

Conocí a Martha en el colegio, cuando los dos teníamos cinco años. Jugábamos a ese juego que consiste en dejar caer un pañuelo por fuera de un corro.Alguien tiene que levantarse enseguida a recogerlo.Los demás niños no querían que ella jugase y yo la consolé.


Nos hicimos muy amigos. Nuestras madres se conocieron e hicieron buenas migas.


A su padre no le afectó la Gran Depresión. Trabajaba en seguros. Era un hombre muy respetable.


Hacía una cosa que a mí me parecía fuera de lo normal. Durante las comidas bebía agua, como los demás, y justo al final se tomaba una copa de algo rojo.Pregunté: «¿Qué es eso?»


No lo sabía.Al señor Marshall le gusta beber una copa de vino al final de las comidas.Ah. ¿Y qué es «vino»?


En fin. A mí Martha me parecía encantadora.Aunque creo que, en realidad, era bastante corriente.Pero no para mí.Había tomado la firme decisión de casarme con ella cuando fuera mayor.Y lo habría hecho.