El primer día
—¡El Valle sin Retorno, jefe! ¡Ya hemos llegado!
Al inspector Le Ber le brillaban los ojos. Estaba exultante.
El comisario Georges Dupin y su pequeño equipo de la comisaría de Concarneau habían llegado hasta allí sin problemas; el trayecto apenas les había llevado una hora. Dupin había conducido como siempre, ignorando por completo la velocidad máxima permitida. Su anguloso Citroën tenía unos años, sí, pero conservaba una maniobrabilidad excelente; de hecho, lo demostró con creces en un par de ocasiones. Le Ber y Labat, sus dos inspectores, iban en el asiento trasero, mientras que Nolwenn, su mano derecha, viajaba a su lado, en el asiento del copiloto.
Al principio, a Dupin no le entusiasmó demasiado la «magnífica ocurrencia» de Nolwenn de combinar una salida de servicio del comisario al bosque de Brocelianda, por desgracia ineludible, con una excursión de todo el equipo. Pero Nolwenn estaba decidida. Incluso a Labat, que por naturaleza siempre tenía algo que objetar, le había parecido una idea excelente.
Con tono severo, Nolwenn les recordó que habían pasado más de dos años desde la última excursión, cuando visitaron la costa bretona más noroccidental, y Dupin tenía que admitir que fue muy agradable. De hecho, su falta de entusiasmo se debía al compromiso que había contraído a principios de verano, durante su último caso, con su viejo amigo de la policía de París, Jean Odinot, quien le había facilitado información relevante desde la «zona gris» de la policía y él, a cambio, prometió investigar en nombre de su amigo un asunto relacionado con un caso no resuelto de la policía de París.
Dupin no pretendía zafarse. Para él, cumplir con su parte era una cuestión de honor; de hecho, por Jean Odinot haría muchas cosas, con compromiso o sin él. No, el problema no era Odinot. El problema era la policía de París. Tras ser apartado del cuerpo, es decir, suspendido por ofensa grave y, por desgracia, manifiesta contra el alcalde, se había jurado a sí mismo no tener nada que ver nunca más con la policía de París. El comentario de Odinot por teléfono el día anterior afirmando que el asunto que investigaban era «completamente absurdo» tampoco contribuía a aumentar su motivación.
—¡Brocelianda! —Nolwenn sacó un librito delgado de la bolsa de provisiones en la que había comida suficiente para alimentarlos a todos durante varios días—. ¡Brocéliande! ¡Cuántos hermosos recuerdos en una sola palabra! Toda la Europa medieval pronunciaba este nombre con reverencia. El último reducto del reino de las hadas. Aquí es donde tienen lugar algunas de las más maravillosas creaciones de la imaginación que han conmovido los corazones de miles de personas.
Aquella era la primera visita de Dupin al bosque de Brocelianda —conocido también con el nombre, menos pomposo, de bosque de Paimpont—, el más grande de la Bretaña y, sobre todo, el más famoso. No solo en la Bretaña, sino también en Francia y en toda Europa. Era, sin duda, el corazón fantástico de la región. El más místico de todos los lugares místicos. La leyenda de todas las leyendas. Y, considerando la profusión de leyendas de la Bretaña, aquello ya era destacable por sí solo. Dupin ya se había hecho a la idea de que, durante aquella salida, Le Ber y Nolwenn adoptarían el papel de guías con más diligencia de la que ya era habitual en ellos, y que lo comentarían todo como verdaderos expertos. Se juró a sí mismo mantener la calma más absoluta.
—Lo mejor será que aparquemos junto a la iglesia del Grial. Es un buen punto de partida.
Nolwenn señaló a la izquierda.
Allí todo sugería lugares espectaculares. Ya en los carteles del borde de la carretera se podía leer: «Iglesia del Grial», «Mar de Lancelot», «Escalinata de Merlín», «Tumba del Gigante»…
—¡Siete mil setecientas hectáreas! —Le Ber se había desabrochado el cinturón de seguridad y se inclinó hacia ellos—. Con extensiones de bosque y brezales y multitud de estanques y lagos. Un magnífico vestigio del bosque que, en tiempos de los galos, ocupaba toda la Bretaña. Tiene forma de dragón dormido. ¡Desde el aire se aprecia perfectamente! El significado vulgar de su nombre deriva de broce, bosque, y lianda, landa, o sea, «tierra de brezos». Sin embargo, su verdadero significado proviene del celta y es «fortaleza del otro mundo».
Le Ber hizo una breve pausa y prosiguió al instante con más énfasis:
—Aquí es donde tienen lugar innumerables leyendas celtas y bretonas, las más extraordinarias historias de hace varios milenios. Sin embargo, el bosque alcanzó renombre por el rey Arturo y su Mesa Redonda. Como ya sabe usted —dijo, utilizando una vieja triquiñuela retórica para captar la atención—, para nosotros, los bretones, Arturo tiene una importancia inmensa. En concreto, es la personificación de ¡la persistencia! —La pasión de Le Ber iba en aumento—. Una de nuestras mayores virtudes, la esencia de nuestro ser. La persistencia a la hora de defender los ideales máximos, los principios del reinado de Arturo: igualdad, fraternidad y bondad. ¡Nosotros, los bretones, creímos siempre en el retorno de Arturo! ¡Le guardamos una lealtad inquebrantable!
—Pero si ni siquiera se sabe si Arturo existió de verdad —murmuró Labat, que miraba con indiferencia por la ventanilla.
Le Ber no se amilanó.
—En cualquier caso, la leyenda y su enorme repercusión sí existen. —Una frase muy propia de Le Ber—. ¡Y el poder y la fuerza de su aura! Además, hay muchas evidencias científicas que apuntan a que detrás de esas historias fantásticas existió, en efecto, un personaje real.
—Y un buen número de historias del mundo artúrico se ubican en este bosque —intervino Nolwenn.
Tréhorenteuc era el nombre de la pequeña aldea situada en el Val sans Retour, el Valle sin Retorno, ubicado en el límite occidental del bosque. A la izquierda de la pequeña carretera había un par de casas aisladas; a la derecha, un campo segado. Dupin ya vislumbraba la iglesia y el cementerio que se erigía justo detrás. No cabía duda: era un lugar muy agradable, con mucho encanto.
Durante el último cuarto de hora, tras abandonar la carretera nacional, el camino los había conducido por el tipo de paisajes que más le gustaban a Dupin. Campos ligeramente ondulados, de las más diversas tonalidades de verde, armoniosos, cercados por muros de piedra antiguos; prados, bosques silvestres, pequeñas carreteras serpenteantes y bonitas aldeas. Una combinación muy particular de cultura y naturaleza. El interior de la Bretaña, el Argoat.
Le Ber volvió a pasar la cabeza entre los asientos delanteros.
—En la primera versión en francés de la memorable Historia Regum Britannie de Godofredo de Monmouth, de mediados del siglo XII, el bosque de las aventuras del mundo artúrico se ubica sin lugar a dudas en la Bretaña. El iniciador de las novelas artúricas fue Chrétien de Troyes, que vivió entre 1135 y 1188. Provenía de la Champaña y…
—¡Esto no está nada mal! Sn duda, una excelente circunstancia para fantasías de fábula.
Labat quería hacerse el gracioso, pero solo logró que Le Ber siguiera con mayor ímpetu.
—Chrétien recogió las crónicas de la Historia —continuó, y puso especial énfasis en la palabra «crónica»—, pero también narraciones celtas muy antiguas. Y las numerosas historias sobre Arturo y su Mesa Redonda, que al principio se transmitían de forma oral. Existen cinco novelas de Chrétien. —Por desgracia, Dupin sabía lo que venía a continuación—. Y estas están sobre su escritorio desde hace dos semanas, jefe.
El comisario se esforzó por clavar la vista al frente. Había visto aquellos libros gruesos, pero ni siquiera los había hojeado.
—En todo caso —prosiguió Le Ber—, las novelas de Chrétien se tradujeron a otras lenguas, dando lugar a obras de una excelente calidad literaria, y generó también numerosas versiones populares en torno al mismo tema. Debe usted imaginar la literatura artúrica como un exuberante arriate de primavera. Con brotes por doquier, en todas las direcciones. —Le Ber estaba completamente entusiasmado—. Es una historia eterna; el tema es inagotable, se reversiona una y otra vez, nunca terminará.
—Pare aquí, a la derecha, junto a la carretera —interrumpió Nolwenn—. Aquí es perfecto.
—Y también le dejé sobre el escritorio una edición del famoso Ciclo de la Vulgata, conocido como los libros de Lanzarote y el Grial. Está considerada una de las narraciones artúricas más importantes. Muchos de los sucesos relatados tienen lugar aquí, en este bosque. Las historias sobre el joven Arturo; sobre Merlín, el mayor mago de todos los tiempos; el hada Viviana; Morgana, la hermanastra de Arturo; Lanzarote e Yvain, el Caballero del León. Hay que…
—Ya hemos llegado.
Dupin aparcó el Citroën detrás de otro coche, a apenas veinte metros de la iglesia. Apagó el motor, abrió la puerta y se apeó. Los demás hicieron lo mismo.
Se quedó quieto e inspiró profundamente.
En el interior de la Bretaña el tiempo también era de fábula. El bosque se encontraba a medio camino entre la costa norte y la sur, la bahía de Vizcaya y el canal de la Mancha, entre Vannes y Saint-Malo. Las nubes se imponían con frecuencia. Pero aquel día era distinto. Era fantástico.
Estaban a mediados de agosto, una época peculiar: verano con tintes melancólicos. El tiempo podía cambiar de repente, como dos semanas antes, cuando unas nubes enormes y tormentosas se deslizaron a toda velocidad por el cielo, llovió y se levantó un temporal que arrancó las primeras hojas de los árboles. Uno no podía dejar de sorprenderse cuando, de pronto, el ambiente volvía a cambiar por completo. La luz se tornaba más templada, más suave, de un tono dorado aterciopelado, incluso al mediodía. Se podía saber con precisión el día en que todo era distinto. Esto no significaba que el verano se hubiera acabado, por supuesto que aún quedaban días calurosos, quizá hasta finales de octubre: calor veraniego y puede que canícula, aunque tampoco ese calor era ya el mismo.
De todos modos, ese día no había ni asomo del otoño. Cuando salieron de Concarneau, pasada la una de la tarde, el termómetro marcaba veintisiete grados. El sol seguía calentando con todas sus fuerzas. El cielo era de una claridad penetrante, de un azul intenso y magnífico.
—Repasemos el plan para hoy. —Nolwenn rebosaba energía. Se habían reunido detrás del coche, junto al maletero, con las bolsas y las mochilas—. Los inspectores y yo iremos al establecimiento de Marie Line, a la Maison des Sources. —También ahí, cómo no, Nolwenn conocía a todo el mundo. Miró la hora—. Usted, señor comisario, tiene una cita ahora mismo, y cuando termine se reunirá con nosotros. —Arrugó la frente—. No creo que se alargue más de las cuatro.
Dupin tenía que encontrarse a las dos y media con Fabien Cadiou, el hombre al que debía interrogar por encargo de Odinot. Confiaba en no tardar más de hora y media.
—En casa de Marie Line compraremos mapas, libros y todo lo que necesitemos. Y también podemos comer alguna delicia dulce y sabrosa.
Nolwenn llevaba varios días hablando de la Maison des Sources, una pequeña cafetería que tenía además una librería y una galería de arte.
—Me imagino que después de la entrevista querrá usted tomarse un café. Después partiremos para hacer la visita de hoy. Primera parada: el Santo Grial. —Señaló la iglesia con la cabeza—. Luego, el Valle sin Retorno, también conocido como el Valle Peligroso o el Valle de los Falsos Amantes.
—Lo más importante en este valle —Le Ber bajó mucho la voz y se puso muy serio— no es lo que se ve, sino lo que se siente.
—¡Qué desfachatez! ¡Robarnos la playa así, sin más! —Labat arrojó al maletero el periódico que había estado leyendo por el camino. Su indignación consiguió neutralizar las apasionadas palabras de Le Ber—. Creo que deberíamos presentar una denuncia.
Nadie dijo nada. Desde hacía una semana, los periódicos bretones no hablaban de otra cosa: los corsos, que, de hecho, estaban muy bien vistos en la región, habían tenido la osadía de utilizar las fotografías de una playa bretona en un folleto comercial de Córcega pensado para mostrar la belleza única de la costa mediterránea de la isla. La indignación de los bretones era, por supuesto, mayúscula. Pero, en su interior, lo sucedido les enorgullecía. ¡El Mediterráneo usando imágenes de la Bretaña para hacer publicidad! ¡Era la constatación de que las playas bretonas eran las más mediterráneas!
Nolwenn desoyó por completo la intervención de Labat.
—Entre las siete y las siete y media iremos al hotel. Tenemos mesa reservada allí para las ocho y media.
Nolwenn y Le Ber habían discutido largo y tendido sobre la elección del hotel. Al final, habían optado por el Grée des Landes, en La Gacilly, sobre todo porque querían probar el restaurante, que tenía excelentes críticas. Como buenos franceses, y los bretones en este aspecto también lo eran, el restaurante era lo más importante. De hecho, todos los planes empezaban por ahí.
—Jefe, la casa de Fabien Cadiou no está muy lejos de la Maison des Sources. A no más de tres minutos de aquí. Iremos juntos un trecho y luego usted deberá tomar otra dirección. Allons-y!
Le Ber se puso en marcha. Iba convenientemente preparado para la ocasión. Ropa de montaña, calzado con el que podría escalar el Montblanc y mochila azul a juego. Labat, por su parte, vestía vaqueros, camiseta y una chaqueta fina de color verde militar. En el hombro, una enorme «S» de Salomon, la marca favorita del inspector. Nolwenn, como siempre, estaba magnífica.
Le Ber se volvió hacia Dupin:
—Jefe, como le dije, Fabien Cadiou es una eminencia. Es uno de los investigadores sobre Arturo más destacados del mundo.
Dupin no respondió. Habría preferido dejar a un lado que Cadiou tenía algo que ver con el rey Arturo.
—Nolwenn, ¿se acordó de pedir el menú vegano para mí? —preguntó entonces Labat.
Hacía poco que el inspector y su esposa, la profesora de artes marciales de Lorient, se habían convertido al veganismo. En principio, Dupin no tenía nada que objetar al respecto; sin embargo, lo que le exasperaba, y solía sacarle de quicio tanto a él como a los demás, era el celo excesivo que ponía en esa cuestión. Labat hacía una misión de cualquier cosa.
Le Ber, que seguía encabezando la marcha, respondió sin la menor ironía ni provocación.
—Para esta noche yo he pedido fricasé de caracoles a la mantequilla de perejil, y de segundo, carré de cordero con costra de hierbas y nueces del bosque.
Por supuesto, la carta había sido sometida a un escrutinio riguroso. Casi podían oír el suave chasquido de una boca relamiéndose.
Durante un rato reinó el silencio.
—Para mañana —prosiguió Nolwenn—, el plan del día es el siguiente: visita a la fuente de Barenton, la famosa fuente mágica; a continuación, Paimpont, de alguna manera el centro del bosque. Luego…
Le Ber se detuvo de pronto.
—Jefe, usted ahora tiene que ir por aquí —dijo señalando un sendero ancho que partía a la derecha del camino—. Son unos trescientos metros más o menos. La mansión se encuentra justo en el lindero del bosque. La Maison des Sources está ahí. —El inspector se volvió hacia las casas con un breve gesto de cabeza—. Delante de nosotros, a la derecha. No tiene pérdida.
Dupin vio un murete de piedra que le llegaba a la cintura; detrás había unas malvas espesas y un edificio antiguo de piedra de color rojizo.
—Granito rosa —murmuró el comisario sin pensar. Desde sus vacaciones en la costa del granito rosa se fijaba en los distintos tipos de piedra.
La respuesta de Le Ber no se hizo esperar.
—Si me permite que le corrija, jefe… Es pizarra. Pizarra roja. No es granito. La roca de este bosque es la pizarra, tanto la gris como la roja. También el Valle sin Retorno, en el que ya se han perdido algunos, está atravesado por franjas de pizarra roja. El elevadísimo porcentaje de hierro provoca fallos en las brújulas… y también en los sentidos. —Una afirmación casi científica—. Por cierto, ¿sabe usted por qué la pizarra es roja?
Dupin suspiró y negó con la cabeza.
—Había una vez siete hadas que vivían escondidas bajo el mar con sus tesoros —empezó Le Ber sin más—. Habían hecho el juramento de que jamás se mostrarían ante los humanos. Sin embargo, la de menor edad incumplió esa promesa y se mostró ante un joven que cabalgaba junto al mar. Las hermanas del hada decidieron matarlo para evitar ser descubiertas. Cuando se enteró de lo que habían hecho, el hada pequeña se enfadó tanto que degolló a sus seis hermanas mientras dormían, preparó una pócima mágica con su sangre y resucitó al joven. Se dice que la pizarra absorbió en siete días la sangre de las hadas asesinadas y que por eso tiene ese tono rojo.
Dupin abandonó el camino asfaltado. No estaba de humor para comentar la historia.
—Nos vemos luego.
—Lo dicho, señor comisario, a las cuatro a más tardar —exclamó Nolwenn.
—A más tardar —repitió Dupin en voz baja y aceleró el paso. La grava crujía bajo sus pies.
El camino rodeaba un arbusto alto de laurel. De pronto, la vista se despejó. Ahí estaba el famoso bosque. Extendiéndose sobre las cimas suavemente onduladas de unas colinas. Imponente, espeso, impenetrable, difícil. Y también obstinado. Se sintió envuelto en una atmósfera siniestra, no hostil pero tampoco amigable, que parecía engullir toda la luz. En cambio, los campos y los prados, un poco inclinados respecto al bosque, recibían la intensa luz del sol. La hierba era de un vivo color verde, casi cegador. Uno sentía que formaban parte del mundo ordinario, eran reales, mundanos. Algo que no podía decirse del bosque, viéndolo así.
Dupin sacudió la cabeza.
—¡Qué tontería! —dijo en voz alta. Había oído demasiadas historias acerca de aquel inmenso bosque mágico.
Era un bosque. Un simple bosque. Nada más.
Al poco rato, el comisario se encontró frente a la vieja mansión.
Pizarra roja, bloques de piedra grandes y perfectamente alineados, una altura imponente con sus tres plantas y el tejado en punta de color gris oscuro. Una estructura compacta que le confería un aspecto similar al de una torre.
Era como Le Ber había dicho: el edificio estaba justo en el lindero. Una mitad ocupaba la zona de los prados y la otra se adentraba en el bosque.
Dupin lo rodeó por la izquierda; en la parte trasera distinguió un gran patio rectangular protegido por un muro de piedra alto y descuidado. El aire era denso; olía a tierra, a madera y a humedad. De pronto, notó que la temperatura había descendido.
El muro parecía cumplir una función defensiva. Como si hubiera que asegurarse de que nada del bosque pudiera penetrar allí. Sin duda, habría todo tipo de alimañas salvajes: jabalíes, garduñas, tejones, lechuzas, nutrias y castores, que en ese bosque mágico posiblemente tendrían unas dimensiones excepcionales. Seguro que había también extrañas y enormes plantas venenosas en las que uno podía verse atrapado.
Dupin reparó en un cobertizo de madera situado en una esquina. Junto a él había aparcado un Citroën todoterreno de color oscuro con los laterales muy sucios. Los árboles crecían indómitos por encima del muro y se colaban en el patio. El sol únicamente entraba en él cuando estaba en su cénit. Solo entonces podía haber luz de verdad en esa zona de la casa.
Se encaminó hacia los amplios escalones de piedra que conducían a la puerta de entrada de madera de la mansión. Debajo del timbre, una sobria placa de latón rezaba: BLANCHE CADIOU - DR. FABIEN CADIOU. Debajo, otra placa, más grande: Brocéliande: Le Parc de l’Imagination illimitée. «Brocelianda, el Parque de la Imaginación ilimitada.»
El bosque no solo absorbía la luz, sino también el ruido del resto del mundo. El silencio era impresionante.
Dupin llamó al timbre. Al hacerlo, miró a su alrededor. A la derecha de la entrada, en la grava, vio una mesa azul rodeada por cinco sillas de acero del mismo color. Parecían nuevas. Sobre la mesa había un objeto extraño. Una vasija, tal vez, con una forma peculiar.
Volvió a llamar. Esperó. Miró el reloj. Las 14.34. Había llegado puntual. La cita era el miércoles, a las dos y media, en la casa de Fabien Cadiou.
Llamó una tercera vez. De forma más prolongada.
—¿Hola?
Levantó la vista hacia la casa. Tres ventanas por planta. Una abierta en el segundo y el tercer piso respectivamente.
—¿Señor Cadiou? Soy el comisario Dupin. —Dejó pasar un instante—. De la comisaría de Concarneau. ¡Quedamos en vernos hoy!
Sus palabras apenas habían dejado de resonar cuando oyó un ruido extraño y se volvió al momento. Había sido una especie de raspadura, un arañazo. Reparó en algo blanco que se movía a toda prisa por encima del muro, profusamente cubierto de vegetación.
Al instante siguiente había desaparecido. Como si se lo hubiera tragado la tierra.
¿Un gato, tal vez?
—¡Maldita sea! —masculló Dupin. ¿Dónde se había metido ese Cadiou?
El comisario se sintió muy cansado. Necesitaba un café. Mejor dos. Claire y él habían estado hasta las dos y media de la noche desempaquetando cajas. Muchas, muchas cajas. Su vida, la de ella. Todo embalado en cajas que habían colocado en la planta de abajo, en la sala de estar de la casa que habían alquilado en verano. Un hogar para los dos. Con una ubicación impresionante, a un tiro de piedra de la pequeña playa de la localidad, la playa Mine. Con vistas al mar y a la amplia bahía.
Durante la velada descorcharon y vaciaron dos botellas de vino blanco. Tuvieron que buscar las copas, que estaban dentro de alguna caja, y Claire iba contando una historia con cada objeto que desempaquetaba. Dupin sonrió. Cuando ya había oscurecido, salieron a nadar un momento. Era increíble, el mar estaba a veintiún grados, como si el Atlántico hubiera acumulado en su agua todo el verano. Seguramente aún podrían salir a nadar durante unas cuantas semanas, también mañana. Pero antes había docenas de cajas por desempaquetar. Dupin tenía previsto volver a casa al día siguiente por la tarde.
Dejó a un lado las ensoñaciones y volvió a rodear la casa.
—¿Señor Cadiou? ¿Hola? ¿Está usted ahí?
Una segunda entrada. Una puerta lateral, a ras de suelo, sin escalones. En el muro de enfrente había una estructura de madera para tender la ropa.
La puerta estaba entreabierta.
Dupin la abrió con gesto resuelto.
—¿Señor Cadiou?
A la derecha, una escalera daba al sótano; a la izquierda, un pasillo muy estrecho. Luego, tres escalones y una puerta que también estaba abierta.
—Soy Dupin. Hemos queda…
El teléfono de Dupin. Lo sacó del bolsillo trasero del pantalón.
—¿Sí?
—¿Dónde se ha metido usted?
La voz al otro lado sonaba incluso más descortés que la suya.
¡Maldita sea! Dupin no se había fijado en el número. Y eso era algo que siempre pagaba muy caro. ¡El prefecto! ¡Guenneugues!
—En el bosque mágico. La excursión de equipo. ¿Se acuerda?
Por supuesto, el prefecto no estaba al corriente de la pequeña acción policial de Dupin, es decir, del favor personal que le estaba haciendo a Jean Odinot. Como tampoco sabía que el comisario tuviera algo que ver con la resolución de los crímenes acaecidos ese verano en la costa de granito rosa.
—Se han producido disturbios frente a varias panaderías de Concarneau.
Dupin no respondió.
—¡La mantequilla! ¡Se trata de la mantequilla! ¡Hordas de exaltados ocupan las calles!
Había un conflicto con los precios entre mayoristas, cadenas comerciales y fabricantes. No solo en la Bretaña, sino en toda Francia. El aumento de la exportación de mantequilla francesa reportaba beneficios más suculentos para el sector que el mercado nacional. Como consecuencia, en los últimos días la mantequilla se había convertido en un bien escaso, hasta el punto de que muchas panaderías, restaurantes y pequeños supermercados habían quedado desabastecidos. Decenas de miles de hogares carecían de este producto básico y se había proclamado una «crisis de la mantequilla».
A nivel mundial, Francia era la campeona indiscutible en el consumo de mantequilla (a mucha distancia de Alemania, que ocupaba el segundo lugar). Este asunto, cómo no, afectaba especialmente a la Bretaña, donde la situación parecía haber alcanzado ya el estado de excepción. Y además se había agravado de una forma absurda gracias a la colaboración de los medios de comunicación: a principios de semana informaron de que un vecino de Vannes había puesto a la venta en internet medio kilo de mantequilla «con poca sal» por doscientos cincuenta euros. No era un caso aislado. Parecía que fuera a acabarse el mundo: ¿una baguette sin mantequilla? ¿Era el fin de las crepes? ¿Del gâteau breton? ¡Antes la muerte!
—Creo que los compañeros son perfectamente capaces de ocuparse de eso —respondió Dupin con tono tranquilo.
—Esto puede derivar en cualquier momento en una revuelta general. ¡En 1789 solo faltaba el pan!
Dupin sabía que el peligro era real, no solo producto de la histeria del prefecto.
—Estaremos de vuelta para cuando estalle la revolución, señor prefecto. Puede estar seguro.
—Pero…
—Ahora mismo nos encontramos en la iglesia del Grial. —Le pareció una buena excusa—. Debo colgar.
Y colgó. Tenía que continuar, y llegar a las cuatro a la Maison des Sources. Y tomarse un café. Además, antes quería llamar a Jean Odinot, para poner fin a ese asunto. Se sentía crispado.
—¡Señor Cadiou! —Dupin estaba de nuevo junto a la puerta. Esta vez gritó más fuerte, y sonaba impaciente—. Estoy aquí abajo.
Dicho eso, atravesó el pasillo estrecho y subió por la escalera.
—¿Hola?
Dupin entró en una estancia espaciosa, que era a la vez cocina y sala de estar. Aunque el día era soleado, allí dentro reinaba la penumbra.
Con todo, se veía con claridad. Un hombre tumbado en el suelo de piedra clara. En medio de un enorme charco de sangre.
Dupin se arrodilló al instante a su lado.
—¡Hola! ¡Oiga! ¡Señor! ¿Me oye?
No obtuvo respuesta.
Le tocó el cuello para buscarle el pulso. Nada. Su temperatura corporal era más baja de lo normal.
—¡Mierda!
Un segundo después, Dupin estaba de pie con el móvil en la mano.
—Emergencias —contestó una voz masculina.
—Al habla el comisario Dupin, de la comisaría de Concarneau. Un hombre herido por arma de fuego. En Tréhorenteuc. En la residencia de Fabien Cadiou. Al entrar en el pueblo hay que…
—Estamos en Ploërmel, conocemos la zona. ¿Cuál es la situación? ¿Funciones vitales?
—No hay pulso, ni se aprecia respiración. Temperatura corporal baja. Posiblemente muerto.
—¿Número de impactos y ubicación?
—En la zona del abdomen. —Dupin le levantó con cuidado el polo, que estaba empapado de sangre—. Dos. Dos heridas de bala.
—Vamos de camino.
—¡Dense prisa!
Dupin marcó otro número. Nolwenn, Le Ber y Labat ya estarían sentados tan tranquilos en la Maison des Sources.
—¡Qué rápido, señor comisario! Nosotros ahora…
—Hay un hombre herido de bala, Nolwenn. Es probable que se trate de Cadiou. En su casa. Lo acabo de encontrar. Creo que está muerto.
Dupin iba de un lado a otro mientras hablaba, al tiempo que observaba con atención al hombre en el suelo.
—¡No hablará en serio, señor comisario! —Por su tono de voz, no había dudado ni un instante de las palabras de Dupin.
—Acabo de llamar a Emergencias.
—¿Ha informado ya a la policía? Debería… —Vaciló antes de seguir—. Creo… —Después de otra pausa susurró—: Pero usted se encuentra en una misión no oficial. Le está haciendo un favor a su colega de París porque le ayudó en un caso en el que se supone que usted no intervino en modo alguno.
Así era.
—Ya pensaré en algo. —En esta ocasión, no necesitó ninguna pausa.
—Sí, pero ¿qué?
—Ya se me ocurrirá.
Ella parecía reflexionar.
—Entonces ¿cree usted que es Cadiou?
—Yo… Un momento.
Cadiou era investigador de todo lo relacionado con el rey Arturo, además de director de una especie de instituto de la zona. Dupin tecleó en el móvil y al instante encontró una fotografía.
—Sí, es él. Doctor Fabien Cadiou, director del Centro del Imaginario Artúrico.
—Ya vamos para allá, señor comisario. Estamos de camino.
Con estas palabras, Nolwenn puso fin a la conversación.
Dupin vio un pasillo a través de una puerta que daba a la entrada principal. Ahí debía de estar la escalera que subía a los pisos superiores.
Se dirigió hacia allí, de nuevo con el teléfono pegado a la oreja. Pasó un buen rato hasta que Jean Odinot descolgó.
—Cuenta, cuenta, ¿qué tal la conv…?
—Alguien ha disparado a Cadiou. Me lo acabo de encontrar en su casa. Creo que está muerto. La ambulancia viene de camino.
—¿Cómo? ¿Cadiou, muerto?
—Jean, ¿de qué va todo este asunto?
Había llegado al primer piso y entró en una habitación. Era un despacho. Estanterías y libros hasta el techo. A primera vista no había nada fuera de su sitio. El desorden habitual. Ninguna evidencia clara de que hubieran intervenido terceros.
—Vaya, yo, bueno… —Dupin nunca había oído a su amigo balbucear—. No tengo ni idea de lo que está pasando. Georges, nosotros…
—Antes que nada, necesitamos una buena historia para explicar qué pinto yo aquí. En unos minutos aparecerán los gendarmes y un comisario de Rennes. Seguramente Thierry Queméner. De ser así, su prefectura pasará a ocuparse del caso.
No le apetecía en absoluto nada de todo aquello, y menos aún verse obligado a dar explicaciones. Pero justo eso era lo que debía hacer. Su último caso ya había resultado bastante complicado con el comisario de Trégastel, y le costó un gran esfuerzo evitar un conflicto que, por cierto, no habría sido lo peor que le podría haber ocurrido, sino que hubiese derivado en una queja ante asuntos internos y, en el peor de los casos, en un juicio.
—Ya me ocupo yo de esto, Georges. —Odinot había recuperado la serenidad.
—¿Y eso qué significa?
Tampoco la segunda habitación, un espacioso dormitorio con cama de matrimonio, presentaba a primera vista nada extraño.
Dupin ya estaba en la escalera que llevaba a la segunda planta.
—Déjalo todo en mis manos.
Otro despacho. Tres escritorios, uno ante la puerta y los otros dos contra las paredes derecha e izquierda. Todo escrupulosamente ordenado. Otro dormitorio y otro cuarto de baño. La misma disposición de habitaciones que en la primera planta.
—Georges, ¿volviste a hablar con Cadiou por teléfono?
—¿Después nuestra llamada de ayer? No. Solo he hablado con él una vez, la semana pasada. ¿Y tú?
—No. ¿Has visto algo sospechoso en la casa?
—Estoy echando un vistazo. No.
Había llegado al tercer piso. Ahí todo era distinto. Toda la planta era una única sala. Dos sofás. Alfombras de vivos colores colgando de las paredes de piedra desnudas. Una cómoda antigua. Aunque resultaba muy acogedor, no daba la impresión de que nadie hubiera estado ahí últimamente. Había capas de polvo por todas partes, incluso en el suelo de grandes listones de madera.
—Esto no pinta bien. —Una de las frases típicas de Jean—. Ahora Odette Laurent volverá a solicitar la exhumación de su marido. Y el juez va a tener que concedérsela.
Dupin ya estaba bajando la escalera.
En las dos escuetas conversaciones telefónicas que habían mantenido, Jean había esbozado de manera muy vaga el asunto que había que tratar en la entrevista con Cadiou.
A principios de verano, el historiador parisino Gustave Laurent falleció mientras disfrutaba de una estancia de investigación en Inglaterra. Un ataque al corazón. Por desgracia, Laurent no era otro que el hermano del ministro del Interior. Y, lo que era peor, el marido de una mujer que mostraba una desconfianza enfermiza. Una mujer que, además, era muy expeditiva y que, pese a no haber ningún indicio que apuntara en otro sentido que no fuera el del ataque al corazón, no creía que su marido hubiese fallecido de muerte natural.
Laurent padecía hipertensión desde hacía bastante tiempo y el médico que lo trataba no se mostró demasiado sorprendido al enterarse de su fallecimiento. Con todo, la viuda apremió a su cuñado, que urgió al jefe de la policía y este, a su vez, a Jean Odinot. Gustave Laurent no viajaba solo; lo acompañaba un grupo de investigadores del cual Cadiou formaba parte. Al menos, por un tiempo. Este, al parecer, tenía amistad con el fallecido. Como era natural, la policía local habló en su momento con todo el mundo. Sin embargo, la investigación no había sido exhaustiva, que era lo que la viuda exigía. Se había creado cierta presión. Así las cosas, Jean, y por lo tanto Dupin, tenía la orden de volver a interrogar a Cadiou. En su momento estaba de viaje, por lo que al principio no fue posible organizar un encuentro. Nadie, excepto la viuda de Laurent, tenía prisa en aquel asunto.
—Cuéntame otra vez todo lo que sepas. ¡Todo! ¿Me oyes? Yo voy a… —Dupin se interrumpió. ¿Qué estaba diciendo?—. ¡Mira, déjalo! ¡Olvídalo, Jean! ¡Yo no llevo esta investigación! Me quedaré al margen antes incluso de que empiece. ¿Entendido?
Lo decía de corazón.
—Te llamo en un minuto, Georges.
Dupin quiso añadir algo, pero Jean ya había colgado.
El comisario regresó a la planta baja. Poco después se encontraba de nuevo junto a Cadiou.
—¡Mierda!
Con un gesto enérgico, se pasó la mano por el pelo.
La actividad era frenética.
Nolwenn, Le Ber y Labat fueron los primeros en presentarse; poco después llegaron la ambulancia, los gendarmes de Ploërmel y los de Paimpont. El forense y el equipo de la policía científica aparecerían en cualquier momento, pues venían de Rennes, igual que Thierry Queméner, el comisario responsable del caso. Dupin lo conocía, aunque de forma superficial. Era una persona de trato agradable. Un tipo bonachón, muy entrado en carnes, al que le faltaba muy poco para jubilarse. Habría podido ser mucho peor. Con todo, su carácter conciliador tenía sus límites. Aquel era su territorio.
—Muerto. Y no precisamente de hace unos minutos. —Ese fue el diagnóstico del joven enfermero, que se negó a aventurar la hora exacta de la muerte—. Es evidente que aquí ya no nos necesitan.
Tras aquel comentario, él y sus compañeros se marcharon.
Dupin masculló algo a los gendarmes sobre una «excursión de equipo» y una «extraña casualidad». En ese momento, ellos tenían otras preocupaciones y no le hicieron más preguntas.
El jefe de los gendarmes de Paimpont, el coronel Aballain, llevaba la voz cantante. Había distribuido a los agentes y les había asignado las primeras tareas. Por ejemplo, en ese momento la mayoría estaban examinando el patio y el camino de grava que conducía a la casa en busca de pisadas o huellas de neumáticos. Los agentes habían sido lo bastante cuidadosos como para aparcar en la calle; solo la ambulancia había entrado en el patio.
Le Ber y Labat se habían ofrecido a ayudar, lo que no le pareció bien a Dupin, pero prefirió no inmiscuirse.
El coronel Roland Aballain había logrado contactar con la esposa de Cadiou; el peor momento para cualquier policía. Ella estaba en Paimpont. Dos gendarmes iban de camino para recogerla.
Nolwenn y Dupin habían salido al patio y estaban algo apartados del resto.
—Señor comisario, como no se nos ocurre ninguna excusa convincente, creo que, en esta situación, lo mejor es decir la verdad. Al menos, en parte. —Una postura bastante peculiar, pensó Dupin—. Usted no diga nada acerca de su investigación en Trégastel, pero cuente que su amigo de París, el inspector general Jean Odinot, le había pedido el favor de que interrogara en su nombre a Fabien Cadiou. ¡Qué mala suerte! —De pronto, Nolwenn adoptó un tono de cierto reproche—. ¡Allá donde va usted tiene que aparecer algún cadáver!
—Creo que…
Dupin se interrumpió.
Thierry Queméner acababa de doblar la esquina de la casa y se acercaba a ellos.
El comisario le salió al encuentro; no tenía nada de malo mostrar una actitud amigable. Y luego marcharse cuanto antes. Seguiría el consejo de Nolwenn. Por lo general, era siempre lo mejor. Tal vez así, de algún modo, lograra salir bien parado de ese asunto.
—Comisario Queméner. —Dupin le tendió la mano con un gesto jovial para saludarle—. Yo…
Le sonó el teléfono. Miró el número. Jean Odinot.
No era muy oportuno atender esa llamada, pero tenía que hacerlo. Tal vez Jean le diera instrucciones sobre qué decirle al comisario de Rennes.
—Un momento, por favor, comisario Queméner.
Dupin se hizo a un lado sin llegar a estrechar la mano de su interlocutor y se marchó a toda prisa hacia el muro, en dirección al bosque. A sus espaldas oyó cómo Nolwenn salvaba la situación:
—Comisario Queméner, ¿cómo está usted? ¿Y su esposa? Yo…
—¿Sí? —Dupin contestó en voz baja.
—Acabo de hablar con mi jefe y él, con el mismísimo ministro del Interior. Vas a llevar el caso. De forma oficial. A petición de la policía de París y de la Policía Nacional. Como una sección especial nuestra.
—¿Qué?
—Que estás al frente de la investigación. Como investigador especial. Y para este asunto tienes a tu disposición a todas las prefecturas y comisarías de la región.
Resultaba difícil asombrar a Dupin, pero en ese momento Odinot lo había logrado.
—¿Cómo dices?
—Lo que has oído. El caso es tuyo.
—¡Pero yo no lo quiero!
Era la verdad. No lo quería.
—Georges, tiene toda la pinta de ser una historia muy… interesante. ¿No te parece? Además, así volveremos a trabajar juntos. Y de forma oficial. Como en los viejos tiempos. ¡Eso es algo!
Dupin era incapaz de articular palabra. Jean, al parecer, se permitía bromear con aquello. Pero no tenía ninguna gracia.
Un teléfono sonó a unos metros de él.
—¿Sigues ahí, Georges?
—Bromeas, ¿verdad?
—No, no bromeo. Estás en el baile, y vas a tener que bailar. Es tu caso. Y yo, tu coordinador en París.
—Yo… —Se interrumpió—. Yo…
—Luego hablamos, Georges. Tengo una llamada.
La conversación había terminado.
Dupin se quedó inmóvil durante un instante antes de reaccionar. Miró a Nolwenn, que seguía junto al comisario Queméner y le dirigía una mirada interrogante, tal vez también recriminadora. Queméner hablaba por teléfono.
Cuando colgó, asomó en su rostro una especie de sonrisa. Se acercó a Dupin seguido por Nolwenn.
—Discúlpeme, comisario Queméner. Era una llamada… muy importante. Tenía que responder. Verá…
—Mi prefecto me acaba de informar de que a partir de ahora usted es el responsable. A mí me viene de perlas. Mañana mi cuñada celebra su setenta y cinco cumpleaños. En Niza. —Por la expresión de su rostro, parecía muy contento de eso—. A mi mujer le preocupaba que no pudiera ir. Por lo del cadáver.
Era como en una obra de teatro absurda. Allí todo lo era.
—Pero ahora todo encaja a las mil maravillas. Mi querido colega, el caso es suyo.
El comisario de Rennes no se esforzó ni siquiera en disimular su satisfacción.
Dupin intentó protestar, pero Queméner se le adelantó.
—La verdad es que estoy muy contento de no tener nada que ver con todo esto. Una persona conocida, de prestigio, muerta por varios disparos… Y además en Tréhorenteuc. —Se dispuso a marcharse—. Bien, así pues, yo me voy. ¡Mucha suerte!
Nolwenn volvió a mirar a su jefe, sin hablar.
—Pero, oiga, yo le necesito —dijo Dupin—. Quiero decir, necesito a alguien que conozca la zona. Alguien del lugar. Que conozca a la gente. —Cada frase sonaba más patética que la anterior—. Alguien que tenga alguna idea de lo que podría estar ocurriendo.
—Seguro que tiene que ver con el Santo Grial. —Queméner pretendía hacerse el gracioso, pero la expresión de su rostro era muy seria—. Como ya sabrá, en el caso del Grial es más importante la búsqueda que el objeto en sí. Así pues —hizo ademán de seguir su camino—, ahora usted es un caballero del Grial. ¡Ah, sí! Antes de que se me olvide: por desgracia, el forense va a retrasarse. Confíe en el coronel Aballain. Es de la zona —añadió con un tono de voz aprobatorio—, y un excelente policía, ya verá. ¡Ah! Una cosa más: mi jefe dice que tiene usted a su disposición a todas las unidades locales.
—¿Forense, especialistas, informática?
Dupin formuló la pregunta de forma mecánica.
—Así es. Todo lo de Rennes. En cualquier caso, usted se ha traído consigo a su equipo.
Le habría gustado objetar algo, pero desistió.
El comisario de Rennes se alejó a paso rápido.
De nuevo tuvo que contenerse, aunque esta vez le resultó más difícil.
—¡Es de locos! Esto es una…
—¿Nuestro caso? ¿Por qué este caso es nuestro? —le interrumpió Nolwenn con el ceño fruncido—. ¿Qué ha querido decir con eso?
—Por recomendación de Odinot, el ministro del Interior y el jefe de la policía de París me han encargado el caso. —Hizo una pausa, exasperado—. Soy un investigador especial de la policía de París.
—Yo… —Nolwenn no terminó la frase. Un vehículo oscuro se acercaba a toda velocidad. Dos agentes se apartaron de un salto. El elegante Volvo frenó bruscamente cerca de la entrada de la residencia, haciendo un ruido infernal sobre la grava.
La puerta del conductor se abrió y una mujer vestida con un traje chaqueta de color gris oscuro saltó del coche y se dirigió decidida hacia la puerta de la entrada.
Dupin le salió al encuentro.
—¿Señora Cadiou?
Era como si la mujer advirtiera su presencia en ese instante. Tenía la mirada extraviada. Un momento después había desaparecido en el interior de la casa sin decir palabra.
Cuando Dupin entró en la estancia, Blanche Cadiou estaba arrodillada junto al cadáver de su marido. Tenía los ojos fijos en su rostro, con una expresión rígida, carente de todo sentimiento.
Dupin se quedó de pie bajo el marco de la puerta.
La policía científica aún no había llegado, y se alegró de poder estar a solas con ella.
Blanche Cadiou estaba petrificada.
Pasaron dos o tres minutos.
—Me encargaré de… atrapar al asesino.
Dupin apenas oyó esas palabras. Más que pronunciarlas, Blanche Cadiou las había siseado; en un tono cortante, tenso, frío.
Se levantó muy despacio.
Dupin se acercó a ella con cuidado. Entonces reparó en las lágrimas que le recorrían las mejillas. Advirtió dolor y espanto, pero también una especie de rabia implacable.
—Soy el comisario Georges Dupin. —Se quedó a un lado, hizo una pausa y continuó con voz calmada—. ¿Hay algo que podamos hacer por usted? ¿Quiere que haga venir a un médico, señora Cadiou?
—No.
Una respuesta rápida, decidida. Sin volverse hacia Dupin. Con la vista clavada en su marido. Parecía haberse recuperado por completo.
—¿Se sabe ya alguna cosa, comisario? —preguntó tras una nueva pausa.
Sus palabras carecían de entonación alguna, sonaron de un modo casi fantasmal.
—Nada en absoluto. ¿Y usted, señora Cadiou? ¿Tiene alguna idea de lo que puede haber ocurrido?
Volvió la vista hacia Dupin por primera vez y lo miró fijamente.
—¿Dirige usted la investigación?
¿Qué contestar a eso? En aquel momento, todo apuntaba a que así era. Y aunque pretendía cambiar eso, y desde luego haría todo lo posible, ese no era el momento apropiado para decirlo.
De modo que se esforzó en adoptar un tono decidido.
—Así es. —Ella asintió sin decir nada y él siguió hablando—. Entiendo que es una situación muy difícil, pero ¿se le ocurre algo acerca de este terrible suceso? ¿Sobre quién podría haberlo cometido y por qué?
—No. —Apenas una sacudida de cabeza.
—¿Ha notado últimamente algo poco habitual en su marido? ¿En los últimos días? ¿En su conducta? ¿En su ánimo?
—Estaba como siempre. —Se apartó el pelo castaño de la frente.
—¿Ha habido alguna disputa? ¿Conflictos? Con quien fuera.
De nuevo esa mínima negación de cabeza con expresión ausente. Había vuelto a clavar la mirada en su marido. Estaba en estado de shock.
A pesar de todo, Dupin tenía presente que en la investigación de un crimen había un principio que no debía pasarse por alto: cualquiera, sin excepción, podía haberlo cometido.
—Al inicio de una investigación tenemos que prestar atención a cualquier indicio, señora Cadiou. Cualquier nimiedad que se le ocurra puede ser importante, por poco relevante que le parezca ahora.
—Todo era normal. Él estaba como siempre.
—Su marido conocía a Gustave Laurent. A principios de verano él…
—¡Jefe! —Le Ber entró en la estancia con semblante desencajado; tenía que haber pasado alguna cosa. Conocía esa expresión—. ¡Jefe! —El inspector