La invasión de los robots y otros relatos de economía

Xavier Sala i Martín

Fragmento

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El cristal transparente

El 12 de abril de 1204 Constantinopla cayó en manos de las tropas cruzadas. Al no haber querido rendirse el rey bizantino a los invasores, estos saquearon brutalmente la ciudad. El antiguo derecho militar amparaba el saqueo de una ciudad cuando esta no había aceptado la rendición ofrecida por los atacantes. Así pues, durante tres días los soldados cruzados robaron todo lo que pudieron e hicieron uso de una violencia y una crueldad inusitadas. La caída de Constantinopla marcó un punto de inflexión en la historia de Occidente. Se han escrito centenares de libros y trabajos de investigación en los que se explica cómo este saqueo redibujó fronteras, provocó la caída de imperios y dinastías, o cambió el equilibrio del poder religioso en el seno del cristianismo y entre el cristianismo y el islam.

Sin embargo, los analistas de la época no se percataron de un fenómeno aparentemente insignificante, pero que acabó teniendo una importancia mucho más fundamental de lo que cuentan los libros de historia: una pequeña comunidad de vidrieros perdió sus negocios y se escapó de la ciudad. La huida de Constantinopla de miles de trabajadores de todo tipo de oficios fue un fenómeno generalizado. Pero pocas migraciones tuvieron tanto impacto como la de los vidrieros que se instalaron en Venecia, una ciudad próspera donde creyeron que sus productos podrían tener un buen mercado.[1]

Emplazados en el centro de la ciudad, los recién llegados tardaron poco en convertir su producto, el vidrio, en uno de los productos preferidos de los comerciantes venecianos, que lo exportaron a los rincones más lejanos del mundo conocido, como China, India, África o el norte de Europa. Este comercio les generó una prosperidad económica que duró casi cien años. Sin embargo, en el año 1291 las autoridades de la ciudad decidieron cerrar todas las fundiciones de vidrio y echar de Venecia a todos los vidrieros. Esta sorprendente decisión política quizá pueda parecernos delirante, habida cuenta de la riqueza que el negocio de los vidrieros generaba para la ciudad. Pero hay dos factores importantes que hay que tomar en consideración: el primero es que para obtener vidrio se debe fundir dióxido de silicio, y para ello hay que disponer de hornos que alcancen una temperatura de 1.400 grados centígrados. El segundo factor es que los edificios que había en Venecia en aquella época eran todos de madera, ya que los grandes palacios y las casas de piedra que los turistas identificamos con la arquitectura veneciana no fueron construidos hasta siglos más tarde. Y, claro está, cuando hay docenas de talleres con hornos a 1.400 grados de temperatura en medio de una ciudad de madera, se corre el riesgo de que un leve incidente acabe convirtiendo toda la ciudad en un gigantesco montón de ceniza. Después de varios incendios catastróficos, las autoridades, cansadas del peligro que suponían los vidrieros y sus hornos, tomaron la decisión de expulsarlos.

Pero el negocio del cristal era tan provechoso para Venecia que el propio duque ordenó habilitar una isla que se encuentra a un kilómetro de la ciudad para acoger a los manufactureros del vidrio. Aquella isla se llamaba (y todavía se llama) Murano. Las autoridades obligaron a los vidrieros a emigrar a la isla, y les prohibieron por ley salir de allí, bajo pena de muerte. Eso sí, dentro de la isla, gozaban de todo tipo de libertades e incluso privilegios. Por ejemplo, podían llevar espada (lo que no podía hacer el resto de la población veneciana) y no podían ser perseguidos por las autoridades de la República. Además, en Murano tenían libertad total para crear, innovar y producir tanto cristal como desearan, y podían hacerse ricos con los frutos del trabajo. ¡Y vaya si lo hicieron! Al tener a tantos expertos concentrados en un área tan pequeña, se creó una especie de «Silicon Valley del cristal» donde la creatividad y la innovación transformaron el sector. Debido a la competencia entre las diferentes familias, todos intentaban mejorar sus diseños, aumentar la calidad y realizar productos nuevos y diferentes. Y, aún más, la proximidad entre unos y otros posibilitó que los nuevos conocimientos, los nuevos diseños o las nuevas formas de manufacturar el vidrio se extendieran inevitablemente a toda la comunidad de Murano: cada innovación era conocida de inmediato por el resto de los habitantes que, a su vez, la utilizaban como base para nuevas innovaciones. El resultado de todo ello fue que aquel pequeño grupo de vidrieros se convirtió en un gran polo innovador, en el que las ideas aparecían y fluían constantemente. Sin saberlo o quererlo, el gobierno de Venecia había creado lo que hoy en día los economistas llaman «clúster de innovación» en el sector del cristal.

En pocos años, Murano pasó a ser conocida como «la isla del cristal» y sus cristalerías, barrocamente ornamentadas, se convirtieron en un símbolo de riqueza y ostentación entre la nobleza y la cada vez más rica burguesía europea. Todavía hoy, más de ocho siglos después de que aquellas familias escaparan despavoridas de Constantinopla, sus descendientes continúan diseñando, ideando, inventando y fabricando unos productos de vidrio que gozan de fama y reputación mundial. Además de nuevas maneras de diseñar cristalerías, los vidrieros de Murano crearon el vidrio esmaltado (smalto), el vidrio con hilos de oro (aventurine), el vidrio multicolor (millefiori), el vidrio de leche (lattimo) o las gemas de cristal.

Sin embargo, el invento que cambió el mundo fue idea de un tal Angelo Barovier. Después de experimentar con todo tipo de materiales, Barovier tomó unas algas ricas en óxido de potasio, las quemó y mezcló sus cenizas con el vidrio fundido. El resultado fue un vidrio extraordinariamente claro y transparente. Él lo llamó cristallo (cristal). El vidrio transparente era bello porque dejaba pasar la luz y permitía ver perfectamente lo que había al otro lado, una característica de gran utilidad para las ventanas que conocemos hoy en día. Pero tenía otra característica aún más importante: distorsionaba y doblaba la luz que lo atravesaba. En parte gracias a los experimentos del monje inglés Roger Bacon, los vidrieros se dieron cuenta de que si fabricaban un vidrio transparente dándole una forma convexa (forma de lenteja), los objetos del otro lado del cristal se veían aumentados. Es decir, el vidrio se convertía en una lupa que permitía ver cosas que a simple vista a veces no podían ser observadas.

El nuevo invento fue como el agua bendita caída del cielo para todos aquellos orfebres, joyeros y monjes que, de pronto, pudieron poner una gran lupa entre su cara y el papel sobre el que estaban escribiendo o la joya que estaban diseñando. Y así pudieron continuar trabajando cuando empezaban a perder la vista.

Varios años más tarde (no se sabe exactamente cuántos), en algún lugar del norte de Italia (no se sabe con exactitud cuál), otro vidriero (no se sabe exactamente quién) tuvo la idea de sustituir aquellas lupas gigantes por dos pequeños cristales redondos en forma de lenteja de unos centímetros de diámetro y fijarlos a un arco metálico para apoyarlos justo sobre la nariz. Y así inventó las gafas. A raíz de la forma de lenteja de los cristales, aquel nuevo aparato fue bautizado con el nombre de «lentes» (lente en latín significa «lenteja»).[2]

De entrada, el invento de las lentes benefició a muy pocos. Supongo que, igual que hoy en día, en aquella época había gente que no veía bien de cerca porque sufría hipermetropía, astigmatismo o presbicia (vista cansada). Lo que ocurría es que la mayor parte de ellos no lo sabía. Para darte cuenta de que no ves bien de cerca debes tener la costumbre de mirar objetos pequeños desde cerca. Actualmente nos enteramos de que tenemos vista cansada cuando no vemos bien las letras de un libro o de un menú de restaurante. El problema, en el siglo XIV, era que la mayor parte de la gente era analfabeta y, por lo tanto, no leía. Tampoco practicaba ninguna actividad que requiriera ver objetos pequeños a poca distancia. Los únicos que lo hacían eran los artesanos (como joyeros y orfebres) que manipulaban objetos pequeños, y los monjes de los monasterios, que escribían los libros a mano bajo la luz temblorosa de las velas.

Todo esto cambió con la llegada de la imprenta. En 1450 Johannes Gutenberg inventó una manera de reproducir documentos mecánicamente y eso redujo los costes de producción de los libros. De repente, las masas pudieron permitirse algo que hasta entonces solo estaba al alcance de los monjes y los nobles: ¡leer! Millones de personas de todo el mundo aprendieron a leer y las tasas de analfabetismo empezaron a bajar. El proceso se aceleró con la aparición del primer periódico, el London Gazette, en 1665. La democratización de la lectura tuvo una consecuencia inesperada: ¡muchísima gente se dio cuenta de que no veía bien! Y, a consecuencia de ello, las gafas se convirtieron en un objeto de primera necesidad para millones de lectores… ¡y en un negocio para los emprendedores que supieron verlo! Durante el siglo que siguió al de la invención de la imprenta aparecieron miles de fabricantes de gafas en todo el mundo. El negocio de las gafas no ha parado de crecer desde entonces, y se calcula que hoy en día genera unos 90.000 millones de dólares anuales.

Pero la cosa no acabó con las gafas. A mediados del siglo XVI, en Europa había infinidad de innovadores que experimentaban con las propiedades ópticas del vidrio transparente. En 1590, en un pequeño pueblo holandés, dos fabricantes de gafas llamados Hans y Zacharias Janssen (que eran padre e hijo) colocaron dos lentes no de lado, sino una detrás de la otra. Después de cientos de pruebas, acabaron patentando un aparato que tuvo unas consecuencias sobre el bienestar de la humanidad aún más importantes que las de las gafas: el microscopio. Gracias a aquel artefacto, los científicos descubrieron un mundo de seres vivos que convivían con los humanos, pero que nunca habían podido ser observados: virus, bacterias, hongos y todo tipo de microbios. Enseguida se descubrió que algunos de estos microorganismos eran esenciales para nuestra supervivencia, pero también que muchos otros eran los causantes de las enfermedades y las epidemias que han devastado a la humanidad a lo largo de la historia. Gracias a este descubrimiento los científicos desarrollaron vacunas, medicamentos, antibióticos y normas sanitarias de higiene, como el hecho de que los médicos se laven las manos antes de tocar a los pacientes. También descubrieron que si añadían un poco de cloro al agua se evitaban epidemias como el tifus o el cólera.[3] Todos estos descubrimientos redujeron drásticamente la mortalidad infantil y contribuyeron a aumentar nuestra esperanza de vida. Es difícil pensar en algo que haya tenido más impacto en el bienestar humano que la disminución del número de niños que mueren antes de la edad de cinco años.

Casi veinte años después de haber inventado el microscopio, en 1608, el propio Zacharias Janssen, juntamente con otros ópticos holandeses, inventó el telescopio. Los militares no tardaron ni un minuto en dar una utilidad bélica a aquel nuevo artefacto que permitía observar desde la distancia los movimientos del enemigo con detalle y precisión. Pero el impacto realmente importante de aquel invento holandés llegó al cabo de dos años, cuando Galileo lo mejoró y apuntó con él al firmamento para analizar los puntos luminosos que aparecían cada noche en el cielo y que intrigaban a la humanidad desde el principio de los tiempos. Al observar Júpiter, vio que a su alrededor giraban cuatro lunas, a las que dio los nombres de Calisto, Europa, Ganímedes e Io. También se dio cuenta de que el movimiento de aquellas lunas alrededor del planeta no era circular sino elíptico, tal como había predicho el astrónomo alemán Johannes Kepler. Fue un descubrimiento muy significativo porque la «teoría» convencional aceptada por la Iglesia cristiana era que el Sol, la Luna y los planetas estaban pegados a una especie de esferas transparentes que daban vueltas alrededor de la Tierra impulsadas por unos ángeles. Cuando Galileo vio que había lunas que no giraban alrededor de la Tierra, sino alrededor de Júpiter, y observó que el movimiento de estas lunas era elíptico (lo cual lo hacía incompatible con la teoría de las megaesferas transparentes), la visión cristiana del universo empezó a agrietarse. La estocada final llegó con Isaac Newton, que utilizó la información de Galileo para formular su teoría de la gravitación universal. Fue el momento culminante de la revolución científica en la que el Homo sapiens tuvo conocimiento de su lugar real en el universo. La muerte de los ángeles. La domesticación de los cielos. El poderoso cerebro humano había establecido los cimientos científicos que nos conducirían a las revoluciones industriales, el progreso y la prosperidad económica.

Y todo empezó con un grupo de vidrieros bizantinos que huyeron del horror del saqueo de Constantinopla, fueron a parar a la República de Venecia, y de allí fueron expulsados a Murano para evitar que sus hornos causaran incendios en la ciudad. ¡Por increíble que pueda parecer, una pequeña migración de vidrieros, tan pequeña que pasó inadvertida a ojos de los historiadores del siglo XIII, ha acabado repercutiendo masivamente en el bienestar de millones de seres humanos en el siglo XXI! Dice la Biblia (Rom 11, 33) que los caminos que elige el Señor para dibujar nuestro destino son inescrutables. Para la mayor parte de los mortales, los caminos que elige la economía a menudo son igual de oscuros, incomprensibles y misteriosos. Este libro intenta hacerlos un poco más amenos, un poco más accesibles y un poco más… transparentes. Como el cristal de Murano.

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Los enemigos de la innovación

El fracaso de Nokia

Día 3 de abril de 1973. El responsable de investigación y desarrollo (I+D) de la empresa Motorola, Martin Cooper, convoca una rueda de prensa en el hotel Hilton de Nueva York. Dice que va a realizar un anuncio muy importante. Los periodistas de periódicos, televisiones y radios de todo el mundo asisten a la convocatoria movidos por una gran curiosidad: ¿qué es esto tan importante que el científico de Motorola quiere explicarles?

Empieza la rueda de prensa. Cooper aparece en escena con actitud ceremoniosa llevando algo que tiene el aspecto de una caja de zapatos. Poco a poco, de la caja saca un objeto de la medida y forma de un ladrillo de color gris claro. Y parece que lleva un teclado. Muestra el aparato al público y, lentamente, pulsa siete teclas. Se lleva el ladrillo al oído derecho. Se producen unos instantes de silencio y, a continuación, pronuncia las siguientes palabras: «Joel, te llamo desde mi nuevo teléfono móvil celular». Estas fueron las primeras palabras pronunciadas a través de un teléfono celular. En efecto, lo que parecía un ladrillo era, en realidad, el nuevo gran invento de Motorola: el teléfono móvil celular. La persona a quien Cooper llamó era Joel Engel, responsable de I+D de Bell Labs, la empresa que competía con Motorola para la producción del primer teléfono móvil.

Con esta rueda de prensa, Cooper quiso realizar un escarnio público a Bell Labs, dejando muy claro ante la prensa mundial que Motorola había vencido la carrera tecnológica de la telefonía celular. Pero estaba equivocado. No era el final de ninguna carrera, sino el principio. Porque aquel ladrillo, llamado DynaTAC, tenía poco valor comercial: era demasiado grande y demasiado pesado para ser un verdadero teléfono portátil (medía más de 33 centímetros y pesaba más de un kilo. ¡Imaginad lo que habría representado llevar aquel monstruo en el bolsillo!). Además, su batería tardaba diez horas en cargarse y veinte minutos en descargarse. Ah, y no olvidemos que su precio rondaba lo que hoy en día serían 9.000 dólares. Al final, solo lo compraron algunos ricos con poco gusto y ganas de aparentar. De hecho, el DynaTAC apareció en la película Wall Street en manos del inefable Gordon Gekko, en una escena en la que paseaba por la playa haciendo negocios a través de su megaaparato.

Lo que sí consiguió el DynaTAC fue que todas las compañías electrónicas y de telecomunicaciones del mundo se dieran cuenta de que tenían que empezar a pensar cómo producir teléfonos mucho más pequeños y realmente portátiles.

Veintitrés años después de aquel episodio, en 1996, Motorola sacó al mercado el StarTAC, un teléfono pequeño y barato, asequible para las masas. En Motorola volvieron a creer que habían ganado la carrera de la telefonía móvil. Pero, una vez más, estaban equivocados. Los clientes de casi todo el mundo se decantarBaron masivamente por los teléfonos fabricados por una pequeña empresa finlandesa llamada Nokia. Nokia entendió enseguida que, además de querer llevar un teléfono en el bolsillo para llamar, la gente deseaba aparatos que fueran estéticamente atractivos. El móvil se convirtió en un complemento de moda, con cubiertas personalizadas, tonos y politonos que mostraran la personalidad individual de cada consumidor. Los teléfonos Nokia se convirtieron en un fenómeno de masas: del modelo 1110 se vendieron 250 millones (todavía hoy, es el teléfono más vendido de la historia). De hecho, en la lista de los diez teléfonos más vendidos de todos los tiempos, ocho son de Nokia. La empresa finlandesa fundamentó su liderazgo en un gasto masivo en investigación y desarrollo (I+D). Nokia gastaba más en I+D y obtenía más patentes que ninguna otra compañía del sector de las comunicaciones. De hecho, realizaba tanta I+D como las empresas farmacéuticas, informáticas y automovilísticas, que son las que tradicionalmente invierten más dinero en intentar descubrir productos nuevos.

En el año 2000, las acciones de Nokia valían 56 dólares cada una. No solo era una de las empresas más valiosas del planeta, sino que era un modelo admirado que todos querían copiar. Pero ¿sabéis dónde está Nokia hoy? ¡Pues resulta que quebró! En el año 2013, la rama de telefonía móvil de Nokia fue adquirida por el gigante informático de Bill Gates, Microsoft. El precio fue de saldo: 3 dólares por acción. Pese a ser la empresa que gastaba más en I+D, la que más patentes obtenía, la que más teléfonos vendía y la más admirada en el mundo, Nokia quebró. Nokia y Motorola son un ejemplo de que el éxito a la hora de inventar no comporta necesariamente la victoria económica. ¿Por qué razón? Pues porque la innovación tiene muchos enemigos.

El fundamentalismo religioso

Uno de los grandes enemigos de la innovación a lo largo de los siglos ha sido el fundamentalismo religioso. Uno de los casos más flagrantes es el cristianismo durante sus primeros 1.500 años. Antes del cristianismo, «Europa» había liderado el mundo intelectual con los avances realizados por griegos y romanos en campos como la filosofía, la astronomía, las matemáticas, la tecnología o la medicina. Pero los líderes religiosos cristianos se dedicaron a perseguir todo lo que pusiera en duda su particular interpretación del universo. Ellos decidían las leyes de la naturaleza a partir de su fe y su interpretación de los textos sagrados: que si el universo había sido creado en seis días, que si Dios había creado al hombre a su imagen y semejanza, que si el diluvio universal y el arca de Noé, que si el Sol gira alrededor de la Tierra, que si la mujer había sido creada a partir de la costilla del hombre… Y aquel que osara cuestionar estas creencias era perseguido sin piedad. La persecución de intelectuales por parte de los tribunales religiosos (como el Tribunal de la Inquisición) logró detener el progreso científico durante más de quince siglos.

Incluso en épocas tan tardías como el siglo XVI, el matemático, astrónomo y filósofo napolitano Giordano Bruno fue condenado por la Inquisición a morir en la hoguera purificadora por su teoría del «pluralismo cósmico». ¿Cuál fue el crimen de Bruno? Argumentar que en el universo había muchas estrellas parecidas al Sol y que existían muchos planetas como la Tierra que orbitaban alrededor de estas estrellas. Hoy sabemos que tenía razón, pero como su teoría contradecía la visión estática del clero cristiano oficial de la época, los tribunales eclesiásticos lo ejecutaron. Incluso en el año 1600 (¡principios del siglo XVII!) Galileo Galilei fue obligado a retractarse de su teoría heliocéntrica, que sostenía que en el centro del sistema solar no estaba la Tierra, con el Sol girando a su alrededor, sino que era al revés: el Sol se encontraba en el centro y la Tierra giraba a su alrededor. Galileo se retractó para no ser quemado vivo.

Por culpa de la Iglesia, aquella «Europa» que había dado a Pitágoras, Platón, Tales o Aristóteles permaneció 1.500 años en la oscuridad intelectual. Por esta razón, a esta etapa de la historia europea se la conoce como la época oscura.

Curiosamente, quien acogió y protegió buena parte del pensamiento de filósofos, matemáticos y astrónomos griegos y romanos fue un mundo dominado por otra religión que inicialmente era más abierta que el cristianismo: el islam. Digo «curiosamente» porque hoy en día tendemos a considerar el islam una religión llena de fundamentalismos que persiguen los avances científicos y la libertad de pensamiento y que no tienen ningún reparo en destruir monumentos, museos u obras de arte simplemente porque ellos consideran que son ofensivas a su dios. Sin embargo, en aquella época, los musulmanes no solo recogieron gran parte del pensamiento griego y romano que los cristianos destruían, sino que sus intelectuales hicieron grandes contribuciones en el terreno de las matemáticas (inventaron el álgebra, por ejemplo), la astronomía, la medicina, la química, la farmacia o la geografía.

Pero allá por el año 1450, el islam se radicalizó. Los otomanos utilizaron su superioridad científica y tecnológica para derrotar al Imperio bizantino y conquistar Constantinopla. Irónicamente, al mismo tiempo que ganaban Constantinopla, el orfebre alemán Johannes Gutenberg inventaba la imprenta en Europa. Este invento abarató la reproducción del conocimiento a través de los libros y marcó el punto de partida al renacimiento del mundo cristiano. La ironía, sin embargo, no es que los europeos inventaran la imprenta. La ironía es que aquellos musulmanes que habían usado las últimas tecnologías militares para conquistar Constantinopla decidieron prohibir el invento de Gutenberg. Esta prohibición resultó ser fatal, ya que señaló el inicio de la radicalización y del fundamentalismo islámico. A partir de aquel momento, fue el mundo musulmán el que empezó a rezagarse en lo que respecta a progreso científico e intelectual. La imprenta —y, por lo tanto, la democratización del conocimiento— no entró en el mundo islámico hasta 1729. Es decir, tres siglos después de que fuera inventada en la Europa cristiana. La decadencia intelectual es un ejemplo de cómo la religión se postula como el primer gran enemigo de la innovación.

La autarquía

En el libro Economía en colores —publicado en 2016— describí mi visión de la economía de las ideas como «una gran casa mágica» que se expande con cada nueva idea. Al principio, la casa tenía una sola habitación con varias puertas. Nuestro conocimiento era limitado. Pero un día, uno de nuestros antepasados tuvo una idea y con ella, simbólicamente, abrió una de las puertas. Como por arte de magia apareció una nueva habitación que tenía otras puertas. Varios años más tarde, alguien abrió una de esas puertas y apareció una tercera habitación. Y después una cuarta, y una quinta. Las ideas se acumulan sobre las ideas. Y así, la gran casa del conocimiento fue creciendo a medida que los humanos íbamos abriendo puertas y descubriendo nuevas habitaciones. La historia de la humanidad es la historia de esta expansión de la gran casa de las ideas.

Para obtener el conocimiento que se encuentra en la habitación 125, tenemos dos posibilidades. Una es abrir nosotros mismo la puerta de la habitación 125. O lo que es lo mismo, podemos crear nosotros el invento. La otra alternativa es hablar con alguien que ya haya visitado aquella habitación. Por ejemplo, para utilizar la idea de la agricultura, o bien la inventamos nosotros o bien nos ponemos en contacto con alguien que ya la utiliza y se la copiamos. Esto implica que, para tener acceso a todas las ideas que hay en el mundo, hace falta estar bien comunicado.

A lo largo de la historia de la humanidad, las sociedades que han estado mejor comunicadas han progresado con mayor rapidez. Un buen ejemplo de ello es el «experimento» que tuvo lugar de manera natural al final de la última glaciación. Hace unos 12.000 años, el calentamiento global derritió gran parte del hielo que llevaba miles de años cubriendo la Tierra, y el agua producto del deshielo fue a parar al mar. A causa de ello, los grupos humanos que vivían en las Américas —que habían llegado allí caminando desde Asia a través del estrecho helado de Bering— quedaron aislados. También quedaron aislados los grupos que estaban en Australia y en las pequeñas islas del Pacífico. Por el contrario, las gentes que vivían en Europa y Asia y, en menor medida, en África, continuaron manteniendo el contacto entre ellos. El contacto no era fácil, ya que no había internet, ni televisión, ni teléfonos móviles, pero a lo largo de los siglos el contacto llegaba. Esto significa que cualquier idea que fuera inventada en cualquier punto de Europa o Asia, tarde o temprano llegaba al resto de los pueblos de esta megarregión. Por ejemplo, hace 6.000 años, en alguna zona de lo que hoy es Siria se inventó la rueda. Unas semanas, unos meses, o unos años después, los pueblos vecinos vieron que aquella gente transportaba sus mercancías en unas plataformas con ruedas, y decidieron hacer lo mismo. Durante los años y las décadas siguientes, los comerciantes que viajaban hacia el este explicaron el invento a las gentes de lo que hoy es Irán, y los que fueron hacia el oeste lo contaron a los pueblos del Mediterráneo. De este modo la idea se fue extendiendo poco a poco hasta que todos los pueblos, desde la China oriental hasta la península Ibérica, acabaron utilizando la rueda. Fijaos en que ninguno de ellos la había inventado, simplemente había estado en contacto con alguien que utilizaba ruedas. El contacto entre los pueblos posibilitó que, a la larga, todos tuvieran acceso a aquella idea tan útil. Este proceso contrasta con lo que ocurrió en las Américas. Como los pueblos americanos no podían comunicarse con la gente de Europa y Asia, el invento de la rueda no les llegó. Y cuando los españoles redescubrieron América, encontraron grandes civilizaciones (los mayas, los aztecas o los incas) que no utilizaban la rueda. ¡En 1492!

De hecho, el descubrimiento de América por parte de los europeos y, más tarde, el descubrimiento de Australia y las islas del Pacífico confirman el resultado del experimento natural: después de 14.000 años aislados, los humanos de todo el planeta se reencontraron. En aquel momento, los más adelantados desde el punto de vista tecnológico eran los pueblos de Europa y Asia (¡no es casual que fueran los europeos los que viajaran y redescubrieran América y no los americanos los que viajaran a Europa!). Los segundos más avanzados eran los pueblos americanos. Los terceros, los australianos. Y los más primitivos, los de las islas del Pacífico. Fijaos bien: cuanto mejor comunicada estaba la gente de una región, más se había desarrollado. ¿Por qué? La explicación es muy sencilla: cuanta más gente habita una región, más ideas se desarrollan en ella. Al fin y al cabo, las ideas siempre surgen de un cerebro humano, por lo que cuanta más población más ideas aparecen. Además, todas las ideas que durante 12.000 años se desarrollaron en la región de Europa y Asia, tarde o temprano acabaron siendo conocidas por los restantes pueblos de Eurasia. Por consiguiente, cada pueblo de esta megarregión se acaba beneficiando no solo de las ideas que generan sus ciudadanos, sino también de las que se generan en cualquier otra parte de Europa y Asia con las que tiene comunicación. Por esta razón en el área euroasiática se acumularon tantas ideas durante 12.000 años. En cambio, en las pequeñas islas del Pacífico, al haber pocos habitantes, hubo pocas ideas. Y como, además, estaban incomunicados, no se enteraron de que en el resto del mundo se había inventado la rueda, la agricultura, la escritura, la fundición de metales, la pólvora, el dinero o la imprenta. Si se hubiesen podido comunicar con los europeos, habrían podido servirse de todos estos inventos. Pero estaban aislados, y esto les estuvo condenando a ser primitivos.

Una vez nos redescubrimos los unos a los otros, casi todos los humanos del mundo empezamos a comunicarnos con más frecuencia y, a consecuencia de ello, las diferencias en cuanto a tecnología se redujeron rápidamente: los americanos empezaron a utilizar las ruedas, los australianos a escribir y los de Nueva Guinea a plantar arroz. Y las diferencias en cuanto a la utilización de tecnología se empezaron a reducir.

El aislamiento geográfico no es el único factor que hace que una sociedad esté incomunicada. En ocasiones, algunos países se aíslan a propósito por cuestiones políticas. El ejemplo actual de mayor relevancia es el de Corea del Norte: los líderes norcoreanos no quieren que su población sepa cómo se vive en el resto del mundo (seguramente porque piensan que, si la gente descubre que es mucho más pobre que sus primos del sur, se pondría en peligro el régimen del dictador Kim Jong-un) y ese aislamiento hace que el país sea muy primitivo desde un punto de vista tecnológico y, en consecuencia, sus ciudadanos sean extraordinariamente pobres.

La historia nos da otros ejemplos de aislamiento provocado por malas decisiones políticas. Un ejemplo lo tenemos en la China de la dinastía Ming. Cuando Marco Polo visitó China entre 1271 y 1291, el gigante asiático se encontraba bajo el dominio de la dinastía Yuan y de los mongoles descendientes del gran Gengis Kan. Marco Polo se quedó deslumbrado por el progreso que la sociedad china había alcanzado:[4] los chinos tenían pólvora, sofisticadas redes de canales de riego con compuertas, papel, imprenta con bloques de madera, porcelana, papel moneda, correos, barcos con timón de popa, brújula magnética y una gran variedad de tecnologías muy superiores a las que en aquel entonces se podían encontrar en su Venecia natal. Una de las razones que explican la superioridad china del momento es su extensa red comercial. China no solo comerciaba con India, Oriente Próximo y Europa a través de la ruta de la seda, sino que, gracias a una flota que en su momento más álgido llegó a constar de más de treinta mil barcos, también comerciaba por el océano Índico con África, Arabia, India, Indonesia y otros lugares de Asia. La época de máxima riqueza china coincide con la época de máxima exposición comercial.

Varios años después de que Marco Polo visitara China, los Yuan fueran derrocados por la dinastía Ming. Y, con el tiempo, los emperadores Ming perdieron el interés por mantener los potentísimos lazos comerciales con India, Arabia, África o Indonesia. Entre todos se dedicaron a aislar a China de las influencias exteriores y a hacerla cada vez más autárquica, burocrática y cerrada. Incluso llegaron a desmantelar la flota de treinta mil barcos que habían recorrido el océano Índico en busca de oportunidades comerciales. Algunos economistas sostienen que esta es la verdadera razón que explica la larga decadencia de China. Es un hecho que el cierre de la economía china coincide perfectamente con su decadencia intelectual y económica, ya que pasó de ser el país más rico del mundo en el siglo XIII a ser uno de los más pobres a mediados del siglo XX.

Todos estos ejemplos nos demuestran la importancia de tener países abiertos y bien comunicados. Es necesario que los ciudadanos, que al fin y al cabo son los que tienen ideas, puedan acceder a todas las innovaciones que se producen en el mundo. Este mensaje es especialmente importante en una época donde el autarquismo parece resurgir en el mundo y donde políticos como Trump en Estados Unidos, Teresa May y los líderes del Brexit en Reino Unido o los líderes neonazis en numerosos países europeos parecen tener cierto atractivo electoral. A todos ellos hay que recordarles que el aislamiento y la autarquía son ¡el segundo gran enemigo de la innovación!

Una educación inadecuada

El tercer enemigo de las nuevas ideas es la educación inadecuada. Durante los siglos XIX y XX, los colegios han sido herramientas para uniformizar a los estudiantes: todos los niños aprendían lo mismo, al mismo tiempo, en la misma aula y con el mismo profesor. Y los niños que no seguían el ritmo eran obligados a repetir o a abandonar el sistema educativo. La educación ponía el énfasis en dos de las inteligencias que posee el ser humano (la lógico-matemática y la lingüística) e ignoraba, o daba mucha menos importancia, a las inteligencias musical, visual-espacial, corporal-cinestésica, interpersonal, intrapersonal o natural.[5] Los sistemas educativos de los siglos XIX y XX enseñaban a los niños a solucionar problemas y no les permitían plantear demasiadas preguntas. En efecto, cuando un niño preguntaba demasiado en clase, la maestra lo mandaba callar para poder continuar el temario, y el resto de la clase se reía del preguntador. A consecuencia de ello, la curiosidad natural que tienen todos los niños iba desapareciendo a medida que se hacían mayores.

Los colegios de los siglos XIX y XX delimitaban claramente las asignaturas: a las nueve de la mañana se daba historia; a las diez, matemáticas, y a las once, biología. Cada asignatura era independiente de las otras, hasta el punto de que las impartían profesores diferentes en aulas diferentes: lo que se aprendía en la clase de historia no tenía aplicación alguna en la de matemáticas, ni en la de biología, y viceversa. En las escuelas tradicionales se fomentaba la disciplina sin cuestionar nada: los niños aprendían lo que les decía la maestra y, aunque ellos investigaran y descubrieran que aquello estaba equivocado, sabían que para aprobar el examen había que decir lo que quería la maestra y no lo que ellos creían que era verdad. Esto desincentivaba la búsqueda de «otros puntos de vista», de «otras verdades» o de «otras maneras de ver la verdad».

La educación que recibimos en los siglos XIX y XX fue muy buena para la era industrial de los siglos XIX y XX. Al fin y al cabo, la economía de entonces necesitaba ingenieros, abogados o fontaneros disciplinados, que supieran solucionar problemas sin cuestionar demasiadas cosas y que supieran más o menos lo mismo. Así, cuando una empresa perdía a un ingeniero, un abogado o un fontanero, ponía a otro igual, y la gran maquinaria industrial continuaban funcionando. Por tanto, la educación que recibimos no era mala… para nosotros.

El problema de esta visión de la educación —que, por cierto, se sigue utilizando en una gran parte de los colegios de todo el mundo— es que elimina la capacidad innovadora de los jóvenes escolarizados. Porque, para ser creativos, los niños han de saber solucionar problemas, pero es más importante aún que sepan formular preguntas. Para lograr que los jóvenes tengan ideas, deben tener inteligencia matemática y lingüística, pero también emocional, musical, interpersonal o creativa. Deben ser capaces de conectar ideas (Steve Jobs decía que todas las ideas son, en el fondo, una conexión) y la separación del conocimiento por asignaturas tiende a impedirlo. Deben entender que todas las verdades tienen diferentes caras y que para saberlas todas hay que mirar todas las perspectivas y no solo el dictado del profesor. Y, sobre todo, el fomento de la creatividad exige prestar una atención especial y diferente a cada niño. Los niños y las niñas no son hamburguesas y, por tanto, «MacDonalizarlos» es un error que provoca que muchos abandonen el sistema educativo sin sacar de él ningún provecho real.

Un buen sistema educativo genera ciudadanos creativos, curiosos y con ganas de hacer cosas nuevas. Un mal sistema educativo puede matar la innovación. En definitiva, una educación inadecuada puede ser otro de los grandes enemigos de las nuevas ideas.[6]

La centralización del conocimiento

A veces, los sistemas de organización estatales impiden el progreso de las ideas. Un ejemplo de ello lo tenemos en la larga decadencia que ha sufrido China desde su época dorada en el siglo XIII hasta el siglo XX. Unas líneas más arriba hemos explicado que algunos economistas identifican la decadencia china con la política autárquica y aislacionista de la dinastía Ming. Otros analistas afirman que el principal problema de China fue que el Estado «centralizó el conocimiento».

Las dinastías chinas Song (960-1239) y, sobre todo, Ming (1368-1662) introdujeron un complicado sistema de exámenes para escoger a los burócratas que podían dirigir mejor el país. Este sistema de «exámenes imperiales» era parecido a las actuales oposiciones a funcionario del Estado de muchos países europeos o latinos. En China, eran una especie de exámenes extraordinariamente complicados que requerían la memorización de los textos clásicos de Confucio (un total de 431.286 caracteres diferentes). Los más listos, que podían memorizar doscientos caracteres por día, tardaban seis años en memorizar todo el texto. Los aspirantes tenían que estudiar también otros textos de filosofía, poesía e historia. Hasta 1313 los exámenes incluían preguntas de matemáticas y astronomía, pero a partir de aquel año fueron suprimidas. La idea era que, para que un país funcionara, debía estar gobernado por los mejores, y para escoger a los mejores no había nada mejor que unos exámenes en los que compitieran todos los niños del país. Un aspecto positivo de este sistema es que permitía a los hijos de los campesinos y de los ciudadanos más pobres de China competir por estas posiciones privilegiadas, es decir, que actuaba como una especie de ascensor social.

El problema es que estas posiciones de élite atraían a todas las grandes mentes del país, que se pasaban años memorizando temas para aprobar los exámenes y, por lo tanto, no tenían ni un minuto para reflexionar sobre cuestiones que quedaban al margen de los exámenes imperiales. Lo único que importaba a los intelectuales chinos eran los exámenes, y todo lo que no salía en los exámenes no importaba. Sucedía algo parecido a lo que ocurre hoy con los alumnos que preparan los exámenes de ingreso a la universidad: ¡durante un año no les interesa nada que no entre en el examen! Lógicamente, si lo único sobre lo que cabe pensar son los doscientos temas que entran en el examen, los intelectuales del país dejan de pensar en las fronteras del conocimiento. Los exámenes acaban matando la curiosidad y, por lo tanto, el progreso científico y tecnológico. Volviendo al símil de la casa de las puertas, los exámenes hacen que se deje de abrir puertas. Y al dejar de abrir puertas, se deja de ampliar la gran casa del conocimiento. Algunos investigadores, como Yifu Lin (1995),[7] creen que esta es la verdadera razón que explica el declive de la cultura china después de su época dorada durante la Edad Media.

Aparte de ser una curiosidad histórica, el caso chino tiene una cierta relevancia para los estudiantes europeos, ya que, sin darse cuenta, los políticos de la Unión Europea podrían estar cometiendo un error similar al que cometieron los líderes medievales chinos. Uno de los programas que más gustan a los jóvenes europeos es el programa de intercambio universitario Erasmus, que ofrece a los universitarios de todos los países de la Unión Europea la posibilidad de estudiar una parte de los cursos universitarios en otro país europeo. En principio eso parece una buena idea. Los creadores de Erasmus pensaron que, si los ciudadanos de la Unión conocían personalmente a ciudadanos de otros países europeos, las posibilidades de que se produjesen guerras como la Primera o la Segunda Guerra Mundial —que básicamente fueron guerras entre europeos— se reducirían drásticamente. Erasmus busca la paz y la concordia entre los ciudadanos europeos. Fantástico.

Pero detrás de esta buena idea hay un problema potencial: si queremos que el tiempo que los estudiantes pasan en el extranjero no sea un año perdido, las asignaturas han de poder ser convalidadas. Y para que puedan ser convalidadas, los conocimientos que se dan en todas las universidades europeas deben ser similares. De esta manera, y sin proponérselo, los europeos están centralizando el conocimiento igual que hizo China en el siglo XIII. Y eso puede acabar reduciendo la creatividad y la innovación en Europa. No digo que esta centralización dentro de la UE acabe condenando a Europa a ochocientos años de decadencia intelectual como ocurrió en China. Lo que estoy planteando es que debemos procurar no crear instituciones educativas y universitarias que limiten la capacidad crítica de los estudiantes y los incentivos para explorar más allá de las fronteras del conocimiento.

El ludismo

El cuarto factor que puede evitar el progreso tecnológico es que las élites económicas y empresariales que se ganan la vida con las tecnologías ya establecidas intenten por todos los medios evitar que entren nuevas ideas que les quiten el negocio. Cuando la revolución industrial introdujo la mecanización en las fábricas inglesas, los artesanos que hasta aquel momento habían producido la ropa a mano se agruparon y atacaron las fábricas modernas, quemando y destruyendo las máquinas que perjudicaban a su negocio. Afirmaban que eran seguidores de una figura ficticia a la que llamaron el Rey Ed Ludd, de ahí que este movimiento se conociera con el nombre de «ludismo». Hoy en día, el ludismo describe cualquier movimiento que intenta utilizar la presión política o la violencia para evitar que el progreso tecnológico se implemente por considerarlo perjudicial.

El ludismo existe en todo el mundo. El problema es que existen países donde los luditas ganan sistemáticamente. Y cuando los luditas ganan, el progreso tecnológico se detiene. Los intereses creados, pues, son otra razón que explica el avance desigual de las ideas en diferentes países del mundo.

Veamos dos ejemplos reales que ilustran cómo la respuesta al ludismo puede a

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