AGRADECIMIENTOS
Este libro es en sí mismo un reconocimiento: en primer lugar al talento de mi padre y a continuación al afecto que sentía por la gente a quien escribió. Por último, esta colección de cartas reconoce el amor que ellos, a su vez, sentían por él. No guardaba copias y animaba a la gente a tirar sus cartas. De no haber sido por la clarividencia de sus corresponsales no se habría salvado ninguna y no habría sido posible ni este libro ni ningún otro.
En primer lugar quiero dar las gracias a William Maxwell. Los dos hablamos largo y tendido de mi padre, lo cual contribuyó sustancialmente a mi conocimiento del hombre a quien conocía tan bien. Ha sido mi amigo y mi padre confesor. Y cuando todo estuvo dicho y hecho, releyó el manuscrito y me hizo sugerencias tan brillantes como delicadas.
Tanya Litvinov me proporcionó un fajo de cartas muy valiosas. Muchas llevaban perdidas bastante tiempo, y ella las encontró y me envió copias. También me escribió cartas amables y profundas sobre mi padre. Su apoyo y su buena voluntad significaron más para mí de lo que puedo decir.
Josephine Herbst murió antes de que yo iniciara este proyecto, aunque no creo que la gente como Josie muera nunca y a menudo tengo la sensación de que continúa a mi lado.
Cuando empecé a trabajar en este libro apenas conocía a Eleanor Clark, pero ella también resultó de gran ayuda. Sus recuerdos de la juventud de mi padre fueron tan útiles como las cartas que me proporcionó.
Ned Rorem se esforzó en arrojar luz sobre el enigma de la compleja naturaleza sexual de mi padre. Me contó, entre otras cosas, que en él el orgasmo siempre iba acompañado de una visión de flores o de la luz del sol.
John Updike fue un buen y leal amigo de mi padre. Las notas que me envió y las cartas que intercambió con mi padre parecen demostrar que, incluso en la situación más competitiva, la amistad entre dos buenas personas no solo puede sobrevivir sino triunfar.
Saul Bellow también ha sido generoso con sus cartas y su apoyo. Su amistad fue de gran importancia para mi padre a lo largo de su vida.
También debo dar gracias a su hijo, Adam Bellow. Los largos paseos que dimos juntos me enseñaron mucho sobre lo que significa ser hijo de un escritor famoso, y también sobre lo que no significa.
Philip Schultz no tenía muchas cartas, pero sabe escuchar y si hubiese sido mi psiquiatra en lugar de mi amigo, ahora sería rico.
Raymond Bonner me proporcionó consejos brillantes y fiables. Cuando corríamos juntos por la tarde me repitió una y otra vez que escribir un libro es exactamente igual que correr una maratón, «salvo que cada vez que vas a cruzar la línea de meta, la cambian de sitio».
Como este libro trata de mi padre, la línea entre el trabajo y la vida resulta a menudo arbitraria, y eso es particularmente cierto en lo que se refiere a la familia. Han sido los estrechos hombros de mi mujer Janet los que han soportado con más frecuencia el peso de mis dudas y mi inseguridad. Dar gracias a la mujer cuando acabas un libro por haber soportado tu malhumor parece un tópico, pero no lo es cuando ocurre en tu propia cocina y estás apoyado en el fregadero y te oyes gritar. Entonces parece la primera pelea en el mundo entre el primer hombre y la primera mujer. Janet ha conocido esta obra en todas sus fases, pero hasta que lea estas líneas no sabrá que en uno de mis ataques de cólera rompí la pata de la vieja mecedora de madera. Luego, presa del remordimiento, la arreglé con cola y la silla continúa en pie, igual que nuestro matrimonio.
La primera que me animó a recopilar estas cartas fue mi hermana Susan, y todavía no estoy seguro de si debería estarle agradecido. Pero desde entonces siempre me ha prestado su apoyo. Hay partes de este libro que deben de ser dolorosas para mi madre, que aun así ha compartido mi compromiso con la verdad y le estoy extremadamente agradecido por su valentía. Mi hermano Fred también ha sido generoso y entusiasta.
John Weaver casi se ha convertido en un miembro de la familia. Ha participado en el proyecto desde el principio. Su enorme y secreta cantidad de cartas ha sido un motivo de alegría y su apoyo no ha vacilado jamás. Toda su vida personal y profesional me parece un ejemplo deslumbrante de lealtad y generosidad.
Elizabeth Logan Collins me proporcionó numerosa información y un sobre lleno de cartas. También se las ingenia para que mi madre y yo la acompañemos al Museo Metropolitano de Arte al menos una vez al año.
Joe Hotchkiss, Michael Bessie y Arthur Spear han sido amables y accesibles. Los tres me ha proporcionado información y al menos me han invitado a comer una vez cada uno. Cuando fui a ver a Hope Lange llevé mi propia comida, pero creo que me habría dado de comer si la hubiese dejado, y sus recuerdos de mi padre eran tan vívidos como profundos. Frederick Exley también acompañó su paquete de cartas de una nota dirigida a mí, que prolongó después con conversaciones telefónicas.
Gracias también a Peter Canning y a Jeremy Dole por sus ánimos y a Martin Garbus por sus consejos legales.
Jane Cheever Carr no pudo proporcionarme material nuevo, pero creo que hizo varios viajes en balde al desván y le estoy agradecido. Ahora sé lo difícil que puede ser hurgar en el desván.
Conocí a Andrew Wylie hace unos años. A pesar de su cuidada reputación de hombre duro, siempre me ha parecido un amigo bueno y amable. En este y en otros proyectos su entusiasmo y su apoyo han resultado ser un gran consuelo.
Allen H. Peacock ha sido mi editor en Simon and Schuster y un caballero en este mundo tan poco caballeroso. Creo que sabía lo doloroso que sería para mí este proyecto y me ha protegido escrupulosamente de cualquier infierno que no hubiera creado yo mismo. También ha sido un placer trabajar con Sophie Sorkin, la correctora de Simon and Schuster.
Quiero dar gracias a la Yaddo Corporation y a la American Academy and Institute of Arts and Letters. También he contado con la ayuda del personal de la Biblioteca Beinecke de Libros Raros y Manuscritos de la Universidad de Yale y de Robert Rosenthal, el conservador de las Colecciones Especiales de la Biblioteca de la Universidad de Chicago. Gracias también a John Legget, el director del Programa de Escritura Creativa de la Universidad de Iowa, y a Elizabeth A. Falsey de la Biblioteca Houghton de la Universidad de Harvard. La Biblioteca de la Universidad de Delaware me proporcionó material, al igual que la Biblioteca Newberry de Chicago y la Biblioteca de la Universidad de Brandeis.
He recibido inmerecidamente el enorme afecto que todavía inspira mi padre. Todas las cartas de este libro parecen dar fe de dicho afecto. Entre quienes me escribieron y me enviaron copias de las cartas se cuentan Stephen Becker, Peter y Ebbie Blume, Mimi y Philip Boyer, Frances Lindley, Bev Chaney Jr., Malcolm Cowley, John y Mary Dirks, Don y Katrina Ettlinger, Christopher Lehmann-Haupt, Natalie Robins y Philip Roth. Helen Puner, Esse Lee y Allan Gurganus también me proporcionaron cartas. Tom Glazer me dio una carta y me invitó a comer. Candida Donadio y yo tuvimos un encuentro del que disfruté enormemente. No me dio ninguna carta, pero me leyó la buenaventura. Robert Cowley y yo hemos comido juntos más o menos una vez cada seis meses, pero creo que ha sido más por amistad que con ánimo de investigar. En todos los casos ha sido muy difícil separar mis deseos de conseguir información del enorme placer de disfrutar de la compañía de los viejos amigos de mi padre.
Si la inmortalidad puede hallarse en los recuerdos de las personas a las que queremos, mi padre sigue tan vivo hoy como cuando llegó chillando a este mundo el 27 de mayo de 1912.
BENJAMIN CHEEVER
A J.M.C., madre e hijo
EL HOMBRE A QUIEN CREÍA CONOCER
Cuando mi padre dejó de respirar, intenté volver a hacer funcionar sus pulmones insuflándole aire por la boca. Luego le abracé. Mi madre y mi hermana se unieron al abrazo. Las oí llorar y luego oí mi propio llanto.
Estábamos de pie junto a la cama cuando llegó el empleado de la funeraria. Los tres teníamos la cara empapada de lágrimas.
Mi padre estaba desnudo excepto por una escayola blanca en la pierna. Se había caído a principios de esa semana. Su piel estaba pálida y luminosa, como si fuese de pergamino, y recuerdo que pensé que daba la impresión de que aún pudiera durar mucho tiempo.
El de la funeraria llevaba una camilla plegable con ruedas y una bolsa de color verde para cadáveres. Era un hombre fuerte con un traje oscuro de raya diplomática, que llevaba exactamente igual que un albañil su mono de trabajo. La formalidad de su atuendo no traslucía ningún respeto. En primer lugar, montó su artilugio, luego nos pidió que saliéramos de la habitación. Nos negamos. «No creo que quieran ver esto —dijo—. Lleva un catéter.» Respondimos que ya lo sabíamos y que se lo habíamos puesto nosotros. El empleado de la funeraria se encogió de hombros y se puso manos a la obra. Jadeaba al moverse. Manejó el cadáver como si fuese un saco de patatas de un metro setenta. Lo subió a la camilla y cerró la cremallera de la mortaja de plástico verde.
Luego empujó la camilla y empezó a dar tirones y sacudidas para bajarla por las escaleras hasta la acera.
—¿Quiere que le ayude? —pregunté.
—No —respondió, mientras tiraba de la camilla para bajar otro tramo de escaleras.
Le seguí hasta la calle.
—Será mejor que le trate usted bien o le morderá —dije.
—No se preocupe —replicó—. Yo me encargué de Rockefeller.
—Sí —respondí—, pero Rockefeller estaba muerto.
Todavía me resulta difícil entender que mi padre ha muerto. Llevo escribiendo desde aquella tarde por dos motivos aparentemente contradictorios. El primero aceptar su muerte; el segundo, derrotarla.
Mi padre murió cerca de las 4 PM. en el dormitorio principal de su casa de Ossining, en Nueva York. El 18 de junio de 1982. Desde entonces he descubierto muchos métodos moderadamente exitosos de resucitarlo, de hacer que esté próximo y real. Llevo su reloj, releo sus libros, hablo con sus amigos. Leo sus cartas.
Él siempre me pidió que me deshiciera de ellas. «Guardar una carta es como intentar conservar un beso», decía. Yo era un hijo obediente, pero no le hice caso. Atesoré su correspondencia, y otras muchas personas hicieron lo propio. Y la razón de que estas cartas sean tan impactantes, la razón de que lo traigan a la memoria de una manera tan vívida, es que quien las escribió pensaba sinceramente que se desharían de ellas.
Mi padre era extremada, casi compulsivamente franco con sus hijos. Siempre supe cuando había bebido demasiada ginebra, cuando se avergonzaba de sí mismo, cuando cometía adulterio. Incluso el color de la barra de labios que usaba ella. A menudo oí más de lo que quería oír. Aun así muchas cosas que descubrí en sus cartas me impresionaron.
La revelación más difícil para mí, como hijo suyo, fue hasta qué punto mi padre era homosexual. Me resulta imposible ser objetivo, o separar sus miedos de los míos, pero sin duda era algo que le angustiaba. En uno de los papeles encontrados en su mesa tras su muerte había escrito: «“Te da miedo patinar sobre hielo transparente, ¿verdad? —dijo mi hija—. Me he dado cuenta de que a Ben y a ti os da miedo patinar donde se ve el fondo.” Me temo que es cierto. Pasé años atemorizado por la posibilidad de ser homosexual. No se me ocurre un motivo de temor más justificado. Tenía instintos homosexuales y los únicos homosexuales a los que conocía no se correspondían con lo que yo esperaba llegar a ser…». Ese fue uno de los modos en que parece no haber logrado estar a la altura de su propia exigencia.
Me sorprendió que a veces fuese capaz de la más fría hipocresía. Sabía que escribía relatos y que podía modificarlos a voluntad, pero siempre pensé que lo hacía por el bien del propio relato, y para aumentar el placer que le proporcionaba. Sigo pensando que así era en la mayor parte de los casos, pero también hay ejemplos en los que se le ve adulando a un escritor y luego despellejándolo en una carta dirigida a un colega de ambos.
Pero esas quejas, y las habituales lamentaciones del hijo de un alcohólico, no son el objeto de este libro. Estas cartas las escribió un hombre extraordinario, y lo extraordinario de mi padre no fueron su crueldad ni sus defectos, sino su alegría y su talento para transmitir dicha alegría a quienes le rodeaban.
El optimismo se identifica a menudo con el simplismo, con la incapacidad de ver el lado oscuro de las cosas o de reconocer sus tentaciones. No era el caso de mi padre. Después de que le trataran un tanto pomposamente en un artículo de portada de la revista Time titulado «Ovidio en Ossining», la novelista Josephine Herbst le escribió para decirle que la celebración de la vida que tanto cacareaba el artículo de Time no surgía de la nada, sino de un profundo pesimismo. Cuanto más sé de él, más creo que estaba en lo cierto.
En ese mismo artículo de Time, publicado el 27 de marzo de 1964, mi padre dijo: «Casi no conozco placer mayor que el de hilvanar una serie de acontecimientos dispares en un relato de ficción, de manera que se relacionen entre sí y confirmen la intuición de que la vida es, en sí misma, un proceso creativo, en el que una cosa se coloca intencionadamente detrás de la otra, en el que lo que se pierde en un encuentro se recupera en el siguiente, y de que poseemos cierta capacidad de dar sentido a lo que sucede».
El intento de hacer de la vida una galaxia interconectada que tuviera sentido moral no se interrumpía cuando dejaba la máquina de escribir. Todo lo que veía y tocaba estaba vivo y tenía un significado, una carga positiva o negativa. A menudo jugábamos a escoger un desconocido por la calle e imaginar el resto de su vida, el empapelado plateado de su cuarto de baño, las magdalenas quemadas que le gustaba desayunar o su alergia mortal a la yema de huevo.
Cuando yo vivía todavía en casa, él me esperaba de noche en un sillón amarillo que había al lado de la chimenea en el comedor. Normalmente tenía un vaso de ginebra en la mesa y un cigarrillo en la mano. Quería hablar. A veces quería escuchar mis preocupaciones, otras prefería hablar de las suyas. Me decía que yo debía de desear tener un padre que no bebiera tanto, y yo siempre respondía que no. Supongo que eso me convierte en lo que Alcohólicos Anónimos llamaría un «facilitador», alguien que favorece que el alcohólico pueda destruirse a sí mismo. Tal vez sea así, pero entonces pensaba, y lo sigo pensando, que a la gente a quien uno quiere hay que aceptarla tal como es. Las peores cualidades a menudo van unidas a las mejores.
Cuando terminábamos de hablar, recogíamos los cojines de los sillones y los sofás para que los perros no durmieran encima y nos íbamos a la cama. Sus posteriores problemas con el alcohol han teñido mis recuerdos sobre su manera de beber, y no hay duda de que nuestra relación tuvo sus altibajos. Le gustaba decir que solo recordaba haberse peleado una vez conmigo, pero su memoria era mucho más selectiva que la mía. A menudo he pensado en él con amargura, pero, pese a que no soy bebedor, el aroma de la ginebra y el tabaco siguen pareciéndome una combinación deliciosa.
Mi padre era un hombre de contradicciones enormes y fundamentales. Era un adúltero que escribía con elocuencia a favor de la monogamia. Un bisexual que detestaba cualquier indicio de ambigüedad sexual. De niño, yo ignoraba lo que significaba la palabra «homofóbico», pero sabía lo que significaba «maricón» y la oía con frecuencia. Mi padre dijo una vez que su epitafio debería decir: «Aquí yace John Cheever / jamás decepcionó a una mujer / ni le dieron por el culo». Hoy suena como un clásico ejemplo de negación. Da la impresión de que todo el mundo debía saber que John Cheever era bisexual, pero yo ni siquiera lo sospeché hasta que rondó los sesenta. Algunos de sus amigos y vecinos lo niegan aún hoy. Y no obstante el suyo no era un caso más de homosexual que no ha salido del armario. Mi impresión es que el engaño constituía una parte esencial de su carácter. Además, sus impulsos homosexuales nunca eclipsaron los heterosexuales. Cerca ya de los setenta, cuando estaba escribiendo perversas y obscenas cartas de amor a más de un jovencito, seguía levantándose a las siete de la mañana para prepararle una bandeja a mi madre. En ella colocaba una magdalena inglesa, un huevo, un zumo de naranja recién exprimido y un jarrón con una rosa. Se lo llevaba a la cama, y luego intentaba acostarse con ella.
No obstante, era muy consciente de sus contradicciones y de las explicaciones sencillas y absurdamente inadecuadas que llegaba a inventar para justificarlas. En una carta dirigida en 1966 a su amigo el escritor John Weaver escribió: «Fui a un psiquiatra llamado Hayes que aseguró que yo había desarrollado una vena trágica de amabilidad para ocultar mi sentido básico de alienación y hostilidad, y hace una hora estaba pensando en ello cuando sonó el teléfono y era la revista Esquire diciendo que iban a hacer un desplegable de Janet Landgard y que Janet había preguntado si el querido señor Siffers (una mala pronunciación muy habitual del apellido Cheever) tendría la bondad de escribir los pies de página, porque no quería que los escribiera ningún otro, les he dicho que escribiría los pies de foto y así estamos». Janet Landgard era una actriz a quien había conocido en el rodaje de El nadador, y en otra carta a Weaver la había descrito como «ese increíble bombón de dieciocho años. Tiene el cabello de color miel, enormes ojos de color azul pálido, los dientes ligeramente torcidos y unas piernas preciosas».
A pesar de, o tal vez debido a, esas contradicciones John Cheever tuvo éxito, no solo como escritor de ficción, sino como padre, marido, amigo y amante. Y era muy divertido. He aquí por ejemplo, un par de fragmentos de dos cartas escritas en 1965 a Frederick Exley, autor de A Fan’s Notes (1968). Mi padre había cenado hacía poco en la Casa Blanca:
… La otra noche llegué tarde, abrí la nevera, mordí un trozo de carne fría, y me tragué una prótesis dental con la base de plástico y dos ganchos afilados. Ni el médico ni el dentista (un chico de Watertown) tienen consulta hasta mañana, pero ya es casi mediodía y no parezco más angustiado de lo habitual un lunes nublado. No paro de repetirme que soy rico, que me aman muchas mujeres apasionadas y excepcionalmente hermosas, que soy dueño de una casa del siglo XVIII, y de una camada de fieles perros labrador, que soy padre de tres hijos guapos y brillantes y un invitado habitual de la Casa Blanca. ¿Cómo iban unos dientes postizos a acabar con semejante dechado de virtudes?
Y una semana más tarde:
Querido señor Exley:
Al final quien lo pasó peor fue el dentista nacido en Watertown. Después de acicalarme y ponerme un babero me preguntó qué parte del puente me había tragado. Cuando le respondí que me lo había tragado entero se puso pálido. Le dije alegremente que pensaba que ya lo había expulsado. Él respondió con voz áspera que no podía haberlo expulsado sin ayuda médica. «No —añadió—, con esos ganchos.» Yo estaba deseando que se callara, pero parece estar equivocado. Es cierto que últimamente cuando me tiro pedos parezco un silbato de la policía, pero apenas me duele y resulta muy práctico cuando tengo que llamar un taxi.
Recuerdo la noche en que mi padre creyó haberse tragado los dientes postizos. Habíamos estado bañándonos en la piscina de los vecinos, y cuando se dio cuenta volvimos con una linterna, que él sostuvo mientras yo buceaba en busca del puente. No lo encontramos. La prótesis apareció finalmente en el filtro de la piscina, me parece recordar que el jardinero estaba buscando un anillo de diamantes extraviado por otro bañista más próspero. En cualquier caso, no se produjo ningún cambio significativo en el tono ni el volumen de los pedos de mi padre. Lo subrayo porque es importante saber desde el principio que el interés de mi padre por contar una buena historia era mayor que su interés por lo que podríamos considerar los hechos. Se refirió a ello en un carta que envió a John Updike en 1980, cuando estaba escribiendo ¡Oh, esto parece el paraíso! (Knopf, 1982): «Estoy trabajando en una novela, pero me parece muy difícil decirlo. No sé si tú tienes esa misma dificultad. Al final de la tarde la gente a veces pregunta: “¿Sigues escribiendo?”. “Oh, sí”, respondo. “Estoy escribiendo la biografía definitiva de Booth Tarkington”. Funciona, pero no es cierto».
Lo que funcionaba a menudo no era cierto. No obstante, esas distorsiones con frecuencia son entretenidas, y a veces reveladoras. En este libro, he incluido fragmentos de sus diarios y su ficción, para que pueda verse la vida —a veces el mismo incidente— reflejada de forma diferente a través del prisma de su prosa.
Esta no será una recopilación de cartas en el sentido convencional, sino más bien, o eso espero, un retrato del hombre tal y como se revela en su correspondencia. No hubo ningún episodio significativo de la vida de mi padre que pasara por alto en sus cartas. Escribió entre diez y treinta a la semana, y las escribió en todo tipo de circunstancias. Se las escribió a su mujer y a sus hijos, a sus amantes, a sus editores, y a los hombres con quienes tenía relaciones sexuales. Las escribió cuando estaba en casa y apenas sucedía nada, pero también desde Roma, desde camas de hospital y celdas para borrachos. Escribió desde campamentos del ejército en Georgia y desde el Beverly Wilshire. Y escribía bien. Su editor del New Yorker, William Maxwell, con quien mantuvo correspondencia más de cuarenta años dijo: «John Cheever jamás escribió una mala carta. Cuando me escribía siempre era como si anduviese por la cuerda floja».
Lo suyo no era el teléfono. Decía: «Te he enviado una carta», y se hacía una pausa larga y penosa. Lo que tenía que decir —lo que tenía que decir punto por punto— estaba en el correo. Y a menudo sus cartas comunicaban lo que no había aclarado ni habría querido aclarar de otro modo. Por ejemplo, en mis primeros meses en la universidad me detuvieron en Cincinnati, Ohio, durante unas protestas contra la guerra de Vietnam. Hasta varios meses después no supe que mi padre aprobaba mis actos, o al menos me defendía a mí a pesar de mis actos. Escribió para decirme que le habían invitado a pronunciar un discurso en Cincinnati. Me contó que había rechazado la oferta: «Les he dicho que no pienso tapar las vergüenzas a la ciudad que ha detenido a mi hijo mayor».
Una de las cosas que mi hermana dejó clara en su libro de recuerdos Home Before Dark (Houghton Mifflin, 1984) era que nuestro padre no tenía una rutilante vida social. Conocía a muchos de los más sobresalientes escritores y editores de su tiempo, pero no los veía a menudo. No obstante, mantuvo con ellos una notable correspondencia. Se escribió con Saul Bellow, Malcolm Cowley, William Maxwell, Eleanor Clark, John Updike, Josie Herbst, John Weaver, E. E. Cummings y la actriz Hope Lange. La mayor parte de su correspondencia se ha perdido. No guardaba copias y destruía la mayor parte de las cartas que recibía. No obstante, sigue habiendo miles de cartas que conservó la gente a quien se las envió, cartas que revelan el desarrollo paralelo entre el escritor y el hombre.
La relación entre su vida y su obra era íntima, pero también misteriosa. A mi padre le gustaba decir que la ficción no era «cripto-autobiografía». Una razón evidente para hacer esa afirmación era que le protegía de los ataques de amigos y familiares que se creían injuriados en su prosa. Pero el argumento que repetía más a menudo era que la buena escritura trascendía de tal modo a la vida en que se inspiraba que el examen de la misma podía causar graves malentendidos. Tenía razón, claro: pero estas son sus cartas, no su historial dental. Su correspondencia no proporcionará una explicación concreta de su vida o su ficción, pero debería arrojar luz sobre ambas. En mi caso lo ha hecho.
Al recopilar este libro me sorprendieron e impresionaron las dificultades que tuvo que afrontar mi padre para ganarse la vida como escritor. En 1948, cuando nací, él tenía treinta y cinco años, y cuando empecé a ser consciente del mundo que me rodeaba, su situación profesional y financiera parecía segura. Hasta que leí estas cartas no comprendí lo difícil que había sido conseguir esa seguridad y lo frágil que continuaba siendo. Ignoraba, por ejemplo, que llevara desde la adolescencia intentando escribir una novela. Yo había dado por sentado que ser escritor de relatos para el New Yorker era más que suficiente, pero él no opinaba igual. En 1947 escribió a John Weaver que las necesidades financieras le habían vuelto a obligar a dejar la novela de lado y concentrarse en los relatos y que «me apetece tanto escribir relatos como follarme a un pollo».
Malcolm Cowley le animó desde muy pronto a que le enseñase un avance de la novela, así que le envió a Malcolm varios capítulos de una de las primeras versiones y los destruyó ante las reservas de su mentor. Otra versión, titulada The Holly Tree, la rechazó Simon and Schuster en los años treinta. Houghton Mifflin rechazó después un manuscrito, o al menos un borrador. Volvió a intentarlo en 1952 con otro libro que Random House no quiso publicar. Finalmente, Harper & Row publicó Crónica de los Wapshot en 1957.
Las reseñas de sus primeros libros de relatos le reprocharon su excesivo control. Decían que escribía historias bonitas y correctas. Era un gran escritor de gusto medianamente culto. Escribía relatos que gustaban a la gente equivocada por motivos equivocados. La maldición de ser condenado como un habilidoso artesano especialista en relatos de los barrios residenciales solo se interrumpió momentáneamente con el éxito de Crónica de los Wapshot, y aunque El escándalo de los Wapshot, publicado por Harper & Row en 1964, obtuvo buenas críticas, los halagos no fueron generalizados. Stanley Edgar Hyman tuvo la siguiente reacción: «Cuando un apreciado escritor de relatos prueba suerte con la novela y fracasa, en este sorprendente país se le celebra como si hubiera triunfado… Crónica de los Wapshot le valió a John Cheever el National Book Award. En El escándalo de los Wapshot, Cheever ha vuelto a intentar, nuevamente sin conseguirlo, convertir un material de relato en una novela. Con dos fracasos en su haber, probablemente pueda aspirar al premio Pulitzer». Cuando mi padre se apartó de la novela tradicional con Bullet Park (Knopf) la reacción aún fue más virulenta.
Fueron tiempos difíciles y a medida que su alcoholismo se agravaba y que las enfermedades que lo acompañaban se agudizaron, la familia fue muy desdichada. Ese período, no obstante, fue la excepción y no la norma. Hoy es casi un tópico describir al artista como un alma torturada, y aunque es cierto que mi padre conoció una desdicha y una incertidumbre muy profundas, al mismo tiempo es importante recordar que también podía ser, y a menudo era, feliz hasta el delirio. Al hablar de esto con Bill Maxwell, afirmó que sería inexacto considerar a mi padre un hombre desdichado.
—No solo sería inexacto —dijo Bill—, sino impertinente.
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