El muro de Adriano

William Dietrich

Fragmento

Creditos

Título original: Hadrian's Wall

Traducción: Juanjo Estrella

1.ª edición: diciembre, 2013

© 2013 by William Dietrich

© Ediciones B, S. A., 2013

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

Depósito Legal: B. 29.279-2014

ISBN DIGITAL: 978-84-9019-498-0

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Dedicatoria

 

 

 

 

 

Para Holly

Contenido

Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

 

Agradecimientos

BRITANIA ROMANA

Prólogo

El declive del imperio romano

Primera Parte

1

2

3

4

5

6

7

8

9

10

11

12

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17

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19

20

21

22

23

Segunda Parte

24

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26

27

28

29

30

31

32

Tercera Parte

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39

40

41

Epílogo

Nota histórica

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Agradecimientos

El parto de esta novela no estuvo exento de complicaciones. Entre ellas, más de un inicio fallido, un curioso viaje de investigación al muro de Adriano que coincidió con la epidemia de las «vacas locas», y una presentación inicial prevista para el fatídico 11-S. Agradezco de manera especial a mi agente, Andrew Stuart, que lograra hacer de Harper Collins el hogar de mi obra, y a mis editores Jeffrey Kellogg y Michael Shohl por mejorar la historia y supervisar su distribución. Asimismo merecen mi gratitud todos los historiadores y arqueólogos que en Gran Bretaña han sacado a la luz el pasado romano y celta de la isla. Me gustaría dar las gracias en particular a Peter Reynolds, de Buster Ancient Farm, a Lindsay Allason-Joes, del Museo de Antigüedades de la Universidad de Newcastle, por su conferencia sobre la presencia de la mujer en el muro de Adriano, y a Matthew Bunker, actor especializado en la recreación de personajes históricos, por compartir conmigo su fascinación por el pasado mientras tomábamos una o dos cervezas y permitirme vislumbrar cómo debían ser las corazas y las armas romanas. Sólo en Inglaterra puede uno servirse la cerveza en un casco sin atraer apenas miradas de curiosidad. Por último, quiero dar las gracias a mi esposa Holly, cada vez más única, que creyó en El muro de Adriano desde su concepción. Este libro también es suyo.

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BRITANIA ROMANA

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Prólogo

Año 122

El viento del norte soplaba sobre la cima «con el aullido de un ejército de bárbaros».

Al emperador, que se consideraba amante de las letras además de soldado, la metáfora le pareció satisfactoria. Adriano, apostado en el balcón que sobresalía de los aposentos de madera erigidos a toda prisa para su séquito, añadía aquella galerna a su inventario mental del imperio. Las ráfagas aplastaban las largas briznas de hierba que remataban los riscos, las cortinas de lluvia azotaban las cincuenta espartanas estancias, tamborileaban en los troncos del techo, recién talados y fragantes aún, y el agua se filtraba hasta unas estancias en que los braseros resultaban a todas luces insuficientes. La humedad atravesaba las ropas y calaba los huesos. Lo inhóspito del lugar invitaba a observar el exterior, a meter la cabeza en las fauces del viento. A la derecha, una quebrada daba cobijo a unos árboles que ascendían por la pendiente igual que una avanzadilla, y los avezados ojos del emperador los siguieron y constataron el temblor creciente de sus ramas a medida que se aproximaban a la cumbre. Ningún hombre podía desear semejante destino, pensó, pero lo mismo cabía decir de cualquier otro puesto fronterizo. Una frontera, por definición, era un punto a partir del cual cesaban las comodidades. A sus espaldas, en los pasadizos del cuartel resonaban los ecos de las botas militares, multiplicados por la casi total ausencia de muebles y alfombras. Le constaba que Pompeyo, el gobernador saliente, no había dispuesto de mucho tiempo para organizar los preparativos de su visita. A insistencia suya, los despachos imperiales que anunciaban su llegada solicitaban que, a ésta, las maquetas y los mapas estuvieran listos. Pero de lujos no mencionaban nada. En cualquier caso, no pensaba quedarse allí mucho tiempo.

Con todo, Adriano había elogiado la imponente construcción de madera que su anfitrión había erigido para él en la remota Vindolanda. Había pasado la mitad de su vida en una tienda de campaña, así que aquello no dejaba de constituir una mejora.

—La felicidad depende de las expectativas, no de las posesiones —dijo dirigiéndose a los oficiales formados tras él—. En los confines del imperio, éstas son menores, y por ello nos complacemos más en las pequeñas cosas.

Un escriba anotó diligente el comentario.

—Un hombre con vuestra responsabilidad merece todo lo que pueda ofrecérsele —replicó un leal Pompeyo, sabedor de que el bienestar de su jubilación dependía del favor imperial.

—Un hombre de mi poder podría haberse quedado en Roma, gobernador. Pero la necesidad y el deseo me han traído a este lugar. ¿No es así, Floro?

La cabeza de su rechoncho poeta y bufón emergió de la capa que lo envolvía.

—Nos llena de dicha compartir tus cargas, César —respondió Floro con el tono más falso que encontró—. En realidad, acaban de ocurrírseme unos versos sobre tu heroísmo.

Los cortesanos del emperador sonrieron en espera de alguna nueva muestra de irreverencia, y Adriano, burlón, enarcó las cejas.

—¿En serio? Qué grata sorpresa tener la ocasión de oír una muestra más de tu ingenio.

—La inspiración me llega sin hacer yo nada, señor, es un don de los dioses. He titulado el poema La súplica de Adriano.

—Oigamos pues, de tu boca, gordo Floro, el producto de la sabiduría divina.

El vate se puso en pie y agitó la capa con gesto teatral. Su cabeza quedaba a la altura del pecho del centurión que tenía al lado. Empezó a recitar con voz aguda.

Emperador, por favor, no quiero ser.

Con barro en las rodillas Britania recorrer

o la apestosa Escitia visitar,

pues de frío el trasero se me ha de helar.

Floro hizo una reverencia, se sentó de nuevo y se envolvió con la capa. Los asistentes estallaron en carcajadas, a pesar del evidente efecto que aquella ocurrencia había causado en Pompeyo, que parecía el único sorprendido con la sátira. Los compañeros más cercanos de Adriano compartían una camaradería forjada en los interminables viajes, los austeros cuarteles y la nostalgia de su tierra. Hasta ese momento, ningún gobernante había intentado recorrer todo su imperio. Las bromas toleradas ayudaban a mantener alta la moral.

—Anótalo también —ordenó Adriano al escriba con una sonrisa irónica. Apartó la vista y la posó de nuevo sobre la ladera empapada—. Bueno, romanos —añadió impaciente—, vamos entonces a meternos en el barro hasta las rodillas. ¡Exploremos estas tierras altas!

El monarca era tan infatigable como rápido. En la última media hora había dictado tres cartas, sugerido la construcción de bancales en las laderas para crear huertos y pastizales con los que ahorrar en gastos de avituallamiento, revisado y aprobado la ejecución de un legionario a quien habían descubierto vendiendo un cargamento de puntas de lanza a los bárbaros, y solicitado reunirse aquella noche con la concubina de un centurión que le había gustado. Al oficial, aquella petición no le había desagradado: a ella la obsequiarían con alguna fruslería, y a él tal vez lo ascendieran. Además, el emperador no pasaría frío esa noche, y estaría de mejor humor por la mañana. Por si todo eso fuera poco, Adriano pretendía llegar hasta la cima de la montaña.

—Tal vez podríamos esperar a que escampara —sugirió Pompeyo con cautela.

—¿A que escampe? ¿En Britania? —La carcajada sonó como un ladrido—. Tengo cuarenta y ocho años, gobernador. Si espero a que escampe, más me vale ir encargando mi tumba.

—Aquí el tiempo cambia deprisa, César.

—Igual que mi imperio. He viajado desde las estepas de Persia hasta las ciénagas de Britania. Si hubiera esperado a que el tiempo cambiara, seguiría en Siria, aburrido y quemado por el sol.

Platorio Nepo, el nuevo gobernador, había acompañado a Adriano desde Germania, una vez escogido sucesor de Pompeyo, y no había tardado en percatarse de la impaciencia de su señor.

—Ordenaré que traigan los caballos.

—No; iremos a pie. Iremos a pie —reiteró el emperador a los oficiales allí congregados—, como lo hacen los bárbaros, para sentir la tierra como ellos la sienten, para intentar imaginar cómo será, para nosotros y para ellos, esta línea divisoria que proponemos.

Adriano abrió la marcha a paso ligero. Era alto y la barba le ocultaba las muescas y las cicatrices del acné que se había ensañado con él cuando era joven. Por lo general no se cubría la cabeza, con lo que exponía a la lluvia su cabello negro, ibérico. Al caminar, la capa de piel se agitaba a su espalda como la cola de un pájaro. Sus perros, inquietos, se adelantaban constantemente en busca de algo que no encontraban. Los generales, los ingenieros, los encargados de la logística, los arquitectos y los centuriones le seguían como una procesión de hormigas por la ladera embarrada. Algunos soldados de la caballería pretoriana iban delante, formando un muro protector, pero a excepción de ellos la expedición tenía un carácter informal y carecía de toda pompa. Unos nubarrones grises se deslizaban velozmente sobre el amplio valle que se abría al sur y descargaban sobre él. Al norte, las cumbres del macizo impedían ver el paisaje que se extendía hacia el otro lado.

Pompeyo jadeaba.

—Creía que antes veríamos las maquetas.

Nepo sonrió.

—Eso lo dejará para la noche. Mientras haya luz, no se detendrá. Cuando, en Germania, ordenó que se construyera una empalizada y Flavio lo cuestionó por el elevado coste de la mano de obra, él mismo cogió el pico y la pala. La legión tenía que hacer grandes esfuerzos para que no les pasara por delante. La primera milla de aquel muro de troncos ya estaba en pie antes de que partiera.

—Y camina deprisa —dijo Pompeyo

—Pues piensa más deprisa todavía. Quiere arreglar el mundo.

Al llegar a la cima, la guardia pretoriana se detuvo bruscamente. Adriano, más abajo, también interrumpió la marcha y, recobrando el aliento, aguardó al abrigo de la colina a que los demás se unieran a él. La lluvia había dejado paso a una neblina húmeda. El emperador, que parecía inmune al frío, entornó los ojos para ver mejor.

—Nuestro imperio siempre termina en los confines más inhóspitos —observó ante el grupo de hombres que se arracimaban tras él.

Se oyeron algunas risas forzadas, pero entre los allí congregados no todos recibieron de buen grado la confirmación de aquel rumor que hablaba de detener el avance.

—En tiempos de Trajano no era así —murmuró un centurión.

El predecesor de Adriano había sido un expansionista infatigable. Trajano nunca se detenía.

El nuevo emperador fingió no haber oído el comentario, se volvió y condujo a sus hombres montaña arriba. Al llegar a la cumbre, la tierra caía a pico del otro lado, y el viento les azotó en la cara con la fuerza de un manotazo.

Lo que, en la ladera sur, era una pendiente tapizada de hierba, daba paso, al abrirse al norte, a un abrupto precipicio de roca volcánica. La caída vertical era de unos doscientos pies, tras los que se extendía un páramo salpicado de brezos y lagunas de aguas plomizas, que se perdía hacia el norte, ondulándose hasta desaparecer entre las densas nieblas de Caledonia. A la pálida luz resultaba difícil distinguir las nubes de las montañas. Pero en todo caso la vista era magnífica, la lluvia caía con fuerza y la posición resultaba inexpugnable. Se oyeron murmullos de aprobación.

—Ésta es la cumbre de una cadena de montañas que se extiende por la mayor parte de esta embocadura de Britania —expuso Pompeyo—. Se aprecia a simple vista, César, que constituye una frontera natural de primer orden. En ambas costas se abren ensenadas que permitirían la construcción de sendos puertos. Y las llanuras facilitarían el despliegue de la caballería a este y oeste. En el valle que hemos dejado atrás ya existe una calzada pavimentada. Y hay fortificaciones y torres de vigía que...

—Un muro.

—Sí, muros, zanjas que...

—Gobernador, un muro que atraviese la isla de punta a punta.

Pompeyo parpadeó.

—¿De punta a punta? —Nadie le había advertido de aquello.

—Un muro que garantice el gobierno de Britania de una vez por todas. De un lado, Roma. Del otro, los bárbaros. La provincia está poblada de unos rebeldes tan infatigables como los judíos antes de que los expulsáramos de Judea. Un muro, Pompeyo, para controlar el comercio, los movimientos de personas, los robos, las alianzas, la civilización. Un muro de ochenta millas de extensión, construido por las tres legiones de Britania.

—¿Y también debería pasar por aquí arriba? —El gobernador contempló con reserva aquel precipicio que ningún ejército sería capaz de superar.

—Por aquí también. —El inclemente tiempo agitaba las capas de los presentes, pero la lluvia casi había cesado por completo, y el paisaje, se iba definiendo poco a poco—. Quiero que las tribus vean un muro ininterrumpido que atraviese quebradas, altos precipicios, ríos. —El emperador se volvió hacia el sucesor de Pompeyo—. ¿Te ves capaz, Nepo?

—Los ingenieros han efectuado algunos cálculos preliminares —respondió el nuevo gobernador, que estaba algo más al corriente de la idea que su predecesor—. Haría falta una enorme cantidad de piedra. Supongamos que un legionario pudiera transportar una roca de su mismo peso. Bien, pues debería hacerlo cincuenta millones de veces. He estimado unos treinta millones de piedras talladas, César, eso sin contar el mortero y la arcilla para rellenar las juntas. Para un proyecto de esa envergadura harían falta muchas canteras, mucha madera para el andamiaje, así como un escuadrón de zapateros dedicados en exclusiva a remendar el calzado roto, eso por no hablar de la cantidad de curtidores que se precisarían para suministrarles material. El agua necesaria para mezclar con el mortero ascendería a quinientas jarras diarias, la mitad de la imprescindible para aplacar la sed de los soldados, y mucha de ella debería transportarse por montañas como la que acabamos de ascender, para lo que deberían usarse bueyes, burros y caballos que consumirían ingentes cantidades de forraje. El coste...

—Sería pequeño. —Adriano había vuelto a posar la vista en los paisajes del norte—. Los soldados están impacientándose y necesitan un proyecto al que dedicarse. Y se construirá. Augusto dijo que se encontró una Roma de ladrillo y la dejó revestida de mármol. Ahora mi intención es defender esos mármoles con piedras.

—Con todos mis respetos, César, lo que propones es algo que nunca se ha hecho —se atrevió a advertir Pompeyo—. Jamás se ha construido un muro de piedra de esas dimensiones. En ningún lugar del imperio.

Adriano se volvió hacia él.

—En nuestro imperio no. Pero cuando combatíamos contra los partos, gobernador, me llegaron historias de una muralla que se levantaba en el lejano Oriente, mucho más allá de la India, en la tierra de la seda. Los comerciantes de las caravanas decían que esa muralla separa a los bárbaros de la civilización, y que ambas partes se benefician de ella. Eso es lo que quiero construir aquí.

Los soldados no parecían convencidos. El ejército romano no se defendía, sino que atacaba. El emperador miró a los ojos al centurión que había mencionado a Trajano en voz baja, y se dirigió a él de igual a igual.

—Escúchame, centurión. Escuchadme todos, y oídme bien. Roma lleva quinientos años de expansión, y todos nos beneficiamos de sus glorias. Sin embargo, la conquista ya no da los beneficios de antaño. Yo mismo acompañé a Trajano en las suyas por Oriente, y sé bien lo muy celebradas que eran sus batallas en todas las ciudades romanas, de Alejandría a Londinium. Lo que no entienden aquellos que glorifican a mi primo segundo y mentor es que nosotros conquistamos los valles, pero no las montañas que se alzan tras ellos, ni doblegamos a los ejércitos que desde ellas siguen acechando. No fuimos derrotados, pero tampoco logramos derrotarles a ellos. ¿Acaso no sucedió así aquí, en Britania?

La única respuesta que se oyó fue la del viento.

—Conozco bien la gloriosa victoria que, hace dos generaciones, se logró en el Monte Graupius, en la lejana Caledonia, bastante más al norte —prosiguió Adriano—. Y estoy al corriente del valor de las legiones británicas, que jamás han sido derrotadas en el campo de batalla. Sé que nos hemos adentrado temporalmente en territorio enemigo y hemos levantado empalizadas en las tierras de los bárbaros, y que hemos vencido en todas las incursiones emprendidas contra ellos. Pero también sé que estos bárbaros no se rinden como lo hicieron Cartago, Corinto o Judea. Como no tienen nada que perder, una derrota no significa nada para ellos. Como carecen de sentido del honor, prefieren escapar antes que morir. Y como estrictamente no pertenecen a ninguna nación, cuando se rinden no tienen país que entregar a quien los somete. Se ocultan tras las rocas, se refugian en las montañas. Cargan a caballo o a pie, lanzan jabalinas, disparan flechas, y huyen antes de zanjar la partida. Son tan huidizos como la niebla, y como la niebla son difíciles de apresar. Y lo más importante: habitan unas tierras en las que no tenemos ningún interés. Tierras altas, ciénagas y turba, eso es Britania. Germania es una sucesión de pantanos y densos bosques; Escitia, un desierto de hierba; Partia, un reino de piedra; África, una vasta extensión de arena. Cada milla que nuestro imperio se adentra en esas tierras yermas supone un gran gasto en transporte y pone en peligro nuestras guarniciones. Centurión, te contaré algo que aprendí del gran Trajano: que una conquista insensata es una mala conquista, porque cuesta más de lo que da. ¿Sabías que no sólo heredé un imperio, sino también una deuda de setecientos millones de sestercios? Hemos llegado a los confines del mundo, y ya es hora de que defendamos lo que tenemos. ¿Estás de acuerdo conmigo, centurión? Responde con sinceridad, porque las mentiras lisonjeras son tan inútiles como las malas victorias.

El hombre tragó saliva. No era fácil dirigirle la palabra a un emperador, y sin embargo éste, con el cabello mojado y aquellos ojos vivaces que brillaban con intensidad, parecía propiciar sinceramente el diálogo.

—Los muros no sólo sirven para impedir la entrada de los bárbaros, César. También nos dejan encerrados a nosotros.

—Vaya. —Adriano asintió—. Así que también eres estratega, centurión, y por lo que veo más valiente que muchos de mis cortesanos. Te agradezco que compartas conmigo tu opinión. Te diré una cosa: Roma nunca ha esperado a ver llegar a sus enemigos, y si lo ha hecho, el resultado ha sido desastroso, como cuando Aníbal cruzó las montañas. Este muro, por tanto, contará con puertas, y los soldados romanos las cruzarán a pie rumbo al norte. O a caballo, mejor dicho. Nos hace falta más caballería, o eso afirman mis generales, para espantar a ese hatajo de cobardes.

Los congregados estallaron en carcajadas.

—Los jefes de las tribus nunca olvidarán nuestro poder —prosiguió Adriano—, y jamás dejarán de temer el alcance de nuestra venganza. No se lo permitiremos. Pero, al mismo tiempo, los bárbaros sabrán que su territorio termina aquí, donde la civilización empieza. Y sus jefes aprenderán que con Roma es más fácil hacer la paz que la guerra.

El viento rasgaba los veloces nubarrones, y el sol empezó a bañar algunos picos con sus dorados rayos. Los hombres recibieron con alivio aquel cambio, que tomaron como señal de buen augurio. Intentaron imaginar un muro serpenteando entre los riscos, salpicado de torres, defendido por fortalezas. Intentaron imaginar que su larga y sangrienta marcha tocaba a su fin.

—Ya hemos conquistado lo que merecía la pena conquistar —añadió Adriano—. En Germania, el muro será de madera, pues la frontera es boscosa y la construcción facilitará la visión. Pero aquí, en Britania, la tierra es tan pobre que ni los árboles crecen, así que lo construiremos de piedra. Y donde no haya piedra, de adobe. Trabajaremos sin descanso, nuestra obra será la manifestación del poder de Roma, y cuando esté terminada... —Miró hacia el sur, por donde empezaban a abrirse algunos claros—. Cuando esté terminada ya no habrá más batallas y el mundo entrará en una nueva era. Que los bárbaros se queden con sus ciénagas. Nosotros poseeremos el resto. —Se volvió y miró a sus generales—. Pompeyo, tus ideas han sido el principio. Ahora, Nepo, el final ha de ser tuyo.

El nuevo gobernador asintió con solemnidad.

—Se tardará una generación...

—Se tardará tres años.

Los congregados ahogaron una breve exclamación de asombro.

—Tres años; las legiones competirán entre ellas por terminar antes, y al final tendremos nuestra línea divisoria. —Adriano sonrió—. Después vendrán mejoras, claro está.

—¿Tres años? —repitió Nepo, dubitativo—. Como ordenes, César, pero necesitaré que las legiones se comprometan en el proyecto como si estuvieran en campaña.

—Es que ésta será su campaña, Nepo.

—Tres años. —El gobernador asintió de nuevo y tragó saliva—. ¿Y cuánto tiempo ha de resistir este muro, emperador?

—¿Cuánto, dices? —Adriano pareció impacientarse con aquella pregunta, mucho más que con el comentario del imprudente centurión—. ¿Cuánto, dices, gobernador? —repitió—. Pues tanto como todos los monumentos y proyectos que he construido, tanto como la piedra con que se han erigido. Este muro, Aulo Platorio Nepo, ha de construirse para que dure eternamente.

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El declive del imperio romano

Año 368

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Primera Parte

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1

Nadie sabe mejor que yo lo grande que es nuestro imperio.

Me duelen los huesos de tanta inmensidad.

Yo, Draco, hombre de frontera, burócrata, inspector y escriba. Los hombres me temen por lo que represento. Soy el largo brazo de Roma. Los emperadores me reciben en audiencia. Hago y deshago carreras. Llevo mi poder como se lleva una coraza, porque es la única protección de que dispongo cuando hago mis odiadas apariciones y redacto mis descarnados informes. La única arma con que cuento es mi autoridad.

El precio que pago por este poder es el agotamiento. Cuando era joven, viajar hasta los confines de Roma para recomendar el refuerzo de una guarnición o la apertura de una oficina de recaudación me parecía atractivo. Era una manera de conocer mundo. Pero he recorrido veinte mil millas a pie, a caballo, en falucas y en navíos, y ya soy viejo y estoy cansado. Mi último destino es este lejanísimo lugar, donde la humedad me destroza los huesos.

Si me han destinado al norte de Britania ha sido para resolver un enigma. Debo redactar un informe sobre la revuelta y la invasión, por supuesto, pero ése no es el único motivo. Vuelvo a leer el despacho en que se me encarga la misión, y percibo el desconcierto que en él subyace. La hija de un senador perdida en este erial. Valeria. Así se llama la joven. Es bella, decidida, aventurera, inconformista, la chispa que encendió este baño de sangre y fuego.

¿Por qué?

Los cielos septentrionales que veo desde la ventana de esta austera fortaleza de Eburacum son grises, monótonos, no tienen nada que ofrecerme. Doy una palmada para que mi esclavo venga a echar más carbón en el brasero. ¡Cómo añoro el sol!

A juzgar por el tono, la petición que he recibido del patricio Valens tiene más de la petulancia y la autocompasión propias del político amenazado que del padre afligido y desconsolado que se siente culpable. Se trata de uno de los dos mil senadores que suponen una carga en la Roma de hoy, aferrados como están a un puesto que les proporciona más ocasiones de satisfacer su avaricia que su sed de poder. En cualquier caso, la voluntad de un senador no puede obviarse. Vuelvo a leer.

Deseo recibir un informe público en relación con la reciente invasión bárbara, así como un anexo confidencial sobre la desaparición de mi hija. Ciertos rumores sobre lo voluntario de su acción han puesto en peligro la relación con mi familia política de los Flavios, además de haber supuesto la interrupción de nuestra colaboración financiera, imprescindible para la conservación de mi cargo. Es fundamental, pues, que la reputación de Valeria se restablezca, para que su familia pueda reclamar el legítimo derecho sobre sus propiedades. Confío en que entenderá lo delicado de su misión y la discreción requerida.

Debería haberme jubilado hace ya tiempo, pero aún resulto útil, soy leal no tanto a un gobernante como a la idea de un gobierno. Partidario de la estabilidad. De la longevidad. Ello implica que sobrevivo a los emperadores, a los cambios de religión oficial, a las reorganizaciones de las provincias. Y también significa que me mantienen lo más alejado posible, siempre en puestos fronterizos. A los idealistas se nos usa, pero nunca se confía del todo en nosotros.

Estoy aquí para interrogar a los supervivientes, es decir, para intentar hallar algo de verdad en la maraña de mentiras, convicciones e ilusiones que conforman la memoria humana. Muchos de los testigos más valiosos han muerto, y el resto está dividido y confuso ante lo sucedido. Llevan en el ánimo el pestilente olor del muro de Adriano, el hedor de madera quemada y carne en descomposición, de cuencos con restos de comida infestados de ávidos gusanos. Las moscas hacen acto de presencia durante el día, y los perros salvajes durante la noche. Un variopinto grupo de esclavos, soldados tullidos y prisioneros britanos que trabajan para reparar los daños, se ocupa de ahuyentarlos. Es el olor de la victoria que, a decir verdad, tiene algo de derrota, pues la estabilidad ha sido reemplazada por la incertidumbre.

¿Cuánto tiempo pasará antes de que vuelvan los bárbaros? ¿Lo harán para quedarse la próxima vez?

Eso también quieren saberlo el emperador y el Senado.

He confeccionado una lista con los informantes que debo interrogar. La doncella, la cocinera, el propietario de la villa. El druida al que hicieron prisionero. Pero empiezo por un soldado, que es directo, no se anda por las ramas.

El centurión que tengo delante, en un campo cubierto de escombros, se llama Longino. Cuenta con un buen historial. Un hacha de guerra le destrozó un pie durante una encarnizada lucha. En los ojos lleva un dolor insomne y la certeza de que jamás volverá a caminar. A pesar de todo, no puedo por menos de envidiar su gloria. Empiezo con las preguntas.

—¿Sabes quién soy?

—Un inspector imperial.

—¿Conoces mi misión?

—Cumplir las órdenes del emperador y el Senado.

—Así es. ¿Y la tuya?

—Yo también cumplo órdenes. Siempre lo he hecho.

—Entonces, ¿responderás a todas mis preguntas?

—Siempre que pueda.

Conciso, decidido, directo. Romano.

—Muy bien. ¿Conocías al tribuno supremo Galba Brasidia?

—Sí, claro.

—¿Cuándo lo ascendieron?

—Fui yo quien le comuniqué el nombramiento.

—¿Y cuánto hace de eso?

—Dos años, en otoño.

—¿Eras mensajero?

Longino no es un soldado cualquiera. Entiende que me sorprenda al saber que a un centurión de rango se le asignara la misión de entregar un correo.

—La noticia era delicada. El duque Fullofaudes, al mando de la Britania septentrional, me envió a mí porque había compartido campañas con Galba y lo conocía muy bien. Un hombre duro, pero buen soldado.

—¿Un hombre duro?

—Provenía de la caballería. No era como para invitarlo a un banquete, le faltaba conversación. Era de provincias, de Tracia, concretamente, y carecía de refinamiento. Como jinete era extraordinario, pero nunca fue a ninguna escuela. Era íntegro, pero muy seco. Mejor estar en su bando en el campo de batalla.

—Claro. —Como si yo supiese algo—. ¿Y se tomó bien la noticia?

Longino esboza una sonrisa no exenta de dolor al recordarlo.

—¿Se la tomó mal, entonces?

—Si no has servido en el muro, no puedes entenderlo.

Se trata de un insulto cuidadosamente elegido, un intento de hacer notar la inmensa diferencia que existe entre un soldado y un civil. Como si una simple coraza bastara para cambiar el corazón de un hombre.

—Yo me he pasado toda la vida en el muro —gruño, para que no se le olvide el poder que me respalda—. En el muro de Roma, que va desde Arabia Petraea hasta este estercolero. He intercambiado insultos con los arrogantes guerreros de Sarmatia y he escuchado los ecos de los lejanos hunos. Hasta mi nariz ha llegado el hedor de los dromedarios bereberes, y he compartido comida con los centinelas de las empalizadas del Rin, contando las hogueras de los germanos que ardían al otro lado del río. No creo que tengas que contarme nada del muro.

—Es que... bueno, lo que quiero decir es que es complicado.

—Acabas de decirme que responderías a mis preguntas.

El centurión se agita un poco y sonríe.

—Y lo haré. Pero no es fácil.

—Explícate.

—La vida en la frontera es compleja. Unas veces te toca ser centinela, otras, embajador. En unas ocasiones se trata de un muro; en otras, de una puerta. Hay momentos en los que luchamos contra los bárbaros, y otros en que los alistamos en nuestras filas. Para un forastero, para una mujer, venir hasta aquí...

—Ahora te estás adelantando. Te he preguntado por la reacción de Galba ante su nombramiento, no por sus justificaciones.

Longino vacila, escrutándome. No es que pretenda averiguar si puede confiar en mí, porque de eso uno nunca está del todo seguro. Intenta, más bien, saber si llegaré a entenderle. En el fondo, lo más difícil en este mundo es lograr que te comprendan.

—¿Has estado en la brecha por la que se colaron los bárbaros?

—Es el primer sitio al que he ido.

—¿Y qué has visto?

Según parece, ahora las preguntas las formula él. Longino quiere confirmar que capto lo que me dice. Antes de contestar, pienso un momento la respuesta.

—Una débil guarnición. Artesanos compungidos. Una pira apagada llena de huesos.

El centurión asiente y espera a que yo prosiga.

—Ya están reconstruyendo el muro —digo, revelándole parte de lo que figurará en mi informe—, aunque no con el esmero anterior. He comprobado que la mezcla del adobe no es tan resistente. El contratista es corrupto, y al capataz imperial le falta experiencia. Su superior murió en la batalla. Cuando se seque el mortero, será poco más duro que la arena seca y habrá que rehacer el muro.

—¿En serio?

Sé muy bien lo que le inquieta. El general Teodosio ha restablecido un poco el orden, pero las arcas estatales se están vaciando deprisa y la autoridad disminuye. Los mejores constructores se están trasladando al sur.

—Debería rehacerse, pero ¿hasta qué punto? Eso dependerá de la disponibilidad de los buenos romanos, como tú mismo.

El centurión vuelve a asentir.

—Inspector Draco, eres observador, realista, listo tal vez. Debes serlo, para haber visitado tantos lugares y seguir con vida.

Me doy cuenta de que he superado la prueba y su aprobación, secretamente, me halaga. Que un hombre de acción vea algún valor en mí, que vivo de las palabras... Es posible que incluso seas honrado, cosa rara en los tiempos que corren —prosigue—. Así pues, te hablaré de Galba y Valeria, y de los últimos días de gloria de la caballería petriana. Los patricios lo culparán a él, pero yo no. Y tú, ¿también le echas la culpa?

—La lealtad es la mayor de las virtudes —respondo, no sin pensarlo un momento.

—Que Roma no recompensa.

Ésa es la cuestión, seguro. Todo el mundo sabe lo que los soldados le deben al Estado: la vida, si es necesario; pero ¿qué le debe el Estado a los soldados?

—Galba consagró su vida a Roma, y entonces perdió el mando por la influencia de esa mujer. —Longino hace una pausa antes de proseguir—. Ella se proclamó inocente, pero...

—¿Acaso no es la consideración que te merece?

—Mi experiencia es que nadie lo es. Al menos en Roma. Y aquí tampoco.

Es sobre la inocencia sobre lo que me tocará decidir, claro está. Sobre la traición. Los celos. La incompetencia. El heroísmo. Deberé emitir mi juicio, como si fuese un dios.

Longino tiene razón en lo de entender el muro de Adriano. No hay en todo el imperio lugar más remoto que éste. Ninguno está situado más al norte, ni más al oeste. En ningún otro lugar los bárbaros resultan tan indómitos, el clima tan duro, las montañas tan inhóspitas, la pobreza tan abyecta. Le escucho, interrumpiéndolo sólo en escasas ocasiones con preguntas, y dejo no sólo que me responda, sino que se explaye a su antojo. Absorbo, imagino, clarifico, resumo mentalmente la historia que me cuenta. Así debió de suceder.

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2

El mensajero llegaría al ocaso. Eso anunciaban las señales, las banderas que se alzaban de torre en torre anticipándose al galope del caballo como sombras que se alargaran anunciando la puesta del sol. El centurión que lo aguardaba las interpretó, desde el parapeto de su fortaleza, con disimulado entusiasmo, sin alterar un ápice su expresión adusta. ¡Por fin! No le dijo nada al centinela que se encontraba a su lado, por supuesto, pero no quiso aguardar abajo, donde estaría más cómodo, e impaciente se puso a caminar de un lado a otro en el puesto de vigía, protegido de los zarpazos del viento por la capa de gala de la caballería. Veinte años esperando, y aquellos últimos momentos eran los más difíciles, no pudo por menos de reconocer. Veinte años y ahora, entre los latidos de su corazón, parecían transcurrir horas enteras. Con todo, Galba Brasidia disculpaba su propia impaciencia, de la misma manera que se perdonaba su ambición. Había servido como soldado a la espera de este momento, se había revolcado en la sangre y en el polvo. ¡Veinte años! Ahora, el imperio le pagaba la deuda.

El mensajero apareció en lo alto de una colina. Gracias a su dilatada experiencia, Galba era capaz de predecir cuántos pasos le faltaban al caballo para alcanzar la puerta del fuerte, con la misma precisión con que sabía los que aún debía andar el centinela antes de dar la media vuelta. Al ritmo del galope, cada vez más cercano, fue contando en voz alta los torreones de piedra.

Frente al yermo paisaje del norte, el muro anunciaba el orden romano. Dominaba el terreno, ondulándose sobre las crestas de las montañas que separaban Britania de la inhóspita Caledonia, y se perdía en la lejanía, más allá de donde alcanzaba la vista, hasta una distancia de ochenta millas romanas. Era, en realidad, tanto una fortificación como una declaración de principios. Sus accesos se habían despejado de vegetación para facilitar los disparos de las flechas y las catapultas. En la base se había cavado una zanja de diez pies de profundidad. El grosor del propio muro superaba el largo del eje de un carro, y tenía una altura tres veces superior a la de un hombre. Había dieciséis fortificaciones grandes y sesenta y cinco más pequeñas distribuidas a lo largo de su extensión, así como ciento sesenta torres de vigía, alineadas como las cuentas de un collar. De día, el enlucido blanco del muro reverberaba igual que un hueso. De noche, las antorchas encendidas en todas las torres creaban una parpadeante frontera de luz. Durante dos siglos y medio, los soldados lo habían guarnecido ininterrumpidamente, lo habían reparado y mejorado, pues aquella construcción marcaba el punto exacto donde todo empezaba y terminaba.

Al sur, la civilización. Las villas de Britania brillaban al anochecer como blancos ecos del Mediterráneo.

Al norte, el Otro Lado: chozas, caminos de tierra, dioses tallados en madera, brujas y druidas.

Para un hombre ambicioso, se trataba de una tierra de oportunidades.

Su propio fuerte, el fuerte de la caballería petriana, controlaba un amplio sector. Al norte se extendía un valle pantanoso y unos montes bajos y desiertos; al sur, un río y una calzada romana construida para el transporte de suministros. El muro corría de este a oeste. El puesto de la caballería tenía poca altura y era macizo, como un poste de madera. En aras de una mayor resistencia, las esquinas de piedra se habían redondeado, y su interior estaba lleno de cuarteles y establos que daban cobijo a quinientos hombres y caballos. Pegado al extremo meridional del bastión había crecido un asentamiento para esposas, prostitutas, hijos bastardos, inválidos, tullidos, mendigos, mercaderes, herreros, fabricantes de cerveza, molineros, posaderos, taberneros, sacerdotes, curanderos, pitonisas y prestamistas, tan tenaces como el liquen y tan inevitables como la lluvia. Sus casas descendían en pendiente hasta el río formando un dédalo imposible de paredes blancas y tejas rojas, en imitación de Roma. El olor a estiércol, a cuero y a ajo se extendía una milla a la redonda.

El viejo y famoso muro de Adriano tenía fama de ser el más duro de los destinos. El viento ululaba desde los dos mares como lo hacían las hadas de las leyendas celtas; las prostitutas eran feas y portadoras de enfermedades horribles, y los mercaderes tan poco honrados como malcarados. Los pagos se extraviaban, los despachos se demoraban, y los reconocimientos de Roma, de producirse, eran escasos y llegaban tarde. Con todo, año tras año, decenio tras decenio, siglo tras siglo, el muro seguía en pie. Funcionaba como barrera, pero también de acicate para las mentes más desbocadas.

¿Y sus puertas? Sus puertas podían conducir a las privaciones o a la gloria.

—¡Mensajero de la Sexta Legión Victoriosa! —anunció el centinela, que seguía firmes junto al centurión. El pendón que llevaba el hombre que se aproximaba le había permitido identificar la legión a la que pertenecía—. ¡Trae una comunicación de Eburacum!

Galba revisó su atuendo por última vez. En previsión del momento que estaba a punto de vivir se había puesto el uniforme de gala: la cota de malla bruñida por esclavos sobre túnica acolchada, la torques de oro al cuello, brazaletes de valor, una miríada de medallas en el pecho y la larga espada de la caballería petriana, con el filo engrasado con aceite de oliva y la empuñadura brillante de tan desgastada. En una mano llevaba un báculo de sarmiento que denotaba su autoridad de centurión. Lo sostenía con tanta fuerza que tenía los nudillos blancos. Como de costumbre, la garita estaba helada y una nube de vaho salía de su boca cada vez que respiraba, pero aun así no sentía el frío, sino sólo las ardientes brasas de su antigua ambición, ahora a punto de arder.

—Que los dioses te concedan lo que te mereces, señor —le deseó el centinela.

Galba miró a aquel hombre que, no hacía mucho, había sido azotado por quedarse dormido en su puesto de vigilancia. En otros tiempos lo habrían ejecutado. ¿Se percibía algún rastro de insolencia en sus palabras? No. Sencillamente, la justa medida de temor y respeto. Nadie osaba burlarse de Galba Brasidia. Advirtió que su interlocutor posaba la mirada en su cadena de oro, que le rodeaba la cintura. De ella colgaba un gran número de anillos de oro, plata, bronce, hueso, madera y piedra, todos ellos amuletos con la representación de algún dios. Hasta el momento había reunido cuarenta.

—Sí —respondió el centurión—. Y que Roma me lo otorgue.

La caballería petriana ya no era lo que había sido. Galba lo sabía bien. Su contingente se había reducido a la mitad, y estaba compuesto por una mezcolanza de razas y credos. Para frenar las deserciones se había permitido el matrimonio, y los barracones se habían llenado de esposas cizañeras y niños gritones. A casi todos los hombres se les debían salarios y equipos nuevos. Cuando éstos llegaban, que no era siempre, solían perderlos en apuestas de juego en las que participaban por aburrimiento. Había demasiados soldados de permiso, demasiados enfermos, demasiados ociosos en el hospital. La unidad entera sufría la escasez de remontas. El destacamento, en suma, funcionaba gracias a la inercia y el conformismo.

Pero todo eso iba a cambiar. En adelante, todo sería posible.

Galba se puso firmes y los anillos de su original cinturón tintinearon, llamando de nuevo la atención del centinela.

—A partir de ahora, soldado, va a ser más arriesgado dormirse durante las guardias —le dijo, y bajó a toda prisa los escalones de la torre para acudir al encuentro de su destino.

Su victoria había tenido lugar el mes anterior, durante una expedición de la caballería que tenía por objeto recuperar las porquerizas y las despensas de manteca de Cato Cunedda, un señor de la guerra, ladrón, oportunista y sicofante que prometía lealtad a Roma cuando convenía a sus intereses políticos. Al tener noticias de la batida pirata perpetrada por una banda de escotos, bárbaros de Hibernia, Galba y doscientos jinetes iniciaron una arriesgada incursión que duró todo un día con su noche, y que les llevó hasta el mar de aquella isla. Allí fueron recibidos por un horizonte de humo y por los débiles lamentos de mujeres violadas y niños huérfanos.

El centurión dio la orden de parar poco antes del combate. Sus hombres desmontaron para estirar las piernas y orinar, mientras los fatigados caballos pastaban la hierba de otoño. Con estudiada parsimonia, desataron los cascos que llevaban sujetos a las sillas, desenrollaron las cotas de malla que habían guardado para no sudar tanto y se los pusieron, preparándose para la lucha. Los cintos y los tahalíes sostenían dagas y espadas, y sobre el prado descansaban las lanzas de asta. Comieron frugalmente algo de pan y frutos secos, pues esperaban no tardar en comenzar la batalla.

—¿No deberíamos iniciar el asalto? —sugirió el centurión Lucio Falco, hombre dispuesto pero demasiado honrado para su propio bien, en opinión de Galba. Falco estaba emparentado en mayor o menor grado de proximidad con casi todos los que habitaban en torno al muro, porque durante seis generaciones su familia había servido en la guarnición y, por tanto, mantenía vínculos afectivos con el lugar, algo que le perjudicaba como soldado. En el viejo ejército lo habrían destinado a alguna provincia lejana en la que careciera de arraigo, pero en estos tiempos resultaba más barato mantener a los oficiales en los mismos puestos. Así era la Roma moderna.

—Esperaremos —informó Galba a los oficiales congregados a su alrededor. Estaba sentado sobre la hierba, hacía girar la vaina de la espada sobre su regazo y tamborileaba rítmicamente con los dedos en su empuñadura blanca y labrada. Se decía que era el hueso de un enemigo testarudo, leyenda que el centurión no hacía nada por disipar y que, de hecho, durante una borrachera había contribuido a propagar él mismo con sus comentarios crípticos y sus silencios. Galba sabía desde hacía tiempo que para un comandante no estaba de más exagerar su reputación. Una sola mirada le había bastado para ganar más de una disputa.

—¿Esperar? —objetó Falco—. ¡Pero si los están ensartando!

—Escucha bien lo que trae el viento. Mi oído me dice que los gemidos que oímos proceden de esos necios escotos, que están fornicando con las putas de Cato, esparciendo su semilla para la nueva cosecha de bárbaros del verano que viene. Mientras tanto, la mayoría de nuestros aliados se subirá a las torres o se dispersará por el bosque.

—Pero si hemos pasado la noche cabalgando...

—Para tenderles una trampa. No hay nada más inútil en el campo de batalla que un destacamento de caballería cansado.

Falco observó con desagrado las columnas de humo.

—Esperar no es fácil.

—¿No? —Galba escrutó con la mirada a todos los oficiales—. Hermanos, para nuestro aliado bárbaro, un poco de sufrimiento, algo de pánico, no ha de ser tan grave. A ver si Cato se acuerda de que su penosa existencia dedicada a robar vacas, a trajinar con el estiércol y a dar de comer a los cerdos sería mucho peor si la caballería petriana no anduviera cerca para castigar a sus enemigos.

Los decuriones se echaron a reír.

—¿Eso significa que sólo le rescataremos una vez que le hayan robado?

—Verás cómo nos lo agradece, Falco. Eso de que prevenir es mejor que curar no va con la naturaleza humana. Mientras escogemos el campo de batalla, daremos tiempo a los escotos para que se emborrachen con la cerveza de Cato, se cansen

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