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El ejército de las sombras
A finales de 1938 todo parecía haber terminado. La batalla continuaba, pero desde hacía tiempo solo los más ciegos creyentes en la propaganda republicana confiaban en una victoria final y si el combate se prolongaba era gracias a una respiración asistida mantenida por diversos motivos. Los había ideológicos, económicos, culturales y religiosos, pero como señalaba Eberhard von Stohrer, embajador alemán de la zona franquista, el terror no era el menor de ellos. Franco había manifestado a la prensa estadounidense que tenía un listado con los nombres de más de dos millones de personas que serían represaliadas en el mismo momento en el que sus tropas alcanzaran los últimos objetivos. Al mismo tiempo, ni un solo dirigente nacional dudaba de cuál sería su destino en caso de un triunfo republicano. Pero cuando tras casi medio año de lucha las tropas franquistas acabaron con la resistencia en el Ebro, nadie dejó de entender que aquella había sido la última gran batalla de la contienda. La conquista de los últimos reductos del Mediterráneo era inminente.
De todos ellos, Barcelona era el fundamental, por mucho que a esas alturas no resultara más que un núcleo urbano sin interés estratégico alguno que agonizaba tras tres años de guerra. Las luchas intestinas por el poder seguían minando la resistencia mientras la ciudad iba quedando cercada por todos lados. El ya Generalísimo había trasladado a sus inmediaciones su centro de mando, concentrando a su alrededor el cuerpo mayor de un ejército que aguarda el asalto final: siete cuerpos de combate, trescientos mil hombres, quinientas piezas de artillería y una fuerza aérea de medio millar de aparatos. Frente a ellos, un ejército similar en número pero lastrado por el desánimo, la escasa experiencia militar y la falta de alimento y municiones. Se espera una larga y dura resistencia calle a calle, palmo a palmo, pero nadie pone en duda que el resultado del combate está marcado de antemano. Pese a la petición del papa de una tregua navideña, el 23 de diciembre comienza la ofensiva.
Va a ser definitiva. La superioridad militar es apabullante. Los barceloneses, agotados por la guerra, por tantos sufrimientos y dificultades, intentan sobrevivir mientras el Gobierno y la Generalitat se trasladan a Gerona para ganar tiempo de maniobra. La ciudad queda abandonada a su suerte, sumida en el caos más absoluto. La ausencia de servicios de limpieza la convierte en una montaña de basura dominada por las ratas. Los saqueos y el pillaje se generalizan. Los refugiados, que han llegado masivamente en los últimos meses, no encuentran una mínima estructura que pueda acogerlos. Los heridos de los hospitales quedan desamparados y deambulan por las calles buscando comida. Los prisioneros de las cárceles son fusilados para no dejar rastro. Las primeras represalias no tardan en producirse.
El amanecer del 26 de enero de 1939 las tropas franquistas entran en la ciudad. El caos ideológico que reinaba a esas alturas queda patente en que desde el tanque que abre la marcha vaya saludando brazo en alto una alemana liberada de una prisión donde cumplía condena por trotskista. La línea de batalla se fija en la orilla del Llobregat, el río que envuelve la ciudad por su límite oeste, donde los franquistas detienen su avance a la espera de nuevas órdenes. Los comunistas llaman a la resistencia, a convertir su cauce en el Manzanares de Cataluña. Pero apenas hay respuesta. La ciudad está vacía, más de medio millón de personas han huido intentando evitar las represalias. Muchos lo han intentado por mar, pero la aviación franquista bombardea el puerto para evitar la salida de cualquier barco. Francia es el único destino posible.
Comienza un éxodo masivo, caótico. Tanto como para que el presidente de las Cortes, Diego Martínez Barrio, recordara encontrarse al mismísimo ministro de Gobernación pistola en mano intentando regular a la desesperada el descontrolado tráfico de personas y vehículos que avanza por la carretera que conduce hacia la frontera. El invierno de 1938 está siendo crudo como pocos. La lluvia es constante, la nieve asoma con frecuencia. La antigua calzada se convierte en un lodazal cubierto por varios centímetros de agua, desbordado por la afluencia de caminantes, carromatos, motos, bicicletas y vehículos oficiales, cortejado por los equipos de artillería abandonados en las cunetas y por los animales, destrozados por el esfuerzo, que se pudren bajo el aguacero. De vez en cuando, la multitud se ve obligada a echarse a un lado para dejar paso a los camiones en los que viajan los cuadros del Museo del Prado, que la República intenta hacer llegar hasta Ginebra para ponerlos bajo custodia de la Sociedad de las Naciones. Los pueblos que jalonan la carretera no tienen habitación, cama ni metro cuadrado de sus aceras sin ocupar. La primera oleada de refugiados alcanza la frontera la medianoche del día 27. Es multitudinaria, pero se quedará en nada ante lo que estaba por llegar con las primeras luces del día. La muchedumbre se agolpa frente al control. El tránsito está además regulado por alguien a quien muchos conocen, José Ramos, director hasta hace poco de una de las principales prisiones catalanas y presidente de un tribunal revolucionario que ha asesinado a centenares de personas. Va a ser él quien decida quién cruza y quién no. Y la selección no se prevé limpia. Los rumores del avance implacable de las tropas franquistas son cada vez mayores y todo el mundo sabe que la supervivencia pasa por conseguir cruzar la frontera antes de su llegada. El Gobierno francés se muestra dubitativo ante la posición que debe tomar.
A las instancias parisinas llega la noticia de que solo a lo largo del día 28, pese a las dificultades que impone la policía de aduanas, más de quince mil personas han entrado en el país. Es el mayor éxodo de la historia de España. La cifra preocupa, pero no tanto como la convicción de que parte de esa riada la conforman soldados muy politizados, muchos de ellos armados. Su llegada a Francia aumenta la carga de dinamita sobre la que vive el frágil Gobierno de Daladier, acosado por el fascismo alemán e italiano. El debate político se resuelve por vía humanitaria y Francia decide aceptar a todo aquel que entregue las armas. Pero las cifras desbordan todas las previsiones. Entre la ingente multitud hay combatientes comunistas como André Marty o Heinrich Rau, intelectuales de fama internacional como Ludwig Renn o Antonio Machado, soldados cuya fama roza lo legendario como Mihály Salvaï, futuros partisanos como Giuliano Pajetta o figuras clave para la cultura europea del siglo XX como André Malraux. Pero sobre todo hay una masa anónima de combatientes republicanos, cuyos nombres no han pasado a la historia, compuesta por doscientos veinte mil soldados, sesenta mil civiles, ciento setenta mil mujeres y niños y diez mil heridos. Nadie sabe qué hacer con ellos.
Se improvisan varios campos de refugiados en los Pirineos. La premura con la que han tenido que organizarse hace que el término «campos» sea estricto: en ellos no hay nada, son meros espacios cercados por alambradas donde los refugiados son confinados a la espera de una decisión gubernamental. Tardará pocos días en llegar. Las autoridades militares dirigen el traslado masivo. Mujeres y niños por un lado, hombres por otro. Miles de familias se deshacen, muchas de ellas no volverán a encontrarse. Todos terminan apelotonados en otros seis campos, iguales que los anteriores, sin la más mínima infraestructura ni organización, situados ahora frente al mar, en los inmensos arenales de la costa sur francesa.
Uno de ellos es el de Argelès-sur-Mer. Es un espacio cerrado entre las dunas de la playa, rodeado por alambres de espino y vigilado por militares senegaleses que no muestran asomo de humanidad. Los refugiados tienen rigurosamente prohibido salir de sus límites pese a que el agua y la comida son escasas, cuando no inexistentes. Los que albergaban esperanzas de regresar a España para seguir combatiendo en Valencia no tardarán en ser arrollados por la realidad. Abandonados por todos, devorados por el hambre, los piojos, las ratas, la sarna y la disentería, los cien mil sales rouges que allí se hacinan quitan la nieve para cavar con sus propias manos agujeros en la arena intentando protegerse del azote del viento y esperar a que algo suceda. «Cuando se habla de aquellos tiempos, conviene olvidarse de la palabra “justicia”», escribirá uno de los testigos de lo allí sucedido, Ilyá Ehrenburg.[1] Perdido en este ejército de las sombras está Santiago Sanz, un chaval que ha heredado de su padre el sobrenombre el Artillero. Unos años antes, siendo todavía menor de edad, sus simpatías anarquistas le han hecho alistarse como voluntario en las filas republicanas sin decir nada a su familia. Al enterarse, su padre se ha plantado en el cuartel para llevárselo a casa con un par de sonoras bofetadas. Pero el que se saliera con la suya no era más que una cuestión de tiempo. Hará la guerra con apenas dieciséis años en la Compañía Especial Número 1 del 47.º Batallón de Carabineros, que, integrada en la 228.ª Brigada Mixta, marchará hacia la batalla del Ebro pero no llegará a entrar en combate. De allí pasará al servicio de fronteras del Servicio de Información Militar, donde terminará la contienda con el grado de sargento. Ahora ha tenido que hacer el tortuoso camino hasta Francia bajo una lluvia inclemente cerrando la comitiva. Ha sido uno de los encargados de escoltar a quienes volaban los puentes del camino intentando frenar a la desesperada el avance de las tropas franquistas.
2
La guerra ha terminado
Finales de la década de los cuarenta. Han pasado diez años desde el fin de la guerra. Diez años que, lejos de cicatrizar las viejas heridas, no han hecho sino ahondar las diferencias entre los hundidos y los salvados. El tejido social de Barcelona ha quedado marcado por lo sucedido durante la contienda y el conflicto sigue patente en la propia distribución de la ciudad. El centro es el terreno de juego de la burguesía catalana, que se ha amoldado sin grandes dificultades al régimen político de la «nueva España» y defiende su territorio de manera salvaje. Su límite lo marca la Diagonal. Más allá se extiende otro espacio, una gran acumulación de barriadas donde se hacinan los perdedores de la guerra junto a masas de emigrantes que buscan una vida alejada del hambre y la miseria que asola sus pueblos de Murcia, de Andalucía, de Extremadura. Son espacios que crecen de manera caótica, a los que no llegarán las infraestructuras básicas que aliviarán el urbanismo barcelonés tras los primeros indicios de crecimiento apuntalados por los acuerdos internacionales del franquismo. Sus calles son sucias y desordenadas, insalubres, no conocen el asfalto. Sobre los hombros de sus habitantes se cargará inmisericordemente el peso del desarrollismo que no tardará en asomar en la ciudad.
Uno de estos barrios es El Clot. Una atinada representación gráfica: clot significa «agujero» en catalán. Una tierra de nadie en la zona este de Barcelona, limitada por el Poble Nou, La Sagrera y Guinardó, encajonada junto a la Meridiana y a dos pasos de la plaza de las Glorias y de su mercadillo de los Encantes, lugar de venta de objetos usados o de dudosa procedencia donde los vecinos se surten de todo tipo de enseres básicos. El Clot había sido un pequeño pueblo campesino de casas bajas que, tras su anexión a la metrópoli a finales del siglo XIX, el Ayuntamiento había transformado en núcleo industrial, a imitación de lo que hacían por aquellos años con sus barriadas las principales ciudades inglesas. El cambio se cumple con efectividad y El Clot se integra en lo que no tardó en denominarse «el Manchester catalán». Y con ello se transforma en espacio de lucha obrera: será el primer punto de Barcelona donde se erijan barricadas el 18 de julio de 1936. Tres años más tarde, sus antiguas fábricas han quedado abandonadas y en torno a sus esqueletos crecen el chabolismo y las infraviviendas.
Las primeras señales de especulación comienzan a sentirse a principios de los sesenta. Entre las antiguas casas unifamiliares se abren paso a dentelladas torres baratas y edificios comidos por la aluminosis. Todo se articula en torno a una de las pocas joyas arquitectónicas del barrio, el mercado con cubierta a dos aguas y aires modernistas que ha dejado como herencia la primera Exposición Universal de la ciudad, la celebrada en 1888. Emigrantes y locales conviven bajo su sombra, forjando lentamente una cultura propia que se expresa en una desprejuiciada mezcla de catalán y castellano.
Regresar a El Clot ha supuesto un largo periplo para Santiago. La penosa estancia en Argelès se ha prolongado dieciocho interminables meses que solo serán el inicio de un tortuoso camino. En el verano de 1940 la invasión de Francia por las tropas del Reich hace entender al Artillero que Europa va a convertirse en un lugar irrespirable y, viéndolo todo perdido, escapa. Será apresado por el ejército colaboracionista, que decidirá repatriarlo. A Santiago solo le queda confiar en la clemencia de quienes lo han ganado todo, pero no tardará en comprobar que la victoria no había calmado sus ansias de venganza. La condena es en el campo de trabajos forzados de Miranda de Ebro, paso previo al depósito madrileño de prisioneros Miguel de Unamuno. A partir de ahí, cinco años de pelotones de trabajo hasta ser integrado en un batallón de castigo, el Disciplinario 94 de África, que le dejará como recuerdo un largo rosario de tatuajes y una fugaz incursión en el kif. Tras los dos inevitables años de «redención» en el servicio militar franquista, que cumple en el Regimiento Pavía, consigue por fin volver a El Clot. Es el barrio al que sus padres habían emigrado a principios de siglo. Él, aragonés en la más amplia extensión del término —se contaba que un día en que un burro no había hecho caso a sus órdenes le había arrancado una oreja de un mordisco—, trabaja como estibador en el puerto. Ella combina las labores domésticas con pequeños trabajos puntuales. El mismo día en el que, pálido y envejecido, entra a pie en el barrio, un vecino lo observa desde el balcón de su casa. Se llama Antonio Rabinad y décadas más tarde lo convertiría en personaje de sus crónicas de aquellos oscuros tiempos: «Un día apareció por el barrio con un macuto, demacrado como un esqueleto. Era un hombre bueno. Me contaba sus peripecias en Argelès, cantaba tangos con mucho sentimiento. El barrio le parecía un paraíso».[2]
Santiago no tarda en comprender que la vida para un represaliado no va a resultar sencilla. Nunca lo había sido para un vecino de El Clot, por otra parte. Gracias a la mediación de su padre consigue colocarse como estibador. Es un trabajo duro, que obliga a acarrear sacos de hasta cuarenta kilos con la única ayuda de un garfio permanentemente colgado al hombro y que realiza en jornadas de horarios interminables a cambio de un salario que da lo justo para sobrevivir. Pero aun así se siente feliz. Después de lo vivido en los campos, nada le asusta y su conciencia de clase, reforzada con el paso de los años, le ayuda a mantenerse en pie. Y además ha conocido a una mujer. Durante uno de los permisos del servicio militar, en el baile de la cooperativa de la calle Rosendo Nobas, un amigo anarquista le ha presentado a su hermana Adela. Son un producto natural de ese mundo libertario lindante con la delincuencia de la Barcelona de principios de siglo, hijos de un «apache» de Sants regente de una carbonería que ha vivido siempre en un confuso punto intermedio entre el delito, las apuestas, la trata de caballos y algún trabajo ocasional como conductor de los carromatos que unen El Clot con el Poble Nou. En este recorrido, ha ido apareciendo y desapareciendo de la vida de una mujer con la que, sin llegar a casarse, ha tenido varios hijos a los que nunca reconocerá de manera legal. Santiago y Adela se instalan en una habitación alquilada en la plaza Font i Sagué y, tras muchos sacrificios, conseguirán hacerse con un pequeño piso en la calle Hernán Cortés. Es una vía sin asfaltar, adoquinada, sobre la que flota permanentemente el zumbido de las cercanas vías del tren. Ante ella, imponentes, se erigen los depósitos de agua de la estación y la chimenea de la antigua Farinera, el edificio industrial semiabandonado que domina el barrio. Allí, el matrimonio verá interrumpida su tranquila monotonía el 21 de diciembre de 1960, cuando nazca su primer y único hijo. Como su padre, sagitario con ascendente sagitario, símbolo de fuego. Recibe el nombre de José María.
La infancia de José María no será diferente a la del resto de chavales del barrio. En verano, vacaciones en Chiprana, el pueblo familiar. El resto del año, convivencia en una casa que no alcanza los cincuenta metros cuadrados. El crío duerme en el pasillo, en una cama turca que debe recoger según se levanta para permitir el paso al resto de los habitantes. Que no son pocos, pues no es raro que paren en ella familiares y conocidos que llegan a Barcelona para buscar trabajo. Y la casa está ya desbordada de gente: en ella viven Santiago y Adela, la abuela, dos periquitos y la tía Rosa, que ejerce de segunda madre y por la que José María siempre sentirá particular cariño pese a su comportamiento un tanto errático. Los vecinos lo atribuían a un obús que le había caído cerca en un bombardeo, pero José María siempre sospechó que estaba motivado por la entrada a sangre y fuego de las tropas moras en los barrios anarquistas de la Barcelona del 39, donde habían dejado un reguero de hombres y mujeres violados, asesinados y mutilados ante la complacencia de la cúpula militar. Sospechó, decíamos, porque, como en tantas familias que sufrieron las consecuencias de la Guerra Civil, en esta se ha instalado un denso silencio sobre lo sucedido en la contienda, única forma de defenderse ante un pasado que sigue pesando como una losa y que llena la casa de secretos.
Una vida con las mismas escenas que protagonizaría cualquier crío de la España de los sesenta: la iglesia, la catequesis, el pan con chocolate que le da todas las tardes una vecina, los soldados de plomo que le compra Santiago, las hojas de morera con las que alimenta a los gusanos de seda que guarda en una caja de zapatos, el álbum Vida y color cuyos cromos colecciona con mimo, el mercado de El Clot donde gana sus primeras monedas descargando tomates, la máquina del millón de La Pilarica, el bar de la esquina. Pero para José María, como para todos los niños del barrio, los principales focos de atracción son dos. Uno es La Perona, una inhóspita barriada que había tomado su nombre de la famosa visita que hizo Eva Perón a España en 1947. Su mera mención provoca terror entre los vecinos, algo que dará a José María un primer mecanismo de defensa: habituado al sambenito de adoptado al que lo ha condenado la avanzada edad de sus padres, suele responder a quienes lo acusan de ello que en realidad es hijo de unos gitanos del asentamiento, lo que provoca inmediatamente un tenso silencio en su interlocutor por miedo a las consecuencias que esto le pueda acarrear en el caso de que sea verdad. El otro es la estación de tren semiabandonada que separa El Clot del poblado de barracas, un lugar olvidado, como tantos que ha dejado la guerra, que marca el límite de la ciudad. Dedicada a la reparación de viejas locomotoras y a albergar a quienes hacen la mili en el Servicio de Ferrocarriles, ofrece cualquier diversión imaginable. Están las taquillas abandonadas, están los viejos trenes oxidados, incluso un vagón restaurante raído por los chamarileros que todavía se mantiene en pie. Están las ratas, que avanzan en manadas y se pueden cazar con escopetas de balines o ballestas armadas con clavos doblados en forma de uve. Están las parejas que se refugian en ella, a las que espían los chicos mayores. Y están los homosexuales, los equivocats, como los llama Adela, que se acercan por allí en busca de chavales que se dejen meter mano. Es un dinero fácil que pocos rechazan. Algunos aceptan la propuesta y cumplen con lo prometido. Otros lo hacen solo para acompañarles a sus casas y darles el palo.
El Clot no ofrece muchos entretenimientos al margen de estas distracciones de randas. Quedan los pandilleros, que el pequeño observa fascinado en los futbolines, en los talleres donde trucan sus motos y, durante los días de feria, en los autos de choque. Queda el baloncesto, que José María comienza a practicar en la cancha de la Hispano Olivetti, una fábrica cercana a su casa permanentemente ocupada por los cientos de trabajadores que se turnan para mantener la actividad las veinticuatro horas del día y con cierta frecuencia por la policía, pues es uno de los centros más activos de la ciudad en la lucha clandestina contra el franquismo. Queda la televisión, un primer aparato familiar en blanco y negro donde ve deslumbrado Viaje al fondo del mar, El túnel del tiempo, Los invasores o El prisionero. Es la ventana que le permite ver la llegada del hombre a la Luna, descubrir el asesinato de Sharon Tate, conocer a sus primeros ídolos, Jackie Stewart y Muhammad Ali, tantear tantos acontecimientos que le hacen soñar con mundos muy lejanos del suyo. Queda el Camp Nou, en el que se cuela de vez en cuando gracias a su tío Joan, portero del estadio. Y quedan los rituales de fin de semana, las visitas con Santiago al canódromo o a los combates de lucha libre en el Price, con sus luchadores con capa y máscara que le fascinan, aunque no tanto como los amigos de su padre, gente que parece pertenecer a una antigua estirpe de hombres que ya no existe: duros, nobles, leales, con el cuerpo cubierto de tatuajes, poco amigos del trazo fino, juerguistas pero no en exceso. Hay también escapadas al Museo Militar de Montjuic, al mercado de Sant Antoni a comprar cromos y novelas de Sven Hassel. Las jornadas concluyen invariablemente en el cine. Santiago adora los westerns y no hay película de John Wayne que se le escape. Son fijas también las de James Bond. El Emporium, la sala del barrio, ofrece sesiones dobles. Cuando ya l