Índice
Portadilla
Índice
Testigo del siglo
1998
Casas Viejas
El señor de luto
El tren expreso
Los lobos del mar
Aterriza donde puedas
El último ojal
El sello infame
Gili-restaurantes
Pepe, los obispos y el Sida
El hombre de la rifa
Perros e hijos de perra
Desayuno con coñac
Remando espero
A buenas horas
Los amos del mundo
Tásame mucho
La cuesta Moyano
Ángel
Felipemanía
Canción de Navidad
1999
Vivan los reyes (Magos)
Un caso de mala prensa
Los cráneos de Zultepec
Mujeres en blanco y negro
Esas zorritas
Matata mingui
El último del siglo
Pajínas kulturales
Pijolandios de diseño
Sobre hombres y damas
3.000 años no es nada
Temblad, llanitos
Una historia vulgar
El viaducto y el alcalde
El nieto del fusilado
El último cartucho
El Gramola
Los padres de la patria
La peineta de Maimónides
La viejecita de San Telmo
Leo y el teniente Castillo
El pequeño serbio
La estocada de Nevers
Los dos abueletes
Chotos, pollos y ministros
Una tarde con Carmen
El gorila y el ratón
La chica de Rodeo Drive
El diablo sobre ruedas
Morir como bobos
La España virtual
Olor de septiembre
Seguimos siendo feos
Abuelos rockeros
Sed de champán
Evoluciona defectuosamente
Oye, chaval
Tango
Negros, moros, gitanos y esclavos
Business class y otras sevicias
El cabo Belali
La desgracia de nacer aquí
Siempre al día
Colegas del cole, o sea
Fuego de invierno
Dejen que me defienda solo
2000
Libros viejos
El francotirador y la cabra
El pelmazo de Gerva
Idioteces telefónicas
Limpia, fija y da esplendor
Camareros italianos
Campanarios y latín
Esta chusma de aquí
Ese bobo del móvil
Tú vales mucho
El amigo americano
Clientes y clientas
El envés de la trama
Navajas y navajeros
Yo también soy maricón
Esos perros ingleses
Fumar y trincar
El fantasma del Temple
«Le tiré cuando se iba»
Manual de la perfecta zorra (I)
Manual de la perfecta zorra (II)
El Muyahidín
Aragón también existe
La historia de Barbie
Una de moda y glamour
Las preguntas de Octavio
El hombre de la esquina
Aún puede ser peor
Caín y Abel
Piratas chungos
Sobre patriotas y palomitas
Calle de las personas humanas
Chusma de verano
La carta de Brasil
El expreso de Milán
Boldai Tesfamicael
El malvado Carabel
En la barra del bar
Carta a María
Paradogas de la vida
Un día monárquico lo tiene cualquiera
Esto es lo que hay
El rezagado
2001
Sobre ingleses y perros
El bar de Lola
Seréis como dioses
Mordidas y chocolate
De algo hay que morir
Sobre imbéciles y champaña
Se van a enterar
La forja de un gudari
El comandante Labajos
Eutanasia para todos
Colección de primavera
Danti e Tomanti
El cazador de hachís
Jorge Juan y la memoria
Francotiradores culturales
Esa guerra crué
Mecánica y Termología
Haz algo, Marías
Le toca a Don Quijote
El oso de peluche
Pinchos magrebíes
El día de la patrona
El coche de Fulano
La mujer del vestido blanco
Mi amigo el narco
Trescientas pesetas
Pelmazos sin fronteras
La risa de las ratas
El último héroe
Sobre el autor
Arturo Pérez-Reverte en digital
Créditos
Testigo del siglo
Empezó en 1991. Al principio fue de forma dispersa, pero a partir del mes de julio de 1993 aquello se hizo costumbre. Todos los domingos Arturo Pérez-Reverte publica desde entonces un artículo en las páginas del suplemento El Semanal, la revista que distribuyen el fin de semana veinticinco periódicos regionales y que alcanza, según el último Estudio General de Medios, un índice de 4.033.000 lectores, lo que la convierte en el suplemento más leído los domingos en España.
Han transcurrido más de diez años desde que publicó en esta revista el primer artículo, en 1991. Una década es un tiempo para muchos cambios. En ese período han nacido unos periódicos y se han cerrado otros; han gobernado unos partidos y, después, los contrarios; se han publicado tantos libros que son imposibles de abarcar; han muerto algunos escritores; ha habido demasiadas guerras en el mundo. Pero en ese largo tiempo, durante tantas semanas, no ha faltado ni una sola vez el artículo puntual de este escritor en las páginas de la revista. Y en todos ellos ha mantenido siempre el compromiso de una sinceridad sin tapujos con el lector. La respuesta ha sido la demanda, por parte de los lectores, de esa página como un hábito necesario para el debate, la réplica o la confirmación de las propias convicciones. «Somos muchos lectores y otros tantos gustos, intereses y opiniones —podía leerse en una carta al director, el 17 de mayo de 1998—, pero les ruego que no me priven de los artículos de Arturo Pérez-Reverte».
Así que este autor ha publicado casi cuatrocientos artículos literarios durante los últimos diez años. Los primeros están recogidos en el capítulo titulado «Sobre cuadros, libros y héroes», que cierra el libro Obra breve/1, publicado en 1993. Los siguientes, a partir de esa fecha, componen el libro Patente de corso (1993-1998), en el que junté una selección de los artículos aparecidos hasta entonces, prescindiendo de aquellos que, por referirse a un hecho concreto, perdían sentido fuera del contexto en el que se publicaron.
Con este mismo criterio se edita este nuevo libro, que continúa allí donde terminaba el anterior. «Sabes que no es realmente malo que las cosas se vayan —escribía Pérez-Reverte en el último párrafo de aquel libro—; sólo ley de vida, y al cabo uno mismo termina yéndose con ellas, como debe ser. Lo triste sería no darte cuenta de que se van, hasta que un día miras atrás y compruebas que las has perdido». Los artículos de Pérez-Reverte incorporados a este nuevo libro tratan de poner orden sobre aquello que se va, sobre los sucesos cotidianos, sobre el mundo difuso, inabarcable y a veces incomprensible en el que estamos inmersos.
Uno de los rasgos que definen la literatura moderna es la permeabilidad de los géneros literarios. Biografía y novela, lirismo y narración, documento y relato, cuento y artículo de periódico han roto hace tiempo sus fronteras. Estos artículos son todos realistas: parten siempre de un hecho verídico, de la evocación de la vida de una persona real o del comentario de un suceso cierto. Pero en ellos se entremezcla la narración anecdótica, la opinión, la historia y el ensayo. El autor aporta a la realidad una mirada propia, un punto de vista personal y, sobre todo, un peculiar tratamiento lingüístico. Por eso estos artículos son testimonios certeros de la época actual y, al mismo tiempo, originales recreaciones literarias; algunos de ellos, verdaderos cuentos. Entre todos reúnen los temas más candentes y las preocupaciones más comunes de esta época, las costumbres más extendidas y los tipos que pueblan el panorama diario de las calles, de los despachos de trabajo, de los medios de comunicación.
Algunos historiadores y críticos literarios han empleado el método de rastrear a través de los textos de la literatura los modelos sociales, las relaciones humanas, los personajes que definen una época o un grupo social determinado. José-Carlos Mainer o Andrés Amorós lo han aplicado a algunos géneros literarios recientes. Sociólogos como Amando de Miguel se han basado en obras literarias para reconstruir las coordenadas de la vida y del pensamiento de una etapa histórica. La literatura de Pérez-Reverte es un material adecuado para este fin. Lo que hicieron los escritores costumbristas sobre el siglo XIX lo está haciendo él en estos artículos sobre el siglo XX. Larra es el paradigma de esa actitud de observador minucioso de la realidad y escritor certero de los comportamientos de sus coetáneos. Con él comparte Pérez-Reverte la capacidad literaria para plasmar descripciones vivas, la actitud crítica ante la mediocridad cotidiana, la rebeldía ante un mundo que no le satisface y el empleo de unos recursos lingüísticos personales que convierten estos textos en artículos literarios imperecederos, alejados de la caducidad propia del medio periodístico.
Ya señalé en un trabajo anterior que Arturo Pérez-Reverte se sitúa con estos artículos en la tradición literaria que arranca en el costumbrismo romántico: en la pasión, el sarcasmo y el sentimiento dolorido de Larra. Una tradición que continuaron los escritores de la Generación del 98, como han documentado detalladamente Pedro Gómez Aparicio y Félix Rebollo en distintas publicaciones. Unamuno, Baroja, Azorín o Valle-Inclán plasmaron en revistas y periódicos de su tiempo el devenir social y estético en el que vivieron. Sus artículos fueron, así, una contribución esencial a la historia política, moral y literaria de su época. De la recopilación de esos artículos surgieron libros imprescindibles para comprender la literatura de principios de siglo, desde España y los españoles o Del sentimiento trágico de la vida, de Unamuno, a Juan de Mairena, de Antonio Machado, Las confesiones de un pequeño filósofo, de Azorín, y hasta el esperpento Luces de bohemia, que Valle-Inclán publicó inicialmente en forma de folletín periodístico. Esa tradición literaria del periodismo como dinamizador de la conciencia crítica la potenció Ortega y Gasset antes de la guerra, a través de sus escritos en El Sol, en la revista España, en El Espectador, en Revista de Occidente. En las páginas de El Sol verían la luz por primera vez, en 1929, los artículos que componen La rebelión de las masas. De tal manera que el artículo vivió una de sus etapas más fructíferas en esas décadas anteriores a la guerra civil, en las que importantes revistas y periódicos fueron para los escritores del momento un lugar de debate, de polémica y de creación literaria. Esa tendencia sobrevivió después de la guerra a través del magisterio de autores como González Ruano o Eugenio d’Ors y experimentó en la década de los años setenta un nuevo resurgimiento, del que dan fe la abundancia heterogénea y la calidad de los autores que cultivan el artículo periodístico en la prensa española desde entonces hasta finales del siglo; autores actuales a los que me he referido ya en otros trabajos. En ese contexto y en esa rica tradición literaria se sitúan los artículos de este autor, convertidos en testimonios de una época bastante agitada.
En este sentido, los artículos cumplen una función distinta al resto de su obra literaria. En esta década Pérez-Reverte ha ido consolidando una obra narrativa formada ya por trece novelas, que lo han convertido en uno de los escritores actuales más leídos, con ediciones de sus obras en más de veinte países. Títulos como El maestro de esgrima, La tabla de Flandes, El club Dumas o La piel del tambor constituyen algunas de las novelas más apreciadas por los lectores en distintos países. Y la serie protagonizada por el capitán Alatriste es, sin duda, la serie novelística más emblemática de la literatura española actual. En la mayoría de sus novelas hay siempre una evocación histórica, mediante la cual recrea el autor tiempos pasados en los que todavía era posible encontrar valores que se han perdido en el tecnificado mundo actual. Con una mezcla de presente y vestigios del pasado, Pérez-Reverte construye en esos libros su propio mundo literario. La estructura narrativa, la trama de la historia, la creación de los personajes son para este autor una forma de poner orden, de organizar el tiempo, de crear un universo personal de ficción. Ese universo es el contrapunto al paisaje mediocre de la realidad cotidiana. «He vivido en un mundo que no me ha gustado, que he detestado muchas veces», explicaba en una entrevista el 21 de octubre de 2000. Y seguía: «Yo combato el vacío que todos tenemos con la creación de ese mundo de aventuras, de viajes, de sueños, de imaginación, de tesoros, de libros perdidos que recupero y los hago otra vez vivos; y eso hace que el hecho de envejecer y de vivir sea soportable, placentero, pleno y grato. Escribiendo detesto menos el mundo, me detesto menos a mí mismo, me reconcilio con las cosas buenas porque yo creo el mundo a mi manera».
Frente a esa actitud de crear un mundo de ficción personal, los artículos literarios suponen un enfrentamiento con el mundo de la realidad. Pérez-Reverte realiza en ellos un ejercicio de comprensión. La literatura se convierte en estas páginas en un medio para entender el mundo, en una forma de explicarlo y en un vehículo para denunciar aquello que no le gusta.
El balance no es, desde luego, optimista. Pérez-Reverte ha hablado en más de una ocasión del «naufragio de este final de siglo», en el que hay muy pocas cosas a las que agarrarse. Un siglo que «termina de muy mala manera —ha explicado—: No hay grandes palabras ni causas ni banderas ni héroes». No hay consuelo. «Antes el hombre tenía palabras como patria, dignidad y cosas de esas a las que agarrarse y consolarse de la inmensa soledad de la condición humana.» Pero «el tiempo nos ha quitado la inocencia».
Pérez-Reverte no rehúye esos espacios ensombrecidos de la sociedad actual. Al revés: ése es el terreno en el que se mueven sus artículos. Su cometido es poner de manifiesto aquellas conductas en las que prevalece la mediocridad, la hipocresía, la falsedad, la brutalidad humana. Desenmascarar la barbarie. No sólo en sus manifestaciones más escandalosas, sino también en su expresión diaria: la marginación social de las ciudades, la violencia cotidiana, la ignorancia. Incluso algunos artículos que pueden parecer más anecdóticos no son otra cosa que una imagen simbólica de este mismo tema: la conciencia herida de estar contemplando un mundo bárbaro. Cuando escribe sobre la zafiedad de algunos comportamientos, sobre el vestir hortera o sobre ciertas costumbres cutres, esos asuntos son expresión en estos textos de la ordinariez, la mediocridad, el talante cazurro y el mal gusto. «Todo eso, que parece anecdótico, no lo es —escribió el 10 de agosto de 1997—. Supone un síntoma evidente de la degradación del respeto entre los españoles, del escaso aprecio que nos tenemos a nosotros y a nuestras instituciones y de la peligrosa facilidad con que confundimos cordialidad y grosería». Y la grosería es, también, una forma de barbarie.
Ese alegato está expresado en los artículos de una forma tajante y sin eufemismos. La retórica del lenguaje se adapta a esa intención, mediante un empleo eficaz del registro idiomático más apropiado en cada caso. Hasta el insulto y el «taco» hispano se convierten en ese contexto en la síntesis más rotunda de la indignación, en la forma contundente de expresar la denuncia y, a veces, simplemente en un desahogo por la impotencia ante lo que está irremediablemente mal hecho.
Como ha detallado en un estudio reciente Jiménez Ramírez, estos artículos son un muestrario de la riqueza expresiva del lenguaje coloquial. En ellos conviven clichés lingüísticos coloquiales con originales metáforas, comparaciones, metonimias y otros procedimientos expresivos. El lenguaje se adapta, de este modo, al tema y a la intención crítica de estos textos. El empleo de voces de germanía, modismos, frases hechas, léxico de argot, invención de términos mediante recursos gramaticales, procedimientos de sufijación y asociaciones burlescas de todo tipo emparentan la prosa de Pérez-Reverte, en este aspecto, con el Quevedo más satírico, más burlón y más crítico con la sociedad de su tiempo. Y esa retórica no es, desde luego, improvisación; es estilo, artificio lingüístico, elaboración literaria de la realidad. De forma que la prosa de Arturo Pérez-Reverte en estos artículos es una de las más ricas, ágiles y expresivas del periodismo literario actual.
Algunos de estos recursos contribuyen a dotar a los textos de una característica fundamental: el humor. En estos artículos, los guiños al lector, desplantes, hipérboles, comparaciones disparatadas, juegos de palabras y otros procedimientos aportan desenfado, ingenio y burla al texto y añaden esa necesaria visión humorística que suaviza el drama de las situaciones que se describen. Junto a ellos, el empleo de la ironía y el sarcasmo refuerza la finalidad burlesca, satírica y ridiculizadora de unos comentarios convertidos en diatribas acusadoras de un mundo infame.
Las invectivas de estos artículos no encierran una intención moralizadora, aunque sí expresan el deseo de un mundo más habitable. Transmiten la añoranza de una sociedad en la que pudieran pervivir valores como la nobleza o la integridad. Manifiestan nostalgia de una convivencia humana basada en el respeto y la solidaridad, de unas relaciones personales construidas sobre la lealtad y la honradez, de unos comportamientos guiados por el empeño por cumplir el deber y por el afán dorsiano del trabajo bien hecho. Por eso se presentan con dignidad y admiración aquellas personas que ejemplifican esos valores: el soldado que se juega la vida en el cumplimiento del deber, quienes se enfrentan con lealtad y coraje a la hipocresía del mundo, las víctimas que la sociedad abandona como marginados y malditos, y aquellos que, a pesar de todo, desempeñan su papel con orgullo. Todos esos personajes demuestran que en el tablero del mundo «todavía hay peones capaces de jugar el juego de la vida con dignidad y con vergüenza»; que todavía quedan héroes, escribe en una de estas páginas, «en el sentido clásico del término: con valores morales cuya observación e imitación pueden hacernos mejores y más nobles». Aunque sean los últimos héroes.
Ese contrapunto nostálgico de una heroicidad cotidiana en un mundo hostil y mediocre aleja estos artículos de la desesperación romántica. «En pocos escritores de nuestras letras —ha escrito Julio Peñate— se compagina una visión sin contemplaciones de la naturaleza humana con la persistencia obstinada de la esperanza». Pero la salvación es personal. A los personajes de estos textos les salva el orgullo de su propia dignidad. Y eso les hace héroes solitarios: «El peón está allí de pie, en su frágil casilla. Y esa casilla se convierte de pronto en una razón para luchar, en una trinchera para resistir y abrigarse del frío que hace afuera. Ésta es mi casilla, aquí estoy, aquí lucho. Aquí muero. Las armas dependen de cada uno. Amigos fieles, una mujer a la que amas, un sueño personal, una causa, un libro».
Por eso, en el conjunto de estos artículos no hay actitudes alarmistas ni histeria melodramática. Señalaré un detalle que puede parecer ínfimo, pero que se me antoja revelador. Los textos reunidos en este libro están escritos mientras se vivía la transición de un siglo a otro, que ha coincidido, además, con el fin del milenio. Todos los finales de siglo se parecen. Los sociólogos hablan de la existencia en esas fechas de una cierta ansiedad colectiva, en la que se mezcla la nostalgia del pasado, el pesimismo del presente y la incertidumbre ante el porvenir. Y así acabó el siglo XX: con alguna histeria colectiva, con polémicas banales sobre cuál era en realidad el último año del milenio, con celebraciones frívolas y con infundados temores informáticos bastante catastrofistas. Aquel 31 de diciembre de 2000, Pérez-Reverte escribió: «Tenía previsto hacer una especie de reflexión sobre cómo este siglo que acaba empezó con la esperanza de un mundo mejor, con hombres visionarios y valientes que pretendían cambiar la Historia, y cómo termina con banqueros, políticos, mercaderes y sinvergüenzas jugando al golf sobre los cementerios donde quedaron sepultadas tantas revoluciones fallidas y tantos sueños. Iba a comentar algo de eso, pero no voy a hacerlo». El artículo se titula «El rezagado» y lo que realmente escribe en ese último día del año 2000, mientras el calendario cambia de año, de siglo y de milenio, es una alegoría sobre la lucha por la vida. Una afirmación del esfuerzo, de la dignidad de la derrota, de la aceptación de la vida con sus leyes. Cuenta el empeño de un ave por seguir el aleteo ágil del grupo con el que intenta emigrar, cruzando el mar, hacia las tierras cálidas de África. El cansancio le retrasa, y hace tiempo que ha quedado rezagada, y vuela sola. «La bandada está demasiado lejos, y él ya sabe que no la alcanzará nunca. Aleteando casi a ras del agua, con las últimas fuerzas, el ave comprende que la inmensa bandada oscura volverá a pasar por ese mismo lugar hacia el norte, cuando llegue la primavera, y que la historia se repetirá año tras año, hasta el final de los tiempos. Habrá otras primaveras y otros veranos hermosos, idénticos a los que él conoció. Es la ley, se dice. Líderes y jóvenes vigorosos, arrogantes, que un día, como él ahora, aletearán desesperadamente por sus vidas. Y mientras recorre los últimos metros, resignado, exhausto, el rezagado sonríe, y recuerda.»
En esa imagen piensa el escritor cuando termina un siglo y otro acaba de empezar. En estos artículos Pérez-Reverte es testigo de ese tiempo de transición, de las batallas cotidianas, del desquiciamiento de unos, del esfuerzo heroico de otros, de la soledad de todos: como Quevedo en su época, como Larra, como Valle-Inclán. Los artículos son espejos de ese tiempo incierto y confuso, que es nuestro propio tiempo. Aunque no nos guste. Y eso no es malo ni es bueno. Es sólo una sabia verdad de Perogrullo: «Hay cosas que son como son, y nada puede hacerse para cambiarlas».
JOSÉ LUIS MARTÍN NOGALES
1998
Casas Viejas
Tengo un amigo que se llama Fran y tiene veinte años. Fran vive en Benalup, un pueblo de la provincia de Cádiz, y sueña con escribir. No con ser escritor, que nada tiene que ver; sino con escribir un libro. Uno concreto, que tal vez tuvo simiente cuando él sólo era un crío, en la casa donde su abuelo, entre trombosis y trombosis, le hablaba de la guerra civil y de los tiempos de la República. Le hablaba de Casas Viejas.
La generación de Fran, por supuesto, ignora qué significa el nombre de Casas Viejas. Ignora que en el año 1933 aquélla era tierra donde la gente moría de hambre junto a cortijos inmensos acotados para cazar o para la cría de reses bravas. Por eso un día los campesinos anarquistas agarraron la escopeta y la canana con postas y proclamaron el comunismo libertario en aquel rincón de Andalucía. Luego se tiznaron la cara con picón, tomaron el cuartelillo de la Guardia Civil como quien asalta la Bastilla y le pegaron un tiro al sargento. Y cuando el Gobierno de la República mandó a restablecer el orden al capitán Rojas y a más de un centenar de guardias de asalto y guardias civiles con la famosa orden «ni heridos ni prisioneros, los tiros a la barriga», casi todos los sublevados se echaron al monte. Casi todos menos seis hombres y dos mujeres que en la choza de paja y toniza del Seisdedos se batieron durante trece horas a tiro limpio, hasta morir entre llamas, bombas de mano y fuego de ametralladora. Después, exasperados por la resistencia y resueltos a hacer un escarmiento, los guardias sacaron de sus casas a los sospechosos de haber participado en la rebelión; y al terminar todo, junto a la choza calcinada, los vecinos contaron catorce cadáveres.
A Fran lo obsesionan esos fantasmas, como a otros jóvenes de su edad pueden obsesionarlos un examen, un puesto de trabajo, la litrona, el sexo, Mozart o la música de bakalao. Tiene el aplomo de quien lee mucho y bien, y le resulta fácil establecer paralelismos históricos, definir familias políticas, estudiar el sucio pasteleo que siguió a la tragedia, identificar la vil casta de sinvergüenzas que en 1933 hizo posible Casas Viejas como hoy hace posibles otras infamias, con ese aceptable escritor y mediocre político llamado Manuel Azaña —a quien don José María Aznar dice ahora leer mucho— quitándose los muertos de encima, con el director general de Seguridad queriendo sobornar al capitán Rojas para que se volviera mudo, y con todo cristo usando aquello como arma contra el adversario, sin importarle a nadie una puñetera mierda el pueblo ni sus habitantes: España ruin, profesionales de la demagogia, del titular de periódico y de los trenes baratos, siempre dispuestos a calentarse las manos en cualquier hoguera donde ardan otros. No hace falta remontarse a 1933 para echarse tal gentuza a la cara.
Aunque es joven, Fran sabe todo eso. Entre otras cosas porque ha aprendido a descifrarlo en los libros; que, incluso embusteros y manipulados a veces, a la larga nunca mienten y de ellos se recicla hasta la basura. Fran sabe que la Cultura de verdad, la que se escribe con mayúscula, no es sino letra impresa, sentido común, humildad del que desea aprender, buena voluntad y memoria. Quizá por eso sueña con escribir una novela histórica en la que salga Casas Viejas. Un relato en el que pueda materializar las palabras de su abuelo, los recuerdos de todos esos ancianos de Benalup de cuyos labios escuchó el episodio, y que por su parte lo escucharon de boca de otros que a su vez lo hicieron de los protagonistas. Fran no se resigna a que los viejos del lugar sigan muriendo poco a poco y cada entierro se lleve a la tumba tantas cosas por legar: historias trágicas, hermosas, terribles, heroicas, útiles, que extinguido su recuerdo oral ningún joven podrá ya conocer nunca. Historias que nos explican cómo somos de héroes y de caínes, y por qué somos así y no de otra manera. Historias que nos avergüenzan de esta tierra nuestra, tan desgraciada y miserable, y al mismo tiempo también nos dan fuerzas para seguir alentando la esperanza de lo que todavía late en innumerables corazones.
Me cuenta Fran que a su pueblo andan queriendo cambiarle el nombre, o enriquecérselo, convirtiéndolo en Benalup-Casas Viejas. Y a él y a mí nos parece muy bien. Porque cuando ese día llegue, Fran y yo tenemos un compromiso: llenar una bota de vino, subir a la sierra y bebérnosla entera en cualquiera de los escondites donde Seisdedos y los otros pudieron haberse guarecido de la injusticia, y no quisieron.
El señor de luto
Hace un par de días subí a El Escorial con mi amigo Pepe Perona, maestro de Gramática. Nos acercamos a rezarle un padrenuestro imaginario a la tumba de don Juan de Austria, nuestra favorita, y luego estuvimos respirando Historia en el panteón donde están enterrados —salvo un gabacho— todos los monarcas españoles desde Carlos V hasta ahora, o sea, casi nadie al aparato. Partiéndonos de risa, por cierto, con unas guiris que alucinaban por la cosa de los siglos, porque ellas lo más viejo e ilustre que tienen es el kleenex con que George Washington se limpió los mocos al cruzar el Potomac, o lo que cruzara el fulano. Que al fin y al cabo, como apuntó el maestro de Gramática, unos tienen una tecnología cojonuda y otros tenemos memoria.
El caso es que luego, caminando bajo la armonía simple y perfecta de aquellos muros y aquellas torres, nos acercamos hasta la exposición del cuarto centenario de la muerte de Felipe II. Zascandileamos por ella sin prisa, disfrutando como críos entre libros venerables, cuadros, armaduras, armas, objetos religiosos, monedas, retratos y todo lo que permite aproximarse, en sus dimensiones de luz y de sombra, a una época extraordinaria; cuando España, o las Españas, o lo que esa palabra significaba entonces, era potencia mundial indiscutible y tenía a la que hoy llamamos Europa bien agarrada por las pelotas.
Para nuestro bien y nuestro mal, nunca existió en el mundo monarquía como aquélla; donde confluyeron administración y arte, técnica y letras, diplomacia, guerra y defensa, crueldad e inteligencia, espíritu humanista y oscuro dogmatismo. Con aquella España, y con el rey que mejor la representa, fuimos grandes y terribles. Por eso, moverse por las salas de Felipe II: un monarca y su época es acceder a las claves, a la comprensión del impresionante aparato que, durante un siglo y medio, hizo el nombre de España el más temido y respetado de la Tierra. Es dejar afuera los prejuicios y las leyendas negras y toda la mierda fabricada por la hipócrita razón de Estado de otras potencias que aspiraban a lo mismo, y visitar con calma y reflexión los mecanismos internos de aquella máquina impresionante y poderosa. Es comprender la personalidad de un rey lúcido, prudente, con inmensa capacidad de trabajo y austeridad personal por encima de toda sospecha; acercarse a un monarca cuya correspondencia muestra hondos afectos y sentido del humor, y cuya biblioteca supone admirable catálogo de la cultura, el conocimiento, el arte, la inteligencia de su época. Personaje fundamental para entender la historia del mundo y la nuestra, que al final han tenido que ser hispanistas británicos quienes saquen de la injusticia y del olvido.
Visitar la exposición de El Escorial supone mirar con la mirada de un hombre de Estado, heredero de un orbe inmenso, que tuvo que batirse contra el Islam y contra Europa al tiempo que sus aventureros consolidaban un imperio ultramarino; y casi todo lo hizo con crueldad, idealismo, eficacia y éxito, mientras otros dirigentes y reyes contemporáneos, el bearnés envidioso y chaquetero o la zorra pelirroja, sólo alcanzaron a ejercer la crueldad a secas. Un Felipe II a quien primero los enemigos calumniaron, después el franquismo contaminó con miserables tufos imperiales de sacristía, y luego un Pesoe analfabeto, ministros de Educación y de Cultura para quienes la palabra cultura nunca fue más allá de un diseño de Armani o una película de Almodóvar, llenaron de oprobio y de olvido.
Por eso me revienta que sean los del Pepé —los mismos que, no por casualidad, se llevan el Museo del Ejército de Madrid al Alcázar de Toledo— los promotores del asunto; arriesgándose el buen don Felipe II, una vez más, a que este país de tontos del culo siga identificando historia y memoria histórica con derecha, y asociando cultura con reacción. Pero, bueno. Mejor eso que nada. Y benditos sean quienes, Pepé o la madre que los parió, hacen tan noble esfuerzo con excelente resultado. Así que, si les place, acérquense vuestras mercedes a El Escorial, abran los ojos y miren. Comprenderán, de paso, qué ridículos se ven, en comparación, ciertos provincianismos mezquinos y paletos, con esa ruin historia de andar por casa que los caciques locales se inventan para rascar votos en el mercado de los lunes. Y verán lo lejos y lo bien que miraba aquel rey malísimo, traganiños, cruel, fanático, oscurantista, que —sorpresa, sorpresa— tenía en casa una de las más espléndidas bibliotecas del mundo.
El tren expreso
No imaginaba el arriba firmante que a estas alturas el buen don Ramón de Campoamor pudiera interesar a alguien, pero me alegro. Porque el caso es que algunos lectores y amigos —casi todos jóvenes— me piden el contexto de una cita sobre hijas y madres que hice un par de semanas atrás, al hilo de otro asunto. Temo defraudar expectativas, porque en realidad la cosa no forma parte de un poema largo de Campoamor, sino de una de sus célebres Humoradas, tan breve que consta sólo de dos versos: «Las hijas de las madres que amé tanto, / me besan ya como se besa a un santo». Lo que en el caso de don Ramón, como en el mío propio y en el del común de varones de mi generación para arriba, empieza a ser, ay, verdad dolorosa e indiscutible.
De cualquier modo, celebro que esto me dé ocasión para hablar de don Ramón de Campoamor y Campoosorio (1817-1901), poeta que tras vivir la gloria y la adoración en vida fue atacado, vilipendiado, pisoteado y despreciado después durante décadas, y lo sigue siendo hoy, por los mandarines de las bellas letras. Por supuesto, vivo no le perdonaron el éxito; pero cainismo hispano aparte, en su condena y ejecución post mortem hay otras cosas de más enjundia. Lo más suave que se dice de él, aparte de burgués, viejo y chocho, es ripioso, ramplón y filósofo barato. Y —las cosas como son— lo fue muchas veces, sin duda. Su arte para resaltar lo obvio, sus cursiladas de juzgado de guardia, sus dísticos de abanico, su facilidad para versificar sobre cualquier gilipollez, están en letra impresa y basta echarles un vistazo para hacerse cargo de la cantidad de bazofia que parió el abuelo.
Y sin embargo, bajo todo eso, Campoamor sigue siendo un gran poeta. Alguien que, cuando se llega al verso adecuado, a la reflexión idónea, al poema preciso, sigue arrancando al lector una sonrisa, un estremecimiento de placer, estupefacción, complicidad o respeto. Existe una muy recomendable antología de Víctor Montolí editada por Cátedra; y a ella pueden acudir los interesados en la vertiente selecta del asunto. En cuanto al arriba firmante, soy —aparte Quevedo, Machado, Miguel Hernández y alguna cosa suelta del gran Pepe Hierro— analfabeto en materia poética; y sobre ese particular dejo los dogmas y cánones a la nómina oficial de bobalios, sus mariachis y sus soplapollas. Así que a título exclusivamente personal diré que a don Ramón hay que entrarle a saco y sin complejos, de cabeza en la obra completa, que ignoro si conoce edición moderna, pero es fácil encontrar todavía en antiguas ediciones por las librerías de viejo. Con este asturiano de Navia, lúcido, irónico, bondadoso, que fue rey de los salones e ídolo de madres y jovencitas de finales del pasado siglo, hay que tragarse sin pestañear la morralla y buscar las perlas, en gozosa tarea de lector honrado. Y así, pasando páginas llenas de vapor de encajes y tez de nieve nunca hollada, y chorradas como la de «Es misterioso el corazón del hombre / como una losa sepulcral sin nombre», o lo de «Mi madre en casa y en el Cielo Dios», tropezar de pronto con la maliciosa ternura de ¡Quién supiera escribir!, la ironía amoroso-burguesa de Una cita en el cielo, el poema sobre la vejez del don Juan de Byron, el magnífico diálogo de Las dos grandezas —«¿Qué quieres de mí?» «¿Yo?, nada / que no me quites el sol»— o ese El tren expreso largo, melodramático, tedioso a veces y lleno de ripios, pero que es necesario leer con paciencia para llegar al canto tercero, donde hasta los más escépticos se estremecen al leer: «Mi carta, que es feliz, pues va a buscaros / cuenta os dará de la memoria mía. / Aquel fantasma soy, que por gustaros / juró estar viva a vuestro lado un día...».
Adoré sin reservas cuando jovencito los versos de Campoamor, como los del Tenorio de Zorrilla y las rimas de Bécquer. Quizá porque una de mis abuelas, una señora rubia y elegante que cada tarde leía y hacía encaje de bolillos en un mirador imaginando la felicidad que pocas veces tuvo, solía reunir a sus nietos y nos recitaba esos poemas de memoria, pues los había leído cientos de veces en su juventud. Recuerdo cada uno de los versos en su voz educada, limpia y grave. Y recuerdo mis lágrimas, y las suyas, cuando llegaba conmovida a las últimas y fatales palabras de la carta de El tren expreso, que yo esperaba siempre con el alma en vilo: «¡Adiós, adiós! Como hablo delirando, / no sé decir lo que deciros quiero. / Yo sólo sé que estoy llorando, / que sufro, que os amaba y que me muero».
Los lobos del mar
Su sueño es jubilarse para ir de pesquera cuando les salga. Saben del mar más que muchos presuntos zorros de los océanos, de esos que van vestidos de diseño náutico y sacando pecho entre regata y regata. A éstos no les alcanza para diseño, porque no suelen ser gente de viruta; la mayoría sólo posee una modesta lanchita con fueraborda que apenas basta para gobernar allá afuera, cuando salta el lebeche o el levante coge carrerilla, o el Atlántico dice hola buenas. Los hay de todas las edades; pero el promedio sube de los cuarenta y madura hacia los cincuenta en sus dos variedades más comunes: flaco, tostado y chupaíllo, o triponcete y tranquilo, este último a menudo con bigote. Se llaman Paco, Manolo, Ginés y cosas así, muy de diario. Y pasan la semana entera, en el taller, en la oficina, en la tienda, soñando con que llegue el fin de semana para madrugar o no acostarse, coger el bocadillo o la fiambrera —ahora tuperware— y salir, pof-pof-pof, a buscárselas. Algunos no pueden aguantarse y van un rato por la tarde, entre semana, o se levantan temprano y salen a echar el volantín en la bocana, o se van al muelle o al rompeolas con la caña y el cebo; y cuando su María se despierta y prepara el desayuno de los hijos, ellos aparecen por la puerta y se beben un café antes de ir al curro tras dejar en el frigorífico un pargo y una dorada para la cena.
Detesto matar animales por afición, y eso incluye a los peces. Llevo veinte años sin disparar un arpón submarino, y sólo admito pescar aquello que uno mismo puede comer. Pero asumo que, entre los depredadores bípedos, los pescadores son una raza superior. Ignoro cómo respiran los de río y aguas dulces; pero a los de mar llevo toda la vida tratándolos. Desde zagal me han admirado estos hombres —curiosamente casi no hay mujeres en ese registro— capaces de permanecer en una escollera, tendida la caña y los ojos absortos, inmóviles durante horas, con el pretexto de un pez. De noche, cuando navego muy pegado a una costa, a un faro o a la farola de un puerto, veo sus fogatas, el resplandor de sus linternas, y a veces la brasa roja de sus cigarrillos brillando en la oscuridad; y en ocasiones, recortado en la luz de la luna o en el resplandor tenue que tienen a la espalda, el bosque de sus cañas al acecho. Pero la variedad que más me impresiona es la del que sale a la mar en un barquito de dos metros y te lo encuentras allá adentro fondeado horas y horas, balanceándose minúsculo en la marejada a las tres de la madrugada de una noche sin luna, apenas una linterna que enciende apresurado para señalar su posición cuando divisa las luces roja y verde de tu proa. A veces los oyes hablar por el canal 9, en clave para no dar pistas a posibles competidores: cómo lo llevas, fatal, no entra nada por aquí, dos raspallones, morralla, estoy donde tú sabes pero un poco más adentro, etcétera. Luego los ves llegar por la mañana con sus capturas, sin afeitar y con la piel grasienta, endiñarse un carajillo de Magno e irse cada mochuelo a su olivo, a llevarle a la Lola, o a la Pepa, o a la Maruja —que están hasta el moño de cocinar pescado— a pesquera con que apañar el caldero del domingo. Con tiempo para detenerse, como los vi el otro día, ante un lujoso megayate de tres cubiertas amarrado en la zona noble del puerto, mover la cabeza desaprobadores y comentarle al compadre: «Desde ahí no puede echarse el curricán».
Todos han pasado ratos de válgame Dios, de esos en los que juras no volver a subirte en la vida en algo que flote. Pero allí siguen. Sacan a sus nietos a echar el volantín, pasean por los muelles a fisgonear lo que traen otros, comentan los lugares adecuados, las incidencias, miran el cielo y prevén el tiempo mejor que Maldonado el de la tele. Guardan celosamente secretos que no confiarán nunca ni a sus mejores amigos: el bajo donde engancharon dos congrios, aquella punta donde entra la boga, ese mero al que llevan semanas acechando a poniente del sitio cual. Miran hacia el mar, donde está su ensueño, más que a la tierra, a la que dedican sólo el tiempo imprescindible. Y en el fondo, aunque afirmen lo contrario, les da igual pescar que no pescar; la prueba es que, con pesca o sin ella, siguen saliendo. Quizá ni ellos mismos sepan con certeza qué es lo que buscan, ni por qué. Pero es posible que intuyan la respuesta en su propia soledad y silencio, sedal en mano y mecidos durante horas por el balanceo del bote en la marejada. Con la línea de la costa —la línea de sombra de su vida— a media milla de distancia.
Aterriza donde puedas
15.000 maletas en un día no las pierde un aeropuerto ni a propósito, con todos los empleados dedicándose concienzudamente a perderlas una tr