativos pensamientos.
—Mi general, afuera hay una persona a la que le urge hablar con usted —dijo uno de los escoltas que cuidaba celosamente la puerta del despacho.
Santa Anna frunció el ceño furioso, golpeando la mesa con un sonoro puñetazo que cerró nerviosamente los ojos del guardia.
—No estoy para nadie, grandísimo pendejo. En estos momentos sólo estoy para fusilar traidores y rebeldes.
El escolta regresó hacia la puerta, sólo para volver al minuto en compañía de una hermosa mujer de grandes ojos negros y cuerpo escultural.
—Usted, como hombre grande y vencedor del gobernador de Zacatecas, no puede decirle que no a una admiradora de sus proezas castrenses.
Santa Anna se quedó tieso como un cuerpo disecado al mirar a la hermosa mujer que deslumbraba el cuarto como un sol al aparecer entre las montañas. El insignificante guardia se encogió tras la ancha crinolina de la distinguida dama, para ser despedido del cuarto con una señal de su superior.
—¿A qué debo el honor de recibir a tan distinguida dama de la sociedad aguascalentense?
—Mi nombre es Luisa Fernández Villa de García Rojas, mi general.
—Mucho gusto, señora. ¿Qué la trae por acá?
Luisa Fernández era una mujer delgada de 33 años. Su belleza era admirable, especialmente ese día que la combinaba con un fino vestido de color vino, el cual contrastaba con su níveo rostro de ojos negros.
—Buscar con el invencible vencedor la separación de la provincia de Aguascalientes de Zacatecas. Nosotros no estamos contra el gobierno ni contra el centralismo. Somos un territorio independiente y queremos marcar nuestra línea contra el gobierno de José María Sandoval. Mi marido don Pedro García Rojas es un hombre de dinero e influyente en la sociedad de Aguascalientes. Él me mandó a hablar con usted para pedirle esto.
Santa Anna estaba deslumbrado con la belleza y empuje de la joven mujer. Cuando la dama se distraía, Santa Anna aprovechaba para mirar su escultural cuerpo. El hecho de presentarse sola, argumentando que el marido la enviaba para intervenir por la separación de Aguascalientes, lo ponía en terreno seguro para maniobrar. Mandar sola a negociar a una mujer, con un hombre como Santa Anna, era como ofrecerla para lograr el cometido. Su Alteza Serenísima no desaprovecharía el generoso regalo.
—¿Don Pedro sabe que lograr lo que usted me pide podría implicar un sacrificio?
—¿Qué es un pequeño sacrificio a cambio de convertirme en la esposa del primer gobernador de Aguascalientes?
Santa Anna se acercó a ella tomándola de la cintura. Sus rostros estaban a un centímetro de unirse en un ardiente beso.
—Nada, doña Luisa. Aguascalientes y su marido toda la vida le agradecerán enormemente este noble gesto de sacrificio.3
La singular pareja se abrazó en un apasionado beso de varios minutos. Doña Luisa estaba fascinada con el atractivo del general presidente y don Antonio absorbería hasta la última gota de este sabroso manjar que los dioses le ponían en su camino.
Sixto Escobar levantó el pesado costal de harina para terminar de colocar en la carreta conestoga los tres costales que el cliente requería. El vaquero los pagó y antes de subir a su carreta para continuar el viaje preguntó:
—Voy a Independence y necesito dos jóvenes valientes que me ayuden contra los indios del camino.
El vaquero era un hombre alto de ojos azules, delgado, de piel blanca, pero bronceada por el sol de Nuevo México.
Sixto y su amigo Kit Carson se miraron entre sí ante la oferta del vaquero.
—¿Cuánto paga? —preguntó Kit.
—Les pago el viaje de ida y vuelta de Santa Fe a Independence4, más 200 dólares para cada uno.
Kit y Sixto compartieron miradas de complicidad. La paga era buena y el riesgo valía la pena.
—Déjenos ir por nuestras cosas y nos vamos cuando usted diga —repuso Kit con una sonrisa contagiosa.
—En la carreta tengo dos buenos fusiles Baker y parque. No está de más que lleven sus pistolas.
—Voy por mis cosas —repuso Sixto emocionado.
Media hora después la conestoga jalada por seis briosos caballos, rodaba tranquilamente sobre el polvoriento camino. Abriendo el camino, librándose del polvo, venía otra carreta con el señor Mackenzie, su esposa y sus dos hijos pequeños. Kit Carson, Sixto Escobar y dos hombres más vigilaban el camino, mientras cabalgaban junto a los dos carros. A lo lejos, a su izquierda en el horizonte, se divisaban imponentes las montañas Sangre de Cristo. La ruta de Santa Fe se bifurcaba en el pueblito de la Junta, para abrir dos atajos que llevaban al río Arkansas y de ahí seguir por el borde norte del río hasta entrar al estado de Kansas. La ruta del río Cimarrón, aunque era más corta, implicaba cruzar varios ríos hasta llegar al cruce del Arkansas.
Kit Carson, conocedor de ambos atajos, tomó el libramiento norte que llevaba a Bent’s Old Fort (al viejo Fuerte de Bent) a través del cañón Raton Pass. Kit Carson5 a sus 24 años de edad, ya conocía ambas brechas como la palma de su mano. Su amistad con Sixto se remontaba a la adolescencia en Santa Fe, le gustaba llevarlo como acompañante cada vez que podía a lo largo de la ruta a San Luis, Missouri. El atuendo de Kit era más el de un indio norteamericano que el de un vaquero de Nuevo México. Los seis años de diferencia, que le llevaba a Sixto, eran lo que distinguía entre aprendiz y maestro, en cuanto a rutas hacia el oeste americano se refería. Sixto idolatraba más a Carson que cualquiera de su familia.
La ruta de Santa Fe a Independence cubría más o menos 1 300 kilómetros. A 160 kilómetros de Santa Fe, después de cruzar el pueblito de Cimarrón, en el río Canadiense y Clifton House. Al atardecer llegaron al cañón Raton Pass. El viaje había resultado sin incidentes y decidieron pasar la noche ahí, aunque con sus debidas precauciones.
Al calor de la fogata el señor Mackenzie les ofreció una agradable cena con carne de búfalo. El cañón era un sitio agradable y la vista de la bóveda celeste los dejaba sin aliento.
—Nos fue bien en el primer tramo. Ustedes son unos buenos guías —dijo Mackenzie ofreciéndoles un poco de ron y unos cigarros.
—El peligro no ha pasado, señor Mackenzie. Estamos en tierras de los comanches y es probable que ellos sepan que estamos aquí —repuso Carson sonriente, bebiendo el sabroso ron que le ofrecían.
—Los indios no atacan por atacar, si pueden comerciar lo que necesitan. Si ellos quieren algo nos lo harán saber mañana temprano.
—¿A qué se dedica, señor Mackenzie? —preguntó Sixto.
Mackenzie se sorprendió por lo directo de la pregunta del muchacho. Sabía que Sixto era un muchacho curioso.
—Si me están cuidando es justo que sepan lo que cargo para que tomen sus precauciones.
Los cuatro vaqueros se miraron nerviosamente. De lo que cargara Mackenzie en las conestogas dependería el acercamiento de los indios navajos y comanches.
Esa conestoga está retacada en su parte baja con botellas de ron que cargué en el Paso del Norte. El alcohol es un negocio muy redituable, muchachos, y su desplazamiento no es tan riesgoso como cargar plata u oro.
Los cuatro vaqueros miraron al mismo tiempo sus vasos. El ron blanco que les había ofrecido míster Mackenzie era muy bueno.
—¿Es del Caribe? —inquirió Sutton, uno de los dos vaqueros acompañantes.
—De Jamaica, amigo. La bebida ingresa por Nueva Orleans y de ahí llega por barco a San Luis, Missouri, o a Harrisburg (Houston). Mi trabajo consiste en distribuirlo desde Saint Louis a Chihuahua, amigos. Tarea nada fácil.
—También podría distribuirlo hacia California. Yo conozco los senderos para llegar allá —comentó Carson, orgulloso de conocer esas rutas desconocidas.
Mackenzie lo miró interesado. Comerciar hacia el Pacífico era algo que todavía nadie se atrevía. Los caminos eran inseguros y muy lejanos.
—Lo pensaré, chico. Tu oferta es tentadora. Déjame consultarlo con la almohada.
El manto de la noche cayó por completo en el desolado cañón. El aullido de los coyotes erizaba los pelos de los viajeros. Kit y Sixto no podían conciliar el sueño. El temor de ser sorprendidos por los indios no les dejaba pegar los ojos.
El amanecer llegó, con la sorpresa de que Sutton y su amigo habían desaparecido junto con la bolsa de cuero que guardaba el dinero de míster Mackenzie.
—Me golpearon al estar dormido y no supe más. De milagro no estoy muerto —exclamó míster Mackenzie preocupado. Su esposa, junto con los niños, no dejaba de llorar de la impresión.
—No se alarme míster Mackenzie. Los encontraremos y pagarán caro su falta. Como tardaremos mucho para llegar al fuerte Bent, seguro algo sabremos en el camino —dijo Carson buscando reconfortarlos.
Sixto consolaba a los niños con una bolsa de caramelos que llevaba en su morral. La señora Mackenzie sonrió agradecida por el buen gesto del mexicano.
Los viajeros reanudaron su viaje cruzando la frontera de Colorado y Nuevo México. Raton Pass se ubicaba exactamente en ese punto. Kilómetros más adelante divisaron a su izquierda los Picos Españoles y apareció frente a ellos el pueblo de Trinidad. Ahí se abastecieron de agua y continuaron su recorrido.
Diez kilómetros más adelante se encontraron con dos cuerpos amarrados a un árbol. La señora Mackenzie gritó aterrada al ver los cuerpos de los vaqueros que les habían robado la noche anterior, atravesados con flechas y sin el cuero cabelludo. Carson y Sixto se miraron entre sí sorprendidos. Buscaron entre las peñas y las rocas algún indicio de los comanches, pero no se movía nada en el paisaje desértico, salvo las moscas que entraban y salían de las bocas de los desafortunados vaqueros asesinados.
—¡Santa Madre de Dios! Lo que nos espera —dijo la señora Mackenzie entre sollozos.
—Tranquilícese, señora. Esos indios nos han visto y si no nos han atacado es simplemente porque no quieren. Estos son sus territorios y si así lo quisieran ya estaríamos igual que Sutton y su amigo —explicó Carson, buscando consuelo para la señora. Mackenzie sólo revisaba que sus dos pistolas y el fusil estuvieran cargados.
Horas más tarde un grupo de indios emergió entre las rocas para hacerles frente. Los tres hombres del grupo prepararon sus fusiles para hacer frente a lo feroces comanches. El que parecía ser el líder del grupo, se acercó poco a poco con un morral de cuero levantado con su brazo derecho en muestra de paz. Ninguno de los otros indios tenía un arma o intentaba sacar una. Mackenzie reconoció su morral y las intenciones amistosas de los comanches.
—Quieren negociar, muchachos. Ellos son los que victimaron a Sutton y su amigo —explicó Mackenzie.
Mackenzie intentó comunicarse con inglés y señas, dando muestras de agradecimiento.
El jefe comanche tenía dos tatuajes de guerra en el pecho. Uno representaba a un cuervo y el otro, a un coyote. Su cabeza mostraba una vistosa cabeza de bisonte. Los otros seis comanches vestían calzones y botas de cuero de bisonte. Sus torsos iban desnudos y sus cabellos recogidos en largas colas de caballo.
—Él está agradecido contigo por recuperar su morral. Jefe Mackenzie y nosotros ser tus amigos —intervino Carson hablando en perfecto comanche. Mackenzie y Sixto miraron asombrados al experto guía de Taos.
—Yo, jefe Coyote negro, también ser su amigo y estar interesado en comerciar con sus botellas, a cambio de algunas pieles que tenemos.
Mackenzie sonrió satisfecho. Tenía varias botellas de ron para calmar a los comanches y un rifle de más, por si se necesitara.
—Dile que tengo las botellas que quiere y un rifle para él. Deseo conservar la amistad de Coyote negro, ya que voy a pasar seguido por esta ruta.
Coyote negro quedó satisfecho con la caja de 24 botellas y el fusil Baker6 que le cambió Mackenzie por varias pieles de zorro.
Aunque Mackenzie perdía en esta negociación, él sabía que ganaba por haber recuperado su morral con el dinero. Él sabía que podían estar igual de muertos que los vaqueros traidores. Ahora contaba con un valioso aliado en estas peligrosas rutas de Nuevo México.
Después de comer con los comanches, los viajeros reanudaron el paso para pasar esa noche en el Viejo Fuerte de Bent, en Colorado.
Don Antonio López de Santa Anna, nombrado Benemérito en Grado Heroico después de someter a Francisco García en Zacatecas, regresó triunfante a la capital a fines de mayo de 1835, en compañía de doña Luisa Fernández Villa. La razón del viaje a México, de tan singular dama, obedecía a formalizar la independencia de la provincia de Aguascalientes. Don Pedro García Rojas, entendiendo la importancia del viaje, prefirió esperarla en Aguascalientes, ya que desde días atrás fungía como el primer gobernador oficial del nuevo estado de la República mexicana. Las malas lenguas de la región decían que había cambiado las nalgas de su mujer por la gubernatura; un cambio muy polémico y beneficioso, dependiendo de la perspectiva con que se le mirara.
La casa en la que doña Luisa se hospedó, en la calle de Plateros, era de lo más fino y selecto en la Ciudad de México. La elegante dama tenía un piso completo del edificio para ella sola. Don Antonio la visitaba todos los días para saber que todo estuviera en orden.
José María Tornel y Santa Anna se reunieron en el elegante Café del Sur para discutir sobre los últimos acontecimientos nacionales.
—El escándalo se escucha por todos lados, Antonio. Tu esposa está enterada de que andas aquí en México con esa mujer. Ya no sé cómo callar a Agustina, que es comadre de Inesita y no dudo que haya sido ella la que le comunicó la llegada de doña Luisa a la casa de Plateros. Tú sabes que entre viejas es imposible pedirles que guarden secretos, ya de por si yo mismo no puedo con las calaveradas que mi mujer me ha descubierto.
—No te alarmes, Chema. Inesita está embarazada y no puede salir de Manga de Clavo. No existe ninguna posibilidad de que me caiga aquí por sorpresa. Su embarazo presenta sangrado y necesita reposo total para cubrir los nueve meses. El chamaco nacerá por septiembre u octubre, así que no hay problema, y que siga el jolgorio.
Santa Anna hizo una señal al mesero. Un minuto después aparecieron doña Luisa y otra mujer de veintitantos años que acompañaba a la señora Fernández, desde su salida de Aguascalientes.
—Esa güera que acompaña a Luisa es su amiga y también viene sola y con ganas de conocer a un buen mozo. Es toda tuya, Chema. ¡Suerte matador!
José María Tornel Mendívil se quitó sus lentes para lucir más joven y dar su mejor imagen a la atractiva dama que se acercaba. Ser compadre y secretario de Guerra y Marina de Santa Anna tenía sus beneficios. Ya pensaría en algún pretexto para su amada Agustina. La Patria lo llamaba y había que responder con gallardía. Por nada del mundo le quedaría mal a su compadre Antonio.
John Mackenzie y su familia, junto con sus dos acompañantes decidieron pasar la noche en Dodge City, Colorado. La familia tomó una habitación de hotel mientras que Sixto y Carson, a invitación del señor Mackenzie, tomaron otra. Mackenzie hizo entrega de sus pedidos en las tres cantinas del pueblo, mientras que Sixto y Kit, después de tomar un buen baño y de rasurarse, decidieron visitar una de éstas.
Sixto cargaba su pistola al cincho y parecía más vaquero que el mismo Kit, que era de Missouri, pero parecía indio por su vestimenta, la cual incluía un cuchillo Bowie en vez de una pistola.
Al entrar a la cantina, el murmullo de los clientes se detuvo al ver a los dos intrusos tomar una mesa y pedir algo de tomar. El enjuto encargado del lugar, como si fuera un prisionero recién sacado de un calabozo de la Inquisición, se acercó amablemente a ofrecerles algo de tomar y de comer. En un rincón del local, tres hombres no dejaban de mirarlos detenidamente. Uno de ellos era gordo con una barba cerrada que casi le tapaba todo el rostro; el segundo, un hombre bajo con una nariz larga, que más parecía el pico de un ave buscando gusanos; y el último, un joven de escasos treinta años de fina estampa española con patillas negras al estilo Vicente Guerrero.
—¿Ya viste cómo nos miran esos tipos? —comentó Sixto, fingiendo indiferencia.
—Son rufianes que no se adaptaron a Texas y ahora hacen de las suyas en Kansas.
—Espero que no haya problemas.
El gordo que parecía oso se incorporó de su silla y se acercó a la mesa de Kit y Sixto. Con mirada burlona, tomó un pedazo de pan del canasto, lo remojó en el caldo de búfalo de Sixto y lo llevó a su nauseabunda boca.
Sixto tomó el caldo, e hirviendo como estaba se lo aventó en el rostro al Oso de Kansas, quien lanzó un grito de dolor.
El Oso intentó sacar su pistola, pero el cuchillo Bowie de Carson amenazó con cercenar el cuello del rufián. El vaquero chaparro sacó su pistola, pero un disparo de Sixto le voló el sombrero como advertencia.
—¡No intenten nada o no respondo! —les gritó Sixto lleno de decisión.
—Tranquilo, amigo. Bajen sus armas que no debemos hacer un escándalo aquí por un simple caldo de búfalo —dijo el vaquero de las largas patillas—. Guarda tu arma, Remigio. Vuelve a tu silla, Timothy.
Los compañeros obedecieron y regresaron a sus lugares. El vaquero de finos modales se acercó para presentarse.
—Soy Héctor Jaramillo. Me agrada encontrarme con muchachos tan valientes y decididos como ustedes.
—Soy Sixto Escobar.
—Soy Kit Carson. Creo que ya te había visto alguna vez en Saint Louis.
Jaramillo lo miró fijamente por unos segundos, como haciendo un esfuerzo por recordarlo.
—Por favor, llévese este caldo y cámbieselo por uno nuevo. Yo pago su cuenta —dijo Jaramillo al flacucho encargado.
—En la ruta de Santa Fe los valientes, los bandidos y los asesinos somos rápidamente conocidos —continuó Jaramillo.
El escuálido encargado sirvió cinco whiskys para dejar atrás el pleito. El Oso de Kansas parecía un animal domesticado por su amo. Su horrenda cara parecía inmune a la quemada del caldo sobre su bovino cuello. Si no fuera por Jaramillo, ya hubiera intentado matar a Sixto.
—¿En cuál de las tres encaja usted, señor Jaramillo? —preguntó Sixto preso por la curiosidad.
—En las tres, amigo. Para sobrevivir en el oeste americano se necesitan las tres. Me asombra lo buen tirador que eres. ¿Dónde aprendiste?
—Practicando todos los días. Sólo con práctica se logra eso. Hay que aprender a disparar parado y en movimiento. Practico mucho el disparo montando. Para enfrentarte a los indios tienes que estar muy afinado. Teniendo un solo tiro en la pistola, no te puedes dar el lujo de fallar7.
—¿Qué hacen por estos rumbos, amigos?
—Vamos acompañando a una familia a Saint Louis, ¿y ustedes?
Jaramillo sonrió ante la perspicacia de Carson al virar rápidamente la pregunta.
—Encontramos hombres a los que la ley busca, míster Carson. No me gusta trabajar y ése es un modo efectivo de hacer dinero, mientras me paseo y conozco este maravilloso territorio.
—Un trabajo muy riesgoso, señor Jaramillo.
—Casi igual que andar cuidando viajeros por la ruta de Santa Fe, amigo Sixto.
Los cinco rieron y brindaron. La tensión daba paso a una agradable plática sobre los peligros y maravillas de la ruta.
—Si se deciden a acompañarnos, planeo ir a California. El futuro de los Estados Unidos está allá. La compañía de un guía como Carson y un tirador como Sixto, es muy bien pagada por los exploradores del este americano. Si se animan voy a estar todavía un par de semanas en esta ruta limpiándola de su escoria. Ando persiguiendo una rata que se esconde en Topeka. Esa alimaña financiará mi viaje a California.
—Lo pensaremos, míster Jaramillo. Tenemos que ir a Independence y luego pasar de nuevo por aquí. Habrá unas cuantas noches para pensarlo —dijo Carson agradecido. Sixto sólo sonrió, chocando su vaso con los tres busca fugitivos.
—Tienes que despachar a esa mujer de vuelta a Aguascalientes, Antonio. La iglesia está ensañándose contigo. En los sermones sólo se habla de ti y de la desvergonzada de doña Luisa Fernández. Aunque el obispo Belaunzarán no te menciona por nombre, todo mundo sabe que eres tú del que despotrica y pone a un paso de las llamas —dijo Tornel a Santa Anna en el despacho de Palacio Nacional. Las ojeras de Santa Anna por sus desveladas se marcaban como las de un muerto.
—Malditos curas cínicos. Deberían besarme la mano por haber suspendido los decretos de Gómez Farías y suspender la persecución de los religiosos.
—La cosa es delicada, Antonio. Han llegado a decir que la salud de tu mujer está en riesgo por los corajes de saber que te estás revolcando desvergonzadamente en otro lecho. Como amigo tuyo, te recomiendo que te des una vuelta a Manga de Clavo y que la colmes de regalos y atenciones. Doña Luisa no aguantará sola un día en la capital. Donde se pare será insultada y presionada para que agarre su diligencia y se regrese a Aguascalientes.
—¿Atrás de esto está mi comadre Agustina, verdad, Chema? —in-quirió Santa Anna, sacando la espada de su funda y batiendo a un imaginario enemigo.
—Es ella y las esposas de los hombres del gabinete, Antonio. Lo siento, pero esta vez siento que sí te pasaste.
—Mañana mismo me marcho hacia Veracruz, para calmar a mi Inesita. Por lo pronto hoy me despido como todo un buen torero con su último toro. Doña Luisa no podrá sentarse de los dolores de nalga en su viaje de regreso a Aguascalientes.
Tornel sonrió satisfecho de haber convencido exitosamente a su superior de corregir el curso de la nave nacional. Irremediablemente, él también tendría que correr a despedirse de la amiga de doña Luisa.
—Somos dos los que nos tenemos que despedir, Antonio.
2 En 1821.
3 Santa Anna independizó Aguascalientes mediante un decreto el 23 de mayo de 1835. El escudo de Aguascalientes tiene unos labios con una cadena rota, en representación de este noble sacrificio de doña Luisa Fernández y su altruista marido don Pedro García Rojas. El muralista Osvaldo Barra Cunningham inmortalizó en 1961, en el palacio de gobierno del estado, un mural donde aparece la singular pareja. Santa Anna, a cambio de un tierno beso, le entrega a doña Luisa una paloma que lleva en el pico un listón que dice: «Libertad de Aguascalientes». Con la otra mano Santa Anna corta con un cuchillo la sangrante frontera de México. El mural causó tanto escándalo en la sociedad aguascalentense que el gobernador de esa época, Luis Ortega Douglas, le pidió al artista que borrara semejante imagen, a lo que el muralista chileno hizo caso omiso, por no ser otra cosa más que la verdad.
4 Poblado ubicado a la orilla del río Missouri, entre la frontera de Kansas y Missouri.
5 Christopher Carson nació en 1809, en Boon’s Lick, San Luis Missouri. Cuando tenía nueve años, su padre murió, evento que lo alejó para siempre de la escuela, haciéndolo incursionar en los bosques y senderos del oeste norteamericano. A los 14 años de edad fue aprendiz de fabricante de sillas de montar, en 1826 decidió cambiar de residencia a Santa Fe, Nuevo México. De 1828 a 1831, utilizó el pueblo de Taos como campamento base para sus incursiones como trampero y guía hacia California. Con el paso de los años, Kit se convertiría en uno de los más grandes tramperos y exploradores del oeste norteamericano. Participó como guía del general John C. Fremont en sus incursiones hacia Oregon, California y el centro de las Rocallosas. Además, guio las fuerzas del general Stephen Kearney de Nuevo México a Los Ángeles, en la guerra contra México en 1846. El presidente Polk lo premió por su patriotismo en Washington. Murió en Colorado, en 1868.
6 Rifle de un solo tiro inventado por el inglés Ezekiel Baker. Con la llegada de los Winchester de repetición en 1866, el fusil Baker quedó en el olvido. Aun así, fue el fusil exitoso con el que se pelearon las guerras napoleónicas, la guerra de 1812 en los Estados Unidos y la guerra de Texas en 1836. El Winchester es considerado el rifle que conquistó el oeste.
7 Los revólveres de repetición Colt 45 llegarían hasta mediados de siglo XIX.
2
Santa Anna sale rumbo a Texas
Davy Crockett8, hombre de 49 años de edad, era reconocido como uno de los primeros guías y tramperos del oeste norteamericano. Decepcionado políticamente por no haber conseguido la gubernatura de Tennessee, Crockett decide apoyar a los texanos en su lucha por la independencia. Reunido con siete amigos más, en un bar de Independence Missouri, Davy gritaba a los cuatro vientos Long Live Andrew Jackson y Don’t mess with Texas, ante el aplauso de unos e indiferencia de otros de los clientes del ribereño lugar.
John Mackenzie se había reunido en ese bar para despedirse de Sixto y de Carson. El largo viaje había concluido exitosamente y los tres brindaban por otro posible viaje, ya fuera en la ruta de Santa Fe o en la de Oregón.
—Ese hombre que grita «No se metan con Texas» es Davy Crockett —les dijo Carson, mientras sus amigos disfrutaban costillas de búfalo.
—Lo conozco. Se aventuró en la política y no le fue bien. Hay muchos que lo idolatran y otros que no lo bajan de mata indios servil al gobierno —repuso Mackenzie no perdiendo detalle del escandaloso bebedor.
Mackenzie hizo una señal de saludo con su tarro y fue inmediatamente reconocido por Crockett, que se incorporó de su silla para ir a saludarlos.
—Que chiquito es Independence para encontrarnos en este puerto ribereño, John.
—Lo hubiera creído más en Saint Louis, Davy. Mira, te presento a mis amigos Sixto Escobar y Christopher Carson.
Crockett dio una palmada de camaradería a Carson, dejando con la mano extendida a Sixto.
—A Carson lo conozco de Saint Louis. Un guía muy joven y dedicado. Al mexicano, no tenía el gusto.
El rostro moreno de Sixto lo delataba como mexicano a metros de distancia. Crockett no quería a los mexicanos y mucho menos ahora, que se uniría a Houston para abatirlos en San Antonio.
—¿Eres mexicano, Sixto? —preguntó Crockett despectivamente, como si fuera un agente de inmigración.
—De Santa Fe, míster Crockett. Mexicano como los nopales y el pulque.
—¿Lucharías por la libertad de Texas?
Sixto dio un trago a su cerveza. La espuma le dejo un cómico bigote para contestarle al arrogante Crockett:
—No pienso pelear por ninguno, pero si tuviera que hacerlo, lo haría por México, míster Crockett. Texas pertenece a México, soy mexicano y por los míos daría todo. Lo de Texas es una invasión a México, planeada por el presidente Jackson y sus amigos Houston y Austin.
—No me gusta como hablas, mexicano —dijo Crockett frunciendo el ceño—. Yo voy a Texas a apoyar su independencia.
—Pues que tenga suerte, míster Crockett. La va a necesitar. Es un hecho que Santa Anna y su ejército vendrán a Texas a fines de año.
Crockett sintió ganas de golpear a Sixto, pero la oportuna intervención de Carson y Mackenzie dejó las cosas de ese tamaño.
—Escuincle engreído, si no fuera por mis amigos te pondría en tu lugar aquí mismo. Cuando tú todavía tenías las nalgas cagadas yo ya peleaba con osos e indios en Tennessee.
—Pienso que mucho de eso son exageraciones, míster Crockett. Lo que sí es un hecho son los asesinatos de los pobres indios Creeks en Alabama en 1813.
—Shut up mother fucker! —dijo Crockett furioso, intentado abalanzarse sobre Sixto.
Mackenzie y Kit sujetaron de los brazos a Crockett, calmándolo antes de que golpeara a Sixto. Crockett regresó molesto a su lugar, vociferando maldiciones con sus amigos. Sixto y Carson mejor se retiraron para evitar un enfrentamiento con los amigos de Crockett.
El destino alejaría a Crockett del camino de Sixto y Carson. Davy Crockett tenía reservada su tumba en el Álamo, al año siguiente.
Don Melchor desayunaba con sus hijos y su esposa después de la misa del domingo. Doña Gertrudis se mantenía atenta a que no faltara nada en la mesa. Las niñas, Lucia, Jimena y Dominga, la asistían para que no le faltara nada a su exigente padre. Don Melchor era un hombre regordete de piel blanca y ojos claros. Un abultado bigote negro le daba un corte marcial a su abotagado rostro. Doña Gertrudis era una mujer morena, delgada y de rasgos indígenas. Se habían conocido en Chihuahua.
—Me llegó carta de Santa Anna, padre. Dice que me vaya para la capital para unirme a su ejército —dijo Genaro orgulloso.
—Me da mucho gusto que la carta de don Albino Pérez haya dado frutos, hijo. Con Santa Anna te vas a ir para arriba.
Teodoro los miró con ojos despectivos para comentar retadoramente:
—Santa Anna pierde su tiempo. Ni viniendo a Texas podrá evitar que se la quitemos.
—¿Qué se la quitemos? —preguntó Genaro burlonamente.
—Que se la quitemos, sí, lo dije bien. Voy a apoyar a los texanos para conseguir la independencia de Texas. Hay un reclutamiento voluntario en Nueva York, Pennsylvania, Missouri, Nueva Orleans y San Antonio para combatir en Texas a México. La paga es buena. Te ofrecen dólares y tierras, si triunfamos.
—¿De cuándo acá nos saliste tan texano? —preguntó don Melchor preocupado.
—Desde que se anda cogiendo a la texana hija del teniente Curtis, papá —intervino Genaro, tratando de sorprender a Teodoro.
—Tú cállate, que yo al menos tengo novia, no que tú se me hace que hasta maricón eres.
—Prefiero no tener novia a andar con una tejana culo suelto.
Teodoro se incorporó de la mesa para aventar a Genaro. Don Melchor gritó furioso poniendo orden.
—¡Basta! ¿Qué les pasa? No hacen más que pelear como animales.
—Él es el que empezó, papá. Yo no le dije nada —repuso Genaro a la defensiva.
—¿Díganme que ha hecho el gobierno de México por nosotros en Santa Fe? Nada. Recibimos más favores y beneficios de gente de Colorado y Texas que de Chihuahua. A México le importamos un carajo. Somos lo que somos gracias a los viajeros que van para el norte. Si dependiéramos de Santa Anna y su gobierno centralista, ya nos hubiéramos muerto de hambre —comentó Teodoro, lanzando sus mejores argumentos.
—Como se ve que el teniente ése te ha lavado la cabeza con sus sermones patrióticos, de un país esclavista que construye su progreso sobre los cadáveres de los pobres negros que mata como bestias de carga en las haciendas sureñas —intervino don Melchor tratando de imponerse.
—Con la ayuda de los Estados Unidos estaríamos mejor que con la de México. A México lo gobiernan unos pobres diablos que no saben ni gobernar en sus hogares. En Estados Unidos de 1789 a la fecha, en 46 años, ha habido siete presidentes9, sin que ninguno de ellos haya sido corrido o asesinado por sus ciudadanos. En cambio, en México, desde que se hizo independiente en 1821, hace 14 años, ha corrido la sangre de Iturbide y Vicente Guerrero. Ha cambiado de presidente 12 veces10. Tan sólo en 1829 hubo tres presidentes11. El mismo Santa Anna va y viene como presidente las veces que se la da la gana. Eso es una burla de país. Por eso estamos como estamos.
Don Melchor se sorprendía de las palabras de Teodoro. Ahora entendía el daño que le habían ocasionado los libros que leía en inglés y que conseguía en Béjar y Saint Louis. Teodoro, su hijo, se le escapaba como arena entre las manos. La influencia de la familia Curtis había hecho estragos en su educación.
—Tú eres mexicano y tienes que luchar por los tuyos, no por los inmigrantes protestantes del norte —repuso don Melchor tratando de corregir a su hijo.
—Yo soy de donde me convenga ser, papá. Tu falta de estudios no te permite ver lo inevitable.
—¿Qué es lo inevitable?
—Que Estados Unidos se va a apoderar de todo México, porque los mexicanos son unos pendejos ineptos, incapaces de defender lo suyo.
—¡Cállate! Tu hermano ha sido nombrado por Santa Anna como teniente del honorable ejército mexicano.
Teodoro miró retadoramente a los dos, para contestarles y abandonar la mesa indignado:
—Espero verte pronto en el campo de batalla, hermanito. Ya verás cómo les daremos inevitablemente en la madre.
Genaro frunció el ceño con gesto retador para contestarle:
—Nos vemos en San Antonio. Ahí tendremos el gusto de meterles su Destino Manifiesto por el culo.
Teodoro estuvo a punto de intentar golpear a su hermano, pero la oportuna intervención de doña Gertrudis los detuvo.
—¡Basta, par de idiotas! Antes de ser texanos o mexicanos son mis hijos y los dos salieron de mis entrañas. Nunca olviden eso. La familia es primero que todo. ¡Que todo! ¿Entendieron?
Genaro y Teodoro la miraron sorprendidos y con respeto. Su madre era de una fortaleza inexplicable. Don Melchor no sabía que decir ante su imponente presencia.
—¡Sí, madre! —repuso Teodoro respetuosamente. Genaro sólo asintió con la cabeza.
La fiesta de bautizo del hijo de Santa Anna estaba por comenzar en un par de horas. Su alteza serenísima se deslizó sigiloso al cuarto de Inés, mientras ella se vestía para el evento. Desde su regreso de la capital no había tenido intimidad con ella. La vanidosa señora le espetaba orgullosa: «Te metiste con esa ramera de Aguascalientes, ¿no?, pues a mí no me vuelves a tocar un pelo, cabrón, sinvergüenza, cínico, desgraciado…».
—¡Que hermosa te ves Inesita preciosa! —dijo Santa Anna, irrumpiendo sorpresivamente en la habitación de su esposa.
—¿Tú qué haces aquí? ¿Cómo te atreves a meterte sin permiso a mi cuarto?
—Princesita, en unas horas bautizamos a nuestro hijo y siento que ya es hora de que me perdones y me estreches en tus brazos.
Su Alteza Serenísima acercó sus labios para intentar besar el níveo cuello de su esposa.
—¡No te acerques!
Doña Inés tomó las tijeras del tocador para amenazar al presidente de México.
—¡Aléjate o te corto el cuello!
Santa Anna rio al ver a su esposa en paños menores intentar lo que muchos enemigos habían intentado sin éxito.
—¿Quieres matar al Napoleón del oeste, mi amor?
Santa Anna la desarmó rápido como un relámpago. Como si fuera un violador de terreno baldío, el héroe de Tampico despojó a doña Inés de las pocas prendas que la cubrían. Doña Inés fingía repeler el artero ataque de aquel semental veracruzano, que con violencia desmedida daba fin a un periodo de varios meses de abstinencia forzada por el embarazo de su mujer y por su descubierta calaverada con doña Luisa.
—¡Desgraciado abusador!… ¿cómo te atreves?… ahh… ésta sí no te la perdono… ah… sólo porque ya te vas para Texas, sino te juro que te lo cortaría y se lo aventaría a tus gallos… ah.
—Me fascinas, Inesita. Los