Nota sobre esta edición
La bien ganada fortuna que, muy tempranamente, alcanzó Cela como novelista eclipsó siempre su faceta como cuentista, que sin embargo nunca dejó de cultivar. Más de una vez declaró su devoción por este género, en términos a veces tan campanudos como los siguientes: «Creo que el cuento es algo así, o puede ser algo así, como la piedra de toque del escritor en prosa, como el fiel contraste de la buena ley —o de la mala— del hombre que, con la pluma al brazo, se dispone a luchar contra el mundo, a sujetarlo, a apresarlo, a hacerlo suyo, quizá no más que para saberse morir de espanto en un rincón».
Como suele ocurrir con los narradores en ciernes, las primeras publicaciones de Cela, siendo apenas veinteañero, fueron cuentos y relatos cortos, aparecidos en revistas y periódicos de la época, a comienzos de los años cuarenta. Desde entonces ya nunca abandonaría esta modalidad de escritura. De hecho, el número de los volúmenes en los que, en el transcurso de seis décadas, Cela recogió sus piezas narrativas breves duplica —y hasta triplica, según cuál sea el criterio empleado— el de sus novelas. Claro es que a menudo resulta poco menos que imposible discernir, dentro de ese ingente caudal, los límites entre cuento, fábula, relato, cuadro, novela corta, viñeta, artículo o, ya puestos, ese subgénero propio que él mismo bautizó como «apuntes carpetovetónicos».
Con motivo de reunir en un solo tomo, para la edición de sus Obras completas, todos los cuentos publicados entre 1941 y 1953, escribió Cela un texto preliminar en el que se extendía, con cierta prolijidad, «sobre el azaroso dédalo de los géneros literarios y sus huidizas y confusas lindes». A este propósito declaraba, «con la humildad necesaria», su ignorancia respecto al «funcionamiento de esa misteriosa maquinita aún no inventada que habría de servirnos —de existir y saber usarla— para bautizar, según las normas de una preceptiva que hoy por hoy es ciencia aún en pañales, todas y cada una de las páginas que hubiéramos de escribir». A lo que añadía: «Las moscas están clasificadas y descritas; y los minerales que se agazapan, misteriosos y ardientes, en el corazón de la Tierra; y las estrellas que ruedan por el cielo; y las flores que se crían en las praderas y en las altas montañas. Las cuartillas de los escritores, sin embargo, no se diferencian en géneros que puedan fijarse de un modo matemático, científico y desterrador de toda duda, ni se clasifican, tampoco, si no es de forma un tanto tosca y rudimentaria».
Si esto es cierto en general, lo es mucho más por lo que toca a la obra entera de Cela y, dentro de ella, a la extensa provincia que ocupan sus textos breves de naturaleza más o menos narrativa. Ya en muchas ocasiones se ha dicho que, por encima de novelista, cuentista, articulista, cronista, ensayista o cuantas etiquetas quieran adosársele, Cela es prosista. Su prosa, en efecto, es un asombroso mecanismo capaz de integrar en una misma corriente de escritura toda suerte de registros y de elementos heteróclitos que se yuxtaponen sin solución de continuidad. El ejemplo extremo de este proceder es la única e interminable frase en que se despliega su novela Cristo versus Arizona (1988), donde convergen en una sola secuencia centenares de noticias y destinos perfectamente diferenciables. Con mucha menos ambición, las piezas breves reunidas en el presente volumen vienen a ser, se diría, las teselas de un mosaico en permanente formación. Por obra de un prodigioso arte de la estructura, este mosaico cuaja ocasionalmente en «configuraciones novelísticas». Ahora bien: si se tuviera la paciencia de desmontar convenientemente tales configuraciones, se obtendría, en la mayor parte de los casos, una buena cantidad de relatos y viñetas sin duda comparables a muchos de los que aquí se recogen. Baste considerar a este efecto un libro como Tobogán de hambrientos (1962), al que sólo una bien calculada estructura circular confiere su condición novelística. Tomados de uno en uno, sus diferentes capítulos poco o nada se distinguen de las piezas que componen títulos como Historias de España (1958) o como Historias familiares (1998). Los materiales, por así decirlo, vienen a ser los mismos, por lo que a nadie puede sorprender que se dé el caso de que algunas piezas publicadas en su día independientemente terminaran integrándose luego en cualquiera de las novelas de Cela.
Por lo demás, Cela se desenvuelve con toda despreocupación en la indefinición genérica de cuanto escribe, que él mismo contribuye a complicar, acuñando para sus piezas breves todo tipo de etiquetas más o menos sugerentes o equívocas: engaños, invenciones, figuraciones, divertimentos, escenas... Tanto más difícil se hace, en consecuencia, dibujar los contornos del territorio narrativo del que la presente antología aspira a ofrecer un panorama representativo.
Afortunadamente, en el marco de esta Biblioteca Camilo José Cela en Debolsillo se han publicado ya dos volúmenes de piezas más o menos breves que allanan la tarea. El primero, Gavilla de fábulas sin amor y otros divertimentos, reúne cinco libros originalmente ilustrados —Gavilla de fábulas sin amor (1962), El Solitario (1963), Toreo de salón (1963), Izas, rabizas y colipoterras (1964) y Nuevas escenas matritenses (1965)— cuyos textos, en su momento, dialogaban con las imágenes correspondientes, pero que, abstraídos de ellas, pueden perfectamente ser tomados por cuentos, al menos en la mayoría de los casos. El segundo, Santa Balbina, 37, gas en cada piso y otras novelas cortas, se sirve de esta imprecisa categoría de «novelas cortas» para reunir siete libros —Santa Balbina, 37, gas en cada piso (1952), Timoteo el incomprendido (1952), Café de artistas (1953), El molino de viento y otras novelas cortas (1956), Historias de España (1958), La familia del héroe (1965) y El ciudadano Iscariote Reclús (1965)— cuyo contenido, en rigor, apenas es distinguible, de nuevo en la mayoría de los casos, del de cualquier colección de cuentos.
Teniendo esto presente, el panorama que aquí se presenta selecciona piezas escogidas entre dos bloques principales de libros.
El primero lo constituyen los tres que, en 1963, Cela reordenó y articuló en el ya mencionado tomo de sus Obras completas que recogía sus cuentos publicados entre 1941 y 1953. El volumen en cuestión lo tituló Nuevo retablo de don Cristobita (Arbitrios, figuraciones y alucinaciones), y comprendía los cuentos previamente recogidos en Esas nubes que pasan (1945), El bonito crimen del carabinero y otros engaños y ofuscaciones (1947) y Baraja de invenciones (1953). Se trata, como es obvio, del primer tramo de su producción como cuentista, en el que se puede apreciar cómo el tono tardorromántico de las primeras entregas, centradas en el ambiente provinciano coruñés de principios de siglo, evolucionó rápidamente hacia un tratamiento paródico o simplemente humorístico del material empleado —una galería de personajes cada vez más grotescos o patéticos—, para enseguida desembocar ya en el esperpento, ya en el tremendismo. En el ya citado texto preliminar que figuraba al frente del tomo II de sus Obras completas, Cela daba prolijas explicaciones acerca de los trasiegos a que sometió el contenido de estos tres libros con ocasión de reunirlos bajo ese título de raigambre valleinclanesca, que ofrece una buena pista del talante que en ellos predomina.
El segundo bloque de libros es el que integra los volúmenes de cuentos publicados por Cela con posterioridad a 1953, objeto a su vez de múltiples trasiegos por parte del autor, aficionado siempre a armar, desarmar y rearmar sus textos. Del abigarrado y confuso material que conforma este bloque, se han escogido piezas de tres títulos representativos, en los que se reconoce el estilo de madurez del autor: Los viejos amigos (1960), Once cuentos de fútbol (1963) e Historias familiares (1998). Los viejos amigos merece un comentario particular. Se trata de una voluminosa colección de viñetas narrativas en las que Cela repesca personajes a veces muy menores de sus libros anteriores, previa cita del pasaje en que aparecen. Este proceder resulta muy expresivo del «método» de Cela, que parte siempre de la observación curiosa, a la vez burlona y afectuosa, de una humanidad hormigueante, que lo nutre incansablemente de todo tipo de anécdotas.
Capítulo aparte conforman los bautizados por el mismo Cela como «apuntes carpetovetónicos», reunidos por él mismo en un único volumen de sus Obras completas titulado El gallego y su cuadrilla y otros apuntes carpetovetónicos, verdadera suma de este género acuñado por Cela en el libro homónimo publicado por vez primera en 1949. Al frente de esta primera edición figuraba un prologuillo («Al Gallego») en el que su autor discurría sobre su «concepto del apunte carpetovetónico y de las circunstancias que adornaron su venida al mundo». Este prologuillo fue remplazado, en el correspondiente volumen de las Obras completas, por una «Relativa teoría del carpetovetonismo» donde Cela ampliaba sus disquisiciones. De uno y otro texto se dan en anexo los pasajes más relevantes, omitiendo las detalladas precisiones acerca del contenido de las diferentes agrupaciones de piezas pertenecientes a un subgénero que su autor caracteriza como «la croniquilla atónita de los minúsculos acaeceres de la España árida». En cuanto a los apuntes propiamente dichos, la que se ofrece aquí es sólo una pequeña muestra complementaria de las piezas que el mismo Cela adscribió más netamente al género del cuento o del relato breve.
La selección de todos los materiales que componen el presente volumen ha corrido a cargo de la doctora Alba Guimerà Galiana, profesora en la Facultad de Filología de la Universidad de Barcelona y buena conocedora de la obra de Camilo José Cela, sobre la que ha publicado numerosos trabajos. En la breve nota explicativa que se da a continuación de esta «Nota sobre esta edición» ella misma explicita sucintamente los criterios básicos que han determinado su tarea.
He aquí el detalle de las primeras ediciones de los distintos libros en que se encuentran los textos seleccionados, buena parte de ellos publicados previamente en diarios o revistas:
Esas nubes que pasan, Afrodisio Aguado, colección «Los Cuatro Vientos», Madrid, 1945.
El bonito crimen del carabinero y otros engaños y ofuscaciones, José Janes, Barcelona, 1947.
Baraja de invenciones, Castalia, colección «Prosistas contemporáneos», Valencia, 1953.
Los viejos amigos, Noguer, colección «El Espejo y la Pluma», Barcelona, 1960 (primera serie) y 1961 (segunda serie).
Once cuentos de fútbol, Editora Nacional, Madrid, 1963 (con once ilustraciones de Pepe).
Historias familiares, Macià & Nubiola Editors, colección «O Vencello Catoirán», Barcelona, 1998.
El gallego y su cuadrilla y otros apuntes carpetovetónicos, Ricardo Aguilera, Madrid, 1949.
Conviene tener en cuenta que, con excepción de Once cuentos de fútbol y de Historias familiares, el resto de los títulos fueron objeto de todo tipo de trasiegos (reordenaciones, supresiones, añadidos) con motivo de ser reeditados y compilados y hasta retitulados en sucesivas agrupaciones. Para el presente volumen se han utilizado las versiones fijadas por el autor en sus Obras completas publicadas por Destino en 1965 y reproducidas sin apenas cambios en las publicadas por Destino y Planeta-De Agostini en 1989-1990. Los cuentos de Esas nubes que pasan, El bonito crimen del carabinero y otros engaños y ofuscaciones y Baraja de invenciones se hallan recogidos en el volumen 2, donde, como ya se ha dicho, se dan amparados bajo el título común de Nuevo retablo de don Cristobita (Arbitrios, figuraciones y alucinaciones). Los viejos amigos se dan en el tomo 18, así titulado. Los Once cuentos de fútbol se dan en el volumen 24, en el que se recogen también Gavilla de fábulas sin amor y El Solitario. En cuanto a El gallego y su cuadrilla y otros apuntes carpetovetónicos, ocupa el volumen 4. Los únicos cuentos que se dan conforme a su primera y de momento única edición son los de Historias familiares.
Como es natural tratándose de una selección, se prescinde aquí de las dedicatorias, lemas, epígrafes y otros paratextos que contienen los distintos libros de los que se extraen los textos.
Al pie de cada uno de los textos seleccionados se da el lugar y la fecha en que se publicó suelto por vez primera. Cuando no figuran estos datos, debe deducirse que su primera edición tuvo lugar en el volumen en que se encuadra (sólo en dos o tres ocasiones simplemente no consta por no haberse localizado). Cuando la fecha del cuento en cuestión es posterior a la del libro en que se halla encuadrado, hay que entender que el propio autor reordenó o amplió el contenido de este último con ocasión de publicar sus Obras completas. En el caso de Los viejos amigos, la mayor parte de los cuentos fueron publicados originalmente, antes de ser reunidos en volumen, o bien en el semanario Sábado Gráfico, de Madrid, o en la revista Destino, de Barcelona, entre el 6 de febrero de 1960 y el 18 de febrero de 1961.
Cierra este volumen, como todos los de esta Biblioteca de Camilo José Cela en Debolsillo, una somera cronología de la vida y obra del autor cedida por la Fundación Charo y Camilo José Cela.
IGNACIO ECHEVARRÍA
Nota sobre la selección
La presente selección de los cuentos, apuntes carpetovetónicos y narraciones breves de Camilo José Cela se ha apoyado fundamentalmente en dos criterios. En primer lugar, la elección de relatos breves que el propio Cela realizó a lo largo de su trayectoria con la publicación de antologías como Mis páginas preferidas (1956), El espejo (1981) o La dama pájara (1994), donde seleccionó algunos de los relatos breves publicados inicialmente en prensa y recogidos después en las Obras completas (1962-1977). Así, encontramos una muestra representativa de textos que forman parte de Esas nubes que pasan (1945), El bonito crimen del carabinero (1947), El gallego y su cuadrilla (1949) y Baraja de invenciones (1953).
Partiendo de este primer corpus que atiende a los criterios de Camilo José Cela, he ampliado la selección de relatos de cada uno de estos volúmenes, teniendo en cuenta la modernidad de los textos, que al mismo tiempo que son fedatarios de la personalidad y la obra del escritor, pueden despertar la curiosidad y el aprecio de los nuevos lectores que se acercan a su obra.
Asimismo, se ha añadido también una representación de Los viejos amigos (1960-1961) y de Once cuentos de fútbol (1963), así como del último volumen de cuentos publicado, Historias familiares (1998).
ALBA GUIMERÀ GALIANA
CUENTOS
Esas nubes que pasan
(1945)
Don Anselmo
I
Don Anselmo, ya viejo, me lo contó una noche de diciembre de 1935, poco más de un mes antes de su muerte, en el club de Regatas.
Era una noche lluviosa y fría, y en el club no quedábamos sino don Marcelino, don David, don Anselmo y yo.
Don Marcelino y don David jugaban lentamente su interminable y cotidiana partida de chapó; la partida la ganaba, como siempre, don David, y don Marcelino, como siempre también, todas las noches, al ponerse el abrigo, exclamaba resignadamente:
—No sé lo que me pasa esta noche; pero estoy flojo, muy flojo...
Después acababa de sorber su copita de anís, se calaba su gorrilla de marino, empuñaba el bastón y se marchaba, arrimadito a la acera y tosiendo todo el camino, hasta su casa.
Don Marcelino tuvo la mala ocurrencia de venirse a Madrid en mayo de 1936.
—Por la primavera, Madrid es muy agradable —decía a los amigos—, y además..., las cosas hay que cuidarlas...
Los amigos nunca supieron cuáles eran las cosas que don Marcelino tenía que cuidar en la capital, pero todos encontraban edificante el celo que demostraba por sus asuntos.
—Sí, sí, don Marcelino, no hay duda: el ojo del amo engorda el caballo... —decían unos—. El que tenga tienda que la atienda.
Y todos se sentían satisfechos con la sonrisa de agradecimiento que don Marcelino les dedicaba.
¡Pobre don Marcelino! Al año, o poco más, de haber llegado a Madrid, se murió, sabe Dios si de hambre, si de miedo...
La noticia llegó hasta el pueblo, al principio confusa y contradictoria; después confirmada por los que iban llegando, y don David, como si no esperase otra cosa para seguirle, se quedó una tarde como un pajarito, sentado en la butaca de mimbre desde donde contemplaba silencioso el violento dominó de los jóvenes, como sentenciosamente —durante tantos años— llamaba a la partida que, después del almuerzo, se celebraba en el bar del club.
II
Don Anselmo estaba de confidencias aquella noche. No sé qué extraña sensación de confianza debía causarle mi persona, mas lo cierto es que me contaba cosas y cosas, interesantes y pintorescas, con una lentitud desesperante, cortando las frases y aun a veces las palabras de un modo caprichoso; pero incansablemente, como incansablemente caían las gotitas de agua sobre el vaso de baquelita —última compra de don Anselmo, secretario del club—, que estaba debajo del filtro plateado y reluciente.
Don Anselmo entornaba sus ojos para hablar, y su expresión adquiría toda la dulzura y todo el interés de la faz de un viejo y retirado capitán de cargo, altivo y bonachón como un milenario patriarca celta.
III
Corría el 1910, y don Anselmo tenía, además de sus treinta y cinco juveniles años, un atuendo de tierra, como él lo llamara, que era la envidia de los petimetres y la admiración de las pollitas de la época. Zapatos picudos de reluciente charol; botines grises —de un gris claro y brillante, como el mes de mayo en el mar del Norte, decía él—; pantalón listado de corte inglés; americana con cinturón y una gardenia perennemente posada sobre la breve solapa; cuello alto con corbata de nudo y un bombín café que manejaba con destreza y que obedecía al impulso que don Anselmo, siempre que entraba en algún sitio, le imprimía para que alcanzase algún saledizo: el paragüero del club; la lámpara que tenía la fonda La Concha en el vestíbulo, rodeada de macetas y de sillas de mimbre; la cabeza de ciervo que tenía don Jorgito, el gerente del The Workshop, en el hall de su casa...
Don Anselmo hacía una inflexión en su voz para darme a conocer que introducía un nuevo inciso en su relato, y me hablaba de don Jorgito, a quien respetaba y admiraba, que ya por entonces llevaba una magnífica barba blanca y era todo corrección y buenos modos. Don Jorgito era un inglés apacible que hablaba el español con acento gallego y que vivía lo mejor que podía, preocupado de su mujer y de sus siete hijos; yo no le conocí, pero cuando afirmé haber sido compañero de colegio de un nieto suyo —en los maristas de la calle del Cisne, de Madrid—, muchacho flacucho y antojadizo, mal acostumbrado a llevar siempre por delante su santa voluntad, tímido, pero con un orgullo sin límites, y que hoy, según creo, anda por ahí dedicado —¿cómo no?— a hacer sus pinitos literarios, don Anselmo se me quedó mirando alegremente, como si mi amistad con el nieto viniese a avalar todo su aserto, y terminó por confesarme —casi misteriosamente— que el mundo era un pañuelo.
Esto sirvió para que me explicase cómo en Melbourne había encontrado, tocando el acordeón por las calles, a un marinero a quien desembarcó por ladrón en Valparaíso; pero me voy a saltar todo este nuevo inciso, porque, si no, iba a resultar demasiado diluido mi relato.
IV
Era la época de las fiestas del pueblo, y don Anselmo, con sus zapatos, su gardenia y su bombín, sonreía desde la terraza del club —por entonces todavía joven, como él— a las tobilleras de amplias pamelas que pasaban camino de los puestos de la verbena callejera y, a algunas horas de la tarde, distinguida.
Después de tomar —five o’clock— su tacita de té (don Anselmo, ¡oh, manes de don Jorgito!, tomaba todas las tardes su tacita de té) y de fumar su cigarrillo después de la tacita de té (la pipa de loza holandesa en aquel tiempo todavía no formaba parte de su atuendo de tierra), se unía al primer grupo que pasase y, entre bromas y veras, transcurría el resto de su tarde, alegre y honradamente, charlando con los amigos, inclinándose ante las encorsetadas mamás de las niñas, e invitando a estas a todo lo que se les antojase, porque —dicho sea de paso— a don Anselmo no le faltaba ninguna tarde un duro decidido a hacerle quedar bien. Se montaba en el tiovivo —ellas, en los cerdos o en los automóviles; ellos, en los caballos—, se daba una vueltecita por el laberinto, se bebían gaseosas que ponían coloradas a las jovencitas, se jugaban algunos números a la tómbola, se tiraba al blanco...
Y así un día y otro día... Don Anselmo era la admiración de todos con sus buenos modales, su gesto siempre afable, su palabra siempre ágil y ocurrente. Si había que entretener a doña Lola —la mamá de Lolita, de Esperancita y de Tildita—, don Anselmo tiraba velozmente su real de bolos contra los grotescos muñecos. Si había que dar palique a doña Maruja —la mamá de Marujita, de Conchita, de Anita y de Sagrarito—, don Anselmo le hablaba de sus estancias en Londres o de su último viaje por los mares del Sur. Si había que distraer a doña Asunción —la mamá de Asuncioncita, que era una monada de criatura—, don Anselmo era capaz hasta de meterse en el tubo de la risa...
V
Aquella tarde había verdadera expectación en el pueblo. Entre don Knut —don Knut era el primer piloto de una bricbarca noruega, La Cristianía, anclada por aquellos días en la bahía, y amigo antiguo de don Anselmo— y don Anselmo se había concertado un singular desafío —una botella de whisky, de una parte, y una comilona de langosta, de la otra— para discernir cuál de los dos haría más blancos seguidos en la barraca del Dominicano, la misma que durante tantos años, y hasta que se murió, había sido regentada por Petra, la del guardia civil.
Cuando don Knut y don Anselmo aparecieron, charlando amigablemente ante el puesto del Dominicano, una multitud, casi abigarrada, les esperaba ya. Escogieron con lentitud sus escopetas; seleccionaron con más lentitud, si cabe, sus flechas: negras, las de don Knut; rojas, las de don Anselmo; echaron una moneda —una peseta— al aire, y empezaron a tirar: cinco tiros seguidos cada uno. Empezó don Anselmo, porque don Knut, cuando la peseta andaba por el aire, había dicho caras —cruces no lo sabía decir—, y no habían salido caras. Cinco tiros, cinco blancos. ¡Tira don Nú!, gritaba el Dominicano, incorporándose y desclavando a una velocidad vertiginosa las cinco flechas rojas de don Anselmo. Don Knut tiró: cinco tiros, cinco blancos. ¡Tira don Anselmo!, volvía a repetir el Dominicano al volver a desclavar las cinco flechas negras esta vez y de don Knut. Don Anselmo volvía a tirar y volvía a hacer cinco blancos; el Dominicano volvía a gritar; don Knut volvía a echarse la escopeta a la cara... Cinco blancos... El interés de la gente tenía ya sus salpicaduras de emoción; se llevaba tirando ya largo rato, y don Knut y don Anselmo seguían a los treinta y cinco tiros desesperadamente pegados. ¡Tira don Anselmo!, gritó el Dominicano; nadie sabe cómo fue: don Anselmo levantó la escopeta y tiró...; la flecha fue a clavarse en el ojo derecho del Dominicano; este se llevó ambas manos a la cara sangrante; la gente rompió a gritar; las mujeres comenzaron a correr...
Don Anselmo tuvo que marcharse aquella misma noche del pueblo: un par de meses, le aconsejaban los amigos, y en La Cristianía, que marchaba con estaño de las Cíes para El Havre, se marchó, comentando con don Knut el desgraciado accidente.
Un marinero de la bricbarca llegó, aún no pasadas tres horas del percance, a casa de don Jorgito con un encargo de don Anselmo: un saquito de cuero con veinte duros dentro para el Dominicano.
En el pueblo, el rasgo de don Anselmo causó una feliz impresión, y, cuando ya nadie se acordaba del ojo del Dominicano, todavía había alguien que sacaba a relucir los veinte duros de don Anselmo.
VI
Don Anselmo se marchó para dos meses, pero tardó ocho años en aparecer por el pueblo. De El Havre, donde lo desembarcó La Cristianía, salió para América, y allí, con sus apurillos al principio, pero ayudado por la guerra después, se fue abriendo camino y llegó a crearse una posición casi privilegiada.
Cuando volvió para acá, venía gordo y moreno, casado con una señorita portorriqueña y acompañado de dos criadas negras, dos loros verdes y rojos y un acento antillano, dulzón y pesaroso como el calor del trópico: bagaje ultramarino.
Ya nadie se acordaba en el pueblo del Dominicano, que había levantado el ala con sus veinte duros, y don Anselmo volvió a ser otra vez, y con mayor intensidad que la vez primera —si esto fuera posible—, el motivo de todas las conversaciones. Don Jorgito estaba indignado, porque, según él, se le daba mayor importancia a don Anselmo que al armisticio, que era mucho más fundamental...
A poco de llegar de nuevo a España, se le murió su mujer, la señorita portorriqueña, de un doble parto mal atendido (según don Anselmo), y como los males —según don Anselmo también— se dan cita para no aparecer solos, los dos loros amanecieron una mañana ferozmente asesinados por Genoveva, la gata de la fonda La Concha, y las dos negras —una detrás de la otra, pero muy seguiditas— se acatarraron y se murieron también; de suerte que don Anselmo volvió a quedarse tan solo como ocho años atrás.
Tuvo una pequeña época de murria, en la que apenas si hablaba y menos salía; pero, como era hombre de entero carácter, pronto reaccionó y volvió a su vida de club y de sociedad. De cuando en cuando daba alguna correría por los pueblos, o se acercaba hasta Vigo —o hasta Porto o hasta La Coruña, como algunas veces—, y cuando volvía se le notaba radiante y rejuvenecido; pero un día volvió mucho antes de lo acostumbrado en aquellas excursiones, se encerró en el club y en un mutismo absoluto, y lo único que se le sacaba, después de mucho insistir, es que jamás volvería a abandonar el pueblo.
Nadie sabe lo que le pasó, porque a nadie —sino a mí, que a nadie lo dije— se lo dijo jamás; pero, como don Anselmo ha desaparecido y lo acaecido no puede conducir sino a su mayor aprecio, me considero relevado de guardar secreto —que tampoco él me lo exigiera, que, si no, no lo haría por nada del mundo—, y autorizado para decir en breves palabras y para terminar mi relato lo que ocurrió.
VII
Don Anselmo había ido a Cesures. Había cenado, ya tarde, en el puerto, en casa Castaño, y había cruzado después el puente, atraído por las luces, pocas ya, que quedaban al otro lado de él, y de las barracas de la fiesta del patrón, que por aquella fecha y en aquel lugar se celebraba. La gente había marchado ya a dormir, y únicamente algún marinero semiborracho o algún pollito rezagado se entretenía en tirar al blanco o en intentar, desafortunadamente, colar los arillos por el cuello de la botella de sidra. De la ría salía un vaho húmedo y tibio que todo lo rodeaba, y las últimas voces de los de los puestos, anunciando su mercancía o su atracción, sonaban un poco tristes y cansinas, y recordaban —don Anselmo no sabía por qué— a las voces de los serenos de Santiago anunciando la lluvia y las dos de la mañana.
Don Anselmo, antes de irse a la cama, quiso entrar en todas las chabolas. Tiró un poco al blanco; vio la mujer barbuda; sacó una botella de sidra, que regaló, ante su pasmo, al dueño del puesto... Don Anselmo se aburría, y decidió visitar lo último que le quedaba por ver: la caseta del hombre-fiera, que a grandes voces anunciaba una mujeruca al extremo de la doble calle de barracas. Pagó veinte céntimos —preferencia— y entró; no había nadie... Al poco rato se oyeron unos aullidos, e inmediatamente apareció —peludo y semidesnudo— el hombre-fiera, lanzándose contra los barrotes y comiendo carne cruda. Don Anselmo miró con detenimiento al hombre-fiera y se sobresaltó. El monstruo seguía dando saltos y aullando, y parecía hacer poco caso de don Anselmo. Don Anselmo no daba señales de querer marcharse... El hombre-fiera, cansado de haber estado dando saltos durante toda la noche, parecía que cedía en su fiereza...: se le quedó mirando y dejó de saltar; se apoyó con ambas manos en los barrotes y miró con su único ojo —el izquierdo— a don Anselmo.
—¡Caramba, don Anselmo! ¡Qué gordo está usted!
Don Anselmo no sabía qué decir.
—¡Y buena color que le ha salido, sí, señor!
Don Anselmo temblaba y —propia confesión— lloró por primera vez en su vida, porque averiguó que no eran tan malos los hombres como querían pintarlos. El hombre-fiera apareció por detrás de la cortinilla de cretona que servía de fondo a la jaula, y se sentó al lado de don Anselmo.
—Pues no sé lo que decirle; ya ve usted...
Don Anselmo tampoco sabía lo que decir; cogió las manos del hombre-fiera y las acarició. El hombre-fiera lloró también.
—Ya lo decía yo, don Anselmo. ¡No hay bien que por mal no venga...! Gano bastante más que antes, y ya ve usted, con tanta carne cómo como, ¡qué buenas grasas estoy criando!
Fuera, la niebla y el silencio lo confundían todo...
A don Anselmo se le empañaban los ojos al recordarlo.
Medina, Madrid, abril de 1941
Marcelo Brito
Durante muchos meses no se habló de otra cosa por el pueblo. Marcelo Brito, el mulato portugués, cantor de fados y analfabeto, sentimental y soplador de vidrio, con su terno color café con leche, su sempiterna y amarga sonrisa y su mirar cansino de bestia familiar y entrañable, había salido de presidio. Tenía por entonces alrededor de cuarenta años, y allá —como él decía— se habían quedado sus diez anteriores, mustios, monótonos, reducidos a una reproducción de la carabela Santa María, metida inverosímilmente dentro de una botella de vidrio verde, que había regalado —sabrá Dios por qué—, con una dedicatoria cadenciosa que tardó once meses en copiar de la muestra que le hiciera vaya usted a saber qué ignorado calígrafo presidiario, a don Alejandro, su abogado, el mismo que no consiguió convencer al juez de su inocencia. Porque Marcelo Brito, para que usted lo sepa, era inocente; no fue él quien le pegó con el hacha en mitad de la cabeza a Marta, su mujer; no fue él, que fue la señora Justina, su suegra, la madre de Marta; pero como parecía que había sido él, y como —después de todo— al juez le era lo mismo que hubiera sido como que no, lo mandaron a presidio, y allá lo tuvieron casi diez años, metiendo las largas pinzas —con las jarcias y los obenques y los foques de la Santa María— por el cuello de la botella. Sobre el camastro tenía una fotografía de Marta, su difunta mujer, de traje negro y con un ramo de azahar en la mano, y según me contó José Martínez Calvet —su compañero de celda, a quien hube de conocer andando el tiempo en Betanzos, en la romería dos Caneiros—, algunas veces su exaltación al verla llegaba a tal extremo que había que esconderle la botella, con su carabelita dentro, porque no echase a perder toda su labor estragando lo que —cuando no le daba por pensar— era lo único que le entretenía. Después, volvía el retrato de su mujer de cara a la pared, y así lo tenía tres o cuatro días, hasta que se le pasaba el arrechucho y lo volvía a poner del derecho. Cuando esto hacía, la cubría materialmente de besos con tal frenesí que acababa derrumbándose sobre el jergón, boca abajo, postura en la que quedaba a lo mejor hasta tres o cuatro horas seguidas, llorando como un niño. Una vez fueron por la penitenciaría, en viaje de estudios, unos abogadetes recién salidos de la facultad, sentenciosos y presumidillos como seminaristas de último año de la carrera, que hablaban enfáticamente de la patología criminal y que no encontraban una cosa a derechas; quiso la Divina Providencia que fueran testigos de una de las crisis de Marcelo, y, como si se hubieran puesto de acuerdo, tuvieron a bien opinar —sin que nadie les preguntase nada— sobre lo que ellos llamaban caracteres específicos del criminal nato, sentando como incontrastable la teoría de que esos arrebatos del mulato no eran sino expresión del arrepentimiento que experimentaba por haber segado en flor —la frase es de uno de los letrados visitantes— la vida de la mujer a quien en otro tiempo había amado. Los abogadetes se marcharon con su sonrisa satisfecha y su aire triunfal, y yo muchas veces me he preguntado qué habrán dicho si es que llegaron a enterarse de lo que más tarde hemos sabido todos: que la pobre Marta se fue para el purgatorio con la cabeza atada con unos cordeles, puestos para enmendar lo que su marido ni hizo ni probablemente se le ocurrió jamás hacer.
La interpretación de los sentimientos es complicada porque no queremos hacerla sencilla. Sin su complicación, mucha gente a quien saludamos con orgullo —y con un poco de envidia y otro poco de temor también— y a quien dejamos respetuosamente la derecha cuando nos cruzamos con ella por la calle no tendría con qué comprar automóviles, ni radios, ni pendientes para sus mujeres, y nosotros, los que somos sencillos y no tenemos automóvil, ni radio, ni pendientes que regalar, ni —en última instancia— mujer a quien regalárselos, ¿para qué queremos complicar las cosas si en cuanto dejan de ser sencillas ya no las entendemos? Usted se preguntará por qué sonrío cuando digo esto. Usted se pregunta eso porque no interpreta los sentimientos del prójimo —los míos en este caso— con sencillez. Usted piensa que yo sonrío para hacerme enigmático, para llevar a su alma una sombra de duda sobre mi sencillez; pero yo le podría jurar por lo que quisiera que, si sonrío, no es más que porque me asusta el convencerme de que no entiendo las cosas en cuanto han dado más de dos vueltas por mi cabeza. Mi sonrisa no es ni más ni menos de lo que creería un niño que me viese sonreír y entendiese lo que digo; mi sonrisa no es sino el escudo de mi impotencia, de esta impotencia que amo, por mía y por sencilla, y que me hace llorar y rabiar sin avergonzarme de ello, aunque los abogados crean que si lloro y rabio es porque he dejado de ser sencillo, porque he matado —¡quién sabe si de un hachazo en la cabeza!— mi sencillez y mi candor recobrados, ahora que ya soy viejo, como un primer tesoro.
Lo que sí puedo asegurarles es que el llanto del desgraciado portugués no estaba provocado por arrepentimiento de ninguna clase, porque de ninguna clase podía ser un arrepentimiento producido por una cosa de la que uno no puede arrepentirse porque no la hizo: el llanto de Marcelo no era ni más ni menos —¡y qué sencillo es!— que por haber perdido lo que no quiso nunca perder y lo que quería más en el mundo: más que a su madre, más que a Portugal, más que a los fados, más que a la varilla de soplar que le había traído don Wolf la vez que fue a Jena de viaje... El llanto de Marcelo era por Marta, por no poder tenerla, por no poder hablarla y besarla como antes, por no poder cantar con ella —parsimoniosamente, a dos voces y a la guitarra— aquellas tristes canciones que cantara años atrás...
¡Voy muy desordenado, don Camilo José, y usted me lo perdonará! Pero cuando hablo de todas estas cosas es como cuando miro jugar a los niños, ¡que no importa adónde van a parar, como no importa mirar si es más hondo o menos hondo el agujero que hacen las criaturas en la arena de la playa!
Habíamos quedado en que no fuera él, sino la señora Justina, su suegra, la que diera fin a los veintitrés años de Marta; el caso es que tardó en averiguarse la verdad tanto como la vieja tardó en morir porque la muy bruja —que debía de tener miedo a la muerte— tuvo buen cuidado de callar siempre, aun cuando más comprometido veía al yerno, y menos mal que cuando se la llevó Satanás tuvo la ocurrencia de dejar una carta escrita diciendo la verdad que, si no, a estas alturas el pobre Marcelo seguiría añadiéndole detallitos a la Santa María... Tal maldad tenía la vieja que para mí que no dijo la verdad, ni aun en trance de muerte, al confesor ni a nadie, porque aunque, según cuentan, pedía confesión a gritos, me cuesta trabajo creer que no fuese hereje. El caso es que, como digo, dejó una carta escrita diciendo lo que había y al inocente lo sacaron de la cárcel —con tanto, por lo menos, papel de oficio como cuando lo metieron— y, como era buen soplador y don Wolf lo estimaba, volvió a colocarse en la fábrica —que por entonces tenía dos pabellones más— y a trabajar, si no feliz, por lo menos descansado.
Transcurrieron dos años sin que ocurriera novedad, y al cabo de ese tiempo nos vimos sorprendidos con la noticia de que Marcelo Brito, temeroso de la soledad, se casaba de nuevo.
La soledad, con Marcelo tan al margen, tan a la parte de fuera de lo que le rodeaba, como tiempos atrás lo estuviera de su compañero José Martínez Calvet, era dura y desabrida y tan pesada y tan difícil de llevar que Marcelo Brito —quizá un poco por miedo y otro poco por egoísmo, aunque él es posible que no se diese mucha cuenta de este segundo supuesto y que incluso lo rechazara si llegase a percatarse de su verdad— se decidió a dar el paso, a arreglar una vez más sus papeles (aumentados ahora con el certificado de defunción de Marta) y a erigir un nuevo hogar, como don Raimundo, el cura, hubo de decir con motivo de la boda.
Esta vez fue Dolores, la hija del guarda del paso a nivel, la escogida; Marcelo lo pensó mucho antes de decidirse, y su previsión, para que la triste historia no se repitiese, la llevó hasta tal extremo que, según cuentan, sometió durante meses a su nueva suegra a las más extrañas y difíciles pruebas; la señora Jacinta, la madre de Dolores, era tonta e incauta como una oveja, y fueron precisamente su tontería y su falta de cautela las que le hicieron salir victoriosa —la inocencia, al cabo, siempre triunfa— de las zancadillas y los baches que por probarla, no por mala intención, le preparara su yerno.
Dolores era joven y guapa, aunque viuda ya de un marinero a quien la mar quiso tragarse, y el único hijo que había tenido —de unos cuatro años por entonces— había sido muerto, diez u once meses atrás, por un mercancías que pasó sin avisar. Los trenes —no sé si usted lo sabrá—, cuando van a ser seguidos de otro cuyo paso no ha sido comunicado a los guardabarreras, llevan colgado del vagón de cola un farolillo verde para avisar. El mixto de Santiago, que era el que precedió al mercancías, no llevaba farol, y, si lo llevaba, iría apagado, porque nadie lo vio. El caso es que Dolores no tomó cuidado del chiquillo y que el mercancías —con treinta y dos unidades— le pasó por encima y le dejó la cabecita como una hoja de bacalao. Al principio hubo el consiguiente revuelo; pero después —como, desgraciadamente, siempre ocurre— no pasó más sino que a la víctima le hicieron la autopsia, lo metieron en una cajita blanca que, eso sí, regaló la compañía, y lo enterraron.
El gerente le echó la culpa al jefe de servicios; el jefe de servicios, al jefe de la estación de La Esclavitud; el jefe de la estación de La Esclavitud, al jefe de tren; el jefe de tren, al viento... El viento —permítame que me ría— es irresponsable.
La boda se celebró y, aunque los dos eran viudos, no hubo cencerrada, porque el pueblo, ya sabe usted, es cariñoso y afectivo como los niños, y tanto Marcelo como Dolores eran más dignos de afecto y de cariño —por todo lo que habían pasado— que de otra cosa. Transcurrieron los meses, y al año y pico de casarse tuvieron un niño, a quien llamaron Marcelo, y que daba gozo verlo de sano y colorado como era. Marcelo, padre, estaba radiante de alegría; cuando vino el verano y ya el chiquillo tenía unos meses, iba todos los días, después del vidrio, al río con la mujer y con el hijo; al niño lo ponían sobre una manta, y Marcelo y la mujer, por entretenerse, jugaban a la brisca. Los domingos llevaban además chorizo y vino para merendar, y la guitarra (mejor dicho, otra guitarra, porque la otra se desfondó una mañana que la señora Justina se sentó encima de ella) para cantar fados.
La vida en el matrimonio era feliz. No andaban boyantes, pero tampoco apurados, y como al jornal de Marcelo hubo de unirse el de Dolores, que empezó a trabajar en una serrería que estaba por Bastabales, llegaron a reunir entre los dos la cantidad bastante para no tener que sentir agobios de dinero. El niño crecía poquito a poco, como crecen los niños, pero sano y seguro, como si quisiera darse prisa para apurar la poca vida que había de restarle.
Primero echó un diente; después rompió a dar carreritas de dos o tres pasos; después empezó a hablar... A los cinco años, Marcelo, hijo, era un rapaz moreno y plantado, con los labios rojos y un poco abultados, las piernas, rectas y duras... No había pasado el sarampión; no había tenido la tos ferina; no había sufrido lo más mínimo para echar la dentadura...
Los padres seguían yendo con él —y con el chorizo, el vino y la guitarra— a sentarse en la yerbita del río los domingos por la tarde. Cuando se cansaban de cantar, sacaban las cartas y se ponían a jugar —como cinco años atrás— a la brisca. Marcelo seguía gastándole a su mujer la broma de siempre —dejarse ganar—, y Dolores seguía correspondiendo al marido con la seriedad de siempre: una seriedad un poco cómica que a Marcelo —un sentimental en el fondo— le resultaba encantadora.
Al niño le quitaban las alpargatas y correteaba sobre el verde, o bajaba hasta la arena de la orilla, o metía los pies en el agua, remangándose los pantaloncillos de pana hasta por encima de las rodillas.
Hasta que un día —la fatalidad se ensañaba con el desgraciado Brito— sucedió lo que todo el mundo (después de que sucedió, que antes nadie lo dijo) salió diciendo con que tenía que suceder: el niño —nadie, sino Dios, que está en lo alto, supo nunca exactamente cómo fue— debió de caerse, o resbalar, o perder pie, o marearse; el caso es que se lo llevó la corriente y se ahogó.
¡Sabe Dios lo que habrá sufrido el angelito! Don Anselmo, que conocía bien los horrores de verse rodeado de agua por completo, que sabía bien el pobre —tres naufragios, uno de ellos gravísimo, hubo de soportar— de los miedos que se han de pasar al luchar, impotentes, contra el elemento, comentaba siempre con escalofrío la desgracia de Marcelo, hijo.
No se oyó ni un grito ni un quejido; si la criaturita gritó, bien sabe Dios que por nadie fue oído... Le habrían oído solo los peces, los helechos de la orilla, las moléculas del agua..., ¡lo que no podía salvarle! Le habrían solo oído Dios y sus santos, los ángeles, niños a lo mejor como él, y quién sabe si por la voluntad divina, parados en sus cinco años inocentes, aunque en sus alas hubieran soplado ya vendavales de tantos siglos...
El cadáver fue a aparecer preso en la reja del molino, al lado de una gallina muerta que llevaría allí vaya usted a saber los días, y a quien nadie hubiera encontrado jamás, si no se hubiera ahogado el niño del portugués; la gallina se hubiera ido medio consumiendo, medio disolviendo, lentamente, y a la dueña siempre le habría quedado la sospecha de que se la había robado cualquier vecina, o aquel caminante de la barba y el morral que se llevaba la culpa de todo.
Si el molino no hubiera tenido reja, al niño no lo habría encontrado nadie. ¡Quién sabe si se hubiera molido, poquito a poco; si se hubiera convertido en polvo fino como si fuese maíz, y nos lo hubiéramos comido entre todos! El juez se daría por vencido, y doña Julia —que tenía un paladar muy delicado— quizá hubiera dicho:
—¡Qué raro sabe este pan!
Pero nadie le hubiera hecho caso, porque todos habríamos creído que eran rarezas de doña Julia...
Medina, Madrid, mayo y junio de 1941
El misterioso asesinato de la rue Blanchard
I
Joaquín Bonhome, con su pata de palo de pino, que sangraba resina, una resina amarillita y pegajosa como si todavía manara de un pino vivo, cerró la puerta tras sus espaldas.
—¿Hay algo?
—¡Nada!
Menchu Aguirrezabala, su mujer, que era muy bruta, con su ojo de cristal que manaba un agüilla amarillita y pegajosa como si todavía destilara del ojo de carne que perdiera en Burdeos, cuando la gripe, del golpe que le pegara su hermano Fermín, el transformista, se puso como una furia.
Toulouse, en el invierno, es un pueblo triste y oscuro, con sus farolitos de gas, que están encendidos desde las cinco de la tarde; con sus lejanos acordeones, que se lamentan como criaturas abandonadas; con sus cafetines pequeñitos con festones de encajes de Malinas alrededor de las ventanas; con sus abnegadas mujeres, esas abnegadas mujeres que se tuercen para ahorrar para el equipo de novias, ese equipo de novias que jamás han de necesitar porque jamás han de volver a enderezarse. Toulouse era, como digo, un pueblo triste, y en los pueblos tristes —ya es sabido— los pensamientos son tristes también y acaban por agobiar a los hombres de tanto como pesan.
Joaquín Bonhome había sido de todo: minero, sargento de infantería, maquillador, viajante de productos farmacéuticos, camelot du roi, empleado de La Banque du Midi, contrabandista, recaudador de contribuciones, guardia municipal en Arcachon... Con tanta y tan variada profesión como tuvo, ahorró algunos miles de francos y acordó casarse; lo pensó mucho antes de decidirse, porque el casarse es una cosa muy seria y, después de haber cogido miedo a actuar sin más dirección que su entendimiento, pidió consejo a unos y a otros, y acabó, como vulgarmente se dice, bailando con la más fea. Menchu —¡qué bruta era!— era alta, narizota, medio calva, chupada de carnes, bermeja de color y tan ruin que su hermano —que no era ninguna hiena— hubo de cargarse un día más de la cuenta, y le vació un ojo.
Su hermano Fermín había tenido que emigrar de Azpeitia, porque los caseros, que son muy mal pensados, empezaron a decir que había salido grilla y le hicieron la vida imposible; cuando se marchó, tenía diecinueve años, y cuando le saltó el ojo a su hermana, dos años más tarde, era imitador de estrellas en el Musette, de Burdeos. Bebía vodka, esa bebida que se hace con cerillas; cantaba «L’amour et le printemps»; se depilaba las cejas...
Joaquín, que en su larga y azarosa vida jamás hubiera tenido que lamentar ningún percance, fue a perder la pierna de la manera más tonta, al poco tiempo de casado: lo atropelló el tren un día al salir de Bayona. Él jura y perjura que fue su mujer que lo empujó; pero lo que parece más cierto es que se cayó solo, animado por el mucho vino que llevaba en el vientre. Lo único evidente es que el hombre se quedó sin pierna, y hasta que le pudieron poner el taco de pino hubo de pasarlas moradas; le echaba la culpa a la Menchu delante de todo el mundo, y no me hubiera extrañado que, de haber podido, la moliese cualquier día a puntapiés. Pensaba mucho en eso de los puntapiés, y una de sus mayores congojas por entonces era la idea de que había quedado inútil.
—¡Un hombre —pensaba— que para pegarle una patada en el culo a su mujer necesita apoyarse entre dos sillas...!
Menchu se reía en sus propias narices de aquella cojera espectacular que le había quedado, y Joaquín, por maldecirla, olvidaba incluso los dolores que tenía en el pie. En ese pie —¡qué cosa más rara!— que quién sabe si a lo mejor habrían acabado por echarlo a la basura.
El hombre encontraba tan inescrutable como un arcano el destino que hubiera tenido su pie.
—¿Adónde habría ido a parar?
Tiene su peligro dejar marchar un trozo de carne, así como así, en el carro de la basura. Francia es un país civilizado; pudiera ocurrir que lo encontrasen los gendarmes, que lo llevasen, envuelto en una gabardina, como si fuera un niño enfermo, a la prefectura... El señor comisario sonreiría lentamente, como solo ellos saben sonreír en los momentos culminantes de su carrera; se quitaría el palillo de la boca; se atusaría con toda parsimonia los mostachos. Después, sacaría una lupa del cajón de la mesa y miraría el pie; los pelos del pie, mirados con la lente, parecerían como calabrotes. Después diría a los guardias, a esos guardias viejos como barcos, pero curiosos como criadas:
—¡Está claro, muchachos, está claro!
Y los guardias se mirarían de reojo, felices de sentirse confidentes del señor comisario. ¡Es horrible! Hay ideas que acompañan como perros falderos, e ideas que desacompañan —¿cómo diría?—, que impacientan los pensamientos como si fueran trasgos. Esta, la del pie, es de las últimas, de las que desacompañan. Uno se siente impaciente cuando deja cavilar la imaginación sobre estas cuestiones. Miramos con recelo a los gendarmes. Los gendarmes no son el Papa; se pueden equivocar como cualquiera, y entonces estamos perdidos; nos llevan delante del señor comisario; el señor comisario tampoco es el Papa, y a lo mejor acabamos en la Guayana... En la Guayana está todo infestado de malaria... A los gendarmes les está prohibido por la conciencia pedir fuego, por ejemplo, a los que pasamos por la calle, porque saben que siempre el corazón nos da un vuelco en el pecho; les está prohibido por la conciencia, pero ellos hacen poco caso de esta prohibición: ellos dicen que no está escrito, y no estando escrito...
Lo peor de todo lo malo que a un hombre le puede pasar es el irse convenciendo poco a poco de que ha quedado inútil; si se convence de repente, no hay peligro: se olvidará, también de repente, a la vuelta de cualquier mañana; lo malo es que se vaya convenciendo lentamente, con todo cuidado, porque entonces ya no habrá quien pueda quitarle la idea de la cabeza, y se irá quedando delgado a medida que pasa el tiempo, e irá perdiendo el color y empezará a padecer de insomnio, que es la enfermedad que más envenena a los criminales, y estará perdido para siempre...
Joaquín Bonhome quería sacudirse esos pensamientos; mejor dicho: quería sacudírselos a veces, porque otras veces se recreaba en mirar para su pata de palo, como si eso fuera muy divertido, y en palparla después cariñosamente o en grabar con su navajita una J y una B, enlazadas todo alrededor.
—¡Qué caramba! ¡Un hombre sin pierna es todavía un hombre! —decía constantemente como para verlo más claro.
Y después pensaba:
—Ahí está Fermín, con sus dos piernas, y ¿qué?
A Joaquín nunca le había resultado simpático el transformista. Lo encontraba, como él decía, poco hombre para hombre, y muy delgado para mujer, y cuando aparecía por Toulouse, aunque siempre lo llevaba a parar a su casa de la rue Blanchard, lo trataba con despego y hasta con cierta dureza en ocasiones. A Fermín, cuando le decía el cuñado alguna inconveniencia, se le clareaban las escamas y apencaba con todo lo que quisiera decirle. Su hermana, Menchu, solía decir que el ojo se lo había saltado de milagro, y no le guardaba malquerer; al contrario, lo trataba ceremoniosamente; acudía —cuando él trabajaba en el pueblo— todas las noches a contemplarlo desde su mesa del Jo-Jo; presumía ante las vecinas del arte de su hermano; le servía a la mesa con todo cariño grandes platos de setas, que era lo que más le gustaba...
—¿Ha visto usted la interpretación que hizo de Raquel? ¿Ha visto usted la interpretación que hizo de la Paulowa? ¿Ha visto usted la interpretación que hizo de Mistinguette? ¿Ha visto usted la interpretación que hizo de la Argentina?
Las vecinas no habían visto nunca nada —¡qué asco de vecinas!—, y la miraban boquiabiertas, como envidiosas; parecía que pensaban algo así como:
—¡Qué gusto debe de dar tener un hermano artista!
Para confesarse después íntimamente y como avergonzadas:
—Raúl no es más que bombero... Pierre es tan solo dependiente de la tienda de M. Lafenestre... Étienne se pasó la vida acariciando con un cepillo de púas de metal las ancas de los caballos de mademoiselle D’Alaza... ¡Oh, un hermano artista!
Y sonreían, soñadoras, imaginándose a Raúl bailando El Retablo de Maese Pedro, o a Pierre girando como un torbellino en el ballet Petrouchka, o a Étienne andando sobre las puntas de los pies como un cisne moribundo... ¡Ellos, con lo bastotes que eran!
Algunas veces, las vecinas, como temerosas de ser tachadas de ignorantes, decían que sí, que habían visto a Fermín —a Garçon Basque, como se llamaba en las tablas—, y entonces estaban perdidas. Menchu las acosaba a preguntas, las arrinconaba a conjeturas, y no cejaba hasta verlas, dóciles y convencidas, rendirse de admiración ante el arte de su hermano.
Joaquín, por el contrario, no sentía una exagerada simpatía por Garçon Basque, y con frecuencia solía decir a su hermana que se había acabado eso de alojar al transformista en su desván de la rue Blanchard.
—Mi casa es pobre —decía—, pero honrada, y ha de dar demasiado que hablar el traer a tu hermano a dormir a casa; no lo olvides.
Menchu porfiaba; aseguraba que la gente no se ocupaba para nada del vecino; insistía en que, después de todo, no tenía nada de malo el que una hermana llevase a dormir a casa a un hermano, y acababa por vociferar, de una manera que no venía a cuento, que la casa era grande y que había sitio de sobra para Fermín. Mentira, porque el cuarto era bastante angosto; pero Menchu —¡quién sabe si por cariño o por qué!— no atendía a razones y no reparaba en los argumentos de su marido, que demostraba tener más paciencia que un santo.
En la rue Blanchard, en realidad, no había ni un solo cuarto lo bastante amplio para alojar a un forastero. Era corta y empinada, estrecha y sucia, y las casas de sus dos aceras tenían esa pátina que solo los años y la sangre derramada saben dar a las fachadas. La casa en cuya buhardilla vivían Joaquín Bonhome y su mujer tenía el número 17 pintado en tinta roja sobre el quicio de la puerta; tenía tres pisos divididos en izquierda y derecha y un desván, la mitad destinado a trastera, y la otra mitad, a guarecer al mal avenido matrimonio Bonhome de las inclemencias del tiempo. En el primero vivían, en el izquierda, M. L’Épinard, funcionario de Correos retirado, y sus once hijas, que ni se casaban, ni se metían monjas, ni se fugaban con nadie, ni hacían nada útil; y en el derecha, M. Durand, gordinfloncillo y misterioso, sin profesión conocida, con mademoiselle Yvette, que escupía sangre y sonreía a los vecinos en las escaleras; en el segundo, en el izquierda, M. Froitemps rodeado de gatos y loros, que ¡quién sabe de dónde los habría sacado!, y en el derecha, M. Gaston Olive-Levy, que apestaba a azufre y que traficaba con todo lo traficable y ¡sabe Dios! si con lo no traficable también; en el tercero, en el izquierda, M. Jean-Louis López, profesor de piano, y en el derecha, madame de Bergerac-Montsouris, siempre de cofia, siempre hablando de su marido, que había sido, según ella, comandante de artillería; siempre lamentándose del tiempo, de la carestía de la vida, de lo que robaban las criadas... En el desván, por último, y como ya hemos dicho, vivían Menchu y Joaquín, mal acondicionados en su desmantelado cuartucho, guisando en su cocinilla de serrín, que echaba tanto humo que hacía que a uno le escociesen los ojos. La puerta era baja, más baja que un hombre, y para entrar en el cuarto había que agachar un poco la cabeza; Joaquín Bonhome, como era cojo, hacía una reverencia tan graciosa al entrar que daba risa verle. Entró, y, como ya sabemos, cerró la puerta tras sus espaldas.
—¿Hay algo?
—¡Nada!
Joaquín, el hombre que cuando tenía las dos piernas de carne y hueso había sido tantas cosas, se encontraba ahora, cuando de carne y hueso no tenía más que la de un lado, y cuando más lo necesitaba, sin colocación alguna y a pique de ser puesto —el día menos pensado— en medio de la calle con sus cuatro bártulos y su mujer. Salía todos los días a buscar trabajo; pero, como si nada: el único que encontró, veinticinco días hacía, para llevar unos libros en la prendería de M. Barthélemy, le duró cuarenta y ocho horas, porque el amo, que, rodeado de trajes usados toda su vida, jamás se había preocupado de las cosas del espíritu, lo cogió escribiendo una poesía, y lo echó.
Aquel día venía tan derrotado como todos; pero de peor humor todavía. Su mujer, ya lo sabéis, se puso como una furia...
II
El señor comisario estaba aburrido como una ostra.
—¡En Toulouse no pasa nada! —decía como lamentándose...
Y era verdad. En Toulouse no pasaba nada. ¿Qué suponía —a los treinta y seis años de servicio— tener que ocuparse del robo de un monedero, tener que trabajar sobre el hurto de un par de gallinas?
—¡Bah —exclamaba—, no hay aliciente! ¡En Toulouse no pasa nada!
Y se quedaba absorto, ensimismado, dibujando flores o pajaritos sobre el secante, por hacer algo.
Fuera, la lluvia caía lentamente, tristemente, sobre la ciudad. La lluvia daba a Toulouse un aire como de velatorio; en los pueblos tristes —ya es sabido— los pensamientos son tristes también, y acaban por agobiar a los hombres de tanto como pesan.
Los guardias paseaban, rutinarios, bajo sus capotillos de hule negro, detrás de sus amplios bigotes, en los que las finas gotas de lluvia dejaban temblorosas y transparentes esferitas... Hacía ya tiempo que el señor comisario no les decía, jovial:
—¡Está claro, muchachos, está claro! —Y ellos, viejos como barcos, pero curiosos como criadas, estaban casi apagados sin aquellas palabras.
Dos bocacalles más arriba —¡el mundo es un pañuelo!—, en el número 17 de la rue Blanchard, discutían Joaquín Bonhome, el de la pata de palo, el hombre que había sido tantas cosas en su vida y que ahora estaba de más, y su mujer, Menchu Aguirrezabala, que tan bruta era, con su pelambrera raída y su ojo de cristal. Fermín Aguirrezabala —Garçon Basque—, con su pitillo oriental entre los dedos, los miraba reñir.
—Horror al trabajo es lo que tienes, ya sé yo; por eso no encuentras empleo...
Joaquín aguantaba el chaparrón como mejor podía. Su mujer le increpaba de nuevo:
—Y si lo encuentras no te durará dos días. ¡Mira que a tus años y con esa pata de palo, expulsado de un empleo, como cualquier colegial, por cazarte el jefe componiendo versos!
Joaquín callaba por sistema; nunca decía nada. Enmudecía, y, cuando se aburría de hacerlo, se apoyaba entre dos sillas y recurría al puntapié. A su mujer le sentaba muy bien un punterazo a tiempo; iba bajando la voz poco a poco, hasta que se marchaba, rezongando por lo bajo, a llorar a cualquier rincón.
Fermín aquel día pensó intervenir, para evitar quizá que su cuñado llegase al puntapié, pero acabó por no decidirse a meter baza. Sería más prudente.
Quien estaba gritando todavía era su hermana; Joaquín aún no había empezado. Ella estaba excitada como una arpía, y la agüilla —amarillita y pegajosa— que manaba de su ojo de cristal, como si todavía destilara del ojo de carne que perdiera en Burdeos, cuando la gripe, parecía como de color de rosa, ¡quién sabe si teñida por alguna gota de sangre...! Iba sobresaltándose poco a poco, poniéndose roja de ira, despidiendo llamas de furor, llamas de furor a las que no conseguía amortiguar la lluvia, que repiqueteaba, dulce, sobre los cristales; aquella lluvia que caía lentamente, tristemente, sobre la ciudad...
Fermín estaba asustadito, sentado en su baúl, y veía desarrollarse la escena sin decidirse —tal era el aspecto de la Menchu— a intervenir; estaba tembloroso, pálido, azarado, y en aquel momento hubiera dado cualquier cosa por no haber estado allí. ¡Dios sabe si el pobre sospechaba lo que iba a pasar, lo que iban a acabar haciendo con él!
¡Qué lejano estaba el señor comisario de que en aquellos momentos faltaban pocos minutos para que apareciese aquel asunto, que no acababa de producirse en Toulouse y que tan entretenido lo había de tener! Estaría a lo mejor bebiendo cerveza, o jugando al ajedrez, o hablando de política con monsieur le docteur Sainte-Rosalie, y no se acordaría de que —¡a los treinta y seis años de servicio!— en Toulouse, donde no había aliciente, donde nunca pasaba nada, iba a surgir un caso digno de él.
Joaquín había aguantado ya demasiado. Se levantó con unos andares de lobo herido que daba grima verle; arrimó dos sillas para apoyarse, se balanceó y, ¡zas!, le soltó el punterazo a su mujer. Fue cosa de un segundo: Menchu se fue de la patada contra la pared... Se debió de meter algún gancho por el ojo de cristal... ¡Quién sabe si se le habría atragantado en la garganta!
A Joaquín, con el susto que se llevó con la pirueta de su mujer, se conoce que se le escurrió la silla, que perdió pie; el caso es que se fue de espaldas y se desnucó.
Garçon Basque corría de un lado para otro, presa del pánico; cuando encontró la puerta, se echó escaleras abajo como alma que lleva el diablo. Al pasar por el primero, Yvette le sonrió con su voz cantarina:
—Au revoir, Garçon Basque...
Al cruzar el portal, las dos hijas pequeñas de M. L’Épinard, que ni se casaban, ni se metían monjas, ni se fugaban con nadie, ni hacían nada útil, le saludaron a coro:
—Au revoir, Garçon Basque...
Garçon Basque corría, sin saber por qué ni hacia dónde, sin rumbo, jadeante. La lluvia seguía cayendo cuando lo detuvieron los gendarmes; esos gendarmes que no son el Papa, que se pueden equivocar como cualquiera...
La Poste de Toulouse apareció aquella noche con un llamativo rótulo. Los vendedores voceaban hasta enronquecer:
—¡El misterioso asesinato de la rue Blanchard!
El señor comisario, que tampoco es el Papa, que también se podía equivocar como cualquiera, sonreía:
—¡El misterioso asesinato de la rue Blanchard! ¡Bah —añadía, despectivo—, esos periodistas!
Los guardias estaban gozosos, radiantes de alegría; el señor comisario les había vuelto a decir:
—¡Está claro, muchachos, está claro! ¡Esos transformistas! ¡Yo los encerraba a todos, como medida de precaución, para que no volviesen a ocurrir estas cosas!
La Guayana está infestada de los mosquitos que pegan la malaria: Garçon Basque no conseguía aclimatarse...
Sentado en su baúl, veía pasar las horas, los días, las semanas, los meses... No llegó a ver pasar ningún año...
Alegría y Descanso, Madrid, noviembre de 1941
La eterna canción
I
¿Usted cree que estoy loco? No; yo le podría asegurar que no lo estoy, pero no lo hago. ¿Para qué? ¿Para darle ocasión a exclamar, como todos los que lo oyeran: ¡Bah!, como todos..., ¡creyéndose cuerdo! ¡La eterna canción! No, amigo mío; no puedo, no quiero proporcionarle esa satisfacción... Es demasiado cómodo venir de visita y sacar la consecuencia de que todos los locos aseguran que no lo están... Yo no lo estoy, se lo podría asegurar, repito, pero no lo hago; quiero dejarle con su duda. ¡Quién sabe si mi postura puede inclinarle a usted a creer en mi perfecta salud mental!
Don Guillermo no estaba loco. Estaba encerrado en un manicomio, pero yo pondría una mano en el fuego por su cordura. No estaba loco, pero —bien mirado— no le hubiera faltado motivo para estarlo... ¿Qué tiene que ver que se haya creído, durante una época de su vida, Rabindranath? ¿Es que no andan muchos Rabindranath, y muchos Nelson, y muchos Goethe, y muchísimos Napoleones sueltos por la calle? A don Guillermo lo metió la ciencia en el sanatorio..., esa ciencia que interpreta los sueños, que dice que el hombre normal no existe, que llama nosocomios a las casas de orates...; esa ciencia abstraída, que huye de lo humano, que no se explica que un hombre pueda aburrirse de ser durante cincuenta años seguidos el mismo y se le ocurra de pronto variar y sentirse otro hombre, un hombre diferente y aun opuesto, con barba donde no la había, con otros lentes, y otro acento, y otra vestimenta, y hasta otras ideas, si fuera preciso...
II
Desde aquel día visitaba con relativa frecuencia —casi todos los jueves y algún que otro domingo— a don Guillermo. Él me recibía siempre afable, siempre deferente. Don Guillermo era lo que se dice un gran señor, y tenía todo el empaque, toda la majestuosidad, toda la campesina prestancia de un viejo conde, cristiano y medieval. Era alto, moreno, de carnes enjutas y sombrío y oscuro mirar... Vestía invariablemente de negro y en la blanca camisa —que lavaba y repasaba todas las noches, cuando nadie le veía— se arreglaba cuidadosamente la negra corbata de nudo, sobre la que se posaba, siempre a la misma altura, una pequeña insignia de plata que representaba una calavera y dos tibias apoyadas sobre dos GG: Guillermo Gartner.
Se mostraba cortésmente interesado por mis cosas, pero le molestaba mi interés por las suyas, de las que rehuía hablar. Me costaba un gran trabajo el sonsacarle, y algunas veces, cuando parecía que lo conseguía, se me paraba de golpe, me miraba —con una sonrisa de conmiseración que me irritaba— de arriba abajo, se metía las manos en los bolsillos y me decía:
—¿Sabe que es usted muy pillo?
Y se reía a grandes carcajadas, después de las cuales era inútil tratar de hacer recaer la conversación sobre el tema desechado.
III
En el manicomio lo trataban con consideración, porque, desde que había entrado —e iba ya para catorce años—, no había armado ni un solo escándalo. Entraba y salía al jardín o a la galería siempre que se le ocurría, se sentaba en el borde del pilón a mirar a los peces, inspeccionaba —siempre silbando viejos compases italianos— la cocina, o el lavadero, o el laboratorio... Los otros locos lo respetaban, y los empleados de la casa —excepto los tres médicos— no creían en su locura.
IV
Los días eran eternos y don Guillermo, un día que estábamos hablando del otro mundo, me confesó que si no se había tirado a ahogar —no por desesperación, sino por cansancio— era porque las temperaturas extremas le molestaban.
—Me da grima figurarme —decía— medio acostado, medio flotando en el fondo del pilón, con la camiseta empapada en agua fría...; a lo mejor se me quedaban los ojos abiertos y el polvito del agua se me metería dentro y los irritaría todos... ¿A usted no le estremece un ahogado? Pero no para ahí lo peor; figúrese usted que de repente le toca a uno el turno, comparece y, como uno es un suicida, lo envían al infierno a tostarse...; el agua de la camiseta, del pelo, de los zapatos empieza a cocer y uno a dar saltos, saltos, hasta que el agua se evapora y uno la echa de menos, porque empiezan a gastarse los jugos de la piel...
V
Al jueves siguiente, no bien hube pasado de la puerta, salió el portero de su cuchitril, como un caracol de su concha, y me dijo:
—¿Adónde va usted? A don Guillermo le enterraron el sábado pasado. Pero ¿no se había enterado usted? El viernes por la mañana apareció ahogado en el fondo del pilón... El pobre tenía sus grandes ojos azules muy abiertos; el polvillo del agua se los había irritado como si se los hubieran frotado con arena... Estaba medio desnudo..., daba grima verlo, al pobre, con toda la camiseta empapada en agua fría...
Medina, Madrid, octubre de 1942
Don Evaristo
Una mañana estaba don Evaristo, a eso de las doce paseando por el muelle, como siempre. Ya sabéis a qué don Evaristo me refiero, a don Evaristo Montenegro de Cela, capitán mercante retirado.
Por la parte de la playa pasaba presuroso don Gumersindo, el cura.
—¡Eh, don Gumersindo! ¿Adónde va usted con esas prisas?
—A confesar a un moribundo, don Evaristo.
Don Evaristo calló; ya se lo figuraba. El pobre Manuel tenía ya muchos años, parecía una gaviota vieja. ¡Años atrás era cuando había que verlo, cuando volvía de un crucero y entraba la Nueva Genoveva, de dos bordadas, en la rada de La Coruña!
Don Gumersindo se perdió entre las casas de los marineros, estibadas a la salida del muelle como esos viejos fardos que llevan años en el almacén de la aduana. Don Evaristo, que se había levantado jovial como un delfín —según decía—, se quedó impresionado; estuvo un rato parado, con la mirada fija en las olas que iban y venían, cuatro pequeñas, una grande, cuatro pequeñas, una grande, siempre iguales; siempre abriendo hoyos en la playa, en la pleamar; siempre dejando sobre la arena las irisadas conchas de las vieiras y de las almejas, en la bajamar. Ya sabía que Manuel no habría de salir, pero..., ¡qué trabajo cuesta irse quedando sin nadie a quien poder decirle: ¿se acuerda usted de aquella noche en el Cabo de Hornos?, sin nadie en quien poder mirarse un poco como ante un espejo! ¡Bah, fuera los pensamientos tristes!
Don Evaristo se marchó, muelle abajo, silbando casi a la fuerza unos compases de la Lucía, de Donizetti. ¡Fuera los pensamientos tristes! Vayamos a ver a don Leoncio; don Leoncio siempre nos contará alguna historia de su tierra.
Don Leoncio Estremera volvía, con los lentes de plata que usaba para la calle, cuando don Evaristo llegaba a la botica.
—¡Qué día, don Evaristo!
—¿Y eso, don Leoncio?
—Pues ya ve usted; primero, que si las lombrices del chiquillo del registrador; después, que si unas píldoras de jalapa a toda prisa; ahora, que si el pobre Manuel... ¡Horrible, don Evaristo, horrible!
—¡Bah! Ustedes los de tierra adentro no ven más que dificultades por todas partes.
Entraron. Don Evaristo se sentó con su marina gorrilla de hule calada hasta las orejas; don Leoncio se quitó el macferlán y se puso una raída chaqueta de paño grueso que usaba para andar por casa.
—Y entonces... ¿el pobre Manuel?
—Mala cosa. ¡Como Dios no quiera hacer el milagro!
Después estuvieron callados una hora larga.
—¿Y el descastado de su hijo?
—Pues dice que no quiere saber nada del padre.
—¡Hum! ¡Más valiera no tenerlos para eso!
—Como usted hizo, ¿no es eso, don Evaristo? Un amor en cada puerto, y a la vejez... ¡Bah, quién va a pensar en la vejez!, decíamos a los treinta años. A la vejez... ¡Dios proveerá!
Don Leoncio se atrevió a sonreír.
—No, don Leoncio, no se ría usted. ¡Un amor en cada puerto! ¡Bonita fábula! ¿Quién va a pensar en la vejez? A la vejez... ¡Dios proveerá! El hospital está abierto para todos.
Don Gumersindo apareció en el umbral de la botica. Cuando le miró don Evaristo, le preguntó:&nb