La guerra privada de Samuele y otras historias de Vigàta

Andrea Camilleri

Fragmento

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1

 

 

 

Como Nenè Scozzari vivía en Vigàta y sólo había instituto de secundaria en Montelusa, todos los días tenía que salir en el coche de línea de las siete de la mañana y volver en el de las dos de la tarde. Sin embargo, cuando en la segunda mitad de 1942 la guerra empezó a causar estragos y no había día (o noche) en que los aviones americanos e ingleses no bombardearan y ametrallaran, viajar se volvió muy peligroso, ya que el enemigo disparaba contra todo lo que se moviera y muchas veces el coche de línea acababa ametrallado e incluso alguno de los pasajeros se dejaba la piel. En consecuencia, los padres de Nenè hablaron con una pariente de Montelusa que acogió en su casa al jovencito, el cual cursaba tercero de secundaria. Nenè tan sólo volvería a Vigàta el sábado por la tarde y luego se marcharía otra vez a Montelusa el domingo por la noche en el último coche de línea, el de las nueve. Con eso sus traslados, y los peligros derivados de ellos, se reducirían en gran medida.

 

 

En tercero B, que era la clase de Nenè, había una compañera, Gina, que le hacía tilín. Y él también debía de gustarle a ella, porque, cuando sus ojos se encontraban por casualidad, les costaba bastante apartarlos y mirar hacia otro lado. Sin embargo, Nenè era tímido y no daba con la forma de decirle lo que sentía.

Un día en que Gina necesitaba el diccionario de latín y Nenè se lo prestó, sus manos se rozaron. Sintieron los dos una especie de calambre, como si hubieran tocado un cable eléctrico. Se miraron, se sonrieron. Y surgió entre ellos un diálogo acelerado y en voz baja:

—¿Quedamos?

—Sí —dijo ella.

—¿Dónde?

—En el parque.

—Sí, pero ¿dónde?

—Tú espérame al lado de la fuente.

—¿Cuándo?

—A las cinco en punto.

A la hora del almuerzo no consiguió comer nada. Y, cuando se fue a su cuarto a hacer unos deberes, se le antojó que las líneas de las páginas se retorcían. Estaba emocionadísimo. Entonces lo dejó todo, se desnudó y se lavó de pies a cabeza como no se lavaba desde hacía años. En el pelo se echó medio envase de brillantina Linetti.

Por el camino, Nenè se dijo que Gina no había elegido buen sitio para la cita. Aquél era un punto muy concurrido, puesto que la fuente se encontraba en mitad de un espacio rodeado de bancos que casi siempre estaban ocupados por asistentas, soldados, chavales, jubilados o estudiantes. Y, en efecto, al llegar tuvo la impresión de estar en el cine un sábado por la tarde, porque en los bancos no cabía ni un alfiler. Se sentó en el borde de la pila en cuyo centro estaba la fuente. No se sentía cómodo, ya que le dio la sensación de que todo el mundo lo miraba y se preguntaba con qué chica habría quedado. Llevaba cinco minutos esperando cuando un viejo se levantó del banco que tenía justo delante y, al pasar a su lado, rió desdentado, diciendo:

—Esperas en balde, no va a venir.

Sin embargo, justo cuando ya había decidido marcharse la vio. Gina estaba sentada en el extremo de una especie de bosquecillo, a una veintena de metros de distancia, y le hacía señales para que se acercara.

Al llegar a su lado se dio cuenta de que estaba sofocada.

—¡Llevo un cuarto de hora haciéndote gestos y tú sin levantar la vista!

Se había enfadado.

—No se me ha ocurrido que...

—Venga, andando, no hay que perder más tiempo. Me queda sólo una media horita.

Perder no perdieron ni un minuto. Se pasaron la media hora con los labios pegados. Luego Gina anunció:

—Tengo que irme. Mañana a las cinco aquí, ¿de acuerdo?

Y así quedó claro desde un primer momento quién mandaba.

 

 

Una semana después, en el momento de despedirse, Gina dijo:

—Yo así no puedo seguir.

Nenè sintió que se le partía el alma. ¿Quería dejarlo? No le dio tiempo a preguntárselo antes de que la muchacha añadiera:

—¿Tú el sábado que viene tienes que irte a Vigàta obligatoriamente?

—Obligatoriamente no.

—Pues entonces avisa de que a lo mejor no vas.

—¿Y eso?

No le contestó y se marchó. El viernes después de comer, también cuando llegó el momento de despedirse, Gina le preguntó si había advertido a sus padres. Nenè contestó que sí. Entonces ella le comunicó que al día siguiente, sábado, podrían verse en su casa, porque sus padres iban a irse a un terreno que tenían en Raccadali.

—¿A las cuatro te va bien? Te cuento dónde vivo.

Hicieron el amor de las cuatro a las ocho.

—Mañana domingo vente a almorzar aquí. Cocino yo —dijo Gina antes de darle un beso y cerrar la puerta a su espalda—. Total, mis padres vuelven a las tantas.

 

 

En toda la noche, Nenè no consiguió pegar ojo, pensando en lo que había sucedido e iba a seguir sucediendo. A la mañana siguiente les dijo a sus parientes que se iba a estudiar a casa de un compañero que lo había invitado a comer. Antes de ir a ver a Gina compró seis can­noli. Nada más llegar, ella le dio un beso y lo hizo pasar al comedor antes de volverse a la cocina.

Nenè se dio cuenta al instante de que la mesa estaba puesta para tres. Se sorprendió. Luego dedujo que Gina habría invitado a Gemma, su amiga del alma. La radio estaba encendida y en ese momento retransmitían el parte de guerra. Aunque elegían las palabras con cuidado, quedaba claro que la cosa no pintaba bien.

Entonces Gina llevó a la mesa los espaguetis con salsa y salió de nuevo al pasillo. Nenè oyó que llamaba a una puerta y decía:

—Lollo, a comer.

De golpe y porrazo, Nenè se encontró empapado de sudor frío. ¡Lollo era su hermano! ¡Seguro que la cosa acababa a torta limpia! ¿Cómo iba a aguantar un hermano que su hermana se liara con un chico delante de sus narices? ¡Era inconcebible! Mientras, Gina ya se había sentado a la mesa.

—Le he pedido a Lollo que se quedara en casa para evitar que a los vecinos les diera por...

—Hola, Nenè —dijo Lollo al entrar y sentarse.

—Hola —logró contestar Nenè con la garganta seca.

Se habían conocido hacía un tiempo en la reunión fascista de los sábados y cuando se veían intercambiaban algunas frases. Lollo tenía un año más que su hermana y estaba matriculado en Ingeniería en la Universidad de Palermo, aunque ahora las cosas habían cambiado.

Nenè se había puesto demasiado nervioso, demasiado incómodo, para saborear la pasta, que estaba bien preparada.

Una pregunta lo acuciaba: ¿qué tenía que hacer al acabar el almuerzo? ¿Dar las gracias, despedirse y marcharse? Se había imaginado una tarde como la del día anterior o, en realidad, mejor incluso que la del día anterior, porque se le había ocurrido probar un par de cosas nuevas, pero al final se iba a quedar compuesto y sin Gina.

De segundo, la muchacha sirvió salmonetes fritos. A saber dónde los había conseguido.

Al acabar de comer, Nenè tuvo claro que había llegado el momento de abandonar aquella casa. Se levantó.

—El baño está al fondo del pasillo —dijo Gina.

Atontado, se fue hacia allí. Y cuando volvió al comedor, Lollo había desaparecido.

—Mi hermano se ha excusado —anunció ella—, pero tiene que estudiar y...

—¿Ha salido?

—No, está en su cuarto.

No quedaba esperanza alguna. Habían perdido una gran oportunidad.

—Y nosotros, ¿cuándo nos vemos? —preguntó entonces Nenè.

Gina lo miró sorprendida.

—¿Tienes algo que hacer?

—No, pero...

—Pues ¿por qué quieres irte? Tú y yo ahora nos vamos a mi cuarto hasta la noche.

A media tarde, Nenè hizo una sola pregunta sobre Lollo.

—Oye, ¿tu hermano no tiene celos?

Gina lo miró atónita.

—No. ¿Por qué iba a tenerlos?

Él cambió de tema.

 

 

Antes de que acabara el curso, Nenè consiguió pasar otro sábado y otro domingo con Gina, con Lollo en casa. Luego llegó el verano y no hubo exámenes de final de la secundaria porque los americanos habían tomado Lampedusa y sus aviones aparecían para bombardear en un abrir y cerrar de ojos, sin que la sirena de alarma tuviera siquiera tiempo de sonar. Y entonces la familia de Gina y Lollo se trasladó a Raccadali, mientras que la de Nenè se fue a Serradifalco, a la casa de campo de una pariente lejana.

Nenè y Gina se despidieron entre lágrimas, jurándose amor eterno y prometiendo volver a verse en cuanto las cosas mejorasen.

 

 

Nenè consiguió volver a casa cuatro meses después, cuando ya hacía uno que los americanos habían tomado Vigàta y Montelusa. Al día siguiente de su regreso, un sábado, cogió el coche de línea al acabar de comer y se marchó a Montelusa. Quería saber si Gina seguía en Raccadali.

Durante los cuatro meses que habían pasado separados, le había escrito una carta semanal, pero no había recibido ni una sola respuesta. No le echaba la culpa a ella, simplemente pensaba que bajo aquella lluvia de bombas era difícil que el correo llegara a su destino.

Ya antes de llamar a la puerta oyó una música de bugui bugui procedente del interior. Se alegró: eso quería decir que Gina había vuelto. Lollo salió a abrirle. Se dieron un abrazo, emocionados. Luego el jo­­ven lo hizo pasar al comedor y quitó el disco del radiogramófono.

—¿Está Gina?

—No. Se ha quedado en Raccadali. Sólo he vuelto yo.

—¿Y sabes cuándo...?

—No puedo decirte nada. Aunque, la verdad, ¿qué pintan aquí? Papá trabajaba en la federación fascista, así que se ha quedado a dos velas. A lo mejor encuentra algo que hacer en el Ayuntamiento de Raccadali.

—Oye, ¿puedes decirle a Gina que he vuelto?

—Claro, pero...

—Pero ¿qué?

—No creo que le resulte fácil venir.

—¿Y eso?

—Tendría que encontrar una buena excusa para convencer a papá. ¿Qué motivo tendría para venir? En cuanto reabra la Universidad de Palermo, tiene pensado matricularse en Letras.

—Pero ¡yo quiero verla!

—No puedo hacer nada. Bueno, sí que puedo echarte una mano. El lunes tengo que ir a Raccadali. Le digo que has vuelto. Tú te vienes aquí el miércoles por la mañana y te cuento lo que me haya dicho. ¿Te parece?

No había otra posibilidad.

—Sí. Oye, ¿sabes si ha recibido mis cartas?

Lollo se echó a reír.

—Las entregaron todas juntas hace diez días. Un paquete de veinte centímetros de grosor. Se las di a Gina.

¡Por eso no había contestado! No le había llegado ni una sola de sus cartas.

—Muy bien. Gracias por todo. Nos vemos el miércoles.

Lollo lo acompañó a la puerta.

Sin embargo, en el recibidor Nenè se fijó en algo que no había visto al entrar. Encima de una silla estaba, abierto, el bolso que Gina llevaba siempre encima y que no soltaba nunca, bajo ningún concepto. En un instante, mientras una punzada de dolor le atravesaba el corazón, comprendió no sólo que sí había vuelto, sino también que estaba en su cuarto con otro.

 

 

Se metió en el portal de un edificio derribado por los bombardeos y se quedó allí de pie durante cuatro horas vigilando la entrada de la casa en la que vivía Gina. No pensaba en nada; en la cabeza sólo tenía una fuerte marejada.

A las siete y media vio salir a Gina con un soldado americano, un veinteañero atractivo.

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2

 

 

 

Nenè sintió una honda desesperación. Volvió a Vigàta, se acostó y se pasó tres días y tres noches en cama, sin probar bocado.

De vez en cuando se levantaba, iba al baño, bebía un vaso de agua y volvía a acostarse. No leía, no escuchaba la radio... Se quedaba boca arriba mirando el techo.

Al tercer día, su madre, preocupada, llamó al médico.

Nenè no protestó, se dejó reconocer abandonándose a las manos del doctor ni más ni menos que como si fuera una marioneta y contestando a sus preguntas con dificultad.

—¿Te duele aquí?

—Mmm.

—¿Sí o no?

—No.

—Enfermo no está —le dijo por fin el médico a la madre en un aparte.

—Entonces, ¿por qué está así?

El doctor ya había visitado a algún que otro muchacho con los mismos síntomas.

—Para mí que es un desengaño amoroso. Distráiganlo.

Nenè tenía tres amigos, Ciccio, Fofò y Matteo, y tres amigas, Lina, Susina y Michela, que era prima lejana suya. Salían juntos y a menudo, por la tarde, daban cuerda al gramófono y bailaban.

La madre de Nenè, para distraerlo como había recomendado el médico, empezó a invitar a casa a esos amigos.

Y un día, cuando estaban todos escuchando música americana por la radio, se abrió la puerta y entró, de forma completamente inesperada, Lollo.

Nenè pegó un respingo en la silla en la que estaba sentado, taciturno y melancólico. Fue a su encuentro, lo agarró del brazo y lo arrastró hasta el pasillo.

—¿Te manda Gina?

—Olvídate de mi hermana, es lo mejor.

—Entonces, ¿a qué has venido?

—A verte, para saber cómo estabas.

Nenè le agradeció mucho aquella especie de gesto de amistad.

Y se lo presentó a sus amigos. Desde aquel momento, Lollo pasó a ser el octavo de la pandilla.

La cuarta vez que fue a Vigàta para pasar un rato con sus nuevos amigos, quedó claro para todo el mundo que había perdido la cabeza por Susina Lavafiori, cuyo verdadero nombre era Assunta.

Susina irradiaba una belleza natural y era la única de las chicas de la pandilla que se maquillaba, con lo que conseguía parecer aún más guapa. Tenía los ojos grandes, oscuros y profundos, y una boca... Una boca que nada más verla provocaba unas ganas irrefrenables de pasar la lengua muy muy despacito por esos labios siempre rojos y como hinchados, y lamerlos igual que un helado.

También Nenè había soñado con esa boca, pero había borrado el sueño porque entre los miembros de la pandilla no podía haber más que amistad.

A Lollo se le permitió no respetar esa regla por haber sido el último en llegar. Y no cabía duda de que a Susina el muchacho le gustaba mucho.

Así pues, todo el grupo se hizo cómplice de los dos enamorados. E incluso Nenè, al ayudar a Lollo, casi llegaba a olvidarse de Gina.

Cuando iban a dar un paseo por el campo, dejaban que Lollo y Susina se apartaran para luego reaparecer entre los demás, acalorados y con las piernas temblorosas como si estuvieran borrachos. Y, si se ponían a bailar, los amigos no sólo fingían no ver que aquellos dos acababan en la habitación de al lado, sino que incluso les cerraban la puerta.

 

 

Al cabo de ocho meses, Lollo, acompañado de su padre, Giuliano, se personó en casa del ingeniero jefe del Ayuntamiento de Vigàta, Cosimo Lavafiori, padre de Susina, para pasar a ser oficialmente el novio de la joven.

Quiso llevar también consigo a Nenè, el cual, aunque indirectamente, había sido el responsable de aquel noviazgo.

Un noviazgo que obligó a Lollo y a Susina a adaptarse a las normas impuestas por la tradición; esto es: no podían seguir formando parte de la pandilla; no podían volver a verse sin que estuviera delante Agatino, hermano de ella de ocho años de edad y espía nato. Lollo podía ir a ver a Susina a su casa los martes, los jueves y los sábados después de comer, pero en presencia de la madre de la chica, Giovanna, y los domingos por la tarde podían dar un paseo del brazo por el corso, pero a dos pasos de distancia del ingeniero, de su señora esposa y de Agatino.

De todos modos, podía darse que Agatino, corrompible con una suma variable que iba de las cien a las doscientas liras, se fuera al cine y dos horas después volviera a reunirse con los novios en un punto acordado previamente. Y que luego, una vez

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