1
En el pasado…
Alejandro Lopez estaba al lado de su padre. Sostenía la Glock negra en el campo de tiro, bajo el inclemente sol del desierto. Tenía diez años y era alto para su edad, larguirucho y delgado. La cabeza casi le llegaba al hombro de su padre. Faltaba muy poco para que lo superara en altura. Y en fuerza.
Eso sería bueno. Puede que entonces dejase de tener miedo. Quizá en ese momento podría decirle a su padre que quería que volvieran a llamarlo Alex, como lo hacía su madre cuando solo estaban los dos. Cuando estaban a salvo. Antes de que ella muriera.
Casi no la recordaba, pero todas las noches se obligaba a pensar en sus abrazos y en las historias que le contaba antes de dormir. En ellas, él era Alex, un valiente, y luchaba contra los malos.
Su madre nunca le dijo quiénes eran, pero él conocía la respuesta. Los hombres con los que vivía. Todos, pero el peor su padre. El Lobo.
Tragó saliva para librarse del nudo que tenía en la garganta y se obligó a contener el temblor de hombros y a mantener un rostro inexpresivo. No estaba permitido demostrar emociones en presencia de El Lobo. Sin excepciones ni excusas.
Los moratones de su cuerpo confirmaban esa regla.
Necesitaba trabajar mucho. Mejorar. Enterrar bien hondo todo lo que sentía para que su padre jamás viera el odio. O, lo que era peor, el miedo.
Debía abrirse camino en ese lugar. Tenía que encontrar la manera de hacerse un hueco, a pesar de que en su interior albergara un odio intenso y profundo. Aunque estuviera planeando su venganza.
Tenía que hacerlo, porque era la única forma de estar a salvo, de asegurarse de que su padre no decidiría deshacerse de él, tal como había hecho con su madre.
El Lobo jamás lo había admitido. Sin embargo, Alex había aprendido hacía mucho tiempo que era mejor escuchar que hablar. Con el paso de los años, había oído cosas. Y aunque solo era un niño cuando su padre se lo llevó por la fuerza de vuelta al desierto, guardaba recuerdos. Y se había asegurado de que El Lobo jamás lo supiera.
«El Lobo».
Así era como a su padre le gustaba llamarse a sí mismo. Así obligaba a todos los habitantes del complejo a llamarlo cuando hablaban de él.
«El Lobo ha convocado una reunión, ve a su despacho».
«El Lobo está cabreado. La operación de Phoenix se ha ido a la mierda. No te acerques a él».
«El Lobo tiene a Frank en el punto de mira. Está jodido…».
Alex nunca volvió a ver a Frank. Una putada, porque siempre le había caído bien. Aquel hombre de pelo canoso acostumbraba a darle caramelos de tofe envueltos en celofán amarillo. Pero Frank habló con alguien con quien se suponía que no debía, y El Lobo se enteró. Y ese fue su final.
El Lobo se movió. Estaba a su lado y llevaba el arma en la mano como si tal cosa.
—¿Has estado practicando, Alejandro?
Alex asintió con la cabeza.
—Sí, padre.
Todos estaban obligados a llamarlo «El Lobo». Todos menos él. Su padre quería que Alex supiera a quién pertenecía. Y Alex se cuidaba mucho de llamarlo «padre» cuando le hablaba, pero en sus pensamientos siempre era «El Lobo». Porque ese hombre no era un padre. No de verdad. No como los hombres que recordaba de Los Ángeles. Aquellos tipos amables y cariñosos a los que sus amigos llamaban «papá» o «papi», y hacia quienes corrían con los brazos abiertos para recibir abrazos y elogios.
Él también lo había deseado. Pero, al sentir el peso del arma en la mano, supo que jamás lo tendría.
—Comprobémoslo. —El Lobo hizo un gesto con la cabeza para señalar hacia un lugar concreto de aquella vasta y árida extensión del desierto de Nevada. A lo lejos habían dispuesto varios fardos de paja a los que habían pegado dianas de papel blanco con siluetas humanas pintadas en negro. Alguien había dibujado ojos de color rojo a todas las caras—. Ese hombre es tu enemigo. Te ha hecho daño. Te cree inferior por lo que eres y por lo que haces. ¿Tiene razón?
—No, padre.
Intentó que no le temblara la voz. Su padre lo asustaba cuando estaba de ese humor. En una ocasión lo vio abrirle el cráneo a un hombre que no respondió a una pregunta exactamente como quería que lo hiciera. Se llamaba Michael, y solía contarle anécdotas graciosas sobre un viaje que hizo a París. El pobre hombre ya no recordaba nada de aquel viaje.
La mayoría de los días, ni siquiera se acordaba de su nombre.
—¿Qué hacemos con los hombres que nos han hecho daño? —le preguntó El Lobo.
—Les damos una lección, padre.
Su voz le pareció débil incluso a él. Deseó que su padre no captara el miedo que intentaba disimular. Miedo y odio. Odiaba a ese hombre. Pero sabía que no podía permitir que se le notara.
—Sí. ¡Sí! —exclamó con un orgullo que hasta Alex percibió. Hizo que se sintiera mal—. Así habla un hijo mío. Ahora demuéstrame cómo les damos esa lección. El hombre que te hizo daño está justo ahí, mirándote desde la distancia. ¿Vas a dejar que te menosprecie?
—No, señor.
—Pues levanta el arma y demuéstrame lo que eres capaz de hacer.
Alex obedeció. Levantó la pistola haciendo un gran esfuerzo para evitar que le temblara el brazo y apuntó como le habían enseñado. Su padre quería que le diera a uno de los ojos rojos del blanco.
«Precisión y exactitud, Alejandro. Eso es lo que pido a mis lugartenientes. Eres mi hijo, pero debes ganarte tu lugar. Precisión, exactitud y lealtad absoluta».
Alex llevaba semanas practicando para dar en el blanco desde esa distancia. Era demasiado grande para un objetivo tan pequeño, unos veinte metros, y su padre esperaba que llegara al menos a cuarenta y que después practicase con un rifle. Respiró hondo, hizo una pausa para comprobar la dirección del viento y apretó el gatillo con suavidad.
Sintió el retroceso en los brazos y el estallido en los oídos, aunque su padre le permitía usar tapones durante la práctica.
Y luego se quedó helado.
Había fallado.
Los ojos rojos seguían intactos. Pero había un agujero entre ellos, una mancha negra en el papel blanco.
De todas formas, el objetivo habría muerto. Pero para su padre no sería suficiente.
—Acabas de decir que has estado practicando —dijo El Lobo decepcionado. Decepcionado y furioso.
—Lo he hecho, padre.
Notó el temblor de su voz y quiso echarse a llorar. Se le llenaron los ojos de lágrimas, y supo que estaba actuando como un bebé.
—No has practicado lo suficiente. Mírame, chico.
Alex se volvió y levantó la cabeza despacio. Su padre frunció el ceño al tiempo que esa mirada severa se trasladaba de su cara al resto de su delgado cuerpo. En ese momento no fue solo su voz lo que delataba decepción. Alex la percibía en su actitud.
—Debes ser mejor —dijo El Lobo—. Dime, chico: ¿quién es tu padre?
Alex tragó saliva.
—Usted.
—¿Y has hecho que me sienta orgulloso?
Se obligó a no hacer una mueca. Ya sabía lo que vendría a continuación.
—No, padre.
El Lobo asintió despacio.
—Me alegro de que lo tengas claro. Y ahora… —añadió mientras lo golpeaba con el frío acero de la pistola en el mentón, impacto que le empujó la cabeza hacia atrás—. Ahora lo recordarás.
Alex se tambaleó y notó que le flaqueaban las rodillas. Pero no se cayó. Eso solo hubiera empeorado las cosas.
—Sí, padre.
—Bien.
Mantuvo los ojos muy abiertos, la barbilla en alto, y repitió las palabras en su cabeza: «No me duele. No me duele. No me ha pegado en la cara, no es mi cara la que está ardiendo de dolor. Es la de otra persona. Yo estoy bien. Estoy bien. Estoy bien».
Contuvo un gemido porque el mantra que le había enseñado su madrastra, Aurelia, no lo estaba ayudando. Quería llevarse la mano a la cara.
Quería llorar.
En cambio, se quedó de pie como una estatua. Tenía que hacerlo. Si no, sería peor. Muchísimo peor.
Tuvo la impresión de que pasaban años, aunque solo fueron segundos, allí, petrificado.
Al cabo de un rato, por fin, su padre le puso las manos en los hombros.
—Mírame, chico.
Alex echó la cabeza hacia atrás y volvió a encontrarse con los ojos de su padre, aunque, en esa ocasión, su sombría crueldad parecía suavizada por algo que El Lobo tal vez creyese que era amor.
—Hago esto para convertirte en un hombre —le explicó su padre—. Hago esto para que, cuando crezcas y cojas las riendas de lo que es tuyo, te respeten. Te teman. Tus lugartenientes lucharán por ti porque sabrán que eres fuerte. Que los guiarás. Y que, si te traicionan, los aplastarás como los gusanos que son. ¿Lo entiendes, chico? ¿Entiendes que todo lo que es mío algún día será tuyo?
—Sí, padre.
—¿Y puedes gobernar nuestro imperio si tus hombres no te respetan?
—No, padre.
—¿Cómo vas a ganarte su respeto?
—Siendo el mejor, padre. Seré el mejor en todo lo que haga.
—¿También a la hora de aniquilar a tus enemigos?
—Sí, padre.
—Si no eres capaz de alcanzar el blanco con precisión milimétrica, fallarás, chico. Y no me refiero solo a disparar en el ojo a un blanco, sino a todo lo que te propongas. Aplícate el cuento y merecerás heredar lo que he construido, y lo harás aún más grande. ¿Te queda claro lo mucho que te quiero? ¿Todo lo que he construido para ti?
Sintió el amargor de la bilis en la garganta mientras asentía con la cabeza y contestaba:
—Sí, padre.
—Vete con tu madre. Dile que has fallado. Aunque, como mañana lo harás mejor, puedes comerte una galleta en el almuerzo.
—Sí, padre.
De nuevo se le aflojaron las rodillas, pero ahora de puro alivio.
—Vete. Debo hablar con Eric. Luego te veré en casa.
—Yo… —Cerró la boca. Sabía que era mejor no preguntar ni discutir. Solo esperaba que Eric, el hombre que lo entrenaba a diario en el campo de tiro, estuviera vivo al día siguiente—. Sí, padre —repitió.
Y antes de que su padre pudiera decir una palabra más, Alex Lopez echó a correr.
2
Lo odio —dijo Alex, y Aurelia, su madrastra, se tensó a su lado.
—Calla —le dijo en voz baja pero firme; muy cariñosa, aunque también llena de miedo—. Como te oiga…
Dejó la frase en el aire, y su voz hizo que Alex se estremeciera. Tenía razón. Había sido un idiota al decirlo.
De todas formas, fue incapaz de morderse la lengua y añadió:
—No es un lobo. Los lobos son buenos. Se protegen los unos a los otros. Lo he mirado en la enciclopedia. Debería ser La Hiena.
A su lado, Aurelia soltó una risilla antes de pedirle de nuevo que se callara.
—Vas a meternos en problemas a los dos.
Era la esposa de su padre, pero no tenía muchos más años que él. Había cumplido los dieciocho, aunque parecía mucho más joven. Su última madrastra tenía veinticuatro. Ya no estaba. Un día desapareció. El Lobo la llamó algo muy feo —la palabra que empezaba por «p» y que Aurelia decía que era horrible— y le contó a Alex que se había ido y que nunca volvería.
Eso pasó dos años atrás, y por entonces Alex supuso que se había ido de viaje. Solía decirle que algún día irían en coche a California, a Disneylandia, y se enfadó con ella por largarse sin él. Pero en aquel momento era un crío idiota. Ahora sabía la verdad. Que estaba muerta.
Se avergonzaba de haber continuado hablando cuando Aurelia le pidió que se callara.
No quería que también la matase.
—Lo siento —le dijo al tiempo que se acurrucaba contra ella cuando lo rodeó con un brazo. Susurró las palabras sin saber si ella podía oírlas por encima de las voces del episodio de Friends que estaban viendo en la tele—. No quiero que te haga daño como le hizo a mi madre.
Sintió que ella se tensaba de nuevo.
—¿Qué sabes de eso? Es imposible que la recuerdes. A ver, yo casi no me acuerdo de ella. Tenía trece años cuando ella… Cuando viniste a vivir aquí.
—Recuerdo que lloraba mucho. Y que la policía vino a casa aquella noche. Dijeron que se había salido de la carretera, pero no es verdad, ¿a que no? —Se volvió para mirarla con expresión desafiante—. Lo hizo él. Él mató a mi madre. Y luego me trajo aquí.
Vio la respuesta en su cara, pero ella se limitó a añadir:
—No puedes decir esas cosas. Ni siquiera pensarlas.
Alex hizo ademán de replicar, pero vio al niño que apareció en la puerta y oyó el suspiro de Aurelia.
—Manny, vete a la cama ahora mismo. ¿Me has oído?
—Él puede quedarse despierto.
Era un niño de pelo negro, nariz respingona y ojos oscuros, que en ese momento estaban clavados en Alex.
—Él tiene diez años y tú siete.
—Quiero enseñarte el juego que he hecho.
Aurelia ladeó la cabeza.
—Te dije que te acostaras hace una hora. Se suponía que estabas durmiendo, no jugando con el ordenador. Ahora hazme caso y vete a la cama. Ya me enseñarás el juego por la mañana.
—No eres mi madre. No puedes decirme lo que tengo que hacer.
—Soy tu hermana, y nuestra madre está muerta, así que sí que puedo decírtelo. Él lo ha dejado claro.
No hizo falta que nadie preguntara quién era ese «él».
Tras fulminar de nuevo a Alex con la mirada, Manuel Espinoza se dio la vuelta y desapareció por el pasillo.
—La echa de menos —dijo ella—. Se pasa las horas jugando con el ordenador. Lo dejaría quedarse con nosotros, pero, si tu padre volviera, nos daría una paliza a los tres.
Alex asintió con la cabeza.
—Lo sé. No pasa nada. Yo también echo de menos a mi madre.
—Lo sé.
El niño frunció el ceño.
—¿La conocías?
Aurelia asintió apretando los labios.
—Cuéntame algo de ella.
Vio que parpadeaba y que los ojos se le llenaban de lágrimas.
—Era amable. Cuando eras un bebé, me pagaba para que la ayudara. Me caía bien. Me dijo que la llamase Cat. Y era muy guapa. —Le acarició el pelo—. Te pareces a ella, que lo sepas.
Él frunció el ceño de nuevo, aunque le había gustado oírlo.
—No soy guapo.
Ella se echó a reír.
—Serás un hombre muy apuesto. Por dentro y por fuera. Me lo prometes, ¿sí? Por ella. Tienes que ser bueno por ella. Para que se sienta orgullosa. Te quería muchísimo.
—Mi padre no me quiere.
Aurelia frunció el ceño antes de mirar hacia el acceso a la cocina, en el extremo más alejado de la estancia. No había nadie en la casa, y verían si alguien entraba por la puerta principal. Si lo hacía por detrás, no.
De repente, se quedó helado. Su padre podía estar allí, haber entrado en silencio por la puerta del patio trasero que daba a la cocina, y él había dicho eso en voz alta. ¿Qué pasaría si su padre lo oía y…?
—Te quiere —le aseguró Aurelia—. Te…, te quiere a su manera. —Asintió con la cabeza, como si intentara convencerse—. Pero…, pero es mejor que no le hagas enfadar, ¿verdad? Prométeme que no lo enfadarás. Porque, cuando se enfada, deja de…
Se mordió el labio inferior y se apartó de él para rodearse el cuerpo con los brazos.
—Deja de quererte. Cuando se enfada contigo deja de quererte —aseguró él con un tono desafiante.
¿Por qué no decirlo? Era la verdad.
Ella parpadeó antes de asentir con la cabeza.
—Sí. —La palabra fue un susurro—. Pero no se lo digas a nadie más que a mí.
En ese momento se sintió pequeño y muy solo. Quería que Aurelia volviera a rodearlo con el brazo.
—Lo sé. No lo haré.
—Bien.
Captó el alivio en la voz de Aurelia. Titubeó, pero fue incapaz de callarse la pregunta:
—No es amor de verdad, ¿a que no?
La vio tragar saliva.
—No, no lo es. Y tú eres más listo de la cuenta.
Alex sonrió, porque sabía que era lo que ella buscaba. Aunque no se sentía listo. Si lo fuera, sabría cómo conseguir que ella no tuviera miedo. Sabría cómo no vivir asustado. Se le ocurrió algo y se irguió en el asiento.
—No me digas nada más de mi madre —le pidió.
—¿Por qué no?
—Porque podría enfadarse. Y la gente muere cuando él se enfada.
—Alex…, deberías saber cosas de ella.
Asintió despacio con la cabeza.
—Vale. Pero, si lo descubre, te protegeré. Yo era muy pequeño para protegerla a ella, pero puedo protegerte a ti. Lo haré. Te lo prometo.
Vio que a Aurelia se le volvían a llenar los ojos de lágrimas, aunque en ese instante sonrió.
—Eres un buen chico, y te convertirás en un buen hombre. —Se le quebró la voz, pero consiguió añadir—: Serás igualito que tu padre. Fuerte, poderoso y…
—¡Zorra de mierda!
Alex se quedó paralizado. No había visto entrar a su padre por la puerta de la cocina. Aunque Aurelia quizá sí. Por eso había dicho las últimas palabras. Pero no sirvieron. Con su padre, nada servía.
—¿Le estás diciendo al niño qué clase de hombre será? ¿Crees que, por abrirte de piernas para mí, tienes derecho a hablarle a mi hijo como si supieras quién es?
—Yo… No, Daniel. Solo estábamos…
—Puta asquerosa. Solo sirves para eso. Es para lo único que sirve una mujer, Alejandro. Que no se te olvide. Que no se te olvide el día que esta zorra de mierda, esta putita, se sentó a tu lado e intentó decirte qué clase de hombre serás. Serás el que yo te diga que seas. La clase de hombre que deberías ser. No un pringado marica. ¿Me oyes, chico?
Alex levantó la barbilla y se obligó a no mirar a Aurelia, porque, si lo hacía, se echaría a llorar.
—Sí, señor.
—Esta zorrita llorona está aquí sentada diciéndote que eres especial, ¿verdad?
—Yo… —Alex tragó saliva sin saber qué decir.
—Tú —le dijo El Lobo a Aurelia—, largo.
Ella asintió con la cabeza, miró de reojo a Alex y se fue corriendo a la cocina.
—Especial. —Su padre hizo una mueca muy desagradable—. No eres especial, chico. Podrías serlo, pero tienes que esforzarte. Convertirte en ello. No serás nada hasta que lo hagas. Tienes que llegar a ser algo. Debes merecerte tu legado, como yo. Expandirlo. Demostrar tu valía, como lo hice yo con lo que me dejó tu abuelo, y su padre antes que él. Tu bisabuelo empezó trayendo alcohol de contrabando por la frontera durante la Ley Seca. Uno de los Tequila, lo llamaban. Pero era más que eso, y también lo fue su hijo, mi padre.
Alex tragó saliva y asintió con la cabeza.
—Ahora yo he superado a los dos. He hecho crecer las semillitas de un negocio hasta convertirlas en un imperio.
—Sí, padre.
—Tú debes hacerlo aún mejor, Alejandro. Conseguir que me sienta orgulloso. Mientras no lo hagas, si no te labras tu propio camino, no serás nada. Barro sin moldear. Y, por si no lo sabías, el barro húmedo se parece un huevo a la mierda.
3
El presente…
Nunca te había visto nervioso —dijo Ellie a Devlin al tiempo que él se enderezaba la pajarita por cuarta vez esa noche. Lo miró a los ojos con una sonrisa burlona a través del espejo de cuerpo entero que ocupaba una esquina del dormitorio de la suite del ático—. El gran Devlin Saint con mariposas en el estómago. Es hasta tierno, fíjate.
—No son nervios —replicó él—. Es…
—¿El qué?
Devlin soltó el aire.
—Vale, a lo mejor son nervios.
Intercambiaron una sonrisa. El, la mujer a la que quería. La única persona con la que podía ser él mismo. La única delante de la que estaba dispuesto a admitir lo mucho que esa noche significaba para él.
Hermosa por dentro y por fuera, lo había encandilado la primera vez que la vio, el día que ella cumplía dieciséis años. Por aquel entonces, Ellie le sonrió con timidez y lo miró un instante antes de apartar los ojos, pero él sintió que esa mirada lo atravesaba. Tenía dieciocho años, y en aquel momento supo que era suya. Aunque no pasara nada entre ellos —¿cómo iba a pasar algo?—, la reclamó por completo.
Hasta que, por un milagro, lo que su corazón tenía tan claro se hizo realidad. Había sido un camino largo y tortuoso, pero, pese a todo, por fin estaban juntos. Ellie era un tesoro. Su milagro. Y se encontraba allí, delante de él, mirándolo con los ojos rebosantes de amor, a pesar de quien era y de todo lo que había hecho.
—Te lo mereces —le aseguró ella como si le hubiera leído el pensamiento. Le puso las manos en los hombros y le alisó el esmoquin echando la cabeza hacia atrás para mirarlo a los ojos—. Eres un hombre increíble. Has recorrido un largo camino desde que eras Alejandro Lopez, el hijo de El Lobo. O Alex Leto, mi primer novio. Ahora eres Devlin Saint. Un hombre influyente. Poderoso. Y muy sexy —añadió con una mirada ardiente para hacerlo sonreír—. Eres el hombre al que quiero. El más increíble que he conocido. Y has construido algo asombroso. —Dio un paso hacia atrás para mirarlo de arriba abajo. Después esos ojos volvieron a encontrarse con los suyos, y el orgullo que vio reflejado en ellos casi le detuvo el corazón—. El Premio del Consejo Mundial por Servicios Humanitarios. Es asombroso. El reconocimiento de todo aquello por lo que has trabajado. El reconocimiento de todo lo que ha logrado la Fundación Devlin Saint. ¿No estás orgulloso?
Respiró hondo.
—Lo estoy —admitió—. Fue lo único que mi padre hizo bien.
La confusión brilló en los ojos de Ellie, y él sonrió.
—Me repetía que no sería nadie a menos que construyera algo por mi cuenta. Que me convirtiera en alguien importante. Bueno, pues lo he hecho. Y lo que he construido es muchísimo más valioso que cualquier cosa que consiguiera ese hijo de puta.
—Sí —dijo ella sin más.
El monosílabo rebosaba tanto amor y orgullo que Devlin creyó que iba a estallarle el corazón. Sin embargo, también sabía que estaban hablando de la Fundación Devlin Saint, la organización filantrópica que había creado cinco años antes y que se ocupaba del rescate, la atención y la formación de víctimas de redes de tráfico de personas, entre otras actividades.
Pero ¿cómo respondería ella si le preguntaba sobre la otra institución que había creado? Una que para él tenía la misma importancia. Los Ángeles de Saint hacían un trabajo increíble, pero funcionaban de forma clandestina. Era cierto que habían organizado el rescate de rehenes y secuestrados, pero ninguna organización humanitaria les daría un premio por ello. En parte porque nadie sabía que existiera y, lo más importante, porque nadie premiaba a los grupos clandestinos que mataban a secuestradores disparándoles en la cabeza para asegurarse de que jamás volvieran a torturar a un niño. Y mucho menos Ellie, que creció con un padre policía y se regía por un estricto código moral.
De todas formas, a esas alturas ella ya sabía la verdad, y seguía a su lado. Él quería su aprobación absoluta, pero tendría que conformarse con que no lo censurara.
—¿Devlin? —Ellie lo estaba mirando con el ceño fruncido y un mohín en los labios—. ¿En qué estás pensando?
—Lo siento. Mi mente divagaba. —Se obligó a alejar el pensamiento de la brecha que seguía existiendo entre ellos y se concentró en lo que más agradecía: ella—. ¿Sabes de lo que estoy más orgulloso? —le preguntó.
Ella lo miró y negó despacio con la cabeza.
—De que me vean contigo del brazo. En serio, El. No sabes lo que me enorgullece ser el hombre al que quieres. —Vio que sus mejillas se sonrojaban de placer y sonrió. Acto seguido, la miró como ella lo había hecho antes—. Por supuesto, que seas guapísima ayuda.
Ella rio encantada.
—¿Debo suponer que te gusta el vestido?
—Sabes que sí.
Estaban en Manhattan para la entrega de premios. El día anterior ella le había dicho que iría a comprar el vestido perfecto mientras él se ocupaba de las entrevistas programadas por la organización para el ganador de ese año.
—He vivido aquí durante mucho tiempo —le había dicho—, pero nunca he tenido un motivo importante para ir de compras. ¡Quinta Avenida, allá voy!
En ese momento le indicó con un gesto que diera una vuelta completa para contemplar a placer el ceñido y rutilante vestido de color bronce, que parecía estallar en llamas cada vez que la luz se reflejaba en él. Se había puesto unas sandalias de tiras que combinaban a la perfección con el color de la ropa, y los tacones de diez centímetros no solo le ofrecían la altura necesaria para mirarlo a los ojos casi sin ponerse de puntillas, sino que además creaban una deliciosa curva en sus pantorrillas, una de las cuales quedaba a la vista gracias a la raja del vestido, que le llegaba a medio muslo.
Devlin no perdió detalle. La tela, que se le amoldaba al culo de una manera que empezaba a darle envidia. La curva de su cintura. La plenitud de sus pechos, realzados por ese escote tan bajo y el corpiño drapeado. Y el topacio anaranjado engarzado en bronce que le llegaba al canalillo y que resaltaba los reflejos rojizos de su pelo castaño oscuro ondulado, que le caía a ambos lados de la cara.
Estaba deslumbrante. Cuanto más la miraba, más se asombraba de que le perteneciera. Esa mujer, el milagro más grande de su vida.
—¿Cuánto te ha costado ese colgante? —bromeó—. Ya puestos, el conjunto al completo.
Ella hizo un gesto con la mano para restarle importancia.
—¿Con mi sueldo de periodista? Dejémoslo en que me pasaré el resto de la vida pagándolo. —Se deslizó entre sus brazos—. Por suerte, mi novio se lo merece.
—Mmm… —murmuró él, al tiempo que se prometía que le rellenaría la cuenta bancaria en cuanto tuviera ocasión—. En fin, no se puede poner precio a la perfección.
La sonrisa de Ellie se ensanchó, haciendo que brillaran sus ojos color caramelo.
—Te quiero —dijo, y, aunque pareciera un milagro, Devlin sintió que se le hinchaba el corazón todavía más.
—Cuidado, o no saldremos a tiempo.
Minutos antes lo habían llamado de recepción para decirle que la limusina los estaría esperando en un cuarto de hora. Tenían que bajar ya.
—No me preocupa lo más mínimo —replicó ella al tiempo que se pegaba a él y le rodeaba la cintura con los brazos—. Eres el invitado de honor. No pueden empezar sin ti.
Ellie se puso de puntillas para besarlo, y, aunque Devlin notó que se le tensaba todo el cuerpo por el deseo de arrojarla de nuevo a la cama, desnudarla y olvidar todas y cada una de sus turbulentas emociones echándole un polvo abrasador, salvaje y exigente, se limitó a menear la cabeza y a apartarla con suavidad, pero con firmeza.
—No.
Ella levantó una ceja.
—¿No?
—No es que no seas la tentación personificada…
Lo decía en serio. ¿Había habido algún momento en el que no la hubiera deseado? En circunstancias normales, la ansiaba con desesperación. En ese momento, las circunstancias no eran normales, ni mucho menos, y eso lo único que conseguía era avivar su anhelo. Se sentía raro, como si debiera rehusar el premio. Como si se creyera indigno o un hipócrita por los secretos que ocultaba.
Sin embargo, no lo había rechazado.
Era consciente del bien que hacía. Había trabajado toda su vida de adulto para convertir el mundo en un lugar mejor. Para aliviar el sufrimiento, combatir el crimen y ofrecer educación. Había hecho todo lo que estaba en su mano, y los cimientos de la fundación que había levantado ladrillo a ladrillo y día a día eran la base sólida de muchas vidas que habían vuelto a encarrilarse. La de las numerosas víctimas a las que habían rescatado. La de los desaparecidos a los que habían encontrado.
Pensó en todos los niños a los que había abrazado, en los padres a los que había consolado, en las víctimas traumatizadas que había protegido. Y sí, en los muchos criminales a los que había matado con sus manos, criminales que habían pagado el precio por sus crímenes con su propia vida, que él les había arrebatado sin remordimientos, salvo por el hecho de no haberlos encontrado antes de que esos cabrones pudieran infligir más dolor.
Ellie esbozó una sonrisa dulce y levantó un brazo para acariciarle con un dedo la cicatriz de la cara, que recorrió desde la frente hasta el pómulo, pasando por el ojo. La lucía con orgullo, porque representaba la caída de otro criminal. De otro peón en una partida de ajedrez sin fin.
—Odio que te hicieran daño —le dijo Ellie—. Pero estás para comerte con esta cicatriz de guerrero, el esmoquin y las gafas de carey.
—Me alegra que pienses así.
—¿Sabes qué más pienso?
—Dime —respondió al tiempo que la aferraba por el culo y la acercaba lo bastante para que notara la dureza de su erección contra el vientre.
—Lo mismo que tú —bromeó ella, que se movió lo justo para enloquecerlo—. Pero, como has dicho, abajo nos espera una limusina y debemos irnos para que te conviertas en el hombre del momento.
—Pues sí —admitió él al tiempo que le soltaba el culo y la cogía de la mano. Se detuvo en la puerta—. Renunciaría a todo, ¿sabes? —La miró fijamente porque quería asegurarse de que ella entendiera lo que estaba diciendo—. Renunciaría a todo si fuera necesario para mantenerte a mi lado.
La miró a la cara para confirmar que Ellie lo había entendido. Estaba dispuesto a dejarlo todo atrás con tal de mantenerla en su vida.
—Te creo —le contestó ella, que le aferró la mano entre las suyas—. Pero, si lo hicieras, no serías tú. Vámonos o llegaremos tarde.
4
Lo tentó en la limusina, cómo no. Ese vestido con raja dejaba al descubierto demasiado muslo. ¿No sería muy agradable quemar un poco de toda la energía contenida? ¿Hacerla suya en la parte trasera, con la mampara subida? ¿Follársela mientras pasaban junto a los emblemáticos edificios de Manhattan? ¿Subir al escenario para leer el discurso impregnado por su olor y su sabor?
Su Ellie le daba fuerzas. Y estaba más que claro que había sido su talismán durante el largo trayecto de su vida. El faro que le iluminaba el camino para convertirse en el hombre que era. Bueno. Malo. Fuera como fuese, era ese hombre por ella. Joder, era suyo.
Y ella era suya a su vez.
Como si tuviera que demostrarlo, le puso una mano en el muslo y la deslizó despacio por la sedosa piel desnuda. La oyó jadear y se dio cuenta de que se le endurecían los pezones bajo la fina tela que le cubría los pechos. Ellie separó las piernas, y ese gemido se la puso dura antes de que ella le colocara una mano sobre la suya para detener el avance.
—Ni de coña vas a estropearme el modelito antes de aceptar el premio.
Notó el deseo en su voz y se le aceleró el pulso, al tiempo que se le ponía más dura por la expectación. Sonrió. ¿Cuántas veces le había dicho lo mucho que le ponía la expectación?
—¿Y después? —le preguntó.
Ella no le soltó la mano, pero separó más las piernas. La estaba observando, veía el brillo de sus labios entreabiertos, la promesa que encerraban sus ojos.
—Después se da por hecho. ¿Cuántas pueden decir que se han follado al galardonado con el Premio del Consejo Mundial por Servicios Humanitarios en la parte trasera de una limusina?
—Detestaría que no pudieras presumir de eso.
Le acarició el muslo con el pulgar, y se tensó por entero al ver que ella se estremecía en respuesta a la leve caricia.
—Genial, porque estoy decidida a hacerlo. De todas formas… —dejó la frase en el aire con una sonrisa antes de volver a cogerle la mano. Por un instante la mantuvo ahí. Después, muy despacio, con una lentitud enloquecedora, empezó a subírsela hasta que le rozó el coño desnudo con el pulgar—. Esto es un avance.
Él gimió.
—Nena, ¿cómo esperas que dé un discurso sabiendo lo que tienes bajo el vestido?
Ella cerró las piernas y atrapó su mano entre ellas, prácticamente suplicándole que le metiera los ansiosos dedos en esa húmeda calidez.
—Tengo fe en ti —dijo ella—. Tómatelo como una fuente de inspiración —añadió con un suspiro mientras él, con la yema de un dedo, le acariciaba ese punto que hacía que arquease la espalda y gimiera de placer—. Ah, no —protestó, aunque su voz jadeante dejó claro que mentía, al tiempo que le apartaba la mano—. Eso es para después. Daremos un rodeo de vuelta al hotel.
—Sí —respondió él con la mente puesta en el trayecto de regreso, no en el discurso que estaba a punto de pronunciar—. Un buen rodeo.
Ellie lo miró con una sonrisa, volvió a sentarse bien y apoyó la cabeza en su hombro cuando él la rodeó con el brazo. Quedaban unos minutos para llegar. Durante el recorrido por la ciudad, se hizo el silencio en la limusina.
Sin embargo, al cabo de un momento ella volvió a cogerle una mano.
—¿Estás bien?
Devlin entendía por qué se lo preguntaba. Al fin y al cabo, las últimas semanas habían sido de todo menos normales