No hagas montañas de granos de arena (y TODO son granos de arena)

Rafael Santandreu

Fragmento

 cap-1

Introducción

 

 

 

 

El libro que tienes en las manos es un manual de terapia cognitiva, la forma de psicoterapia más eficaz según todos los estudios. Existen nada menos que dos mil investigaciones publicadas que la avalan.

A mí me cambió la vida cuando la descubrí hace veinticinco años. Y también se la ha cambiado a millones de personas.

Se trata de una nueva manera de pensar, de ver el mundo; una filosofía de vida radical. Pero atención: sólo funcionará si te la aplicas al máximo.

Hay gente que ya tiene esta mentalidad metida en las venas. Son fuertes y felices de fábrica; parece que de pequeños se hubieran caído en la marmita de la poción mágica, como Obélix. En varias ocasiones me he encontrado a esta clase de personas en mis conferencias. Suelen levantar la mano para intervenir: «Rafael, ¡todo lo que dices es obvio!». Y yo les respondo: «Es obvio para ti, amigo, y me alegro. Pero, créeme, la mayoría no tiene tu mentalidad».

La buena noticia es que la fortaleza emocional se puede aprender. Eso sí, todos los días tendrás que zambullirte un rato en una marmita —como la de Obélix— para empaparte de estos nuevos principios, revisar tu diálogo interno, estudiar, visualizar y persistir durante meses.

Y entonces empezará a obrarse la magia. Notarás que cada día estás más contento. Que ya casi no te enfadas. Los inconvenientes de la vida pasarán inadvertidos. Nuestro nivel energético aumentará como nunca. Tendrás muchas ganas de emprender proyectos. Tu discurso habrá cambiado: en vez de quejarte, te concentrarás en lo positivo. Incluso harás de psicólogo con la gente de tu entorno.

Estos son los maravillosos frutos de hacerte más fuerte y feliz.

Es posible que algunas ideas de este libro no te convenzan. Tal vez pienses que están totalmente equivocadas. Hasta es posible que las califiques de disparates. Calma: se trata de un rechazo inicial normal. Incluso bueno.

Estas ideas son diferentes y aportan algo NUEVO. Precisamente esa novedad es la que lo cambiará todo. ¿De qué te serviría recibir una información que ya tienes?

Mi consejo es que dejes el juicio en suspenso durante un tiempo, intentes comprender bien cada uno de los conceptos y, sobre todo, los pongas a prueba.

Todas las ideas que aparecen en este libro han sido validadas: sabemos que FUNCIONAN, que nos cambian la mentalidad. No son ocurrencias espontáneas, sino bombas potentísimas cuidadosamente fabricadas.

Y, como descubrirás enseguida, en esta vida no hay nada capaz de quitarnos la felicidad si tenemos la mentalidad correcta. Descúbrelo tú también.

PRIMERA PARTE

 

El método

1

El poder de la mente

 

 

 

¡El poder de la mente es increíble y maravilloso!

Llevo toda la vida dedicado en cuerpo y alma a trabajar con la mente de las personas. He profundizado en muchas escuelas terapéuticas y he atestiguado más de mil casos clínicos. A pesar de contar con casi tres décadas de experiencia, la mente, esa entidad intangible creada por el cerebro, sigue asombrándome constantemente. Y uno de los campos más sorprendentes es el de la psicosomática, es decir, las enfermedades del cuerpo creadas por el cerebro.

Veamos un impresionante caso que relata la neuróloga británica Suzanne O’Sullivan en su libro Todo está en tu cabeza:

 

Entonces conocí a Brenda. Aquella primera vez, como en la mayoría de nuestros encuentros posteriores, estaba inconsciente. Brenda había acudido a urgencias tras padecer varios ataques epilépticos. El médico de guardia la había examinado y había dispuesto que la ingresaran.

Estábamos en la planta cuando llegó. Todo el mundo retrocedió del susto al ver la camilla avanzando a toda prisa por el pasillo hacia nosotros. Brenda había permanecido estable en urgencias, pero, mientras el camillero la conducía a la sala de ingresos, le habían vuelto a comenzar las convulsiones. El camillero y la enfermera que la acompañaban habían echado a correr. En la sala se le colocó enseguida una máscara de oxígeno, mientras dos enfermeras intentaban sin éxito ponerla sobre un costado. La camilla había detenido su avance frente a la sala de enfermería y el resto de los pacientes y sus familiares se asomaban para curiosear qué sucedía. Apareció entonces una enfermera con una jeringuilla cargada de diazepam y me la entregó para que se la administrase a Brenda. Intenté agarrarle el brazo, pero, con la agitación, se me escapaba todo el rato de la mano.

Acudió un segundo médico a ayudarme y logramos sujetarle el brazo, pese a que se rebelaba contra nosotros. Le administré despacio la inyección. Nos apartamos y esperamos a que hiciera efecto, pero no se produjo ningún cambio. Notaba todos aquellos ojos clavándoseme en la nuca y sentí un gran alivio cuando el otro médico solicitó a gritos que llamaran al anestesista. Brenda llevaba experimentando convulsiones intermitentes durante diez minutos cuando llegó el equipo de cuidados intensivos; el único medicamento que podíamos suministrarle de manera segura en aquella sala se lo habíamos administrado ya dos veces, en vano. Toda la sala suspiró de alivio al ver al camillero y al anestesista darle la vuelta a la camilla de Brenda y llevársela de allí a toda prisa.

Me costó reconocer a Brenda cuando la vi al día siguiente. Estaba en la unidad de cuidados intensivos, intubada, con la respiración controlada mediante un ventilador. Un segundo tubo le entraba por la nariz y descendía hasta su estómago. Tenía los ojos cerrados con esparadrapo y el cabello recogido en una coleta bien tensa. Seguía teniendo convulsiones descontroladas, motivo por el cual se le había inducido un coma. Cada vez que el médico de cuidados intensivos probaba a retirarle la sedación y despertarla, las convulsiones comenzaban de nuevo. Durante los dos días que siguieron se le administraron medicamentos antiepilépticos en dosis cada vez más elevadas. Y en el transcurso de aquellos dos días, Brenda se volvió cada vez más irreconocible. Su piel se volvió cerúlea y pálida y se le hinchó muchísimo el estómago, pero las convulsiones no mejoraban.

Al quinto día nos reunimos todos alrededor de su cama y la observamos. La especialista en neurología había solicitado estar presente la siguiente vez que le retiraran la sedación. Al cabo de solo diez minutos empezaron a aparecer las primeras señales del despertar de Brenda. Tosió mientras intentaba arrancarse el tubo de respiración y empezó a aferrarse con las manos a cualquier cosa que estuviera a su alcance.

—Brenda, ¿cómo te encuentras? Estás en el hospital, todo está controlado —la tranquilizó la enfermera con un apretoncito en la mano.

Brenda abrió los ojos con un rápido parpadeo y volvió a estirar del tubo de respiración.

—¿Podemos retirárselo? —preguntó la enfermera, pero el médico de cuidados intensivos contestó que todavía no.

Brenda miró fijamente a los ojos a la enfermera, a quien identificó al instante como la persona más amable de aquella habitación. Tosió y se le empezaron a deslizar lágrimas por el rostro.

—Has tenido un ataque epiléptico, pero ya ha pasado.

La pierna izquierda de Brenda empezaba a temblar de nuevo.

—Vuelve a tener convulsiones. ¿La sedamos otra vez? —preguntó alguien.

—No —respondió la neuróloga especialista.

Para entonces, el temblor se había propagado a la otra pierna y se había vuelto más virulento. Brenda, que había abierto los ojos en señal de alerta, volvió a cerrarlos despacio. A medida que las convulsiones fueron subiéndole por el cuerpo, la máquina que calculaba el descenso de sus niveles de oxígeno empezó a pitar tras ella.

—¿Ya? —inquirió una voz tensa, con una jeringuilla cargada en mano, lista para inyectarla.

—Esto no es un ataque epiléptico —respondió la especialista, tras lo cual se produjo un intercambio de miradas—. Retírenle el tubo traqueal —añadió.

—Pero la saturación de oxígeno ha descendido —replicó alguien.

—Sí, porque contiene la respiración. Respirará de nuevo dentro de un momento.

Con el rostro rojo, Brenda arqueó la espalda hacia atrás mientras sus extremidades se agitaban violentamente. Permanecimos todos alrededor de su cama, conteniendo también la respiración, por empatía.

—Esto no es un ataque epiléptico, es un pseudoataque —informó la neuróloga, y mientras lo hacía, para nuestro inmenso alivio, Brenda tomó una respiración profunda.

Media hora más tarde, Brenda estaba consciente y sentada en la cama, con grandes lagrimones resbalándole por las mejillas. Aquélla fue la última vez que la vi y la única en que la vi plenamente consciente. Brenda y yo nunca intercambiamos una palabra.

Más tarde, aquel mismo día, mientras me hallaba en la sala del hospital donde los médicos tomábamos el café, con otros colegas en prácticas, les expliqué el caso de Brenda.

—¿Sabéis esa mujer que ha estado anestesiada gran parte de la semana en cuidados intensivos? Pues al final no tiene epilepsia. ¡No le pasaba nada!

 

 

Transcurrirían varios años antes de que yo fuera consciente del peligro que había afrontado Brenda. Y aún tardé algo más en entender lo injustas que habían sido mis palabras hacia ella. A lo largo de mi formación posterior comencé a entender mejor los trastornos psicosomáticos. Sin embargo, hasta que no completé las prácticas no acabé de madurar como médico.

 

¿Pseudoepilepsia? ¿Qué es eso?

Se trata ni más ni menos que de un trastorno psicosomático, un problema físico generado por la mente. No hay ninguna enfermedad orgánica, aunque lo parece. Y puede ser verdaderamente espectacular.

Brenda desconcertó a muchos médicos experimentados hasta que, por fin, una neuróloga se dio cuenta de que sus convulsiones, por salvajes que fuesen, no estaban provocadas por una disfunción del cuerpo. Sólo estaban en su mente.

Tras una larga carrera, la doctora O’Sullivan ha determinado que, en realidad, más del 50 % de los pacientes que acuden al especialista con ese cuadro padecen un trastorno psicosomático.

Hasta hace muy poco, los profesionales de la salud pensábamos que las enfermedades psicosomáticas eran una rareza. Sin embargo, cada vez tenemos más datos que apuntan a lo contrario: son muy pero que muy frecuentes. De hecho, prácticamente todos padeceremos una enfermedad de esta clase a lo largo de nuestra vida, pero no tendremos ni idea de que es una creación de nuestra mente. ¡Yo mismo tuve una pseudolesión de espalda durante veinte años, un lumbago que desapareció cuando me di cuenta de que no era real!

En 1997, la Organización Mundial de la Salud estudió la frecuencia de los síntomas psicosomáticos en ambulatorios de quince ciudades del mundo. Su conclusión fue la siguiente: el 20 % de los pacientes que llegan al médico presentan síntomas sin explicación médica. ¡El 20 %! Es una cifra enorme, son millones de casos. Y, atención, lo más seguro es que se quede muy corta.

 

 

MIGRAÑAS MENTALES

 

Hace unos diez años, uno de mis seguidores me envió un mensaje que decía: «Rafael, lee este libro, te sorprenderá». Y apuntaba un título: Migraña, una pesadilla cerebral, del doctor Arturo Goicoechea.

Me extrañó la recomendación, ya que creía que la migraña no tenía nada que ver conmigo. Sabía que mucha gente padece esos duros dolores de cabeza, que pueden alargarse hasta un par de días y que, muchas veces, requieren tomar enormes cantidades de analgésicos, incluso potentes opiáceos. Pero nada más. Hasta aquel día, pensaba que la migraña era un tema neurológico, no psicológico.

Como tengo la costumbre de, al menos, ojear todo lo que me aconsejan, compré el libro. Nunca se sabe dónde encontraremos la próxima joya. Y, literalmente, tras la primera página ya estaba enganchado. Cuando acabé el libro, di un suspiro y enseguida le escribí al amable seguidor: «¡Ostras, amigo, muchas gracias por la recomendación! En efecto, he flipado con el libro».

El autor de esa joya, Arturo Goicoechea, es un neurólogo —ya jubilado— que se fue dando cuenta de que, en realidad, muchos de sus pacientes con migrañas no tenían un problema médico como pensaba todo el mundo. El problema real era que su mente se había vuelto hiperprotectora y enviaba erróneamente dolor.

Su mente los interpelaba a ellos mismos de esta forma: «No sé si tienes una lesión, pero, por si acaso, te voy a enviar dolor. Recógete en casa y no hagas nada». Es decir, la mente producía dolor porque prefería pecar de hiperprotectora que de negligente.

Y así el doctor Goicoechea empezó a tratar a esos pacientes de una forma revolucionaria: con psicoeducación en vez de con fármacos, enseñándoles a hablar a su propia mente para convencerla de que ese dolor no era necesario. Y comenzó a tener resultados espectaculares.

En algunos ambulatorios de Vitoria, en el País Vasco, llevan años aplicando ese psicotratamiento con unos resultados de «curación» de alrededor del 80 %. «Curación» entre comillas porque en realidad no había nada que curar desde un punto de vista médico, sino que sólo era cuestión de desmadejar una madeja mental.

Mi aventura en el mundo de la psicosomática prosiguió. Poco después de leer el libro del doctor Goicoechea conocí a Séfora Bermúdez, una coach antimigraña que colgaba historias de éxito en YouTube. Séfora es exmigrañosa y discípula del doctor Goicoechea.

A continuación, comparto uno de sus impresionantes testimonios, un fragmento de una entrevista que puede consultarse en el canal de YouTube de Séfora. En la entrevista conocemos a Ángel, un amable septuagenario que hizo desaparecer la migraña tras nada menos que ¡cincuenta y ocho años de penosa convivencia con el dolor! No tiene desperdicio.

 

SÉFORA: Ángel, ¿durante cuántos años has tenido migraña?

ÁNGEL: Empezaron con doce o trece años. Estaba jugando a pala en el frontón y, de repente, se me paralizó el brazo derecho. Me asusté mucho. Cuando llegué a casa, mi madre me dijo que era migraña, porque ella también tenía y sabía identificarlas. Y ahí se me pasó.

S.: Ése fue tu primer ataque. Pero la cosa fue a más, ¿verdad? Cuando te conocí, tenías ataques diarios. Con sesenta y ocho años, tenías ataques de migraña ya al despertar.

Á.: Al principio, tenía pocas crisis. Quizá cuatro o cinco al año. Pero eran terribles. Me tiraba dos o tres días vomitando con unos dolores que eran muy difíciles de aguantar. Con el paso del tiempo, las migrañas se hicieron más frecuentes, aunque un poco más suaves. En los últimos años, había meses que tenía veinte o veinticinco días de migraña. El dolor no era tan agudo, pero me incapacitaba para conducir y cuando alcanzaba cierto nivel ya no podía ni hablar.

S.: Toda una vida con estos síntomas y un día, navegando por internet, descubriste el enfoque del doctor Arturo Goicoechea.

Á.: Al principio no me creía lo que decía. Pensaba: «¿Cómo va a ser la migraña que padezco algo mental si llevo casi sesenta años sufriéndola, si tengo familiares con migraña, si siempre que he ido al hospital me han dado fármacos...? ¡Qué cosa más extraña sería si todo eso fuese una creación de mi mente!».

S.: Leíste el libro del doctor Goicoechea —Migraña: una pesadilla cerebral— y decidiste hacer un trabajo terapéutico conmigo.

Á.: Sí. Dudaba mucho porque hay muchos timos por ahí, pero me decidí porque este enfoque tenía sentido. Y, fíjate, desde febrero no he vuelto a tener ninguna. ¡Después de toda una vida de migrañas!

S.: ¿Cómo ha sido el proceso?

Á.: En una primera fase, y tras unos cuantos meses de trabajo, se me quitó el 80 % de las migrañas. Me quedaba alrededor de un 20 %, pero era muy molesto porque me aparecían al despertar. Es decir, me levantaba ya con dolor de cabeza. No sabía qué hacer en esos casos, pero tú me diste unas pautas para antes de dormir, y finalmente tanto las migrañas como las pautas fueron desapareciendo.

S.: ¿Y tu familia qué opina, al no verte dolorido por casa?

Á.: A mí me parece que no se lo creen mucho. Mi mujer se lo está empezando a creer. Yo opino que me ha tocado la lotería, porque, después de sesenta años, es increíble que me haya sacado esto de encima. Me parece increíble que no se hable más de la psicosomática, porque este tema afecta a mucha gente. Yo me he pasado casi sesenta años de médico en médico, yendo a neurólogos, psiquiatras..., y nadie me daba una solución. ¡No entiendo que no se hable más de ello! Espero que mucha gente joven se cure de este tipo de migraña y no tarde sesenta años como yo.

 

Ya hace unos ocho años que tropecé con el libro del doctor Goicoechea, y desde entonces no he dejado de descubrir casos como el de Ángel, gente que ha superado las migrañas más martirizantes. Y personalmente también he conocido a decenas de sorprendentes exmigrañosos.

Pseudoepilepsia, migrañas diarias, lumbago... ¡y mucho más! La mente puede generar todo tipo de pesadillas que llegan a confundir a grandes profesionales médicos. Pero, como veremos a lo largo de este libro, la mente y su increíble creatividad también pueden hacer lo contrario: crear un universo bello, pacífico y abundante. Sí, el paraíso en el que todos deseamos vivir.

La clave está en aprender a usar la mente a nuestro favor, programarla para crear emociones beneficiosas y no martirizantes. Porque, como ya hemos visto, puede hacer ambas cosas. Sin duda, ¡podemos aprender a quedarnos sólo con lo bueno (casi siempre)!

 

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¡MENUDA INVENTIVA!

 

¿Has visto alguna vez el Sol al atardecer? ¡Seguro que sí! ¿Te has fijado en su magnífica redondez, anaranjada y enorme, mientras hace su camino final hacia el horizonte? ¡Qué visión tan preciosa!

Pero ¿sabrías adivinar por qué se ve tan grande? Piénsalo: esa misma mañana, allí, en lo alto del cielo, se veía mucho más pequeño, ¿no? ¿Cómo es que ha cambiado de tamaño?

 

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Si tu respuesta es que por la tarde, en su órbita diaria, el Sol está más cerca de la Tierra y por eso se ve más grande, te equivocas. Resulta que tanto por la mañana como por la tarde el Sol se encuentra prácticamente a la misma distancia de nuestro planeta.

La razón de que se vea de diferente tamaño es ¡tu mente! Se trata de una ilusión óptica. ¡Una enorme ilusión!

En realidad, el Sol tiene el mismo tamaño, pero tu cerebro te hace verlo más grande o más pequeño de forma arbitraria. Esa variación se debe a que está más bajo en el atardecer y puedes compararlo con otros objetos (como el mismo horizonte, los árboles o los edificios que se recortan en él). Y, en comparación a todo eso, tu mente te lo hace ver más grande. En cambio, cuando el Sol está en lo alto, la mente no tiene con qué compararlo y te lo hace ver más pequeño.

La primera vez que me explicaron este fenómeno me quedé atónito. ¿Cómo es posible que nuestra mente invente de tal forma? ¿Cómo no nos damos cuenta de que se trata de una ilusión? Y no sólo eso: lo más impactante es que todo el mundo en la Tierra tiene la misma alucinación perceptiva.

La respuesta es que nuestra mente inventa y crea de forma constante TODO lo que percibimos. Y los científicos que estudian la percepción hace mucho que lo saben. La realidad no es lo que creemos que es.

 

 

TODO ES UNA ILUSIÓN

 

Una de las ilusiones ópticas más famosas es lo que se conoce como el tablero de ajedrez de Adelson por el nombre de quien la publicó, Edward H. Adelson, profesor de Ciencias de la Visión en el Instituto de Tecnología de Massachusetts.

En la siguiente ilustración podemos ver dos casillas, la A y la B, que parecen de tonalidades diferentes. Lo sé: ¡jurarías que son distintas! Sin embargo, comprobaremos que son exactamente del mismo color. Es tu mente la que te hace verlas diferentes.

 

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A continuación, coge una tira de papel que tape toda una línea de cuadraditos.

 

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Todavía las ves diferentes. Muy bien. Ahora coge más tiras y úsalas para rellenar todas las casillas que rodean los cuadraditos A y B.

Observa la siguiente ilustración. De repente, ¡se ha obrado la magia! Los ojos dejan de ver las casillas A y B de distintos colores. El cerebro los diferenciaba sólo por el contexto, es decir, por el contraste con los otros cuadraditos y la sombra del tubo cilíndrico.

 

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Puedes repetir el ejercicio tapando el tablero con tiras de papel que hayas hecho tú mismo y te darás cuenta de que no hay trampa ni cartón.

La conclusión es que la mente nos hace ver cosas según le conviene. Ninguna de nuestras percepciones se corresponde con una realidad objetiva. Nada es lo que parece. Nada —ni siquiera el Sol— es como creemos que es.

Podríamos pasarnos horas alucinando con diferentes ilusiones (ópticas, olfativas, táctiles...) y lo comprobaríamos una y otra vez: nuestra mente es una fabuladora descomunal, aunque no nos demos cuenta de ello. ¡Qué ilusos!

Pero eso, como veremos, abre una puerta maravillosa: con esa misma inventiva, podremos convertir nuestra vida en algo intensamente gozoso en vez de algo preocupante. Sí, la felicidad depende sólo de nosotros. Si aprendemos a usar la mente a nuestro favor, a hacer que alucine una realidad hermosa, todo cambiará. Éste es el contenido de este libro.

 

En este capítulo hemos aprendido que:

 

• La mente es superpoderosa a la hora de inventarse la realidad.

• Todo lo que percibimos es más bien una ilusión, incluso el tamaño del Sol.

• Puede crear pseudoepilepsias, migrañas y todo tipo de síntomas.

• Y también puede crear estados de felicidad profundos: eso es lo que vamos a aprender.

2

Transformarse es posible

 

 

 

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