En el centro de la verja oxidada, un corazón gira sobre el eje de metal. El gemido se expande por el aire, cruza el césped, acaricia los bancos y se pierde entre el follaje de alerces y cipreses. A escasas decenas de metros, el blanco de la galería Borghese refulge a la luz de las farolas. Suspendida en la frente de la noche, una luna de marfil empapa la grava que inunda el tono esmeralda del césped.
Movido por el viento, el chirrido vuelve a sonar, se desliza entre las hendiduras, penetra en el espacio silencioso del museo. Alcanza la última sala, acaricia las telas y se encaja en la cabeza del hombre de rodillas, mientras sus labios se abren compulsivamente para liberar un grito.
Pero es incapaz.
Solo consigue llorar lágrimas que queman. Bruno mira a su alrededor, agotado por el terror. Dentro de las paredes del cráneo retumban los tambores. Los ojos se le ahogan en esa sal líquida, deforman la realidad, distorsionan la sala y todo lo que contiene en una vorágine de perfiles absurdos. Le tiemblan las manos, y el estruendo estalla en el cerebro ahogando el grito antes de que explote en la solemne quietud del museo.
Antes de que se tope con el último silbido del corazón giratorio.
Primera parte
EL CAZADOR
1.
Umbría, tres años antes
Aquel día, la campana tañía solemne mientras los rayos de un tímido sol brillaban en los reflejos escarlata del rosetón. La lluvia había dejado de caer hacía un momento y la madera descolorida del banco se encontraba completamente mojada. Del parterre de rosas blancas ascendía el olor a hierba. Un reguero de agua rozó la acera arrancando una hoja de castaño de Indias del borde en el que estaba acuclillada. La barquita amarillenta se balanceó en las aguas sucias, se dobló hacia un lado, después hacia el otro, para al fin ganar estabilidad, dispuesta a desafiar el oleaje unos metros más allá.
Dos ojos azules, bajo los hilos de oro del flequillo, acompañaron el balanceo de la hoja hasta un cúmulo de piedrecitas, donde encalló. Entonces la mirada de acero se volvió hacia la silueta del viejo situado de pie bajo la marquesina.
—¿Cuándo saldré? —silabeó lento el chico.
—No lo sé.
—¿Es por lo que hice?
El hombre soltó un suspiro profundo y no contestó.
—¿Así que no puedo salir por lo que hice?
El viejo asintió y el chico estiró los labios hasta que formaron una línea. Se quedó mirando otra vez la hoja que daba vueltas sobre sí misma, después levantó los ojos hacia lo alto, por donde pasaban pequeñas nubes algodonosas. Las siguió durante un instante, observando cómo se deshacían y se perdían en la lejanía.
Seguía repitiéndoselo, no había sido culpa suya que aquel hombre se hallara en su celda cuando él había cambiado. Pero todo era inútil: estaba definitivamente condenado, permanecería para siempre entre esas paredes, saliendo de vez en cuando al jardín para acrecentar la rabia y el deseo de libertad.
—No me parece justo —repitió, frustrado.
—Es la norma —le cortó el religioso, mientras una gruesa gota resbalaba por la corteza del sauce.
—No me parece justo, padre.
El hombre se esforzó para que su voz sonara firme:
—Cuando haces esas cosas horribles, tú… Tú no eres tú.
—Yo…
—Lo siento, pero esta es tu casa —lo interrumpió el padre superior—. Hoy y para siempre.
Aquel día, un viernes por la tarde de principios de otoño, la percusión del badajo resonó en la pesada silueta de la campana, mientras los tañidos a difuntos esparcían su funesta voz. Entre las paredes del convento había muerto un hombre. Un hermano que, en ese instante, cruzaba la nave central de la iglesia después de haber devuelto su alma a Dios. En el ataúd que avanzaba hacia el altar, el primero que había sido sellado en aquellos lugares santos, yacían los pobres restos de un ser humano. Las caras pálidas de los monjes seguían el féretro con lo que quedaba de sus restos mortales. Había quien pensaba en aquella alma arrebatada por la violencia. Otros revivían sus últimos instantes, los barrotes de la celda cerrados por dentro y el fraile solo, allí dentro, con aquella fiera. Ellos, fuera, petrificados por el miedo, mirando cómo lo hacía pedazos. Solo el sonido de la piel desgarrada, el hedor de los tejidos blandos, la repentina aparición de los intestinos arrancados, los ojos en blanco de la fiera. Y la rabia que se atenuaba. Poseído, había dicho otro.
El joven devolvió la mirada al borde del sendero: la hoja se había soltado y había reemprendido la marcha, atraída por el remolino en la embocadura de la acera. Engullida, acabaría cayendo hasta el sumidero. Se la imaginaba, testaruda como un náufrago en la balsa, la proa con el rabillo enhiesto, surcando las minúsculas tormentas subterráneas. La vio, sacudida por los encrespamientos del torrente hasta la inmensidad del mar.
No, él no vería nunca el mar, pensó observando la muralla de piedra descolorida. Estaba cubierta de abanicos de hiedra que llegaban hasta la crestería recortada. En el fondo, su mundo se concentraba del todo allí. Era su casa, lo protegía de lo que había fuera, como decía el padre superior, y, tal vez, también de lo que escondía dentro. Al crecer, su habitación no se había transformado en una galaxia de libros, juegos y sueños, sino en un mundo cuyas fronteras solo eran paredes que había que romper. Hasta que la vio tal como era de verdad: una celda. Y si una persona te mantiene encerrado en una celda, no es un padre afectuoso, es tu carcelero.
La infancia había quedado atrás y él, por fin, estaba listo para salir. ¿Qué le esperaba allá fuera? Nunca se había atrevido a escrutar detrás de esos muros. Ni una sola vez. Es peligroso, le repetían. Y él siempre había obedecido. El mundo exterior parecía lleno de cosas horrendas. Dolor, enfermedad, pecado.
Y además estaban los monstruos. El eje de todos los miedos. El epicentro de la noche, la raíz del caos. La oscuridad sin forma.
Su momento, sin embargo, estaba cerca, esos altos bloques de piedra no constituirían problema alguno. Nadie seguiría teniéndolo prisionero.
Aquel día, los hermanos acariciaban la superficie tosca del ataúd, con los ojos rebosantes de temor y de piedad. Pero ni uno solo de los veinte rostros compungidos podía imaginar en su último saludo que aquellas no serían las últimas lágrimas vertidas por su causa.
Porque la caza no había hecho más que empezar.
Y el cazador había afilado las armas.
2.
Polino
Se introdujo en el hayedo, entre el acebo y el arce blanco, con el ruido de sus pasos sobre las hojas mojadas y un intenso olor a musgo. El esfuerzo lo obligaba a respirar con la boca abierta, y sin embargo notaba el aroma de la madera empapada, percibía el goteo de las hojas, el crujido del viento entre las ramas mezclándose con el zumbido de los tábanos. Tenues hilos de luz penetraban desde lo alto, picoteando los troncos nudosos. En algún sitio cayó una piña y algo se movió entre los matorrales. Sabía que su olor permanecería durante horas en su recorrido, poniendo en guardia a la fauna del bosque.
Allí, entre cazadores y presas, el extraño era él.
Era febrero y el cielo parecía una bóveda de nubes azuladas. Bajo y repentinamente amenazador, anunciaba el chaparrón inminente con un rugido que daba la impresión de provenir del estómago del bosque. En lo alto revoloteaba un halcón, listo para castigar una equivocación, aprovechando el miedo al trueno para hundir el pico y las garras. Una perdiz de montaña surgió en la vereda, levantó la cabeza y desapareció rápida entre los espinosos arbustos.
También él levantó la mirada. Aquello no prometía nada bueno. Había dejado a sus espaldas el yacimiento de carbón y las plantas de extracción que se hundían en las vísceras de la tierra y recorría el camino en forma de herradura entre las retamas y los grandes afloramientos rocosos. La nieve de los días precedentes se había derretido sembrando el camino de charcos de agua sucia, por lo que ahora le costaba caminar sujetando entre los brazos el pesado saco de yute. Las botas se hundían y las rodillas le temblaban, el cuerpo empapado de sudor bajo la ropa de trabajo. El calor húmedo de la piel, el denso frío del monte. Él seguía a la escucha, inspirando por la nariz para oxigenar la sangre y espirando despacio. Paso tras paso, el cansancio crecía, tenía los brazos y los hombros doloridos por el peso con el que debían cargar.
Por fin desembocó en un claro circular de unos treinta metros de amplitud. Los ojos se le cerraron con brusquedad antes de acostumbrarse a la luz. Dejó el saco en el terreno yermo, se ajustó el gorro de lana tapándose las orejas y se subió la cremallera del chaquetón forrado. Se encontraba exhausto. El pecho le subía y le bajaba con cortos espasmos jadeantes. Al otro lado del calvero divisó un grueso castaño cuya corteza agrietada había conocido la furia del rayo. La planta estaba veteada de quemaduras y marcada por desgarrones que la abrían casi hasta la mitad del tronco. El invierno había hecho lo demás, desnudándola de las hojas dentadas y de sus frutos erizados.
Una vibración inesperada lo sacudió. Tres, cuatro, cinco veces. Provenía de su bolsillo. Después se detuvo y, tal y como había venido, la sensación desapareció. Abrió el saco y extrajo una pequeña pala y una planta. Examinó la bóveda cenicienta, el aire estaba helado y el ave rapaz volaba ahora a menor altura. No existía momento mejor para plantar el roblecillo adormecido en su letargo vegetal. Se quitó los gruesos guantes de faena y excavó un agujero ancho y profundo, en el que depositó el terrón con las raíces; después retiró la redecilla que lo envolvía. Extrajo del chaquetón un saquito verde con una cuerdecilla, lo abrió y volcó el contenido en la base de las raíces, presionó bien con la punta de las manos y, al final, volvió a taparlo todo con tierra que aplastó a pisotones.
Era una zona resguardada y el viento no importunaría al pequeño roble. Por él velaría el castaño del otro lado del claro. Solo un relámpago, un violento e inesperado suceso, lo había zarandeado, quebrándolo, pero sin conseguir vencerlo. Permaneció frente a la nueva planta, en silencio, observándola. Una docena de ramitas cubrían el tronco. Podía salir adelante.
Cogió el saco, lo dobló y prosiguió el descenso. Varios cientos de metros más abajo, en un pequeño valle entre las colinas peladas, se encontraba Polino. Podía ver ya la ventana de la casa que daba a la fachada de piedra. Debía regresar antes de que aquel cielo descargara su furia. Le hacía falta una ducha. Le dolía el cuerpo, pero era un dolor que había aprendido a apreciar, hacía que se sintiera vivo, auténtico.
Cien metros más abajo, huertos y olivares perfilaban el paisaje de la colina alternándose con el contorno de las piedras calizas. Tras cruzar un bosquecillo de chopos, divisó el saliente con la ermita abandonada. Se dejó llevar sin miedo, resbalando sobre las botas, pasó por delante de los barracones destinados a los animales y entró en la plaza con la fuente y el lavadero. Eran casi las ocho y las punzadas del hambre se dejaban notar. Se encaramó por las escaleras de piedra que zigzagueaban hacia lo alto entre arcos y casas de piedra, mientras los cuádriceps se estremecían. Al final, a la derecha, surgió la silueta del castillo. Las dos torres cilíndricas y la planta poligonal de la pequeña fortaleza le conferían un aire de delicada firmeza. Cruzó la explanada dedicada a los partisanos caídos en aquellos montes y se detuvo ante la puerta de madera.
Nada más girar la llave en la cerradura le embistió el olor de los tizones que habían ardido la noche anterior. Las vigas de abeto sostenían los tablones del techo, apoyado en paredes de piedras cuadradas. A la izquierda, una vieja cocina de gas albergaba el cuerpo de hierro de una cafetera quemada y el resto de una barra de pan sin sal. En el centro de la habitación, sobre las baldosas, había una mesa de nogal con un trozo de jamón y un gran cuchillo encima. En el rincón opuesto, un sofá enfrentado a una chimenea de ladrillos. Mancini cerró la puerta, colgó el chaquetón y se arrodilló delante. El eco de las brasas susurraba y la promesa de un nuevo calor lo reanimó. Cogió leña seca de la pila y la prendió. No había café, pero no tenía ganas de bajar hasta la tienda, prefería pasar desapercibido. Qué le íbamos a hacer.
Mientras las ramas empezaban a arder bajó dos escalones hasta el dormitorio y entró en el baño. Se quitó los guantes de faena y el gorro de lana, abrió el grifo del agua caliente y empezó a desnudarse. El fuego crujía lanzando minúsculas chispas naranjas cuando sonaron dos golpes en la puerta de entrada. Se asomó desde el baño y permaneció a la espera. No habló, confiando en que aquel pesado desistiera; pero después otro golpe hizo temblar la puerta, se resignó y fue a abrir.
—Han llamado —soltó el sujeto robusto que repartía la leña a los trescientos habitantes de aquel pueblo de Umbría.
La mirada de Mancini se desplazó de la camisa a cuadros negros y rojos al rostro áspero del hombre. Asintió despacio y esperó, mientras un hilillo de brisa se introducía en la casa y le acariciaba el torso.
—Abajo en el restaurante —prosiguió el visitante—. Han llamado.
Enrico había subido hasta allí para desconectar, para intentar cambiar las cosas desde el exterior. Desplazarse le sentaba bien, le otorgaba una especie de ventaja sobre sí mismo. Por lo menos sobre una parte de él. Y la casa de la montaña resultaba un lugar lo suficientemente solitario como para enfrentarse al ansia que lo asaltaba cuando acababa de trabajar y, ya solo, no sabía qué hacer.
—¿Quién? —preguntó.
—No lo sé. Han dicho que era urgente. De Roma.
Después, el leñador le entregó una servilleta de papel con algo escrito, hizo un gesto con la cabeza y desapareció absorbido por una ráfaga helada.
Enrico Mancini cerró la puerta para dejar el frío fuera, se dio la vuelta y permaneció inmóvil.
La casa seguía estando tal como la había dejado meses atrás, durante las vacaciones que el superintendente Gugliotti le había impuesto tras la resolución del caso de la Sombra. Aquellas dos semanas que pasó allí las recordaba como una única niebla borrosa en la que había vagado, perdido entre los recuerdos y atontado por el mal del que había sido testigo, por la nueva luz que había adquirido su dolor. Sin embargo, al final de aquel momento dilatado, en el que se había dedicado en cuerpo y alma a beber casi sin probar bocado, había acabado ganando el cuerpo. Debía entregarse a su físico para seguir tirando, a la carne, a los músculos, a los huesos embebidos de angustia. Cada una de sus células le pedía que se levantara, que viviera, porque eso era lo único que conocía; lo único que contaba de verdad.
Se acercó a la chimenea y arrojó en ella la servilleta, que se consumió en un suspiro incandescente. Se le había pasado el hambre. Giró alrededor del sofá, pero antes de llegar a la bodeguilla donde guardaba las botellas se topó en la pared de piedra con el espejo de marco dorado. Su forma anómala hacía días que lo acosaba, y se sintió observado. Hasta ese momento había conseguido esquivarlo; ahora, en cambio, su mirada se perdía en los ojos del fantasma que lo contemplaba desde el fondo de aquel pozo transparente. Arrebatado por su reflejo, Enrico titubeaba ante la sensación de vacío que lo había invadido. El pelo que se había dejado crecer sobre las orejas, rizado y oscuro a excepción de un mechón gris, la frente amplia marcada por tres arrugas y el triángulo de la barbilla.
El móvil vibró otra vez en el bolsillo del chaquetón arrancándolo de la hipnótica mirada del espejo. Se acercó al perchero, rebuscó y pulsó el botón para contestar mientras miraba por el ventanuco que había encima de la puerta.
—¿Oiga? —resonó la voz insegura del inspector Comello.
—Dime.
—Buenos días, comisario.
—Dime —repitió.
—Lo siento. Tendría usted que regresar.
La masa accidentada de nubes se estaba envolviendo sobre sí misma, hasta que, de repente, se coaguló. El aire de fuera parecía mojado, pesado. Mancini soltó aire, a la espera.
—Ha habido un… Nos han avisado. En la galería Borghese.
—¿Cuándo?
—Hace poco. Un asesinato atroz.
Esta vez el comisario resopló por la nariz y contestó:
—Volveré el lunes por la mañana y pasaré por el instituto forense para examinar el cuerpo. La inspección ocular puede hacerla el subcomisario. Dile que se lleve a Caterina.
—Tiene que venir usted.
—Estoy en la montaña. Volveré el lunes.
—Comisario, debe venir a… ver.
En aquel «debe» Mancini advirtió una inquietud que desentonaba con el temperamento del inspector. Sabía que cuando a Walter se le escapaba esa palabra era porque había algo anómalo, algo que un polizonte de calle como él no estaba en condiciones de descifrar. Algo inquietante.
Observó su propia cara en el espejo y captó una expresión que no había reconocido.
—Entiendo —dijo. Y colgó.
3.
Roma, galería Borghese
Las botas de piel negra martilleaban sobre el suelo del vestíbulo. La escalinata era una espiral de mármol guiada por una barandilla de hierro forjado. Desde la primera planta llegaban voces masculinas. Mancini llegó al hall, hizo un gesto de saludo a dos agentes con chalecos antibalas y prosiguió hacia la última sala.
La Sala de Psique.
Fuera, alrededor de la grava, la cinta blanca y roja de la policía rodeaba todo el edificio manteniendo a distancia a los turistas, decepcionados por el cierre del museo, y a los curiosos, atraídos por los coches patrulla aparcados frente a la entrada. El sol estaba en lo alto, encima del tejado del museo, y entre las copas de los árboles los mirlos gorjeaban con estridencia.
Por más que estuvieran de espaldas, Enrico Mancini reconoció las siluetas del superintendente y el inspector Comello, que charloteaban mientras, a su izquierda, los técnicos de la policía científica, con monos, guantes, cubrezapatos blancos y gorro, colocaban etiquetas y sacaban fotos. Los cuatro impedían casi por completo la vista de la estatua sobre el pedestal que se hallaba detrás de ellos.
En el suelo yacía el cuerpo de un hombre vestido de uniforme. Se detuvo a un metro y, sin decir nada, observó el cadáver. Estaba tumbado sobre su costado derecho y un charco de sangre coagulada le salía de la bóveda craneal, extendiéndose por un diámetro de unos diez centímetros. Su rostro parecía de cera.
Gugliotti se dio la vuelta. Walter hizo lo mismo y se presentó con un saludo formal. El movimiento de ambos despejó un espacio visible entre ellos.
—¡Mancini, ya era hora! —exclamó el superintendente con un tono autoritario que retumbó en la sala.
El comisario levantó la vista por delante de él. De repente, notó en el aire un no sé qué a rancio, a cerrado. Junto a la escultura Retrato de muchacho, Mancini tuvo que clavar la mirada en una escena del crimen que, en su recuerdo de analista criminal, carecía de precedentes.
Había tres cuerpos colocados en una absurda pose artística. Un hombre de mole imponente se hallaba en el centro, desnudo. A ambos lados, dos muchachos de rodillas, también sin ropa, abrazaban las poderosas piernas del hombre. En el agarrotamiento del rigor mortis parecían haber adquirido los gélidos rasgos del mármol. Entre ellos corría una gruesa soga de cáñamo, una maroma quizá, cuya maraña les apretaba las piernas, las rodillas y los torsos.
—Esperó a que se pusieran rígidos y después los colocó juntos —dijo Gugliotti señalando satisfecho los orificios rojos a la altura de los tobillos, las rodillas y los brazos, de los que asomaban gruesos clavos. El resto del trabajo de la puesta en escena lo completaba el abrazo de la cuerda.
—¿Quiénes son? —preguntó el comisario.
—El jardinero y sus hijos —contestó Comello.
Aparte de la postura poco natural de la composición, la pesadilla de carne adquiría los rasgos de los tres cadáveres, estremecidos por la misma expresión de sufrimiento. Estaba claro que el autor del crimen había esperado a las primeras fases del rigor mortis para modelar los cuerpos y hasta sus rostros. Un temblor parecía recorrer las salas. El escalofrío del viento o la impresión de los gritos de aquellos desgraciados tensos en sus esfuerzos por liberarse. Todo aparecía lleno de vida, espectacular, con los tres rostros tensos: las cejas enarcadas, las fosas nasales hinchadas, las bocas abiertas.
—Estamos realizando la inspección técnica.
Fue la voz de Gugliotti la que le espabiló. Mancini apartó los ojos del conjunto de músculos y cuerdas, y los desplazó hacia su superior.
—Están estableciendo el marco material —prosiguió Walter.
Mancini se acuclilló a un lado, intrigado.
—¿Escenario principal o secundario? —preguntó mirando de abajo arriba al inspector Comello.
En la jerga técnica existía una secuencia de sitios involucrados en el homicidio: el escenario principal representaba el lugar del asesinato, mientras que el secundario era el de la colocación, en los crímenes en los que el homicida preparaba una suerte de puesta en escena. En algunos casos los dos coincidían. Esta vez no sucedía así.
—Secundario. Los ha traído a rastras a través del jardín; después los ha metido por la puerta y ha subido las escaleras. El escenario principal es en la Pajarera, a unos pocos cientos de metros de la galería. Debe de haberlos golpeado con un arma contundente, porque los tres tienen el cráneo fracturado.
—Los tres más uno —precisó el superintendente señalando el cadáver del hombre vestido de uniforme que había en el suelo.
—Pero a estos tres les cortó la garganta con una cuchilla muy fina. Debe de haber dejado que se desangraran en algún sitio, y después los trasladó aquí para la puesta en escena —señaló Comello.
—Para la toma de huellas, me imagino que habrá un follón de los buenos —dijo Mancini—; dado que estamos en un museo al que cada día acuden miles de personas.
En el suelo había etiquetas amarillas con números negros. El número 1 señalaba el punto en el que había un mechón de pelo castaño. El 2 indicaba con una flecha negra la fila de huellas que arrancaba de la entrada y llegaba hasta el punto 1. Un fotógrafo forense estaba apuntando algo sobre la forma y la naturaleza de las huellas. El número 3 mostraba un conjunto de gotas de sangre detrás del cuerpo central.
—¿Quién coordina la investigación, señor? ¿Por qué no está aquí? —le preguntó Mancini a Gugliotti.
—Giulia Foderà es quien se va a encargar del asunto —contestó seco el superintendente—, pero no hemos podido localizarla esta mañana.
Mancini apretó los labios e hizo como si nada, volviendo a observar la escena. La otra fotógrafa era Caterina De Marchi. Lo dedujo por el color rojo del pelo que le asomaba del gorro, por la estatura y por los ojos de gata que destacaban sobre la mascarilla. Y, por supuesto, por su Nikon. Fotografiaba muy próxima a los cuerpos, sacando detalles de las cuerdas; después iba bajando, siguiendo las maromas que apretaban las piernas de los dos muchachos. Las manos de las tres víctimas habían sido metidas en bolsas para conservar las eventuales trazas que quedaran bajo las uñas.
—Y este es el guarda —dijo el comisario señalando el cuerpo que había en el suelo.
—Lo era —precisó Gugliotti.
Mancini se levantó y se volvió hacia la estatua de cáñamo y carne.
—Caterina, ¿has sacado también fotos de dentro?
Al decir «dentro», el comisario se refería a las orejas, a las fosas nasales, a la boca y todo lo demás.
—Lo tengo todo, jefe. Me parece que no hay nada raro.
—Así que ya podemos irnos —dijo Gugliotti.
—Antes debería ver esto —dijo el otro fotógrafo, que se hallaba a espaldas del hombre apoyado en el pedestal. Todos se desplazaron a la parte posterior del cuerpo central. En la piel, a la altura de la nuca, había algo. Un signo.
—Es una incisión, practicada con algo muy afilado, fino, pero irregular —dijo Comello.
—Parece una «ele» —añadió Gugliotti observando los bordes de la piel, separados unos pocos milímetros a causa del corte. Eran blancos y la piel le recordó el suave pellejo de un cerdo. La incisión tenía dos centímetros de alto y uno de ancho.
—Llamemos a Rocchi —propuso Walter.
En ese momento, Caterina se apartó, señalando algo abajo, más allá de la estructura de carne:
—¡Dios mío!
Los hombres se alejaron siguiendo el arco del brazo de la mujer. Detrás de ellos, en el suelo, en el charco rojo, junto a la boca y la nariz del guarda se había formado una zona diáfana. Sus labios se estaban moviendo. En busca de aire, el hombre arrastraba la mandíbula por el pavimento. Boqueaba como un pez en las últimas, con los ojos turbios y hundidos.
Desorbitados aún en el terror de su última visión.
4.
Aquellas [serpientes]
rodean con su abrazo
los pequeños cuerpos de sus dos hijos
y a mordiscos devoran
sus pobres miembros.
VIRGILIO, Eneida, II, 213-215
En las tripas de la galería Borghese, Bruno permanece tumbado en la cama procurando inútilmente conciliar el sueño. Hace dos horas que lo intenta y el dolor de cabeza lo está matando. Se levanta y se acerca a la ventana, la abre y respira. Fuera hace frío. Su habitación resulta muy sencilla, con una cama, un armario y una repisa. El rincón de la cocina y el baño son pequeños, pero más que suficientes para una persona. La paga no está mal, y él carece de vicios. Aún está aprendiendo el oficio de guarda nocturno, pero le pone mucha voluntad. Es verdad, tal vez sea un poco lento y el director de vez en cuando le echa la bronca, pero no le importa.
Vuelve a sentarse en el colchón, se pasa la mano por la frente con la esperanza de que el chirrido desaparezca, y es entonces cuando oye rechinar la grava en la explanada. El ruido se prolonga, desaparece, vuelve otra vez después. Bruno no se lo piensa dos veces, se viste, se calza los zapatos y sale de su pequeño alojamiento. Abre el portal de la galería Borghese, lo cierra tras él con tres vueltas y baja por la escalinata que da justo a la explanada.
Se encuentra fuera.
Aunque lleva poco allí, la fachada, los arcos, las torres y los relieves le resultan ya familiares. La grava está iluminada y no se ve a nadie. Decide avanzar hasta el zoo, unos doscientos metros más abajo. Tampoco de los crujidos queda ya rastro alguno, solo persiste el dolor de cabeza. Con la intención de espabilarse, cruza la verja de la Pajarera. Avanza hacia las fuentes circulares que en otro tiempo apagaban la sed de las aves que ahora decoran relieves y dibujos como sombras variopintas de fantasmas. Esa cúpula albergaba antes a cientos de especies, mientras fuera de las jaulas abarrotadas vagaban los pavos reales, vistosas ocurrencias barrocas, con la vana policromía de los abanicos.
La única farola encendida emite una luz débil, anaranjada, a la que le cuesta atravesar el cobertor de las plantas. Saca su pequeña linterna, la enciende y la dirige hacia el muro próximo a las jaulas. La luz relampaguea entre los estucos. Las hojas del seto crujen y el olor a laurel se esparce por el aire. Después, algo se yergue, pero Bruno no lo distingue bien. De la figura en pie intuye solo la mano levantada. Va armada.
Con los ojos desorbitados, Bruno se da la vuelta mientras aumenta el sonido de las hojas avasalladas por la silueta que avanza. Siente otra palpitación en la bóveda craneal y la yugular se le hincha. Se aleja a trompicones y nota cómo la brecha va siendo devorada detrás de él. Cruza el jardín y supera el pilón ennegrecido por el musgo. Debe llegar a la explanada y regresar al museo; pero el ruido se acerca y el pánico crece. Quisiera volverse, aunque no lo hace. Prosigue su carrera desordenada, a cámara lenta. Con los tímpanos como acolchados, con la certeza de que su perseguidor lo alcanzará y usará eso que lleva en la mano contra él.
Bruno huye como si fuera la muerte quien lo persiguiera, huye y tropieza con los cordones de sus zapatos relucientes. Su rodilla cede. Huye, se repite, y por más que de la voz no quede rastro, es como si esa palabra le explotara como un trueno en los oídos. Sacude la cabeza, boquea y corre. Se enfrenta a las escaleras jadeando. Llega hasta el portal, mete la mano en el bolsillo y saca las llaves. Por fin se da la vuelta, pero todo le resulta confuso. La llave balbuce en la cerradura y gira. Bruno empuja, entra y cierra justo cuando algo se abalanza al otro lado de la puerta.
Está dentro. Está a salvo. Se vuelve y apoya la espalda contra la madera. Respira. Fuera, solo el silencio.
En el interior de la galería, una discreta luz llena el vestíbulo y envuelve el mostrador de recepción, por detrás del cual se extiende el salón de entrada: la bóveda decorada con frescos y un mosaico en el suelo. Hace tres meses que Bruno trabaja allí. Durante el día es un buen empleo, en medio de la gente. Pero de noche esos espacios se transforman, las estatuas cobran vida, los frescos susurran en la lengua de los muertos.
A la izquierda se halla la pequeña puerta de su vivienda. Entra y cierra con llave. La cabeza le late con fuerza y la sangre le bombea sin parar en los oídos. Se asoma a la ventana, la que está enrejada, y escruta fuera, esperando que no haya nadie, esperando que, sea quien fuere, se haya marchado ya. Se vuelve y entra en el baño, abre el grifo y se lava la cara. Lo cierra y se acerca a la cama. Se sienta sobre las sábanas, el corazón ha empezado a amortiguar su ritmo y la respiración vuelve a ser normal. Solo le siguen latiendo los oídos. Recoge la botella de agua de al lado de la cama, bebe un sorbo y se tumba, apoya la cabeza en la almohada y se deja llevar.
Debe de haberse quedado dormido porque los ojos escarban sorprendidos en la oscuridad de la habitación. Se siente un poco aturdido, pero ya no le duele la cabeza. Se esfuerza por escuchar, tiene miedo, nota una extraña sensación de opresión. ¿Cuánto habrá dormido? Avanza despacio hacia la puerta. La abre y vuelve a encontrarse inmerso en la penumbra. De forma habitual, el museo permanece iluminado de noche por las luces de neón que permiten filmar a las cámaras.
Sin embargo, esta noche no.
Debe de haberse caído todo el sistema. No es la primera vez que ocurre. Hace dos días, un cuervo partió un cable en el tejado de la galería. El técnico lo sustituyó con un apaño a la espera de reemplazarlo. Habrá sido eso, se dice al llegar al salón de entrada. El portal continúa cerrado, pero en ese momento un temblor sacude el oído de Bruno. Un ruido seco en algún sitio, como de una puerta que da golpes. El pánico lo invade a oleadas y corre escaleras abajo hasta la planta del restaurante, donde se encuentra la librería.
Y el teléfono.
Descuelga y marca el número de emergencias. Se seca el sudor de la frente y mira a su alrededor. La línea no da señales de vida. No hay corriente.
Vuelve a subir a toda prisa. La galería se mantiene en silencio, habitada por las sombras de las obras expuestas. A Bruno le gustan esos cuadros, esas estatuas, por más que le produzcan miedo. Durante las rondas nocturnas, cuando cruza las salas iluminadas como de día, se aferra al eco de sus pasos para no sentirse perdido. Ahora, en cambio, anda de puntillas y vigila sala por sala, ayudado por la luz de las farolas del exterior. Después de Paolina Borghese, se topa con la tela en la que Caravaggio representa a san Jerónimo con la calavera en el escritorio. Bruno echa una ojeada y sigue recto. No es capaz de mirar esas cuencas vacías. Se apresura hacia la sala en la que se encuentra la pieza más espantosa, Apolo y Dafne, de Bernini. La gente se pasa las horas contemplándola, pero él no soporta ese espectáculo inmóvil y tornasolado. La transformación captada en devenir y, sin embargo, clavada por los átomos del mármol.
El horror de la metamorfosis.
Aún no clarea el alba, pero fuera del jardín secreto de Villa Borghese, rodeado por muros de tres metros de altura, se expande el ruido del tráfico que parte del Muro Torto. En el interior, las fuentes se preparan para sus juegos de agua en los pilones de piedra. En las valiosas salas de la galería Borghese reina el silencio.
Bruno llega al primer piso. Entra en el vestíbulo siguiendo la planta cuadrada en el sentido de las agujas del reloj, tal como hacen los turistas. Pasa furtivo por las salas de Lanfranco y de la Aurora. Tampoco allí hay nada. Qué idiota, los ruidos serían del tejado, donde hacen su nido las gaviotas, se dice, mientras accede a la última sala. La de Psique.
La bóveda está decorada con frescos de Novelli con escenas de El asno de oro, en el perímetro de la sala hay seis chimeneas decorativas, y en el centro de la pared oeste, la tela Amor sacro y amor profano, de Tiziano. En el centro, la estatua Retrato de muchacho sobre su pedestal.
Sin embargo, es ante el muchacho, sobre el pavimento reluciente de ocre, donde Bruno descubre una obra nueva.
Se detiene, incrédulo. Se queda mirando el contorno descompuesto de las líneas, los miembros tentaculares. Una horrenda maraña de extremidades lo observa.
¿Se mueve?
Apenas tiene tiempo de preguntárselo antes de que un potente golpe le hunda el cráneo.
5.
Roma, jefatura central de policía
En el barrio Monti, a dos pasos de via Nazionale y justo al lado de la basílica de San Vitale, de la que toma su nombre la calle, se encuentra la jefatura central de policía de Roma. Sus oficinas ocupan un austero edificio de 1910, que con anterioridad fue un convento de monjes dominicos.
Esa mañana, una gruesa nube redonda dormitaba sobre el tejado blanco del edificio. Desde su despacho, Vincenzo Gugliotti la observaba con una mezcla de curiosidad y desazón. Tenía el brazo derecho reclinado en un costado y, en la mano, un ejemplar del Messaggero. Lo levantó y desplegó el periódico inclinándolo para leerlo mejor. La edad avanzaba y las dioptrías aumentaban de año en año. Se puso las gafas que le colgaban de una cadenilla dorada y entrecerró mucho los párpados.
Era la primera página de la crónica local. La mitad superior estaba ocupada por un artículo sobre el accidente de via Cristoforo Colombo que había matado a dos familias. Un todoterreno había intentado adelantar y las raíces de un pino rodeno habían hecho lo demás. El vehículo había derrapado, superando de un salto el guardarraíl y aterrizando en el otro carril para impactar contra un utilitario que venía en sentido contrario. En la parte inferior de la página, un suelto recogía la desaparición de algunos perros en el barrio de Nomentano. Una señora, propietaria de seis chihuahuas, contaba que los había perdido de vista mientras jugaban en el parquecillo de la ciudad jardín de Montesacro. Según un grupo de animalistas, autores de una pancarta contraria a la vivisección en Porta Pia, los raptos estaban relacionados con los experimentos de una multinacional farmacéutica con laboratorios en la zona. Gugliotti dejó escapar una mueca de desaprobación.
El resto de la página se dedicaba a un artículo sobre el homicidio de la galería Borghese. «Terror en el museo», rezaba el titular del periódico. Hipótesis descabelladas aparte, lo que resultaba en verdad inquietante para los lectores era aquella maldita foto. Un cuadrado en blanco y negro de diez centímetros de lado en el que aparecían tres cuerpos, afortunadamente enfocados de lejos, en la sala de Psique. Se intuía que se trataba de una especie de composición, pero la luz era pésima, la foto se había sacado a través de una ventana y el reflejo la había estropeado. Esta vez la suerte estaba de su lado, pensó el superintendente.
Un golpe de tos lo sorprendió. Se dio la vuelta y vio frente a él a un hombre bajo, de pelo castaño desgreñado, chaqueta marrón, corbata de un verde desvaído.
—Han encontrado a Cristina Angelini —graznó Gianni Messina.
El tono de voz del oficial no dejaba lugar a dudas sobre el estado en el que había sido hallada la mujer. Cojones, pensó Gugliotti espabilándose e imaginando de inmediato la lata que aquello iba a darle.
—¿Cuándo? ¿Y dónde? —preguntó mientras pensaba en cómo manejar la noticia.
—Hace poco, en el zoo.
El chalé de Cristina Angelini, hija del tenor, se encontraba en viale Ulisse Aldrovandi, al borde del barrio de Parioli. La mujer vivía sola en la enorme casa. La planta de abajo estaba consagrada a su profesión de cantante de ópera. Había una sala con un piano blanco de cola, instrumentos de arco, paredes y techo insonorizados, una salita con un equipo de grabación detrás de un cristal. En el primer piso se situaba la vivienda propiamente dicha, con el enorme dormitorio, el baño de veinte metros cuadrados y una habitación que contenía libros, revistas de música y diverso material musical.
El palacete, inmerso entre cedros y pinos romanos, daba al lado norte del zoo. En la planta de abajo todo se hallaba en orden, al igual que en el dormitorio de la cantante y en la sala de música. Todo como cabía esperar. Sin embargo, cuando los agentes entraron en el baño se encontraron una ciénaga roja y ya seca. El suelo estaba inundado y el borde de la bañera, manchado de sangre al igual que el agua que la llenaba hasta el borde. La única pista, aparte de las huellas dactilares de Cristina Angelini, era la misma descubierta en el césped que los setos de laurel ocultaban a la mirada de los curiosos. Dentro y fuera, los de la científica habían localizado huellas de unos zapatos del número 43, de suela totalmente lisa. Hasta ese momento no habían podido determinar ni la marca ni el modelo.
Detalles macabros que el superintendente conocía porque, días antes, a consecuencia de la alarma lanzada por el padre, que la había llamado desde Nueva York sin obtener respuesta, la policía había irrumpido en el jardín de la casa y se había tropezado con la puerta de acceso abierta.
—¿Quién la ha encontrado?
—Uno de los guardas —contestó el oficial, buscando el apellido del hombre entre las líneas confusas del fax.
Gugliotti tiró el ejemplar del Messaggero sobre el escritorio.
—¿Han mandado ya a alguien?
El oficial levantó la hoja, la releyó mentalmente y prosiguió:
—Hay dos inspectores de la comisaría de Salario-Parioli en el lugar, y a estas alturas ya deberían haber llegado los de la científica.
Gugliotti sabía que él mismo debía informar al padre de la joven, el tenor Mario Angelini, antes de que la noticia le llegara por terceros, acaso con alguna bonita fotografía del cadáver.
—Cierra los accesos a la zona. Telefonea de inmediato al director del parque. Que no se acerque nadie.
Gugliotti se quedó mirando a Messina, con los grandes ojos detrás de las lentes gruesas, y captó su turbación en los surcos de la frente. Le arrancó el fax de las manos y clavó la mirada en una imagen en blanco y negro. Ante el fondo gris y borroso aparecía una especie de relieve de cartón. Era el iceberg del viejo recinto de los osos polares, abandonado hacía años. En el centro del pilón se entreveía un cuerpo. También esa imagen estaba borrosa. Considerando el volumen y la masa de cabello rubio, el cadáver podía ser el de Cristina Angelini.
—¿Quién te ha dado esto?
La expresión incómoda del oficial era en sí misma la respuesta a los temores del superintendente.
—¿Uno de los nuestros? —gritó de nuevo Gugliotti.
Messina estiró su grueso cuello y desplazó el dedo índice hacia la parte superior de la hoja, donde aparecía un letrero: ansa.it.
—Pero ¿cómo es posible? ¡Después de lo de la galería Borghese, además!
—No lo sé, señor.
Las excusas de su subordinado se perdieron en el aire. Gugliotti ya estaba pensando en otra cosa. Pensaba en dos crímenes tan cercanos en el tiempo. Y tan próximos en el espacio. No podía ser casual que apenas hubiera cuatrocientos metros entre la galería Borghese y el parque zoológico, entre el jardinero y sus hijos y la pobre Cristina Angelini. No cabía duda, debía jugar bien sus cartas.
—Como si no hubiera dicho nada, Messina. Llama al comisario Mancini. Es necesaria otra inspección sobre el terreno.
—Enseguida, señor.
Después de todo, Gugliotti sabía que Mancini era el único capaz de acceder a la escena del crimen y de localizar elementos que nadie más se encontraba en condiciones de apreciar. O, por lo menos, así había sido hasta la muerte de su mujer. Quién sabe si seguiría siendo capaz de marcar la diferencia. En la galería Borghese lo había visto ausente, se había presentado solo por una especie de sentido del deber. Hubiera podido confiárselo todo a otro, había jóvenes impacientes; en su cabeza, algún día no demasiado lejano alguno de ellos debía ocupar el puesto de Mancini, pero en ese momento no se sentía en condiciones de poner a nadie a prueba en un caso que estaba revelándose más atroz y mediáticamente peligroso de lo que había pensado. No, no podía permitirse nuevos errores. Y, además, no descartaba llegar a obtener cierto beneficio de todo eso, de una manera u otra.
—Messina, espera, tráeme las fotos de la galería Borghese, que antes quiero hacer una llamada.
6.
Roma, destacamento de policía de Montesacro
A seis kilómetros al noroeste de la jefatura central se encontraba el destacamento de policía de Montesacro. En un despacho muy distinto a aquel en el que Vincenzo Gugliotti realizaba su llamada telefónica, otro funcionario público se hallaba sentado en su escritorio, ante un ordenador encendido. La ventana permanecía cerrada y la persiana, levantada. Fuera, el frío invernal había congelado el asfalto. Dentro, el resplandor de los neones rebotaba en las paredes amarillentas.
La pantalla iluminaba la cara encajada entre las palmas de las manos, los codos clavados en el tablero horizontal y el cuello de la camisa negra abierto. Sobre el viejo sofá yacía una gabardina; era nueva, pero muy parecida a la anterior, perdida en un incendio pocos meses atrás. El pasillo estaba vacío y silencioso.
Enrico Mancini se pasó los dedos índice y pulgar por los ojos enrojecidos. Aguzó la vista y vio el cursor brillando en la casilla de la dirección a la que responder. Tomó aire y lo expulsó con un resoplido destinado a proporcionarle algo de determinación.
Enrico:
Han pasado tres días desde nuestro último encuentro. Como sabes, no tengo ninguna pretensión, ninguna esperanza. No aventuro nada. Aguardo tan solo una llamada.
Llámame pues.
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