La rabia. Los gritos. Los insultos. El rugido de la multitud, apelotonada detrás de las rejas. Los puños crispados, las manos tendidas, la V de victoria. Y esta alegría salvaje, desenfrenada, ensordecedora que invade la calle como un torrente de lava.
Van a abrir las puertas.
Entonces se apiñan unas contra otras en ese pequeño patio salpicado de escupitajos, como si juntas pudieran contener la ola. Como si pudieran fundirse, desaparecer bajo los adoquines, olvidarlo todo y empezar de cero. Pero las empujan por la espalda y la calle las aguarda, impregnada de odio, de risas y de cerveza.
Ella avanza la primera: le parece peor esperar y además está embarazada. Nadie mata a una mujer embarazada. En todo caso, no así, ni por esto. Esas personas ya no tienen cara, sólo son un amasijo de rabia, a pesar de que crecieron con ella, fueron al colegio con ella, le compraron gorros cuando aún hacía media. Gorros de invierno, de punto grueso, y también chales y mitones. Es posible que se acuerden, bajo este cielo demasiado azul para morir y este fuerte calor de pleno mes de agosto.
Con las manos abrazando la barriga, se deja arrollar por la multitud con la mirada perdida y el corazón acelerándose como un tambor. Sus zapatos de suela de madera se aferran a la tierra compacta de la calle principal. Una mano le agarra la chaqueta, una mujer le grita a la cara. Un hombre le arroja un objeto contra la espalda, una fruta podrida quizá, o algo peor. Y las palabras silban como balas. Cerda, puta de los alemanes, colaboracionista.
Las calles de pueblo son largas. Nadie se imagina lo largas que llegan a ser.
Con el corazón en un puño, trata de recuperar el aliento. Para resistir, para seguir avanzando, pero sobre todo por el pequeño que está ahí, en su vientre, y que sólo la tiene a ella para protegerlo. Piensa llegar hasta el final. Pase lo que pase, llegará hasta el final. Junto con los insultos, cae una lluvia de proyectiles. La hostigan, la atropellan, la empujan hacia una tarima, en medio de la calle. El cadalso de la vergüenza. Una silla, un cubo y un hombre que aguarda con una maquinilla de afeitar en la mano y un brazalete del FFI, las siglas de las Fuerzas Francesas del Interior, que su mujer le ha cosido esa misma mañana.
Tropieza, alguien le escupe en la cara. Se limpia el hilillo de saliva caliente con la mano y apenas siente asco. Ya no siente nada, aparte de miedo; el miedo que palpita en sus sienes, que le quema los pulmones. La muchedumbre clama venganza por esos cuatro años de vergüenza. Por las privaciones, las cartillas de racionamiento, las detenciones y el ruido de las botas. Sólo ha quedado un puñado de mujeres, y alguien ha de pagar por todo eso.
Un niño rubio la agarra del brazo agitando una pistola y ella cierra los ojos, pero el disparo no llega. Sólo una bofetada, seca, brutal, que le hace saltar las lágrimas. Luego le arrancan la chaqueta, le suben la falda, le desgarran la camisa y las risas se vuelven obscenas. Detrás de ella desfilan otras medio desnudas, vapuleadas por la masa de gente, así que renuncia a luchar. Es culpable. La ha declarado culpable un tribunal marcial de adolescentes armados. Los hijos de Fernande, el ayudante del farmacéutico. Y dos desconocidos engominados que blandían sendas metralletas para jugar a los soldados. La han arrastrado con las otras hasta la gran sala de las bodas, presidida todavía por la foto enmarcada de Pétain, donde le han leído el acta de acusación, garabateada a lápiz en un cuaderno escolar, antes de dibujarle en la frente una cruz gamada con carbón.
Colaboracionista. Acostarse con un alemán, aunque sea un soldado raso, sin grado, es traicionar a Francia. Y enamorarse es aún peor; eso merece la muerte.
Desnuda en la silla, frente a la multitud, se traga la vergüenza que le enciende las mejillas. Ellos asisten al espectáculo como si estuvieran en un palco. Incluso se han puesto a sus hijos sobre los hombros. Un grupo de adolescentes, amontonados encima de un carro de combate estadounidense, se contorsiona para verla. Se van perfilando caras conocidas, su antiguo maestro, el jefe de correos, la quesera. El primo Henri. Y ese otro, uno al que una vez rechazó, que la insulta llamándola cerda. Se esfuerza por evitar las miradas, por fijar la vista en otra parte, más allá, sobre un tejado donde se ha posado un gorrión. O tal vez sea un petirrojo. El pájaro se sacude en el canalón, salta y aletea. Le gustaría sonreírle, hacerle una señal, decirle lo mucho que lo envidia. La maquinilla de afeitar chirría en contacto con su cráneo, los mechones le caen por los muslos y alguien se pone a su lado para que le saquen una foto. El pájaro se ha ido volando y ya sólo quedan la calle, las banderas, la fanfarria y la masa vociferante que canta a gritos La Marsellesa.
En ese instante casi quiere morirse.
Los minutos se desgranan como siglos, y la maquinilla devora las últimas migajas. La nuca. Las sienes. De su melena, peinada con esmero esa mañana, sólo queda una alfombra de mechones que languidece entre sus dedos. Le levantan la barbilla, la encaran hacia el objetivo. Sonríe, pon buena cara. Ya no presumes tanto sin tu alemán, ¿eh? Después la levantan, la empujan, la arrojan a la calle. Aún no se ha acabado, ahora toca el pasacalles, el desfile, el carnaval. Caminar desnuda bajo los insultos, seguida por los curiosos. Aguantar los escupitajos, las amenazas, el escarnio. Su mirada fija a lo lejos atiza la cólera de la masa; la tachan de provocadora, de María Antonieta. Se acercan, la tocan, le manosean los pechos, las caderas, las nalgas. Ella se arquea en vano con las manos crispadas sobre el hijo que se esconde en su vientre... Pero son demasiados, un auténtico hervidero. Huele a sudor, a asfalto y a polvo. También detecta ese típico olor a uniforme, una mezcla a tela burda y naftalina. Una mujer vestida de traje, con un sombrero gris, se abre camino entre la marea humana para asestarle un bofetón en la cara. Zorra. Puta.
Como un dique que se quiebra, la multitud empieza a pedir a gritos su cabeza.
Querría decirles algo, suplicar su perdón, pero los golpes llueven y las palabras se aplastan contra sus dientes. La golpean a ciegas, al tuntún, entre risotadas. Se empujan unos a otros para conseguir su ración, pues ahora tienen la revancha a su alcance. Ella pagará por él, pagará por todos. Por los alemanes a los que nunca se atrevieron a mirar a la cara, por los altivos oficiales ante los que se quitaban el sombrero en la calle. Pagará por los años de privaciones, por las requisiciones, por los hombres de la región que marcharon a trabajar a Alemania. Pagará por lo que ninguno de ellos se atrevió a hacer, por el miedo que los tuvo petrificados durante tanto tiempo, por la arrogancia de los resistentes de última hora que han olvidado lo que fueron ayer. Puta de los alemanes. Los golpes resuenan en su cabeza, pero no levanta los brazos. No va a privar a su hijo de su único parapeto. Él la necesita. Quiere vivir, quiere ver el mundo. Y será una niña. Será una niña, seguro. Las mujeres no van a la guerra. Esperan, aguantan, sobreviven. Tejen gorros de lana, de punto grueso, chales y mitones. Será una niña. Y se llamará Solange.
Solange. Se llama Solange. Ella no me lo ha dicho, pero lo sé. Está escrito en su cuaderno, con letra bonita y bien alineada. Con una gran S que se ondula un poco inclinada, igual que ella cuando mira a lo lejos sin hablar con nadie. Una o solitaria, redonda, que no tiene ganas de juntarse con la l. Después viene el resto, ange, como «ángel», que escribe de un tirón, sin secante, sin manchas, sin levantar la pluma, con su melena pelirroja desparramada sobre el papel.
Me gusta cuando escribe.
Mi letra, en cambio, parece llena de patas de mosca. Bueno, ellos dicen patas de mosca, pero en realidad son patas de araña. Es fea y puntiaguda, con manchas y chorretones. Y siempre me sale torcida. Por más que me esfuerce, siempre me salgo de la raya. Mayúsculas, minúsculas, da igual. Me han dado muchos palmetazos, y aun así no lo consigo, es superior a mí. No soporto el colegio. Apesta, el colegio. A tinta seca, a batas sucias, a madera húmeda. Apesta a los demás. No me gustan los demás. Soy como ella. Y querría que me viera, que me mirara, pero para ella no existo. Es como un hada que pasa de largo, y yo soy el sapo...
—¡Desiderio! ¿Qué acabo de decir?
No sé lo que acaba de decir. Los ovinos, los bovinos, creo.
Todos me miran.
—Los bovinos, señor.
Todos, menos el maestro, se desternillan de risa porque lo de los bovinos fue ayer. O anteayer, ya no sé. No es culpa mía que siempre utilicen el mismo mapa de Francia. Aborrezco ese mapa viejo que cuelga de la pizarra, con sus departamentos rosas, azules y verdes, y los ovinos, los bovinos y las capitales que hay que señalar con una vara. Me pierdo por completo. La única que recuerdo es Moulins, capital de Allier. No sé por qué. Quizá porque me imagino un molino, con un pequeño río y las aspas que giran, y también algunos cisnes.
Me gustaría vivir en un molino.
Pues no, la capital de la Creuse no sé cuál es. La verdad es que me da lo mismo. ¿Besançon? ¿Aurillac? No es ésa, de modo que me levanto, extiendo las manos y espero, sin cerrar los ojos, con los dientes un poco apretados. Aunque no lo parezca, los palmetazos en la punta de los dedos duelen muchísimo, y algunos hasta se echan a llorar. Yo no, yo no lloro, nunca. No recuerdo cuándo fue la última vez que lloré, pero sí que estaba solo y que me dio vergüenza. Llorar es cosa de niñas.
—Como al señor Desiderio le gusta tanto hacer el zazú, dejaremos que lo haga delante de toda la clase.
Nunca he sabido qué significa hacer el zazú, pero por lo visto lo hago siempre. Igual es un animal. Un animal muy tonto. Un animal al que agarran por la oreja —eso también duele bastante— y arrastran hasta el rincón de la tarima, debajo del cartel blanco con las tablas de multiplicar, enfrente de toda la clase. Yo cruzo los dedos en la espalda, dicen que eso funciona, pero no funciona en absoluto; si funcionara nunca castigarían a nadie. El maestro ha abierto el cajón. Me va a encasquetar las orejas de burro otra vez. Siempre me toca a mí llevar ese gorro, con dos largas orejas de papel y la palabra «burro» escrita en rojo. Toda la clase se echa a reír. Aunque me noto las mejillas encendidas, finjo que me da igual, porque Solange me está mirando. Ahora sí que me mira. Eso me recuerda que llevo la bata arrugada, que mis zapatos están llenos de polvo, que soy un poco demasiado alto, un poco demasiado torpe, que me quedan cortas las mangas, que llevo el pelo mal cortado y con forma de casco. Que ella es demasiado guapa para un chico como yo.
Pero no bajo la cabeza para no darles esa satisfacción. No les caigo bien, y a mí tampoco ellos. Nunca he tenido amigos, ni aquí ni en ningún otro sitio. Soy un desastre con las canicas, un desastre con el balón y no me sé ninguna canción aparte de Frère Jacques. Lo único que sé hacer es pelearme.
—¿Quién puede decirme en qué departamento se encuentra Auxerre?
Todos levantan el dedo, yo, yo, señor. Todos menos ella, y eso que lo sabe, estoy seguro. La clase ha continuado sin mí. Ahora me ignoran por completo y repiten como loros: Mayenne, capital Laval, Alta Saona, capital Vesoul... Yo los miro con mis orejas de burro, cierro los ojos para sentir el calor de la estufa e intento pensar en otra cosa. El tiempo pasa despacio cuando uno está de pie, y además me duelen las rodillas. Estaría mejor en mi pupitre, al lado del gordo de Delmas, aunque huela a sudor y a sopa rancia. Fingiría recitar lo mismo que los otros; mientras el maestro no te haga salir a la pizarra, eso es fácil. Aunque en realidad me daría igual que me hiciera salir a la pizarra, como mucho me pondrá un cero, como siempre. Yo no pedí venir al colegio. El cura dice que ir al colegio es una suerte, pero se nota que no está en mi lugar.
Por fin, la campana.
—¡En fila de dos y sin hacer ruido! El primero que se pase de listo se queda sin patio.
Toda la clase sale corriendo, como hormigas huyendo de una meada, excepto Solange, que se demora abotonándose la chaqueta encima de la bata. Siempre sale la última. De todos modos no va a hablar con nadie. No va a saltar a la cuerda ni a jugar a la rayuela; Solange es como yo, no le interesa saltar a la pata coja hasta el cielo. Se apoyará en la pared del final, debajo del roble, y se quedará allí con la mirada perdida. No sé en qué piensa, pero a veces me imagino que piensa en mí.
La clase está vacía, las brasas crepitan en la estufa, y yo espero a que el maestro me invite a salir con los demás. Pero no me dice nada. Me mira, por encima de ese bigote, y se pone a recoger sus cosas como si yo no estuviera ahí. Así que me quedo inmóvil, con los pies entre los restos de tiza, delante de los pupitres vacíos, con el gorro de burro.
Los otros me hacen muecas por la ventana.
—¡Miradlo! ¡Espera a que venga a buscarlo su madre!
Mi madre, figúrate, más vale que la espere sentado. Está muerta, y mi padre también. O al menos eso me han dicho, yo no me acuerdo de nada, era demasiado pequeño. Soy hijo de la Asistencia Pública; un huérfano, vamos, y por lo visto tengo que estar orgulloso. Debería esforzarme más que los demás, ser el primero de la clase, y así daría las gracias a Francia por ocuparse de mí.
Nada de eso se me da muy bien.
Los otros golpean el cristal. Se carcajean. Me entran ganas de darles una patada en el culo, pero no puedo, si vuelvo a pelearme me cambiarán de colegio. Me han cambiado muchas veces de colegio, como si las cosas pudieran irme mejor en otra parte, Saint-Victor, Les Roseaux, Dammartin... Y siempre pasa lo mismo. Me ponen en la última fila, y todos me miran como un bicho raro. Se burlan de mí porque escribo mal, porque mis dibujos parecen palos y porque no tengo padres. No puedo remediarlo, y eso que nunca les pido nada. No me meto en sus juegos, me quedo en un rincón. Aun así siempre hay alguno que viene a tocarme las narices; y si yo le arreo, luego resulta que es culpa mía. Siempre pasa igual. Y entonces me expulsan, el cura se quita el cinturón, me da una paliza, y otra vez me cambian de colegio. Aquí es peor: como se han dado cuenta de que no los voy a tocar, me chinchan todo el día. Me empujan, me tiran bolitas, me meten cochinadas en la cartera. Cardos, caca de rata, dibujos de mi cabeza rodeada de palabrotas. Inclusero, vagabundo, bastardo.
Me da igual, no pienso pelearme. Nunca más me pelearé, ahora tengo un motivo para quedarme.
Todas las noches, sopa. De nabos, zanahoria o puerros, depende. No es ninguna maravilla, pero si le añades un trozo de pan no está tan mal. Lo peor es el caldo de pollo, grasiento a más no poder. Nos lo sirven el domingo porque se supone que está bueno y el domingo es el día del Señor. No me gustan los domingos. Es el único día que no la veo, y el tiempo pasa despacio, muy despacio, como si alguien retrasara las agujas del reloj.
Aquí hace frío.