Amante Consagrado (La Hermandad de la Daga Negra 6)

J.R. Ward

Fragmento

 indice

Índice

Portadilla

Índice

Dedicatoria

Agradecimientos

Glosario de términos y nombres propios

Prólogo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Capítulo 39

Capítulo 40

Capítulo 41

Capítulo 42

Capítulo 43

Capítulo 44

Capítulo 45

Capítulo 46

Capítulo 47

Capítulo 48

Capítulo 49

Capítulo 50

Capítulo 51

Capítulo 52

Capítulo 53

Capítulo 54

Capítulo 55

Capítulo 56

Capítulo 57

Notas

Sobre la autora

La Hermandad de la Daga Negra

Créditos

Grupo Santillana

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DEDICADO A TI.

FUISTE TODO UN CABALLERO Y UN ALIVIO.

Y CREO QUE EL PLACER ENCARNA EN TI…

Y CIERTAMENTE LO MERECES.

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Agradecimientos

 

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¡MUCHÍSIMAS GRACIAS A LOS LECTORES

DE LA «HERMANDAD DE LA DAGA NEGRA»

Y UN SALUDO A LOS CELLIES!

 

MI INMENSA GRATITUD PARA:

KAREN SOLEM, KARA CESARE,

CLAIRE ZION Y KARA WELSH.

 

GRACIAS A S-BYTE, VENTRUE, LOOP Y OPAL

POR TODO LO QUE HACEN GRACIAS

A LA BONDAD DE SU CORAZÓN.

 

COMO SIEMPRE, UN MILLÓN DE GRACIAS

A MI COMITÉ EJECUTIVO:

SUE GRAFTON, DR. JESSICA ANDERSEN Y BETSEY VAUGHAN.

Y MIS RESPETOS PARA LA INCOMPARABLE

SUZANNE BROCKMANN.

A DLB, CON RESPETO, TE QUIERO MUCHÍSIMO, MAMÁ.

A NTM, COMO SIEMPRE, CON AMOR Y AGRADECIMIENTO.

SIN LUGAR A DUDAS, ERES UN PRÍNCIPE.

P. D. ¿HAY ALGO QUE NO PUEDAS ENCONTRAR?

 

A LEELLA SCOTT, ¿YA LLEGAMOS?

¿YA LLEGAMOS?

¿YA LLEGAMOS?

REMMY, EL SISTEMA DE CONTROL ES NUESTRO AMIGO

Y NO SOMOS NADA SIN LESUNSHINE.

CON TODO EL AMOR, MI QUERIDA AMIGA.

 

A KAYLIE, BIENVENIDA AL MUNDO, CHIQUITA.

TIENES UNA MADRE ESPECTACULAR, ELLA ES MI ÍDOLO,

Y NO SÓLO POR LO BIEN QUE MANTIENE MI PELO.

A BUB, GRACIAS POR SCHWASTED.

 

NADA DE ESTO SERÍA POSIBLE SIN:

MI ADORADO ESPOSO,

QUE ES MI CONSEJERO Y ME CUIDA Y ES UN VISIONARIO;

MI MARAVILLOSA MADRE,

QUE ME HA BRINDADO TANTO AMOR

QUE NUNCA PODRÉ RECOMPENSARLA;

MI FAMILIA (TANTO LA PROPIA COMO LA ADOPTADA)

Y MIS QUERIDOS AMIGOS.

AH, Y SIN LA MEJOR MITAD DE WRITERDOG, CLARO.

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Glosario de términos y nombres propios

 

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ahstrux nohtrum (n.). Guardia privado con licencia para matar. Sólo puede ser nombrado por el rey.

 

ahvenge (n.). Acto de retribución mortal, ejecutado por lo general por un amante masculino.

 

chrih (n.). Símbolo de una muerte honorable, en la Lengua Antigua.

 

cohntehst (n. m.). Conflicto entre dos machos que compiten por el derecho a ser pareja de una hembra.

 

Dhunhd (n. pr.). Infierno.

 

doggen (n.). Miembro de la clase servil del mundo de los vampiros. Los doggen conservan antiguas tradiciones para el servicio a sus superiores. Tienen vestimentas y comportamientos muy formales. Pueden salir durante el día, pero envejecen relativamente rápido. Su esperanza de vida es de aproximadamente quinientos años.

 

Elegidas, las (n. f.). Vampiresas criadas para servir a la Virgen Escribana. Se consideran miembros de la aristocracia, aunque sus intereses son más espirituales que materiales. Tienen poca, o ninguna, relación con los machos, pero pueden aparearse con miembros de la Hermandad, si así lo dictamina la Virgen Escribana, a fin de perpetuar su clase. Algunas tienen la habilidad de vaticinar el futuro. En el pasado se usaban para satisfacer las necesidades de sangre de miembros solteros de la Hermandad y, después de un periodo en que los hermanos abandonaron esta práctica, ha vuelto a cobrar vigencia.

 

ehros (n. f.). Elegidas entrenadas en las artes amatorias.

 

esclavo de sangre (n.). Vampiro hembra o macho que ha sido subyugado para satisfacer las necesidades de sangre de otros vampiros. La práctica de mantener esclavos de sangre ha sido prohibida recientemente.

 

exhile dhoble (n. pr.). Gemelo malvado o maldito, el que nace en segundo lugar.

 

ghardian (n. m.). El que vigila a un individuo. Hay distintas clases de ghardians, pero la más poderosa es la de los que cuidan a un hembra sehcluded.

 

glymera (n. f.). Núcleo de la aristocracia, equivalente, en líneas generales, a la flor y nata de la sociedad inglesa de los tiempos de la Regencia.

 

hellren (n. m.). Vampiro macho que se ha apareado con una hembra y la ha tomado por compañera. Los machos pueden tomar varias hembras como compañeras.

 

Hermandad de la Daga Negra (n. pr.). Guerreros vampiros muy bien entrenados que protegen a su especie contra la Sociedad Restrictiva. Como resultado de una cría selectiva en el interior de la raza, los hermanos poseen inmensa fuerza física y mental, así como la facultad de curarse rápidamente. En su mayor parte no son hermanos de sangre, y son iniciados en la Hermandad por nominación de los hermanos. Agresivos, autosuficientes y reservados por naturaleza, viven apartados de los humanos. Tienen poco contacto con miembros de otras clases de seres, excepto cuando necesitan alimentarse. Son protagonistas de leyendas y objeto de reverencia dentro del mundo de los vampiros. Sólo se les puede matar infligiéndoles heridas graves, como disparos o puñaladas en el corazón y lesiones similares.

 

leahdyre (n. m.). Persona poderosa y con influencia.

 

leelan (n.). Término cariñoso que se puede traducir como «queri-do/a».

 

lewlhen (n. m.). Regalo.

 

lheage (n.). Apelativo respetuoso usado por un esclavo sexual para referirse a su amo o ama dominante.

 

mahmen (n. f.). Madre. Es al mismo tiempo una manera de decir «madre» y un término cariñoso.

 

mhis (n.). Especie de niebla con la que se envuelve un determinado entorno físico; produce un campo de ilusión.

 

nalla (f.) o nallum (m.) (n.). Palabra cariñosa que significa «amada» o «amado».

 

newling (n. f.). Muchacha virgen.

 

Ocaso, el (n. pr.). Reino intemporal, donde los muertos se reúnen con sus seres queridos para pasar la eternidad.

 

Omega, el (n. pr.). Malévola figura mística que busca la extinción de los vampiros debido a una animadversión hacia la Virgen Escribana. Vive en un reino intemporal y posee enormes poderes, aunque no tiene el poder de la creación.

 

periodo de necesidad (n.). Momento de fertilidad de las vampiresas. Por lo general dura dos días y viene acompañado de intensas ansias sexuales. Se presenta aproximadamente cinco años después de la transición de una hembra y de ahí en adelante tiene lugar una vez cada década. Todos los machos tienden a sentir la necesidad de aparearse, si se encuentran cerca de una hembra que esté en su periodo de fertilidad. Puede ser una época peligrosa, pues suelen estallar múltiples conflictos y luchas entre los machos contendientes, particularmente si la hembra no tiene compañero.

 

phearsom (n.). Término referente a la potencia de los órganos sexuales de un macho. La traducción literal sería algo como «digno de penetrar a una hembra».

 

Primera Familia (n. pr.). El rey y la reina de los vampiros y todos los hijos nacidos de esa unión.

 

princeps (n.). Nivel superior de la aristocracia de los vampiros, superado solamente por los miembros de la Primera Familia o las Elegidas de la Virgen Escribana. Se debe nacer con el título; no puede ser otorgado.

 

pyrocant (n.). Se refiere a una debilidad crítica en un individuo. Dicha debilidad puede ser interna, como una adicción, o externa, como un amante.

 

rahlman (m.). Salvador.

 

restrictor (n.). Miembro de la Sociedad Restrictiva, humano sin alma que persigue a los vampiros para exterminarlos. A los restrictores se les debe apuñalar en el pecho para matarlos; de lo contrario, son inmortales. No comen ni beben y son impotentes. Con el paso del tiempo, su cabello, su piel y el iris de los ojos pierden pigmentación, hasta que acaban siendo rubios, pálidos y de ojos incoloros. Huelen a talco para bebé. Tras ser iniciados en la sociedad por el Omega, conservan su corazón extirpado en un frasco de cerámica.

 

rythe (n.). Forma ritual de honrar a un individuo al que se ha ofendido. Si se acepta, el ofendido elige un arma y ataca al ofensor u ofensora, quien se presenta sin defensas.

 

sehclusion (m.). Estatus conferido por el rey a una hembra de la aristocracia, como resultado de una solicitud de la familia de la hembra. Coloca a la hembra bajo la dirección exclusiva de su ghardian, que por lo general es el macho más viejo de la familia. El ghardian tiene el derecho legal de determinar todos los aspectos de la vida de la hembra y puede restringir a voluntad toda relación que ella tenga con el mundo.

 

shellan (n.). Vampiresa que ha elegido compañero. Por lo general las hembras no toman más de un compañero, debido a la naturaleza fuertemente territorial de los machos que han elegido compañera.

 

Sociedad Restrictiva (n. pr.). Orden de asesinos o verdugos convocados por el Omega con el propósito de erradicar la especie de los vampiros.

 

symphath (n.). Subespecie de la raza de los vampiros que se caracteriza, entre otros rasgos, por la capacidad y el deseo de manipular las emociones de los demás (con el propósito de realizar un intercambio de energía). Históricamente han sido discriminados y durante ciertas épocas han sido víctimas de la cacería de los vampiros. Están en vías de extinción.

 

trahyner (n.). Palabra que denota el respeto y cariño mutuo que existe entre dos vampiros machos. Se podría traducir como «mi querido amigo».

 

transición (n.). Momento crítico en la vida de un vampiro, cuando él, o ella, se convierten en adultos. De ahí en adelante deben beber la sangre del sexo opuesto para sobrevivir y no pueden soportar la luz del sol. Generalmente ocurre a los veinticinco años. Algunos vampiros no sobreviven a su transición, en particular los machos. Antes de la transición, los vampiros son físicamente débiles, no tienen conciencia ni impulsos sexuales y tampoco pueden desmaterializarse.

 

Tumba, la (n. pr.). Cripta sagrada de la Hermandad de la Daga Negra. Se usa como sede ceremonial y también para guardar los frascos de los restrictores. Entre las ceremonias realizadas allí están las iniciaciones, los funerales y las acciones disciplinarias contra miembros de la Hermandad. Sólo pueden entrar los miembros de la Hermandad, la Virgen Escribana y los candidatos a ser iniciados.

 

vampiro (n.). Miembro de una especie distinta del Homo sapiens. Los vampiros tienen que beber sangre del sexo opuesto para sobrevivir. La sangre humana los mantiene vivos, pero la fuerza no dura mucho tiempo. Tras la transición, que ocurre a los veinticinco años, no pueden salir a la luz del día y deben alimentarse regularmente. Los vampiros no pueden «convertir» a los humanos por medio de un mordisco o una transfusión sanguínea, aunque en algunos casos raros son capaces de procrear con otras especies. Los vampiros pueden desmaterializarse a voluntad, aunque deben ser capaces de calmarse y concentrarse para hacerlo, y no pueden llevar consigo nada pesado. Tienen la capacidad de borrar los recuerdos de los humanos, siempre que tales recuerdos sean de corto plazo. Algunos vampiros pueden leer la mente. Su esperanza de vida es superior a mil años y, en algunos casos, incluso más.

 

Virgen Escribana, la (n. pr.). Fuerza mística que hace las veces de consejera del rey, guardiana de los archivos de los vampiros y dispensadora de privilegios. Vive en un reino intemporal y tiene enormes poderes. Capaz de un único acto de creación, que empleó para dar existencia a los vampiros.

 

wahlker (n.). Individuo que ha muerto y ha regresado al mundo de los vivos desde el Ocaso. Son muy respetados y reverenciados por sus tribulaciones.

 

whard (n.). Equivalente al padrino o madrina de un individuo.

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Prólogo

 

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Hace veinticinco años, tres meses, cuatro días,

once horas, ocho minutos y treinta y cuatro segundos…

 

 

En efecto, el tiempo no era un túnel que se perdía en el infinito. Era maleable, y no fijo, hasta este preciso segundo del presente. Arcilla, no cemento.

Lo cual era algo que el Omega agradecía. Porque si el tiempo fuera fijo, no tendría en brazos a su hijo recién nacido.

Nunca había ambicionado tener hijos. Pero en ese momento cambió de parecer.

—¿La madre está muerta? —preguntó, mientras su segundo al mando, el jefe de los restrictores, bajaba las escaleras. Curioso, si se le hubiese preguntado al asesino qué año creía que era, habría contestado que era el año 1983. Y, en cierta forma, habría tenido razón.

El jefe de los restrictores asintió con la cabeza.

—No sobrevivió al parto.

—Las vampiresas rara vez sobreviven al parto. Es una de sus pocas virtudes. —Y en ese caso era algo muy apropiado. Pues asesinar a la madre después del servicio que le había prestado parecería poco elegante.

—¿Qué quieres que haga con su cuerpo?

El Omega se quedó observando mientras su hijo estiraba la mano y le agarraba el pulgar con fuerza.

—¡Qué extraño!

—¿Qué?

Era difícil poner en palabras lo que estaba sintiendo. O tal vez de eso se trataba: el Omega no esperaba sentir nada.

Se suponía que ese hijo era una reacción de defensa contra la Profecía del Destructor, una respuesta calculada en la guerra contra los vampiros, una estrategia para garantizar la supervivencia del Omega. Su hijo lucharía de una forma nueva y aniquilaría a esa raza de salvajes antes de que el Destructor purgara la esencia del Omega hasta no dejar nada.

Hasta este momento el plan había sido ejecutado a la perfección, comenzando por el secuestro de la vampiresa que el Omega había inseminado y terminando aquí, con la llegada de este nuevo ser al mundo.

El bebé levantó la vista hacia él, mientras movía la boca diminuta. Tenía un olor dulzón, pero no debido a que fuera un restrictor.

De repente, el Omega sintió que no quería perderlo. Ese niño que tenía en los brazos era un milagro, una fractura en el sistema, que respiraba y estaba viva. El Omega no había sido bendecido con el don de la creación, como su hermana, pero tampoco le había sido negada la reproducción. Es posible que no pudiera crear toda una nueva raza, pero podía reproducir una parte de él y proyectarla hacia el futuro gracias a la genética.

Y lo había hecho.

—¿Señor? —dijo el jefe de los restrictores.

En realidad el Omega no quería soltar al niño, pero para que el plan funcionara su hijo tenía que vivir con el enemigo y ser educado como uno de ellos. Su hijo tenía que conocer la lengua de los enemigos, su cultura y sus costumbres.

Su hijo tenía que saber dónde vivían para poder ir a matarlos después.

El Omega se obligó a entregarle el bebé al jefe de los restrictores.

—Déjalo en el lugar de reunión que te prohibí saquear. Envuélvelo bien y déjalo y, cuando regreses aquí, yo te llevaré hasta mí.

«Donde morirás porque ése es mi deseo», pensó el Omega para sus adentros.

No podía dejar cabos sueltos. No podía haber errores.

Mientras el jefe de los restrictores ejecutaba una serie de venias y gestos de adulación que en cualquier otro momento habrían despertado el interés del Omega, el sol se levantó sobre los campos sembrados de maíz de Caldwell, Nueva York. Desde arriba llegó el suave chisporroteo de un fuego que se convirtió rápidamente en llamarada y el olor a quemado que anunciaba la incineración del cuerpo de la vampiresa, junto con toda la sangre que había en la cama.

Lo cual era perfecto. El orden y la limpieza eran importantes y la granja era completamente nueva, había sido construida especialmente para el nacimiento del niño.

—Vete —ordenó el Omega—. Vete y cumple con tu deber.

El jefe de los restrictores se marchó con el bebé; y mientras observaba cómo se cerraba la puerta, el Omega sintió la ausencia de su retoño. Realmente sintió no poder quedarse más tiempo con él.

Sin embargo, tenía a mano la manera de solucionar su angustia. El Omega se proyectó en el aire con el pensamiento y se trasladó al presente, a la misma sala en que se encontraba.

El transcurso del tiempo se manifestó en un deterioro instantáneo de la casa. El papel de la pared quedó súbitamente descolorido y rasgado en algunos lugares. Los muebles estaban muy estropeados después de dos décadas de uso constante. El techo pasó del blanco brillante a adoptar un color amarillo sucio, como si la casa hubiese estado habitada durante años por un grupo de fumadores. Las tablas del suelo se levantaron en muchos puntos.

Al fondo de la casa, el Omega oyó a dos humanos discutiendo.

Entonces se dirigió hacia la cocina sucia y descuidada, que hasta hacía sólo unos segundos estaba tan resplandeciente como el día en que se construyó.

Al verlo entrar en la cocina, el hombre y la mujer dejaron de discutir y se quedaron paralizados. Entonces el Omega procedió a ejecutar la tediosa tarea de vaciar la granja de curiosos.

Su hijo iba a regresar al redil. Y el Omega necesitaba verlo casi más de lo que necesitaba aprovecharse de él.

Cuando la maldad tocó el centro de su pecho, se sintió vacío y pensó en su hermana. Ella había traído al mundo a una nueva raza, una raza diseñada a través de una combinación de su deseo y la biología disponible. Se sentía tan orgullosa de su obra…

Y su padre igual.

El Omega había comenzado a matar a los vampiros sólo para mortificarlos, pero rápidamente se dio cuenta de que él se alimentaba de maldad. Su padre no podía detenerlo, claro, porque resultó que las acciones del Omega —o, mejor, su existencia misma— eran necesarias para contrarrestar la bondad de su hermana.

Y había que mantener el equilibrio. Ése era el principio fundamental de su hermana, la justificación del Omega, y el mandato de su padre y también del padre de éste. La esencia misma del mundo.

Y el resultado fue que la Virgen Escribana sufriera y el Omega obtuviera satisfacción. Cada muerte infligida a la raza de su hermana hacía que ella sufriera, y él lo sabía. El hermano siempre había podido percibir lo que sentía su hermana.

Ahora, sin embargo, eso era aún más cierto.

Cuando el Omega se imaginaba a su hijo allá afuera, en el mundo, se preocupaba por el chico. Esperaba que los veintitantos años que habían transcurrido hubiesen sido buenos para él. Pero eso era propio de todo padre. Se suponía que los padres debían preocuparse por sus retoños, alimentarlos y protegerlos. Cualquiera que sea la naturaleza de tu corazón, ya sea la virtud o el pecado, siempre deseas lo mejor para los que has traído al mundo.

Era asombroso ver que él tenía algo en común con su hermana, después de todo… Era una sorpresa descubrir que los dos deseaban que los hijos que habían procreado pudieran sobrevivir y prosperar.

El Omega observó los cuerpos de los humanos que acababa de aniquilar.

Qué sentimientos tan extraños…

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Capítulo
1

 

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El hechicero había regresado.

Phury cerró los ojos y dejó caer la cabeza contra el cabecero de la cama. Ah, demonios, ¿qué le estaba diciendo ahora? El hechicero nunca se había marchado.

«Socio, a veces me desesperas», dijo la voz ronca en su cabeza, arrastrando las palabras. «De verdad, me desesperas. Después de todo lo que hemos vivido juntos…».

Todo lo que habían vivido juntos… ¿acaso no era cierto?

El hechicero era la causa de su apremiante necesidad de fumar humo rojo; siempre en su cabeza, siempre martilleando sobre lo que no había hecho, sobre lo que debería haber hecho, sobre lo que podría haber hecho mejor.

Debería. Tendría. Podría.

¡Qué bonito sonsonete! La realidad era que uno de los sirvientes de Sauron, del Señor de los Anillos, lo arrastraba hacia el humo rojo con tanta efectividad como si lo tuviera atado, como si fuera un animal y lo metiera en el maletero de un coche.

«En realidad, socio, tú serías el parachoques».

Exacto.

En la imaginación de Phury, el hechicero se presentaba bajo la forma de uno de los sirvientes de Sauron, de pie, en medio de un paisaje gris, lleno de huesos y calaveras; y con su elegante acento británico el bastardo se aseguraba de que Phury nunca olvidara sus errores. Así que la insistente retahíla le hacía encenderse un porro tras otro para evitar ir hasta el armario en que guardaba sus armas y tragarse el cañón de una de las de calibre 40.

«Tú no lo salvaste. No los salvaste. Tú atrajiste la maldición que les cayó encima a todos. La culpa es tuya… tú tienes la culpa».

Phury estiró la mano para alcanzar otro porro y lo encendió con su mechero de oro.

Él era evidentemente un lobo solitario.

El gemelo que nació el segundo. El gemelo malvado.

Al nacer tres minutos después de Zsadist, el nacimiento de Phury atrajo a la familia la maldición de la falta de equilibrio. El hecho de tener dos hijos nobles, vivos y respirando, era un exceso de buena fortuna y, claro, el equilibro terminó por imponerse: pocos meses después, su gemelo fue raptado y vendido como esclavo y sufrió durante un siglo todo tipo de vejaciones.

Gracias a la maldad de la mujer que era su dueña, Zsadist quedó con cicatrices en la cara, la espalda, las muñecas y el cuello. Y tenía todavía más cicatrices en el alma.

Phury abrió los ojos. El haber rescatado el cuerpo físico de su gemelo no había sido suficiente; había sido necesario el milagro de Bella para resucitar el alma de Z y ahora ella estaba en peligro. Si la perdían…

«Entonces todo volvería a su lugar y el equilibrio permanecería intacto para la nueva generación», dijo el hechicero. «En realidad tú no crees que tu gemelo pueda obtener la bendición de tener un hijo, ¿verdad? Tú tendrás muchos hijos, pero él no tendrá ninguno. Ésas son las reglas del equilibrio. Ah, y también me voy a llevar a su shellan. Ya te lo había dicho, ¿recuerdas?».

Phury cogió el control remoto y puso a todo volumen la música. Che gelida manina tronó en la habitación.

Pero no funcionó. Al hechicero le gustaba Puccini. El sirviente de Sauron comenzó a bailar alrededor del campo lleno de esqueletos: sus botas aplastaban lo que había debajo, sus pesados brazos se mecían con elegancia y su túnica negra y rasgada se agitaba como la crin de un semental que sacude la cabeza. El hechicero bailaba y se reía contra un inmenso horizonte gris y desolado.

Estaba absolutamente jodido.

Sin necesidad de mirar, Phury estiró la mano hasta la mesita de noche para coger la bolsa de humo rojo y el papel de liar. No necesitó medir la distancia. Estaba perfectamente entrenado.

Mientras el hechicero cantaba al ritmo de La Bohème, Phury enrolló dos porros grandes para poder encender el uno con el otro y se los fumó al tiempo que preparaba otros refuerzos. Lo que salía de sus labios cuando exhalaba olía a café y a chocolate, pero con tal de acallar al hechicero habría sido capaz de fumar cualquier cosa.

Demonios, estaba llegando al punto en que fumarse todo un basurero le parecería perfecto, si eso le brindaba un poco de paz.

«No puedo creer que ya no aprecies nuestra relación», dijo el hechicero.

Phury se concentró en el dibujo que tenía sobre las piernas, en el cual había estado trabajando durante la última media hora. Después de hacer una rápida evaluación, mojó la punta de la pluma en el tintero de plata que tenía apoyado contra la cadera. El pozo de tinta se parecía a la sangre de sus enemigos, con su brillo denso y aceitoso. Pero en el papel dejaba un rastro marrón de tonos rojizos, no negro.

Phury nunca habría usado tinta negra para pintar a alguien que amaba. Eso atraía la mala suerte.

Además, la tinta sepia tenía exactamente el mismo tono de los rayos del pelo color caoba de Bella. Así que la tinta coincidía con el tema del dibujo.

Phury sombreó con cuidado la curva de la nariz perfecta de Bella y los finos trazos de la pluma se fueron cruzando hasta obtener la densidad correcta.

Dibujar con tinta se parecía mucho a la vida: un error y todo acababa estropeándose.

¡Maldición! El ojo de Bella no le hacía justicia al modelo.

Doblando el antebrazo para no tocar con la muñeca la tinta fresca que acababa de aplicar, Phury trató de arreglar lo que no estaba bien, de moldear el párpado inferior para que la curva tuviera un mejor trazo. Sus líneas iban marcando bellamente la hoja de papel. Pero el ojo todavía no estaba bien.

No, no estaba bien y él debería saberlo, teniendo en cuenta la cantidad de tiempo que había pasado dibujándola durante los últimos ocho meses.

El hechicero se detuvo en medio de un pliegue y observó que ese gusto por los dibujos con tinta era un asco. Dibujar a la shellan embarazada de su propio gemelo. ¡Por favor!

«Sólo un absoluto y maldito bastardo se obsesionaría con una mujer que ya tiene dueño, precisamente su hermano gemelo. Y sin embargo tú lo has hecho. Debes sentirte muy orgulloso de ti mismo, socio».

Sí, el hechicero siempre había tenido acento británico por alguna razón.

Phury le dio otra calada al porro y ladeó la cabeza para ver si un cambio de perspectiva ayudaba. No. Todavía no estaba bien. Y, en realidad, el pelo tampoco estaba bien. Por alguna razón había dibujado el largo cabello oscuro de Bella recogido en un moño, con algunos mechones diminutos haciéndole cosquillas en las mejillas. Aunque ella siempre lo llevaba suelto.

A pesar de todo, estaba adorable, y el resto del rostro le había quedado como siempre que la dibujaba: su hermosa mirada se dirigía a la derecha, con las pestañas delineadas, y los ojos mostraban una mezcla de ternura y devoción.

Zsadist siempre se sentaba a la derecha de ella durante las comidas. De manera que le quedara libre la mano con la que peleaba.

Phury nunca la pintaba con los ojos fijos en él. Lo cual tenía sentido. En la vida real, él nunca atraía la mirada de Bella. Ella estaba enamorada de su gemelo y él nunca cambiaría ese hecho, aunque la echaba tanto de menos…

El dibujo mostraba a Bella desde la parte superior del moño hasta el comienzo de los hombros. Phury nunca dibujaba su barriga de embarazada. Nunca se pintaba a las mujeres embarazadas del torso para abajo. Porque, de nuevo, eso atraía la mala suerte. Y también era un recordatorio de su mayor temor.

Era común que las madres murieran en el parto.

Phury pasó los dedos por la cara del dibujo, sin tocar la nariz, donde la tinta todavía estaba fresca. Ella era adorable, incluso con ese ojo que no se veía bien y el pelo, que estaba arreglado de manera distinta, y los labios, que eran menos carnosos.

Ese dibujo estaba terminado. Hora de comenzar otro.

Entonces movió la mano hacia la base del dibujo y comenzó a pintar un primer bucle de hiedra, que subía por la curva del hombro. Primero una hoja, luego un tallo que se elevaba hacia arriba… ahora más hojas que se enredaban y se volvían más densas, mientras cubrían el cuello y subían hacia la barbilla, bordeando la boca y desenrollándose sobre las mejillas.

A medida que la mano iba y volvía del tintero, la hiedra iba cubriendo la imagen de Bella, al tiempo que ocultaba los trazos de la pluma de Phury, y con ellos su corazón y el pecado en que vivía.

Lo más difícil era cubrir la nariz. Eso siempre era lo último que hacía y, cuando ya no lo podía evitar por más tiempo, sentía que los pulmones le ardían, como si fuera él el que ya no pudiese respirar.

Cuando la hiedra cubrió toda la imagen, arrugó la hoja y la arrojó a la papelera de bronce que estaba al otro lado de la habitación.

¿En qué mes estaban… agosto? Sí, agosto. Lo que significaba que… Bella todavía tenía todo un año de embarazo por delante, suponiendo que lograra soportarlo. Como muchas vampiresas, ya le habían ordenado completo reposo, debido al miedo a que el niño naciera prematuramente.

Phury apagó la colilla del porro y estiró la mano para buscar uno de los otros dos que acababa de liarse. Y recordó que ya se los había fumado.

Entonces estiró la pierna buena, puso a un lado el caballete de mesa que tenía sobre el regazo y volvió a agarrar su kit de supervivencia: una bolsita de plástico llena de humo rojo, un delgado paquete de papelillos para liar cigarros y su macizo encendedor de oro. En un segundo se lió un nuevo porro y, mientras le daba la primera calada, evaluó el estado de sus reservas.

Mierda, estaban bajas. Muy bajas.

En ese momento las persianas de acero que cubrían las ventanas comenzaron a subir y eso le calmó. Por fin había caído la noche, con toda su oscura gloria, y su llegada le brindaba la libertad para huir de la mansión de la Hermandad… y la posibilidad de visitar a su proveedor, Rehvenge.

Mientras bajaba de la cama la pierna amputada hasta la rodilla, se estiró para agarrar la prótesis, la ajustó debajo de la rodilla derecha y se puso de pie. Estaba lo suficientemente aturdido como para sentir que el aire que lo rodeaba era una especie de densa bruma que tenía que atravesar y que la ventana hacia la cual se dirigía estaba a muchos kilómetros de distancia. Pero eso estaba bien. Phury encontró alivio en ese estado de confusión que tan conocido le resultaba y en la sensación de flotar mientras caminaba desnudo a través de la habitación.

El jardín tenía un aspecto resplandeciente allá abajo, iluminado por la luz que se proyectaba hacia fuera desde las puertas francesas de la biblioteca.

Así era como debía estar siempre la parte trasera de una casa, pensó. Con todas las flores abiertas y lozanas, los árboles frutales cargados de peras y manzanas, los senderos limpios y el seto podado.

Esto no se parecía a la vista de la parte trasera del lugar en el que él había crecido. En absoluto.

Justo debajo de su ventana, las rosas estaban en plena floración; y sus corolas gruesas y llenas de colores se erguían con orgullo sobre el tallo espinoso. Las rosas le hicieron pensar en otra mujer.

Mientras le daba otra calada al porro, pensó en la imagen de esa mujer, a la que sí debería estar dibujando… la mujer a la que, de acuerdo con la ley y la tradición, debería estar haciéndole muchas más cosas aparte de dibujarla.

La Elegida Cormia. Su Primera Compañera.

De un total de cuarenta.

¡Por Dios! ¿Cómo demonios había terminado convertido en el Gran Padre de las Elegidas?

«Te lo dije», respondió el hechicero. «Tendrás infinidad de hijos, todos los cuales tendrán el dudoso placer de tener que admirar a un padre cuyo único mérito ha sido decepcionar a todos los que lo rodean».

De acuerdo, aunque el maldito hechicero podía ser muy desagradable, ese punto era difícil de rebatir. Phury no se había apareado con Cormia, tal como le exigía el ritual. No había regresado al Otro Lado a ver a la Directrix. Y tampoco había conocido a las otras treinta y nueve hembras con las que se suponía que debía aparearse para fecundarlas.

Phury dio una calada más profunda al porro, mientras el peso de esos importantes detalles aterrizaba en su cabeza como si fueran rocas ardientes lanzadas por el hechicero.

Y el hechicero tenía excelente puntería. Aunque, claro, también tenía mucha práctica.

«Bueno, socio, la verdad es que eres un blanco fácil. Eso es todo».

Al menos Cormia no se estaba quejando por su negligencia en el cumplimiento de sus deberes. Ella no quería ser la Primera Compañera, la habían obligado: el día del ritual tuvieron que atarla a la cama ceremonial, con las piernas abiertas para que él la usara como a un animal, mientras ella temblaba de terror.

En el instante en que la vio, Phury adoptó de manera automática la actitud con que lo habían programado originalmente: la del salvador absoluto. Así que la había llevado allí, a la mansión de la Hermandad de la Daga Negra, y la había instalado en la habitación que estaba junto a la suya. Independientemente de lo que mandara la tradición, nunca obligaría a ninguna hembra a estar con él; y entonces pensó que si tenían un poco de tiempo y espacio para conocerse, todo sería más fácil.

Sí… no. Cormia se mantenía completamente cerrada a él, mientras que él luchaba diariamente por tratar de no estallar. Después de transcurridos cinco meses, no estaban más cerca el uno del otro ni más cerca de la cama. Cormia rara vez hablaba y sólo aparecía durante las comidas. Si salía de su habitación era sólo para ir a la biblioteca a buscar libros.

Vestida con su larga túnica blanca, parecía más una sombra con olor a jazmín que un ser de carne y hueso.

Pero la vergonzosa realidad era que Phury se sentía muy bien con el estado actual de la situación. Cuando tomó el lugar de Vishous como Gran Padre creía que realmente comprendía el compromiso sexual que estaba asumiendo, pero la realidad era mucho más terrible que la idea abstracta. Cuarenta hembras. Cuarenta.

Cuatro-cero.

Debía haber estado fuera de sus cabales cuando tomó el lugar de V. Dios sabía que su único intento de tratar de perder la virginidad había estado lejos de ser una fiesta… y eso que había sido con una profesional. Aunque tal vez intentarlo con una prostituta había sido parte del problema.

Pero ¿a quién rayos más podía acudir? Era un célibe de doscientos años que no tenía idea de lo que tenía que hacer. ¿Cómo se suponía que debía hacerlo? ¿Debía saltarle encima a la adorable y frágil Cormia, penetrarla y eyacular dentro de ella para irse luego corriendo al santuario de las Elegidas y hacer como Bill Paxton en Big Love?[1]

¿Qué demonios estaba pensando?

Phury agarró el porro con los labios y abrió la ventana. Mientras el denso perfume nocturno del verano invadía su habitación, volvió a fijar su atención en las rosas. El otro día había visto a Cormia con una rosa, una rosa que evidentemente había tomado del ramo que Fritz siempre mantenía en la salita de estar del segundo piso. Ella estaba de pie junto al florero, sosteniendo una rosa color lavanda pálido entre sus largos dedos, con la cabeza inclinada hacia la flor y la nariz encima de la espesa corola de pétalos. Llevaba, como siempre, el pelo rubio recogido en la cabeza en un moño, del cual se habían escapado unos cuantos mechones que caían hacia delante con delicadeza y se curvaban de manera natural. Igual que los pétalos de una rosa.

Cuando ella descubrió que él la estaba mirando, se sobresaltó, devolvió la rosa a su sitio y se marchó rápidamente a su habitación, donde cerró la puerta sin hacer ruido.

Phury sabía que no podía mantenerla allí para siempre, lejos de todo lo que ella conocía y de todo lo que era. Y también sabía que tenían que completar la ceremonia sexual. Ése era el trato que había hecho y ése era el papel que, según sus propias palabras, ella estaba dispuesta a cumplir, independientemente de lo asustada que estuviera al comienzo.

Luego levantó la vista hacia la cómoda, donde reposaba un pesado medallón de oro, que tenía grabada una leyenda en la versión arcaica de la Lengua Antigua. Era el símbolo del Gran Padre: no sólo la llave para abrir todos los edificios del Otro Lado, sino la tarjeta de presentación del macho que estaba a cargo de las Elegidas.

La fuerza de la raza, como era conocido el Gran Padre.

El medallón había vuelto a sonar esa tarde, tal y como lo había hecho otras veces. Cada vez que la Directrix quería verlo, la maldita cosa comenzaba a vibrar y, en teoría, se suponía que él debía desplazarse hasta lo que debería haber sido su casa, el Santuario. Pero él había hecho caso omiso de la llamada. Así como había ignorado las otras dos convocatorias.

Phury no quería oír lo que ya sabía: habían pasado cinco meses y él seguía sin sellar el pacto que había hecho durante la ceremonia del Gran Padre. Demasiado tiempo.

Entonces pensó en Cormia, encerrada en esa habitación de huéspedes contigua a la suya, totalmente aislada. Sin hablar con nadie. Lejos de sus hermanas. Phury había tratado de hablar con ella, pero la ponía demasiado nerviosa. Era comprensible.

No entendía cómo Cormia podía pasar las horas sin volverse loca. Necesitaba una amiga. Todo el mundo necesitaba amigos.

«Pero no todo el mundo los merece», señaló el hechicero.

Phury dio media vuelta y se dirigió a la ducha. De pronto se detuvo. El dibujo que había arrugado y arrojado a la papelera había comenzado a abrirse y, en medio de las arrugas, Phury vio el manto de hiedra que había agregado. Por una fracción de segundo recordó lo que había debajo, recordó el cabello recogido y los delicados mechones que caían sobre una mejilla suave. Mechones que tenían la misma curvatura de los pétalos de una rosa.

Después de sacudir la cabeza, siguió hacia el baño. Cormia era adorable, pero…

«Desearla sería apropiado», dijo el hechicero terminando la frase. «Razón por la cual no seguirás ese camino ni en un millón de años. Porque eso podría arruinar tu perfecto récord de logros. Ah, perdona, quería decir tu perfecto récord de cagadas, socio».

Phury subió el volumen a Puccini y se metió en la ducha.

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Capítulo
2

 

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Cuando las persianas se levantaron esa noche, Cormia estaba muy ocupada.

Sentada sobre la alfombra oriental de su habitación, con las piernas cruzadas, estaba pescando guisantes en un recipiente de cristal lleno de agua. Cuando Fritz le llevó los guisantes, estaban duros como piedras, pero después de permanecer un rato en remojo, estaban lo suficientemente blandos como para usarlos.

Cuando pescó uno, estiró la mano hacia la izquierda y cogió un palillo de una cajita blanca marcada con un letrero rojo que decía: «Mondadientes Simmons, 500 palillos».

Cormia tomó el guisante y lo empujó contra la punta del palillo, hasta clavarlo, luego cogió otro guisante y otro palillo e hizo lo mismo hasta formar un ángulo recto. Siguió trabajando hasta crear primero un cuadrado y luego un cubo. Satisfecha con el resultado, se inclinó y unió el primer cubo a otro igual, rematando de esa manera la última esquina de una estructura de cuatro lados y aproximadamente metro y medio de diámetro. Ahora podría seguir subiendo y construyendo más pisos.

Los palillos eran todos iguales, trozos de madera idénticos, y los guisantes también eran parecidos, redondos y verdes. Las dos cosas le recordaban el lugar del que provenía. La igualdad era importante en el santuario atemporal de las Elegidas. La igualdad era lo más importante.

En este lugar, sin embargo, muy pocas cosas eran iguales.

Las primeras veces que vio los palillos fue abajo, después de las comidas, cuando el hermano Rhage y el hermano Butch los sacaban de una delicada cajita de plata al salir del comedor. Sin tener ninguna razón en particular, una noche ella tomó un puñado de palillos cuando regresaba a su habitación. Primero trató de metérselos en la boca, pero no le gustó el sabor seco a madera. Sin saber muy bien qué hacer, puso los palillos sobre la mesilla de noche y comenzó a jugar con ellos y a armar figuras.

Más tarde, cuando Fritz, el mayordomo, entró a limpiar, vio lo que ella había estado haciendo y después de un rato regresó con un recipiente lleno de agua tibia y guisantes en remojo. Le enseñó un divertido juego: un guisante entre dos palillos. Luego se podía agregar otra sección y luego otra y otra y, antes de que te dieras cuenta, tenías algo que valía la pena ver.

A medida que los diseños fueron creciendo y volviéndose más ambiciosos, Cormia empezó a planear con anticipación todos los ángulos y las intersecciones, para evitar errores. También empezó a trabajar en el suelo para tener más espacio. Se inclinó hacia delante para revisar el dibujo que había hecho antes de comenzar y que usaba como modelo. El siguiente nivel tendría una planta más pequeña, al igual que el que lo seguía. Luego añadiría una torre.

Quedaría muy bien si tuviera colores, pensó. Pero ¿y si al pintarlo se desmoronaba la estructura?

Ah, el color. El placer de la vista.

Estar en este lado suponía muchos desafíos, pero una cosa que Cormia definitivamente adoraba eran los colores. En el santuario de las Elegidas todo era blanco: desde el césped hasta los árboles y los templos, la comida y la bebida y los libros de oración.

Sintiéndose culpable, echó un vistazo a sus textos sagrados. Era difícil argumentar que estaba adorando a la Virgen Escribana mientras construía su pequeña catedral de guisantes y palillos.

Alimentar el ego no era la meta de las Elegidas. Era un sacrilegio.

Y la anterior visita de la Directrix de las Elegidas debería habérselo recordado.

Querida Virgen Escribana, Cormia no quería pensar en eso.

Entonces se levantó, esperó a que se le pasara el mareo y se dirigió a la ventana. Abajo estaban las rosas; se fijó en cada una de las plantas para ver si había nuevos botones o pétalos que se hubiesen caído u hojas nuevas.

El tiempo estaba pasando. Podía darse cuenta por la manera en que las plantas cambiaban, por la forma en que transcurría su ciclo de florescencia, que duraba entre tres y cuatro días por flor.

Era otra cosa a la que había que acostumbrarse en este lado. En el Otro Lado no existía el tiempo. Había rituales regulares y estaban las comidas y los baños, pero no había alternancia entre el día y la noche, no se medían las horas ni cambiaban las estaciones. El tiempo y la existencia eran estáticos, al igual que el aire, al igual que la luz, al igual que el paisaje.

En este lado había tenido que aprender que existían los minutos y las horas, los días y las semanas, los meses y los años. Se empleaban relojes y calendarios para marcar el transcurso del tiempo y ella había aprendido a leerlos, de la misma manera en que había logrado comprender los ciclos de este mundo y de la gente que vivía en él.

Afuera, en la terraza, Cormia divisó un doggen. Tenía en la mano unas tijeras de podar y un inmenso cubo rojo y se paseaba por entre las plantas, podándolas para darles forma.

Entonces pensó en los prados blancos y ondulados del Santuario. Y en los árboles blancos e inmóviles. Y en las flores blancas, que permanecían todo el tiempo abiertas. En el Otro Lado todo estaba congelado en su lugar, de manera que no había necesidad de podar, ni de cortar el césped, pues nunca había ningún cambio.

Quienes respiraban el aire quieto del santuario también estaban congelados, a pesar de que se movían y estaban vivos, aunque sin vida.

Sin embargo, las Elegidas sí envejecían. Y morían.

Cormia miró por encima del hombro hacia una cómoda que tenía los cajones vacíos. El pergamino que la Directrix había ido a entregarle reposaba sobre la superficie brillante del mueble. En su papel de Directrix, la Elegida Amalya era la encargada de emitir esos certificados de nacimiento y hoy había venido a cumplir con su deber.

Si Cormia hubiese estado en el Otro Lado, también habría habido una ceremonia. Aunque no para ella, claro. El individuo cuyo nacimiento se celebraba no recibía ningún reconocimiento especial, pues en el Otro Lado no existía el yo individual. Sólo el conjunto.

Pensar por uno mismo… pensar en uno mismo era una blasfemia.

Ella siempre había sido una pecadora clandestina. Siempre había tenido ideas alocadas y distracciones e impulsos. Pero ninguno había prosperado.

Entonces levantó la mano y la puso sobre el vidrio de la ventana. El cristal a través del cual miraba era más delgado que su dedo meñique y tan transparente como el aire, así que difícilmente constituía una barrera. Ya hacía mucho tiempo que tenía deseos de bajar a ver las flores, pero estaba esperando… no sabía qué.

Cuando llegó a ese lugar se sintió abrumada por una sobrecarga de sensaciones. Había toda clase de cosas que ella no reconocía, como antorchas que se conectaban a la pared y que había que encender para obtener luz, y máquinas que hacían cosas como lavar los platos o mantener los alimentos fríos o crear imágenes en una pequeña pantalla. Había cajas que sonaban a cada hora y vehículos metálicos que transportaban a la gente, y artilugios que zumbaban y que uno pasaba por el suelo para limpiarlo.

Había más colores aquí que en todas las joyas que albergaba el tesoro. También olores, buenos y malos.

Todo era tan diferente… al igual que la gente. En el lugar de donde ella venía no había machos y sus hermanas eran idénticas e intercambiables: todas las Elegidas usaban la misma túnica blanca, se recogían el pelo de la misma manera y llevaban una perla con forma de lágrima al cuello. Todas caminaban y hablaban con la misma suavidad y hacían lo mismo a la misma hora. ¿Aquí? Era el caos. Los hermanos y sus shellans usaban ropa distinta, conversaban y se reían de maneras totalmente diferentes e identificables. Les gustaban ciertas comidas, pero otras no, y algunos dormían hasta tarde y otros simplemente no dormían. Algunos eran graciosos, otros eran aterradores, algunos eran… hermosos.

Una era definitivamente hermosa.

Bella era hermosa.

En especial a los ojos del Gran Padre.

Cuando el reloj empezó a dar la hora, Cormia se envolvió entre sus brazos. Las comidas eran una tortura y constituían una muestra de lo que pasaría cuando ella y el Gran Padre regresaran al santuario.

Y él observara las caras de sus hermanas con la misma admiración y placer.

Hablando de cambios, al principio ella se había sentido aterrorizada en presencia del Gran Padre. Pero ahora, después de cinco meses, no quería compartirlo.

Con su melena multicolor, esos ojos amarillos y esa voz grave y sedosa, él era un macho espectacular, en la plenitud de la edad para aparearse. Pero eso no era lo que de verdad la atraía. El Gran Padre era el epítome de todo lo que se consideraba valioso: siempre estaba pendiente de los demás, nunca de sí mismo. En el comedor, era el que preguntaba por todos y cada uno, preocupándose por lesiones y malestares estomacales y angustias grandes y pequeñas. Nunca reclamaba atención para él mismo. Nunca desviaba la conversación hacia algo suyo. Era infinitamente comprensivo.

Si había una tarea difícil, él se ofrecía a hacerla. Si había una diligencia que hacer, él quería realizarla. Si Fritz se tambaleaba bajo el peso de una bandeja, era el primero en levantarse de la silla para ayudar. Por todo lo que había escuchado en la mesa del comedor, también era un guerrero que luchaba para defender su raza y era maestro de los que se estaban entrenando. Y el mejor amigo de todos ellos.

Realmente era el mejor ejemplo del espíritu generoso y desinteresado de las Elegidas, el Gran Padre perfecto. Y en algún momento de los muchos segundos y horas, días y meses que llevaba allí, Cormia se había desviado del camino del deber y había derivado hacia el confuso bosque de la elección. Ahora deseaba estar con él. Ya no había ningún deber, ninguna imposición, ninguna necesidad.

Pero lo quería todo para ella.

Lo cual la convertía en una hereje.

En la habitación de al lado, esa maravillosa música que el Gran Padre siempre escuchaba cuando estaba en su cuarto dejó de sonar de repente. Lo cual significaba que se dirigía a la Primera Comida.

El ruido de un golpecito en la puerta hizo que Cormia se sobresaltara y diera media vuelta. Mientras la túnica volvía a asentarse sobre sus piernas, percibió el aroma del humo rojo, que entraba en su habitación.

¿Acaso el Gran Padre había ido a buscarla?

Cormia revisó rápidamente su moño y se metió algunos de los mechones sueltos detrás de las orejas. Cuando abrió la puerta sólo un poco, miró furtivamente el rostro de Phury, antes de hacerle una reverencia.

Ay, querida Virgen Escribana… el Gran Padre era demasiado perfecto para quedarse mirándolo durante un largo rato. Sus ojos eran amarillos como los cuarzos citrinos, tenía la piel de un color dorado cálido y su pelo largo era una mezcla espectacular de colores, que iban del rubio más pálido al caoba oscuro, pasando por el cobre ardiente.

El Gran Padre hizo una rápida inclinación, una formalidad que Cormia sabía que le molestaba. Sin embargo lo hacía por consideración hacia ella, pues a pesar de las múltiples veces que le había dicho que no fuera tan formal, ella no podía evitarlo.

—Oye, he estado pensando —dijo.

Vaciló, y Cormia pensó con temor que quizá la Directrix hubiese venido a verlo. Todo el mundo en el santuario estaba esperando a que se completara la ceremonia y todos estaban al tanto de que eso aún no había ocurrido. Ella estaba comenzando a sentir una sensación de urgencia que no tenía nada que ver con la atracción que sentía hacia él. Con cada día que pasaba el peso de la tradición se volvía más fuerte.

El Gran Padre carraspeó.

—Llevamos algún tiempo aquí y sé que el cambio ha sido duro. Estaba pensando que debes sentirte un poco sola y que tal vez te gustaría tener un poco de compañía.

Cormia se llevó la mano al cuello. Era una buena señal. Ya era hora de que estuvieran juntos. Al principio no estaba lista para él. Pero ahora sí lo estaba.

—En realidad creo que sería bueno para ti —dijo con su hermosa voz— que tuvieras algo de compañía.

Cormia hizo una reverencia pronunciada.

—Gracias, Su Excelencia. Estoy de acuerdo.

—Fantástico. Estaba pensando en alguien que te gustará.

Cormia se enderezó lentamente. ¿Alguien?

 

***

 

John Matthew siempre dormía desnudo.

Bueno, al menos desde que pasó por la transición.

Menos ropa que lavar.

Con un gruñido, John se llevó la mano a la entrepierna y se tocó su pene, que estaba erecto y duro como una roca. Como siempre, esa maldita cosa lo había despertado; era un despertador más confiable y rígido que el maldito Big Ben.

Y también tenía un botón para activar la función de repetición. Si se ocupaba de él, podría descansar otros veinte minutos o más, antes de que volviera a activarse. La rutina típica era masturbarse tres veces antes de levantarse y una más en la ducha.

¡Y pensar que alguna vez había deseado esto!

Concentrarse en ideas poco atractivas no servía de nada y aunque sospechaba que excitarse en realidad empeoraba las cosas, negarse a atender las necesidades de su miembro no era realmente una opción: un par de meses atrás, un día se negó a masturbarse a modo de experimento, pero sólo aguantó doce horas, y acabó más caliente que una hoguera, dispuesto a abalanzarse sobre todo lo que se le pusiera por delante.

¿No existiría algo así como una especie de antiviagra? ¿Un relajapenes? ¿Una «flacidilina»?

Así que, rendido, se tumbó boca arriba, apartó las mantas y comenzó a acariciarse. Era la posición que más le gustaba, aunque si la eyaculación era muy fuerte se encogía sobre el lado derecho en medio del orgasmo.

Cuando aún era un pretrans, siempre soñaba con tener una erección porque se imaginaba que el hecho de excitarse lo convertiría en un hombre. Pero la realidad había sido distinta. Claro, con ese cuerpo tan enorme, sus innatas habilidades de guerrero y esa erección constante que mantenía, por fuera parecía un superhombre.

Pero por dentro se seguía sintiendo tan pequeño como siempre.

John arqueó la espalda y bombeó dentro de su mano, impulsándose con las caderas. Dios… esto era realmente agradable. Todas las veces se sentía bien… pero siempre y cuando fuera su mano la que estuviera haciendo el trabajo. La única vez que una mujer lo había tocado, su erección se había desinflado más rápido que su ego.

Así que en realidad sí tenía un antiviagra: la presencia de otra persona.

Pero no era el momento de rumiar sus malas experiencias. Su pene se estaba preparando para estallar; lo sabía por la sensación de entumecimiento. Justo antes de eyacular, su miembro se sentía como dormido durante un par de movimientos y eso era lo que estaba pasando justo en ahora, al tiempo que su mano subía y bajaba por la vara húmeda.

«Ay, sí… ahí viene…». La tensión en sus testículos se intensificó como si fuera un cable de acero, sus caderas comenzaron a moverse sin control y sus labios se abrieron para poder jadear con más facilidad… y como si eso no fuera suficiente, su mente entró en acción.

«No… maldición… no, ella otra vez no, por favor, no».

Demasiado tarde. En medio del remolino sexual, la mente de John se aferró a la única cosa que garantizaba la multiplicación del efecto: una mujer vestida con ropa de cuero, que llevaba el pelo cortado como el de un hombre y tenía unos hombros tan sólidos como los de un boxeador.

Xhex.

Después de soltar un resuello inaudible, John se volvió de lado y comenzó a eyacular. El orgasmo siguió y siguió, mientras él fantaseaba con la imagen de los dos haciendo el amor en uno de los baños del club en el cual ella trabajaba como jefa de seguridad. Y mientras las imágenes se sucedían en su mente, su cuerpo no cesaba de eyacular. Era capaz de mantener la eyaculación durante diez minutos sin interrupción, hasta que terminaba embadurnado en lo que había salido de su pene y las sábanas quedaban totalmente empapadas.

John trató de rechazar sus pensamientos, trató de controlarlos… pero fracasó. Simplemente siguió eyaculando, en tanto que su mano seguía masajeando, su corazón latía como un loco y la respiración se atascaba en su garganta, mientras pensaba en la imagen de los dos juntos. Menos mal que había nacido sin voz, de lo contrario toda la mansión de la Hermandad se enteraría con precisión de lo que hacía continuamente.

Comenzó a calmarse cuando se obligó a retirar la mano del pene. Y mientras su cuerpo disminuía el ritmo, se quedó tendido, completamente agotado, respirando contra la almohada, al tiempo que el sudor y las otras cosas se secaban sobre su piel.

Bonita forma de despertar. Excelente sesión de ejercicios. Buena manera de matar el tiempo. Y lo peor de todo es que era inútil. No lograba acallar sus ansias.

Sin ninguna razón en particular, los ojos de John se posaron en la mesilla de noche. Si tuviera intención de abrir el cajón, lo cual nunca hacía, encontraría dos cosas: una caja de color rojo sangre del tamaño de un puño y un viejo diario con las tapas de cuero. Dentro de la caja había un enorme anillo, un sello de oro que llevaba el emblema de su linaje, y que le pertenecía como hijo que era del guerrero Darius, miembro de la Hermandad de la Daga Negra e hijo de Marklon. El diario contenía los pensamientos privados de su padre durante un periodo de dos años de su vida. Había recibido los dos como regalo.

Pero John nunca se había puesto el anillo y tampoco había leído las anotaciones del diario.

Tenía muchas razones para mantenerse alejado de esos dos objetos, pero la principal era que el macho al que él consideraba como su padre no era Darius. Era otro hermano. Un hermano que ya llevaba ocho meses desaparecido.

Si fuera a usar algún anillo sería uno que llevara el emblema de Tohrment, hijo de Hharm. Como una manera de honrar al vampiro que había significado tanto para él, en tan corto tiempo.

Pero eso no iba a suceder. Lo más probable era que Tohr estuviera muerto, independientemente de lo que Wrath dijera, y en todo caso él nunca había sido su padre.

Como no quería hundirse en una depresión, John se obligó a levantarse de la cama y fue tambaleándose hasta el baño. La ducha le ayudó a concentrarse, al igual que el acto de vestirse.

Esa noche no había clase, así que pasaría unas horas abajo, en la oficina, y luego se encontraría con Qhuinn y Blay. Tenía la esperanza de que hubiese mucho papeleo y que el trabajo lo absorbiera, pues no tenía muchas ganas de ver a sus amigos esa noche.

Los tres iban a ir hasta el otro lado de la ciudad… Ay, Dios, hasta el centro comercial.

Había sido idea de Qhuinn. Como sucedía la mayoría de las veces. Según Qhuinn, el guardarropa de John necesitaba una inyección de estilo.

John bajó la vista hacia sus vaqueros Levi’s y su camiseta blanca Hanes. Lo único de moda que usaba eran las zapatillas deportivas: un par de Air Maxes negras de Nike. Y ni siquiera las zapatillas eran muy llamativas.

Tal vez Qhuinn tenía razón cuando decía que John era un desastre en lo que se refería a la moda, pero, hombre, ¿a quién tenía que impresionar?

La palabra que resonó en su cabeza le hizo soltar una maldición y comenzó a excitarlo de nuevo: Xhex.

Entonces alguien llamó a su puerta.

—¿John? ¿Estás ahí?

John se puso rápidamente la camiseta y se preguntó por qué lo estaría buscando Phury. Estaba al día en sus estudios y le estaba yendo bien en el combate cuerpo a cuerpo. ¿Tal vez quería hablarle del trabajo que estaba haciendo en la oficina?

John abrió la puerta.

—Hola —dijo con lenguaje de señas.

—Hola. ¿Cómo estás? —John asintió y luego frunció el ceño, al ver que el hermano comenzaba a hablar también con señas—. Me preguntaba si podrías hacerme un favor.

—Lo que quieras.

—Cormia está… Bueno, ha tenido problemas, para ella no ha sido nada fácil adaptarse a vivir en este lado, y creo que sería genial si tuviera alguien con quien pasar un rato, ya sabes… alguien sensato y discreto. Sin complicaciones. Así que, ¿crees que podrías hacer los honores? Se trata solamente de hablar con ella, enseñarle la casa o… lo que sea. Yo lo haría, pero…

Es complicado, pensó John para sus adentros, terminando la frase.

—Es complicado —dijo Phury con señas.

John pensó en la imagen de la Elegida, tan rubia y silenciosa. Había observado que, en los últimos meses, Cormia y Phury evitaban mirarse de manera sistemática y se había preguntado —como sin duda lo hacían todos los demás— si ya habrían sellado el trato.

John no lo creía. Todavía parecían muy, pero que muy incómodos.

—¿Te importaría hacerlo? —dijo Phury con lenguaje de señas—. Me imagino que debe tener preguntas o… No lo sé, cosas sobre las que quiera hablar.

A decir verdad, la Elegida no parecía tener muchas ganas de compañía. Siempre mantenía la cabeza baja durante las comidas y nunca decía nada, mientras comía sólo comida blanca. Pero si Phury se lo pedía, ¿cómo podía John decirle que no? El hermano siempre lo ayudaba con sus posturas de combate, respondía siempre a todas sus preguntas y era la clase de persona a la que quieres hacerle un favor porque siempre era amable con todo el mundo.

—Claro —contestó John—. Con mucho gusto.

—Gracias. —Phury le puso una mano en el hombro con satisfacción, como si hubiese encontrado la solución a un problema—. Le diré que te busque en la biblioteca después de la Primera Comida.

John bajó la vista hacia lo que llevaba puesto. No estaba seguro de que los vaqueros fueran lo suficientemente elegantes, pero en su armario sólo había más de lo mismo.

Tal vez sí era buena idea que él y los chicos fueran de compras. Lástima que no lo hubiesen hecho antes.

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Capítulo
3

 

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En la Sociedad Restrictiva la tradición era que, después de ser inducido, a uno se le conociera sólo por la primera letra del apellido.

El señor D debería haber sido conocido como señor R. De Roberts. Pero la cosa era que la identidad que estaba usando cuando fue reclutado era Delancy. Así que se había convertido en el señor D y se le conocía con ese nombre desde hacía treinta años.

Eso no era problema, claro. Los nombres nunca importaban.

El señor D redujo la velocidad al entrar en una curva de la carretera 22, pero bajar a tercera en realidad no le sirvió de mucho. El Ford Focus parecía tener noventa años. También olía a naftalina y a cuero reseco.

Caldwell, la despensa de Nueva York, era una extensión de cerca de ochenta kilómetros de campos sembrados de maíz y pastos; y mientras él lo atravesaba a trompicones, se sorprendió pensando en las horquillas para airear heno. A su primer muerto lo había matado con una de esas horquillas. Allá en Texas, cuando tenía catorce años. Se trataba de su primo, el Gran Tommy.

El señor D se había sentido muy orgulloso de sí mismo por haber salido impune de ese crimen. El hecho de ser pequeño y tener un aspecto inocente y desvalido había sido el truco para salirse con la suya. El Gran Tommy era un matón de manos tan grandes como jamones y alma mezquina, así que cuando el señor D llegó corriendo a casa de su madre, gritando y con la cara hinchada y llena de moretones, todo el mundo creyó que su primo había tenido un ataque de ira y se merecía lo que le había sucedido. ¡Ya! El señor D había seguido al Gran Tommy hasta el granero y lo había irritado lo suficiente como para lograr que le rompiera el labio y le pusiera el ojo negro que necesitaba para alegar que sólo se había defendido. Luego agarró la horquilla que había puesto de antemano en una de las cuadras y se puso a trabajar.

Sólo quería saber qué se sentía al matar a un ser humano. Los gatos, las zarigüeyas y los mapaches que atrapaba y torturaba le parecían interesantes, pero no eran seres humanos.

La tarea fue más difícil de lo que había pensado. En las películas, las horquillas atravesaban a la gente como un cuchillo de mantequilla, pero eso no era cierto. Los dientes de la cosa se enredaron de tal manera en las costillas del Gran Tommy que el señor D tuvo que apoyar el pie en la cadera de su primo para poder hacer palanca y sacar la horquilla del cuerpo. El segundo golpe lo dirigió al estómago, pero la horquilla se volvió a atascar. Probablemente con la columna vertebral. Y otra vez tuvo que hacer palanca. Cuando el Gran Tommy dejó de aullar como un cerdo herido, el señor D estaba jadeando y respirando con tanta dificultad que parecía que no había suficiente aire dulce y lleno de polvo en el granero.

Pero no estuvo tan mal, después de todo. El señor D realmente disfrutó viendo las cambiantes expresiones del rostro de su primo. Primero la rabia, que hizo que el señor D recibiera el golpe que necesitaba para alegar legítima defensa. Luego la incredulidad. Al final el horror. Mientras el Gran Tommy escupía sangre y luchaba por respirar, sus ojos estuvieron a punto de salírsele de las órbitas de puro miedo, el tipo de miedo que las madres siempre quieren que sus hijos le tengan a Dios. El señor D, el enano de la familia, el pequeñito, se sintió como si midiera más de dos metros.

Fue la primera vez que saboreó el poder y quería hacerlo otra vez, pero luego vino la policía y hubo muchos rumores en el pueblo y entonces se vio obligado a portarse bien. Pasaron un par de años antes de que volviera a hacer algo parecido. Trabajar en una planta de procesamiento de carne mejoró su habilidad con los cuchillos y, cuando estuvo listo, volvió a usar el mismo truco que utilizó con Gran Tommy: una pelea a la salida de una taberna, con un tipo gigante. El señor D enfureció al bastardo y luego lo llevó a un rincón oscuro. Un destornillador fue el instrumento con el que hizo el trabajo.

Pero en ese caso hubo más complicaciones que con el Gran Tommy. Después de que el señor D comenzara a atacarlo, ya no pudo detenerse. Y era más difícil alegar defensa propia cuando el cadáver del otro tenía siete puñaladas y había sido arrastrado detrás de un coche y desmembrado como una máquina inservible.

Después de meter al muerto en unas bolsas, el señor D llevó a su amiguito a dar un paseo y se dirigió hacia el norte. Utilizó el mismísimo Ford de su víctima para hacer el viaje y cuando el cuerpo comenzó a oler mal, encontró lo más parecido a una colina que había en la zona rural de Misisipi, puso el coche marcha atrás en el borde de la pendiente y lo empujó desde el parachoques delantero. El automóvil, con su cargamento hediondo, descendió a trompicones y acabó estrellándose contra un árbol. La explosión fue todo un espectáculo.

Después hizo autoestop hasta Tennessee y allí se quedó un tiempo, haciendo trabajos varios a cambio de alojamiento y alimentación. Mató a dos hombres más antes de seguir hacia Carolina del Norte, donde casi lo atrapan con las manos en la masa.

Sus víctimas siempre eran rufianes grandes y fornidos. Y así fue como llegó a convertirse en restrictor. Se propuso atacar a un miembro de la Sociedad Restrictiva y a punto estuvo de matarlo, a pesar del tamaño del otro; el restrictor se quedó tan impresionado que invitó al señor D a unirse a la causa e irse a cazar vampiros.

Parecía un buen trato. Después de superar la etapa de entrenamiento.

Pasada la inducción, el señor D fue destinado a Connecticut, donde estuvo mucho tiempo hasta que se mudó a Caldie, donde llevaba dos años. Y ahora el señor X, el jefe de los restrictores, había decidido apretar un poco las riendas a la Sociedad.

En treinta años, el señor D nunca había sido convocado por el Omega.

Pero hacía cerca de dos horas que eso había cambiado.

La llamada había llegado en la forma de un sueño, cuando estaba durmiendo, y ciertamente no necesitó recordar los buenos modales que había tratado de enseñarle su madre para confirmar enseguida su asistencia. Pero no podía dejar de preguntarse si iba a sobrevivir a esa noche.

Las cosas no iban muy bien en la Sociedad Restrictiva últimamente, justo desde que el anunciado Destructor había metido su caballo en el establo.

Según lo que el señor D había oído, el Destructor era un policía humano con sangre de vampiro en sus venas, al cual el Omega había tratado de manipular, con muy malos resultados. Y, claro, la Hermandad de la Daga Negra acogió al tío y lo puso a trabajar para ellos. Porque no eran tontos.

Resulta que cuando el Destructor mataba a un restrictor, no sólo quitaba de circulación a un asesino. Si el Destructor te atrapaba, tomaba la parte del Omega que había dentro de ti y la absorbía. Y en lugar del paraíso eterno que te prometían cuando te unías a la Sociedad, terminabas atrapado dentro de ese hombre. Y con cada restrictor que destruía, se perdía para siempre un fragmento del Omega.

Antes, cuando peleabas contra los hermanos, lo peor que podía suceder era que te fueras al paraíso. Pero ¿ahora? La mayoría de las veces quedabas medio muerto y el Destructor podía venir e inhalarte hasta convertirte en cenizas, robándote la eternidad que te habías ganado.

Así que las cosas habían estado muy tensas últimamente. El Omega estaba más violento que de costumbre, los asesinos estaban de los nervios por tener que andar siempre alerta, con la sospecha de tener detrás al Destructor, y la afiliación de nuevos miembros era más baja que nunca, porque todos estaban tan preocupados por salvar su pellejo que no tenían ni tiempo ni ganas de buscar sangre nueva.

Y había habido mucho movimiento entre los jefes de los restrictores. Aunque eso siempre había sido igual.

El señor D giró a la derecha para tomar la carretera rural 149 y siguió poco más de cinco kilómetros hasta la siguiente carretera local, cuya señal indicadora estaba en el suelo, probablemente debido al golpe de un bate de béisbol propinado por algún gamberro. La sinuosa carretera no era más que un sendero lleno de baches, de modo que tuvo que reducir la velocidad para evitar que sus tripas terminaran revueltas: el coche tenía la misma suspensión que una tostadora, es decir, ninguna.

Una de las peores cosas de la Sociedad Restrictiva era que te daban unos coches que eran una mierda.

Bass Pond… Estaba buscando una entrada que se llamaba Bass… Ahí estaba. Entonces el señor D giró el volante, pisó el freno con fuerza y apenas tuvo tiempo de meterse por la entrada.

Como no había alumbrado público, siguió de largo sin ver el terreno por completo descuidado y lleno de maleza que estaba buscando y tuvo que parar y dar marcha atrás. La granja estaba en peor estado que el Focus; no era más que una ratonera con el techo roto y paredes que apenas se sostenían en pie, cubiertas de hiedra venenosa.

Tras aparcar en el camino, porque no había entrada para coches, el señor D se bajó del automóvil y se colocó su sombrero de vaquero. La casa le recordó su propia casa de la infancia, con la tela alquitranada que se asomaba por los rincones, las ventanas torcidas y el típico jardín lleno de maleza propio de las casas pobres. Era difícil creer que no estuvieran esperándolo su madre, siempre en casa, y su acabado padre agricultor.

Sus padres debían haber muerto hacía algún tiempo, pensó, mientras se acercaba. Él era el menor de siete hijos y los dos eran fumadores.

La puerta ya casi no tenía arpillera y el marco estaba oxidado. Cuando el señor D la abrió, chirrió como un cerdo atrapado, como el Gran Tommy, como la puerta de arpillera de su casa de infancia. Al golpear en la segunda puerta no obtuvo respuesta, así que se quitó el sombrero de vaquero e irrumpió en la casa, empujando la puerta con la cadera y el hombro para romper la cerradura.

Dentro olía a humo de cigarrillo, a moho y a muerte. Los primeros dos olores eran viejos. Pero el olor de la muerte era reciente, ese tipo de olor fresco y jugoso que te hace desear salir a matar algo para poder unirte a la fiesta.

Y también había otro olor. El olor dulzón que flotaba en el aire le confirmó que el Omega había estado allí recientemente. Él o tal vez otro asesino.

Con el sombrero en la mano, el señor D atravesó las habitaciones, que estaban en penumbra, y fue hasta la cocina, al fondo. Ahí era donde estaban los cuerpos, tumbados bocabajo. Era imposible saber el sexo de ninguno de los dos, pues habían sido decapitados y ninguno llevaba falda, pero los charcos de sangre que había en el lugar donde debían haber estado sus cabezas se habían mezclado, como si estuvieran cogidos de las manos.

En realidad era una imagen tierna.

El señor D miró hacia el otro lado de la habitación, hacia la mancha negra que había en la pared, entre el refrigerador viejo y la endeble mesa de formica. Era la mancha de una explosión y significaba que un colega había salido de la circulación de una manera muy fea a manos del Omega. Era evidente que el Señor acababa de despedir a otro jefe de restrictores.

El señor D pasó por encima de los cuerpos y abrió el refrigerador. Los restrictores no comían, pero tenía curiosidad por ver qué había dentro. Um. Más recuerdos. Había un paquete de mortadela Oscar Mayer abierto y ya casi se estaba acabando la mayonesa.

Aunque en realidad los ocupantes de la casa ya no tenían que preocuparse más por hacer sándwiches.

Cerró el frigorífico y se recostó contra él…

De repente la temperatura de la casa descendió al menos veinte grados, como si alguien hubiese encendido el aire acondicionado y hubiese llevado el botón del termostato hasta la línea que dice: «Congelación total». Luego siguió un viento que arrasó la quieta noche de verano y fue tomando tanta fuerza

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