Biblioteca Dominique Sylvain (Pack 3 ebooks): El pasadizo del Deseo + La hija del samurái + Muerte en el Sena

Dominique Sylvain

Fragmento

Indice

Índice

El pasadizo del Deseo

Portadilla

Dedicatoria

Cita

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Capítulo 39

Capítulo 40

Capítulo 41

Notas

La hija del samurái

Portadilla

Citas

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Capítulo 39

Capítulo 40

Capítulo 41

Capítulo 42

Capítulo 43

Notas

Muerte en el Sena

Portadilla

Dedicatoria

Prólogo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Capítulo 39

Capítulo 40

Capítulo 41

Epílogo

Notas

Sobre la autora

Créditos

Grupo Santillana

TXTPasadizo.xhtml

 

 

 

 

 

Para Frank

TXTPasadizo-1.xhtml

 

 

 

 

 

Cuando uno es un crío, para ser alguien

hay que ser muchos.

 

Émile Ajar

TXTPasadizo-2.xhtml

Capítulo
1

 

 

 

Noviembre, 2002

 

París es una rubia... que a todos gusta...». Pues no, no me gustas, calla de una vez..., estás un poco loca... «Nariz respingona, aspecto burlón...». Nos tienes hartos de tu nariz y tu pelo...

«Los ojos siempre risueños...».

Jean-Luc tardó unos segundos en recoger sus pensamientos desperdigados por la colcha. «La voz de la cantante sale de la radio despertador —pensó—. Son las cuatro de la madrugada».

Y Jean-Luc recordó que era domingo, el día en el que debían chocar directos contra un paredón, apretando los dientes y el culo. Seguro que Noah y Farid le habían gastado una broma. Eligieron un dial abandonado a la nostalgia y pusieron el volumen a tope. Si pretendían que olvidara el miedo, no lo habían logrado. A Jean-Luc le dolía el estómago.

Se levantó, fue al cuarto de baño, se mojó el rostro con agua fría y miró fijamente en el espejo a un tipo de cabeza rapada y perilla morena calcado al de la víspera. Se tragó un antiespasmódico, se vistió y bajó a la cocina.

Allí estaban Noah y Farid ante un café, con cara de circunstancias, aguantando la risa, eso se notaba. Mordisqueaban unos biscotes, ambos vestidos de negro y el pelo negro, Farid ojos negros, Noah azules; al margen de ese detalle, siameses, siameses del Mediterráneo.

—Eso es París —cantó Farid.

—Cha che París —dijo Noah con la boca llena—. ¿Has dormido bien, mi querido Jean-Luc?

Farid había cogido mermelada de arándanos, su preferida, un tentempié antes de renunciar a probar bocado en todo el día, por el ramadán.

—Como dices que Noah y yo sólo escuchamos rap americano, hemos querido darte gusto —dijo, mientras bailaba con las manos, donde brillaban tres anillos de plata.

Farid nunca se los quitaba. Durante los alunizajes, siempre los llevaba bajo los guantes. Significaban mucho para él, pero ¿qué?

—Yo, man! Lo que nos gusta es darte gusto —abundó Noah.

—Observa, la Mistinguett remasterizada, ésa es la idea con la que te has de quedar —añadió Farid, haciendo un nuevo gesto gracioso que demostraba lo relajado que se sentía.

Farid estaba satisfecho de sus manos; y también podía estarlo de su cara: la jeta guapa de un tipo de veinte años que no se preocupa por nada, porque el mañana no existe. Comparado con esos dos, Jean-Luc se consideraba un viejo. Un viejo de veintiséis años. Se esforzó por sonreír.

Los siameses acabaron de desayunar, Jean-Luc sólo pudo tragar un café, y el trío bajó al garaje a recoger los kalashnikovs, las mazas y las bolsas. Subieron a un Mercedes todoterreno. La puerta automática se abrió ante un BMW aparcado detrás de la verja; Menahem, al volante, puso de inmediato el motor en marcha. Menahem, un excelente chaval, siempre hacía las entregas como un clavo; había mangado el todoterreno y el BMW en Asnières. Noah protegía a su hermano, jamás permitiría que pusiera un pie en esa casa: había quedado claro, únicamente se ocuparía de proporcionarles los vehículos y conducirlos.

Mientras atravesaban Saint-Denis, Noah encendió la radio. Rápidamente surgió el conflicto de Palestina. Unos cuantos muertos en un atentado suicida. Sharon por un lado, Arafat por el otro y Ramala en ruinas. Farid cambió de emisora. Farid siempre cambiaba la emisora de la radio, la cadena de la tele, el tema de conversación o el espacio vital cuando se hablaba en serio, y jamás abría un periódico. Por eso prefería el rap americano; no le gustaba el francés, le obligaba a escuchar la letra y entonces tenía que pensar en los demás. En cuanto a Noah, todo lo que había aprendido escuchando a los raperos yanquis era ese Yo, man! que soltaba sin parar.

Jean-Luc tomó otro antiespasmódico; necesitaba hablar para olvidar que el intestino le bailaba la javera; además, todo lo que le pasaba por la cabeza a Farid Yunis le despertaba curiosidad. No podía ser únicamente un tipo que derrochaba la pasta en ropa y CD. Farid se cerraba como una ostra. No obstante, una ostra con perla. Jean-Luc pensó un instante y le preguntó:

—Farid, ¿tienes algún problema con la realidad?

—Ninguno. Mi realidad es la pasta.

—Yo! La mía también —dijo Noah.

—¿Te das cuenta, Jean-Luc? Mi mejor amigo es un sucio judío y su realidad también es la guita.

—Eres el moro de mi vida —soltó Noah, revolviendo el pelo a Farid.

—No lo entiendo. Jamás discutís sobre ese asunto.

—Ya hay demasiada gente que habla de ello —respondió Farid.

—¡Uy, eso sí que sí! —apuntó Noah.

—Si yo estuviera en vuestro lugar, se me revolverían las tripas. Hermanos matándose entre ellos. Podríais ser vosotros, cada uno en un bando. ¿Lo habéis pensado?

Un profundo silencio por parte de los siameses. Ese silencio tranquilo de quien desafía al miedo y no se cuestiona nada. El todoterreno entró en París y Noah condujo hacia el bulevar Ney con Menahem y el BMW siempre a su rebufo.

—Es una pesadilla en espiral —continuó Jean-Luc—. Gente decidida a destriparse hasta el final por un trozo de tierra prometida hace tanto tiempo que ya ni se sabe a quién. No veo cómo puede pararse eso.

—Yo, man! —dijo Noah—. «Pesadilla en espiral». ¿De qué hablas?

—De los muertos que se amontonan, de la tensión que aumenta. A eso me refiero, Noah.

—Es verdad que nos concierne —respondió Farid—. Y te diré por qué, Jean-Luc.

—Adelante, te escucho.

—Pienso que es malo para nuestro negocio. Porque siembran el caos en todo el planeta y porque, por ese motivo, los terroristas aterrorizan y la gente tiene miedo. Entonces, aquí o en cualquier sitio, vota a la derecha. Y como resultado, hay un montón de pasma por todas partes, principalmente en París, y eso hace más difícil nuestro trabajo. ¿Te das cuenta de que mi colega, el sucio judío, y yo pensamos en ello? Hemos entendido a la perfección que todo está relacionado. ¿A que sí, Noah?

—Por supuesto, man —afirmó Noah, tragándose las ganas de hacer un chiste.

—Un respeto, Farid. Resulta un resumen interesante vincular a terroristas que aterrorizan con nosotros que alunizamos.

—Querías saber si tenía un problema con la realidad; ahora ya lo sabes. Yo miro de frente a la realidad.

Jean-Luc se rindió interiormente ante la inconsciencia de los siameses. Entonces se daba cuenta de que envidiaba esa inconsciencia. Quizá si hubiera sido judío o árabe, o ambas cosas, los siameses habrían sido sus colegas de verdad; una complicidad así debía de ayudar a sentir menos miedo en el momento de chocar contra la luna. Sin embargo, lo único que sabía es que estaba circuncidado. Antes de abandonarlo, su madre se preocupó de que le cortaran el prepucio. Vete a saber por qué.

Lo adoptó una familia normanda y creció en un pueblecito donde los críos acudían al catecismo sin protestar. Un día explicó a los siameses del Mediterráneo que era un poco como ellos, pero menos definido. Su prepucio cortado no les interesó más que la destrucción de Ramala.

Seguía doliéndole el estómago.

Un París desierto desfilaba por la ventanilla. Hasta las putas de Europa del Este se habían ido a dormir. El otoño se parecía cada vez más al invierno. El deseo de surcar el Mediterráneo le atraía más y más. Unos cuantos golpes más y podría comprar el barco de veinticinco metros de sus sueños. Una oportunidad, un negocio de un millón doscientos mil euros. La operación la haría a través de un intermediario de Palma de Mallorca. Dices que prefieres pagar en metálico y la pasta vuela a una cuenta de un banco en las Islas Vírgenes, un paraíso fiscal donde los barcos cambian de matrícula como los vientos de dirección.

De vez en cuando, escucharía canciones francesas para acordarse de París y, quizá, un poco de Normandía. Después de todo, gracias a su infancia normanda se había convertido en navegante. Jean-Luc se preguntó por qué Farid nunca hablaba de Argelia, el país de sus padres. Los Yunis vivían en el barrio de Stalingrad y Farid jamás iba allí, estaba enfadado con su viejo. También la hermana estaba enfadada con el padre y el hermano con la hermana. Un auténtico revuelto de amargura.

 

* * *

 

Se acercaban a su destino. Noah dejó atrás Saint-Philippe-du-Roule. Jean-Luc leyó la pancarta que colgaba del frontón: «Acude a él, Jesús está aquí para escucharte». Mejor hubiera sido algo sexy del tipo: «Jesús se entrega a ti». En aquel momento, la gente necesitaba eso, tenía miedo. Jean-Luc había oído hablar en la radio de un estudio. Los franceses no estaban a la cola en cuanto a temores. El terrorismo, el paro, la amenaza de la guerra, mareas negras, virus apocalípticos, vacas locas, maíz mutante, sectas de clonación. Todo les asustaba. Decididamente, sólo se vivía bien en el mar, a condición de evitar las zonas de piratas. «Si pienso en otra cosa, tengo menos miedo», se decía Jean-Luc. Ya llegaban, era cuestión de pocos segundos...

En los Campos Elíseos había algo más de gente que en los bulevares de los mariscales. Un puñado de juerguistas salía de una discoteca; por aquí y por allá, algunos anormales, a quienes nunca nadie preguntaba por qué, recorrían la acera a todo correr en un frío amanecer. Se veía algún coche, pocos, que circulaban muy aprisa por la avenida que se les ofrecía hasta la plaza de la Concordia y más allá. Un París fluido...

Habían llegado.

Farid se puso los guantes sin que le temblaran las manos. En los bajos de un edificio moderno, una cristalera bien iluminada con un portero automático, dos empleados detrás de las ventanillas y, mala potra, dos clientes. Un chico y una chica con mochilas.

—¿Qué coño hacen unos turistas en una oficina de cambio a las cinco de la madrugada? —articuló Jean-Luc mientras se colocaba el pasamontañas.

—Buscar algo de pasta, como nosotros —dijo Farid.

Noah aminoró la velocidad, todo el mundo se puso el cinturón. Farid le bajó el pasamontañas a Noah antes de colocarse el suyo. El judío subió el todoterreno a la acera, aceleró.

—¡París es una rubia...! —berreó.

—¡Que a todos gusta! —siguió Farid, riendo.

«Se divierten como unos pobres locos, es increíble», pensó Jean-Luc. El todoterreno chocó contra la luna. El crujido de un iceberg y unas fisuras grandes. Aliviado, Jean-Luc pensó: «Listo, lo conseguiremos». Noah dio marcha atrás y aceleró. Un agujero en el cristal, ya estaba, se hundía. Y ni una sirena, ni un poli, nada. Un milagro que se repetía una y otra vez.

El trío bajó del coche con los kalashnikovs en bandolera; Farid y Jean-Luc agrandaron el agujero con las mazas, mientras Noah, en el techo del todoterreno, los cubría. Oían chillar a la chica. Jean-Luc apuntó a los oficinistas, Farid a los clientes. La chica gimoteaba, tenía pinta de trotamundos decente. Farid le golpeó en el rostro y cayó de rodillas, sangrando por la nariz; acto seguido le pegó el cañón contra la sien. Petrificado, su chico parecía a punto de caerse redondo. Durante ese rato, los oficinistas permanecían inmóviles, con las manos arriba. La fuerza de la costumbre. Jean-Luc sacó las bolsas de la cazadora y las tiró por encima de la ventanilla. Farid se dirigió al más joven:

—Mete ahí todo lo que tiene la caja fuerte en la panza. Rápido.

El oficinista hizo lo que Farid le ordenó. Jean-Luc apuntaba el kalashnikov ora a los turistas, ora al segundo empleado, que seguía sin moverse. El dinero manaba y manaba. «Es el golpe de mi vida», pensó Jean-Luc. La mujer volvió a gemir:

—Please, don’t shoot, please...

—Shut up! —mugió Farid.

Jean-Luc no sospechaba que Farid hablase inglés. Claro, a fuerza de escuchar tanto rap, algo pillaba.

Cuando salieron de la oficina de cambio, Menahem llegó en el BMW con las portezuelas entreabiertas. Jean-Luc saltó delante, Farid se deslizó detrás, junto a Noah. Menahem aceleró hasta la rotonda de los Campos Elíseos y giró hacia la avenida Matignon.

«Otro limpio milagro —se dijo Jean-Luc—. A bote pronto, por lo menos habrá un millón de euros. Eso como mínimo». Noah empezó a contar los fajos y Farid sonreía con la mirada perdida.

Merecía la pena burlarse del miedo. Jean-Luc siempre había presentido que con Farid tendría suerte. En prisión, había perfeccionado una técnica para descubrir el interior de la gente. Cuando quería penetrar en una persona, pensaba muy concentrado en ella, de tal modo que terminaba en trance. Veía como un vidente. Poco después de salir de Fleury, Jean-Luc se concentró en Farid y vio un ángel negro sobre un fondo de cielo agrietado de naranja, un cielo a punto de reventar de ira. Unas inmensas alas flotaban como velas, produciendo un sonido suave e inquietante.

Mientras ese poder se mantuviera concentrado en la pasta, todo iría viento en popa. No obstante, ¡ojo si se volvía contra alguien! Farid tenía agallas para matar.

La trotamundos americana no se dio cuenta de a quién se enfrentaba. Quizá porque era mujer. De manera instintiva, los hombres sabían que había que respetar a Farid para que el cielo inflado de ira no se partiese en dos y cayera sobre el mundo.

 

* * *

 

—Tíos, así, a ojo, hemos pillado un millón quinientos mil euros —señaló Noah con una voz sin timbre—. Hasta un paquetito de dólares, y yenes.

Menahem se permitió soltar un silbidillo. Farid metió de nuevo los billetes en las bolsas tranquilamente. Sin embargo, a Jean-Luc le parecía que estaba contando.

—Me dejas en el pasadizo del Deseo —dijo Farid a Menahem mientras cerraba una de las bolsas—. Regreso a Saint-Denis en metro.

—¿Qué haces, Farid? —preguntó Jean-Luc.

—Estoy cogiendo mi parte.

—¡Man, es de pirados pasearse con toda esa pasta! —dijo Noah.

Jean-Luc intentó leer en Farid, pero éste evitaba su mirada.

—¿Para tu hermana?

—No, no es para Jadiya, sino para Vanessa.

—¿La amiga de tu hermana?

—Exacto. Le daré mi parte.

—¿Cómo?

—Me has entendido muy bien.

—¿Por qué vas a darle tanta pasta a esa chica? Ni siquiera es de tu familia.

—Jean-Luc, ¿quién te dice a ti que Vanessa no es de mi familia?

Aunque el tono de voz no tenía nada de duro, en ese momento Farid le miraba directamente a los ojos. «Las alas del ángel crujen», se dijo Jean-Luc. Sopesó sus palabras:

—Era mera curiosidad; además, ahora que hemos dado este magnífico golpe, quizá convendría pensar en el futuro...

—Con mi pasta hago lo que me da la gana.

—Nunca he dicho lo contrario. Todos hacemos lo que queremos. Pero, al menos, piénsalo un poco.

Menahem detuvo el BMW en la calle Faubourg-Saint-Denis. Farid salió sin decir ni una palabra y se alejó bajo la lluvia hacia el pasadizo del Deseo. Jean-Luc dejó que Menahem circulara un poco antes de reanudar la conversación, unas cuantas frases inocentes para despistar. Conocía a Noah y sabía que siempre acababa hablando, sobre todo si Farid no estaba a la vista. Jean-Luc no se había tomado la molestia de entrar en trance con Noah. No merecía la pena el esfuerzo. ¿Qué habría podido ver? El ayuda de cámara de un ángel, el pez piloto de un tiburón, ¡pues vaya! Una comadreja amiga de un chacal. Noah tenía un lado cautivador y había que preguntarse por qué.

Jean-Luc lo conoció en el trullo y Noah se alegró de contar con un grandullón para que lo protegiese de los chiflados y maricones. Cuando salieron, el judío se unió a Farid y Jean-Luc perdió parte de su amistad, aunque no se enfadó por ello. Farid y Noah formaban equipo con él por su casa, un buen escondite que no querían dejar escapar. Los siameses vivían en un suburbio por donde se movían demasiados logreros y polis. En consecuencia, Jean-Luc creía que a Farid se le podía controlar, siempre que se le tuviera bien cogido por los huevos.

—¿A ti te cabe en la cabeza que un tipo le dé pasta a una chica que no quiere saber nada de él?

—Eso demuestra que la respeta —respondió Noah.

—Me parece caro el kilo de respeto. —Menahem soltó una risa ahogada.

—Yo! Menahem, estás aquí para conducir, ¡no te metas donde nadie te llama! —dijo Noah. Y, dirigiéndose a Jean-Luc—: Da a entender que no es un cualquiera, que tiene clase. Es eso, no le des más vueltas, man. Y si quiere que Vanessa vuelva con él, tampoco es un mal plan.

—¿Para qué necesita engatusar a esa chica? Si fuéramos tú o yo, lo entendería, pero Farid, con su jeta...

—Farid no se contenta con poco.

—¿Tan guapa es?

—No lo sé, man.

—¿Tú eres su mejor colega y no lo sabes?

—No.

—¡Vamos, Noah!

—¡Te lo juro por mi vida, nunca he visto a esa tía!

—¡Tiene miedo de que se la levantes!

—Farid es mi hermano, como Menahem. Le cuento todo, me cuenta todo, pero de Vanessa no me habla. Y yo le respeto. Lo admito. El día que Farid me diga algo de Vanessa lo escucharé. Mientras tanto, controlo la lengua.

«Es mi hermano». Justo delante de ellos había unas nubes violáceas sobre un fondo más gris plomo que negro noche. París se despertaba con lentitud y daba la impresión de que eso le hacía daño. Aunque había dejado de llover, la tregua no duraría, el cielo amenazaba. Hacía frío, los últimos vestigios del veranillo de San Martín desaparecían. Menahem circulaba cómodamente, las aceras brillaban por el agua; con las calles vacías de gente y sin polis, estarían en Saint-Denis en un abrir y cerrar de ojos.

«Mi hermano».

Jean-Luc admitió que no le bastaba con entender mejor a Farid, siempre quiso que se interesase por él, que le llamara «hermano» con ese acento que le salía algunas veces. Ese acento era todo lo que conservaba de un país que, a todas luces, le importaba un carajo. Mi hermano, mi circuncidado de Normandía. Yo! Man!

TXTPasadizo-3.xhtml

Capítulo
2

 

 

 

 

La resurrección es una cuestión de voluntad. Eso manifestaba el cuerpo de Maxime Duchamp esa mañana, bajo las manos expertas de Ingrid Diesel. La joven había soñado con ese momento tan a menudo... Antes de descubrir su cuerpo de verdad lo había imaginado no muy grande, pero muy bien hecho, un torso enérgico, hombros y bíceps perfectamente dibujados, nalgas de ensueño, hermosas piernas, pies y manos bonitos; no se había equivocado. Lo que no había previsto era los estigmas en su carne. How could you imagine the kiss of death? La espalda desnuda de Maxime y una parte de su lado derecho mostraban bultos; unos costurazos relataban que, un día, la muerte le rondó de cerca y a ésta le gustó lo que había visto.

Maxime acababa de empezar su historia con un tono tranquilo; se trataba de un recuerdo del 28 de febrero de 1991, el penúltimo día de la guerra del Golfo. Y el último de su vida como reportero gráfico. Por supuesto, Ingrid quería saber más, pero Maxime se lo tomaba con calma. Tenía los ojos cerrados, la respiración plácida, el cuerpo relajado; parecía escuchar la lluvia, que, después de mucho titubear, ya no dudaba. Oían cómo chorreaba por el mirador acristalado del estudio y crepitaba en la acera del pasadizo. «¡Qué caliente se está en casa! —pensó Ingrid—. El aguacero se despliega, únicamente su perfume penetra por los intersticios, un perfume cargado con aroma de hojas muertas. ¡Uy, sí, qué bien se está! La única diferencia es que Maxime piensa en francés y yo en inglés, pero, aparte de eso, nuestros pensamientos inmediatamente han empezado a viajar juntos. We are safe at home even if the fragrance of rain plays with our minds...».

—Bueno, Maxime, date la vuelta.

Obedeció y abrió los ojos, unos ojos que fluctuaban entre el verde y el azul; luego le sonrió. Se podría hablar durante siglos de ese rostro. Un rostro que se turba y sorprende con facilidad, risueño, pensativo y obstinado a la vez; un semblante conmovedor, algo estropeado, sujeto por un cuello ancho y rodeado de una cabellera muy corta de calvicie incipiente. La primera vez, Ingrid pensó en la fisonomía de un marinero, un joven timonel que habría dirigido la caña del timón hacia los cuatro puntos cardinales sucesivamente, sin olvidar ninguno, y habría visto todo, habría tragado y acumulado todo, hasta llevar la impronta del mundo, concentrada ahí, entre la frente y la barbilla. No andaba muy desencaminada. En lugar de buques mercantes o barcos de pesca, habían sido portaaviones.

—¿Sabes, Ingrid? Mintieron.

—¿Qué quieres decir?

—No fue una guerra limpia, no tenía nada de quirúrgica, era asquerosa. Sangre, carne calcinada, gritos de pavor, lágrimas por todas partes. Y yo, yo fotografiaba ese espectáculo.

—Hasta el 28 de febrero.

—Exacto. No obstante, si ese día dejé todo empantanado, no fue porque me hirieran.

—No? Why then?

—Hacía fotografías a un convoy por una autopista cuando lo bombardearon. Estaba en el jeep de la prensa. El conductor murió al instante, a mí me cayó metralla en la espalda. Jimmy, mi compañero del Newsweek, salió de allí con unos pocos rasguños; estoy seguro de que durante toda su vida se preguntará por qué. Nos evacuaron, aún me veo en aquel helicóptero, incapaz de moverme, con la espalda hecha jirones. Tenía enfrente a un marine herido, de veinte años, llorando, y a su mejor amigo, muerto, metido en una bolsa. Accidentalmente, un misil americano había destruido su blindado. Entre ambos, otro soldado con la cara cubierta por una venda empapada de sangre. Y yo no podía dejar de pensar que aquélla sería una fotografía fantástica, que me resultaba imposible disparar la cámara y que Jimmy tenía que hacerlo en mi lugar. Podemos incluir eso entre los analgésicos que me sumergieron en una vaga inconsciencia. Podemos.

—Y no era cuestión de eso.

—No. Más tarde, analicé la situación en frío y me dije que debía parar antes de volverme completamente insensible. O loco. Muchos de la profesión se sorprendieron al verme abandonar. Jimmy ganó el World Press con aquella foto, y yo me alegré por él.

Ingrid trabajaba los brazos de Maxime. Seguía sintiéndolo cómodo, aunque algo más tenso. Habían dejado de escuchar la lluvia a dúo, era evidente. En el momento en que la chica creyó haber roto el encanto, Maxime continuó:

—¡Qué energía! No imaginaba así el masaje balinés.

—¿Así cómo?

—Tan fuerte. Me hace daño y me sienta bien.

—Suave no serviría para nada.

—No, no me estoy quejando. ¡Continúa!

Ingrid Diesel no perseguía a los clientes. Bien es verdad que era masajista profesional, aunque no se promocionaba. Tenía su discreta base en el pasadizo del Deseo, en el décimo distrito y, por supuesto, ninguna placa de cobre anunciaba su actividad, le bastaba con el boca a boca, así se reservaba el derecho de elegir a sus consumidores. Sólo personas de piel atractiva y simpáticas. A ese respecto, Maxime Duchamp no se quedaba a la zaga. El problema es que a Ingrid le habría gustado que esa simpatía adquiriese un cariz diferente. Que creciera y floreciese en sus corazones hasta el punto en que no les quedase otro remedio: caer uno en los brazos del otro. Pero eso no iba por buen camino. Ningún punto cardinal conducía a los brazos del joven timonel.

Maxime tenía en su vida un mascarón de proa: una chica archifemenina con una buena cabellera, bien formada y con el trasero completamente redondo. Jadiya Yunis sabía hacerse desear con unas armas que parecían haber inventado las francesas.

Las francesas, cuando les convenía, hablaban de igualdad de sexos, aunque en caso de necesidad sabían sacar a flote la seducción. Incluso les cambiaba la voz en esos momentos. Hablaban bajo y, a menudo, llegaban a guardar silencio, permitiendo que el macho creyera que manejaba la barca al mismo tiempo que la conversación. Entonces tenías la sensación de que la Historia se enrollaba en sentido inverso, igual que una alfombra vieja, la impresión de que las feministas nunca habían quemado los sujetadores como símbolo de liberación, que aquello había sido una ilusión óptica generalizada y que las ardientes batalladoras del women power sólo habían sido un club de encantadoras señoritas que aspiraban a intercambiar recetas de bizcocho de limón entre taza y taza de té; parecía imposible que, en determinada ocasión, alguna de ellas hubiera dicho que los hombres vienen de Marte y las mujeres de Venus. Nunca.

Las chicas como Jadiya eran de París, usaban sujetadores muy escotados y los hombres se apresuraban a abrirles las puertas para que no se golpearan sus lindas caritas, se precipitaban para encenderles los cigarrillos, comprarles flores y echarles piropos que ellas aceptaban con un parpadeo de pestañas postizas. Era algo así como el masaje balinés: hacía daño, sentaba bien.

Ingrid pensaba en su propio físico. Genes rusos por parte de madre e irlandeses por parte de padre, una mezcla que vio la luz en Brooklyn, el año 1972. La mejor definición para semejante físico era «fuera de lo normal». Alta —unos cuantos centímetros más que Maxime—, musculosa, sin un ápice de grasa, el cabello muy rubio y muy corto, una tez increíblemente blanca, ojos almendrados y glaciales, pómulos pronunciados, boca desbordante, dientes fuertes, un cuello de jirafa y, para rematar el trabajo de la madre naturaleza, un tatuaje en la espalda que abarcaba los hombros y una parte de la nalga derecha, en este caso sin ninguna relación con el beso de la muerte. Representaba a una mujer que, inclinada sobre un estanque cercado de lirios donde nadaban carpas, jugueteaba con una de ellas.

Magnífico desde el punto de vista estético —un auténtico bonji realizado por un maestro japonés de Kamakura—, quizá no tanto desde el erótico. Al menos para Maxime Duchamp. Ingrid le tocaba con unas manos de uñas muy cortas, nada que ver con las garras de Jadiya, siempre pintadas, adornadas con anillos dorados, que no parecían molestarle para trabajar de camarera en Aux Belles de Jour Comme de Nuit —«Bellas de Noche y de Día»—, el restaurante del pasadizo Brady, la segunda vida de Maxime Duchamp. Para entonces, Ingrid ya sabía todo sobre la convalecencia del fotógrafo en la provincia de Quercy, junto a su familia. Un regreso a los orígenes que había funcionado a modo de detonador. Allí, Maxime se reencontró con su abuela; ésta regentaba el único hostal del pueblo, situado a pocos kilómetros de Castelsarrasin. Pasó mucho tiempo ayudándola en la cocina, como cuando era un crío. Recuperó los recuerdos y se impuso la resurrección, limpia y clara como un delantal blanco almidonado con cofia a juego.

Ingrid le hizo otra pregunta de carácter muy diferente, pero igual de interesante. Esa mañana, Maxime estaba comunicativo, había que aprovechar.

—¿Nunca te has casado?

Tal y como esperaba, abrió los fluctuantes ojos como platos y la miró con aspecto sorprendido.

—Soy una indiscreta, perdona. En Estados Unidos somos así. Unos desconocidos se suben a un autobús y cinco minutos más tarde ya están hablando con todo detalle sobre sus matrimonios, divorcios, enfermedades... No obstante, eso no compromete a nada. Además, tú y yo hemos dejado de ser extraños y...

—No es ningún secreto. Sí, estuve casado. En una ocasión.

—¿Así que eres divorciado?

—Viudo, Rinko murió.

—¿Rinko?

—Era japonesa. Nos conocimos durante la guerra de las Malvinas. Había ido a Buenos Aires en busca de documentación para un guión.

—¿Se dedicaba al cine?

—No, dibujaba mangas.

Al cabo de un rato, había de admitirlo, el masaje balinés llegaba a su fin. Ingrid se lo anunció a Maxime. Éste le dio las gracias con una palmada fraternal en el hombro, se vistió, cogió la bolsa de deportes y rechazó el café que le ofrecía la masajista. Debía regresar al Belles para ayudar a Chloé y Jadiya, que a esa hora recibían los pedidos de mercancía. Se besaron castamente en ambas mejillas e Ingrid miró cómo Maxime abría el paraguas bajo el diluvio que ahogaba el pasadizo del Deseo. Él se giró hacia ella, se dio cuenta de que se había quedado en ascuas y, en voz alta para hacerse oír sobre el ruido que producía la lluvia rebotando con violencia sobre el tejado negro, dijo:

—A Rinko la asesinaron.

—¿Qué?

—Le dejó entrar en su estudio, bueno, también era nuestra casa, en la calle Deux-Gares. Nunca lo atraparon. Fue hace doce años.

—I’m so sorry, man! So dumb sometimes...

—No, no has metido la pata, tampoco es ningún secreto. Las cenizas de Rinko están en mi casa. Un día, Jadiya me preguntó qué era eso y se lo dije.

A Ingrid le hubiera gustado ir más allá, preguntarle si Jadiya había mostrado compasión, saber si Jadiya dejó de preocuparse aunque sólo fuera un instante por su imagen, esa que cuidaba entre cásting y audición, si le había sujetado el rostro con las manos y le había dicho hasta qué punto... «Eso es exactamente lo que yo tengo ganas de hacer ahora, sin esperar más —pensó Ingrid—, y no puedo. Me está permitido masajear el cuerpo de Maxime Duchamp desde la raíz del pelo hasta la punta de los dedos del pie, pero no puedo sujetarle el rostro entre las manos, ni posar mi boca sobre la suya y ofrecerle un beso. Fuck!».

Ingrid se limitó a responder con un gesto de la mano. Lo miró alejarse hacia la calle Faubourg-Saint-Denis y el pasadizo Brady. A dos pasos de allí; en realidad, a años luz. ¿Quería confidencias? Pues ya las tenía.

La joven hizo café, puso música y se instaló en el canapé color rosa de la entrada, la sala de espera. Maxime era el único cliente de esa mañana. Escuchó algo de The Future Sound of London, música tecno experimental muy adecuada para la lluvia y el jarro de melancolía que le acababa de caer encima. Una vez hubo acabado el café, se levantó con energía y fue a sentarse al ordenador. Enviaría un correo electrónico a Steve para contarle su conversación con Maxime. Steve sabía levantar la moral, tenía el don de la empatía, te hacía creer que no te encontrabas sola frente a tus problemas. Después del atentado de las Torres Gemelas, Ingrid se sintió especialmente vulnerable. El intercambio de mensajes con su compatriota de Miami le había permitido mantener el tipo.

Hacía dos años que Ingrid Diesel había plantado su maleta en Francia. Ella, la americana que había recorrido el mundo, aprendió masaje balinés en Bali, tai en Bangkok, shiatsu en Tokio; con amigos en todas partes, desde Sidney hasta Solo, de Ko Samui a Hong Kong, de Luang Prabang a Manila, de Vancouver a Nueva York, esa misma aventurera abrió un paréntesis y aterrizó en París. Allí no tenía amigos sino conocidos, ni un amor sino esperanzas. Hablaba con sus colegas desperdigados a través del correo electrónico, casi nunca apagaba el ordenador.

París, una ciudad demasiado bella para que una viajera la recorriese en unos cuantos meses. Un lugar en el que la dulzura de vivir no era una frase hecha, pese a lo que pudieran decir los lugareños, unos cascarrabias con mucho talento que, la mayoría, ignoraban la suerte de vivir en una de las ciudades más bonitas del planeta.

La casualidad quiso que se instalara en el pasadizo del Deseo. A Steve le pareció genial. No lo era tanto que Jadiya viviese en el mismo edificio, ironías del destino. «Encima de ti está el cuerpo de la otra, esa rival que camina sobre tu cabeza y pisotea tu corazón. Encuentro esta situación más bien perversa», le escribió Steve. Éste tenía, a menudo, las palabras «perversa» o «perversidad» en la punta de la lengua o del teclado, pero qué importaba, también era un chico inteligente y divertido.

Jadiya compartía piso con sus amigas Chloé y Vanessa. Chloé, la rechoncha, la otra camarera de Maxime. Vanessa, una rubia de rostro serio, trabajaba en un centro de acogida para niños de la calle. Ingrid habría preferido ser la única del entorno de Maxime que viviera en el pasadizo del Deseo. Qué bonita metáfora, poética y directa a la vez. No obstante, así son las metáforas, no nos pertenecen más que a los otros.

Después del mensaje a Steve, Ingrid iría a deambular por París. Caminar siempre le sentaba extraordinariamente bien. Pasear durante horas, incluso bajo la lluvia y el frío, que cada día ganaba terreno. En ese momento, y con tanta frecuencia, las aceras tenían el color gris negruzco del macadán, una tonalidad oscura salpicada de minúsculas chispitas de cuarzo. En algunos barrios, en los accesos a los parques y en las avenidas arboladas, las hojas muertas decoraban la antracita de las calles con mil manchas de oro. De entre todas, Ingrid prefería la delicadeza geométrica de las hojas de arce, la forma que tenían de desperdigarse de manera armónica, como bajo el imperio de una teoría del caos: un magnífico desorden organizado. Y, además, estaba ese cielo irritado que, de un solo golpe, se llevaba todas las nubes plomizas y dejaba al descubierto un desgarro azul. Las fachadas grises se tornaban rubias, la ciudad, liberada de una buena parte de su población, subida a cuatro ruedas, cantaba de dulzura.

¡Cuánto se disfrutaba de París los domingos!

TXTPasadizo-4.xhtml

Capítulo
3

 

 

 

 

El cuerpo del otro encima del suyo, las manos del otro en su garganta. No tenía ninguna posibilidad. Demasiada fuerza. Un animal salvaje aullaba dentro de ella, una bestia sudando de terror. Nunca creyó que tuviera tanto apego a la vida. Si lo hubiera sabido...

Su cabeza se giró hacia la estantería.

Allí estaba ese libro.

Sólo veía ese libro...

«Hans Christian Andersen... Horas escuchándolo..., mi madre leyéndolo...».

Un rayo de luz y la última frase del cuento regresó del país de la infancia:

«Todo el mundo ignoró... las cosas bellas que había visto, y en medio de aquel resplandor... entró junto con su anciana abuelita en... la...».

 

* * *

 

Chloé Gardel y Jadiya Yunis regresaron a su domicilio en el pasadizo del Deseo hacia las cuatro de la tarde. Habitualmente, Jadiya se quedaba en casa de Maxime después de su turno, sobre todo los domingos. Sin embargo, en esa ocasión tenía un cásting al que no quería faltar; pensaba arreglarse y correr a probar suerte. En cuanto llegó, Jadiya fue a darse una ducha, lo cual hizo que Chloé Gardel descubriera el cuerpo. Chloé se disponía a aislarse para, al fin, tocar el violonchelo, cuando se dio cuenta de que la puerta de la habitación de Vanessa estaba entreabierta.

La joven permanecía tumbada en la cama, en pijama. Chloé creyó que su amiga remoloneaba, que soñaba despierta con los ojos muy abiertos y la cabeza de cara a los libros y peluches amontonados en la estantería. Chloé se acercó y sintió que la mirada fija de Vanessa la absorbía. Observó las manchas rojas en el cuello muy blanco y cayó en la cuenta de que se le habían empapado los calcetines. Chapoteaba en un charco de sangre. Ni se le pasó por la cabeza la idea de que el asesino pudiera estar aún en el apartamento. Su cerebro se desconectó al tiempo que imaginaba el esófago convertido en un volcán tibio y empezó a vomitar.

El insólito bulto que se situaba a la izquierda de su campo de visión terminó por devolverla a la realidad. Giró la cabeza y vio una pesada bolsa negra con cremallera sobre el sillón de color amarillo.

Al mismo tiempo, Jadiya Yunis, vestida con un gorro de plástico y albornoz, se preguntaba por qué el aspirador se bañaba en la bañera con una tonelada de gel. Inmediatamente vio a Chloé abriendo la puerta del cuarto de baño. Lívida, aturdida, tenía en los brazos una bolsa abierta llena de fajos de billetes, derramándose en una cascada que parecía no tener fin. Pese al rostro de su amiga, Jadiya no pudo dejar de sonreír. Jamás en su vida había visto tanto dinero.

TXTPasadizo-5.xhtml

Capítulo
4

 

 

 

 

El teniente Jérôme Barthélemy detestaba a su nuevo jefe, el comisario Jean-Pascal Grousset. Abominaba todo de ese hombrecillo, hasta su nombre. Barthélemy siempre había encontrado ridículos los nombres compuestos, sobre todo los Jean y lo que fuese. El primero echaba a perder al segundo y viceversa. Oficialmente, los compañeros llamaban al comisario JPG; de manera oficiosa, lo conocían como el Enano de Jardín. Grousset tenía el culo igual de bajo que las ideas, una sotabarba que cuidaba con esmero, el pelo canoso a la largura reglamentaria, una pipa y aliento de pipa. Se la colocaba en los morros cuando se hallaba falto de argumentos.

De momento, el Enano de Jardín había pedido a la bella magrebí, quien les telefoneó y luego les abrió la puerta, que repitiera los hechos por segunda vez. La joven no parecía estúpida, aunque Grousset se dirigía a ella como si fuese retrasada.

—Usted recibió los pedidos, hizo su turno y regresó a casa. Se disponía a ducharse, sin preocuparse por saber dónde estaba su amiga. Explíquemelo de nuevo un poco mejor para que lo entienda.

—Tenía un cásting.

—¿Dónde?

—En M6.

—Entonces, ¿es camarera o actriz?

Jadiya Yunis conocía al Enano de Jardín desde hacía veinte minutos y ya lo había captado todo. Sólo respondía a retazos, mientras su amiga, completamente sonada, con los calcetines llenos de sangre, permanecía sentada en una silla de la cocina y dibujaba por enésima vez un arabesco, con un dedo tembloroso, sobre una tela encerada. A pesar de que esa chica necesitaba que la llevasen a urgencias psiquiátricas, el Enano de Jardín prefería interrogar a fondo a su compañera de piso. Algo nada sorprendente: estaba muy buena, y las chicas guapas seguras de sí mismas le sacaban de quicio. No se trataba de una cuestión sexual, sino nerviosa.

—¿Y su amiga también es artista? ¿Música?

—Estudia en el conservatorio y trabaja de camarera en el Belles.

—Igual que usted.

—Como yo.

—Y a la hora en que mataban a su otra amiga se encontraba en el restaurante, a trescientos metros de aquí, y esperaba a los repartidores, igual que usted.

—Como yo.

—¿Y ninguna de las dos se movió de allí?

—Por tercera vez, no. Ninguna salió, asesinó a Vanessa y regresó de nuevo. Tampoco dimos el golpe entre las dos, porque es eso lo que piensa, ¿me equivoco?

—Responder a una pregunta con otra pregunta no va conmigo.

Asqueado, Jérôme Barthélemy fue a ver a los chicos de la Judicial. Trabajaban en silencio, un silencio cada vez más pesado que otorgaba la joven víctima.

Aún no tenía veinte años, los habría cumplido en febrero. Estaba tumbada de espaldas con el cabello rubio como una corola enmarañada, el arco de las cejas limpio, los ojos claros, almendrados, un rostro de porcelana. Parecía estar descansando. El problema es que no tenía pies. El fotógrafo daba vueltas alrededor del cuerpo, se veía obligado a hacer complicadas contorsiones en esa habitación tan estrecha. El flash crepitaba a intervalos regulares. Phillippe Damien esperaba con paciencia a que acabase las fotos. Las manchas amoratadas en el cuello daban a entender que había sido estrangulada, aunque, al contrario de los casos de estrangulamiento que Barthélemy recordaba, conservaba los rasgos intactos. Ni congestión facial, ni rastro de cianosis, ni la menor huella de equimosis. Vanessa Ringer había sido bonita, aún lo era.

—El rostro está indemne —le dijo a Damien.

—Sí, ha sido una muerte rápida. Basta con mantener una presión continua con los dedos en las carótidas entre quince y treinta segundos. El estrangulamiento manual puede producir la parada cardiaca antes que si se usan ligaduras. El impacto de los dedos sobre las arterias es más preciso. Los arañazos en el cuello se los hizo ella misma intentando librarse.

—Eso quiere decir que el asesino era fuerte.

—En cualquier caso, más que ella.

—Y que le cortó los pies después de haberla matado.

—Exacto. A simple vista, la mutiló con un instrumento contundente.

—¿Tipo tronzador?

—Más bien una tajadera de carnicero. Los cortes son limpios, incluso usó una tabla de la cocina. Esa que está ahí. En cambio, la tajadera se la llevó, junto con los pies.

—No hay agresión sexual.

—Un crimen completamente frío, limpio.

—Minucioso.

—Hasta en los más mínimos detalles. ¿Has visto el aspirador hundido en la bañera?

—Sí, lo he visto.

—Me da en la nariz que no encontraré demasiado ADN, ni en la habitación ni en el filtro de la aspiradora.

—Un análisis lúcido.

—Con tal de que no sea en serie...

Unos gritos interrumpieron al especialista. Jadiya Yunis chillaba al enano. Barthélemy y Damien intercambiaron una sonrisa cansada.

—Nunca me había imaginado que echaría tanto de menos a la jefa —dijo Barthélemy—. No aguanto más a ese tío.

Damien se encogió de hombros con cara de pena y murmuró:

—Quizá no dure mucho. Mientras tanto valor, amigo; sobre todo si se trata de un asesino en serie.

Jadiya Yunis estaba arrodillada junto a su amiga. La gordita, con la espalda pegada a la pared, balanceaba las piernas. Tenía la mirada perdida y con la boca daba bocados al aire, como si no hubiera suficiente en la cocina; como si quisiera disolverse en la pared. El Enano de Jardín acababa de sacar la pipa; quería darse una tregua y miraba a las dos chicas con aspecto ofendido.

—¡Le digo que hay que llamar a su psiquiatra! Vive aquí mismo, en la calle Faubourg-Saint-Denis, el doctor Antoine Léger. ¡No es tan complicado, mierda!

—Señorita, vigile su lenguaje.

—Pero ¿no está viendo que tiene un ataque de angustia? Me gustaría verlo en su lugar.

—Estas pequeñas angustias son un lujo que la policía no puede permitirse, señorita, pese a todo lo que vemos y oímos. Además, a mí me interesa saber por qué su amiga ha caído en esa crisis y por qué usted se muestra tan agresiva. ¡Hay algo que se guardan en la recámara y lo escupirán, créame!

«Socorro», pensó Jérôme Barthélemy, y fue a mirar en el botiquín. De regreso a la cocina, la situación no había cambiado ni un ápice. Chloé, la rechoncha, se desmoronaba por completo, y Jadiya, la magrebí, plantaba cara al enano, mientras acunaba enérgicamente a su amiga, como una Piedad que hubiera dado a luz a un niño Jesús muy grande. Barthélemy dejó la caja de Lexomil sobre la mesa e hizo un gesto discreto a Jadiya.

—En el estado en que se encuentra no le dirá nada. ¡Y yo tampoco, coño!

—¡Uy, dispongo de todo el tiempo del mundo! Tengo tabaco de pipa para todo el día, no necesito nada más.

—¿Usted es real o una pesadilla?

Infierno y suplicio. «Lola Jost, todo esto es por tu culpa. Joder, jefa, ¿por qué te has largado? ¿Por qué?».

—¡Barthélemy!

—¿Jefe?

—Vaya a interrogar a los vecinos y llévese a Vernier con usted. Ese chaval necesita probar el trabajo de campo.

Barthélemy no esperó a que su jefe cambiara de opinión. Agarró al novato, se lo encajó a un oficial con experiencia y notificó a su compañero la orden de interrogar a los habitantes del edificio. Luego se marchó en busca de Antoine Léger, el psiquiatra de la calle Faubourg-Saint-Denis, a dos pasos de allí. Algo muy sencillo si no fuese porque era domingo.

Mientras caminaba, imaginó la cara de ese Antoine. A fuerza de coleccionar declaraciones de unos y otros, había desarrollado una sencilla teoría respecto a los nombres: si no es raro que las personas se parezcan a sus perros, tampoco sería de extrañar que se pareciesen a sus nombres. En algunos casos resultaba más evidente, sobre todo con los Antoine. Con frecuencia, los Antoine son seres rubios, de pelo rizado y expresión casi ingenua; por tanto, muy a menudo conservan un aire juvenil, aunque sean viejos.

El teniente Barthélemy localizó con facilidad la placa de cobre. El psiquiatra también era psicoanalista.

Dos plantas más arriba: bingo. El doctor tenía el pelo rubio y rizado y su cara saludable conservaba rasgos infantiles. El piso debía de hacer también las veces de consulta, allí dentro todo era de color beis y azul claro, para no alterar al paciente. Era posible.

—¿Señor? —dijo el doctor Léger con una bonita voz grave.

—Se trata de una urgencia, doctor. Una de sus pacientes, Chloé Gardel, sufre una crisis de angustia. No se encuentra bien. Su compañera de piso, Vanessa...

—¿Vanessa Ringer?

—Ha sido asesinada.

Un moderado desconcierto en la mirada azul, un azul más fuerte que el de la decoración. Sin embargo, aparte de eso, nada más; el galeno estaba habituado a las crisis, por supuesto.

—Y usted es...

—El teniente Jérôme Barthélemy, comisaría del distrito décimo.

El psiquiatra asintió y entrecerró los ojos, como si el oficial acabara de meter el dedo en un magnífico recuerdo inhibido.

—Bueno, doctor, le dejo que termine lo que tenga entre manos, pero dese un poco de prisa, porque en escasos minutos mi jefe se llevará a esa pobre cría a comisaría.

Se disponía a girar sobre sus talones cuando vio un dálmata. El animal, espléndido, tenía unos grandes ojos negros. Al primer vistazo, no se parecía a su propietario, aunque te miraba fijamente sin decir nada y sin alterarse, cuando habría podido permitirse un ladrido, algún gruñido, olfatear las suelas o sobar los pantalones.

—Ya vamos —dijo Léger.

—¿Vamos?

—Sí, Sigmund y yo. A mi perro no le gusta quedarse solo en casa.

—Como quiera, pero tendrá que dejarlo en el descansillo. Es por la sangre, hay bastante, y los rastros de ADN. ¿Me entiende?

—Sí, sé de qué habla, teniente.

Al salir del edificio, Jérôme Barthélemy dudó entre regresar al pasadizo del Deseo o dejar que sus pasos lo encaminaran hacia la calle Échiquier. Allí, en el número treinta y dos de esa anodina arteria, Lola Jost desdeñaba al mundo. Porque hacía falta desprecio para, de la noche a la mañana, abandonar a un equipo compacto, un grupo que, aunque las había visto de todos los colores, sabía divertirse si se daba el caso. No había derecho a que se hubiera largado, tirando los malos recuerdos, los juegos sucios y los buenos momentos a la misma basura. Sobre todo si eres la jefa, un personaje a quien nadie se habría atrevido a poner un mote del tipo la gorda o la marraja o la porculera o la vieja, o la gorda porculera, aunque muchas veces se lo hubiera merecido; motivos había. Lola Jost no era una mujer fácil, tenía un carácter jodido, no era un premio de belleza.

Como quien no quiere la cosa, sus pasos ya lo habían arrastrado hacia el sur, hacia un sol debilucho que intentaba forzar una barrera de nubes grises y sólo conseguía parecerse a una lamparilla detrás de un papel de calco. El teniente Barthélemy y sus pensamientos acaban de atravesar la calle Enghien. En caso de que su memoria no le jugase una mala pasada, la siguiente sería la calle de la jefa. Entonces aminoró el paso. ¿Y si le echaba con cajas destempladas sin otra fórmula de cortesía que un buen insulto? ¿Y si le dejaba como a un estúpido, detrás de la mirilla de la puerta, sobre el felpudo, venga a tocar y tocar el timbre? ¿Y si se hubiera marchado de París para ir a calentar sus viejos huesos en algún rincón del mundo menos húmedo y con menos gente? A la jefa no le gustaba la gente... No..., no era de esa clase de personas. Antaño, Lola Jost repetía a todo el que quería oírlo que detestaba los cambios de aires y las ocasiones de hacer una escapada que proporcionaban los fines de semana cortos o largos, las vacaciones, las temporadas sabáticas y los días festivos. Con una única excepción: cuando iba a visitar a su hijo y nietas a Singapur. Pero viajaba por la alegría de la familia, no por la del exotismo. ¡Uy, eso nunca! Por mucho que se le preguntase, ni siquiera hablaba de sus vacaciones por debajo de la línea ecuatorial.

«¡Sí que nos la dio con queso, coño! ¡Con todos los que éramos! Cambiar de aires bien lo hizo cuando extirpó su masa corporal del diminuto despacho para nunca más volver a poner los pies allí», pensaba Jérôme mientras subía con esfuerzo las escaleras de un edificio sin ascensor ni portero. La jefa no era tonta, vivía en el primero.

Su nombre acompañaba a un botón de cobre conectado a un mecanismo de timbre que desencadenaría no se sabía muy bien qué reacción en cadena. Allí, delante de una puerta sin nada de particular, simplemente un tablero de contrachapado, ya se sentía incómodo. Inhibido de los tobillos a la glotis y, no obstante, debería hablar. Hasta ese momento sólo había rumiado su rencor. Aquello empezaba con mal pie. Sin embargo, tocó el timbre varias veces. No sucedió nada. La cadena de reacción se había cortado. Un fracaso. Pero, en el hueco de la escalera que olía a pan tostado y desayuno dominical, Jérôme Barthélemy sonrió al tiempo que sacaba un móvil, cuya existencia había estado a punto de olvidar, transportado por la oleada de resentimiento. Por supuesto, el número de la jefa estaba grabado con el nombre de «Lola», una familiaridad que nunca se habría permitido fuera del espacio de una agenda electrónica.

«Lo más gracioso del cuento es que ni siquiera se llama Lola —pensó el teniente mientras marcaba el número—. Su verdadero nombre es Marie-Thérèse. Y, por supuesto, se parece más a una Marie-Thérèse que a una Lola. Bueno, es su único rasgo de coquetería... Aunque algunas tardes, sentada en el saliente de la ventana del despacho con el pitillo en la boca, los brazos cruzados, la falda por las rodillas, dejando ver unas piernas sorprendentemente interesantes en comparación con el resto del modelo, cuando nos informaba sobre los detalles de algún caso con esa voz ronca de acento monótono que le daba un ligero toque suizo a la música de sus palabras, y los ojos inteligentes escudriñándolo todo, Marie-Thérèse Jost tenía el aspecto de una Lola».

Respondió al cabo de cinco timbres del teléfono y a Barthélemy le dio un vuelco el corazón. Qué agradable era volver a oír esa voz aguardentosa cargada con un montón de cigarrillos, una voz casi asmática de un autoritarismo ardiente.

—Sí, jefa. Soy Barthélemy y estoy en el quicio de su puerta.

—¿Y qué quieres de mi puerta?

—Eh..., estoy investigando un caso en el barrio con el Enano de Jardín y... he venido a tomar una bocanada de aire puro a su casa y, de paso, un café, si tiene hecho...

—Fundamentalmente has venido a despertarme, chaval.

—¿A estas horas aún durmiendo? No lo creo, jefa.

—Excepto a ti, no sé a quién podría molestarle.

—Bueno, quería decir que no es usted de ese tipo de gente que se echa la siesta...

—En fin, ahórrate las excusas, Barthélemy. Te concedo un café. Déjame dos segundos para ponerme la bata.

«Igual que la legión en Kolwezi», pensó el teniente, y esperó cinco largos minutos. La puerta se abrió ante una Lola de rostro abotargado y marchito, con una mirada tan amable como un vergajo. La bata parecía haber pertenecido a Clark Gable en Lo que el viento se llevó, pero tenía pinta de ser muy calentita. Cuando llega el frío y todo eso...

Barthélemy ya había estado en un par de ocasiones en casa de la jefa. Se trataba de un piso de dos habitaciones mal arreglado, con un pasillo demasiado grande y una cocina demasiado pequeña, todo en tonos verdes y salmón para mantenerlo zen mientras los pizzeros del bajo comercial enviaban a sus repartidores a cualquier hora del día y de la noche. Se quitó los zapatos con objeto de granjearse los favores de la jefa y la siguió al cuarto de estar. Una mesa extensible, abierta del todo, colonizaba la habitación. Tenía un tablero encima y sobre el tablero un puzle que, con sólo mirarlo, te dolía la cabeza.

—La Capilla Sixtina en cinco mil piezas —dijo Lola—, que es igual que decir vicio en estado puro. Ayer trabajé en el puzle como un animal. Este jodido Miguel Ángel hizo que me acostara a las tres de la madrugada.

—Impresionante —respondió Barthélemy.

—¿De verdad quieres un café?

—No.

—Mucho mejor, porque tengo revuelto el estómago. Llevo cincuenta años dándole al oporto. El rostro de Eva expulsada del Paraíso me dio mucha guerra. Prepararé una infusión de menta. ¿Te apetece?

—Eso siempre, jefa.

—¡Uy!, tienes la actitud de un chiquillo que quiere pedir algo.

—No tengo nada que pedir, jefa, sólo que quizá... Me encuentro enfermo y no es gripe.

—A tu edad, si uno no se siente desgraciado...

—A usted le gusta observar la Sixtina, pero yo ya no puedo ver ni en pintura al Enano de Jardín. Su simple visión me asfixia, sus métodos me destrozan, su gilipollez me atonta.

—«En vano es el bien, un bien que no puede obtenerse. Cuando la esperanza ha muerto, el deseo debe morir».

—¿Un proverbio de un monje zen? —preguntó Barthélemy sin desanimarse.

Estaba acostumbrado a las citas de la jefa, quien había sido profesora de francés en otra vida anterior, una temporada en la que generaciones de colegiales debieron de sufrir mucho.

—No, una elegía de Bertaud. Todo esto es para decirte que se te meta en la cabeza que no volveré a pisar la comisaría.

—A menos de un año de la jubilación, no es nada razonable.

—No entré en la policía por las ventajas de los funcionarios. Y los motivos de mi marcha sólo me incumben a mí.

—Sus razones las sabe todo el mundo —replicó valerosamente Barthélemy desdeñando la mirada de la jefa, que se acercaba al punto de glaciación—. Sus motivos se llaman Toussaint Kidjo.

Lola Jost miró de arriba abajo a su antiguo compañero con aire arrogante. Luego, sin decir ni una palabra, se dirigió a la cocina. Barthélemy, aliviado por ser aún persona grata en aquella casa, la oyó hurgar en las cacerolas. Regresó, hierática, con la cara como tallada en piedra, una tetera humeante y dos tazas sobre una bandeja; la espantosa bata, colgando de manera ridícula, casi recordaba a una cola real.

—Quita de ahí el tablero, y sobre todo no te cargues la Sixtina.

Barthélemy obedeció con la alegría recobrada de quien ha restablecido los lazos con la persona capaz de despejar el horizonte soplando contra la niebla. Una jefa, una dirigente, alguien capaz de solucionar las situaciones complicadas. Únicamente era una ilusión, por supuesto, pero animaba bastante. No cayó a la moqueta verde ni una sola pieza.

—Bueno, cuéntame —suspiró Lola—, te sentará bien y para mí será divertido.

Y Barthélemy habló sobre la rubia Vanessa y sus dos amigas del pasadizo del Deseo. Unas chicas que no parecían nadar en la abundancia y tenían que compartir un pisito para poder vivir en el centro de París. Describió el rostro lívido e intacto de la víctima, el estrangulamiento fuerte y rápido, el truco del aspirador, la falta de connotaciones sexuales. Y los pies cortados, sin duda, con una tajadera; Barthélemy insistió en que habían amputado los pies y se los habían llevado. Mencionó la falta de todo: ADN, potenciales enemigos, un móvil, un sentido. Y el contraste, el incomprensible contraste entre un estrangulamiento limpio y la asquerosa mutilación, el rostro intacto y los dos pringosos muñones. Todo aquello le había sucedido a una chica sin nada destacable, con un trabajo modesto, sin novio, según decían sus compañeras de piso. Ni rastro de un diario o cartas, únicamente una estantería con libros, la mayoría infantiles, del tipo de La pequeña cerillera, muñecas y peluches.

Lola Jost había anudado sus manos a la taza humeante; el vapor le empañaba las gafas y el policía no leía en sus ojos. Si hablaba con frialdad sobre la mutilación, se arriesgaba a que la jefa reviviese la muerte del teniente Toussaint Kidjo. Su desaparición, tan súbita como violenta, marcó el principio del fin, fue el detonante del incendio que crecería hasta no dejar más que cenizas. Bajo el bastón de la jefa, los chicos del distrito décimo formaron un equipo compacto. De aquello, pronto sólo quedaría la suciedad del carbón: el Enano de Jardín lanzaba gasolina sobre las brasas todos los días, como un sádico Mudito de Blancanieves, un miserable que acababa con los pocos alicientes que pudieras tener para levantarte por las mañanas. Un déspota. ¡Y después de eso, aún nos sorprende ver a la gente corriendo a la consulta del psiquiatra! Ya se llame Antoine o Perico de los palotes, tenga un dálmata o un násico de Borneo.

—Conozco a Jadiya y a Chloé —dijo Lola rompiendo el silencio—. Son las camareras del Aux Belles de Jour Comme de Nuit, un restaurante, en el pasadizo Brady, al que voy a menudo. Me parecen muy amables. Grousset las maltratará un poco y luego las dejará en paz.

—No tiene pinta de ver las cosas de ese modo. No hay rastro de que la puerta haya sido forzada. O bien el asesino tenía llaves o Vanessa lo dejó entrar.

—Barthélemy, sabes muy bien que en un noventa por ciento de los homicidios se investiga a las personas cercanas a la víctima. Pues bien, si tú lo sabes, JPG también. Instiga a las compañeras de piso de Vanessa, un poli principiante haría lo mismo.

—No me molesta tanto el razonamiento del enano como su estilo.

—Un buen consejo, Barthélemy: da tiempo al tiempo; ya verás, todo se arreglará.

—No es eso lo que me dicen mis nervios. Y rara vez se equivocan esos malvados.

—Barthélemy, ¿conoces la metafísica del puzle? —Se limitó a mover la cabeza de izquierda a derecha—. Basta con una sola pieza y, de pronto, el universo se contiene en un único fragmento. Por supuesto, eso siempre que uno se circunscriba a un universo razonable; un universo a nuestro alcance. Barthélemy, cuando no se puede asumir más peso, hay que aligerarse.

—No entiendo qué quiere decir, jefa.

—¡Coño, antes eras más listo! Lo que quiero decir es lo siguiente: no puedo atravesar la puerta de la comisaría del décimo. Me resulta físicamente imposible. Tampoco puedo sentarme a mi mesa como si no hubiera pasado nada y dirigir vuestro grupo de incompetentes con mano de hierro y guante de terciopelo, o con resaca bajo una careta de carnaval. Lo hice; ya no más. Lo di todo, no me queda nada por dar. De manera que me dedico a hacer puzles y esta modesta actividad me satisface plenamente.

—Me parece difícil de creer.

—No te pido que me creas. Al contrario de lo que has podido pensar, no soy ningún gurú, amigo. Ahora os dirige Jean-Pascal Grousset, alias JPG. Es menos gilipollas de lo que parece. Te permite buscar la pieza.

—¿Qué pieza?

—La del puzle, idiota. Esa que, quizá, colocarás en el sitio adecuado para concluir la investigación y entregar el mundo en un único fragmento durante cinco minutos. Es tu gloria y tu sacerdocio, colega. No obstante, para ello tal vez debas comenzar la investigación por el vecindario. ¿No crees?

Barthélemy, escéptico, levantó una ceja al mismo tiempo que la taza hacia sus labios. Había vuelto a salir a flote. Se veían las salvas grises y plateadas, más bien grises, en sobreimpresión sobre la fachada de enfrente. Tendría que ponerse a ello. Era seguro, era inevitable, habría de interrogar a todas esas personas para saber si habían visto a alguien u oído algo, si tenían una opinión sobre Vanessa Ringer, Chloé Gardel o Jadiya Yunis. Antes de la huida de Lola Jost, ese trabajo meticuloso habría satisfecho a Jérôme Barthélemy. Se sentía un sabueso huroneando con el hocico en la basura y no le molestaba, al contrario, porque también la jefa pegaba el hocico a todas las alcantarillas del barrio sin olvidar ni una. Pero se había acabado. De nuevo se encontraban solos.

Barthélemy se despidió como un alma en pena. Había ido a aclarar una duda y se marchaba con una certeza. «Cuando la esperanza ha muerto, el deseo debe morir». Lola Jost había sido una espléndida porculera, su espada invisible había caído con fuerza sobre el garrote del barrio, su paso de amazona paquidérmica había hecho temblar la calle; pero ahora no era más que una abuelita dedicada a hacer puzles.

 

* * *

 

Después de que se marchara su antiguo compañero, Lola Jost fue a ver cómo llovía mientras intentaba reconstruir el rostro de Vanessa Ringer. Recordaba a una cría guapa que tenía un aspecto frío o triste. De vez en cuando se la cruzaba en algún comercio, vestida con colores oscuros, lo que destacaba más su rostro de camelia.

Lola abandonó a Vanessa y la ventana. Comió dos rebanadas de pan de especias y un plátano, por el aporte de magnesio; era bueno para las meninges y, en consecuencia, para los puzles. Fumó un cigarrillo entre toses y fregó los platos al tiempo que escuchaba el informativo en France Info. El presentador informaba sobre un alunizaje en los Campos Elíseos. Tres hombres encapuchados y armados con fusiles de asalto habían desvalijado una oficina de cambio en breves minutos, un poco antes de las cinco de la madrugada, y se habían llevado la golosa suma de un millón y medio de euros. Desaparecieron como llegaron, abandonando tras ellos el vehículo que habían usado como ariete. El atraco se saldaba con una turista canadiense en estado de shock y con la declaración de un alto cargo de la Brigada contra Bandas Organizadas que explicaba cómo habían cambiado los tiempos. Nos enfrentábamos a una generación de malhechores muy diferente de la de los ladrones antiguos, con un código de honor, experiencia profesional y conciencia del riesgo. En la actualidad, los nuevos jóvenes delincuentes, que con frecuencia procedían de los suburbios de los alrededores de la capital, atracaban joyerías, oficinas de cambio, salas de subastas, armados con material militar y un aplomo a prueba de bombas. Actuaban rápidamente, corrían riesgos insensatos y no dudaban en vender por nada lo que obtenían en los atracos, inmersos en una huida hacia delante sin conciencia del mañana.

—Pues sí, chaval, no son rentistas —dijo Lola Jost en voz alta antes de apagar la radio.

TXTPasadizo-6.xhtml

Capítulo
5

 

 

 

 

Jean-Luc se pasó gran parte del lunes limpiando y ordenando la casa. Le gustaba el orden y esa actividad le ayudaba a reflexionar. De hecho, no había dejado de pensar en Farid y en la absurda historia de la guita. Había actuado bien mostrándose tranquilo. Más valía dejar a Farid que cumpliese sus sueños. Lógicamente, con esa pasta gansa la famosa Vanessa debió de abrirle los brazos.

Entonces, Jean-Luc veía en la televisión La ruta del ron. Los concursantes alucinaban; ese año el mar estaba especialmente movido, y él, atónito ante las proezas de Ellen MacArthur. Seguramente ganaría la morenita. Tendrían la misma edad. Pensaba que a una mujer como ésa podría regalarle quinientos mil euros. A ella sí. Ellen MacArthur era una heroína. Jean-Luc lograba imaginar todo lo que vivía, lo que aguantaba en el monocasco. Intentó leer en ella concentrándose mucho, pero resultaba imposible. En ese preciso instante sonó el timbre de la puerta. «Los coñazos siempre llegan en el mejor momento», pensó, y suspiró.

—Tienes que venir.

Noah parecía diferente. Difícil decir por qué. Y, de pronto, Jean-Luc cayó en la cuenta de que era la primera vez que veía a Noah andar solo desde que se había unido a Farid. Los siameses se habían disociado. Sin Farid, Noah no era ni la sombra de sí mismo.

—Farid no quiere salir. Date prisa.

—¿No quiere salir de vuestro barrio? ¿Y qué? ¿Has visto qué tiempo hace? Se está mejor en casa.

—¡Que no, de su apartamento! Ni siquiera me abre la puerta.

—¿Qué ha pasado?

—Yo! No tengo ni idea, man. Primero se lió a porrazos con todo, luego se encerró y...

—Espera un minuto, ¿me estás diciendo que ha destrozado su casa? Pues debió de armar un escándalo.

—No poco, man.

—¡Y me lo dices así! Los vecinos avisarán a la poli.

—No creo. El tipo de la izquierda es un viejo gagá, y los de la derecha son rastas.

—¿Cómo?

—Yo! Estate al loro. Unos negros que fuman ganja.

—¿Y qué? Eso no los convierte en sordos. Además, habrá más de dos vecinos en el edificio.

—¿Nos vamos, Jean-Luc? ¿Vienes?

—Espera, tengo que pensar.

—Puedes pensar en el coche.

—¡Noah!

—¿Sí?

—Concéntrate treinta segundos, ¿quieres? Si tú no has podido entrar, será porque la puerta de Farid tiene algún problema.

—Exacto, man, es una puerta blindada. ¿Qué te crees? Hay mucho chorizo de los huevos en el barrio.

Gracias a La ruta del ron, Jean-Luc tuvo una idea. Fue a buscar su traje de patrón de barco y el casco integral a un armario. Se había quedado con él después de vender la moto. Se puso el traje entre un bombardeo de preguntas y bajó al garaje a por un spray de pintura. Recordaba que habían camuflado los parachoques de uno de los coches que les había llevado Menahem con un spray plateado. Noah, quien al fin comprendió que no obtendría respuestas, le vio aplicar el spray en el casco sin hacer comentarios. Eso ya estaba mejor. Satisfecho de su trabajo, Jean-Luc ordenó a Noah coger las mazas de encima de la mesa y meterlas en el coche.

 

* * *

 

Noah y Jean-Luc salieron del ascensor en la segunda planta y subieron a la undécima por la escalera. Antes de colocarse el casco plateado, Jean-Luc notó el olor a ganja que flotaba entre las paredes al ritmo de una canción de Youssou N’Dour. Aunque la música salía de la puerta de la derecha, el vecino de la izquierda se encontraba en una fase de lucidez y muy interesado en lo que sucedía a su alrededor. Tenía una oreja pegada a la puerta de Farid Yunis.

—¡Bomberos de Saint-Denis! —gritó Jean-Luc.

El viejo se sobresaltó.

—¡Uy, precisamente iba a llamar a la policía! Ese joven debe de estar colocado. Creo que ha destrozado la casa. Esperemos que no se haya quitado la vida.

—Lo sacaremos de ahí. Entre en su piso, señor. Tenemos que tirar la puerta con las mazas. Haremos mucho ruido y podría ser peligroso.

—Estoy acostumbrado, ¿sabe? A mis vecinos les gusta mucho la música y el joven colocado siempre entra en casa dando portazos, le da igual que sea mediodía o medianoche. Así es ahora la nueva generación, habrá que aceptarlo. Vivo en este barrio desde hace treinta y siete años. Me llamo Sébastien Hopel. Me alegra ver que los bomberos siempre intervienen rápidamente. No es el caso de otros cuerpos.

 

* * *

 

Farid se encontraba con medio cuerpo desnudo tendido en la cama; se había apretado una botella de ginebra antes de romper los pocos muebles y arrancar los estores. Parecía dormir profundamente. El cuarto de baño estaba completamente arrasado, el botiquín y su contenido habían acabado en la bañera junto con la taza del váter y un France-Soir flotaba sobre ellos. Jean-Luc le dio la vuelta y descubrió en la primera página un enorme titular, «Inseguridad», al que ilustraba el rostro de una rubia muy guapa. «Vanessa Ringer, de diecinueve años y trabajadora social, fue asesinada ayer por la mañana en su domicilio del pasadizo del Deseo, en el distrito décimo de París. Los domingos no son tan apacibles como parece...».

«Farid ha leído el periódico por primera vez en su vida y el resultado no ha sido satisfactorio», pensó Jean-Luc mientras doblaba las hojas que chorreaban, antes de metérselas en el bolsillo del traje de patrón de barco. Luego estudió los botes de medicamentos que flotaban en el agua. Nada por lo que preocuparse demasiado: aspirinas, paracetamol, pastillas para la garganta. Ni un antiespasmódico, por supuesto. Farid, el hombre sin miedo, no los necesitaba.

—Yo! Éste no prueba el alcohol.

—Espero que no se haya metido un cóctel de ginebra y somníferos.

—¡No! En su casa no hay de eso.

—Eso parece.

—¡Seguro! Farid nunca va al matasanos. Y no recuerdo haber robado ninguna farmacia.

—Envuélvelo en la manta, Noah, nos lo llevamos. Mientras te ocupas de eso, comprobaré que no nos dejamos nada de valor.

—¿En qué piensas? ¿En la bolsa con su parte?

—¡Bravo, lo adivinaste!

—Nunca habría imaginado que Farid destrozara todo lo de su alrededor como un puto Atila. ¿Has visto? Hasta ha arrancado los estores.

«No, es el ángel que ha sembrado la confusión con las alas ahí dentro», pensó Jean-Luc. Y respondió:

—Tienes razón, se ha esmerado.

—¿Crees que el viejo gagá te habrá tomado por un bombero de verdad?

—No parece tan gagá como te empeñas en decir. De cualquier modo, puede tomarme por el Capitán Trueno o Spiderman, me da igual. Ya hemos recuperado a Farid, ahora urge que nos larguemos de tu barrio.

«Y que se te meta en la cabezota que no podrás volver pronto», añadió para sus adentros, al tiempo que cogía a Farid en brazos. Pesaba mucho más de lo que había calculado.

 

* * *

 

Jean-Luc, instalado a la cabecera de su amigo, lo velaba desde hacía un buen rato. Las dobles cortinas de la habitación filtraban la luz del día y el rostro dormido estaba medio iluminado. De cuando en cuando, gruñía un poco y se movía. Debía de tener el cerebro lleno como una olla exprés y el corazón sangrando en carne viva. El príncipe acababa de perder a su Sherezade y ya no sabía qué coño hacer con sus mil y una noches.

Intentó despertarlo haciendo que ingiriera café con un embudo. Noah le echó una mano, pero sólo consiguieron manchar el papel pintado y los sillones. Farid no estaba a las puertas del coma, así que podían dejarle dormir la mona. Saldría de ésa. Además, en un barco vería mucho más. Se emborracharía sin beber, todos los días. Jean-Luc había tomado dos decisiones: bautizar a su velero El ángel negro y convencer a Farid para comprarlo entre los dos y hacerse a la mar juntos. Jean-Luc ya disponía de unos buenos ahorros, sería fácil cerrar el negocio. Farid necesitaba un aliciente, vivir de otro modo, no al día. Jean-Luc le enseñaría a navegar. Respecto a Noah, ya se vería. Si Farid se empeñaba en llevárselo, haría un esfuerzo.

Por supuesto, primero hacía falta aclarar el embrollo del pasadizo del Deseo. No obstante, Jean-Luc había aprendido a ser paciente, como un navegante dispuesto a jugarse la piel y su barco durante trece días y doce noches en el océano, de Saint-Malo a Pointe-à-Pitre, por ejemplo. De cualquier modo, Jean-Luc estaba decidido a embarcar a Farid, hubiera o no matado a Vanessa. Sólo restaba un problema, y no pequeño: saber qué había hecho con la pasta. Jean-Luc fue al quiosco, arrampló con los periódicos disponibles y estuvo zapeando por todas las cadenas. Ningún periodista mencionaba la existencia de una bolsa llena de dinero en el caso de Vanessa Ringer. Eso podía querer decir que la pasma mantenía la información en secreto, que las compañeras de piso de Vanessa habían escondido la pasta o, mucho mejor, que Farid la había guardado en algún sitio. No eran pocas las opciones.

Mientras tanto, Jean-Luc se había concentrado en varias ocasiones para ver qué hacía el ángel y, al final, tras muchos esfuerzos, lo vio, con la cabeza hacia abajo, colgado por los pies de un gran árbol negro despojado de las hojas, con las alas replegadas contra el cuerpo, exactamente igual que las de un murciélago gigante. Jean-Luc agarró la mano de Farid y la movió suavemente para que los anillos de plata brillaran en el pálido destello.

—¡Eh, tío!, ¿ya no sabes quién eres? Pues yo nunca lo he sabido, fíjate. Lo quieras o no, ahora tenemos algo en común.

TXTPasadizo-7.xhtml

Capítulo
6

 

 

 

 

Hacia las ocho de la tarde, con la Capilla Sixtina en punto muerto y el paquete de rubio igual, Lola Jost decidió que había llegado el momento de ir a cenar fuera; conociendo a Maxime Duchamp, el restaurante debía de estar abierto, pese a la desgracia que les había caído encima a Jadiya y Chloé. El Aux Belles de Jour Comme de Nuit se regía como un bastión del bienestar, un modesto lugar de encuentro de un grupo de incondicionales a los que se ofrecían los mejores precios posibles; un restaurante campechano, bueno, sencillo y no demasiado caro, lo que en París es sinónimo de singular.

Lola Jost se puso la gabardina y las botas, metió un paquete de tabaco entero en el bolsillo, sacó el paraguas del paragüero de porcelana con dragones pintados (un regalo de su hijo, que sólo tenía un defecto: le gustaban los objetos chinos) y salió en dirección al pasadizo Brady. Mientras subía la calle Faubourg-Saint-Denis, pensó que si seguía lloviendo a ese ritmo, los adivinos que anunciaban un desbordamiento del Sena peor que el de 1910 acabarían teniendo razón.

Entró en el pasadizo cubierto; el viento había rebajado los olores habituales, entre los que dominaba el curry. El Belles era el único establecimiento de esa clase en medio de un pasadizo lleno de restaurantes indios. Pese a la corriente de aire, Lola se entretuvo leyendo el menú. Había morro a la vinagreta acompañado de un salteado de verduras, embutido con denominación de origen, guiso de carne de vaca y tocino, cerceta de Berbería y postres variados. No obstante, a Lola Jost nunca le gustaron los postres. Era más bien de salado y bebidas espirituosas.

A través del ventanal descubrió a Édouard, el hijo del quiosquero. El chaval estudiaba en la escuela de hostelería y trabajaba con cierta regularidad para Maxime. Llevaba puesto un enorme delantal negro y servía las mesas en lugar de Chloé y Jadiya. Lo cual daba a entender que, aunque pareciese imposible, JPG había retenido a las chicas. Bueno, tampoco era para tanto, y a Jadiya le serviría de inspiración en futuras pruebas. Lo que no nos destruye nos hace más fuertes, y así sea.

Lola reconoció a algunos habituales de la casa, entre otros a la rubia desgarbada de pelo corto y cuerpo atlético con acento yanqui. A esa chica también le gustaba mucho el bastión. Lola sospechaba que no le interesaba únicamente la gastronomía; su flirteo con Maxime no le había pasado inadvertido. Cuando el antiguo fotógrafo dejaba los fogones para saludar amablemente a su clientela, se lo comía con los ojos disimuladamente. Aunque Maxime Duchamp era bajo, estaba muy cotizado entre el sector femenino. Con esa cara de gran reportero que ha llegado desde muy lejos pero está de paso y esa mirada de zozobra, de la que resulta tan difícil desprenderse.

Édouard la acompañó hasta su mesa habitual, la que tan a menudo compartió con Toussaint. Frente al espejo, desde el que podía observar aquel mundo sin ser vista, Lola se vio como un cachalote embarrancado. Un rostro grueso coronado por un cabello gris, peinado cual abuelita, talla cincuenta o cincuenta y dos, según las marcas. Cuando el fantasma de Toussaint Kidjo iba a llamar a la puerta, siempre se sentía así.

—¡Qué tiempo más asqueroso, señora Jost! Ya ha tenido valor para venir.

—Chico, no hay que estar quejándose todo el tiempo. En 1910 el Sena subió más de seis metros. Al soldado del puente del Alma le llegaba el agua hasta los bigotes. Las ratas que no murieron ahogadas se pusieron las botas en los restaurantes. Comparado con eso, esto es una maravilla.

—Esta mañana en la radio decían que se podría repetir.

—Ya lloraremos cuando llegue el momento, Édouard. Mientras tanto, tomaré cerceta con patatas fritas, acompañada del vino de la casa. Y avisa a Maxime que me gustaría hablar un momento con él cuando pueda. ¿Entendido?

—Entendido, señora Jost.

La cerceta estaba sabrosa, las patatas fritas también y cuando la última gota del vino de la casa murió en el vaso de Lola, Maxime Duchamp fue a sentarse a su mesa y la miró un instante sin decir nada. Eso lo hacía muy bien.

—Hola, Maxime —dijo Lola, puesto que había que romper el hechizo y recobrar el hilo del tiempo.

—Hola, Lola.

—Esta mañana, al levantarme, he recordado que mi verdadero nombre era Marie-Thérèse y que tenía ciento veinte años.

—Me niego a llamarte Marie-Thérèse, para mí siempre serás Lola.

—Bueno, de acuerdo, pero tengo sed.

Maxime levantó el brazo dirigiéndose a Édouard y dibujó un signo cabalístico en el aire. Su compañera de mesa guardó silencio hasta que llegó el vino. Maxime sabía que Lola pensaba en Toussaint Kidjo, pero tuvo la delicadeza de no pronunciar su nombre; esperaba que fuera ella quien lo hiciese. Lola no sentía ningún deseo de mencionar a Toussaint. Dejó que flotara el silencio y abrió el otro paquete de tabaco sin ofrecerle uno a Maxime. El chico no tenía vicios.

—¿Quién es la vikinga tallada en un drakkar?

—¿La rubia alta con jersey de marinero?

—Sí.

—Ingrid Diesel. Es masajista y vive en el pasadizo del Deseo.

—¡Vaya!

—Tai, shiatsu, balinés.

—¿Qué son todas esas palabras?

—Practica todas las modalidades.

—¿Lo has probado?

—Sí, Lola.

—¿Y estuvo bien, Maxime?

—Formidable.

—¿Cómo la conociste?

—En el gimnasio de la calle Petites-Écuries. Es de carácter fuerte, jamás falta a un entrenamiento.

Lola vació el vaso, Maxime el suyo y los llenó de nuevo. Lola pensó que era exactamente lo que quería que hiciese. Que le sirviera vino y bebiera con ella. Que no le dijera que fumaba demasiado, que la escuchase hablar o callar. Que le contara o no qué escondía en el corazón. Siempre se estaba a gusto con Maxime. Aquel lunes por la noche, Maxime tenía ganas de hablar, así que dijo:

—Seguramente sabes que Jadiya y Chloé están retenidas.

—Lo sé.

Y le escuchó hablar de las chicas. Chloé tenía problemas de peso, se refugiaba tocando el violonchelo o con amigos invisibles de Internet. Jadiya, un soldadito valiente, tiraba del carro por las dos, de eso estaba seguro. No obstante, resulta muy duro para dos chicas tan jóvenes. Chloé, Jadiya y Vanessa, el trío de inseparables, se conocían desde el instituto. Chloé estaba muerta de miedo. Jadiya se hacía la fuerte, pero no le llegaba la camisa al cuello. No tenían ni idea de quién habría podido ensañarse con Vanessa. Una de dos: o Vanessa abrió la puerta al asesino o éste había entrado con llave. Es todo lo que Chloé y Jadiya podían decir, y a la policía, personificada en ese enano y limitado comisario, le parecía insuficiente.

—Hago lo que puedo para tranquilizarlas, aunque este asunto no huela nada bien. ¿Sabes que el asesino le ha cortado los pies?

—Lo sé, mi antiguo adjunto me ha puesto al corriente.

—La prensa no lo decía.

—Normal. Grousset quiere que el asesino sepa más que el público para poder atraparlo en los interrogatorios.

—Imagino que nos enfrentamos a un demente que querrá repetir la hazaña con Jadiya o Chloé. Eso piensa el teniente Barthélemy. ¿Tú crees en esa teoría?

—Yo no creo nada. Sobre todo porque ya no soy poli, recuérdalo.

Lola se había expresado con una voz más triste de lo que hubiera deseado. Así pues, sonrió para compensarlo. Maxime le dio un golpecito en la mano antes de decirle con tono malicioso:

—¿Sabes qué necesitarías?

—Ni idea.

—Una buena sesión con Antoine.

—¿Quién es ése?

—Un cliente del Belles y el psiquiatra de Chloé. Quizá si te tumbaras en el diván te sentirías mejor. Su perro se llama Sigmund.

—¡No!

—Sí. Además, Antoine es un tipo apasionante. ¿Sabes por qué los psiquiatras obligan a sus pacientes a tumbarse en el diván y se sitúan detrás de ellos?

—¿Para poder echar una cabezada de vez en cuando?

—No tienes ni idea, Lola. El paciente descubre mejor sus pensamientos cuando se halla frente al vacío, es decir, frente a sí mismo.

—¿Y te parece que eso proporciona seguridad?

—Aceptar el vacío lo considero un buen principio.

 

* * *

 

Lola se sentía mejor después de hablar con Maxime y atacó de nuevo el puzle. Se había pasado con el vino de la casa, pero le daba igual: la ayudaría a dormir. Cuando sonó el timbre, pensó en Barthélemy y se levantó refunfuñando entre dientes. Sin embargo, al otro lado de la mirilla vio a Ingrid Diesel, la masajista polivalente. Lola consultó el reloj: las diez y treinta y cinco de la noche. Pese a todo, abrió a la caradura aquella. La americana sonreía como quien necesita pedir un favor muy grande. Lola la miró de arriba abajo sin decir ni una palabra; una actitud que, en su época, habría desconcertado a más de uno.

—¿La señora Lola Jost?

—Depende.

—Me llamo Ingrid Diesel, vengo de parte de Maxime Duchamp, del Belles.

—Sí, sí, conozco a Maxime. ¿Y qué?

—¿Podría pasar?

Lola dejó ver sin el menor disimulo su poco entusiasmo. La deportista masculló unas frases excusándose, se quitó los zapatos para no manchar la moqueta —un punto a su favor— y se repantigó en el sofá. Un punto en su contra. Los calcetines eran de color azul verdoso y vestía un pantalón vaquero desgastado y un jersey a rayas que se quitó con toda la confianza del mundo, mientras se quejaba de que hacía mucho calor. Lola se encontró frente a una chica musculosa, en camiseta y con un tatuaje asomando por un hombro. Encendió un cigarrillo, ofreció otro sin éxito a la visita, se sentó en su sillón preferido y se cerró la bata en su fuero interno y en su fuero externo a la vez.

—Maxime me ha dicho que había trabajado en la policía.

—Eso fue mucho antes de que usted naciera, cuando los dinosaurios planeaban instalarse en la Tierra.

—Con todo, ya he cumplido los treinta.

—¿Puede saberse qué le trae por aquí a esta hora tan intempestiva, Ingrid Diesel?

—Bueno, ni siquiera son las once. Pues bien, vivo en el pasadizo del Deseo, en el mismo edificio en el que Vanessa Ringer ha sido...

—Sí, estoy al corriente.

—Sus colegas me han interrogado en mi casa. No tenía nada malo que decir de mis vecinas. Cuando he visto que se las llevaban a comisaría, los he seguido. Una vez allí, he hablado en su favor y uno de sus colegas ha sido muy desagradable.

—Se olvida demasiado a menudo que una comisaría no es una playa tropical. Allí la gente vive estresada y se muestra poco amable con los turistas.

—Creo que podría ayudarme. En fin, ayudarnos, a las personas del barrio, porque la muerte de una joven incumbe a todo el mundo.

—Esta conversación empezó sobre unos fundamentos racionales. Usted empleó el pluscuamperfecto cuando habló de mi carrera, dio en el clavo y, sin embargo, ahora derrapamos. Es una lástima. Sobre todo porque se está convirtiendo en una manía, usted es la segunda persona que viene a cantarme la canción de la nostalgia. Entérense, ahora Lola Jost se dedica a hacer puzles en su casa, al menos cuando le permiten ese placer.

—¡Puzles! Debe de ser tremendamente...

—¿Tremendamente qué? ¿Coñazo?

—Pues sí. Perdone de nuevo si soy muy franca. Maxime me ha dicho que se podía hablar con usted, que era una buena mujer.

—«Una buena mujer». Eso es un lugar común; hubiera preferido: «Maxime me ha dicho que era toda una mujer». Entonces sí estaríamos de acuerdo, soy una mujer. O, al menos, lo que queda de ella, después de haberme entregado. He dado y dado y dado de mí misma, y ahora tengo derecho a quedarme en casa haciendo puzles o esculpiendo zanahorias en forma de rosa si me viene en gana. Incluso resolviendo crucigramas autodefinidos, cosa que suele suceder cuando me harto de los puzles. Estoy en mi derecho.

—No.

—¿Cómo que no?

—Si no hace nada, detendrán a un inocente y el cerdo que ha matado a Vanessa quedará en libertad. Eso es inaceptable.

—También conozco palabras grandilocuentes y no sólo las de los autodefinidos: inadmisible, intolerable, inaceptable, inconcebible, hasta injusto. Así que no despliegue toda esa palabrería delante de mis narices, no me impresiona.

—Pese a todo, la vida es algo más que quedarse en casa olvidando al resto del mundo.

—La vida, señorita, es mermelada de clavo, y si a su edad aún no lo sabe, no puedo hacer nada por usted.

—Maxime me ha dicho que fue una poli digna de respeto hasta que mataron a su compañero.

—Está empezando a cansarme.

—En lugar de macerar en la autocompasión y en esa espantosa bata, reaccione y ayude a su barrio.

—Bueno, ya es suficiente. No admito que una rapada con tatuajes y jersey a rayas falte al respeto a mi bata. Lárguese.

—No.

—Tú lo has querido. Llamaré a mis colegas, como tú los llamas, para que vengan a sacarte de aquí. Te garantizo que en esta ocasión te prestarán toda su atención.

—Usted no es una buena mujer. Maxime se equivoca, e insisto: su bata es espantosa. Totally ugly! Cuando se encuentre bien asentada en su tranquila vida de jubilada, dentro de su escondite, ya no le importará a nadie. Y eso no ha de tardar.

—La salida no ha cambiado de sitio y la comisaría tampoco. Tienes dos segundos para decidir tu destino.

No tuvo que repetírselo por tercera vez. Así, Lola pudo cerrar la puerta tras la sinvergüenza esa. Permaneció inmóvil unos instantes observando el postigo y la mirilla; pensó fugazmente en un cíclope rectangular y cataléptico. La clase de personaje que habría podido interpretar un papel en Los Shadoks, aunque hacía lustros que no ponían Los Shadoks en la tele. Luego se dio cuenta de que la tatuada había olvidado el jersey. Se asomó a la ventana y vio su silueta indignada alejándose hacia el pasadizo del Deseo con paso atlético, medio desnuda en una noche fría de noviembre, aunque con rabia interior para mantenerse caliente. Las personas son sorprendentes cuando tienen tiempo que perder.

Lola leyó instintivamente la etiqueta del jersey. La marca sonaba a bretona, talla cuarenta. Recordó que de joven usaba la cuarenta. En la época de Los Shadoks. Se llevó el jersey a su habitación y se plantó delante del espejo del armario ropero. Es verdad, la bata era fea, ¿y qué? Cuando menos, resultaba calentita. Se sujetó el jersey contra sus senos como sandías y el suéter adquirió el aspecto de un saldo de la sección de jovencitas. Por un proceso darwiniano de desvencijamiento, la sirena había mutado lentamente en un viejo cachalote, de un modo tan lento que ni se había dado cuenta. Y milenios después del naufragio, una fresca agitaba un jersey como una ingenua bandera, un pabellón falso de agradecimiento, imaginando que todo era muy fácil, que bastaba con decir sí, ¡ay sí!, manos a la obra.

«Venga, Lola, deja ya de montarte películas, has bebido demasiado, chica, es hora de que te acuestes».

Y eso hizo. No obstante, apenas hubo apoyado la cabeza en la almohada, se incorporó. El final de una frase había quedado atrapado en su oreja. Una frase de la Diesel. Había dicho: «Si no hace nada, detendrán a un inocente...». Y la americana, supuestamente, había ido a prestar testimonio en favor de Jadiya y Chloé a la calle Louis-Blanc. Lola se levantó y telefoneó a Barthélemy. El pobre tonto parecía encantado de escucharla y empezó con los «jefas» largos como un lunes sin puzle. Lola allanó rápidamente el terreno a machetazos y el teniente le dijo lo que le interesaba: el Enano de Jardín se había hartado de jugar con las dos camareras del Belles y, entonces, había pasado a interesarse por su jefe. Maxime Duchamp era el novio de Jadiya Yunis; por tanto, tenía acceso a las llaves del piso de las chicas. Y la mañana del drama andaba por allí. La Diesel le había dado un masaje. Lola se vistió a todo correr, cogió el jersey de marinero o marinera, ya no lo sabía muy bien, y se dirigió al pasadizo del Deseo.

TXTPasadizo-8.xhtml

Capítulo
7

 

 

 

 

Inseguridad! ¡Los perros andan sueltos! ¡Hay que morderlos!».

Alguien había vaporizado su punto de vista con spray rojo en el escaparate del chamarilero cuya tienda se hallaba junto al edificio de Ingrid Diesel y las chicas. Lola pasó el dedo sobre el punto de una exclamación y comprobó que la pintura estaba bastante fresca. Luego, en la primera «o» de «morderlos», vio una botella que contenía una minúscula bailarina de piernas articuladas con un tutú y zapatillas de ballet. La llave que accionaba el mecanismo sobresalía por el lado derecho. Lola escrutó el pasadizo, salvo una bonita niebla y un tipo durmiendo debajo de un montón de cartones, estaba vacío. Tocó el timbre de I. Diesel.

—Me he quitado la bata y te devuelvo tu jersey de marinero o marinera, no lo sé.

—Lo que me interesa es saber si has cambiado de opinión.

—Ale hop, directa al grano. Tú no has variado la táctica. Bueno, ¿me permites pasar a tu reserva de planta baja o pretendes que progrese mi reumatismo?

La Diesel dio un paso atrás y Lola entró en una habitación que parecía una sala de espera en versión psicodélica. Un canapé de color anaranjado frente a otro igual en rosa, cojines de un tono azul cielo de verano desperdigados por los

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Product added to wishlist