Enemigos perfectos (Saga de los Malory 10)

Johanna Lindsey

Fragmento

Capítulo 1

1

Considerar que Hyde Park es el jardín de tu casa puede parecer raro, pero para Julia Miller lo era. Se había criado en Londres y, desde que tenía memoria, había montado a caballo por el parque casi a diario, desde el primer poni que le compraron de niña hasta las yeguas de pura raza que tuvo después. Tanto si la conocían como si no, los demás la saludaban al pasar, porque estaban acostumbrados a verla por allí. Los miembros de la clase alta, los dependientes que atajaban por el parque camino del trabajo, los jardineros..., todos se fijaban en ella y la trataban de igual a igual.

Julia era alta, rubia; vestía a la moda y siempre devolvía las sonrisas y los saludos. En general era de talante amistoso y la gente le respondía del mismo modo.

Más raro aún que considerar aquel enorme parque su campo de equitación personal, eran sus circunstancias. Julia había crecido en la parte noble de la ciudad, aunque su familia no era de la nobleza. Vivía en una de las casas más grandes de Berkeley Square, porque no sólo los nobles podían permitirse esas mansiones. De hecho, su familia, cuyo apellido procedía de la Edad Media, cuando los artesanos adoptaban el nombre de su oficio, fue de las primeras en comprar y construir en Berkeley Square, a mediados de 1700, cuando se proyectó la plaza, así que los Miller llevaban viviendo allí muchas generaciones.

Julia era conocida y apreciada en el vecindario. Su mejor amiga, Carol Roberts, era de familia noble, y otras jóvenes de la clase alta que la conocían a través de Carol, o del colegio privado al que había asistido, también la apreciaban y la invitaban a sus fiestas. Ellas no se sentían amenazadas por su belleza o su riqueza, porque Julia ya estaba prometida en matrimonio. Llevaba prometida casi desde su nacimiento.

—Me alegra verte por aquí —dijo una voz femenina detrás de ella.

Carol Roberts alcanzó a Julia y su yegua adoptó un suave trote al lado de la de su amiga.

Julia se rio y miró a su menuda amiga de pelo negro.

—Ese comentario tendría que haberlo dicho yo, porque últimamente tú apenas montas.

Carol suspiró.

—Lo sé. A Harry no le gusta que lo haga, sobre todo desde que intentamos tener un hijo. No quiere que me arriesgue a perderlo incluso antes de que sepamos que lo hemos concebido.

Julia sabía que montar a caballo podía provocar un aborto.

—¿Entonces por qué te arriesgas?

—Porque este mes no me he quedado embarazada —declaró Carol frunciendo, decepcionada, los labios.

Julia asintió con comprensión.

—Además —añadió Carol—, echo tanto de menos nuestros paseos a caballo que estoy dispuesta a enfrentarme a Harry cada vez que la menstruación nos impida intentar concebir.

—Ahora no está en casa y no sabe que has salido a montar, ¿no? —preguntó Julia.

Carol se echó a reír y sus ojos azules chispearon con picardía.

—No, claro, pero estaré de vuelta antes que él.

A Julia no le preocupó que su amiga pudiera tener problemas con su marido. Harold Roberts adoraba a su mujer. Se conocieron y se gustaron incluso antes de la presentación en sociedad de Carol, que se había celebrado tres años atrás, así que nadie se sorprendió cuando se prometieron al cabo de unas semanas y se casaron pocos meses después.

Carol y Julia habían sido vecinas durante toda la vida, sus casas eran contiguas y sólo las separaba un estrecho callejón. Además, las ventanas de sus dormitorios estaban una enfrente de la otra —¡ellas se encargaron de que así fuera!—, de modo que, aunque no estuvieran juntas, podían hablar desde sus dormitorios sin siquiera tener que levantar la voz. No era de extrañar que se hubieran convertido en amigas íntimas.

Julia echaba muchísimo de menos a Carol. Aunque seguían viéndose con frecuencia cuando Carol estaba en Londres ahora ella ya no vivía en la casa vecina. Cuando se casó se trasladó a la casa de su marido, a muchas manzanas de distancia, y cada pocos meses, ella y Harold pasaban unas cuantas semanas en la casa que la familia de él poseía en el campo. Harold quería mudarse allí de una forma permanente, pero, de momento, Carol se resistía. Por suerte, Harold no era del tipo de marido dominante que tomaba las decisiones sin tener en cuenta los deseos de su esposa.

Siguieron montando una junto a la otra durante unos minutos, pero Julia ya llevaba en el parque cerca de una hora, así que sugirió:

—¿Quieres que, camino de casa, nos detengamos en el salón de té y compremos unos helados?

—Es demasiado temprano y todavía no hace bastante calor para tomar un helado, pero sí que tengo hambre y echo mucho de menos las pastas de la señora Cables. ¿Todavía os prepara un bufet para el desayuno?

—Pues claro, ¿por qué habría de haber cambiado, sólo porque tú te has casado?

—Harold se niega a quitaros a la cocinera a pesar de que le he insistido más de una vez para que, al menos, lo intente.

Julia soltó una carcajada.

—Él sabe que no puede permitírsela. Cada vez que alguien intenta arrebatárnosla, ella me lo cuenta y yo le subo el sueldo. Sabe lo que le conviene.

Julia llevaba algún tiempo tomando decisiones de este tipo porque Gerald, su padre, ya no podía tomarlas. Su madre, mientras vivía, nunca las tomó. Helene Miller no asumió el control de nada en su vida, ni siquiera de la casa. Ella era una mujer tímida y temía ofender a los demás, incluso a los sirvientes. Murió cinco años antes, en el accidente de carruaje que convirtió a Gerald Miller en un inválido.

—¿Cómo está tu padre? —preguntó Carol.

—Igual.

Carol siempre le preguntaba por su padre y la respuesta de Julia apenas variaba. «Tiene suerte de estar vivo», le dijeron los médicos después de impactarla con el pronóstico de que nunca volvería a ser el mismo. Su cabeza sufrió demasiados traumatismos en el accidente. Aunque los siete huesos que se fracturó aquel día se soldaron, le dijeron que su mente nunca se recuperaría. Los médicos se mostraron categóricos. No le dieron ninguna esperanza. Su padre dormiría y se despertaría con normalidad, incluso comería si le daban de comer, pero nunca volvería a hablar con coherencia. ¿Suerte de estar vivo? Julia a menudo había llorado hasta caer dormida al recordar esta frase.

Aun así, Gerald había desafiado las predicciones médicas. En determinada ocasión, un año después del accidente, y a partir de entonces una vez cada pocos meses, él supo, aunque brevemente, quién era, dónde estaba y qué le había ocurrido. Las primeras veces experimentó tanta rabia y angustia que su lucidez apenas podía considerarse una bendición. ¡Y se acordaba de todo! Cada vez que recuperaba la lucidez, se acordaba de sus anteriores episodios de claridad mental. Durante unos minutos, y, a veces, unas horas, Gerald volvía a ser él mismo, pero esos episodios nunca duraban mucho. Y no recordaba nada de los periodos intermedios.

Los médicos no se lo explicaban. Creían que nunca volvería a tener pensamientos coherentes y seguían sin darle a Julia la menor esperanza de que, algún día, se recuperara por completo. Llamaban a sus momentos de claridad una casualidad. Aquello no tenía precedentes, no había noticias de que algo así hubiera sucedido anteriormente y le aconsejaron a Julia que no esperara que volviera a suceder. Pero sucedió.

A Julia se le rompió el corazón cuando, la tercera vez que su padre volvió a ser él mismo, le preguntó:

—¿Dónde está tu madre?

A ella le habían aconsejado que, si volvía a «despertarse», procurara que estuviera tranquilo, y eso implicaba que no le contara que su mujer había fallecido en el accidente.

—Ha salido de compras. Ya..., ya sabes cómo le gusta comprar.

Él se echó a reír. Ésta era una de las pocas cosas en las que su madre se mostraba decidida, en comprar cosas que en realidad no necesitaba. En aquel momento, Julia todavía estaba de luto y fue una de las cosas más difíciles que hizo en su vida, sonreír y contener las lágrimas hasta que su padre volvió a sumergirse en el reino gris de la nada.

Como es lógico, consultó a varios médicos, y cada vez que uno le decía que su padre nunca se recuperaría, ella lo despedía y buscaba otro. Al cabo de un tiempo dejó de hacerlo y se quedó con el último, el doctor Andrew, porque fue lo bastante honesto para admitir que el caso de su padre era único.

Poco después, en el comedor de los Miller, Carol llevaba su plato lleno de comida y un cesto enorme de pastas a la mesa cuando se detuvo de golpe. Acababa de darse cuenta de la nueva incorporación a la sala.

—¡Santo cielo! ¿Cuándo has hecho esto? —exclamó Carol volviéndose y mirando a su amiga con los ojos muy abiertos.

Julia miró la elaborada caja que había encima de la vitrina de la porcelana, la que había llamado la atención de Carol. El interior estaba forrado en seda azul y ribeteado con pedrería, y detrás de la tapa de cristal había una preciosa muñeca. Julia se sentó a la mesa y consiguió no ruborizarse.

—Hace unas semanas —contestó, y le hizo una seña a Carol para que tomara asiento—. Conocí a un hombre que acababa de abrir una tienda cerca de una de las nuestras. Confecciona estas bonitas cajas para los artículos que la gente quiere conservar y yo no quiero perder a esta muñeca a causa del tiempo, así que le encargué esta caja. Todavía no he decidido dónde ponerla, porque mi dormitorio está lleno de cosas, pero me estoy acostumbrando a verla aquí.

—No sabía que conservaras esa vieja muñeca que te regalé —comentó Carol, asombrada.

—Claro que la conservo. Es mi posesión más preciada.

Esto era cierto, pero no porque Julia valorara mucho la muñeca, sino porque valoraba la amistad que representaba. Puede que Carol no se la regalara justo cuando se conocieron, pero cuando le regalaron una nueva, en lugar de guardar la vieja en la buhardilla y no volver a verla nunca más, se acordó de que Julia la quería y, tímidamente, se la ofreció.

Carol se ruborizó mientras juntas recordaban aquel día, y al final se echó a reír.

—En aquella época eras un pequeño monstruo.

—Yo nunca he sido un monstruo —refunfuñó Julia.

—¡Sí que lo eras! Gritabas, tenías pataletas, eras bravucona y exigente... ¡Te enfadabas por todo! El día que nos conocimos estuviste a punto de darme un puñetazo en la nariz, y lo habrías hecho si yo no me hubiera adelantado dándote una patada en el trasero.

—Aquello me impresionó —recordó Julia sonriendo—. Fuiste la primera persona que me negaste algo.

—Bueno, no pensaba permitir que te quedaras con mi muñeca favorita. ¡Al menos no nada más conocerte! Ni siquiera deberías habérmela pedido. Pero... ¿en serio? —preguntó Carol, sorprendida—. ¿Nunca te habían negado nada?

—En serio. Mi madre era demasiado débil e indecisa, bueno, ya te acuerdas de cómo era. Siempre me dejaba salirme con la mía. Y mi padre era demasiado bueno. Nunca le dijo que no a nadie, y mucho menos a mí. Incluso tuve un poni años antes de poder montarlo. Simplemente, porque se lo pedí.

—Ya, probablemente ésta sea la razón de que, cuando nos conocimos, fueras un monstruito. Eras una mimada sin remedio.

—No era por eso... Bueno, quizás estaba un poco mimada porque mis padres no conseguían mostrarse firmes conmigo y mi gobernanta y los sirvientes no iban a enseñarme disciplina. Pero no me convertí en una fiera llorona y escandalosa hasta que conocí a mi prometido. Fue odio mutuo a primera vista. Yo no quería volver a verlo en toda mi vida. Aquélla fue la primera vez que mis padres no me dejaron salirme con la mía, así que podría decirse que tuve una pataleta que duró unos cuantos años. Hasta que te conocí, no tenía ninguna amiga que me dijera lo tonta que era. Tú me ayudaste a olvidarme de él, al menos entre las distintas visitas a las que nuestros padres nos obligaban.

—Tú cambiaste muy deprisa desde que nos conocimos. ¿Cuántos años teníamos entonces?

—Seis, pero yo no cambié tan deprisa, sólo me aseguré de que tú no presenciaras mis pataletas..., bueno, salvo cuando mi prometido venía de visita. Entonces no conseguía ocultar mi hostilidad ni siquiera cuando tú estabas conmigo, ¿te acuerdas?

Carol se echó a reír, pero sólo porque Julia sonreía. En su momento, las rabietas de Julia no habían sido nada divertidas, y las dos lo sabían. Algunas de sus peleas con su prometido habían sido muy violentas. ¡En cierta ocasión, ella casi le arrancó una oreja de un mordisco! Pero fue culpa de él. Desde su primer encuentro, cuando ella sólo tenía cinco años y estaba convencida de que serían grandes amigos, la rudeza de él y el resentimiento que le causaba que la hubieran elegido en su nombre hicieron añicos sus sueños. Cada vez que se visitaban, él la enfurecía de tal modo que ella lo único que deseaba era abalanzarse sobre él y arrancarle los ojos. Julia estaba convencida de que él había provocado todas aquellas peleas deliberadamente. Aquel estúpido muchacho por alguna razón creía que ella podía romper aquel compromiso que ninguno de los dos quería. Julia estaba segura de que él se fue de Inglaterra cuando finalmente se dio cuenta de que ella era tan capaz como él de terminar su compromiso, y los salvó a ambos de un matrimonio infernal. ¡Qué extraño le resultaba sentir algún tipo de agradecimiento hacia él! Pero ahora que se había ido para siempre, ella podía vislumbrar algo de humor en la terrible bruja que fue..., por culpa de él.

Julia señaló con la cabeza la comida, que se estaba enfriando, pero Carol desvió la conversación a otro tema.

—El sábado celebro una pequeña cena, Julie. Vendrás, ¿no?

El apodo lo conservaban desde niñas, e incluso el padre de Julia lo había adoptado. Ella siempre pensó que era ridículo tener un apodo tan largo como el nombre auténtico, pero como, de hecho, al pronunciarlo sonaba más corto, no le importó.

Miró a su amiga por encima del bollo que estaba a punto de morder.

—¿Te has olvidado de que ése es el día del baile de Eden?

—No, sólo pensaba que podías haber recuperado el juicio y rechazado la invitación —refunfuñó Carol.

—Y yo esperaba que hubieras cambiado de idea y aceptado la invitación.

—Ni hablar.

—¡Oh, vamos, Carol! —dijo Julia con voz zalamera—. Odio arrastrar a mi perezoso primo a esos eventos. Y él también lo odia. Nada más cruzar la puerta principal, ya está buscando la trasera. Nunca se queda conmigo. Pero tú...

—Tu primo no tiene por qué quedarse —la interrumpió Carol—. Tú conocerás a todos los asistentes al baile. En las fiestas nunca te quedas más de un minuto sola. Además, el contrato matrimonial que el conde de Manford conserva encerrado bajo llave supone que ni siquiera necesitas una carabina. Con un contrato como ése, es como si ya estuvieras casada. ¡Cielos, no pretendía volver a sacar este tema! ¡Lo siento!

Julia consiguió esbozar una sonrisa.

—No te preocupes. Ya sabes que no tienes por qué andarte con miramientos conmigo respecto a ese desagradable tema. Sólo estábamos charlando. Dado que nos odiamos el uno al otro, ese loco al que estoy prometida no podría haberme hecho mayor favor que largarse, que es justo lo que hizo.

—Esto es lo que sentías antes de alcanzar la edad casadera, pero de eso hace ya tres años. No me digas que no te enfurece que te llamen solterona.

Julia soltó una carcajada.

—¿Esto es lo que crees? Te olvidas de que no soy una aristócrata como tú, Carol. Las etiquetas como ésa no tienen ningún significado para mí. Lo que considero valioso es no tener que responder ante nadie salvo ante mí misma. No te puedes imaginar lo maravilloso que es. Y es oficial. Las riquezas y propiedades de mi familia ahora son mías..., a menos que ese sinvergüenza regrese.

Capítulo 2

2

Cuando vio la aterrada reacción de su amiga a su inconsciente comentario, Julia soltó un soplido.

—¡No quería decir eso! Ya te he dicho que mi padre está estable.

—¿Entonces cómo pueden ser tuyos todos sus bienes y negocios si él no... ha pasado a mejor vida? —preguntó Carol con delicadeza.

—Porque, hace unos meses, durante uno de sus días lúcidos, reunió a sus abogados y banqueros y me traspasó el control de todo. No es que no lo hiciera desde el accidente, pero ahora los abogados ya no miran por encima de mi hombro para controlar lo que hago. Todavía me orientan, pero ya no tengo por qué seguir sus consejos. Lo que mi padre hizo aquel día fue traspasarme la totalidad de la herencia antes de lo que yo habría deseado.

Sin embargo, los abogados no podían romper el contrato matrimonial. Claro que esto ella ya lo sabía. Su padre intentó cancelarlo sin éxito años atrás, cuando resultó evidente que su prometido había desaparecido. El contrato sólo podía terminarse por mutuo acuerdo entre las partes que lo habían firmado, y el conde de Manford, aquel hombre horrible, no accedió a cancelarlo. Todavía esperaba poner las manos sobre la fortuna Miller; a través de Julia. Éste fue su plan desde el principio y fue la razón de que acudiera a los padres de Julia poco después de su nacimiento con la propuesta de matrimonio entre los hijos de ambas familias. Helene se sintió sumamente emocionada ante la perspectiva de tener un lord en la familia y no quiso desaprovechar la oportunidad de casar a su hija con un miembro de la nobleza. Gerald, que se sentía menos cautivado por la aristocracia, accedió al compromiso para complacer a su mujer. El acuerdo podría haber conducido a un final feliz para todos..., si los prometidos no se odiaran mutuamente.

—Entiendo que disfrutes de ese tipo de libertad, pero ¿esto significa que renuncias a casarte o a tener hijos algún día? —preguntó Carol con cuidado.

Era de esperar que su amiga pensara en la cuestión de los hijos, puesto que ella estaba intentando tener uno.

—No, en absoluto. Yo quiero tener hijos —contestó Julia—. Me di cuenta la primera vez que me dijiste que tú y Harry queríais tener uno. Y, a la larga, seguro que me casaré.

—¿Cómo? —preguntó Carol, sorprendida—. Creí que podían tenerte atada a ese contrato indefinidamente.

—Y así es, siempre que el hijo del conde esté vivo. Pero hace ya nueve años que se marchó y nadie ha tenido noticias de él desde entonces. Por lo que sabemos, podría estar muerto y enterrado en una cuneta en cualquier lugar del mundo, víctima de un robo o de cualquier otro crimen.

—¡Cielo santo! —exclamó Carol con sus ojos azules abiertos como platos—. De esto se trata, ¿no? ¡Después de tanto tiempo, puedes pedir que lo declaren muerto! ¡No entiendo cómo no se me había ocurrido a mí antes!

—A mí tampoco se me había ocurrido, pero me lo aconsejó uno de mis abogados hace tres meses, cuando recibí mi herencia —declaró Julia asintiendo con la cabeza—. El conde se negará, pero la situación habla por sí misma y actúa en mi favor.

»Debo admitir que echaré de menos la carta blanca que el compromiso me proporciona —añadió Julia—. Piensa en ello. Tú misma lo has dicho antes, ni siquiera necesito una carabina porque estoy comprometida. Todos me ven como si ya estuviera casada. ¿A cuántas fiestas crees que me invitarán cuando sepan que soy una heredera que busca marido?

—No seas ridícula —se burló Carol—. La gente te aprecia mucho y tú lo sabes.

—Y tú eres demasiado leal para tener una visión global. En estos momentos no soy una amenaza para nadie, por eso la nobleza me considera una candidata aceptable a sus listas de invitados. No les preocupa que pueda arrastrar a sus hijos a un grado inferior en la escala social ni que les robe a sus hijas el mejor partido.

—Tonterías, tonterías y más tonterías —declaró Carol con firmeza—. No te valoras lo suficiente, querida. A la gente le gustas por ti misma, no por tu riqueza o tu falta de disponibilidad, como tú dices.

Carol seguía hablando desde su fiel corazón, pero Julia sabía que la aristocracia podía mirar, y con frecuencia miraba, por encima del hombro a los comerciantes, pues los consideraba inferiores. Sin embargo, irónicamente, este estigma nunca la había afectado. Posiblemente porque llevaba toda la vida prometida a un aristócrata y su compromiso era del dominio público. O porque su familia era tan endiabladamente rica que, a veces, incluso le resultaba embarazoso. Sobre todo porque, a lo largo de los años, eran tantos los nobles que habían acudido a su padre para pedirle un préstamo, que se diría que era un banco. Por otro lado, el padre de Carol, a petición de su hija, tiró de algunos hilos para que admitieran a Julia en el exclusivo colegio privado al que asistía Carol, y allí Julia hizo más amigas de la nobleza.

Todo esto le había abierto puertas, pero esas mismas puertas podían cerrarse con rapidez cuando se supiera que estaba buscando marido.

—Me cuesta creer que no pensáramos en esta solución antes —señaló Carol—. Y ahora que estás a punto de librarte de ese lastre, ¿has empezado a buscar un marido de verdad?

Julia realizó una mueca.

—He estado mirando, pero todavía no he encontrado a ningún hombre con el que quiera casarme.

—¡Oh, no seas tan endiabladamente especial! —exclamó Carol sin darse cuenta, probablemente, de que estaba hablando como Harry, su marido—. Pues a mí se me ocurren unos cuantos... —Carol se interrumpió al ver que Julia se reía y le preguntó—: ¿Qué es lo que te resulta tan divertido?

—Estás pensando en tus círculos sociales, pero yo no me limito a buscar a otro lord como marido sólo porque ahora esté comprometida con uno. Ni mucho menos. Yo tengo muchas más opciones. Aunque esto no quiere decir que descarte a los aristócratas. Incluso estoy deseando que llegue el fin de semana y se celebre el baile que dará inicio a la temporada social.

Carol frunció el ceño.

—¿Así que, durante los últimos meses, nadie ha despertado tu interés?

Julia se ruborizó.

—Está bien, soy un poco especial, pero reconozcámoslo, tú tuviste mucha, mucha suerte encontrando a Harry. Pero ¿cuántos Harry hay por ahí, eh? Y yo quiero un hombre que esté conmigo, a mi lado, como el que tienes tú, no uno que me coloque detrás de él. También tengo que proteger mi herencia de cualquiera que pudiera derrocharla. Quiero asegurarme de que todavía estará ahí para los hijos que espero tener algún día.

De repente, Carol abrió los ojos alarmada.

—¡Dios mío, piensa en todo el tiempo que se ha desperdiciado! ¡Ya tienes veintiún años y todavía no te has casado!

—¡Carol! —exclamó Julia con una risita—. Ya hace muchos meses que tengo veintiún años. Mi edad sigue siendo la misma.

—Pero antes eras una mujer de veintiún años con un compromiso matrimonial, lo que es muy distinto que tener veintiún años sin estar prometida. Y cuando consigas que declaren muerto al hijo del conde, aparecerá en los periódicos..., todos lo sabrán... Vamos, deja de lanzarme dardos con la mirada. Yo no digo que seas una solterona...

—Ya lo has hecho, hace menos de un cuarto de hora, aquí, en esta misma mesa.

—No lo decía en serio. Sólo estaba considerando una posibilidad y..., bueno, ¡qué diablos!, esto es diferente. ¡Ahora serías tú sin un prometido!

Julia sacudió la cabeza.

—Otra vez estás viendo las cosas con tus ojos en lugar de intentar verlas con los míos. Tú y el resto de las compañeras del colegio pensabais que si no os casabais justo después de vuestro primer baile en sociedad, el cielo caería sobre vuestras cabezas. Esto es ridículo, ya te lo comenté entonces. Yo me casaré este año, dentro de cinco años o dentro de diez, para mí es lo mismo. Siempre que no me case con mi actual prometido y sea lo bastante joven para tener hijos.

—Pensar así es un lujo, ¿sabes? —refunfuñó Carol otra vez.

—¡Vaya, así que no ser una aristócrata tiene alguna ventaja!

El énfasis con que Julia lo dijo hizo que Carol rompiera a reír.

Touché! Pero ya sabes lo que esto significa, ¿no? Voy a tener que organizar unas cuantas fiestas para ti.

—No, no tienes por qué hacerlo.

—Sí que tengo que hacerlo, así que renuncia a ir al baile de los Malory este fin de semana. Allí no encontrarás a muchos jóvenes y yo ampliaré mi lista de invitados para incluir a...

—¡No seas tonta, Carol! Sabes perfectamente que ese baile será el baile de la temporada. Ahora mismo, las invitaciones se cotizan muy altas. Hasta me han ofrecido trescientas libras por la mía.

Los ojos de Carol chispearon.

—Bromeas.

—Sí, bromeo, sólo me han ofrecido doscientas.

Julia no obtuvo la risa que esperaba. Por el contrario, Carol le lanzó una mirada severa y dijo:

—Aunque se supone que es un secreto, sé en honor de quién se celebra ese baile. Te has hecho muy amiga de Georgina Malory e incluso has estado en su casa un montón de veces...

—Son vecinos nuestros, por el amor de Dios, y llevan siéndolo por cuánto, ¿siete..., ocho años? ¡Viven un poco más abajo, en esta misma calle!

—... pero a mí no me verás poner un pie allí —continuó Carol como si Julia no la hubiera interrumpido.

—El baile no se celebrará en la casa de Georgina, es su sobrina lady Eden quien lo organiza.

—No me importa. Su marido estará allí y he conseguido no conocer a James Malory durante todos estos años. He oído todo tipo de historias acerca de él, así que seguiré evitándolo, gracias.

Julia puso los ojos en blanco.

—Él no es el ogro que haces que parezca, Carol, ya te lo he dicho montones de veces. No hay nada siniestro ni peligroso en él.

—¡Como es lógico, él oculta ese aspecto de sí mismo a su esposa y sus amigas!

—Hasta que no lo conozcas no lo sabrás con certeza, Carol. Además, odia tanto los eventos sociales que es posible que ni siquiera acuda al baile.

—¿De verdad?

Julia no contestó. Desde luego que asistiría, pues el baile se celebraba en honor de su mujer. Sin embargo, Julia dejó que Carol confiara en la leve posibilidad de que él no estuviera y obtuvo la respuesta que esperaba.

—Está bien, iré contigo. —Pero Carol no era tan incrédula, porque añadió—: Y si está no me lo digas, preferiré no saberlo.

Capítulo 3

3

Gabrielle Anderson estaba al timón, gobernando el Triton. El mar estaba en calma y ella apenas tenía que realizar ningún esfuerzo para mantenerlo fijo. A Drew, su marido, no le preocupaba que ella pudiera hundir su querido barco porque sabía que, durante los tres años que Gabrielle navegó por el Caribe con Nathan Brooks, su padre, y su tripulación de cazadores de tesoros, él le enseñó todo lo que se podía aprender acerca del gobierno de un barco. A ella le encantaba ir al timón, sólo que no podía hacerlo durante mucho tiempo sin que los brazos le temblaran del esfuerzo.

Drew asumió el mando sin decir una palabra, simplemente, besándola en la mejilla, pero tampoco le dio la oportunidad de apartarse, de modo que ella quedó atrapada entre los brazos de él, cosa que no le importó en absoluto. Gabrielle se reclinó en el amplio pecho de Drew exhalando un suspiro de satisfacción. Su madre le había advertido a menudo que no se enamorara de un hombre que amara el mar. Mientras ella crecía, su padre siempre estuvo embarcado, de modo que Gabrielle se tomó muy en serio el consejo de su madre. Hasta que se dio cuenta de que ella también amaba el mar, de modo que su marido no la dejaría en casa mientras él navegaba por el mundo, pues ella estaría con él.

Aquél era su primer viaje largo desde que se casaron, el año anterior. Habían realizado muchos trayectos cortos entre las islas y unos cuantos a Bridgeport, Connecticut, la ciudad de nacimiento de Drew, para comprar muebles. Pero este viaje por fin los llevaba de nuevo a Inglaterra, donde se conocieron, y donde ahora vivía la mitad de la familia de Drew.

A principios de año recibieron una carta de su hermano Boyd en la que les comunicaba la sorprendente noticia de que él también se había casado, poco después de hacerlo Drew. La boda de Boyd fue inesperada, aunque no constituyó una sorpresa total, porque él no era un solterón empedernido como Drew. Lo sorprendente era que, con Boyd, eran tres los hermanos Anderson que se habían casado con un miembro de la extensa familia Malory de Inglaterra. Más sorprendente aún era el hecho de que Boyd se había enamorado de una Malory que nadie conocía, ni siquiera Gabrielle o su padre.

Además, Boyd sólo les había dado unas pinceladas de cómo había sucedido todo. Drew ansiaba oír la historia completa y habría zarpado hacia Inglaterra nada más recibir la carta de su hermano si él y Gabrielle no hubieran estado construyendo su hogar en la bonita isla que Gabrielle había recibido como regalo de boda.

Pero su casa por fin estaba terminada y ahora iban camino de Inglaterra. Boyd también había sugerido en su carta que, ese año, la familia al completo se reuniera en Inglaterra para el cumpleaños de Georgina, su hermana, lo que constituía una excusa perfecta para una reunión familiar. Gabrielle y Drew llegarían a tiempo para ambos eventos.

Gabrielle, que era hija única, estaba encantada de haberse casado con alguien que tenía una familia numerosa. Los Anderson eran cinco hermanos y una hermana. De momento, Gabrielle sólo conocía a los tres hermanos menores, pero no le inquietaba conocer a los tres mayores, sino que lo estaba deseando.

Gabrielle sintió frío hasta que Drew la arropó con su cuerpo. Ya casi era verano y, si el viento se mantenía estable, llegarían a Inglaterra al día siguiente, pero el frío Atlántico no podía compararse con las cálidas aguas caribeñas a las que estaba acostumbrada.

—Por lo que parece, os iría bien retiraros a vuestro camarote —dijo Richard Allen con una pícara sonrisa acercándose a ellos—. ¿Queréis que os releve al timón?

—Tonterías, ya no somos unos recién casados —empezó Drew, pero entonces Gabby se volvió y le dio un apretado abrazo y él añadió con voz ronca—: En realidad...

Ella se echó a reír y le hizo cosquillas para hacerlo cambiar de idea. Ella sabía jugar, pero normalmente no lo conseguía, porque cuando estaba tan cerca de su marido como entonces, se sentía cautivada por él.

—Si cambiáis de idea, avisadme —sugirió Richard y, antes de dirigirse a la cubierta inferior, añadió—: ¡Yo lo haría!

Gabrielle se quedó mirándolo. Su querido amigo llevaba casi media vida viviendo en el Caribe, al menos la media que ella conocía, y era evidente que sentía el frío tanto como ella. ¡Incluso llevaba puesto un sobretodo! ¿De dónde demonios había sacado una prenda tan inglesa como aquélla?

Richard era un hombre alto, sumamente guapo y osado —quizás un poco demasiado osado—, pero de un carácter tan encantador, que resultaba extraño que Gabrielle nunca se hubiera sentido atraída por él, aunque, eso sí, se habían convertido en grandes amigos. Él tenía el pelo negro y largo y lo llevaba recogido en una cola. Su fino bigote le daba un aire desenfadado, y sus ojos verdes normalmente chispeaban de alegría.

Cuando lo conoció, cuatro años atrás, Richard era mucho más delgado, pero ahora, a los veintiséis, su cuerpo había aumentado de tamaño y era más musculoso. Solía ir meticulosamente limpio. Richard siempre había destacado entre los otros piratas, tanto por su pelo como por su ropa y sus pulidas botas de caña alta.

Se unió a la tripulación pirata de su padre poco después de llegar al Caribe procedente de... nadie sabía dónde. La mayoría de los piratas no contaban de dónde eran, de la misma manera que casi todos utilizaban un nombre falso que cambiaban con frecuencia. Jean Paul era el nombre falso que Richard empleaba más a menudo y, durante mucho tiempo, estuvo practicando el acento francés que concordaba con el nombre. ¡Sonaba realmente divertido oírlo hablar con aquel acento! Tardó mucho tiempo en dominarlo, pero en cuanto lo hizo, dejó de usarlo, y también su nombre francés. No dejó de intentarlo hasta que lo dominó y, cuando lo consiguió, dejó de usarlo sin más.

En realidad, el padre de Gabrielle no había sido un pirata típico. Actuaba, más o menos, como un intermediario que acogía a los rehenes de otros piratas y los devolvía a sus familias a cambio de un rescate. Y a los rehenes cuyas familias no podían pagar el rescate, simplemente los dejaba en libertad. Al mismo tiempo, se dedicaba a la caza de tesoros.

Sin embargo, el año anterior, después de pasar meses en el calabozo de un auténtico pirata, Nathan no volvió a asociarse con sus antiguos camaradas. La boda de Gabrielle con un miembro de una legítima familia naviera que consideraba a los piratas sus enemigos también pudo haber influido en su decisión. De todos modos, él seguía buscando tesoros y, ocasionalmente, aceptaba encargos de transporte de mercancías de Skylark, la compañía naviera que pertenecía a la familia de Drew..., siempre que el cargamento tuviera que entregarse en la dirección de la pista del tesoro que estuviera siguiendo en aquel momento.

Como estaba enfrascada en sus pensamientos, Gabrielle no se dio cuenta de que Richard se dirigía a la barandilla de la cubierta inferior. Y entonces lo vio, contemplando el horizonte en dirección a Inglaterra. Cuando dejó de utilizar aquel ridículo acento francés, resultó evidente que era inglés. Claro que, para entonces, ella ya hacía tiempo que lo había deducido a causa de todas las veces que se le había escapado «bloody hell» y otras expresiones inglesas típicas.

Pero aunque ahora hablaba como un inglés auténtico, Richard nunca admitió serlo y ella nunca se lo preguntó directamente..., por una buena razón. Los hombres que se convertían en piratas en general se estaban escondiendo de alguna cosa de su pasado, a veces de la ley, y Richard se mostró intranquilo cuando viajó con ella a Inglaterra el año anterior. Cuando Gabrielle se lo propuso, él no puso mala cara y siguió siendo el hombre despreocupado y bromista de siempre, pero cuando creía que ella no lo estaba mirando, ella percibió su ¿qué? ¿Preocupación? ¿Terror? ¿Miedo a ser arrastrado a la prisión más cercana por sus actos del pasado? Gabrielle no lo sabía. Entonces, Richard conoció a Georgina Malory y la preocupación que Gabrielle sentía por él cobró relevancia.

Ahora, mientras lo miraba, a Gabrielle no se le escapó el repentino cambio en su actitud, la profunda melancolía que lo invadió. Gabrielle supuso que estaba pensando otra vez en Georgina y todas las dudas que había tenido desde que zarparon se multiplicaron por diez.

—¿Cómo permitimos que nos convenciera de que lo lleváramos con nosotros a Inglaterra?

Gabrielle lo dijo hablando consigo misma, pero Drew siguió su mirada y gruñó:

—Porque es tu mejor amigo.

Ella se volvió hacia Drew.

—Ahora tú eres mi mejor amigo —dijo para tranquilizarlo.

—Yo soy tu marido, pero él sigue siendo tu mejor amigo. Y permitiste que Ohr, tu otro mejor amigo, te convenciera de que Richard no está realmente enamorado de mi hermana. ¿Sabes una cosa, Gabby? —añadió Drew repentinamente mientras entrecerraba sus ojos oscuros—, tienes demasiados amigos varones.

El repentino ataque de celos de su marido la hizo reír y desvió su atención de Richard y de las dudas que le despertaba. Aunque Drew la estaba mirando con el ceño fruncido, y tanto si era fingido como si no, ella no pudo resistirse a la tentación de ponerse de puntillas y besarlo. Lo amaba tanto que realmente le resultaba difícil mantener las manos alejadas de él durante mucho tiempo, y a él le ocurría lo mismo respecto a ella.

—Para o tendré que aceptar la oferta de Richard —le advirtió Drew con voz ronca.

Ella sonrió ampliamente. La idea no era tan mala. Acurrucarse junto a Drew en el camarote era, sin duda, preferible a pensar en la posibilidad de que Richard cayera en una trampa mortal en Inglaterra.

Pero esta posibilidad siguió dominando su mente, porque Drew dijo:

—Una pregunta mejor sería cómo me convenciste tú a mí de que permitiera a esos dos acompañarnos en este viaje.

Gabrielle se dio la vuelta para que Drew no viera la mueca que provocaron sus palabras. Aunque quería a Ohr y a Richard como si fueran de su familia, se arrepentía de haberles permitido acompañarlos.

—Fue una decisión del momento, ya lo sabes —le recordó a Drew—. Llevaba meses diciéndole que no a Richard cada vez que me lo pedía, desde que empezamos a hablar del viaje. Pero entonces mi padre se rompió la pierna, justo antes de que zarpáramos, lo que lo mantendría a él y a su tripulación en tierra durante uno o dos meses, y ya sabes la cantidad de problemas que puede crear una tripulación si está ociosa y no puede hacerse a la mar durante mucho tiempo seguido.

—Sí, pero esos dos podían haber encontrado algo que hacer. Admítelo, tu padre quería que vinieran otra vez como tus perros guardianes. Todavía no confía en que yo sepa cuidarte.

—No puedes creer esto de verdad sabiendo lo encantado que está de tenerte como yerno. Además, él no me pidió que los dejáramos venir, aunque, si se le hubiera ocurrido, probablemente me lo habría pedido. Ya sabes que se preocupa por ellos. Ellos lo consideran como parte de su familia y él siente lo mismo por ellos.

—Lo sé, formáis una gran y feliz familia —declaró Drew, riéndose—. Y yo he entrado a formar parte de ella, ¿no?

—Eres tú quien tiene una gran familia, y ahora formas parte de otra todavía más grande. Pero, aunque tu cuñado ignorara a Richard la última vez que se vieron, eso fue porque entonces James tenía otras cosas en la cabeza, como rescatar a mi padre de aquel horrible calabozo. Lo que no significa que haya olvidado la promesa que hizo el día que vio a su mujer abofetear a Richard en su jardín por haberse insinuado a ella de una forma inapropiada. James me dijo, claramente, que si Richard volvía a acercarse a su mujer, se vería obligado a hacerle daño y yo no dudé, ni por un segundo, de que lo decía en serio. Tú lo conoces mejor que yo y me confirmaste que lo más probable era que lo hubiera dicho totalmente en serio.

—Desde luego que lo dijo en serio, como habría hecho yo si hubiera visto a otro hombre insinuarse a mi mujer. Creo que te preocupas por nada, querida —añadió Drew mientras ella volvía a acurrucarse en su pecho—. Richard no es tonto, y cualquiera en su sano juicio tendría que ser totalmente estúpido para jugar con ese Malory en concreto.

—Mmm..., ¿no fue exactamente eso lo que tú y tus hermanos hicisteis cuando lo obligasteis a casarse con tu hermana después de golpearlo hasta dejarlo inconsciente?

—Cariño, tuvimos que juntarnos los cinco para administrarle aquella paliza. ¡Lo intentamos uno a uno, pero fue inútil! Y ya te conté que James nos obligó a hacerlo de una forma deliberada. Aquélla fue su curiosa manera de conseguir que Georgie se casara con él sin tener que pedírselo a ella o a nosotros, por un estúpido juramento que había hecho de no casarse nunca.

—Creo que fue un detalle muy romántico.

Drew se echó a reír.

—Sí, para ti, pero sólo un tozudo inglés llegaría a estos extremos para mantener un juramento, al menos respecto al matrimonio. Si hubiera sido acerca del honor, el país o..., bueno, ya sabes a qué me refiero, entonces habría sido algo razonable, pero ¿el matrimonio? Recuerda que esto es una información privilegiada que comparto contigo porque eres mi mujer. No se te ocurra contarle a James que mis hermanos y yo lo sabemos. Él sigue creyendo que nos manipuló. Y, créeme, James es mucho más tolerable cuando se regodea de sus éxitos que cuando está enfadado y busca camorra.

—Juro mantener el secreto —le aseguró Gabrielle con una sonrisa—. Pero tienes razón respecto a Richard, no es estúpido, pero ya sabes cómo es. Es un hombre encantador, divertido, bromista, siempre sonríe...

—¡Deja de enumerar sus virtudes!

—No me has dejado terminar. Iba a decir que es todo eso hasta que se acuerda de Georgina. Entonces se pone tan melancólico que te rompe el corazón.

—A mí no me rompe el corazón.

—¡Oh, vamos, a ti también te cae bien, no te engañes! ¿Cómo podría no caerte bien?

—Posiblemente porque está enamorado de mi hermana. Tiene suerte de que no limpie la cubierta con su cara.

Gabrielle ignoró el comentario de su marido.

—Según Ohr, Richard no está realmente enamorado de Georgina. Y yo también lo creo, si no no le habría dejado venir con nosotros.

Gabrielle se sintió escéptica respecto a la opinión de Ohr hasta que se enteró de que Richard había tenido al menos tres aventuras amorosas durante el último año. Éste fue el factor decisivo que la llevó a permitir que sus amigos compartieran con ellos aquel viaje.

—Es posible —declaró Drew—, pero el hecho de que Richard sólo crea que está enamorado de mi hermana no cambia nada.

—Sí, pero Ohr me explicó que Richard desea estar enamorado, y lo desea tanto que confunde fácilmente el deseo con el amor. Por lo visto, él ni siquiera sabe que es eso lo que busca y, como nunca ha experimentado el amor verdadero, no distingue la diferencia entre ambos.

A Drew le había ocurrido lo mismo en el pasado.

—Lo comprendo, pero ahora tú pareces dudar de que él sólo crea estar enamorado de ella.

—No, pero no puedo evitar recordar lo que Richard me dijo acerca de Georgina. Cuando le recordé que es una mujer felizmente casada y que debía olvidarla, me respondió que lo había intentado, pero que no podía olvidarse de «su verdadero amor». ¿Cuántas veces utiliza un hombre esta expresión respecto a una mujer?

—Yo puedo contar con dos, tres y hasta una docena de manos las veces q

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