Muerte en el Sena

Dominique Sylvain

Fragmento

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Aquella calurosa mañana de abril, el Sena, crecido y rabioso, se había propuesto absorber a Charly dentro de su cauce y convertirlo en un gran fósil. Sin embargo, él avanzaba imperturbable hacia el lecho del río, sujeto a la cuerda, con la corriente enloquecida intentando arrastrarle. Un esfuerzo más y tocaría fondo; unos cuantos centímetros más y sus manos se convertirían en sus ojos.

«Amigo, bendecirás estos años de bruma líquida. Te proporcionan un toque mágico. Es bonito poder encontrar un arma con facilidad, estando rodeado de miles de metros cúbicos de fango furibundo». Charly aún escuchaba cómo su compañero dejaba atónito al último novato de la Brigada Fluvial. Hizo una pausa para darle tiempo a localizar sus burbujas de aire. Al piloto le correspondía la tarea de guiar al buzo con la cuerda, para que éste cuadriculara la zona con un movimiento de péndulo. Palpas la superficie de una brazada, te desplazas a la derecha, luego a la izquierda y así sucesivamente. Un trabajo de hormiga, de hormiga acuática y ciega.

En esa ocasión buscaban a una chica que había desaparecido el sábado. Salió sola del Fuego, una barcaza convertida en discoteca, hacia las tres de la madrugada, y desde entonces ni rastro de ella. Martin y él pensaron lo mismo cuando descubrieron las huellas de unos neumáticos mientras registraban el aparcamiento: «En lugar de seguir por la rampa de salida, un coche ha ido a parar directo al Sena». Las rozaduras en el muelle Panhard-et-Levassor les había indicado dónde sumergirse.

Charly palpó la superficie de un embellecedor, el tapacubos de una rueda y la lisa perfección de la carrocería. Tiró de la cuerda para avisar a Martin, abrió la puerta del coche y tanteó los asientos antes de introducirse en el habitáculo. Ahí encontró un vestido flotando, una cabellera ondulante y un torso rígido. La muerta estaba arrodillada en el asiento trasero con las manos pegadas al cristal. Cuando un vehículo se hunde, la presión bloquea cualquier salida. El pánico, y no el instinto de supervivencia, le impidió dejar que el agua llenara el coche para después poder abrir una portezuela.

Con la punta de los dedos le leyó el rostro. Nariz fina, boca carnosa, barbilla delicada; el trabajo de la muerte no había hecho más que empezar. Se escuchó a sí mismo respondiendo a las preguntas de Louis, el día en que el chaval había indagado sobre a qué se parece un ahogado. «El río le roba la identidad. Tú sacas a flote una máscara blanca, sin labios ni ojos, a la que sólo le quedan algunos mechones de cabello y trozos de piel. Otras veces se ha convertido en un globo sin apariencia humana».

Siendo un crío, Louis no entendía que con el tiempo uno se blinda. Y sin embargo, es lo que ocurre. Había épocas en que pasaban semanas sin sacar un solo cadáver del río, pero en otras recuperaban tres en el mismo día. Las tasas de suicidio se disparan sobre todo después de las fiestas y las vacaciones. Un buzo vive esas jornadas negras como cualquier otro día. Al final sólo te queda la cicatriz de la primera vez. A los diecinueve años, después del primer cadáver, te duchas un montón de veces porque crees que el olor se ha quedado pegado a ti por todas partes. Sin embargo, al día siguiente se acabó, vuelves a sumergirte. La compasión está ahí, pero envuelta en seda. Algunas veces piensas en ello sólo para decirte que no te has convertido en un tronco.

La sujetó por la cintura, tiró de ella y salió sin dificultad. Era muy distinta del cadáver anterior; la otra mujer había permanecido meses en el agua, atrapada entre el asiento y el techo del coche. Tuvo que pedir ayuda a Martin, y ambos se esforzaron como locos. El cuerpo, rígido, estaba completamente putrefacto. Las manos enguantadas se les habían hundido en la carne.

Tiró de la cuerda hasta que notó que ascendía con el cuerpo. La luz ácida de la primavera lo envolvió violentamente. Martin le ayudó a subir el cuerpo de la ahogada a la zodiac. La mujer, con los brazos extendidos hacia el cielo, suplicaba a un Dios invisible. Tenía la piel del color de las sábanas sucias y el pelo en mechones le ocultaba el rostro. La falda y la camisa debían de haber sido blancas, pero el lecho del río las había ensuciado.

Martin pidió una grúa por radio. Charly tiró el material en la zodiac y subió a bordo. Dejaron el cuerpo en el muelle, a la sombra del Fuego. Alguien había olvidado apagar las guirnaldas eléctricas de la barcaza. Su parpadeo estaba tan fuera de lugar como los fuegos artificiales en un funeral. Los propietarios de la discoteca y los compañeros del distrito XIII se acercaron. El capitán Schmitt tenía cara de circunstancias. No había pegado ojo, pero no le importaba porque presentía un caso suculento. Los chicos de la discoteca estaban acostumbrados a pasar las noches en blanco. Pero no a ver a sus clientes acabar en el Sena. Sus caras parecían de enterrador, aunque estaban a la expectativa. El más joven ya parecía estar preguntándose cómo harían para remontar el negocio después de semejante lío.

Se había formado un grupo de curiosos y el capitán Schmitt les pidió que se alejaran. La mayoría obedeció. Dos o tres obstinados remolonearon. Al menos todos guardaban silencio. Sólo se escuchaba el ronroneo del tráfico, el murmullo de las olas y los chillidos de algunas gaviotas. Charly empezó a cubrir a la chica con una lona. De repente una sensación lo hizo detenerse a la altura de los hombros y sintió deseos de apartarle el cabello del rostro.

Esa cicatriz en la mejilla, esos bucles claros convertidos en serpientes grises, esos ojos...

—¡Eh, Charly! ¿Te encuentras bien?

La voz de Martin, las olas amarillas, las nubes, las guirnaldas del Fuego, todo se agitaba en torno al cabo Charly Borel.

—¿Qué ocurre? —preguntó uno de los socios del Fuego, quizá al capitán Schmitt—. El buzo parece sentirse mal.

—¿Reconoce el cadáver? —inquirió Schmitt con una voz opaca.

—En este estado es difícil, pero sí, reconozco la cicatriz de la cara.

Charly oía a todas aquellas personas, pero no les prestaba ninguna atención. El rostro de Agathe lo empujaba hacia el fondo.

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A los mares del Sur

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1

 

 

 

 

Ingrid Diesel conocía a Maxime Duchamp desde hacía mucho tiempo, y aún seguía considerando un mago al propietario y cocinero del Belles de Jour Comme de Nuit. ¿Por qué arte de magia ese hombre convertía una simple cola de rape y algunas especias en un milagroso guiso de verano? El misterio estaba en el diapasón de su rostro de reportero de guerra, en esa mirada gris que sonreía mucho antes que la boca.

La americana había llegado al pequeño restaurante del pasadizo Brady junto con Lola Jost. Maxime compartía con ellas un vaso de sauvignon. En las mesas, decoradas con manteles de cuadros azules, los cubiertos ya estaban dispuestos. Chloé, la camarera, hacía compañía a las cazuelas, en la cocina, mientras esperaba la apertura oficial y el disparo de salida de las comidas. Si no hubiera sido por la presencia de José y sus ventiladores recalcitrantes, el ambiente habría sido perfectamente zen. Lola seguía sus esfuerzos con una mirada burlona.

—Maxime, tu chapuzas lleva un siglo intentando refrescarnos las ideas. A este paso, lo logrará para la canícula del año que viene.

—José es lento pero seguro. Además, te confieso que no tengo medios para contratar a un profesional. Si no fuera por mis clientes habituales me resultaría difícil salir adelante. Pero no hay que quejarse, en todas partes cuecen habas.

—La gente prefiere comer en un parque sobre la hierba en lugar de gastar el dinero en un restaurante —intervino Ingrid.

—Temporada de vacas flacas —confirmó Lola.

Y se fue a la cocina para preguntarle a Chloé por los postres. La camarera recitó la lista dirigiéndose a todos. Ingrid pidió una sopa de fresas a la menta con pimienta. Lola volvió a sentarse y miró a Maxime.

—Es raro —continuó el cocinero.

—¿Qué?

—La falta de actividad afecta a la hostelería pero no al sector de la investigación.

—¿Ah sí?

—Siempre hay alguien que la solicita.

—Probablemente.

—En el fondo, el misterio se vuelve difícil de soportar. Sobre todo cuando hace tanto calor. En esos momentos, uno duerme mucho peor y está más sensible…

—Y que lo digas.

—Señor Duchamp, me voy a casa a comer algo con la parienta —intervino José, quien al fin había bajado de la escalera—. Mañana me pondré a ello otra vez.

—¿Mañana?

—Tengo una urgencia en la peluquería de Lady Mba, lo siento.

La despedida del chapuzas coincidió con la llegada de Antoine y Sigmund Léger. El psicoanalista y su perro se dirigieron hacia su mesa habitual. El dálmata era el único cuadrúpedo que tenía permitida la entrada al establecimiento, por la sencilla razón de que se comportaba como un caballero. Ingrid y Lola saludaron a Antoine mientras Chloé le llevaba la carta.

—¿Por dónde íbamos? —preguntó Maxime.

—Acaba de dejarte plantado un chapuzas lento pero seguro, entran tus primeros clientes y estás a punto de pedirnos un favor —resumió Lola—. Si yo fuera tú, iría al grano. Llega la hora del ajetreo, aparecen los habituales y mi curiosidad se desvanece.

—Pues bien, precisamente se trata de Lady Mba.

—¿Quién?

—La dueña de la peluquería africana del final del pasadizo.

—¿La que tiene un magnífico escaparate lleno de pelucas a cada cual más delirante? —preguntó Ingrid entusiasmada.

—Exacto. El aprendiz de Lady Mba se ha perdido.

—¿Se ha ido a la competencia? —inquirió Lola.

—No, ha desaparecido hace unos diez días.

—Puede haberse cansado del champú.

—Louis no es de la clase de personas que se marchan sin avisar. Además, le tocaba cobrar.

—¿Lo conocías?

—Un poco... un chico joven, simpático, poco hablador pero interesante.

Chloé sirvió el nuget helado y la sopa de fresas. Ingrid olió una cucharada con los ojos cerrados, sonrió con aire beatífico y se la comió antes de suspirar con alegría.

—Lady Mba está preocupada y como vosotras soléis echar una mano a la gente del barrio…

—Soy una comisaria jubilada, cierto, pero las personas desaparecidas pertenecen a la sección de polis en activo. ¿Qué te parece? Además, a mi edad, no me veo corriendo por las aceras recalentadas, en el mes de julio, detrás de un aprendiz de peluquero.

—Yo sí soy capaz —intervino Ingrid con los labios rojos por la sopa—. El calor no me asusta.

—A ti, a ti no te asusta nada, fundamentalmente si se trata de darte de cabezazos contra un muro —dijo Lola, levantando los ojos al cielo—. Maxime, no has respondido a mi pregunta: ¿Lady Mba es alérgica a la poli o qué?

—Sí, Louis Manta no tiene contrato de trabajo.

—¿José el chapuzas y Louis el peluquero están en la misma situación?

—Más o menos. Venga, os invito al café por las molestias.

—Si crees que me vendo por tan poco.

—¿Al café y al calvados?

—¡Estás de broma! ¡Con este calor! No, acepto un café y una sopa de fresas. Ver cómo se la traga Ingrid es un espectáculo que supera al Circo del Sol. Quiero comprobar sus efectos por mí misma.

—¡Diez sobre diez! —exclamó Ingrid—. Es mejor que un viaje, es turbadora, alucinógena. Es demasiado, demasiado.

—Bueno, ya no se trata de un lujo —dijo Lola.

—¿Qué? —preguntó Maxime.

—¡Los ventiladores, coño! Mira en qué estado se encuentra mi amiga.

Las dos mujeres lamentaron salir del Belles. El oro se fundía en el cielo y se derramaba sobre las carrocerías de los coches aparcados muy juntos en la calle Faubourg-Saint-Denis, de donde exhalaba el olor acre del tráfico, que se vaporizaba sobre los toldos descoloridos de los comercios y las fachadas polvorientas de los edificios con las persianas bajadas. Lola estiró un brazo hacia el exterior del pasadizo Brady, a modo de termómetro, e hizo una mueca.

—Me parece que ha llegado la hora de una buena sesión de puzle muy fresca, al cobijo de las persianas cerradas de mi casa.

—Después del puzle y de mis masajes, ¿le hacemos una visita a Lady Mba?

—Despacito, querida hiperactiva. Hoy estoy de un humor mediterráneo. Acabo de recordar que mi abuelo era de Gardanne. Lady Mba no va a desaparecer, mañana estudiaremos su caso.

—¿Y si ese chico tiene realmente algún problema?

—En los casos de desaparición, lo importante son las primeras cuarenta y ocho horas. Después, los testimonios, las pistas, todo se diluye muy deprisa. Así pues, ¿qué diferencia hay entre diez días o un mes?

Ingrid estuvo a punto de contestarle, pero se encogió de hombros antes de salir a la abrasadora calle. La esperaba un masaje shiatsu.

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2

 

 

 

 

El hombre caminaba tranquilamente por el muelle con una botella de güisqui escocés, una mordaza, unas esposas, unos guantes y una camisa de recambio dentro de una bolsa de plástico. A la hora del crepúsculo, el puerto del Arsenal era un remanso de agua aterciopelada, que ondulaba entre el puente Morland y la plaza de la Bastille. Justo delante, manteniendo el equilibrio sobre un pie en la columna de color verde grisáceo, el cuerpo dorado del Genio de la Libertad brillaba con los últimos rayos de la puesta de sol. Los cascos claros de las embarcaciones brillaban envueltos en la luz malva. Le urgía montar bulla en ese paisaje de tarjeta postal.

El hombre estaba a unos pocos metros del Marsouin. Imaginó a Joachim Mounier en la tumbona, con la gorra de patrón de opereta ligeramente ladeada y el biberón de aguardiente al alcance de la mano. Subió a bordo y encontró el espectáculo que esperaba. Tirado en la tumbona, el señor patrón contaba las estrellas con aire sereno.

Tenía el tiempo necesario para zanjar el asunto. A las diez de la noche oscurecía, pero la puerta automática del puerto deportivo no se ponía en funcionamiento hasta las once. A partir de entonces hacía falta una tarjeta magnética para salir de allí.

—Eh, Jojo, mira —dijo, al tiempo que sacaba la botella de la bolsa.

—No me jodas, Balblair de dieciséis años, mi preferido. Ven que te dé un beso.

El tipo se dejó hacer. El Arsenal estaba desierto, pero eso no duraría. Le dijo a Jojo que los mosquitos lo tenían harto y le propuso beberse tranquilamente la botella en la cabina. Tocó algunas canciones con la guitarra, se las arregló para tirar una buena cantidad de la bebida por el fregadero y fingió estar tan borracho como el dueño del velero. Pasó media hora.

—¿Y si nos hacemos a la mar? —soltó el hombre.

—¿Pero qué dices? —preguntó el patrón ebrio.

—Que arranquemos este puto barco y nos larguemos a cualquier sitio.

—Bah, me gusta estar aquí, es mi paraíso particular.

—Tío, tú no tienes grandes sueños. Nos largamos y no volvemos. Me gustaría ver el río Amur, el Ganges, el Mekong y todo eso. Quiero sumergirme en mares cálidos y follar con bailarinas sagradas. Nadie me lo impedirá.

—¿Por qué siempre hay que querer más de lo que se tiene?

El hombre tuvo ganas de contestarle que precisamente ése era su problema, su absoluta falta de imaginación. Que habría que instaurar un carné para hacerse rico y sólo podrían conseguirlo quienes debajo de una gorra de patrón de barco tuviesen toneladas de ideas para quemar la pasta. En lugar de eso, le habló con tono de buen amigo, el tono de un tipo relajado que había sabido divertirlo durante semanas con historias y aguardiente. Se levantó, fue a buscar las llaves del velero y regresó agitándolas delante de las narices de Mounier.

—Ven a cubierta, que tengo que enseñarte una cosa.

Jojo, el patrón, se encogió de hombros y lo siguió hacia arriba.

—¿Acaso piensas que la libertad se parece a esa mierdecilla que se agita sobre la columna con unas alas ridículas? ¿De verdad lo crees?

Jojo tenía una sonrisa de oreja a oreja. Ponía la cara de un crío que espera que le cuenten otra historia.

—La libertad, Jojo, no es un ángel con el culo dorado.

—¿No?

—La libertad es una llave metálica muy sencilla. Precisamente la que ves en la palma de mi mano. Mírala bien. Giramos la llave en el contacto y nos largamos. Ninguno de los dos tenemos problemas de pasta. Yo me llamo Céfiro y tú Alisio, y esta noche empieza la auténtica vida. ¿Qué te parece?

Se puso a tirar la llave al aire, una y otra vez, lanzándola cada vez más alto. Fingió tropezarse y la llave cayó al puerto del Arsenal.

—Mierda —dijo Mounier sin alterarse.

Era completamente increíble el modo en que ese tipo dejaba que le tomaran el pelo. El hombre se quedó compungido. El patrón le sonrió y le dio una palmada en el hombro. Prodigioso.

—¡Qué torpe soy! Perdona, Joachim. Soy un negado.

—No, hombre, no es para tanto. Vamos a echar otro trago; eso ayuda a pensar.

—Ya está todo pensado. Llama a tu amigo de la Brigada Fluvial. Él pescará la llave de la embarcación. Y después nos largaremos.

—Es una buena idea, amigo.

—A mí también me lo parece. ¿Le llamas?

—Voy a llamarle.

—No le digas que he tenido yo la culpa. Me siento un tonto. Me gustaría mucho que esto quedara entre nosotros.

—Colega, esto quedará entre tú y yo.

Jojo sacó el móvil y buscó el número de teléfono de su amigo el buzo. Tuvo que insistir bastante porque se le trababa la lengua y le costó convencer al ordenanza para que le pasara la llamada. Al final logró hablar con su gran amigo el cabo Charly. Como un auténtico caballero, asumió la responsabilidad y le dijo que se le había caído la llave al Sena. La sede de la Brigada Fluvial estaba justo frente al Arsenal, en la orilla izquierda, en el muelle Saint-Bernard. La pareja de submarinistas sólo tardó unos minutos en llegar a bordo de la zodiac. El hombre esperó a que el patrón los saludara y a que les explicara por dónde la habían perdido. Bajó a la cabina, se puso los guantes, se metió la mordaza y las esposas en el bolsillo, cogió la pistola que tenía sujeta al tobillo y llamó por el móvil al patrón.

—¡Anda, eres tú, amigo! ¿Por qué me llamas por teléfono?

—Con la zodiac de los polis no se oye nada. Baja rápido a la cabina.

Mounier llegó con su aspecto bonachón.

—¿Qué sucede?

—¡Jojo, acabo de ver una rata! Una muy grande.

—¿Dónde?

—Aquí, debajo del sofá.

Mounier se puso a cuatro patas. Entonces, el hombre lo inmovilizó, lo esposó al sofá y lo amordazó con una bola de gomaespuma sujeta con unas correas de cuero, un chisme divertido que había comprado en un sex-shop. Subió a cubierta y se arrastró hasta la borda. El piloto de la zodiac tenía la mano en el acelerador y el otro estaba sentado en el borde de la lancha dispuesto a dejarse caer hacia atrás. Le resultó muy fácil: disparó al acompañante por la espalda y al piloto le descerrajó un tiro en la boca antes de que pudiera gritar.

Bajó de nuevo a la cabina.

Ahora le tocaba el turno al patrón. Jojo Mounier tenía los ojos como platos, en los que se observaba el típico pavor y, en el fondo, la esperanza de una explicación milagrosa. «Ay, Jojo, por qué poco no te tiro un bote de pintura dorada en la jeta y te bautizo con el nombre de “Genio de la ingenuidad”».

Al instante el tipo lo desató, pero le sujetó los brazos. A pesar de que Jojo se alimentaba de galletitas y aguardiente del malo, no dudó en pelear, aunque no opuso gran resistencia. El hombre le presionó sobre el esternón; el otro cedió, y así pudo hacer que agarrase el revólver con los dedos. Le ayudó a apretar el gatillo.

Le liberó de la mordaza, se quitó los guantes y la camisa, se limpió con ella y lo metió todo dentro de una bolsa de plástico. Se puso la camisa nueva y bajó al muelle. Al pasar por la puerta automática del puerto del Arsenal, miró el reloj y vio que eran las 22.48 horas.

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3

 

 

 

 

Qué bien se está en su casa! —exclamó Ingrid, con la cabeza debajo del aparato de aire acondicionado que hacía bailar su corta cabellera.

Lola no parecía ser de la misma opinión. Estaba sentada frente a Lady Mba en un sillón de peluquería tapizado con piel de cebra sintética. La africana era un poquito más delgada que ella. Aun así, la pareja evocaba un enfrentamiento de titanes, sobre todo porque Lola permanecía perfectamente inmóvil pese a la excelente música que llenaba el local. Ingrid tenía que esforzarse bastante para no bailotear al ritmo de Youssou N’Dour.

—Pues es lo que yo me digo: Lady Mba, si quieres mantener satisfechas a tus fieles clientas ya puedes aflojar la cartera e invertir en calidad. Por eso mandé climatizar la peluquería, sin regateos. A día de hoy, la competencia es malvada, y mañana será aún peor. Podremos hablar de competencia cruel. En esta vida hay que pelear duro.

—Probablemente.

—¿Quieren un café? He comprado una cafetera exprés para tener contentas a mis clientas. Esta preciosa máquina los hace tan buenos como los de Maxime Duchamp. Café negro, corso, de vainilla, largo, corto, o descafeinado si una no quiere ponerse nerviosa. Cada cual elige el que más le gusta. ¡Ay, sí, me encanta hacer buenos cafés!

—Gracias, pero acabamos de darnos una buena comida y estamos satisfechas —dijo Lola con un tono que transmitía impaciencia.

—Yo sin café no me mantengo en pie todo el santo día. Con lo que voy y vengo, tengo la nuca y los riñones destrozados, caramba.

Lola echó una mirada a las sandalias de tacón, decoradas con pedrería, de la propietaria del Féeries de Dakar.

—Adivino lo que piensa. Esta peluquera debería andar con unas chanclas planas; así le dolería menos todo el cuerpo. Sin embargo, sé que eso no le gustaría a mi gente. Cuando una clienta entra en el salón de Lady Mba, exige elegancia. Necesita luz agradable, una decoración cuidada y una persona bien vestida y perfectamente peinada. Sin eso, el negocio no funciona y entonces tendría que cerrarlo. Sí, sí, el sector de la belleza es muy despiadado, se lo digo yo.

Mientras se explicaba, Lady Mba gesticulaba con unas largas manos regordetas, adornadas con unas magníficas uñas pintadas y anillos de oro amarillo labrado. La mujer, de unos cincuenta años, rechoncha, pero de carne firme, llevaba el pelo con un trenzado de una extraña complejidad, además de pestañas postizas tan gruesas que podrían haber sido de alquitrán. A Ingrid le parecía tan guapa como simpática, y se moría de ganas de probarse alguna de las pelucas de diosa que, como trofeos, llenaban las estanterías, impecablemente colocadas sobre unas cabezas de plástico dorado.

—Le había enseñado el oficio de la A a la Z y el chico lavaba las cabezas con mucha dulzura —continuó la peluquera—. Se esmeraba y se tomaba su tiempo como un artista. ¡Deberían haber visto el ambiente! Las clientas estaban contentas y muy relajadas. Algunas incluso llegaban a dormirse.

—¿A pesar de la música? —preguntó Ingrid, bajo la mirada, de pronto oscura, de Lola.

—¡Uy!, la música se respira de manera natural. Hay personas a las que no les impide regalarse una buena siesta reparadora.

—Bueno, volvamos a Louis Manta —dijo Lola.

—Pues bien, un aprendiz es una presencia masculina en el salón. Y eso a las señoras les gusta tanto como la elegancia de…

—¿Cuándo lo contrató?

—Llamó a mi puerta hace más o menos dos meses, y yo pensé: prudencia, Lady Mba, otro vendedor de rosas de plástico, de publicidad engañosa, de maíz asado. ¡Te voy a poner en la calle y rápidamente! En este barrio eso abunda; la gente tiene mucha imaginación para vender baratijas. Pues no, me equivoqué. Louis era un hombre serio y buscaba trabajo. Además, estaba dispuesto a remangarse y a hacer cualquier cosa. Al principio, lo puse a limpiar; jamás se quejó, pero rompía bastantes tarros y otras cosas bonitas. Entonces pensé: Louis, eres un poco torpe, pero si te pongo a lavar cabezas quizás lo hagas bien. Salpicarás un poco y eso refrescará a las clientas. Además, un par de gotas de agua en una túnica no es tan grave. ¡Ay!, a las clientas, a las peluqueras y a mí misma nos faltó tan poco para ser felices...

—No querría que se entristeciera, pero un chico al que no se le contrata legalmente es libre como el viento. Louis pudo decidir que la hierba era más verde en otro campo.

—Aquí la hierba era del color del cocodrilo que está contento porque ha comido bien. Yo alimenté a Louis con buenos guisos y con buen humor.

—¿Y eso quién se lo garantiza? «La fidelidad no excede la frontera de nuestras ilusiones». No lo digo yo, sino Adolfo de Gaillac.

—En nuestra tierra se dice: «Deja tu mejor lanza a un auténtico guerrero y volverá a ti después de la caza». Yo le di cobijo, un oficio y mi amistad; estoy segura de que se marchó porque algo grave se le vino encima.

Ingrid no pudo dejar de sonreír. ¡Al fin Lola se topaba con alguien de su talla en cuestión de citas! El asunto se ponía interesante.

—¿Tenía problemas, deudas, enemigos? —continuó Lola.

—¡Claro que no! Nada de eso. Doña Lola, como le digo, era un hombre muy bueno.

—Pero ha mencionado algo grave.

—Es una manera de hablar. Confío en mi instinto, pues pocas veces se equivoca.

—¿Dónde vivía?

—En casa de José, en la calle Vinaigriers. Bueno, mejor dicho, en casa de Yvette, la novia de José, la del puesto de periódicos. Esa chica le alquiló una habitación a Louis en la trastienda.

—¿José es el chapuzas que lleva lustros intentando instalar ventiladores en el Belles y además tiene que arreglarle una fuga de agua en su peluquería?

—Doña Lola, me alegro mucho de que ya esté al tanto de todo lo que sucede en el barrio. Eso me tranquiliza. Como dicen en mi tierra: «Aunque parezca que el sol ha secado al árbol viejo, éste es más sabio que el que brota por la mañana, así que confíale tu destino».

Cuando Lola se disponía a responderle que a ella no se la contrataba tan fácilmente como a un chapuzas, Lady Mba ya retomaba el hilo de su discurso y explicaba que José e Yvette tenían un corazón tan grande como un baobab; ambos habían acogido a Louis bajo sus ramas sin hacer preguntas.

—¿Tiene familia, amigos, documentación, una vida al margen del champú? —continuó Lola.

—Me contó que había nacido cerca de la Cité de la Musique. Su familia no disponía de mucho dinero, pero su padre se las apañaba para que a su hermana y a él no les faltase nada.

—¿Y su madre?

—Creo que no se llevaba bien con la hermana y se peleaban.

—¿Lo cree? ¿Quiere decir que no le contó nada?

—Aquí llegaba todos los días puntualmente y de buen humor: con eso me bastaba. De cualquier forma, no era muy hablador. Louis tenía talento y paciencia para escuchar, incluso a las clientas más charlatanas como la señora N’Diop, una auténtica cotorra, que conoce más historias del barrio que doce sacamuelas.

—¿Sabe cuáles eran sus lugares favoritos de París? —intervino Ingrid.

—Solía ir a tocar la guitarra a orillas del canal Saint-Martin. Era su manera de deshacerse del estrés.

Lola tenía un cierto aire gruñón. Ingrid, para relajar el ambiente, preguntó si podía probarse una peluca. Eligió una de pelo largo, liso, estilo Veronica Lake, pero en versión rosa, con mechas plateadas. Lady Mba asintió sonriendo. Ingrid aprovechó la ocasión para dar unos pasos de baile al son de una vieja canción de Mory Kanté y la peluquera la felicitó por su estilo.

—Señorita Diesel, tiene ritmo y movimiento de caderas. ¡Caramba, es muy armoniosa! Por casualidad, ¿no será bailarina profesional?

Ingrid se limitó a sonreír contorsionándose aún más.

—Si aceptan encargarse de la investigación, le ofrezco una selección de pelucas, y a usted, doña Lola, ¡la peinaré gratuitamente durante un año! ¿Qué les parece mi propuesta?

—Estamos de acuerdo, ¿verdad, Lola?

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4

 

 

 

 

De acuerdo! ¡Pero qué te ha pasado, por todos los santos!

—Las amigas de Maxime son nuestras amigas. Además, me enca

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