Amándonos y desamándonos
ya no cabe decir los años
que andamos juntos
cuatro hijos
nuestro país y el mundo
gloriosos viajes
el aire compartido
arena que se pierde
lecturas pantallas escenarios
el unicornio azul en el espejo
el reverso que soñamos
con miedos y alegrías
con torpeza y lucidez.
Mientras doy cierto orden
a estos textos
irremediablemente lastimados
te pido que los aceptes
por lo que repito
una y otra vez
con versos
que hago míos
desde el torbellino
de tus ojos verdes y tus senos
que abren abismos en ese mundo
locamente nuestro
tan tuyo
Nora
a vos,
transido de distancia,
bajo este amor que crece y no se muere,
bajo este amor que sigue y nunca acaba.*
* ÁNGEL GONZÁLEZ, “Mientras tú existas...”, Áspero mundo, 1956
“He empezado a cuidar el recuerdo que voy a dejar
y hay otras cosas de mi pasado
que prefiero que se conserven,
antes que las artes de fullero.”
REFLEXIÓN DEL NEGRO PRAXEDES CHAGAS, EN TOMÁS DE MATTOS, A LA SOMBRA DEL PARAÍSO.
“La crítica es la forma moderna de la autobiografía. Uno escribe su vida cuando cree escribir sus lecturas.”
RICARDO PIGLIA, EN EL “EPÍLOGO” A FORMAS BREVES.
ADVERTENCIA GENERAL
Hace muchos años que escribo, o que intento hacerlo. En 1955 publiqué mi primer poema y mi primer comentario crítico en una revista estudiantil. Mi inveterada pereza, mis escasas aptitudes y un constante acoso laboral me han impedido producir —tal vez para bien del lector— un libro hecho y derecho. Pocos años atrás decidí rectificarme: reuní todos mis textos —artículos y entrevistas, reseñas y notas periodísticas, ponencias y comentarios académicos diversos—, los ordené por temas, fechas o afinidades. Deseché, dudé, busqué un hilo conductor; no lo hallé y el libro sucumbió. Un libro, quiero decir la Divina Comedia o Los siete locos. Escrito de cabo a rabo como tal.
Abandoné aquel digno propósito por ese motivo y por otros de menguado prestigio. Pero en el 2002 me sobrepuse a aquella frustración, y me dije: “Durante años esto hiciste. Veamos ahora si hay algo que puede, sin mucha prudencia, rescatarse”. Dos o tres amigos —temerarios— me alentaron. El resultado es el que sigue.
Los datos sobre los lugares en que aparecieron originariamente los textos y algunas circunstancias personales que los promovieron o demoraron, así como los nombres de aquellas personas que —a veces sin saberlo— me ayudaron a conformar este volumen figuran al final del libro. Me pareció un gesto de cortesía hacia el lector. Puede pasar por alto tales minucias con mayor facilidad que si ellas figurasen al comienzo. En esta misma advertencia, por ejemplo.
No espero su benevolencia —la del posible lector— sino su mirada crítica, un diálogo encendido y ninguna piedad. Uno pretende más de lo que merece.
J. L.
I
PRIMERAS HISTORIAS
PALIMPSESTOS
A Martín, que nació cuando
yo incurría en estas distracciones
Los textos básicos que conforman esta primera parte de mi Cartografía fueron escritos en los inicios de los años setenta, pero su gestación había comenzado en la década anterior. De donde si los denominase “protolibro” no me equivocaría; sin embargo, en tanto que al borrarlos (editarlos) les he sobreimpreso algunos comentarios, prefiero mentar aquellas tablillas en las que tiempo atrás los copistas volvían a escribir una y otra vez.
En este conjunto pueden distinguirse dos subconjuntos o agrupamientos. Uno está constituido por las entrevistas a tres grandes figuras que renovaron las letras de nuestra América a lo largo del siglo XX. Si bien ellos hundieron sus raíces en Chile, Argentina y Brasil, sólo una óptica miope puede confinarlos a esos territorios. De todos modos, no es su universalidad lo que ahora me interesa sino la secreta y multiforme articulación que ellos establecen en la literatura de nuestro continente.
Por su parte aquel que puede considerarse un segundo grupo recoge textos que giran en torno a la descendencia quizá más notoria de aquellos padres. Su eje toma en cuenta fundamentalmente a los narradores que promovieron el boom de los sesenta, algunos debates con respecto a ese fenómeno y otras concomitancias.
Cabría entonces señalar que Neruda, Borges y Amado conforman “primeras historias” en un doble sentido: sus obras son fundantes en cuanto al desarrollo de la literatura latinoamericana y luego, al menos en mi caso, su lectura produjo un deslumbramiento inicial, hondo y perdurable. Los textos siguientes, sobre el boom y Vargas Llosa, sí son verdaderos “palimpsestos”. De donde tímidamente apunto un corte entre ambos grupos.
Claro que no sólo por esta doble partición el conjunto presenta textos de dispar factura: tres entrevistas, una ponencia, un ensayo crítico y varias glosas lo atestiguan. Sin embargo, un humus les es común y abona su homogénea heterogeneidad; porque bien que mal estos textos pretenden abordar desde ángulos diversos y desde un determinado sector de la cultura un objeto que nos concierne.
Que a mí decididamente me concierne. Que concierne de manera particular, conflictiva e íntima a todos quienes habitamos este vasto territorio que se extiende desde el río Grande fronterizo hasta la Patagonia austral. Objeto u objetivo, subrayo, que hoy no logran obturar los nuevos desafíos de la tan mentada globalización. Por el contrario, esos desafíos redoblan nuestros esfuerzos, viejos y renovados esfuerzos en pro de la hermandad de los pueblos de América latina.
1. PRIMERAS HISTORIAS
SU EXCELENCIA, EL POETA
Entrevista a Pablo Neruda
Conocí a Neruda en 1958, un día del mes de agosto, jueves tal vez. Pero en verdad lo conocía desde mucho antes, pues en mi temprana adolescencia cordobesa habité sus “residencias” con harta furia y pena: a orillas del Río Tercero, en Villa María, supe leer incansablemente “Barcarola”, “Oda con un lamento”, “Sólo la muerte”, “Walking around”, “No hay olvido”...
Por eso, en lo inmóvil, deteniéndose, aquella mañana de agosto permanece y ha de permanecer para siempre en mi memoria. Fue un encuentro desigual: él me dedicó, con bella letra y tinta verde, un ejemplar de la primera edición de sus Obras completas; yo le entregué un manojo de mis poemas, que imitaban servilmente los suyos. Después de Estravagario —motivo de aquel viaje— lo vi cinco o seis veces más a lo largo de los doce años que trabajé en la Editorial Losada. De aquellos encuentros recuerdo algunos episodios: los relatos cálidamente entreverados sobre Esquel, mi pueblo natal, y Temuco, el pueblo donde transcurriera la infancia de Neruda, de uno y otro lado de los Andes; la tarde en que lo acompañé a L’Amateur, suntuosa librería de grabados, mapas y libros antiguos, de álbumes y láminas de América, donde lo vi manipular, acariciar y hasta oler esos objetos, gozando cual niño; una larga digresión y posterior “debate” sobre vinos durante un almuerzo, en el que Neruda terminó reconociéndome la ascendente calidad de los tintos argentinos, equiparables ya entonces a los mejores chilenos (el poeta pronunciaba con sabia unción “Cousiño-Macul”, “Errázuriz”, “Undurraga”…); una frase dicha al pasar y con un guiño cómplice —“la cuenta se la mandamos a don Gonzalo”— mientras elegía unas hermosas caracolas marinas en un elegante negocio de la calle Arenales; sus lentos ascensos por la empinada escalera de la editorial, en Alsina 1131, seguido de la mirada embobada de quienes lo acompañaban, reverenciándolo cual Buda viviente; y, desde luego, muchas de las circunstancias que rodearon la entrevista que transcribo y que corresponde a la última vez que nos vimos.
A fines del verano de 1971, Neruda pasó casi secretamente por Buenos Aires rumbo a París, pues había sido designado por su amigo, el presidente Salvador Allende, embajador de Chile ante el gobierno francés. Previamente, desde Santiago, había hablado con Gonzalo Losada para pedirle que mantuviese en reserva su pasaje y que le arreglara una entrevista con un solo medio del periodismo local; don Gonzalo me encomendó entonces esa tarea. Poco antes yo había entrado a trabajar como crítico cinematográfico en un semanario de vasta circulación. Hablé con su director, Norberto Firpo, y acordamos que fuese yo mismo quien se encargara de la cobertura exclusiva de esa visita. Pese a todas nuestras artimañas, los periodistas —TV, radio, revistas y diarios— se enteraron de la presencia de Neruda y montaron guardia rigurosa a la entrada del Plaza Hotel. Yo me deslizaba subrepticiamente y solíamos escabullirnos por la puerta de servicio, donde nos esperaba un auto en el que huíamos presurosos. Sin embargo, en una oportunidad lograron atraparlo, y fue el pandemonio. También debió improvisar una conferencia de prensa en la sede de la Sociedad Argentina de Escritores, durante el homenaje que le tributó esa entidad.
En el extenso copete o nota introductoria al texto de mi entrevista, podía leerse que “Siete Días fue el único órgano del periodismo que acompañó al flamante embajador durante toda su estadía en el país. Neruda ancló en Buenos Aires desde las 16.30 del martes 2 de marzo —cuando un avión de LAN Chile lo depositó en Ezeiza— hasta las 18 del sábado 6. Esa tarde el vapor Augustus partió rumbo a Europa, conduciéndolo a su nuevo destino. [...] Al reproducir lo esencial de cinco horas y media de reportaje grabado —primero en la Munich de Costanera Sur (‘lugar al que solía concurrir con Federico García Lorca y Oliverio Girondo, allá por los años treinta, cuando fui cónsul en Buenos Aires’) y luego en un largo paseo matinal por la Plaza San Martín— se han tenido que desechar, lamentablemente, anécdotas que ayudan a conformar una imagen familiar, cotidiana del poeta, para nada protocolar y teñida de sutiles toques de humor”. Para respaldar esa información se agregaban algunos lugares a los dos mencionados como escenarios específicos de la entrevista: un largo paseo por la Boca, una comida en la Embajada de Chile, un almuerzo en La Cabaña con los directivos de la Editorial Losada, sendas reuniones en la casa de Margarita Aguirre —amiga entrañable, ex secretaria y estudiosa de su obra— y en la del afamado impresor Lucho Torres Agüero; también algunos personajes que estuvieron presentes en esos ágapes: la mujer del poeta, Matilde Urrutia (a quien luego traté con cálida amistad y cuyo espíritu batallador en circunstancias aciagas supe valorar), el ex presidente del BID, Felipe Herrera, el economista Aldo Ferrer, los escritores Ulises Petit de Murat, Ricardo Molinari y Eduardo Gudiño Kieffer, entre otros.
Vagamente recuerdo hoy aquellas circunstancias y sólo fragmentos de los temas que en ellas se trataron; pero sí recuerdo el clima ameno que envolvió esa experiencia, más allá de sus muchas tensiones. La de prender el grabador no fue la menor. No bien yo apretaba la tecla, Neruda se ponía serio, desgranaba con lentitud y seguridad sus respuestas y volvía sobre ellas cuando lo consideraba necesario; finalmente me pidió leer el texto que iba a publicarse. Por el compromiso asumido ante él, respeté en su momento y vuelvo a hacerlo ahora aquel escrito aprobado mediante cuidadosa lectura en la habitación 562 del Plaza Hotel.
Siete meses después de ese lejano marzo, el autor de Canto general obtenía el Premio Nobel de Literatura. A fines de 1972 renunciaba a su cargo de embajador para regresar a Chile, donde pueblo y gobierno lo recibieron con un acto masivo en el Estadio Nacional de Santiago. El año siguiente, mientras el cáncer devoraba su cuerpo, en su residencia de Isla Negra, Neruda seguiría trabajando simultáneamente en varios libros: Jardín de invierno, La rosa separada, Defectos escogidos, 2000… Postrado ya en su lecho, escucha por radio la voz enérgica y final de Allende: “¡Viva Chile! ¡Viva el pueblo! ¡Vivan los trabajadores! Éstas son mis últimas palabras y tengo la certeza de que mi sacrificio no será en vano; tengo la certeza de que, por lo menos, será una lección moral que castigará a la felonía, la cobardía y la traición”.
Los aviones bombardean La Moneda. Todo es dolor: duelen la voz, las manos y el corazón; la patria entera es dolor. Una ambulancia escoltada por soldados deposita a Neruda en la clínica Santa María, donde muere la noche del 23 de septiembre.
¿Como leer hoy esta entrevista? Ante todo como lo que es: un importante testimonio frente a una encrucijada clave de la historia chilena y aun de la latinoamericana, puesto que la experiencia de la Unidad Popular se proyectaba entonces sobre un horizonte de posibilidades para todo nuestro continente. El espesor emocional lo pondrá ahora el lector. Es probable que un momio la lea con una mueca de desdén, o de fastidio; otros la leerán calibrando la “ingenuidad” de su perspectiva política; por mi parte, la he releído con desazón nostálgica (por lo que no fue, o lo que no pudo ser, ¿por qué?).
RECORDATORIO. Pese a que en Chile la actividad política no siempre había sido transparente, esta república gozaba del reconocimiento de una tradición democrática mayor que la de muchos otros países de América latina. Así al menos ocurría en 1964, cuando triunfa la democracia cristiana y Eduardo Frei Montalva asume la presidencia de la nación. Y seguía ocurriendo seis años después, cuando el Congreso elige para sucederlo a Salvador Allende Gossens, candidato de la Unidad Popular, una coalición de partidos de izquierda, integrada fundamentalmente por el Partido Comunista y el Socialista. Neruda había sido elegido candidato a la presidencia por el primero, pero al sellarse el acuerdo de unidad resigna su aspiración en favor de Allende, representante del Partido Socialista.
Desde el gobierno, la Unidad Popular —aunque las posiciones de las distintas agrupaciones que la conformaban no eran homogéneas— habría de intentar y en buena medida realizar una serie de reformas que buscaban abrir el camino para la instalación de un régimen socialista por vía pacífica, “la vía chilena hacia el socialismo”.
Pero poco antes de que se cumplieran tres años de gobierno constitucional, las fuerzas armadas se encaraman en el poder a sangre y fuego, y en junio de 1974 entronizan en la presidencia de Chile al general Augusto Pinochet Ugarte, que gobierna dictatorialmente hasta 1990. Por entonces, un referéndum y la consecuente elección general desplazan sus aspiraciones de gobernante eterno hacia la más modesta de senador vitalicio, igualmente aberrante.
—¿Qué opina con respecto a la situación actual de Chile? ¿Cómo ve el triunfo de la Unidad Popular?
—El proceso político de Chile es un proceso natural. Y, naturalmente, lo que ha sorprendido a la gente de buena voluntad fuera de Chile, a nuestros adversarios políticos y a las personas interesadas es observar cómo se ha dado el cambio de régimen. Se han sorprendido de que nosotros hayamos podido alcanzar un gobierno diferente mediante la voluntad popular, por la expresión del voto. Pero para nosotros esto no tiene nada de sorprendente. Basta pensar que mi país posee antiguas organizaciones unitarias —obreras, sindicales— muy poderosas, apoyadas por un inmenso sector de la clase obrera y de los empleados. Nuestra central sindical es la más grande del continente y una de las pocas verdaderamente unitarias del mundo. Para nosotros el hecho de que cuatro o cinco obreros hayan llegado a ser ministros de Estado o un socialista presidente de la República no significa sino la lógica consecuencia política del desarrollo completamente normal de nuestra vida. Lo extraño, en todo caso, es que esos hechos no se hubiesen producido antes, aun antes que en Cuba. Ahora, en esta etapa, se habla mucho o se quiere dar la impresión de que somos un país donde todo es desordenado y caótico. No es verdad eso. Y es tan poco verdad que, por ejemplo, estamos cumpliendo la reforma agraria mediante las leyes que fueron aprobadas con anterioridad a la llegada de este gobierno popular. Solamente con la aplicación de esas leyes —que no se acabaron de aplicar porque justamente causan una contradicción entre los partidarios del sistema antiguo (es decir, de los latifundistas)—, de esas medidas, nosotros iremos muy lejos.
—¿Hasta dónde?
—La misma nacionalización de nuestros productos, como el cobre (del que somos el más grande productor mundial), se agita en el exterior como medida coercitiva. Pero, ¿cómo es posible que alguien crea que nosotros vamos a asustarnos o a engañarnos? No tememos al Cuco. Nosotros no podemos engañarnos, porque sabemos que el petróleo se nacionalizó en México con Cárdenas hace más de treinta años, que el Canal de Suez se nacionalizó en Egipto con Nasser, que todos los días hay una nacionalización en el mundo. En Chile, un país tan desarrollado política e intelectualmente, que necesita una expansión económica, una nueva velocidad económica, se permitía que hasta los teléfonos y la energía eléctrica pertenecieran a compañías extranjeras, sin hablar del cobre, que produce para los norteamericanos un millón de dólares por día. Pero, ¡por favor!, ¿por qué se asustan de que nosotros con ese millón de dólares diarios (que queremos recuperar, que vamos a recuperar) tratemos de vestir a nuestro pueblo, de hacer hospitales, escuelas, caminos? ¿Cómo es eso? ¿En qué ciclo de la civilización estamos? ¿Estamos entonces con la ley de la selva? ¿Es que los que siempre lo tuvieron todo no pueden dejar vivir a un país más pequeño, vivir de sus propios e inalienables recursos? Nuestras reivindicaciones son verdaderamente naturales. No sólo políticas sino también humanas.
RESPETO A LA DIVERSIDAD
—Y en relación con otros procesos políticos que se viven en el continente, Cuba por un lado, Perú y Bolivia por otro, ¿cuál es la posición chilena?
—En cuanto a nuestro camino en relación con Cuba, con Bolivia, con Perú, cabe manifestar que nosotros tenemos gran simpatía por todos los movimientos que en alguna parte de nuestra América signifiquen avance general e independencia económica de las naciones; pero también sentimos amistad hacia todos los pueblos americanos. Es que nosotros no queremos exportar nuestros movimientos, no podemos exportarlos. Estamos intensamente ocupados en hacer nuestras cosas, estamos convencidos de que las vamos a hacer bien y de que tenemos la inmensa mayoría con nosotros. No tememos a los vocingleros patriarcas de un sistema que se está desmoronando en todas partes del mundo, pero por otro lado no tenemos por qué meternos con lo que sucede en otros sitios. Ya es bastante con lo que está pasando en nuestra patria, que es un país rico en posibilidades pero con niños desnutridos. El primer acto del presidente Salvador Allende ha sido disponer “medio litro de leche” diario para cada niño de Chile; la medida ya se ha cumplido. Cuesta mucho hacerlo. Y aunque sabemos que la tarea que nos aguarda es gigantesca, la emprendemos con plena conciencia de que el pueblo chileno va a respondernos, de que aprueba lo que estamos haciendo.
—¿Los actos de violencia producidos no pueden dificultar o frustrar esos planes?
—En la tarea emprendida nos sentimos todos solidarios; somos solidarios en un país donde la gente sabe lo que hace, sabe lo que piensa. Si hay mucha vocinglería y mucha protesta en el exterior, no la hay dentro de nuestro país. Además, nosotros somos un pueblo ordenado, disciplinado y que sabe y conoce los recursos de su lucha, su poder y su tranquilidad.
En la historia de Chile, una historia excepcionalmente quieta, siempre ha sido la extrema derecha (la oligarquía) la que ha llevado al país a situaciones terroristas. Se han cometido dos grandes asesinatos políticos en Chile; los dos los ha realizado la clase privilegiada, no el pueblo de Chile. El general Schneider, que acaba de morir asesinado, es la prueba de ello. Se está investigando el hecho, pero las conexiones que tiene revelan que no hubo ningún sector popular implicado, que esta provocación va en contra del movimiento y del triunfo del pueblo. Pero, ¿cómo entonces puede creer alguien que un movimiento que ha evidenciado su propia capacidad, consiguiendo una organización que ha resistido todos los ataques hasta llegar a una situación que ofrece perspectivas más grandes para el futuro, va a lanzarse ahora al terreno de la violencia y el desorden? Si es imposible, si precisamente el pueblo chileno ha alcanzado el poder para establecer una tranquilidad basada en una mayor justicia. Este proceso lo vamos a realizar bien y con seguridad. El presidente Allende se siente muy equilibrado y a la vez muy seguro en sus expresiones, interpretando fielmente lo que pensamos los chilenos. Todo el mundo está entusiasmado con esta transformación y se van a hacer muchas más cosas; en todo hay un ambiente como de fiesta; todos vienen a pedirnos construcciones, caminos, libros, escuelas, hospitales; los obreros entran a la casa de gobierno y hablan con el presidente; todos los días la gente lo ve y él está en todas partes. Pero no tenemos caudillos; Allende no es un caudillo, es la expresión de la unidad de muchos partidos. Somos lo que se ha dicho: un régimen pluripartidista. Es decir que dentro del seno de esta unidad nos hemos puesto de acuerdo sobre la base de un avance de todo el país, de todas las fuerzas creadoras del país. Las diferencias que podamos tener carecen de importancia porque nos hemos puesto de acuerdo en un solo programa mucho antes de ganar las elecciones; y ese programa se va a cumplir. Sin ninguna duda.
—Se ha dicho muchas veces, e incluso lo han afirmado voceros del gobierno, que en Chile el pueblo ha llegado al gobierno pero aún le falta ganar el poder. Lo dijo, por ejemplo, Carlos Altamirano, actual presidente del Partido Socialista chileno. ¿Qué le parece esta distinción?
—En cierto sentido es una diferenciación muy sutil. Estamos en el camino y tenemos la perspectiva de reformas todavía más grandes; y vamos a hacerlas, pues tenemos los pies muy firmes en el suelo. Es natural que la lucha de clases continúe aun en los regímenes más avanzados, y nosotros la sentimos cada día. Pero no podemos extirpar la oposición, no necesitamos hacerlo, no lo hemos hecho ni queremos hacerlo. Estamos de acuerdo con respecto a lo que sería el poder del pueblo. La dignidad absoluta en todos los medios es el camino, claro, pero ese camino lo vamos a hacer por el convencimiento y los cambios históricos que se están gestando. En eso estamos muy seguros porque la simplicidad de estas cosas es enorme.
Para diferenciarnos de la revolución cubana, por ejemplo, tengan ustedes en cuenta que Cuba ha hecho un esfuerzo heroico para cambiar su antigua forma de vida, pues era un país de monocultivo que había descuidado los infinitos quehaceres en la construcción, en la industria; en cambio, nosotros contamos ya desde hace tiempo con todos esos elementos, hemos llegado a ser un país exportador, y no de mano de obra sino de trabajo especializado: nuestros técnicos en motores Diesel, por ejemplo, están por toda América desde hace más de veinte años; o los teléfonos de Venezuela, en parte instalados por técnicos chilenos. Somos capaces y tenemos la calidad de hombres para la industria, la agricultura, la minería y todas las formas de la creación. Por eso decía que todo esto para nosotros es de una simplicidad mayor que en otros países de menor desarrollo. Tenemos la gente para trabajar, la madera para hacer las casas, el hierro para las construcciones, tenemos nuestros recursos naturales. ¡A ver quién puede aplastar a un pueblo con toda esa vitalidad y con toda la organización y la experiencia de lucha que tiene el pueblo chileno!
SOBRE LA POLÍTICA CULTURAL
—Como aquí se conoce el documento del grupo Taller de Escritores de la UP y algunas declaraciones de Antonio Skármeta y de Enrique Lihn, desearíamos saber cuál es la política cultural que piensa seguir el gobierno chileno. ¿Existe una política en tal sentido?
—Se va a impulsar toda la política cultural; pero esto significa un estudio de mercado demasiado grande para que podamos anticipar lo que va a pasar. Desde luego hay en el gobierno —como ya se está viendo— el mayor deseo de abaratar los libros, de difundir los textos escolares, de llegar a la mayoría sin medios económicos, sin recursos; y en cuanto a la literatura, partiendo de la base de la creación de la Editorial del Estado, se está pensando que sean los mismos escritores quienes planeen su desarrollo. Hasta ahora no tenemos precisamente una política cultural estudiada. Hay sí muchas iniciativas, pero todo está recién comenzando a hacerse. El gobierno no tiene ni cuatro meses, prácticamente.
—¿Se encara, por ejemplo, la posibilidad de iniciar una campaña de alfabetización?
—El gobierno le está dando mucha fuerza al Ministerio de Educación. El analfabetismo, aunque no es un gran problema, de todas maneras se va a tratar de combatir. Por ahora se ha impulsado en forma masiva la creación de escuelas, la matrícula escolar se ha solucionado y se han tomado medidas para que no queden miles y miles de alumnos fuera del establecimiento, como venía sucediendo. Con la creación de más y más escuelas e institutos de enseñanza, posiblemente antes de tres años se solucionarán completamente estos problemas.
—Usted se refirió al alto nivel técnico logrado en Chile. ¿No existe inquietud con respecto a la posibilidad de un éxodo de técnicos y de profesionales?
—Ha habido indudablemente casos muy aislados de profesionales que fueron ganados por el pánico, pero que ya volvieron casi en su totalidad. No hemos tenido un éxodo masivo. Nuestros técnicos siguen en Chile, y ahí tiene el ejemplo de la CAP (Compañía de Aceros del Pacífico), que ha pasado a manos del Estado. La nacionalización de los recursos minerales, sin embargo, devendrá en la necesidad de más y más técnicos de los que tenemos. Trataremos de conseguirlos. Porque el desarrollo de nuestra producción va no sólo a mantenerse sino que crecerá en forma insospechada. Yo llevo el encargo expreso del presidente Allende de hablar con organizaciones que surten de técnicos a países que lo requieren. Nuestro problema es: tenemos muy buenos técnicos, pero no nos bastarán.
CONDENADO A ESCRIBIR
—Pasando a otro plano ¿cree usted que su puesto de embajador puede interferir en su labor literaria? Y a ésta ¿cómo la ve en su conjunto; hay una continuidad o hay un quiebre luego de Residencias, con el Canto general, tal como opinan muchos críticos?
—Lo que llaman los escritores su obra es una parte muy orgánica de mí mismo, como el sistema circulatorio, como mis nervios. No tengo ningún sentido analítico, crítico; no tengo tampoco ninguna teoría sistemática sobre mi obra pasada o futura. Ser escritor es vital en mí. Me creo un escritor espontáneo, aunque desde luego acepte la disciplina, la disciplina como parte del oficio. No puede haber un escritor que se proponga las cosas de una manera intelectual e intelectiva y se pase la vida desarrollando un esquema que puede ser científico, pero nunca poético. Por eso soy enemigo de enjuiciarme o analizarme; las cosas salen como yo las siento, y éste ha sido mi único sistema, que es no tener ningún sistema. Por otra parte, algunos libros se me olvidan; otros, debido a algún recuerdo muy dramático que guardo de ellos, llaman mi atención, como el Canto general, escrito casi en su totalidad durante más de un año y medio de ilegalidad, oculto en Chile, y publicado también clandestinamente; o como España en el corazón, que me trae recuerdos de aquella guerra civil.
Residencia en la tierra pertenece a una época solitaria de mi vida y tiene muy poco que ver con mi persona actual, pero no es un libro malo, es un libro pesimista y un poco trágico, que corresponde a mi juventud. En cambio, mis Odas elementales reflejan otro sentido de la vida, de mayor madurez y de mayor participación. Ayer Francisco Luis Bernárdez me citaba un verso mío, “la colectividad de la hermosura”; eso es lo que de alguna manera intenté con mis odas.
Pero yo estoy siempre cambiando y variando, para desgracia de muchos críticos que se creen que ya he terminado. Siempre me salgo por otro lado. Ahora, que encuentre eco en cierta gente me tiene enteramente sin cuidado, pero no por vanidad, sino que como mi poesía es algo orgánico ¿cómo voy a pensar que con el fin de criticar se contabilice minuciosamente el número de mis glóbulos sanguíneos? Sería muy extraño para mí (verdaderamente lo siento así), pues no he tenido nunca jactancias; he sido siempre lo antijactancioso.
—En cuanto al actual panorama literario de Chile, ¿qué piensa con respecto a los poetas jóvenes? ¿A quién destacaría? Por otra parte, ¿qué piensa de Nicanor Parra y de su entredicho a propósito de su té con la señora de Richard Nixon?
—Chile es un país esencialmente poético, siempre en creación. Nombrar a uno se hace entonces muy difícil. Ahora mismo pienso organizar un recital de poetas jóvenes en París. Me he encontrado con tantos que no sé cómo hacer para elegir; quisiera llevar diez, pero no menos de treinta merecen la pena leerse. Quiero que vayan y lean en castellano y ahí mismo se los traduzca; que sea un espectáculo grande de poesía y a la vez una manera de presentar a nuestra gente.
En cuanto a Parra, no hay ninguna duda de que es un poeta lleno de inventiva y un gran creador. Hay gente que quiere ponerlo en contra mío y hacer el juego de la politiquería literaria, que no tiene ninguna supervivencia. Nosotros, los poetas chilenos, formamos una gran unidad. Parra puede haber cometido errores —yo mismo he cometido mil errores—, pero eso no le quita su condición de creador. Parra es un poeta a quien respeto mucho. En cuanto a los demás no quiero hacer nombres, porque no quiero que me traicione el olvido y luego alguien se ofenda.
—Al ir usted ahora a Francia —aunque las circunstancias sean totalmente distintas— de alguna manera pasará a integrar el famoso grupo europeo de escritores latinoamericanos. Sobre el asunto del autoexilio se ha generado una amplia polémica (Arguedas versus Cortázar, por ejemplo). ¿Qué piensa al respecto? ¿No le hubiese gustado más permanecer en Chile?
—Yo ya escribí que estaba de parte de Cortázar y de parte de Arguedas, es decir, que cada uno haga lo que le dé la gana. Aparentemente, Arguedas —un caso muy doloroso en nuestra vida, un gran escritor que se dejó llevar por su propio tormento hasta tomar su decisión trágica— podría tener razón: los escritores deben permanecer en su país. Pero cuando escritores como Cortázar, Vargas Llosa o García Márquez escriben libros tan metidos en nuestros problemas, tan profundamente americanos —tan peruanos, tan colombianos, tan de América latina— ¿por qué vamos a criticarlos? En el mismo Cortázar, sus sueños, su irrealismo, siempre giran alrededor de la Argentina. Su cama puede estar en París, su corazón está aquí. Ahora, con las comunicaciones actuales, el mundo es mucho más chico; estamos a poco más de una hora de Santiago y a unas pocas de Francia. El mundo ha cambiado su estructura y ya la separación de un escritor no se produce como un violento cisma. Creo que en este problema no se puede ser tan absolutista como lo fue Arguedas.
En cuanto a mí, personalmente, no me voy sólo por mi gusto —pues admiro mucho a Francia— sino que tengo una tarea que cumplir. Y además seguiré escribiendo, porque estoy condenado a escribir.
PALABRAS DE UN TÍMIDO
Entrevista a Jorge Luis Borges
(con Andrés Oppenheimer)
Traté a Borges asiduamente a lo largo de varios años. Me siento incómodo al afirmar esto, porque en los últimos tiempos la avalancha de testimonios, diálogos, exhibiciones de amistad e incluso intimidad con el escritor resulta sencillamente increíble.
Pero, en fin, no es fácil sustraerse a la tentación de mostrar un libro con su firma. Aún recuerdo aquel templado mediodía en que acompañaba a la dupla Bustos Domecq, luego de una extenuante firma de libros. Con una tenue sonrisa, Borges le comenta a Bioy: “te das cuenta lo que van a valer dentro de algunos años nuestros libros sin firma”.
Producida la autodenominada Revolución Libertadora (1955), Borges se ha de convertir en una figura de creciente relieve público: es nombrado director de la Biblioteca Nacional y miembro de la Academia Argentina de Letras, recibe el Premio Nacional de Literatura y el doctorado honoris causa de la Universidad de Cuyo, hechos que ratifican su ubicación privilegiada en nuestro campo cultural. A la vez se inicia, en esa década de los cincuenta, una sucesión ininterrumpida de traducciones francesas, realizadas por Roger Caillois, Néstor Ibarra, los Benichou y otros prestigiosos intelectuales, que constituye el punto de partida de un reconocimiento internacional que no ha cesado. En la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires accederá entonces a la cátedra de Literatura Inglesa, mediante un concurso en el cual los opositores, al enterarse de su presentación, optarán, en inédito gesto, por retirar sus postulaciones. En esos tiempos lo crucé a menudo en los pasillos del viejo edificio de la calle Viamonte al 400 y allí escuché su voz por vez primera cuando dio una conferencia en el Aula Magna. No recuerdo el tema; sí el temblor de esa voz, su ritmo entrecortado, sus pausas, sus silencios, su tono arrastrado. Ante lo que creí un enorme esfuerzo autoimpuesto para vencer su timidez, sentí una angustia que apenas me permitió seguir el hilo expositivo. (Sí; tal vez sólo fuese un gesto de coraje; pero a lo largo de treinta años pude comprobar el lento dominio de esa tortura, que cada vez se iba tornando más aparente, cada vez más cercana a un estilo propio, cada vez más inconfundible; tan inconfundible como sus escritos, con los cuales llegué a percibir secretos vínculos. Y verificar luego una marca surgida de la confluencia de ambas palabras: la dicha y la escrita. Frente al acoso del periodismo, que él repudiaba, paradojalmente su palabra habría de marcarlo: la impronta borgeana en Primera Plana y sus múltiples secuelas es harto notoria.)
Al mismo tiempo que veía a Borges en la Facultad comenzaba a leerlo con avidez. Joven provinciano, frecuentador de gastados estaños y poeta de suerte esquiva, por aquellos años me dedicaba a recorrer palmo a palmo esta ciudad sin límites, intentando atrapar sus voces, descubrir sus secretos tras la oscura amistad de plazas y patios entrevistos y zaguanes entorpecidos de sombra, también tras las miradas torvas de la Quema y el vértigo de los cines y el transcurrir de las calles incesantes. Quizá porque el joven Borges, llegado de lejanos territorios, había realizado parecidas búsquedas y había vislumbrado efímeras felicidades caminando por los suburbios atardecidos, hechos de firmamento; quizá por ese juego de espejos que confundían los años, no lo sé… lo cierto es que desde entonces sus poemas y sus inquisiciones se incorporarían a mis lecturas predilectas, las más íntimas, las que siempre regresan.
Pero al autor de Fervor de Buenos Aires, en persona, me acerqué bastante después, hacia fines de los sesenta. A lo largo de diez años, más de una vez acompañé a su sobrino menor, Miguel de Torre, con quien yo trabajaba en la Editorial Losada, en sus periódicas visitas al austero departamento de la calle Maipú. El mejor fruto de esas “coladas” a mediodía tal vez haya sido mi módica colaboración en el cuidado de la edición de los bellísimos volúmenes de la Biblioteca de Babel, colección de literatura fantástica dirigida por Borges y publicada originariamente en Italia por el extravagante y sutil Franco María Ricci.
Esas visitas se fueron alternando luego con otras vespertinas debidas a encargos periodísticos (encargos que yo deploraba, pero supongo que él mucho más, si bien se mostraba resignado, y hasta complaciente): algún cumpleaños de su madre, doña Leonor Acevedo (que falleció a los noventa y nueve años); un viaje a Islandia; las frustradas candidaturas al Nobel; la génesis de Bustos Domecq; etcétera. De tales cometidos es probable que rescate sin rubores un par: la coordinación de un concurso de cuentos policiales, cuyo jurado integraron Marco Denevi, Augusto Roa Bastos y Borges, a quien yo hice de lector; y la entrevista que reproduzco.
En 1973 la dirección del semanario en el cual trabajaba planificó una serie de entrevistas bajo el común denominador “El pensamiento vivo de…” y decidió iniciarla con una dedicada a Borges. La idea general era que los interrogatorios no se ciñeran al métier específico del personaje, sino que más bien se sometiera a éste a un intenso ping pong de preguntas. Para cubrir el área cultural se eligió a una dupla compuesta por el coordinador de esa sección y un periodista de garra; este segundo fue mi joven amigo Andrés Oppenheimer, quien realizaría luego una brillante carrera como redactor estrella de The Miami Herald y, entre otros premios, ganaría el Pulitzer. Nuestro diálogo con Borges se grabó íntegramente y, con algunas supresiones, lo publicamos tal cual. Tomadas a pie juntillas, las afirmaciones borgeanas levantaron de inmediato un vendaval de iracundas respuestas, provenientes de irritados peronistas pero sobre todo de buenas conciencias, de almas bellas heridas (el “Correo de los lectores” de la revista recogió en números sucesivos algunas de ellas). Correlativamente la entrevista tuvo una gran repercusión internacional: se publicó en forma destacada en Italia y algunos fragmentos aparecieron en Francia e Inglaterra. A comienzos de 1998 Oppenheimer cerró con ella uno de sus exitosos libros, aclarando que esta “entrevista se realizó pocas semanas después de las elecciones del 11 de marzo de 1973, que el candidato peronista Héctor J. Cámpora ganó por una mayoría aplastante. Cámpora había prometido facilitar el regreso al país del general Juan Domingo Perón, exiliado en España, cuya vuelta a la Argentina había sido prohibida desde hacía casi dos décadas”. Complementariamente debemos señalar el regreso de Perón, en medio de los sangrientos episodios de Ezeiza, el 20 de junio de ese mismo año; así como la permanencia de Borges en el país, sin sufrir represalias y habiéndose acogido a los beneficios de la jubilación en su carácter de director de la Biblioteca Nacional.
Por último, en aquella soleada mañana yo recuerdo muy vivamente otro final, cuya inclusión decidimos dejar de lado. Un final más patético y sin asomo de parodia, sin humor ni corrosión alguna. A la salida de la elegante confitería Saint James, acompañamos a Borges las dos cuadras que nos separaban de su casa; al despedirnos en la puerta de Maipú 942, mientras apoyaba una mano en mi brazo, nos preguntó con un profundo temblor en su voz: “Sinceramente, ustedes ¿qué piensan? ¿Creen que me harán algo?”. Siguió un largo silencio, una tensa incomodidad, y luego una salida tranquilizadora de nuestra parte, seguramente banal.
Traduzco aquellas circunstancias, sus palabras: otra vez ensayar el coraje, animarse a decir lo que muchos piensan pero callan, hacerlo con ingenuidad (tramposa), incluso sin evitar las contradicciones. Un cóctel fuerte para que ardan las gargantas aterciopeladas, las que cuidadosamente se preservan. También para vencer la timidez y su raíz, el miedo. Al conjugar en sus textos esos elementos que se chocan, Borges logra una tensión en sordina, apenas insinuada, pero fulgurante e implacable a la vez. Como la que lleva a Juan Dahlmann a empuñar con firmeza el cuchillo. (No es casual que “El Sur” cierre los artificios, las ficciones, su mejor libro; que sea su cifra, quizá.)
En los años siguientes seguí viendo a Borges esporádicamente: en tanto ambos fuimos jurados de un concurso que integraron también José Donoso, Enrique Pezzoni y Josefina Delgado; para solicitarle que revisara su prólogo y traducción de unas Fábulas de Stevenson que yo habría de editar en Legasa; para someterlo a un reportaje público que conduje en el Teatro General San Martín; en dos o tres ocasiones con María Kodama.
En cambio, no fue esporádica la relación que mantuvimos durante varios meses a comienzos de los ochenta, relación que formó parte de mis primeros trabajos para Alianza, una editorial de origen español que entonces gozaba de las preferencias de Borges y donde luego habrían de publicarse todas sus obras. Pero de esta experiencia cuasi fantástica tal vez hable en otra oportunidad. Leamos ahora aquella entrevista.
Pese a que los aires posmodernos han relativizado las lógicas ambientales, frente a declaraciones como las de Borges en sus últimos años —los que corresponden a su consagración pública—, suele optarse por la táctica del avestruz, cuando no se intenta disculpar la “torpeza” o la “ingenuidad” del Maestro. ¿Acaso se considera inapropiado romper el coro actual de reconocimientos sin fisuras con sus disonantes juicios políticos y sociales? ¿Acaso su ejemplar escritura sería mellada por ellos?
La escritura borgeana fue desde sus años ultraístas un constante desafío, incluso contra sí misma (contra sí mismo); un duro y lúcido aprendizaje. ¿Podemos pensar entonces que cuando este aprendizaje recibe los beneficios de la aceptación pública y hasta de la pleitesía el infatigable buscador se cruza de brazos, el perseguidor insomne acepta graciosamente bajar la guardia? No. Por cierto que no.
En el concierto de aquellos años esperanzados la palabra corrosiva y escéptica de Borges no podía no ser tildada sino de reaccionaria. Hoy, ya sin euforias a corto plazo, con muchas consignas desarticuladas por la historia reciente, pletóricos de opiniones suaves, los mandarines, sin embargo, tampoco admitirán de buen grado los despropósitos borgeanos. ¿Son tales? Al respecto hay —además de la distracción o la disculpa— otras salidas fáciles; quizá la más difundida sea la de colocar a Borges en la nómina de aquellos escritores del siglo XX de indudable valor literario que asumieron posiciones de extrema derecha, cuando no francamente fascistas —como por ejemplo Ezra Pound, Louis-Ferdinand Céline o Luigi Pirandello—; alineamiento que desmentirían, en su caso, las salutaciones juveniles a la revolución bolchevique o su presidencia del comité martinfierrista pro vuelta de Yrigoyen. Pero es cierto que el cerrado antiperonismo de Borges —que compartía con la casi totalidad de la intelligentzia argentina— terminaría llevándolo a un manifiesto conservadurismo y, finalmente, a saludar a los militares procesistas como “caballeros” y a recibir una condecoración del dictador Pinochet (hechos que más tarde el mismo escritor tildaría de “equivocaciones”, aunque sin mucho énfasis).
Tanto la Gran Cruz de la orden al mérito Bernardo O’Higgins como la reunión con el general Jorge Rafael Videla —junto a Sabato, el padre Castellani y el presidente de la SADE— ocurren en 1976; cuatro años después firma una solicitada sobre los desaparecidos. Nuestra entrevista es algo anterior a esos hechos: corresponde a los inicios de aquellos tumultuosos setenta.
Intentemos leer ahora las palabras de Borges en esa coyuntura histórica sin hipocresía ni clichés. Me pregunto, por ejemplo, este spenceriano confeso, ¿no resulta menos grosero que quienes enaltecen el Estado mínimo postulado por la economía de mercado en aras de una mayor gloria del empresariado, si transnacional, mejor? O, al aplaudir la “conquista del desierto” en nombre de la civilización, no sin dejar de reconocer la mutua crueldad ¿no es tan “justificadamente” drástico como el mejor de los politólogos que invocan la “muy necesaria” unificación territorial? ¿Y no suenan a meras chicanas sus verificaciones del esnobismo tanto de peronistas como de negros? O, entrando en el terreno de su específica actividad, ¿no es un gesto de juguetona elegancia su rechazo del lugar privilegiado que se le adjudica en el canon literario? Pues es muy probable que Borges tuviese en gran aprecio la obra de sus amigos Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares; ya menos creíble resulta el elogio de Mujica Lainez; pero sus reconocimientos comienzan a tornarse francamente inverosímiles cuando prosigue la enumeración; y, por cierto, algo que se desliza entre la malignidad y el mero fastidio surge cuando se refiere a Marechal, viejo amigo martinfierrista que pasó a ser enemigo acérrimo al asumirse peronista.
Ni la distracción ni el silencio son buenos consejeros frente a palabras y actitudes como las del viejo provocador; menos aun corresponde intentar “salvarlo” mediante su inclusión en la bolsa de los malditos del siglo XX (nada más absurdo que aline