Mi vida plena

Indra Nooyi

Fragmento

Mi vida plena

“Con candor y buen humor, Nooyi ha escrito un libro maravilloso que cuenta su vida desde sus primeros años en India, rodeada de amor y altas expectativas, hasta sus esfuerzos y determinación para triunfar en el mundo corporativo; todo al tiempo que cuestiona los sacrificios que tuvo que hacer. Revela justo cómo nuestra sociedad continúa sacrificando el talento en lugar de cambiar cómo organizamos el trabajo para maximizar el potencial de todos para vivir vidas completas y productivas. Un libro que tienen que leer todas las mujeres y hombres trabajadores que trabajan con nosotros, nos aman y nos apoyan.”

—Hillary Rodham Clinton

“Alegre, feliz y visionaria, Nooyi cuenta la historia de una persona común y corriente con una vida extraordinaria, dirigiendo de manera bella y con confianza desde el frente. Un libro que todos tenemos que leer.”

—Ursula M. Burns, exCEO y expresidenta de Xerox,
autora de Where You Are Is Not Who You Are

“‘CEO’ y ‘cuidado’ no suelen ir juntos, pero para Indra Nooyi siempre ha sido así. En lugar de ofrecer una lista de normas políticas, nos muestra lo que es posible cuando las empresas se interesan por las familias y las familias tienen tiempo para cuidarse entre sí.”

—Anne-Marie Slaughter, CEO de New America, autora de Unfinished Business

“Tenemos mucho que aprender de la destacada historia de Nooyi y su sabiduría al empoderar a las niñas y mujeres de las próximas décadas. Ella comparte un mapa para cualquiera que aspire a fusionar el cambio social con liderar una gran organización.”

—Matt Damon, actor, guionista, productor

“La honestidad, integridad y humor de Nooyi brillan en todo momento. Inspirador en verdad.”

—Mindy Kaling, actriz, escritora, productora, directora

“Una extraordinaria ventana a la vida, carrera y familia de una brillante estratega de negocios. Un excelente aporte a la historia de los negocios estadounidenses.”

—Brian Cornell, CEO de Target Corp.

“Una lectura sorprendente, llena de lecciones, optimismo, calidez y corazón sobre una extraordinaria mujer que emergió como un fantástico modelo a seguir para las mujeres.”

—Sofía Vergara, actriz

Mi vida plena

Para mi esposo, Raj,

mis hijas, Preetha y Tara,

mis padres,

mi Thatha

Mi vida plena

   

Introducción

Un jueves brumoso de noviembre de 2009, después de interminables reuniones en la ciudad de Washington con varios ejecutivos de muy alto nivel de Estados Unidos e India, de pronto me encontré entre el presidente de Estados Unidos y el primer ministro de la India.

Barack Obama y Manmohan Singh se habían sumado a la reunión para conocer los avances del grupo, y el presidente Obama comenzó a presentar el equipo estadounidense a su contraparte de la India. Cuando llegó mi turno —Indra Nooyi, CEO de PepsiCo—, el primer ministro Singh exclamó: “¡Ella es de los nuestros!”.

Y el presidente, con una enorme sonrisa y sin titubear, respondió: “Ah, ¡también de los nuestros!”.

Es un momento que nunca olvidaré: esa gentileza espontánea de parte de los líderes de dos grandes naciones que tanto me han dado. Todavía soy esa niña que creció en una familia muy unida en Madrás, al sur de la India, y mantengo un vínculo profundo con las lecciones y la cultura de mi juventud. También soy la mujer que llegó a Estados Unidos a la edad de veintitrés años a estudiar y trabajar y, de alguna manera, progresar hasta dirigir una compañía icónica, un recorrido que, creo, solo pudo ser posible en ese país. Pertenezco a ambos mundos.

Al mirar atrás, veo que mi vida está llena de este tipo de dualidades: fuerzas que compiten entre sí, que me han empujado y jalado de un capítulo a otro. Y veo que es igual para todos. Todos buscamos el equilibrio, como malabaristas, concediendo unas, concertando en otras, y haciendo nuestro mejor esfuerzo por encontrar nuestro lugar, avanzar y lidiar con nuestras relaciones y afrontar nuestras responsabilidades. No es fácil en una sociedad que cambia con rapidez, pero que sigue apegada a viejos hábitos y reglas de comportamiento que parecen estar fuera de nuestro control.

Siempre me han definido dos exigencias gemelas: mi familia y mi trabajo. Me uní a PepsiCo, en 1994, en parte porque las oficinas de la compañía estaban cerca de casa. Tenía dos hijas, una de diez y otra de año y medio de edad, y un marido cuya oficina también estaba cerca. Pensamos que la oferta de trabajo en PepsiCo tenía sentido porque el tiempo de traslado sería corto. Me permitiría estar a quince minutos tanto de la escuela de mi hija, como de casa, para ver a la bebé. Por supuesto, no fue la única razón por la que elegí PepsiCo, una compañía entusiasta y optimista que disfruté con pasión desde el momento en que puse un pie ahí. También sentía que PepsiCo era un lugar abierto a los cambios que la época pedía.

Eso era importante. Yo era una mujer migrante de piel oscura que entraba en un área ejecutiva llena de personas muy distintas a mí. Mi carrera había comenzado cuando la dinámica entre mujeres y hombres en el ámbito laboral no era la misma que ahora. En catorce años como consultora y estratega corporativa, nunca había tenido una jefa. No había tenido mentoras. No me molestaba cuando me excluían de las costumbres del poder masculino; me contentaba con poder estar donde estaba. Sin embargo, para cuando llegué a PepsiCo, olas de mujeres educadas, ambiciosas, inundaban la oficina, y el cambio en la atmósfera era palpable. La competencia entre hombres y mujeres se volvía más ardua y, en las siguientes décadas, las mujeres modificarían las reglas del juego en formas que en ese momento me hubieran parecido impensables. Como líder empresarial, siempre intenté anticiparme y responder a una cultura cambiante. Como mujer y como madre de dos niñas, quería hacer todo lo posible por promoverla.

A medida que fue avanzando mi carrera y mis hijas crecieron, me enfrenté a los conflictos típicos de las madres trabajadoras. Durante quince años, tuve un pizarrón blanco en mi oficina en el que solo mis hijas podían escribir o borrar. Con el tiempo, ese pizarrón se convirtió en un caleidoscopio reconfortante de garabatos y mensajes, un recordatorio constante de la gente más importante en mi vida. Cuando me mudé de esa oficina, conservé una réplica en papel de la última anotación: “Hola, ma’. Te quiero mucho, mucho. XOXOXOX”, “¡No te des por vencida, no olvides que tienes gente que te quiere!”, “Que tengas lindo día”, “Hola, ma’. ¡Eres la mejor! ¡Sigue así!”, dice la imagen, con personajes de caricaturas y dibujos de soles y nubes, todas con marcadores verde y azul.

Como ejecutiva de alto nivel, me pidieron una y otra vez que hablara sobre los conflictos entre el trabajo y la familia frente a grandes audiencias. Una vez comenté que no estaba segura de que mis hijas me consideraran una buena madre (¿no sienten eso todas las mamás en algún momento?) y una televisora de la India produjo un programa de una hora entera, en horario estelar, sobre mí, sobre lo que Indra Nooyi tenía que decir respecto a las mujeres que trabajan.

Al pasar de los años, conocí a miles de personas a las que les preocupaba tener una buena vida familiar, una carrera profesional y, al mismo tiempo, ser un buen ciudadano. Esto tuvo un gran impacto en mi vida; conocí y absorbí los detalles a un nivel muy profundo, visceral. Reflexioné cómo la familia es una fuente tan poderosa de fortaleza humana y me di cuenta de que formar y atender a una familia es una fuente de estrés para muchas personas.

Al mismo tiempo, formaba parte de un aclamado grupo de ejecutivos de alto nivel en el ámbito global a los que con frecuencia invitan a eventos con los líderes más influyentes del planeta. Me di cuenta de que, en esos eventos, nadie hablaba de las historias dolorosas sobre cómo las personas —en especial las mujeres— luchan por compaginar su vida con el trabajo. Los titanes de la industria, de la política y de la economía hablaban de cómo favorecer el desarrollo mundial a través de las finanzas, la tecnología y las misiones a Marte. La familia —esa desordenada, encantadora, complicada y a la vez atesorada esencia de la forma en que vivimos la mayoría de nosotros— era un tema periférico.

Esta desconexión tiene consecuencias profundas. Nuestra incapacidad para abordar las presiones del trabajo y la familia en los niveles más altos de la toma de decisiones del mundo frena los esfuerzos de cientos de millones de mujeres cada día, no solo por crecer y ser líderes, sino también por compaginar una carrera exitosa con una vida de pareja y una maternidad sanas. En un mercado próspero, todas las mujeres deben contar con la opción de tener un trabajo remunerado fuera de casa y con una infraestructura social y económica que apoye su decisión. Están en juego la independencia y la seguridad económicas de las mujeres, centrales para la igualdad.

En términos más amplios, ignorar el hecho de que el mundo laboral sigue estando sesgado hacia el empleado ideal de antaño —un jefe de familia sin otra responsabilidad— nos reduce a todos. A los hombres también. Las compañías pierden porque su productividad, innovación y ganancias sufren cuando tantos empleados sienten que no pueden estar al cien por ciento en el trabajo. Las familias pierden porque gast

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