
El gigante era muy solitario. Cuando la gente del pueblo salía a pasear por las montañas donde él vivía, siempre decían: –No os acerquéis a aquel bosque. Allí vive el gigante. Ese que da tanto miedo y que no tiene amigos.
Un día de muy mal tiempo, el viento empezó a soplar con tanta fuerza que elevó por los aires a la vaca vacota.
dibujar unos cuantos remolinos entre las nubes,
la vaca vacota fue a parar al sitio menos pensado.
Ese mismo día de muy buen tiempo (al gigante le encantaban la lluvia y el frío), el viento empezó a soplar con tanta fuerza los aires hojas de árboles, briznas de hierba y
Después de pestañear un buen rato porque se le había metido
algo en el ojo, el gigante se secó las lágrimas con un pañuelo.
desplegarlo sobre la mesa, lo dejó estupefacuna vaca lechera que tenía una mancha negra me molestaba… –dijo el gigante en voz alta–.
una vaca en el ojo, con sus dos cuernos, pica mucho. Aunque se trate de una vaquita diminuta como esta.
que estaba de pie sobre el inmenso pañuelo del gigante, miró a derecha e izquierda.
–¿Me has llamado vaquita diminuta? –preguntó la vaca vaco–Bueno, a mí me lo pareces –le contestó el
quieres te puedo llamar lagartija escurridiza o
pireta. No tengo manías.
La vaca masticó un poco de hierba, rumió sus pensamientos,
eructó y dijo mirando al gigante:
–No, no… vaquita diminuta está bien. Así es,
como haces que me sienta.
Y tenía razón ¡Se la veía tan pequeña a su lado!
A partir de aquel día, la vaca vacota (ahora,
nuta) vivió feliz en compañía del gigante,
conversación.
El gigante desayunaba todas las mañanas en


con la vaca lechera. Saboreaba un dedal de ordeñada (cincuenta litros de leche caben en un –Qué bien se está contigo, mi vaquita diminuta.
La vaca lechera sonreía con su boca diminuta y no contestaba
Desde entonces, cuando los niños y la gente del pueblo pasan –¡Vamos a visitar al gigante! Ese tan simpático que es amigo
P
epita Toquedemagia estaba muy
mañana. Las hadas también se ponen nerviosas cuando tienen que hacer un examen, no
ogros, los lobos o las abuelas.
Pepita Toquedemagia había preparado mil
y golpes de varita. Se sabía de memoria todos
había repasado la forma de romper cualquier encantamiento.
Pero esa mañana, Pepita Toquedemagia debía
hechizo nuevo delante de toda la clase.
–Una buena hada tiene que ser capaz de inventar sus propios
conjuros –había dicho la señorita Abracadabra.
Pepita Toquedemagia había pasado días enteros ensayando.

–Convertir un príncipe en rana está muy visto –decía Pepita–. se queden dormidas durante años aburre.
Sus compañeras de clase eran capaces de hacer complicadísimos encantamientos. Una de ellas, un hada bajita con pecas,
había conseguido que desaparecieran tres chaquetas de chándal de los percheros con un simple pase de su varita.
–Vaya cosa –pensó Pepita Toquedemagia–. Lo difícil es conseguir que no desaparezca ninguna en toda la semana.
de trenzas y nariz respingona podía adivinar lo
cada uno de sus compañeros. Solamente tenía
que cerrar los ojos y quedarse muy quieta.
–El lobo piensa en una sabrosa abuelita; el príncipe convertido en sapo, en unas cuantas moscas, y el osito que está sentado en la última fila, en un plato de gachas.
todo. Aunque no era tan difícil, porque era la
hora del almuerzo y todos tenían hambre.
la señorita Abracadabra sacó a Pepita a la
aprendiz de hada se puso a temblar de tal forma
que la profesora tuvo que sujetarla de un pie para que no lle–¿Con qué nos vas a sorprender, Pepita? –preguntó la señori¿Manzanas envenenadas? ¿Lagartijas que –Botones que desaparecen –contestó Pepita con
voz. Y un ogro que estaba sentado al fondo soltó una risotada. Las ninfas de primera fila se dieron codazos las unas a las
otras, cuchicheando entre risitas.
Menuda tontería de hechizo, pensaban todos.
importa que desaparezcan los botones?
Pero se equivocaban. Pepita Toquedemagia sacudió su varita dibujando varios círculos en el aire (no servía para nada, pero quedaba muy bien). Y dijo las palabras mágicas imprescindibles, además de muy difíciles).

–Pim, plas, plon, que desaparezca cualquier botón.
pudo abrocharse los abrigos, ni las chaquetas, ni las camisas… ¡Qué frío pasaron!
Tampoco pudieron usar el ascensor. Habían desaparecido los
los números de los pisos. Todo el mundo tuvo
que subir y bajar por las escaleras.
ningún niño pudo jugar con su consola, los
pudieron despegar porque no tenían botones
luminosos en las cabinas de mando y las abuelas no pudieron
de chocolate porque las batidoras se queda
No quedaba ningún botón en todo el país.
Pepita Toquedemagia rompió el hechizo diciendo: «Plon, plas, pim, que el hechizo llegue a su fin», cuando el ogro que había risotada se levantó y se le cayeron los pantalones. La cosa había ido demasiado lejos. Y para muestra, un botón.

E
l rey y la reina estaban muy preocupados. Sus vecinos
les habían declarado la guerra y podían
en cualquier momento.
–¿Qué vamos a hacer? –decía la reina entre
guerra es una cosa terrible.
–Tienes mucha razón, querida –le contestaba el rey, desesperado–. Tendremos que llamar al sabio. Él siempre
nas ideas. El martes me dolía el estómago y
una pócima milagrosa. Luego me entró el apetito
mendó un restaurante. Seguro que él sabrá qué hacer.
El sabio del reino acudió en cuanto lo llamaron. Era tan sabio
que se sabía el recorrido de todos los autobuses
memoria. Así que se montó en el número 8, que paraba cerca
de su casa, y se bajó en la mismísima puerta de palacio.

asunto muy serio –dijo el sabio después de estudiar la situación–. No nos queda más remedio que sorprender –¿Y cómo lo haremos? –preguntó la reina–. ¿Iremos en plena nuestra mejor arma –respondió el sabio–: un
profesor de Lengua. Se quedarán sorprendidos.
–¿Un profesor de Lengua? –exclamó el rey, muy asombrado–.
¿Sin ejército? ¿Sin cañones? ¿Un profesor de
más?
–¡Por supuesto que no! –dijo el sabio. Y eso pareció tranquilizar al rey–. Así sin más no: llevará un diccionario.
El rey y la reina pensaron que el sabio había perdido la cabeza, pero como vieron que la seguía teniendo
bros, no pusieron más pegas.
Y el sabio, una vez más, demostró lo sabio que era.
En cuanto el profesor de lenguaje llegó al país
los soldados lo apuntaron con sus armas. Pero
dispararon, no salieron balas sino lápices de colores.
–Así podréis seguir apuntándome –dijo el
Lengua–. Apuntad, apuntad. Podéis apuntar
también mi número de teléfono. Llamadme
charlaremos un rato.
Los soldados se quedaron tan asombrados
todos los proyectiles, les sacaron punta y se pusieron a dibujar.
La cosa no quedó ahí. El profesor, abriendo
por la letra c, cambió los cañones por cañas y todos se fueron
de pesca. Pasaron un día muy agradable y
asadas.
De postre el profesor sacó un bolígrafo del
las bombas por bombones. Todos se pusieron muy contentos,
especialmente los niños.

hubo prisioneros, porque el profesor de Lengua convirtió los calabozos en calabazas utilizando una goma de borrar y una pluma estilográfica.
Los habitantes del país vecino aprendieron enseguida todo lo que les enseñó el profesor de Lengua y se dedicaron a cambiar tortas por tartas pintándole un rabito a la letra a. Luego cambiaron las balas por velas y celebraron muchos cumpleaños. Lo pasaron tan bien que no les quedó más remedio que firmar la paz. Y aunque a más de uno le entró dolor de tripa, en con
H
ace muchos muchos años, en la de la cocina de palacio, vivía una cubiertos de plata.
Los tenedores estaban a la izquierda, siempre
dos. Los cuchillos, con el filo hacia el mismo lado. Las cucharas, brillantes, las cucharillas, relucientes. Los
en aquel cajón en paz y armonía. Hasta que
Majestad la Emperatriz Irenuska cumplió los diez años.
Ese día se celebró un gran banquete, y los cocineros y mayordomos sacaron de los cajones platos de porcelana china, cristalerías de Bohemia con dibujitos tallados y

oro. Plancharon metros y metros de manteles de hilo y encen
Conforme se acercaba la hora de la cena, los cubiertos empenerviosos. Tres mayordomos con peluca y guantes blancos los acababan de limpiar, frotándolos con un
paño, y los habían colocado sobre una bandeja.
elegido la Emperatriz Irenuska de menú? –preguntó un tenedor de carne con voz chillona.
una buena sopa, para entonar –contestó un
sopero–. Las mejores comidas empiezan siempre
El cucharón sabía que si no había sopa, nadie lo necesitaría, y
no hay cosa que moleste más a un utensilio de cocina que no –Calla, calla –le cortó un cuchillo muy afilado–. Donde haya
un buen chuletón, que se quite todo lo demás.
para hacerte el importante –dijo una pala de
rape con verduritas es mucho más fino y elegante. Suave en el paladar y delicado en el estómago.
cubiertos querían ser los protagonistas de la gran
estaban acostumbrados a acontecimientos tan
importantes. ¿A quién necesitaría la Emperatriz Irenuska para
cubiertos serían los que elegirían sus delicadas
Los tenedores empezaron a pinchar a sus compañeros. Eso es
algo que saben hacer muy bien todos los tenedores.
–Aquí los importantes, importantes de verdad,
tros –decían muy chinchones–. Nos da igual
o pescado, pasta o marisco, tortilla de patatas
pepitoria. ¡Servimos para todo!
En eso tenían un poco de razón. Por eso se envalentonaron y
siguieron burlándose de los demás.
–Sin embargo, vosotros los cuchillos –se reía
queso que tenía cuatro púas–, ¿qué clase de cubierto sois que
no podéis llevar los alimentos a la boca?
tenedores juntos, los de postre, los de carne, los de servicio y los de trinchar, empezaron a reírse a carcajadas. a tener razón. A nadie tan elegante como la Irenuska se le ocurriría meterse un cuchillo en la
Una cucharilla de postre muy pequeña, con un trébol de cuatro hojas grabado, dijo con un hilillo de voz:
las mejores comidas son las que se sirven con
Lo dijo muy bajito, pero a pesar de eso todo el mundo la oyó.
de palacio se hizo un silencio incómodo. Ni el más ligero choque de una taza de loza sobre
solo grifo goteando en los fregaderos, ni un
una salsa al fuego. No se escuchó nada durante unos segundos. Luego, un cuchillo de fruta le dijo, mofándose de ella:
–Ya, pero… ¿Cómo pelarías una manzana con
guapa? Deberías aprender a estar calladita
gente importante.
Y todos los cubiertos rompieron a reír de nuevo, especialmente los cuchillos, muy orgullosos de saber pelar
patatas y peras.
Un salero, que lo estaba oyendo todo desde un estante, gritó:
–¡A mí lo que me encanta es comer sopa con
con tenedor!
Todos miraron hacia la estantería, pero esa
cubierto le entró la risa, y eso que el salero lo había dicho con
mucho salero.
El azucarero, intentando suavizar la situación,
dulzura:
–La cucharilla tiene razón, todos somos
mos juntos, las comidas son mucho más ricas.
Los cubierto