Michel descolgó el teléfono sin salir de la cama ni encender la luz de la mesilla. Quiso decir «¿diga?», pero lo que salió de su boca fue más bien un quejido que una pregunta, un bulto de aire amasado por el sueño y la sorpresa. Una figura tosca en todo caso si se comparaba con la exquisita dicción de su interlocutor:
—Buenos días, comisario, perdone que le despierte.
—Hola, Guiramonde, ¿qué pasa?
La mejor pronunciación de la comisaría y su secreta referencia durante años para dejar atrás los resabios checos de su francés. Se le hacía raro tratarle de usted. Le recordaba el tiempo en que pensaba que no servía para gran cosa.
—Lo que quiero es que cubra la escena —dijo finalmente Michel—. Lo primero, de hecho, lo único que quiero… —Aunque nuevamente hechizado y somnoliento, dejó hablar a Guiramonde más de la cuenta. Que si el cadáver estaba completamente hinchado, amoratado, enrojecido, que si desfigurado, que si no tenía manos.
—¿Brazos?
—No, manos, perdone que le corrija en este preciso punto, jefe.
Le dejaba hablar por el placer de oírlo, pero todo lo que decía no importaba ahora, al contrario, les estaba retrasando, se dijo, mientras encendía la luz de la mesilla. Las 5.45. Lo único importante era que en treinta minutos, cuando la gente fuera a trabajar y los turistas más madrugadores salieran de los hoteles no quedara ni rastro del cadáver.
—No, no me espere, Guiramonde, si llega el juez levante el cadáver y me pone un mensaje de texto. Yo lo veré en la morgue… Lo que importa es que no esté ni un minuto más a la vista… Eso es. Que acordone la baranda para que no se acerque nadie, y menos nadie del Hôtel des Bergues, ah, y que ponga una barca sin distintivo policial del otro lado del cadáver para que no quede expuesto desde los puentes cercanos… Sobre todo desde el puente peatonal ese…
—El puente des Bergues, jefe, en realidad una pasarela, para ser más preciso. Como sabe cuenta con más de un siglo de antigüedad…
—Lo que sea. Ese pequeño puente. Insista en que fotografíen el cadáver a conciencia antes de sacarlo del agua, luego no volverá a ser el mismo —dijo, y colgó el teléfono antes de exponerse a quedar de nuevo atrapado por las banales catedrales de voz que levantaba su adjunto a cada frase.
Se levantó expectante, temeroso, anticipando el quejido de sus rodillas que tuvo lugar apenas se sentó al borde de la cama. Le pasaba siempre al día siguiente de correr. Era como si la rótula y el fémur, ¿e incluso la tibia?, se negaran a seguir cooperando, pidiesen cada uno ir por su lado, que los dejaran en paz, que no había problema mientras no se los obligase a trabajar juntos y poner en marcha las articulaciones.
Entendía ahora la expresión rodilla de cristal. Un vidrio que sólo pide ser expuesto, permanecer inerte como vasos secándose al sol. Como exponen sus rodillas los ancianos en los pueblos checos en verano, sentados a la puerta de sus casas. Sin embargo, sabía que ese quejido era engañoso. El médico le había confirmado que había actividades más adaptadas a su edad, como la natación, el golf, incluso el ciclismo, pero también que aún era peor no hacer nada. Michel no sabía nadar y la bici le parecía una moto poco desarrollada. En cuanto al golf, quizá fuera un prejuicio de su infancia checoslovaca, pero no alcanzaba a considerarlo deporte sino un pasatiempo para gente más o menos adinerada. Un gasto inútil de tierra, de agua, de tiempo. Además, no estaba dispuesto a dejar sin más algo que había hecho con gusto toda la vida. Resistía, aunque notaba la sonrisa de los jóvenes cuando le veían de golpe ralentizar la carrera, buscar en el borde del césped una superficie más blanda que la tierra y, también allí, avanzar como si pisara huevos.
Cargando con sus rodillas pasó al cuarto al baño. Una ducha caliente acallaría un rato el quejido de sus articulaciones. Se sentó al borde de la bañera dejando que el chorro de agua cayera de plano sobre las piernas. Seguro que sus rodillas no se quejarían igual el año siguiente, cuando recién jubilado cruzase las calles empedradas de Praga, buscando a Dušana en su pastelería favorita o en la biblioteca municipal de la plaza Marianské. Mucho menos se quejarían el día de la inauguración del Museo de la Motocicleta Checoslovaca prevista para el 3 de marzo, cumpleaños de Dušana. Otros se ocuparán entonces de esta ciudad gris e impasible, de los rarísimos aunque siempre inoportunos cadáveres del lago. Lo harán seguramente en un impecable francés, aunque Michel seguía dudando de que Guiramonde tuviera el tipo de incompetencia que se precisaba para substituirle.
El mismo celo perruno de Guiramonde, que le llevaba a insistir en que Michel se acercara inmediatamente al borde del lago, en explicarle de antemano todos los detalles del muerto, le impedía darse cuenta de que el daño principal a evitar en ese momento era la publicidad. Todas sus carreras y explicaciones de devoto investigador no iban a despertar a Jean du Lac. Además, todos los veranos se ahogaba gente. El último, un treintañero africano que la semana anterior había saltado al lago desde una barca alquilada. La diferencia era que se conocía su desaparición, denunciada por los amigos que le acompañaban en la barca. La diferencia era que el suceso tuvo lugar frente a un parque alejado del centro y el cuerpo fue encontrado a cien metros de la ribera y siete metros de profundidad y no a flote, tocando el dique del hotel más lujoso de la ciudad con la punta de un pie o de la nariz, o lo que fuera, a falta de otras extremidades. La diferencia era que al africano lo descubrieron los equipos de salvamento y no unos ricos turistas ingleses que se asomaban al borde del lago para ver amanecer cerca del lugar donde fue asesinada la emperatriz de Austria. La diferencia, sobre todo, era que al joven africano, lo mismo que a Sissi emperatriz, no le faltaba nada. Apareció íntegro, intacto, como debían aparecer los cadáveres en una ciudad alejada tanto de los fundamentalismos religiosos como de los ritos y supersticiones atávicas.
No dejaba de ser chocante que al ir a rememorar la muerte de Sissi los turistas se encontraran con algo tan diferente. En realidad, el de Sissi fue uno de los cadáveres más discretos de la historia. La emperatriz acudió una tarde a tomar el barco que salía enfrente de su hotel. Iba de incógnito, acompañada sólo por su dama de compañía. Un hombre que pareció tropezar le había golpeado en un costado, pero ella, aunque con molestias, había embarcado. Luego se encontró peor y volvieron a tierra, pero hasta que después de muerta le desabrocharon el apretado corsé para desnudarla en la habitación del hotel no se dieron cuenta de que le habían clavado un finísimo estilete.
La aristocracia de la época debió admirarla en muerte tanto como en vida. ¡Qué grandeza! «Hasta para morir, ¡qué discreción, qué limpieza, qué supina elegancia!», se dijo Michel, pero perdía la sonrisa al pensar en el muerto encontrado en el lago, desmembrado e hinchado en distintas partes, entre amoratado y enrojecido y seguro que pestilente a varios metros. A falta de otros datos, la compleja descripción del cadáver no servía más que para agobiarle, por lo que sentándose despacio en el retrete pasó del cadáver a Guiramonde y su posible ascenso.
Aunque ambos eran inmigrantes en Ginebra, sus orígenes eran muy dispares. No ya que Guiramonde viniese de la vecina Francia, ¿gascón?, ¿occitano?, y él de la más lejana, en todos los sentidos, Checoslovaquia comunista, sino que Paul Guiramonde tenía verdadera vocación policial, y él sólo quería montar en moto, antes competir y ahora pasear y cuidar su pequeña colección de motocicletas checoslovacas. Era curioso cómo el medio policial le había dotado desde el principio de un aura de joven de orden, deportista y anticomunista, todo en un mismo paquete absurdo que, abandonada la competición, le permitió medrar en esta otra carrera, obtener la nacionalidad suiza y ascender rápido hasta acabar alcanzando el puesto de comisario jefe de la brigada criminal de la república y cantón de Ginebra.
Se equivocaban. Él se había cansado de desmentirlo y sólo dejó de hacerlo cuando constató que el silencio le favorecía. Si dejó Praga, aprovechando una carrera en Monza y su visa especial de competición, fue por las motos. Simplemente porque llegó un momento en que los equipos fuertes, las mejores máquinas, estaban del otro lado del telón de acero, no porque estuviera en contra del régimen, que además siempre le había tratado bien. Si hubiera practicado otro deporte, atletismo, natación, cualquier otro, incluso motocross, donde la primacía de las motos checoslovacas se mantuvo unos años más, nunca se habría fugado a Occidente. Habría seguido tranquilamente en la casa de dos plantas que el régimen le facilitó para que representara a su país y que él compartió con su joven esposa y sus padres.
Michel salió al jardín. Respiró hondo fijando la vista en la finísima cresta de nieve, la primera del año, sobre el rocoso Salève, que hoy no sería oscuro y amenazador, sino que resplandecería pronto bajo el sol y el aire limpio de septiembre. Abrió la puerta del garaje y esta vez no lo dudó. Pasó por delante de la Jawa que conducía normalmente al trabajo, derecho a la Type-860 GP, sin negarse que esa seguridad era al tiempo mascarada y homenaje, porque no haber escogido esa moto en 1969 decidió su futuro. Encendió el motor de 350 cc, V4, cuyo arranque conocía mejor que la voz de su madre, y aceleró varias veces, sin soltar el freno, como quien se aclara la garganta, hasta encontrar un rugido igual de limpio que hacía cuarenta años.
Soltó el freno, doblando deprisa al salir de su jardín para tomar la carretera del Marais. El frío empezaba a enseñar mejor el contorno de las cosas. También lo hacía la jubilación y en general, la falta de tiempo. «Nada centra tanto la mente de un hombre como la inminencia de su ejecución…» Lo decía un autor… americano, pero ¿cuál? También las neuronas dejaban de colaborar, de articular recuerdos y pensamientos. Sabía que a esa hora podía acelerar un poco, al menos en esta primera recta de la carretera y luego a lo largo del río Arve, más o menos hasta cruzarlo para entrar en la ciudad.
Aceleró hasta hacerse daño en la muñeca. Bosque y agua, ramas y agua, agua y ramas, verde y verde. Se equivocó de moto. De país. De vida, se dijo, sorprendido por las lágrimas que acudían a sus ojos. El frío, sin duda, y esa moto que disfrutaba con demasiada nostalgia, cuyo rugido que provocaba para acelerar de nuevo, era un lamento por sí mismo y su desaparecido país.
—Ya lo sé, querida, ya lo sé —dijo Michel y le dio unas palmaditas cariñosas en el depósito azul, antes de acelerar de nuevo—. Conmigo habrías ganado. Juntos lo habríamos hecho…
Los dos tenían una historia común porque Michel estaba allí a finales de los sesenta, compitiendo, cuando los responsables de producción de las motos checas, de CZ y Jawa, se dieron cuenta de la dificultad de imponerse a las motos italianas. Hicieron un último intento con la Type 860 y casi logran vencer en el Gran Premio de Austria de 1972, pero una avería en la última vuelta le dio de nuevo el triunfo a Augusta. Abandonaron ese mismo año para centrarse en el motocross, donde se mantuvieron altos en el palmarés unos años, pocos, hasta que los japoneses acabaron por copiarles hasta el último tornillo.
Sin embargo años antes, en 1969, Michel fue el primer piloto en montar la 860. Su amigo Frantisek, el ingeniero de CZ que la había desarrollado, se la dejó probar. La moto le habló con la voz de los amores difíciles y verdaderos. Le dio miedo echarse atrás porque ya había decidido escapar, entregado al misterio de las motos italianas, a su diseño incomparable, y quizá por eso adelantó sus planes. Dos semanas después, tras hablar con Augusta en Monza, pidió asilo político en Milán y no tomó el avión de vuelta a Praga.
En las lujosas instalaciones de Augusta en Varese, a tiro de piedra del lago Maggiore y de la frontera suiza, se dio cuenta de que la Augusta no era mejor que la 860, al contrario, supo que podía vencer a esa moto con la de su amigo Frantisek. Supo también que se había cerrado la puerta a ganar con una moto verdaderamente suya, pero era ya demasiado tarde y no le quedaba más que insistir. Luego fue todo a peor. Corrió dos años con la Augusta, con resultados mediocres, y al preparar la tercera temporada se accidentó. Se quebró la muñeca de tal forma que le quedó una mano perfecta para cualquier actividad que no fuera acelerar una moto de competición, apta en todo caso para pasar en naranja el primer semáforo de la avenida de Champel y detenerse sólo en el segundo. Miró el reloj. No habían pasado ni seis minutos desde que salió de casa. Media hora desde la llamada de Guiramonde. Decidió pasar por el dique del Beau Rivage y ver si aún seguía allí el cadáver.
Con su caída rompió algo más. Su mujer y sus padres, que se habían opuesto a su decisión de exiliarse, fueron expulsados de la casa que les habían asignado en Praga. Para ocuparse de ellos necesitaba con urgencia un empleo estable. Augusta no se sentía formalmente responsable, pero uno de sus abogados, que tenía contactos en Suiza, le ayudó a instalarse en Ginebra con su familia y obtener un empleo en la policía local.
Michel frenó en el semáforo de Stand. Se alzó sobre la moto para otear vanamente el borde del lago. Demasiado lejos para distinguir su destino, no sólo por la distancia, sino porque le tapaban los edificios de la isla. Severas formas de piedra gris cortada geométricamente, tan distintas al barroco charlatán y cálido de Praga. Difícil de oponer algo más quieto y silencioso a las aguas que corren veloces. En cambio justo a su lado había bullicio, la salida de una discoteca. Una chica visiblemente embriagada intentaba subir a un coche en que viajaban varios jóvenes. La puerta del coche no se abría, o no lo hacía a tiempo, porque un inmenso forzudo, en camiseta a pesar del frío de la mañana, se le acercó por la espalda y la sujetó del brazo, levantándola en vilo mientras ella agitaba los altos tacones en el aire, y al conseguir bajar, parecía cocear contra el asfalto. El forzudo la llevó hasta la discoteca, a veces en volandas, otras dejándola taconear sin gran eficacia. Ella no decía nada. Simplemente se había quedado muda, pálida en cuanto la atrapó el gigante. Otros juerguistas que salían de la discoteca o esperaban ya el autobús, borrachos como ella, no decían nada. Se limitaban a observar la escena.
Michel arrancó, cruzó el puente y bordeó el río en dirección al Hôtel des Bergues. El lago desaguaba allí en el Ródano mientras comenzaba a llenarse del oro apagado de la luz de septiembre. Desde la distancia Michel alcanzó a ver que estaban retirando la valla, con lo que dedujo que debían de haberse llevado ya el cuerpo. Un agente se lo confirmó antes de bajarse de la moto.
—Hola, jefe, vaya moto más chula —dijo el agente—. Se lo acaban de llevar… algo asqueroso, un olor insoportable. Dese prisa porque en cuanto lo han sacado le ha empezado a cambiar el color.
—Gracias, George, sí, voy para allá —dijo Michel, y empezó a dar la vuelta a la moto, pero le cortó el paso el jefe de la brigada de narcóticos, Philippe de Brulle. Un viejo rompepelotas que entró en el cuerpo al mismo tiempo que él y se jubilaba también este año. Habían conseguido llevarse mal desde el primer día hasta el último.
—Espera un momento, Michel.
—¿Qué haces aquí, Philippe?
—Estaba en el puente de Mont Blanc cuando llegó tu primera patrulla y me acerqué a ver lo que pasaba… No llegan cadáveres todos los días a sitios tan distinguidos. Este casi llega a la recepción del Hôtel des Bergues, pero si quería un lecho lo va a tener pronto…
—Llevo prisa, Philippe, luego hablamos.
—Sólo te quería dar esto —dijo Philippe, y le pasó un trozo de papel cuadriculado con un número de teléfono y un nombre: «Xiao Xue».
Michel le miró curioso y Philippe sonrió. Conocía esa sonrisa. Era una sonrisa húmeda, verde, que se movía entre juncos y en el momento más inesperado saltaba a la yugular. Una sonrisa caimán. Ahí estaba.
—Algo extraordinario, Michel. Salir del Temblor le ha devuelto el cerebro y se lo ha repartido por todo el cuerpo, por la piel, en las manos… —y haciendo una pausa para mirar a Michel a los ojos, prosiguió—: y entre las piernas, Michel, sobre todo entre las piernas…
Michel pensó que en este punto un detective americano, de película, de serie, de lo que fuera, diría muy despacio: «Eres un cabrón, Philippe», y saldría a toda pastilla.
—Gracias, Philippe —dijo él—. Hablemos en otro momento. Hay un caballero esperándome…
—Me parece que llevaba meses esperándote en el agua —dijo Philippe, y Michel arrancó antes de ver su sonrisa.
No dudaba que Philippe lo hubiera pasado bien con esa chica. De hecho si podía hacerle ese comentario y pasarle ese papel era porque sabía que él también era un habitual de las chicas del Paquis, aunque de una forma diferente, ya que él seguía desde hace años frecuentando a la misma persona, Sonia, a la que por la edad, más cerca de cincuenta que de cuarenta, costaba llamar chica. En realidad, si Philippe exhibía con él su mejor sonrisa de saurio era porque necesitaba disimular y necesitaba también que Michel fallara. Philippe se jubilaba como él en diciembre y, conforme a la absurda competición establecida por su jefe, sólo habría bonificación de fin de carrera para uno de ellos. Una medida nueva, encaminada a incrementar la productividad, rompía con la práctica de repartir el premio especial entre quienes se jubilaban cada año. Michel no dudaba de que él llevaba la delantera, que tras haber descubierto ese verano a un terrible asesino en serie, operativo en Ginebra por más de veinte años, sólo un error descomunal le haría perder la bonificación. Al mismo tiempo no podía distraerse. Precisaba la bonificación para convertir su colección de motos en un verdadero museo. Era claro que a través de Xiao Xue, Philippe le recordaba que el primer crimen escabroso del verano, el del propietario del Temblor a principios de junio, llevaba camino de quedar impune.
El propietario de ese puticlub de baja estofa en el que trabajaba Xiao Xue, un ruso mafioso hasta la médula, metido en tráfico de drogas, a menudo adulteradas, además de proxeneta, apareció tirado detrás de la barra. Tenía varias cuchilladas, pero sobre todo una que Michel nunca olvidaría. Trazaba en la inmensa caja torácica de ese hombre de casi dos metros un corte que iba desde la pelvis hasta el esternón. Dentro estaba su gato, un enorme siamés gris que vivía en el local, entre las putas y los clientes, y que, a falta de otro signo de violencia, parecía haberse ahogado en la sangre de su amo. A unos pocos metros de distancia estaba Volcán, su asistente, tan gordo como un luchador de sumo, con media cara destrozada por un tiro a bocajarro en la garganta. Su mano derecha había sido seccionada y depositada en la basura. Si el canalla de Philippe le recordaba el Temblor era para recordarle que al jubilarse dejaría varios crímenes escabrosos sin resolver en el limpio tapete ginebrino. Que era demasiado fácil limitarse a atestiguar que las muertes eran anteriores a las del asesino en serie y por tanto achacables a este. Sin embargo Michel sabía que si mantenía la calma, su victoria no corría peligro. El público y tras él los políticos asociaban al asesino en serie, o debía decir al monstruo, con lo inexplicable e indeterminado.
De nuevo ante el mismo semáforo de Stand, esta vez en dirección contraria, Michel miró la puerta de la discoteca. Sonrió pensando que si estuviera aquí Guiramonde le diría el nombre del local, el tipo de música que ponían y la fecha de su inauguración en un francés impecable. La joven de antes estaba sentada en la entrada, mal que bien, sobre un cenicero cilíndrico. Con la cabeza baja trataba de escribir un mensaje de texto en el móvil. De tanto en tanto se tambaleaba en su asiento. Seguía igual de borracha, pero nadie la perseguía ni la retenía. Michel arrancó. Si algo había aprendido en estos años de trabajo en la policía era que las cosas tendían a calmarse, empezando con nuestra mirada, que se agitaba con los sucesos tormentosos y nos impedía verlos con precisión. Había que anotar los hechos, volver a observarlos. Las consecuencias de las intervenciones precipitadas se sufrían durante largo tiempo.
Al llegar a la morgue Michel no tuvo que preguntar por la sala. Distinguió a Guiramonde en una de las puertas, escribiendo un mensaje de texto, que seguro le estaba destinado. La vibración de su móvil lo confirmó, lo mismo que el hedor que salía de la sala. Guiramonde sólo expuso la situación en buen francés:
—Es aquí, jefe, le estaba escribiendo el número de la sala. Tenemos forense, pero la autopsia no ha empezado aún. Prepárese para un plato fuerte.
—Gracias, Guiramonde… Vamos dentro —contestó él.
El cuerpo estaba colocado en una mesa metálica con las piernas apuntando a la puerta. Guiramonde se inclinó hacia Michel, murmurando en su oído:
—Parece un globo cosido con piel humana, inflado y luego desinflado…
—Ya veo —dijo Michel, y no podía dejar de dar la razón a Guiramonde. Era cierto que estaba deformado, deshinchado o hinchado según las zonas. Algunas partes del cuerpo mostraban una irisación azulada y otras, rojiza. Los brazos cortados a la altura de las muñecas quedaban colgando en el aire, fuera de la mesa de acero inoxidable, empujados por un vientre desmesurado. Cerca del muñón la carne se separaba del hueso como papel mojado. Costaba decirlo, pero era posible: varón, blanco. Pelo escaso, negro. Los globos oculares muy inflamados y la erosión de labios y nariz no impedían determinar la forma redonda de la cara, la nariz breve, las cejas pobladas sobre unos ojos más bien redondos.
Detrás suyo el forense se lavaba las manos. A lo largo de los años había hecho dos o tres cadáveres del lago con él, pero siempre bañistas ahogados. Esto era otra cosa y no podía ocultar su entusiasmo:
—¿Qué, comisario, está guapo verdad? —preguntó el forense—. ¿Lo reconoce?
—No —dijo Michel, pero enseguida miró mejor la cara del cadáver y preguntó a su vez—: ¿Qué edad tiene?
—Difícil de saber. Más cerca de los cincuenta que de los cuarenta, pero en un rato le digo… Hay otra serie de cosas que sí sé, aunque creo que usted también —dijo el forense sonriendo.
—¿Como qué? —preguntó Michel.
—Murió antes de entrar en el agua.
—Muy gracioso —dijo Michel, que toleraba el sarcasmo del doctor como una defensa para tomar distancia. Algo inherente a la profesión. Una herramienta de trabajo más, como las tijeras, el bisturí o el serrucho. Y añadió: yo pensaba que había sido un pez espada.
—No tiene signos externos de violencia —dijo el forense—. Ni disparos, ni cuchilladas. Salvo la mutilación de las manos, claro está, pero esta casi seguro es posterior a la muerte… Para empezar la sección es quirúrgica…
Michel no pudo evitar una mirada suspicaz.
—¿Cómo lo puede deducir de eso? —preguntó, señalando el brazo más cercano.
—He dicho casi seguro. Hay una zona en el brazo izquierdo en que el corte se ha preservado bastante. Debió quedar enterrado en la arena o menos expuesto al oxígeno de otro modo. Iba a comprobarlo al microscopio cuando usted llegó. La alternativa sería una sierra de precisión de alguna maquinaria industrial avanzada… En todo caso el corte es muy limpio.
—¿Cuánto tiempo calcula que lleva en el agua? —preguntó Michel.
El forense se calzó mejor el guante de plástico de la mano derecha, se acercó al cadáver, y le tomó la cara con delicadeza para mostrar su perfil.
—No es fácil decirlo —respondió finalmente—, al menos dos meses y medio por el color parduzco y la saponificación de la cara. —Y, avanzando hacia las piernas para señalarlas de cerca, añadió—: Un fenómeno que también ha comenzado en las ingles y la parte de atrás de los muslos…, pero podría ser algo más, si se atiende a que ha empezado a perder algo de nariz.
—Pensaba que eso podría ser un pez.
—No lo creo —dijo el forense con tono de fastidio— lo mismo que los párpados… Y está también saponificada la parte de atrás de cuello… Tengo que comprobar la temperatura del agua en los meses pasados en la zona en que lo hallaron, pero ha sido en general fría para la estación… y hay que ver si podemos determinar por los sedimentos en la piel la profundidad a la que estaba varado antes de subir a la superficie. Tiene en un tobillo la señal de una cuerda que debía estar atada a un peso… Yo diría que alrededor de dos o tres meses. En algún momento de junio, finales de mayo quizá… Si quiere le llamo antes de acabar el informe —propuso el forense, visiblemente impaciente.
—No hace falta, doctor —dijo Michel— les dejo en la intimidad.
Al salir de la sala se topó con Guiramonde.
—¿Por qué sonríe, jefe? —le preguntó este.
—No sonrío —respondió Michel—, pero por las fechas puede tratarse de una nueva víctima del monstruo.
Guiramonde le entregó un sobre.
—Me trajeron las fotos reveladas y tuve que salir un momento —dijo—. Aquí las tiene, jefe. Son treinta, tomadas en el agua.
—Muy bien —respondió Michel, metiéndolas en el bolsillo de la cazadora.
—¿Nos vemos en la oficina? —preguntó Guiramonde.
—Mejor después del almuerzo —dijo Michel—. Primero quiero comprobar algo.
Al salir a la calle el cielo se había cubierto. Quería pensar, dar una vuelta a todo eso a solas y no sabía si ir a La Jonction o visitar a Sonia, porque tenía frío, como si le hubieran sacado a él del agua, y se sentía solo.
«También tengo esto», se dijo, tocando en el bolsillo de la chaqueta el trozo de papel cuadriculado que el cerdo de Philippe le había pasado esa mañana. «Algo extraordinario», le había dicho ese viejo verde. Como si tuviera vida propia entre las piernas, en la piel… Philippe le estaba tentando. Buscando que cometiera un error de final de carrera que pusiera la bonificación en sus manos. Al fin y al cabo, la tal Xiao Xue no dejaba de ser alguien cercano a un crimen que él investigaba.
Sin embargo, no podía evitar comparar a Xiao Xue con Sonia. Más que en el cerebro, en la piel, Sonia tenía sueño, ganas de descansar en cada centímetro de su cuerpo. Ella le llamaba cansancio infinito y Michel más de una vez había pensado que Sonia prestaba, cansándose al frotarse con el fracaso, un servicio público. Sus manos eran un inmenso sumidero de aspiraciones insatisfechas, empezando por las suyas, que no ansiaba sino a Dušana.
Si frecuentaba a Sonia, más o menos una vez por semana, aparte del desahogo elemental, era por hablar en la cama en algo que se pareciera a su lengua, un paneslavo que a partir del serbocroata nativo ella había ido tejiendo con sucesivos encuentros, como una de esas mantas hechas de retales, pero que en este caso se quedaba corta para cubrir su nostalgia de Dušana. Sobre todo era su cuerpo menudo, los ojos azules en una cara pálida y cada vez más fruncida por el tiempo, el cabello pelirrojo encaneciendo, todos elementos comunes a Dušana, completamente distintos, eso sí, en cuanto se ponían en movimiento, pero que le servían de referencia de la posible evolución de su ex esposa, a la que no había vuelto a ver más desde que se marchó de casa.
Ni siquiera una vez había accedido a verle, ni siquiera para completar la escueta explicación de su partida, lo que no dejaba de ser sorprendente después de haber pasado él por tantas penalidades. Porque pasó la vergüenza de su defección y los primeros años difíciles tras su accidente en Italia, más los duros comienzos en Ginebra, y cuando lo tenía todo encauzado, a punto de obtener la primera promoción en la policía local, la noche que le dijo que para facilitarla quería cambiarse el nombre, simplemente pasar de Michal Novák a Michel Nouval, ella se puso a hacer las maletas, y como toda explicación le dijo:
—Michal, te equivocaste de moto.
Al principio Michel se había enfurecido. Ni siquiera proponía una traducción literal que le llevara del hombre nuevo de la Checoslovaquia comunista al Michel Nouval, también nuevo, del desertor que amanece a la sociedad de consumo. Por sentido de la mesura y buen gusto, en atención a Dušana precisamente, se quedaría en Michel Nouval. Sus propios padres siguieron la estela de Dušana tres meses después. Una tarde su padre caminó hasta la embajada de Checoslovaquia en Ginebra y negoció su regreso. Cuando Michel volvió del trabajo se lo contó como si tal cosa. Él le preguntó a gritos que si había perdido el juicio
—¿No te viniste tú por las motos? —le respondió su padre muy tranquilo—. Muy bien, Michal, no necesitaste darme más explicaciones. No te las pedí. Yo me vuelvo por la cerveza.
La respuesta le dejó sin argumentos y en el fondo acabó por alegrarse. Su padre y su madre habían cerrado un buen trato, recobrarían sus pensiones y vivirían no en la casa grande que tuvieron con él, pero sí en un pequeño apartamento del centro de Praga. Además le servirían para seguirle la pista a Dušana, que tuvo con otro los dos hijos que no habían tenido tiempo de tener juntos, esperando que su empleo en Ginebra se consolidara. Recientemente, con los hijos ya criados, Dušana había enviudado. Eso había acabado de decidirle. Cuando se jubilara a final de año llevaría esa misma moto hasta Praga. Al llegar sería otro hombre o, mejor dicho, sería de nuevo el Novák que no había desertado. Dejaría pasar las Navidades, como una valla hecha de nostalgia y familia, antes de presentarse en casa de ella con un ramo de rosas rojas y la invitación a la inauguración del museo en la mano.
—Tenías razón, Dušana— le diría— me equivoqué de moto. Pero lo peor no es eso… Lo peor es que pensé que la moto era mía. Me olvidé que el piloto es el vértice de un equipo y que corre por todos. Yo quise la moto para mí. No para competir o llevarla a un lugar concreto, tenerla porque sí, como un objeto sobre el que se expresa dominio. Coleccionarlas. Es cierto, pero hoy he venido con mi moto, la Type-860 GP. Está aparcada en la puerta. Y quiero devolver todas las otras. He venido por algo, a por alguien. Te sigo queriendo, Dušana.
De alguna forma Michel había empezado ya a llevar esa moto a Praga y lo último que quería era distraerse en su camino. La dirección que llevaba enfilando el Ródano le confirmaba que no se dirigía al apartamento de Sonia, sino que buscaba el punto en que el río encontraba su afluente. Uno de sus puntos favoritos de la ciudad, uno que buscaba para pensar, para descansar. Lo hacía incluso cuando no podía ausentarse de la oficina, porque tenía la visión aérea de la confluencia de los ríos como página de inicio de su ordenador. En ese punto las aguas del Arve, una crema verde y blanca que bajaba a galopadas, espumante, arrastrando piedras y vegetación de bosques y laderas, se mezclaban con la lenta esmeralda cristalina y profunda del Ródano, procedente del lago Leman. La municipalidad había acondicionado allí una zona de picnic y paseo que se iba estrechando progresivamente hasta un vértice de unos pocos metros cuadrados donde estaba instalado un mirador. Michel conducía siempre hasta el final, dejando la moto en los últimos metros, con la rueda apuntando al vértice en que se unían los dos ríos.
Nada más visitar La Jonction por vez primera se había preguntado por el resultado del encuentro y hasta había bajado pocos días después al gran puente de Butin para comprobar el color resultante de la confluencia. No había duda, el Arve convertía el Ródano en una corriente turbia y opaca. Enfrentado a esta certidumbre en el salvapantallas de su ordenador, a veces, sobre todo cuando estaba cansado o especialmente desanimado, pensaba que no era sólo que Ginebra fuera más segura que otras ciudades. Lo era de un modo sospechoso, como si criminales y víctimas hubieran delimitado una zona de exención, donde el crimen no sucedía. O lo que sucedía, por un acuerdo en que confluían tácitamente las organizaciones criminales y las políticas, no era penalmente relevante, visible. Tenía lugar lo anterior, eso sí. Su preparación, la definición de las motivaciones económicas, políticas o de otro tipo, y a veces hasta la contratación de armas y agentes. Tenía lugar lo posterior, el reparto y preservación del botín en los bancos y los inmensos depósitos francos de la ciudad. Todo de forma extremadamente discreta, dejando al policía ginebrino sin un suceso que encajara claramente en el ámbito de su jurisdicción y atribuciones.
En cualquier caso él había sabido adaptarse, darse cuenta de que no se le pedía sobreponer una voluntad de sabueso individualista a los protocolos de seguridad de la ciudad. Era justamente esta capacidad de adaptación la que no veía en Guiramonde, tan idealista como bien hablado. Ser policía en Ginebra nada tenía que ver con los telefilmes americanos en que un heroico individuo se saltaba las reglas del cuerpo para descubrir al criminal y al hacerlo recibía su absolución por todas sus contravenciones. No. El policía era sobre todo un funcionario público y había una serie de obligaciones tan importantes, si no más, que cazar al criminal. Estas comprendían la preservación de la paz social y de la imagen impoluta de la ciudad en que descansaba su prosperidad económica. No quería decir que no hubiera que descubrir los crímenes, pero esto se hacía en consonancia con los otros objetivos y de un modo colegiado, en colaboración con otros actores y colectivos, con plena integración en una organización pública común.
Mientras miraba mezclarse las aguas de los ríos sonó el teléfono. Era Guiramonde.
—Guiramonde.
—Le quería anticipar que el ADN del cadáver lacustre…
—¿De quién?
—Del hombre que sacamos del agua esta mañana. No sé cómo llamarle hasta que no sepamos quién es.
—Creía que a falta de identificación les seguíamos llamando Jean, Jean y el lugar donde aparece, Jean du Parc, Jean des Bastions, Jean du Bar l’Aiglon, y así… Este es Jean du Lac, ¿no?
—Sí, sí, jefe, está bien, es una buena idea y cuando los colegas empezaron a usar el Jean yo también les seguí, pero esta vez no puedo —dijo Guiramonde—. Mi padre se llamaba Jean y ya sabe que no hace tanto que murió… Más o menos lo que lleva este hombre en el agua si es cierto que es desde junio. Lo de mi padre fue el día 16 exactamente… No me hago a la idea de ponerle el mismo nombre e imaginarlo bajo tierra con el mismo aspecto…
—Yo sentí mucho lo de tu padre, Guiramonde, un hombre de verdad cabal…, te entiendo perfectamente. —Y al darse cuenta del tuteo, dijo—: Esto… ¿Qué me decía del ADN?
—Hemos hecho una primera comprobación del ADN en nuestra base de datos.
—¿Y?
—Nada.
—Mire bien todas las bases de datos, también las del hospicio. Un loco, un mendigo, esa sería la solución más simple. Hable con los servicios sociales. A ver si echan a alguien de menos. El verano es tiempo de movimiento en los centros de salud, los albergues y los asilos… Llame al forense y dígale que yo iré a verle por la tarde. Pregúntele si la hipótesis de la maquinaria industrial sigue abierta. Si es así, encárguele a Claus una relación de empresas que tengan un equipo industrial que permita ese corte…
—Muy buena idea, jefe —dijo Guiramonde—. Si es un accidente de trabajo hay toda una línea de posibilidades. Imaginemos que alguien que no está asegurado sufre un accidente mortal y su empleador pretende salvar el culo…
—Jamás he oído nada parecido en Ginebra, Guiramonde —dijo Michel.
—Tampoco hemos tenido antes un cadáver sin manos flotando a las puertas del hotel más lujoso de la ciudad —contestó Guiramonde.
—Eso me recuerda lo más importante, Guiramonde —dijo Michel—. Nada de prensa. Si llama alguien no lo niegue, pero tampoco dé datos escabrosos a no ser que le pregunten por ellos. Ni la mutilación, ni el tiempo pasado bajo el agua. Se está investigando. Yo estaré allí en una hora —dijo antes de colgar.
El de Jean du Lac era sin duda otro ejemplo en que el afán por desentrañar el crimen debía por el momento subordinarse a otros objetivos. ¿Qué necesidad había de insistir en los temas más chocantes, que sin duda dejarían de serlos si se encontraba una explicación o al menos una conexión a otras pautas criminales?
Guiramonde llamaba de nuevo.
—Dígame.
—Olvidé decirle que el forense confirma que la sección de las manos es posterior a la muerte.
—Sólo faltaba. ¿Cuánto tiempo?
—No lo sabe, dice que entre dos y seis horas, jef