Introducción
Desde que Un verano tenebroso se publicara en 1991, he recibido más cartas, mensajes de correo electrónico y comentarios sobre el mismo que de cualquiera de mis otras novelas (con la excepción de Hyperion, quizá). Lo que me fascina es que predominan cartas de gente de todo el mundo que tienen aproximadamente mi edad, que recuerdan una infancia cercana al verano de 1960 en el que la novela está ambientada y que se han visto impelidas a decir que sus recuerdos infantiles de libertad son muy parecidos a los de los niños que protagonizan mi novela. Pasan también a lamentarse de que sus hijos y nietos carezcan de tal libertad. Pero siempre me pregunto cómo es posible que alguien que se crio en Francia, Rusia, Japón o Israel, lugar de origen de muchas de las cartas de reconocimiento, haya pasado una infancia similar en el verano de 1960 a la de mis niños americanos en un entorno rural.
Un verano tenebroso, si bien es aparentemente una novela de terror, es en realidad una celebración de los secretos y silencios de la infancia. Pero también es la historia de un aspecto concreto de la infancia que hemos perdido o quizá estemos a punto de perder. Tal vez esos sean los ingredientes que han hecho que esta novela parezca accesible para tanta gente.
Pero ¿cuáles son otros denominadores comunes que han permitido que gente de todo el mundo se identifique de tal manera con Mike, Dale, Lawrence (nunca Larry), Kevin, Harlen, Cordie y los demás chicos de Un verano tenebroso?
¡YUPI!
El elemento secreto y común, creo, es la libertad de la que gozaban los niños para habitar un mundo propio en 1960... una libertad de los niños para ser niños en un universo físico activo separado del de sus padres y otros adultos, pero que seguía formando parte del mundo real, un mundo de riqueza infantil que, también creo sinceramente, no ha hecho sino desaparecer en el siglo XXI.
Dale, Lawrence, Mike, Kevin y Harlen se despidieron de sus madres (si es que la madre de Jim Harlen estaba presente para ello) después de desayunar un día de verano por la mañana, y lo más habitual es que estuvieran rondando a sus anchas por ahí hasta la hora de cenar o, a veces, hasta después del anochecer.
En la página 58 de Un verano tenebroso veo a los cinco componentes de la Patrulla de la Bici a punto de iniciar su «ronda» nocturna en la pequeña localidad de Elm Haven, Illinois.
—Vamos —dijo Mike a media voz, levantándose sobre los pedales, inclinándose encima del manillar y levantando un surtidor de gravilla al arrancar.
Dale, Lawrence, Kevin y Harlen le siguieron.
Pedalearon hacia el sur por la Primera Avenida, bajo la luz suave y gris, a la sombra de los olmos, y salieron rápidamente al despejado crepúsculo, con los campos bajos a su izquierda y las casas oscuras a su derecha.
Imaginaos a un grupo de niños de once años yendo en bicicleta hoy en día en la penumbra, fuera de casa después del atardecer. En la televisión estarían emitiendo señales de alerta Amber. Los helicópteros los buscarían con los focos encendidos. Los padres serían entrevistados, entre lloriqueos, en las noticias de la noche.
Mike, Dale, Lawrence, Kevin y Harlen quizá recibieran una reprimenda cuando regresaran a casa con la bici a las diez de la noche un día de verano en Elm Haven; Kevin, que tenía una madre estricta, tal vez fuera quien recibiera la peor regañina y tendría que responder a un sinfín de preguntas; Harlen, cuya madre probablemente hubiera salido con algún hombre, no tendría regañina, pero para la mayoría de los niños la reprimenda sería moderada.
Tal como nos dice el párrafo inicial del capítulo tres de Un verano tenebroso:
Pocos acontecimientos en la vida del ser humano, al menos del ser humano varón, son tan libres, tan exuberantes, tan infinitamente expansivos y tan llenos de posibilidades como el primer día de verano, cuando se tienen once años. El verano se presenta como un gran banquete, y los días están llenos de un tiempo rico y lento en el que paladear cada uno de los platos.
Como maestro de educación primaria desde hace dieciocho años, cuando leo las declaraciones de tantos distritos escolares de todo el país diciendo que las vacaciones de verano deberían suprimirse, que los niños deberían ir al colegio todo el año, me entra dolor de estómago.
Por supuesto que unas vacaciones de tres meses son un anacronismo, herencia de una época en que los niños de todas las edades eran mano de obra gratis para labores agrícolas y ganaderas en granjas y ranchos familiares.
Por supuesto que los niños tienden a olvidar parte de lo que se les ha enseñado a lo largo del curso escolar cuando tienen más de dos meses libres y cuando regresan a finales de agosto o principios de septiembre hay que volverles a enseñar algunos conceptos.
¿Y qué?, respondo yo. ¿Qué persona en su sano juicio cambiaría el gran banquete de los días veraniegos llenos de tiempo rico y lento del que disfrutar cada año —de libertad— por recordar un poco mejor las tablas de multiplicar?
Y, como maestro de enseñanza primaria desde hace dieciocho años, doy fe de que estos retazos de datos pedagógicos perdidos a lo largo del verano se recuperan en unas pocas semanas de clase el primer mes del nuevo curso académico. (Y también doy fe de que la mayoría de lo que se olvida tampoco valía la pena aprenderlo.)
Pero siempre existirá la sensación de Dale y Lawrence Stewart al despertarse la primera mañana del verano que era: «como si se hubiese levantado la barrera del gris año escolar y el mundo se hubiese llenado nuevamente de colores».
¿Quién, en su sano juicio, cambiaría ese maravilloso influjo de color y libertad infantil por unos cuantos datos aburridos de ciencias sociales o listas de palabras bien escritas?
LA RADIO DEL GALLINERO
A los muchachos de la Patrulla de la Bici les gustaba reunirse en el gallinero de Mike O’Rourke. En la novela lo hacen la primera mañana libre del verano de 1960.
En el gallinero ya no había gallinas, aunque seguía oliendo a pollos. Alguien había arrastrado hasta allí un viejo sofá con los muelles reventados y unos cuantos sillones desvencijados. Alguna otra persona, probablemente el señor O’Rourke, había dejado la carcasa vacía de una enorme y vieja radio consola de onda corta de la década de 1930 en un rincón del gallinero. Aunque algunos chavales, incluido Duane McBride, brillante y entrado en carnes, que había vuelto de su granja, gandulean por el gallinero el primer día de verano, Jim Harlen entra a hurtadillas en la carcasa de la radio consola. Imita el sonido de la vieja radio al calentarse, las interferencias, y entonces:
—¡Vuelve atrás! ¡Atrás! ¡Atrás contra la pared derecha de Comiskey Park! ¡Salta para pillar la pelota! ¡Sube por la pared! Ve a...
—Bah, aquí no hay nada —murmuró Duane—. Probaré en la banda Internacional. Ta-ta-ta..., ya lo tengo... Berlín.
—Ach du lieber der fershtugginer bola ist op und fuera —dijo la voz de Harlen, cambiando instantáneamente del acento excitado de Chicago a un gutural conjunto de sílabas teutónicas—. Der Furher ist nicht satisfecho. Nein! Nein! Er ist gerflugt und vertunken und der veilige pisstoffen!
—Aquí no hay nada —murmuró Duane—. Probaré París.
Cuando leo y oigo hablar hoy en día de las «comunidades» de internet, pienso en Mike, Dale, Lawrence (nunca Larry), Duane McBride, Kevin y el resto de sus amigos de la Patrulla de la Bici quedando en el gallinero de Mike antes de montarse de nuevo en sus bicicletas y largándose a «algún sitio». Para mí, las «comunidades de internet» no son más que mensajes, más goterones de tinta electrónica en una página de cristal, una tetina más de cristal que los niños y adultos de nuestra época pueden quedarse en casa a chupar en vez de salir a la luz e interactuar con el mundo real. ¿Por qué diantre los jóvenes de hoy en día tienen tanto que decir y tan poco que hacer?
Una respuesta posible es que les hemos despojado de buena parte del mundo real.
EL ROBO DEL ESPACIO DE NUESTROS HIJOS
Los niños (y la mayoría de las niñas) de Elm Haven en el verano de 1960 tenían un radio de acción lleno de diversiones desde el sillín de la bicicleta.
Todo el pueblo de Elm Haven podía explorarse pedaleando más o menos un kilómetro y medio. El recorrido completo por un camino de grava en dirección este más allá de la Taberna del Árbol Negro, yendo colina abajo hasta el bosque del Arroyo de los Cadáveres al pie de la colina y el Cementerio del Calvario situado en lo alto de la siguiente colina, se extendía poco más de dos kilómetros. La granja de tío Henry y tía Lena, que estaba más allá, se encontraba a tres kilómetros en bicicleta; la casa de Duane McBride, unos ochocientos metros más allá; la vieja cantera del bosque, llamada ahora Billy Goat Mountains, a otro kilómetro y medio andando por detrás del Cementerio del Calvario; el misterio eterno de Gypsy Lane, a poco más de tres kilómetros, pasado el bosque frondoso.
Stone Creek, donde nadaban en una zona honda bajo el puente de un solo carril —donde estaban los cangrejos de río—, se encontraba a unos seis kilómetros a lo largo de un camino de grava. No había problema alguno. El Jubilee State Park se encontraba a siete u ocho kilómetros más allá de Stone Creek en el mismo camino, y era un viaje en bici de un día que podía pasarse jugando en el gran parque estatal y escalando y amenazando con saltar desde el acantilado llamado Lover’s Leak (llamado así por los otros chicos porque Harlen había orinado desde lo alto en una ocasión).
Por la mañana, los padres no preguntaban adónde iban los hijos y los hijos no lo decían. Era un buen sistema.
Así pues, el rango de juego libre de estos niños de Elm Haven cualquier día de verano (en el que hiciera buen tiempo como para ir en bicicleta) era de entre quince y treinta kilómetros entre la ida y la vuelta. Esta situación ha cambiado un poco desde 1960.
He intentado encontrar alguna prueba fiable sociológica acerca de cuánto ha disminuido ese espacio de juego libre a lo largo de las últimas tres o cuatro décadas, pero incluso con la ayuda de algunos investigadores muy espabilados de mi foro de internet, pocos resultados he obtenido. Hay que depender de la observación personal y de anécdotas de otras personas, pero la opinión mayoritaria es que en el siglo XXI los niños no son más que prisioneros de sus casas, sus jardines y de las actividades programadas por los padres.
Estoy examinando un estudio interesante de Sanford Gaster: «Urban Children’s Access to their Neighborhood: Changes over three generations», publicado en Environment and Behavior, vol. 23, enero de 1991.
Tal como reza el título, se trata de un estudio acerca de la pérdida «de espacio para campar a sus anchas» de los niños americanos a lo largo de tres generaciones, pero es un estudio urbano y analiza las generaciones comprendidas entre 1915 y 1976, sobre todo en el vecindario periférico de Inwood, en el extremo norte de Manhattan. Por supuesto, cualquier cosa que guarde relación con los niños de Manhattan no parece tener nada que ver con la libertad de Mike, Kevin, Dale, Lanwrence, Duane, Harlen, Cordie y el resto de los niños que vivían en el pueblo de Elm Haven, Illinois (con una población de 650 habitantes y sin radar de velocidad).
Pues resulta que sí.
Los primeros residentes urbanos de Inwood eran inmigrantes irlandeses, alemanes y rusos. Posteriormente llegaron italianos, polacos, griegos y armenios. Era un vecindario de clase trabajadora, limpio y decente. Las primeras familias de afroamericanos llegaron en la década de 1950 y, para cuando se realizó el estudio, grandes extensiones de Inwood estaban habitadas exclusivamente por familias negras, por lo que no se pudo estudiar a los niños blancos.
Los niños de las décadas de 1920 y 1930 eran unos privilegiados en Inwood con respecto a la libertad, dado que sus terrenos de juego incluían bosques, obras y el enorme Inwood Hill Park. Luego, en la década de 1930, la New Deal’s Works Progress Administration cambió el paisaje para siempre haciendo que la Henry Hudson Parkway cruzara Inwood Hill Park, construyendo así la Gran Muralla china justo en medio de los bosques y terrenos de juego de los niños. (En esa misma obra, se construyó el puente de Henry Hudson, con todas sus rampas de acceso, para unir Inwood con tierra firme: una mejora dudosa desde el punto de vista de los habitantes más jóvenes.)
Durante la misma época del New Deal, las zonas agrestes pero accesibles de Inwood Hill Park se «civilizaron» con bancos, senderos, farolas, campos de deportes, canchas y parques infantiles que sustituyeron a los bosques y caminos. A mediados de los años sesenta, la mayoría de las zonas no vigiladas de Inwood Hill Park se convirtieron en el terreno predador de las bandas de jóvenes negros. La comunidad afroamericana —padres y clero— respondieron rápidamente y cambiaron las actividades de los niños por entretenimiento organizado y supervisado: una liguilla de béisbol, programas escolares, centros de actividades juveniles, todos gestionados por adultos.
Así pues, los niños afroamericanos que no pertenecían a una banda de entre los ocho y los trece años fueron los primeros que estuvieron supervisados, los días de campar a sus anchas por los bosques y descampados quedaron reducidos y eliminados, y los niños blancos seguirían esa vía de supervisión adulta intensa en todas sus actividades llegados a la década de 1970. El «radio de libertad» en la década de 1920 de entre cinco y ocho kilómetros para los niños en Inwood Hill Park no hizo sino desaparecer mientras la actividad infantil, sobre todo por culpa del temor de los padres a las bandas, los traficantes de drogas y los automóviles, siguió disminuyendo hasta quedar reducida a la casa, el jardín vallado y los parques infantiles supervisados.
Una de las conclusiones del estudio es la siguiente:
A lo largo de buena parte de este siglo una interacción de fuerzas en Inwood ha supuesto la restricción de la actividad en libertad de los niños sin vigilancia. Cabe destacar la erosión de la cantidad y variedad de lugares que los niños pueden o podrían visitar y la cada vez mayor cantidad de actividades al aire libre dirigidas por adultos. Ni la criminalidad, ni el deterioro del entorno físico ni el tráfico rodado son los únicos culpables de ello.
En la década de 1920, las excavaciones, construcciones, destrucciones rápidas e implacables y la transformación de Inwood en otros sentidos proporcionaba a sus niños un universo de oportunidades de juego libre: hoyos, rocas, granjas, pantanos, bosques, graneros, mansiones y escombros. En la década de 1940, con la construcción de Inwood prácticamente finalizada, con el pico demográfico y con el paisaje del New Deal bien instaurado, los entornos de juego se convirtieron en estándares y supervisados: parques infantiles, campos para jugar a la pelota, y en la década de 1950, urbanizaciones con viviendas de protección oficial.
La experiencia que los niños tenían en la década de 1940 en Inwood era el reflejo del entorno del que disponíamos mi hermano pequeño y yo en Des Moines en 1956-1957. Teníamos una reserva de bosque privada detrás de casa, una garganta agreste de «bosque de la ciudad» que se extendía más de tres kilómetros y más detrás, y los que se unían a una reserva boscosa muy grande que carecía de senderos o mejoras paisajísticas. Concretamente, había un sinfín de obras de casas nuevas en esa garganta y, como saben todos los chicos, los «escombros de las obras» —los hoyos, boquetes, montañas de tierra, casas a medio construir, incluso el material de construcción que se deja por la noche y el fin de semana— son un terreno de juego ideal. Nos divertíamos en esos espacios haciendo de todo: desde caminar por encima de tableros estrechos puestos en alto al aire libre y recorrer la tercera planta de edificios sin paredes hasta luchar con terrones de tierra y enganchar con cinta adhesiva a mi hermano pequeño (que siempre era el más temerario del grupo) encima de una caja de cartón y lanzarlo desde lo alto de un montón de tierra de diez metros para que aterrizara en un hoyo de construcción de seis metros de profundidad medio lleno de agua. (Al estilo de Houdini, mi hermano siempre sobrevivía.)
Cuando acabamos mudándonos de Des Moines para trasladarnos al pueblecito de Brimfield en el centro de Illinois (con una población de 650 habitantes, y sin radar de velocidad), el pueblo que sería la inspiración de «Elm Haven», nuestro radio de libertad aumentó considerablemente, y no solo porque éramos un par de años mayores. Teníamos que ir en bici y caminar hasta más lejos —casi ocho kilómetros— para salir de la cantera de gravilla del bosque (Billy Goat Mountains) para enganchar con cinta a mi hermano pequeño Wayne a una caja ligeramente mayor y lanzarlo desde una colina ligeramente más alta (cuatro metros y medio de alto) a una cantera más profunda (siete metros y medio) bastante llena de agua, pero valía la pena el esfuerzo. (Acababa saliendo de la caja. Al final. Pero durante un rato no era más que burbujas que brotaban a la superficie en la oscura cantera, luego un rato más largo sin burbujas y debo reconocer que yo pensaba en una gran variedad de explicaciones para mis curiosos padres que explicaran la muerte de mi hermano pequeño. En la mayoría de las explicaciones incluía a una banda de gitanos que aparecía de repente en el bosque y enganchaban a Wayne en la caja y lo lanzaban a la cantera mientras nos mantenían atados al resto.) (Qué duro es ser el hermano mayor.)
Mis amigos investigadores han encontrado una plétora relativa de estudios realizados en el Reino Unido sobre las limitaciones que tienen los niños para jugar y campar a sus anchas y las conclusiones de la investigación se asemejan mucho a la evidencia anecdótica que tengo de mis amigos y de mis propias observaciones, es decir: la desaparición relativa de la libertad de rondar por ahí de los niños entre los ocho y los trece años en Estados Unidos.
Uno de estos artículos que resume tales investigaciones en The Observer, 3 de agosto de 2008, empieza diciendo:
Es una escena que refleja la infancia a la perfección: hermanos de corta edad que corren hacia un roble enorme, se impulsan para subir a las ramas más bajas y suben lo más alto posible. Sin embargo, a millones de niños se les priva de tal placer porque sus padres temen exponerlos a tales riesgos.
Según un estudio relevante de Play England, que forma parte del National Children’s Bureau, a la mitad de los niños se les ha impedido que trepen a un árbol, al 21 por ciento se les ha prohibido jugar al conkers y al 17 por ciento se les ha dicho que no pueden participar en juegos de corre que te pillo. Algunos padres llegan hasta tal extremo para proteger a sus hijos del peligro que les han dicho que no jueguen al escondite.
Lo cierto es que no sé qué es el juego británico de conkers, pero, como he sido niño y he tenido acceso a pelotas y a terrones de tierra, me lo imagino. El estudio llega a incluir:
La tendencia de envolver a los niños entre algodones ha transformado la forma como estos experimentan la infancia. Según la investigación, el 70 por ciento de los adultos tuvieron sus mejores experiencias de la infancia en espacios al aire libre entre árboles, ríos, bosques, comparado con el 29 por ciento de los niños actuales. La mayoría de los jóvenes encuestados dijeron que sus mejores aventuras tuvieron lugar en parques infantiles.
¿Las mejores aventuras de un niño en un dichoso parque infantil? A Dale, Lawrence, Mike, Duane, Kevin, Harlen y sus amigos les habrían entrado ganas de vomitar al oír tal cosa. (Cordie Cooke se habría carcajeado a gusto antes de vomitar.)
En Un verano tenebroso veréis que en el enorme patio de recreo del centro de la localidad que rodeaba por completo la Old Central School, su juguete preferido era una nueva y gigantesca fosa séptica que se había transportado hasta allí y enrollado contra el tobogán más alto (tan alto que en la actualidad estaría prohibido en todos los patios escolares), y los niños la utilizaban para jugar al «rey de la montaña» y empujarse los unos a los otros, y luego subían corriendo el tobogán gigantesco y se tiraban por la superficie resbaladiza y traicionera otra vez para volver a jugar a empujarse.
La verdad es que supera al conkers.
El último artículo británico que mis amigos investigadores han encontrado se titula: «How Children Lost the Right to Roam in Four Generations», publicado en 2007, y básicamente dice lo mismo con respecto a Inglaterra y Estados Unidos, en el caso de los niños que viven en las afueras e incluso en localidades relativamente pequeñas.
El estudio longitudinal analizó a una familia y el alcance de la libertad de un niño de ocho años para campar a sus anchas, el de menor edad para analizar la situación que nos ocupa entre los ocho y doce años de edad, entre 1919 y 2007:
El bisabuelo George, que tenía ocho años en 1919, podía recorrer diez kilómetros a pie para ir a pescar fuera del pueblo. Buena parte del camino se realizaba por bosques frondosos que seguían las vías del ferrocarril, caminos y senderos.
El abuelo Jack, que tenía ocho años en 1950, podía caminar poco menos de dos kilómetros en solitario hasta el bosque para jugar. ¡Pero jugaba solo o con amigos de su misma edad en el bosque! Jack, al igual que los niños de Elm Haven en 1960, se pasaba buena parte del tiempo al aire libre y casi nunca estaba en casa escuchando la radio o mirando la tele. A los ochenta y ocho años, cuando se redactó el informe, seguía siendo un «caminante entusiasta».
La madre, Vicky, que tenía ocho años en 1979, podía ir sola a pie a la piscina del pueblo, situada a poco menos de un kilómetro. Pero Vicky añade: «Podía salir con bastante libertad, montaba en bicicleta en la finca, jugaba con los amigos en el parque e iba andando a la piscina y al colegio».
En la actualidad, el hijo, de ocho años en 2007, solo puede ir andando hasta el final de la calle, a ni siquiera trescientos metros.
Incluso eso es más libertad de la que gozan los niños de mi zona hoy en día. Hasta que no superó los doce años, al hijo de uno de nuestros vecinos no se le permitió salir del patio sin la supervisión de un adulto por mucho que «el barrio antiguo» de la ciudad, el centro histórico, es relativamente seguro y parece un pueblo. Cuando el chico empezó a ir en bicicleta, iba acorazado como un caballero medieval: no solo llevaba casco, sino espinilleras de una tienda de patines. (Me pregunto: ¿Cómo sobrevivieron Mike, Dale, Lawrence, Kevin, Harlen y los demás chicos de Elm Haven sin cascos para la bici? En esa época, los adultos no iban en bicicleta, por lo que no había ningún ejemplo de personas adultas embutidas en prendas de licra encorvadas sobre manillares de 3.500 dólares, con sus preciosos cráneos recubiertos por cascos de varios cientos de dólares. Los chavales de Elm Haven —los de mi generación— nunca llevaban cascos para la bici. Curiosamente, no conocíamos a ningún niño que hubiera muerto o se hubiera quedado paralizado por culpa de una lesión cerebral. Tarde o temprano, todos salimos disparados por encima del manillar, pero eso hizo que nos ganáramos arañazos y moratones sin tener que pasar el resto de la vida en estado vegetativo.)
De todos modos, aparte de que todos los niños de nuestro barrio siempre van encasquetados como las tropas de asalto nazis si se acercan a quince pasos de una bicicleta, sus bicis del siglo XXI tienen varas de tres metros y cada una de ellas luce un banderín que dice: «¡No me atropelles, por favor!». A los chicos de la zona que conocimos en los últimos años no se les permitió alejarse de la vista de personas adultas en su bicicleta hasta los catorce años, y eso solo hasta el final de la manzana y volver. Incluso para distancia tan modesta, algo que los niños de Elm Haven habrían hecho sin pensar ni preocuparse, con la misma actitud que sus padres, a los siete años, ahora las madres observaban a sus hijos cual halcones notorios.
Tal como concluye un estudio británico de 2001 que da que pensar obra de Gill Valentine y John McKendrick:
No es la falta de instalaciones de juego lo que limita el juego al aire libre o sin supervisión de los niños, sino la angustia de los padres acerca de la seguridad de los niños. Los padres consideran que en la actualidad los niños corren más riesgos que ellos en su juventud. En todos los estudios de angustia parental, los dos mayores temores que verbalizaron los padres fue el secuestro por parte de desconocidos y el tráfico rodado. No obstante, a pesar de la cada vez mayor preocupación, en realidad los niños no han estado nunca más seguros.
¡Un momento!, diréis. Eso es en Gran Bretaña. ¡Aquí en Estados Unidos, los matorrales están a rebosar de secuestradores de niños, pederastas, gente loca y asesinos armados con un hacha!
¿De veras?
Según las estadísticas, los niños americanos que no viven en las zonas más violentas de los barrios conflictivos de las ciudades, es decir, los que viven en las afueras, en ciudades pequeñas y zonas rurales, disfrutan de la misma seguridad ahora que en las décadas de 1940, 1950 y 1960, igual que en el cambio de siglo y más allá. Pero nosotros los adultos —nosotros, los padres— no pensamos que los niños estén seguros si están fuera de nuestra vista o sin la supervisión de un adulto. (Aunque los estudios también ponen de manifiesto que muchos de esos «pederastas» acaban en trabajos de «supervisores adultos» en escuelas, parques infantiles, guarderías y actividades deportivas organizadas para niños que solían campar a sus anchas y sin estar sometidos a ese tipo de depredadores.)
Pero los canales de noticias de 24 horas anuncian todas las alertas Amber de la nación. Y las películas y las series policiales de la televisión están repletas de historias de secuestros, asesinatos y torturas de niños.
Los adultos hacen caso omiso del sentido común —y mucho más de los recuerdos de su época de niños libres cuando tenían unos once años, una época llena de libertad para campar a sus anchas y jugar con otros niños—, y pecan de exceso de precaución.
Y convierten a sus hijos en prisioneros.
Y ahora esos prisioneros, como los de un centro psiquiátrico, se mantienen tranquilos en casa con sedantes del tipo teléfono móvil, ordenadores, iPads, iPods, teles, chats y otras tetas de cristal.
Pero, hasta el día de hoy, yo defiendo, y las voces infantiles de Mike, Dale, Kevin, Lawrence, Duane, Harlen, Cordie y los demás que forman la Patrulla de la Bici me apoyan al considerar que si los adultos roban el espacio y el tiempo de la infancia, les roban la infancia misma.
LA MUERTE DE UN NIÑO
Y aun así...
Y aun así...
Uno de los niños protagonistas de Un verano tenebroso muere. (Me sabe mal que sea un spoiler, pero no daré más pistas acerca de qué personaje.) (Aparte de que es un chico.)
Me resultó muy duro escribir la muerte de este personaje, y no solo porque se tratara de un niño o porque la muerte de cualquier protagonista de una novela debería preocupar al novelista, el creador del personaje en cuestión. Más que nada, aunque se ha escrito mucho sobre el efecto que la muerte de un hijo tiene en los padres, existen muy pocas investigaciones —a nivel sociológico, psicológico o ficticio— sobre la muerte de un niño en los compañeros y amigos de este. (Uno de los mejores tratamientos «en la ficción» que he encontrado de ese tipo de trauma en los niños ante la pérdida de un amigo de su edad aparece en la poco conocida novela de Weldon Hill, The Long Summer of George Adams.)
Además, el personaje que muere en Un verano tenebroso me interesaba sobremanera, tanto en la vida real cuando lo conocí como en la novela, donde lo recreé mezclándolo con otro estimado amigo mío. Uno de los dos amigos de la vida real en el que basé este personaje fue asesinado.
Más que nada, Un verano tenebroso era tan autobiográfico como cualquier otra cosa que haya escrito y, si bien los personajes son ficticios, confraternicé con ellos profundamente. Incluso mientras escribía la historia en 1990 sabía que esos personajes podrían aparecer en historias, relatos y novelas posteriores que escribiría, aunque en cierto modo estoy en desacuerdo con la práctica de extender los personajes en libros distintos y dispares.
Sin duda, uno de los niños (sobre el que descubriría posteriormente que había perdido una pierna en Vietnam menos de una década después de los eventos de Elm Haven durante el verano de 1960) acaba siendo sacerdote en Rumanía (y es uno de los dos protagonistas) de mi novela Children of the Night. Me satisfizo verle y me satisfizo ver que, a pesar de haber perdido parte de una pierna, seguía siendo el mismo personaje generoso, osado y valiente que había conocido en su infancia en Un verano tenebroso. Reapareció al cabo de unos años como personaje mucho más secundario, después del sacerdocio, en forma de piloto de helicóptero anónimo en las islas de Hawái en mi novela Los fuegos del Edén, y me quedé fascinado al enterarme de con quién se había casado desde Children of the Night y a qué se dedicaba.
El tipo de gentuza que representa la niña Cordie Cooke en Un verano tenebroso, de quien no esperaba ni volver a ver ni oír hablar de ella, también aparece en Los fuegos del Edén, y tiene un papel secundario importante. Tras mi sorpresa inicial al enterarme de que era muy rica, escuché el motivo de ello en la historia que estaba contando y lo comprendí claramente. Cordie había sido indomable desde el primer momento.
En mi thriller con sentido del humor El bisturí de Darwin apareció otro personaje masculino infantil de Un verano tenebroso en un papel secundario importante. Si en la novela sobre Elm Haven de 1960 era un hermano pequeño temerario y delgado, en 2000, con un metro noventa y 120 kilos de peso, era un investigador de accidentes en California que regentaba su propia empresa de investigación de seguros junto con su esposa. Su sentido del humor no había cambiado. (Y seguía odiando que le llamaran «Larry».) A través de él, nos enteramos de cómo le había ido a su hermano mayor.
Uno de los componentes de la Patrulla de la Bici de Elm Haven en 1960 aparece como protagonista de mi novela de 2002 A Winter Haunting. Ese personaje, profesor de inglés en Montana durante parte del tiempo transcurrido desde su infancia, acababa de perder a su esposa y familia en un divorcio merecido y sufría una crisis nerviosa grave cuando decidió —desastrosa o milagrosamente, como quiera verse— regresar a una granja «encantada» cerca de Elm Haven, que había pertenecido a uno de sus amigos de la infancia, para escribir una novela.
Resultó ser que Elm Haven y su entorno inhóspito en el verano de 2000 era radicalmente distinto a como había sido en aquel verano cálido e intenso de 1960. Pero, de todos modos, este protagonista de A Winter Haunting recordaba los acontecimientos de 1960 de forma distinta a como se habían presentado en Un verano tenebroso. Los elementos sobrenaturales ya no lo eran. Lo inexplicado y lo inexplicable por fin se explicaba en gran medida.
Mi objetivo al escribir A Winter Haunting era crear una tira de cómic de ficción al estilo de Moebius de las dos novelas, casi literalmente un cuento con dos caras circular y retorcido con una sola cara, desde un punto de vista topológico. Igual que se puede dibujar con un lápiz en los dos lados de una tira física, en tres dimensiones de Moebius sin levantar el lápiz del papel, el lector puede leer A Winter Haunting y Un verano tenebroso como dos historias separadas, dos realidades separadas (pero curiosamente interdependientes), basadas ambas en la misma serie de acontecimientos.
Cuando los lectores me dicen que quieren leer ambos libros y me preguntan si deberían empezar por Un verano tenebroso o su «continuación», A Winter Haunting, intento explicar —no siempre con éxito— que la segunda novela no es realmente la continuación y que da igual por qué libro se empiece. De todos modos, la otra novela ayudará a iluminar la primera que uno lea. (Da igual dónde se coloca la punta del lápiz para trazar una línea continua en una tira de Moebius.)
Pero en A Winter Haunting hay un fantasma. Ese fantasma es el recuerdo indeleble de un personaje infantil masculino con un potencial infinito que muere demasiado joven y de un modo demasiado violento. Independientemente de cuál sea la explicación de su muerte que el lector acepte, la muerte en sí es irrevocable.
¿O no?
Resulta que yo no fui el único que se disgustó cuando este personaje central murió en Un verano tenebroso. En buena parte de la correspondencia que he recibido de todo el mundo desde su publicación en 1991 se me pide que «devuelva la vida al personaje». (Si lo consigo o no en A Winter Haunting será decisión del lector.) Las cartas o mensajes de correo electrónico airadas —u ofendidas y generosas— que he recibido contenían explicaciones detalladas de cómo este personaje interesante (y vulnerable) no está realmente muerto, sino que ha sido apartado y amparado en una de las fincas situadas en el exterior de Elm Haven. (Y más allá.)
Hace años, cuando una artista que conocía estaba realizando una gigantesca representación en cerámica mural de la Central School donde di clases durante once años aquí en mi ciudad de Colorado, la gente le preguntaba: «¿Quién es ese niño con expresión más bien triste asomado a la ventana de la segunda planta de la escuela?».
Era mi personaje perdido de Un verano tenebroso y aquella fue la manera artística de mantenerlo con vida.
LOS NIÑOS COMO OBJETIVOS DE OPORTUNIDAD ECONÓMICA
Una enorme diferencia entre los niños de Elm Haven alrededor de 1960 y los niños actuales es que el gran aparato de marketing y ventas del capitalismo americano todavía no había descubierto a los de Elm Haven.
Lo más importante y caro que tenía cualquiera de los niños de Elm Haven era su bicicleta y, con la única excepción de Kevin, eran bicicletas que habían heredado de sus hermanos mayores o que sus padres habían comprado ya usadas, muy usadas. A los chavales les encantaban sus bicicletas y las necesitaban (al fin y al cabo, las bicicletas les otorgaban la libertad de campar a sus anchas por las distancias relativamente grandes que tenían a su alcance), y aunque las bicicletas se quedan en el patio delantero por la noche sin temor a que se las robaran (salvo cuando el malo de Chuck Compton y su ayudante de villano y pelota particular Archie, nombres reales de mi pasado, sí que las robaban), los chavales tendían a tratar sus inestimables vehículos con bastante poco esmero. En concreto, los chicos de Elm Haven, salvo Kevin, tenían por costumbre desmontar rápidamente a toda velocidad y dejar que circularan a lo loco, sin nadie encima, cruzando el patio de alguien hasta que caían o chocaban con el gallinero de Mike.
El otro objeto valioso que tenía cada uno de ellos era su guante de béisbol. Esos guantes, viejos y encordados y vueltos a encordar, eran inestimables, dado que no solo la mayoría de los niños jugaban en el equipo de la liga infantil del pueblo y se desplazaban a poblaciones cercanas como Kickapoo, Illinois, donde el temido pitcher Dave Ashley estaba en el montículo, sino que también jugaban a la pelota desde primera hora de la mañana hasta el anochecer durante semanas y semanas en el terreno de juego del instituto, situado en el extremo norte del pueblo donde empezaban los interminables campos de cultivo.
Pero aparte de esos tesoros —las bicicletas y los guantes de béisbol—, los chicos de Elm Haven (salvo Kevin Grumbacher, Chuck Sperling y unos cuantos «niños ricos») tenían muy pocas posesiones que no estuvieran raídas, usadas o heredadas, o las tres cosas a la vez.
Los chavales vestían su uniforme universal juvenil compuesto por tejanos —bastante rígidos para los gustos actuales, con los bajos vueltos— y camiseta. El único logo que llevaban las camisetas era el de Boy Scout que a Dale Stewart le gustaba ponerse. A Lawrence y a Harlen les gustaba ponerse sus viejas camisetas del uniforme de Boy Scout infantil, lavadas y relavadas hasta quedar casi transparentes de tan finas y tan cortas, por lo menos en el caso de Jim Harlen, que los puños de la camisa azul descolorida apenas le llegaban por debajo de los codos.
La idea de llevar marcas, aparte de la palabra «Levi’s» escondida en algún lugar de los botones de los tejanos, habría parecido absurda tanto a los niños de Elm Haven como a sus padres.
Como calzado de verano, los niños de Elm Haven llevaban Keds o High Tops. Viejos, muuuy viejos. De este calzado casi siempre asomaban los calcetines y los dedos de los pies. Aquí la única excepción era Duane McBride, que era un cúmulo de excepciones con sobrepeso, dado que Duane llevaba en todo momento sus zapatillas negras de caña alta muy viejas. (Y sus pantalones de pana descoloridos y camisas de franela incluso durante los calurosos meses de verano.)
Vale la pena destacar que todos los chavales de Elm Haven, incluso los más pobres como Mike O’Rourke, cuya familia tenía una bomba para el agua en el fregadero en la casa, pero ningún otro sistema interior de cañerías y tenían que salir al retrete exterior (situado al lado del gallinero, desafortunadamente para la Patrulla de la Bici en los días más cálidos de verano) incluso en las noches más frías del invierno, seguían separando la «ropa del colegio» de la «ropa de juego». La mayoría no vestían tejanos para ir al colegio, aunque si los llevaban, tenían que combinarlos de todos modos con una camisa con cuello por dentro de los tejanos. Casi todos tenían un par de zapatos de cordones que llevar a la escuela, viejos y amoldados, pero, al igual que a los niños, se les podía sacar brillo varias veces al año.
Duane McBride era el único que llevaba la misma ropa y las zapatillas negras todos los días.
El valor total de la vestimenta de uno de los armarios de un niño de Elm Haven un día de verano ascendía a unos 4,50 dólares, y eso cuando los tejanos, la camiseta, las Keds o High Tops eran nuevos.
Condenar el comercialismo es un tópico absoluto. Aunque a mí me gusta la manera como el joven Alvin Greenman, en el papel de Alfred, el conserje un tanto gordito en De ilusión también se vive explica a Edmund Gwenn —el verdadero Santa Claus—:
—Sí, hay muchos «ismos» malos en este mundo, pero el peor es el comercialismo. Gana un pavo, gana un pavo. Incluso en Brooklyn pasa lo mismo... poco importa el significado de la Navidad, la cuestión es ganar un pavo, ganar un pavo.
Aquello fue en 1947. A Alfred, y a Santa Claus, se les caería el alma a los pies si vieran el «comercialismo» del siglo XXI.
Mi mentor durante mis dieciocho años de maestro de escuela pública (y más allá) sobre temas educativos importantes fue el escritor, crítico cultural y de los medios de comunicación, además de humanista infatigable, Neil Postman. Aunque Postman murió en 2003, sus observaciones sobre el efecto que la tecnología y el cambio cultural han causado en todos nosotros, pero especialmente en los niños, resultan más relevantes que nunca. Cuando estaba acabando mis estudios de máster sobre educación para ser maestro en 1971, la obra fundamental de Postman era La enseñanza como actividad crítica, y quienes no le entendieron pensaron que se trataba de otro radical de la década de los años sesenta. Posteriormente, en 1979, durante el caos de los años posteriores a la década de los años sesenta, Postman escribió Teaching as a conservative activity [La enseñanza como actividad conservadora], y quienes no le entendieron lo tomaron por un conservador partidario de Reagan.
Neil Postman fue mucho más allá que esos calificativos erróneos. Se trataba de un hombre que comprendía la frase de André Gide casi olvidada: «La única educación verdadera procede de lo que está en contra de uno».
Más importante es que Postman comprendió —y explicó con gran elocuencia— que la «infancia» tal como la conocemos es un espacio, un lugar y un concepto que no existía ni para los adultos ni para los niños hasta finales del siglo XVIII y que quedó destruido hacia finales del siglo XX. (Como artista y amante del arte, conocía la primera parte de la ecuación de Postman bastante bien: los niños no se representaron en cuadros y retratos en la proporción adecuada a lo largo de los siglos por lo menos hasta 1800. El hecho de que los niños aparecieran como niños encogidos, con la proporción errónea de la cabeza al torso hasta mediados del siglo XVIII, no puede achacarse al primitivismo artístico. Los pintores, como todo el mundo, pensaban que «los niños eran adultos en pequeño» y los representaban de ese modo.)
La era en la que la infancia se consideró por fin como una época distinta de la vida y en la que rigen otras normas, es decir, un período en el que no hay que someter a los niños a los mismos horrores, exigencias y realidades que abruman a los adultos, se manifestó después de la invención de la imprenta cuando los hombres trabajaron sobre la base de que el entorno de información de los niños debía ser distinto —más limitado— que el de los adultos.
Esa barrera protectora se ha desmoronado. (En realidad, creo que el fin de la infancia del que he sido testigo en las últimas décadas del siglo XX es como quitar la puerta del dormitorio de los padres. Nada de lo que los adultos, incluidos los padres, hacen, incluido el sexo, o piensan o hablan o discuten o les preocupa se oculta ya a los niños.)
Nuestra costumbre reflexiva es celebrar todas las revoluciones tecnológicas y culturales de las últimas décadas, pero creo que deberíamos pararnos a pensar en esta.
Esta revolución, presagiada por casi todos nosotros (incluidos los padres), es la que ha destruido el reino de la infancia del que tanto gozaban Dale, Lawrence (nunca Larry), Mike, Kevin, Harlen, Cordie, Donna Lou y muchos otros niños de Elm Haven en 1960. Postman escribe acerca de esta revolución que ha hecho que las versiones de la infancia de los siglos XVIII y XIX sean un lugar distinto y protegido y resulten tan problemáticas hasta el punto de no ser ya viables.
Me refiero, por supuesto, a la «revolución de la información» que ha hecho que resulte imposible ocultar secretos a la juventud: secretos sexuales, políticos, sociales, históricos, médicos; es decir, el contenido completo de la vida adulta, que debe mantenerse oculto durante parte de la infancia si se quiere que exista una etapa de la vida llamada «niñez».
Postman, Building a Bridge to the Eighteenth Century: How the Past Can Improve Our Future, p. 124.
Sin secretos y silencios aparte, no puede existir una barrera protectora entre la infancia y los aspectos más duros de la vida adulta.
Los niños de Elm Haven pensaban que se enfrentaban a terribles enemigos sobrenaturales: la Campana Borgia malvada y sensible de la cúpula de Old Central, el soldado de infantería muerto de la Primera Guerra Mundial reaparecido para perseguir y atacar a Memo, el atroz camión de la basura, pero nunca se plantearon seriamente pedir ayuda ni a sus padres ni a otros adultos (con la única excepción de Mike, que implica al joven sacerdote, lo cual resulta ser una idea terrible).
En esa época, el mundo de los niños y el de los adultos estaban separados. A lo largo de Un verano tenebroso, cada uno de los personajes infantiles se ve obligado a enfrentarse a algún aspecto terrible del mundo adulto: sexualidad cruda, la muerte de un amigo de su misma edad, violencia, soledad, alcoholismo; pero en todos los casos los niños de Elm Haven aunaron fuerzas y aprovecharon el lugar separado, los secretos y los silencios que se correspondían con la niñez.
Hoy en día, los niños de todas las edades se han convertido en el objetivo de la publicidad y el comercio. En vez de Levi’s, los niños de clase media pretenden llevar tejanos de diseño. En vez de camisetas genéricas (o alguna que les encante de los Boy Scouts), los niños de hoy en día llevan logos de diseñadores estampados en la camiseta como si pagaran por el privilegio de ser la valla publicitaria de alguna corporación. Demasiados niños esperan llevar zapatillas de deporte distintas: zapatillas de básquet, zapatillas para las máquinas elípticas, zapatillas de tenis, zapatillas para correr —que cuestan a partir de sesenta dólares el par, cuando resulta que los chavales de 1960 practicaban todos los deportes con unas Keds o High Tops. Las niñas incluyen las muñecas American Girl en la lista para Santa Claus, muñecas que pueden costar cien dólares o más.
Tal como Neil Postman escribió en 1999:
La cuestión es que la infancia, si es que puede decirse que existe, es ahora una categoría económica. Hay pocas cosas que la cultura quiera hacer para los niños aparte de convertirlos en consumidores.
Ha ido a peor a lo largo de la década y pico desde que Postman escribió estas frases. (Tal como he dicho, desde que Postman murió en 2003, tuvo la suerte de perderse el fenómeno tipo Lolita nauseabundo producto del marketing en que se convirtió Hannah Montana, que se emitió en el canal Disney a partir de 2006.)
En su mayor parte, Mike, Kevin, Lawrence, Duane, Cordie, Donna Lou, Dale, Harlen y los demás chavales de Elm Haven en 1960 no tenían dinero para gastar, aparte de alguna monedilla para una botella de Coca-Cola fría de la cooperativa de Main Street en la que trabajaba la madre de Mike, o de algún chicle de bola de la máquina expendedora del Parkside Café durante el cine gratuito en Bandstand Park. El ojo que todo lo ve de los medios de comunicación estilo Mordor y Madison Avenue con su ejército de orcos no los habían descubierto todavía. Los niños todavía no eran «consumidores».
Seguían siendo seres humanos.
EL CHAVAL MÁS LISTO NO ESTÁ EN EL GRUPO
A lo largo del curso, al final del día en la Old Central School, los maestros hacían que los hijos de granjeros se pusieran en fila para ir al autobús mientras que los niños del pueblo se quedaban en sus pupitres, trasteando, esperando a que se marcharan las filas de los hijos de los granjeros. Acto seguido, por fin soltaban a estos últimos.
Los hijos de los granjeros y los hijos de pueblo. Se trataba de una diferencia importante. Los niños del pueblo se pasaban el verano jugando entre ellos, yendo juntos en bici, formando la Patrulla de la Bici, jugando a la pelota juntos. Los hijos de los granjeros... en fin, la mayoría de ellos tenían obligaciones. Si había otros hijos de granjeros lo bastante cerca como para ir a verlos cruzando campos de maíz cada vez más crecidos, quedaban con ellos, nadaban en abrevaderos, lanzaban mazorcas al aire en los silos para el maíz, disparaban a los gorriones en el granero con sus pistolas de balines, pero en su mayor parte los hijos de los granjeros tenían una vida más solitaria que los del pueblo.
La excepción era Duane McBride.
Duane McBride era una excepción en muchos sentidos.
Era hijo de un granjero que vivía a más de tres kilómetros de Elm Haven, pero en verano frecuentaba a Mike, Dale, Kevin y el resto de los chavales del gallinero. Duane formaba parte de la Patrulla de la Bici, pero no tenía bici. Los demás niños eran más bien delgados —en parte debido a una alimentación poco abundante y en parte debido a la gran cantidad de ejercicio físico al aire libre que hacían todo el año—, pero Duane McBride estaba gordo.
Los demás niños aprovechaban poco las clases porque la escuela (y sus maestros) les resultaban aburridos. Duane tenía superada la Old Central School y la mayoría de las escuelas.
Duane era, sobre todo, autodidacta y brillante. Con cierta orientación de su tío Art, Duane McBride había leído la mayoría de los libros, de ficción y no ficción, que formarían parte de un buen plan de estudios universitario. Como pasaba gran parte del invierno solo en la granja, mientras su padre se daba a la bebida, Duane había aprendido a hablar cinco lenguas extranjeras y perfeccionado el acento con viejos discos de 78 revoluciones que había encontrado y sacado de la biblioteca pública de Oak Hill. Había leído la Ilíada en griego, la Eneida en latín y Prolegomena zu einer jeden künftigen Metaphysik en alemán escrito con letras góticas. Y todo ello antes de cumplir los doce años.
Duane McBride era distinto en otro sentido también importante.
El resto de los personajes infantiles de Un verano tenebroso eran distorsiones y combinaciones de niños y niñas reales que conocí durante los pocos años que pasé en el pueblecito de Brimfield. Duane McBride era una amalgama de dos jóvenes que conocí mucho después, durante los cuatro años que pasé en Wabash College, Indiana.
Uno de esos jóvenes brillantes que acabó formando parte del personaje de Duane McBride se llamaba Keith N..., estudiante de segundo curso cuando yo estaba en el último, pero que me llevaba muchos años de ventaja en cuanto a su erudición y conocimientos de cultura general. Keith está vivito y coleando y da clases de latín, griego, literatura clásica, historia del cine y un sinfín de asignaturas en una facultad de Humanidades de tamaño mediano. En distintas convenciones de ciencia ficción, me han preguntado:
—Dan, has conocido a Stephen King, Deann Koontz, Harlan Ellison, Peter Straub, David Morrell y muchos otros grandes escritores. ¿Quién es la persona más inteligente que conoces?
Y cada vez tengo que responder:
—Probablemente la persona más inteligente que conozco sea Keith N...
A veces me entran dudas, pero hace poco Keith asistió a la boda de mi hija aquí en Colorado y mientras le observaba y escuchaba hablando con otras personas —artistas, sociólogos, editores, amas de casa, pilotos de avión, lingüistas, mánagers, médicos, psicólogos que tratan adicciones, encargados de admisiones en la universidad, productores de vídeos—, Keith siempre sabía tanto sobre el terreno de los demás que era como si estuviera hablando con un compañero de profesión, por lo que me di cuenta de que estaba en lo cierto al considerar que sin duda ocupaba el primer puesto entre las muchas personas muy inteligentes que conozco.
La otra mitad de la amalgama que se incluye en el personaje de Duane McBride, con el mismo nombre de pila, es un amigo de la universidad que fue asesinado en la vida real justo un par de años después de licenciarnos. Como fundador y redactor jefe de la publicación literaria clandestina The Satyr durante nuestro último curso en Wabash, publiqué ejemplos tanto de obras de no ficción como relatos de Duane. Eran brillantes. Él era brillante... e infeliz.
Los detalles de mi amistad interrumpida con ese Duane (y nuestra rivalidad literaria en la universidad, rivalidad que solo existía en la mente de Duane), así como los detalles de su asesinato, junto con mis intentos fallidos de instaurar un premio literario en honor a Duane en Wabash College, aparecen en un ensayo de «Writing Well» de los archivos de mi página web:
http://www.dansimmons.com/writing_welll/archive/2009_12.html
Sí, a mí también me desagradan los enlaces en materiales impresos. A no ser que estés leyendo esto en un Kindle, no sirve de gran cosa, lo reconozco. Pero, para colmo de males, los ensayos de mi misma web de octubre y noviembre «Message from Dan» aparecieron en forma de relato con dos partes, ambientados en Elm Haven, y en ellos aparecían algunos de los niños de Elm Haven, y se desarrollaban, o al menos el punto de partida de la narración, durante los debates entre Kennedy y Nixon que fueron televisados el 21 de octubre de 1960.
ADVERTENCIA PARA EL LECTOR
Los sucesos de estos dos minirrelatos no solo se producen en octubre de 1960, tras todo lo que acontece en Un verano tenebroso, sino que presenta la situación futura de varios de los personajes de la novela. Quizá no agrade al lector. Mejor leer estos dos relatos de ficción por su cuenta y riesgo y, sobre todo, después de haber leído Un verano tenebroso:
http://www.dansimmons.com/news/message/2008_10.html
http://www.dansimmons.com/news/message/2008_11.html
Pero regresemos brevemente a Duane McBride:
Parte del placer que me supuso crear y escribir sobre Duane McBride era el hecho de que, probablemente, Duane sea el único «genio» que aparece en mis obras.
Empleamos la palabra «genio» con demasiada ligereza, a menudo para referirnos a una persona especialmente brillante. Pero cuando realicé un máster en educación y me formé posteriormente en el BOCES de Nueva York y otros lugares, me preparé no solo para trabajar con alumnos de escuela primaria con dificultades de aprendizaje, sino con los superdotados.
Y Duane McBride era uno de estos rara avis... los superdotados. En la vida real, vosotros y yo tenemos tantas probabilidades de conocer a un «genio» verdadero y funcional como de conocer a un extraterrestre.
Todo el mundo subestima los test de CI, pero siguen siendo la mejor manera de predecir el éxito académico y profesional. Tras un siglo de mediciones, nadie sabe exactamente cuál es el factor g que se mide en uno de estos test de inteligencia, pero, por lo menos en la civilización occidental basada en los libros y los estudios, ese factor g quizá sea el más determinante de nuestras vidas.
La mayoría de nosotros recordamos que una desviación estándar de tal test son 15 puntos. Bueno, suponiendo que la mayoría de nosotros obtenemos una puntuación situada alrededor del 100, todos estamos acostumbrados a tratar con personas que tengan una desviación estándar de 15 puntos, o un CI de unos 85 puntos, por debajo de nosotros. Incluso sabemos cómo comportarnos educadamente cuando hay dos desviaciones estándar por debajo de la media, los CI que rondan los 70 puntos, lo cual bordea un retraso mental grave.
Una diferencia del triple de desviación estándar, intentar comunicarnos con alguien que tenga un CI igual o inferior a 55, resulta prácticamente imposible. En cierto modo, estas personas no están dentro de la comunidad intelectual humana.
Pues lo mismo puede decirse de esas rarezas humanas que son más inteligentes que nosotros. Suelen impresionarnos las personas que tienen un CI con una desviación estándar superior a la nuestra. Solemos trabajar con un CI dotado igual o superior a 130, dos desviaciones estándar por encima de la media. La mayoría de nosotros, de forma consciente o inconsciente, conoceremos por lo menos a una persona que obtendría tres desviaciones estándar por encima de la media en el test de inteligencia. Para bien o para mal, esas personas tienden a cambiar el mundo.
Pero ¿y Duane McBride?
El CI de Duane podría situarse cerca del 220, más de siete desviaciones estándar por encima de la media, pero, por suerte o por desgracia, los test de CI no pueden medir de forma precisa inteligencias tan elevadas. Quedan literalmente fuera de la escala. Y, en muchos sentidos, escapan a nuestro entendimiento.
Me resulta interesante que a Mike, Dale, Lawrence, Kevin y a la mayoría de los niños les cayera muy bien Duane McBride, aunque dijera cosas que los demás no entendían en ese momento. Dale Stewart, al que conocemos de A Winter Haunting, acabó siendo un profesor de universidad y escritor respetado, pero siempre fue consciente de que, desde su pedestal académico, no sabía tanto sobre las cosas como su amigo Duane McBride a los once años.
Probablemente, Jim Harlen fuera el más suspicaz con respecto a Duane, pero en mis relatos sobre «Election Night» y en otros lugares he descubierto que Harlen también tenía una inteligencia feroz, pero se sentía ofendido y celoso. Seguiría su propio camino siniestro.
A mí literalmente me encantó el personaje de Duane McBride. Me habría fascinado seguir sus aventuras a lo largo de la vida, tal vez en la política y sin duda en un ámbito intelectual. Era mi Mycroft para un Sherlock menor. Era Nero Wolfe, pensando y deduciendo en círculos alrededor de un mero Sam Spades, y tenía un toque de raconteur al estilo de Peter Ustinov. Me habría encantado ser amigo de Duane McBride, aunque solo fuera para aprender de él igual que aprendí de Keith N... y del otro Duane de la vida real.
Pero, al final, no me sorprendió que Duane McBride solo tuviera un amigo y confidente perfecto: su viejo collie Wittgenstein.
EL CINE GRATUITO
No sucede a menudo que la vida brinde la oportunidad de que la ficción imite a la realidad. Pero no hace tanto sí que lo hizo para mí.
Una metáfora importante y punto central de la narración en Un verano tenebroso es el cine gratuito. El cine gratuito era la película que se proyectaba los sábados por la noche en el lateral del Parkside Café en Elm Haven en el verano de 1960, al igual que el cine al aire libre formó parte de mi infancia en Brimfield. Para ver una fotografía real del cine gratis (enclavado entre las fotos de los niños de verdad que fueron la inspiración para Mike O’Rourke, Kevin Grumbacher, Jim Harlen, Dale Stewart, Lawrence Stewart y otros) remito de nuevo al lector a los archivos de mi página web:
http://www.dansimmons.com/about/snapshots2.htm
La última instantánea de 1960 de esa página muestra a gente sobre mantas y en las furgonetas, mientras los niños están en el quiosco de música esperando el comienzo del verdadero Free Show.
Bueno, pasamos a nuestro nuevo hogar, donde vivimos desde 2007. Poco después de que llegáramos, Karen y yo, a menudo con la ayuda de nuestra hija mayor Jane, iniciamos el Ciclo de Cine de Verano de los Simmons (¡Películas bajo las estrellas!). Vecinos y amigos aparecen varios sábados por la noche a lo largo del verano y se sientan en el patio trasero a oscuras (aparte de las bombillas amarillas situadas a lo largo de la pérgola cercana donde las palomitas, la limonada y otros refrigerios se disponen en un banco) para ver viejas películas que se proyectan en formato digital en una pantalla enorme que conseguimos montar con gran esfuerzo.
La mayoría de los invitados al Ciclo de Cine de Verano de los Simmons sabe que soy escritor, pero nunca resulta pertinente para nuestras conversaciones en el patio después de la sesión de cine. Son más pertinentes los mensajes de correo electrónico con preguntas sobre cine que envío a los invitados que son de lo más detallado y estrafalarias sobre, por ejemplo, Cantando bajo la lluvia. (Al final de ese ciclo de verano, un caballero y una señora que habían ganado varios de estos concursos realmente difíciles nos entregaron a Karen y a mí un «Oscar honorario» por contribuir a mantener vivo el interés por el séptimo arte. El premio era un objeto pesado, y nos enteramos de que lo habían comprado a través de un sitio de Hollywood que es el único vendedor autorizado de Estados Unidos para vender tales estatuillas.)
El último día del pasado verano en que hubo cine —difícil de imaginar mientras miro por la ventana y veo que el sol se pone poco después de las 16.30 h el 1 de diciembre— dije que explicaría por qué proyectábamos esas películas. Entonces saqué un ejemplar de Un verano tenebroso y leí el siguiente fragmento a unas cuarenta y pico personas que estaban en las tumbonas, al atardecer, mientras los niños extendían los sacos de dormir encima de la hierba que olía a finales de verano...
El cine gratuito empezaba al anochecer, pero la gente comenzó a llegar al Bandstand Park cuando la luz del sol todavía iluminaba Main Street, como un gato leonado, reacio a abandonar el cálido pavimento. Familias campesinas aparcaban sus camionetas y furgonetas a lo largo de una zona enarenada del lado del parque correspondiente a Broad Avenue, para tener una vista mejor cuando proyectasen la película sobre la pared del Parkside Café; entonces merendaban sobre la hierba o se sentaban en el quiosco de música y charlaban con gente del pueblo a quienes hacía tiempo que no veían. La mayoría de los que vivían en la localidad llegaban cuando el sol se había puesto y los murciélagos empezaban a volar en el cielo oscurecido. Broad Avenue parecía, bajo la bóveda de los olmos, un túnel sombrío que se abría a la más iluminada y ancha Main Street y terminaba en la brillante promesa del parque, con su luz, su ruido y sus risas.
El espectáculo gratuito era una tradición que se remontaba a los primeros días de la Segunda Guerra Mundial, cuando el cine más próximo, Ewalts Palace, de Oak Hill, había cerrado porque el hijo de los Ewalt, Walt, que era el único operador, se había alistado en la Infantería de Marina. Peoria era el otro lugar más próximo donde había cine, pero el viaje de sesenta y cinco kilómetros era demasiado largo para la mayoría de la gente debido al racionamiento de gasolina. Entonces el viejo señor Ashley-Montague trajo un proyector de Peoria cada sábado por la noche de aquel verano de 1942. Se exhibieron noticiarios, anuncios de bonos de guerra, cintas de dibujos y películas de largo metraje en Bandstand Park, proyectando imágenes de seis metros de altura sobre la blanca pantalla colocada en la pared del Parkside Café. [...]
Ahora, en la cuarta noche de junio del verano de 1960, el largo Lincoln del señor Ashley-Montague se detuvo en el lugar que siempre se le reservaba al oeste del quiosco de música. El señor Taylor, el señor Sperling y otros miembros del concejo municipal le ayudaron a transportar el pesado proyector hasta su plataforma de madera en el quiosco. Las familias se instalaron sobre sus mantas y los bancos del parque. Los niños revoltosos fueron obligados a bajar de las ramas inferiores de los árboles y a salir de sus escondrijos de debajo del quiosco. Los padres montaron las sillas plegables en la parte de atrás de las camionetas y repartieron bolsas de palomitas de maíz, y en el parque se hizo el silencio que precedía al espectáculo, al oscurecerse el cielo sobre los olmos e iluminarse el rectángulo de lona en la pared del Parkside Café.
Si es la primera vez que leéis Un verano tenebroso, espero que disfrutéis del espectáculo. Para quienes lo relean... bienvenidos de nuevo a Elm Haven.
Dan Simmons
Colorado
1 de diciembre de 2010
Me gustaría dar las gracias a Craig y Chris Wolf, James D. French, Brad Miller, William Coleman y otros miembros de mi foro de internet por ayudarme a encontrar datos de estudios relacionados con mis comentarios sobre los «niños que campan a sus anchas».
Entre dichos estudios se incluyen:
ASTHANA, A., «Kids need the adventure of risky’ play», The Observer, 3 de agosto de 2008.
BARNODO’S, Playing it Safe, Londres, Barnado’s, 1995.
CARVER, A., TIMPERIO, A. y CRAWFORD, D., «Playing it safe: the influence of neighbourhood safety on children’s physical activity», Centre for Physical Activity and Nutrition Research, School of Exercise and Nutrition Sciences, Deakin University, Vic. 3125, Australia, recibido el 31 de agosto de 2006; recibido en formato revisado el 18 de junio de 2007; aceptado el 19 de junio de 2007.
CUNNINGHAM, J., «Children’s unsupervised play is not a luxury, but a crucial aspect of their development», Congreso anual Play Scotland 2001, artículo publicado el 3 de enero de 2002.
DERBYSHIRE, D., «How children lost the right to roam in four generations», Daily Mail, 15 de junio de 2007.
ENNEW, J., «Time for children or time for adults?», en J. Qvortrup, M. Bardy, G. Sgritta y H. Wintersberger (eds.), Childhood Matters: Social Theory, Practice and Politics, Aldershot, Avebury Press, 1994.
GASTER, S., «Urban Children’s Access to their Neighborhoods: Changes over three generations», Environment and Behaviour, enero de 1991, pp. 70-85.
HILLMAN, M., ADAMS, J. y WHITELEGG, J., One False Move... A Study of Children’s Independent Mobility, Londres, Policy Studies Institute, 1990.
SKENAZY, L., Free Range Kids: How to Raise Safe, Self-Reliant Children (Without Going Nuts from Worry), Sitio web del mismo nombre.
WHEWAY, R. y MILLWARD, A., Child’s play: Facilitating play on housing estates, Londres, Chartered Institute of Housing, 1997.
La consecuencia de todo lo anterior es que la generación actual de padres se preocupa de manera enfermiza por sus hijos, y se comportan de acuerdo con ese temor supervisando, preocupándose, planificando y dirigiendo las vidas de sus hijos en exceso, con lo que roban a esa generación de jóvenes el espacio, el tiempo, los secretos y los silencios que son necesarios para que la infancia sobreviva a lo largo del siglo XXI.
DAN SIMMONS
1
La Old Central School se mantenía todavía en pie, guardando firmemente en su interior sus secretos y silencios. Polvo de yeso acumulado durante ochenta y cuatro años flotaba en los escasos rayos de luz de sol, mientras el recuerdo de más de ocho decenios de barnizados surgía de los oscuros suelos y escaleras para impregnar el aire atrapado con el olor a caoba de los ataúdes. Las paredes de Old Central eran tan gruesas que parecían absorber los ruidos mientras las altas ventanas, con sus cristales combados y deformados por los años y la gravedad, teñían el aire del color sepia del cansancio.
El tiempo pasaba más despacio en Old Central, si es que pasaba. Las pisadas resonaban en los corredores y en las escaleras, pero su sonido parecía amortiguado y sin la menor sincronía con cualquier movimiento entre las sombras.
La piedra angular de Old Central había sido puesta en 1876, el año en que el general Custer y sus hombres habían sido aniquilados cerca del río Little Bighorn, muy hacia el oeste, el año en que fue exhibido el primer teléfono en el Centenario de la Nación, en Filadelfia, muy hacia el este. La Old Central School se alzaba en Illinois, a medio camino entre los dos acontecimientos, pero muy alejada de las corrientes de la historia.
En la primavera de 1960, la Old Central School había llegado a parecerse a algunos de los antiguos maestros que habían enseñado en ella: demasiado viejos para continuar, pero demasiado orgullosos para retirarse, manteniéndose tiesos por el hábito y por una simple negativa a encorvarse. Estéril y solterona, Old Central tomaba prestados a hijos de otra gente a lo largo de las décadas.
Había niñas que jugaban con muñecas en la oscuridad de las aulas y los pasillos, y más tarde morían al dar a luz. Había chicos que corrían gritando por los corredores, se quedaban castigados en las silenciosas aulas, en la creciente oscuridad de las tardes de invierno, y eran enterrados en lugares nunca mencionados en sus lecciones de geografía: San Juan Hill, Belleau Wood, Okinawa, Omaha Beach, Pork Chop Hill e Inchon.
Al principio, Old Central había estado rodeada de agradables árboles jóvenes, con los olmos más próximos sombreando las aulas más bajas en los cálidos días de mayo y septiembre. Pero con los años murieron los árboles más cercanos, y los gigantescos olmos que rodeaban Old Central como centinelas silenciosos se calcificaron y se volvieron esqueléticos con la edad y las enfermedades. Unos pocos fueron talados y quitados de allí, pero la mayoría permanecieron, con las sombras de sus ramas desnudas alargándose a través de los patios de recreo y los campos de deporte, como manos nudosas que buscasen a tientas la propia Old Central.
Los visitantes de la pequeña población de Elm Haven que salían de la Hard Road y caminaban las dos manzanas necesarias para ver Old Central, a menudo confundían el edificio con un desmesurado palacio de justicia o con alguna casa consistorial fuera de lugar y a quien la vanidad hubiese dado absurdas dimensiones. A fin de cuentas, ¿qué función podía desempeñar, en un pueblo decadente de mil ochocientos habitantes, este enorme edificio de tres plantas que por sí solo constituía una manzana? Entonces los viajeros veían los aparatos del patio de recreo y se daban cuenta de que estaban contemplando un colegio. Un colegio chocante, con su vistoso campanario de bronce y cobre teñido de verde por el cardenillo sobre su negro e inclinado tejado a más de quince metros del suelo; sus arcos románicos richardsonianos de piedra, enroscándose como serpientes sobre ventanas de tres metros y medio de altura; sus otras ventanas redondas u ovaladas, con cristales de colores, sugiriendo alguna absurda mezcla de catedral y escuela; sus buhardillas con tejado de dos aguas alzándose como pequeños castillos sobre los aleros de la tercera planta; sus extrañas volutas parecidas a rollos convertidos en piedra sobre puertas escondidas y ventanas que parecían cegadas, y lo más impresionante para el visitante, su enorme y en cierto modo amenazador tamaño. Old Central, con sus tres hileras de ventanas en una altura de cuatro pisos, sus salientes aleros y sus desvanes con tejados de dos aguas, su tejado de cuatro aguas y su escabroso campanario, parecía una escuela demasiado grande para un pueblo tan modesto.
Si el viajero tenía algún conocimiento de arquitectura, se detendría en la tranquila calle asfaltada, se apearía del coche, se quedaría boquiabierto y haría una foto.
Pero incluso mientras hacía la foto, advertiría que las altas ventanas eran grandes agujeros negros, como destinados a absorber luz más que a dejarla entrar o reflejarla, y que los toques de románico richardsoniano, de Segundo Imperio o de estilo italiano, estaban como injertados en una arquitectura brutal y común que podía ser calificada de escuela gótica del Medio Oeste, y que la impresión final no era de un edificio chocante, ni siquiera de una verdadera curiosidad arquitectónica, sino solo de una desmesurada y esquizofrénica masa de ladrillos y de piedra, rematada por un campanario evidentemente diseñado por un loco.
Unos pocos visitantes, ignorando o desafiando una creciente sensación de inquietud, podían hacer investigaciones en el lugar o incluso ir hasta Oak Hill, la sede del condado, para examinar datos sobre Old Central. Entonces se encontrarían con que el colegio había sido parte de un gran plan concebido ochenta y pico años antes para construir cinco grandes escuelas en el condado: Nordeste, Noroeste, Central, Sudeste y Sudoeste. De estas, Old Central había sido la primera y la única que se había construido.
En la década de 1870, Elm Haven había sido más importante que ahora, en 1960, gracias en gran parte al ferrocarril, actualmente en desuso, y a una mayor afluencia de inmigrantes traídos hacia el sur desde Chicago por urbanistas ambiciosos. De una población de 28.000 habitantes en 1875, el condado había pasado a menos de 12.000 en el censo de 1960, la mayoría de ellos agricultores. Elm Haven se había jactado de tener 4.300 habitantes en 1875, y Judge Ashley, el millonario que estaba detrás de los planes de urbanización y de la construcción de Old Central, había pronosticado que el pueblo superaría pronto a Peoria en población y rivalizaría algún día con Chicago.
El arquitecto Judge Ashley había traído de algún lugar del Este a un tal Solon Spencer Alden, había estudiado a Henry Hobson Richardson y a R. M. Hunt, y su pesadilla arquitectónica resultante reflejaba los elementos más oscuros del renacimiento románico, sin el sentido de grandeza o de utilidad pública que aquellos edificios románicos podían ofrecer.
Judge Ashley había insistido, y Elm Haven había aceptado, que la escuela fuese construida para recibir a las ulteriores y más numerosas generaciones de colegiales que serían atraídos a Creve Coeur County. Así pues, el edificio no solo había tenido clases de primera enseñanza, sino también aulas de enseñanza media en la tercera planta, utilizadas únicamente hasta la Gran Guerra, y secciones que se pretendía que fuesen utilizadas como biblioteca del pueblo y que incluso sirviesen para albergar una universidad autónoma cuando esta fuese necesaria.
Ninguna universidad llegó a instalarse en Creve Coeur County ni en Elm Haven. La gran mansión de Judge Ashley, en el extremo de Broad Avenue, fue destruida por un incendio después de que su hijo se declarase en quiebra debido a la recesión de 1919. Old Central siguió siendo escuela elemental a lo largo de los años, y cada vez fueron menos los niños que asistían a ella al ausentarse gente de la zona y construirse otras escuelas elementales agrupadas en otras zonas del condado.
El instituto de segunda enseñanza a que estaba destinada la tercera planta resultó inútil cuando se inauguró el verdadero instituto en Oak Hill, en 1920. Sus aulas amuebladas fueron cerradas en favor de las telarañas y la oscuridad. La biblioteca del pueblo fue trasladada a la abovedada sección elemental en 1939; la parte superior de las estanterías quedó casi vacía, mirando desde arriba a los pocos estudiantes que quedaban y que se movían por los oscuros pasillos, las escaleras demasiado anchas y las catacumbas del sótano, como refugiados en alguna ciudad de un pasado incomprensible y largo tiempo abandonada.
Por último, en el otoño de 1959, el nuevo Concejo Municipal y el Distrito Escolar de Creve Coeur County decidieron que Old Central había dejado de ser útil, que la monstruosidad arquitectónica incluso en su decadente estado era demasiado difícil de calentar y mantener, y que los últimos 134 alumnos de Elm Haven de primera enseñanza serían trasladados a la nueva escuela próxima a Oak Hill en el otoño de 1960.
Pero en la primavera de 1960, en el último día de clase, solo unas horas antes de verse obligada al retiro definitivo, la Old Central School seguía todavía en pie, conservando firmemente sus secretos y silencios.
2
Dale Stewart estaba sentado en su clase de sexto curso de Old Central y tenía la seguridad, aunque no lo decía, de que el último día de colegio era el peor castigo que habían inventado los adultos para los chicos.
El tiempo había transcurrido más lentamente que cuando estaba esperando en la antesala del dentista, peor que cuando había tenido dificultades con mamá y tenía que esperar a que papá llegase a casa antes de recibir el castigo, peor que...
Una mala cosa, pues.
El reloj de pared, encima de la cabeza teñida de azul de la vieja señora Doubbet, «Culo Gordo», indicaba las 2.43 de la tarde. El calendario, también colgado de la pared, le informó de que era miércoles 1 de junio de 1960, el último día de colegio, el último día en que Dale y sus compañeros tendrían que sufrir el tedio de estar encerrados en las entrañas de Old Central; pero a todos los efectos, el tiempo parecía haberse detenido tan completamente que Dale tenía la impresión de ser un insecto aprisionado en ámbar, como la araña en la piedra amarillenta que el padre Cavanaugh había prestado a Mike.
No había nada que hacer. Ni siquiera deberes escolares. Los de sexto curso habían devuelto sus libros de texto alquilados a la una y media de aquella tarde; la señora Doubbet había comprobado los libros, examinándolos meticulosamente por si se había producido algún desperfecto, aunque Dale no veía cómo podía distinguir en los deteriorados textos los desperfectos de este año de los sufridos en años anteriores. Cuando estuvo hecha la comprobación y no quedó en la clase más que el desnudo tablero de anuncios y los despejados pupitres, la vieja Culo Gordo había sugerido, soñolienta, que leyesen, aunque los libros de la biblioteca de la escuela habían sido devueltos el viernes anterior, so pena de no recibir el boletín de notas final.
Dale habría traído uno de sus libros de casa para leerlo, tal vez el de Tarzán que había dejado abierto sobre la mesa de la cocina al mediodía, cuando había ido a casa a comer, o quizá uno de los de ciencia ficción del Consejo Americano de Educación que estaba leyendo, pero aunque leía varios libros a la semana, nunca pensaba que el colegio fuese lugar adecuado para hacerlo. El colegio era un lugar para hacer deberes, escuchar a los maestros y dar respuestas tan sencillas que un chimpancé hubiese podido sacarlas de los libros de texto.
Así pues, Dale y los otros veintiséis alumnos de sexto estaban sentados bajo el calor y la fuerte humedad del verano, mientras nubes de tormenta oscurecían el cielo en el exterior y el aire sombrío de Old Central se hacía más oscuro, el verano parecía retroceder al inmovilizarse las agujas del reloj, y la mohosa densidad del interior de Old Central los envolvía como una manta.
Dale ocupaba el cuarto pupitre de la derecha de la segunda fila. Desde donde se hallaba sentado podía ver, más allá de la entrada del guardarropa, el oscuro pasillo, y de refilón la puerta de la clase de quinto donde su mejor amigo, Mike O’Rourke, esperaba también que terminase el año escolar. Mike era de la misma edad que Dale, en realidad tenía un mes más, pero se había visto obligado a repetir el cuarto curso, y por esta razón los amigos habían sido separados por el abismo de todo un curso escolar durante los dos últimos años. Pero Mike había tomado su fracaso en aprobar el cuarto curso con el mismo aplomo que mostraba ante la mayoría de las situaciones: bromeaba acerca de ello, seguía siendo un líder en el campo de deporte y en el grupo de amigos de Dale, y no tenía rencor a la señora Grossaint, la vieja bruja que le había suspendido..., por pura maldad, según pensaba Dale.
En la clase había algunos otros íntimos amigos de Dale: Jim Harlen, en el primer pupitre de la primera fila, donde la señora Doubbet podía controlarlo. Harlen ganduleaba ahora con la cabeza apoyada en las manos, mirando alrededor del aula, en la danza de hiperactividad que Dale sentía también pero que no se atrevía a exhibir. Harlen vio que Dale le estaba observando y le hizo una mueca, con una boca tan elástica como Silly Putty. La vieja Culo Gordo carraspeó, y Harlen volvió a su actitud sumisa.
En la fila más próxima a las ventanas estaban Chuck Sperling y Digger Taylor, compañeros, líderes y políticos de la clase. Unos pelmazos. Dale no veía mucho a Chuck ni a Digger fuera del colegio, salvo durante los partidos y los entrenamientos de la Pequeña Liga. Detrás de Digger se sentaba Gerry Daysinger, con una camiseta de manga corta, gris y rota. Todos llevaban camisetas de manga corta y tejanos fuera del colegio, pero solo los más pobres, como Gerry y los hermanos de Cordie Cooke, los llevaban dentro de la escuela.
Detrás de Gerry se sentaba Cordie Cooke, con su cara de luna, plácida y con una expresión que iba un poco más allá de la estupidez. Su cara gorda e inexpresiva estaba vuelta hacia la ventana, pero sus ojos incoloros parecían no ver nada. Estaba mascando chicle —siempre mascaba chicle—, pero la señora Doubbet no parecía advertirlo ni la reñía por ello. Si Harlen o uno de los otros bobos de la clase hubiese mascado chicle con tanta regularidad, la señora D. probablemente le habría suspendido por ello, pero en Cordie Cooke parecía un estado natural. Dale no conocía la palabra bovina, pero con frecuencia se imaginaba a Cordie como una vaca mascando su bolo alimenticio.
Detrás de Cordie, en el último pupitre de la hilera de la ventana, en un contraste casi chocante, se sentaba Michelle Staffney. Michelle estaba inmaculada, con una camisa de un verde claro y una planchada falda marrón. Su pelo rojo captaba la luz, e incluso desde el otro lado de la clase Dale podía ver las pecas que salpicaban su piel blanca, casi traslúcida.
Michelle levantó la mirada de su libro cuando Dale la observó fijamente, y aunque no sonrió, el más débil atisbo de reconocimiento bastó para hacer palpitar el corazón del muchacho de once años.
No todos los amigos de Dale se hallaban en esta clase. Kevin Grumbacher estaba en quinto, como le correspondía, porque era nueve meses menor que Dale. El hermano de este, Lawrence, estaba en la clase de tercero de la señora Howe, en la primera planta.
Duane McBride, también amigo de Dale, estaba aquí. Duane, dos veces más pesado que el segundo gordinflón de la clase, llenaba el asiento del tercer pupitre de la hilera central. Estaba atareado, como siempre, escribiendo algo en una gastada libreta que siempre llevaba consigo. Sus desgreñados cabellos castaños se alzaban en mechones, y se ajustaba las gafas con un movimiento automático, mientras miraba ceñudo lo que estaba escribiendo y volvía al trabajo. A pesar de la temperatura de más de treinta grados, Duane llevaba la misma gruesa camisa de franela y los mismos holgados pantalones de pana que había usado durante todo el invierno. Dale no recordaba haber visto nunca a Duane con tejanos o camiseta de manga corta, aunque el grueso muchacho era campesino. Dale, Mike, Kevin, Jim y la mayoría de la clase eran chicos de ciudad... y Duane tenía que hacer faenas.
Dale rebulló en su asiento. Eran las 2.49 de la tarde. La jornada escolar terminaba, por alguna razón abstrusa en la que tal vez tenía que ver algo el horario de los autobuses, a las 3.15.
Dale contempló el retrato de George Washington en la pared de enfrente y se preguntó, por milésima vez aquel año, por qué colgaban las autoridades escolares una litografía de una pintura inacabada. Contempló el techo, a cuatro metros y medio del suelo, y las ventanas de tres de altura en la pared más lejana. Observó las cajas de libros sobre los estantes vacíos y se preguntó qué pasaría con los textos. ¿Serían enviados a la nueva escuela? ¿Serían quemados? Probablemente harían esto último, porque Dale no podía imaginarse unos libros tan viejos y mohosos en la nueva escuela que le habían mostrado sus padres, cuando pasaron en coche por delante de ella.
Las 2.50 de la tarde. Faltaban veinticinco minutos para que empezase realmente el verano, para que imperase la libertad.
Dale contempló a la vieja Culo Gordo. Este nombre no se utilizaba con malicia ni burla; ella siempre había sido la vieja Culo Gordo. Durante treinta y ocho años, la señora Doubbet y la señora Duggan habían compartido la enseñanza del sexto curso, al principio en clases contiguas y después, cuando el número de estudiantes disminuyó, aproximadamente cuando nació Dale, compartiendo también la misma clase: la señora Doubbet enseñaba lectura, redacción y ciencias sociales por la mañana, y la señora Duggan, matemáticas, ciencias naturales, ortografía y caligrafía por la tarde.
La pareja había sido como los Mutt y Jeff, los serios Abbott y Costello de Old Central —la señora Duggan, delgada, alta y nerviosa, y la señora Doubbet, bajita, gorda y lenta, con su tono y timbre de voz casi opuestos, y sus vidas entrelazadas—, viviendo en viejas y contiguas casas victorianas en Broad Avenue, asistiendo a la misma iglesia, a los mismos cursos en Peoria, haciendo las vacaciones juntas en Florida, dos personas incompletas que unían de alguna manera sus virtudes y sus defectos para crear una individualidad bien definida.
Pero en este último curso de dominio de Old Central, la señora Duggan había caído enferma precisamente antes del Día de Acción de Gracias. Cáncer, había dicho en voz baja la señora O’Rourke a la madre de Dale, creyendo que los muchachos no la oirían. La señora Duggan no había vuelto a clase después de las vacaciones de Navidad, y la señora Doubbet, no queriendo que alguna entrometida llenase las horas de la tarde, confirmando así la gravedad de la enfermedad de la señora Duggan, había enseñado las asignaturas que despreciaba, «solo hasta que regrese Kora», mientras cuidaba a su amiga, primero en la alta casa de color de rosa de Broad y después en el hospital, hasta que una mañana ni siquiera la vieja Culo Gordo compareció, pusieron una maestra sustituta en el sexto curso, por primera vez en cuatro décadas, y circuló el rumor en el patio de recreo de que la señora Duggan había muerto. Fue en la víspera del Día de San Valentín.
El funeral se celebró en Davenport, y ningún alumno asistió a él. Tampoco habrían asistido si se hubiese celebrado aquí, en Elm Haven. La señora Doubbet regresó dos días más tarde.
Dale miró a la vieja profesora y sintió una especie de compasión. La señora Doubbet seguía estando gorda, pero la gordura pendía ahora de ella como un abrigo de talla mayor que la suya. Cuando se movía, la parte inferior de los brazos oscilaba y temblaba como papel de seda pendiendo de los huesos. Sus ojos se habían oscurecido y hundido tanto en las cuencas que parecían amoratados. Estaba contemplando fijamente la ventana, con una expresión tan impotente y vacía como la de Cordie Cooke. Sus cabellos azules parecían desgreñados y amarillentos en las raíces, y el vestido le sentaba de una manera extraña, como si lo hubiese abrochado mal en alguna parte. Flotaba a su alrededor un mal olor que a Dale le recordaba el de la señora Duggan poco antes de la Navidad.
Dale suspiró y cambió de posición. Las 2.52 de la tarde.
Hubo un ligerísimo movimiento en el oscuro pasillo, un movimiento furtivo y un débil resplandor, y Dale reconoció a Tubby Cooke, el gordo e idiota hermano de Cordie, que cruzaba el rellano. Tubby estaba mirando hacia la clase, tratando de llamar la atención a su hermana sin que lo advirtiese la vieja Culo Gordo. Pero era inútil. Cordie estaba hipnotizada por el cielo que veía a través de la ventana, y no se habría fijado en su hermano aunque este le hubiese arrojado un ladrillo. Dale saludó brevemente con la cabeza a Tubby. El voluminoso alumno de cuarto, envuelto en su delantal, le mostró el dedo corazón, levantó algo que podía ser un permiso para ir al lavabo, y desapareció en las sombras.
Dale rebulló en su asiento. De vez en cuando Tubby jugaba con él y sus amigos, a pesar de que los Cooke vivían en una de las barracas de cartón alquitranado próximas a la vía del tren y cerca del elevador de grano. Tubby era gordo, feo, estúpido y sucio, y decía más palabrotas que cualquier alumno de cuarto, pero esto no impedía necesariamente que formase parte del grupo de muchachos ciudadanos de la llamada Patrulla de la Bici, aunque generalmente rehuía a Dale y a sus amigos.
Dale se preguntó por un instante qué se propondría aquel estúpido, y después volvió a mirar el reloj. No eran más que las 2.52.
Insectos en ámbar.
Tubby Cooke renunció a llamar la atención a su hermana y se dirigió a la escalera antes de que la vieja Culo Gordo o una de las otras maestras se diesen cuenta de que estaba en el rellano. Tubby tenía un permiso de la señora Grossaint para ir al lavabo, pero esto no impediría que alguna de las viejas lo enviase de nuevo a su clase si lo pillaba rondando por los pasillos.
Tubby bajó por la ancha escalera, observando la madera gastada por generaciones de muchachos que habían pasado por allí, y llegó apresuradamente al descansillo de debajo de la ventana circular. La luz que penetraba por esta era roja y pálida debido a la tormenta que se estaba fraguando en el exterior. Tubby pasó por debajo de las hileras de estantes vacíos de la que había sido biblioteca municipal instalada en el rellano y el estrecho entresuelo, pero en realidad no los vio. Aquellos estantes permanecían vacíos desde que Tubby había ingresado en la escuela.
Tenía prisa. Quedaba menos de media hora de colegio y quería llegar a los lavabos de muchachos antes de que terminase la jornada y cerrasen para siempre aquel maldito y viejo establecimiento.
Había más luz en la primera planta, y el zumbido de actividad de los tres primeros cursos hacía que el ambiente pareciese aquí más humano, a pesar de la oscura escalera que conducía a las sombrías plantas superiores. Tubby cruzó apresuradamente el espacio descubierto, antes de que le viese algún maestro, atravesó una puerta y bajó corriendo por la escalera del sótano.
Era extraño que el estúpido colegio no tuviese retretes en la primera ni en la segunda planta. Solo los había en el sótano, y allí eran demasiados: lavabos de los cursos primarios e intermedios; el retrete cerrado contiguo a la habitación rotulada como SALA DE PROFESORES; el pequeño lavabo junto a la habitación de la caldera, donde orinaba Van Syke cuando tenía necesidad de hacerlo, e incluso habitaciones que podían haber sido otros retretes en los pasillos no utilizados que se sumían en la oscuridad.
Tubby sabía, como los otros muchachos, que allí había escalones que llevaban más abajo del sótano; pero al igual que los otros chicos, nunca había bajado por ellos ni pensaba hacerlo. ¡Ni siquiera había luces! Nadie, salvo Van Syke y tal vez el director Roon, sabía lo que había allá abajo.
«Probablemente más lavabos», pensó Tubby.
Fue al retrete de los cursos intermedios, el marcado como BOY’S. Este rótulo había sido siempre igual desde que alguien podía recordarlo —el padre de Tubby le había dicho que ya era así cuando él estudiaba en Old Central—, y la única razón de que Tubby o su viejo supiesen que aquello, el apóstrofe, estaba mal colocado, era que la vieja señora Duggan, del sexto curso, se quejaba de que aquello era una sandez. Ya se había lamentado de ello cuando el padre de Tubby era un muchacho. Bueno, la vieja señora Duggan ahora estaba muerta, muerta y pudriéndose en el Cementerio del Calvario, más allá de la Taberna del Árbol Negro donde el padre de Tubby pasaba la mayoría de los días, y Tubby se preguntaba por qué la vieja no había cambiado la maldita palabra si tanto le fastidiaba. Había tenido casi cien años para bajar allí y pintar un rótulo negro. Tubby sospechaba que le gustaba criticar y quejarse de aquello, que hacía que se sintiese inteligente y que otras personas, como Tubby y su padre, pareciesen estúpidos.
Tubby caminó apresuradamente por el oscuro y serpenteante pasillo hacia el lavabo de BOY’S. Las paredes de ladrillos habían sido pintadas de verde y de marrón hacía décadas; el bajo techo estaba festoneado de tuberías, extintores y telarañas, y uno tenía la impresión de que caminaba por este largo y estrecho túnel en dirección a alguna tumba o algo parecido. Como en la película de la momia, que Tubby había visto cuando el amigo de su hermana mayor les había introducido, a él y a Cordie, en el cine al aire libre de Peoria, escondiéndoles en el portaequipajes de su coche, el último verano. Había sido una buena película, pero a Tubby le habría gustado más si no hubiese tenido que escuchar desde el asiento de atrás los besuqueos y jadeos de Maureen, su hermana mayor, con aquel chico granujiento llamado Berk. Maureen estaba ahora embarazada y vivía con Berk, más all