God of Malice (Legado de Dioses 1)

Rina Kent

Fragmento

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LISTA DE REPRODUCCIÓN

«The Wolf in Your Darkest Room» – Matthew Mayfield

«Family» – Badflower

«Rehab» – Weathers

«Fourth of July» – Sufjan Stevens

«Heartless» – The Weekend

«Devil Side» – Foxes

«You and I» – PVRIS

«Who Are You» – SVRCINA

«Villains» – Mainland

«Mercy» – Hurts

«Heathens» – Twenty One Pilots

«Who’s in Control» – Set it Off

«Fireflies» – Owl City

«Alone in a Room (Acoustic Version)» – Asking Alexandria

«Man or a Monster» – Sam Tinnesz & Zayde Wolf

Encontrarás la lista de reproducción completa en Spotify.

Los desastres siempre empiezan en las noches más negras.

En las noches sin estrellas, sin alma y sin luz.

Esas noches funcionan como escenario amenazante en los relatos del folclore.

Bajo la vista y contemplo las olas rizadas que batallan contra las enormes y afiladas rocas que forman el acantilado.

Estoy de pie en el borde y me tiemblan los pies. Una sucesión de imágenes sangrientas pasan por mi mente con la fuerza arrolladora de un huracán. Lo que acaba de pasar se reproduce de principio a fin en una secuencia perturbadora. Las revoluciones del motor, el coche que derrapa, y, al final, el chirrido imborrable del metal contra las rocas y el ruido al golpearse con las aguas mortales.

Ahora no hay ningún coche, ni nadie en su interior. No hay ningún alma que deba dispersarse en el aire sin remordimientos.

Solo se oye el romper del oleaje iracundo y la ferocidad de las rocas.

Aun así, no me atrevo a parpadear.

Tampoco parpadeé entonces. Solo miré y miré, para luego gritar como una criatura mítica y embrujada.

Pero él no me oyó. Él, el chico cuyo cuerpo y cuya alma ya no están con nosotros.

El chico que tanto sufría mental y emocionalmente, pero que aun así se las arregló para apoyarme siempre.

De repente, un escalofrío me recorre la espina dorsal. Me cierro la chaqueta de cuadros, pues solo llevo unos pantalones cortos vaqueros y un top blanco. Sin embargo, no es el frío lo que me ha helado hasta el tuétano.

Es la noche.

El terror que me infunde el implacable oleaje.

El ambiente es parecido al de hace unas semanas, cuando Devlin me trajo a este acantilado de la isla de Brighton, que está a una hora en ferry de la costa sur del Reino Unido.

La primera vez que vine, no imaginaba que todo caería en picado, en una espiral letal.

Entonces tampoco había estrellas; igual que esta noche, la luna brillaba con fuerza, como cuando la plata pura sangra sobre un lienzo en blanco. Las rocas eran igual de inmortales, erigidas en testigos incautos de la sangre carmesí, de la vida perdida y de una sensación de tristeza tan profunda como universal.

Todos me dicen que mejorará con el tiempo. Mis padres, mis abuelos, mi terapeuta.

Pero no ha hecho más que empeorar.

Hace semanas que no consigo disfrutar más que de un par de horas de un sueño inquieto y plagado de pesadillas. En cuanto cierro los ojos me asalta el rostro amable de Devlin, que me sonríe mientras ríos de color escarlata estallan desde todos sus orificios.

Luego me despierto temblando, llorando y escondiéndome en la almohada, para que nadie piense que me he vuelto loca.

O que necesito más terapia.

Se suponía que iba a pasar las vacaciones de Semana Santa con mi familia, en Londres, pero no podía más. Me he escabullido de casa en cuanto todos se han dormido, por puro impulso; he conducido dos horas, he cogido el ferry, que ha tardado otra hora, y he terminado aquí pasadas las dos de la madrugada.

A veces querría dejar de esconderme de todo el mundo. Hasta de mí misma. Sin embargo, a menudo se me hace demasiado difícil y me cuesta respirar. No puedo mirar a mamá a los ojos y mentirle. No puedo presentarme delante de papá y el abuelo y seguir fingiendo que soy su pequeña.

Creo que la Glyndon King a la que educaron a lo largo de diecinueve años murió junto a Devlin hace unas semanas. Y no soy capaz de asimilar que pronto vayan a descubrirlo.

Que cuando me miren a la cara verán a una impostora.

Una deshonra para el apellido King.

Por eso estoy aquí. Es un último intento para liberarme de la carga que cada vez me pesa más sobre los hombros.

El aire me alborota el pelo de color miel, que se aclara de forma natural hacia las puntas hasta ser casi rubio, y me lo mete en los ojos. Me lo aparto de la cara y luego bajo la vista, frotándome la palma de la mano en el lateral de los pantalones.

Miro abajo.

Abajo…

Cada vez me froto más fuerte, al compás del sonido del viento y de las olas, que es más y más ensordecedor.

Doy otro paso hacia el borde, y los guijarros crujen bajo el peso de mis zapatillas de deporte. El primer paso es el más difícil, pero luego es como si estuviese flotando en el aire.

Abro los brazos todo lo que puedo y cierro los ojos. Como poseída por una especie de poder; no soy consciente de que sigo de pie, ni de cómo ansían pintar mis dedos.

Pintar cualquier cosa.

Espero que mamá no vea mi último cuadro.

Espero que no me recuerde como la que menos talento tenía de sus hijos; la deshonra que no le llegaba ni a la suela de los zapatos.

La rarita con un sentido artístico de mierda.

—Lo siento mucho —susurro con las palabras que creo que Devlin me dijo antes de irse volando a ninguna parte.

Un golpe de luz penetra por las comisuras de mis ojos cerrados y me sobresalto, pensando que tal vez su fantasma haya resurgido del agua y esté viniendo a por mí. Me dirá lo mismo que me espeta entre dientes en cada una de mis pesadillas. «Eres una cobarde, Glyn. Siempre lo has sido y siempre lo serás».

Ese pensamiento revive las imágenes de mis pesadillas. Me doy la vuelta tan rápido que me resbalo con el pie derecho y me caigo hacia atrás, chillando.

Hacia atrás…

Hacia el acantilado mortal.

Entonces, una fuerte mano me coge de la muñeca y tira con tal fuerza que me deja sin respiración.

Mi pelo vuela hacia atrás como bailando al compás de una sinfonía del caos, pero yo centro la mirada en la persona que me sujeta con una sola mano, como si no le costara ningún esfuerzo. Sin embargo, no me ayuda a subir de nuevo a las rocas, sino que me mantiene en un ángulo peligroso que podría causarme la muerte en una milésima de segundo.

Me tiemblan las piernas y me resbalo sobre las diminutas rocas. Mi posición es cada vez más precaria… Y la caída, más probable.

Los ojos de la persona que me sostiene —un hombre, a juzgar por su cuerpo musculoso— están ocultos tras una cámara que lleva colgada del cuello. De nuevo, una luz cegadora me golpea directamente en la cara. Así que de ahí venía esa repentina luz hace unos segundos. Me estaba haciendo una foto.

Solo entonces reparo en la humedad que se me ha acumulado en los ojos, de que mi pelo es un auténtico desastre gracias a la acción del viento y de que tengo unas ojeras tan pronunciadas que probablemente se vean desde el espacio exterior.

Estoy a punto de pedirle que tire de mí, porque estoy, literalmente, al borde del precipicio, y me da miedo caerme si intento incorporarme yo sola.

Pero entonces ocurre algo.

Se aparta la cámara de la cara, y las palabras se me quedan atoradas en el fondo de la garganta.

Como es de noche, y lo único que nos ofrece un poco de luz es la luna, no debería poder verlo con tanta claridad. Y, sin embargo, puedo. Es como si estuviera sentada en el estreno de una película. Un thriller.

O tal vez una de terror.

Normalmente, en los ojos de la gente brilla alguna emoción, sea del tipo que sea. Incluso el dolor los ilumina con lágrimas, con palabras mudas, con arrepentimientos irrevocables.

Estos ojos, en cambio, son tan opacos como la noche… e igual de oscuros. Y lo más extraño de todo es que son indistinguibles de lo que los rodea. Si no lo estuviera mirando tan de cerca, pensaría que es una criatura salvaje.

Un depredador.

Un monstruo, tal vez.

Tiene el rostro anguloso, de líneas duras, de esos que acaparan toda la atención, como si estuviesen diseñados para atraer a la gente a una trampa cuidadosamente construida.

No, a la gente no.

A sus presas.

De su físico se desprende una cierta cualidad masculina que no puede esconderse tras los pantalones negros o la camiseta de manga corta.

Y eso que, a pesar de ser una noche de primavera, hace un frío que pela.

Su brazo musculoso, que asoma bajo la tela, no da muestra alguna de incomodidad, no tiene la piel de gallina —como si hubiese nacido de sangre fría—, y la mano con la que tiene apresada mi muñeca, y con la que evita que me precipite hacia la muerte, está tensa, pero no parece costarle esfuerzo tenerme sujeta.

«Impasible». Esa es la palabra que podría definirlo.

Al moverse destila pura seguridad en sí mismo. Está demasiado tranquilo… Demasiado vacío. Tanto que incluso parece un poco aburrido.

Un poco ausente, a pesar de estar en carne y hueso delante de mí.

Sus labios gruesos y simétricos forman una línea recta. De ellos cuelga un cigarrillo apagado. En lugar de mirarme a mí, mira su cámara y, por primera vez desde que me he percatado de su presencia, veo un destello de luz en sus iris. Es breve, fugaz y casi imperceptible, pero lo veo.

Es el único instante en el que esa máscara de aburrimiento resplandece, se oscurece y se separa del fondo, hasta desaparecer por completo.

—Impresionante —dice.

Trago saliva mientras intento ignorar la inquietud que me ha empezado a atenazar la garganta. Tiene poco que ver con la palabra que ha elegido y más con su forma de pronunciarla. Su voz grave suena como si estuviese mezclada con miel, pero en realidad está envuelta en humo negro.

Lo que me inquieta es la vibración de esa palabra en sus cuerdas vocales, cómo ha irradiado una especie de veneno en el espacio que nos separa.

Además, ¿ese acento es norteamericano?

Todas mis dudas quedan confirmadas cuando sus ojos se deslizan hacia mí con una seguridad letal que paraliza mis músculos temblorosos. Por alguna razón, siento como si no debiera siquiera respirar de forma inoportuna si no quiero conocer la muerte más pronto que tarde.

Cualquier destello que se asemejara a la luz ha desaparecido de su mirada. Estoy cara a cara con la misma versión sombría de antes: apagada, seca, totalmente sin vida.

—Tú no. La fotografía.

Sí, es norteamericano.

Pero entonces ¿qué hace en un sitio tan inhóspito como este? Ni siquiera los lugareños se acercan por aquí.

Afloja un poco la mano y, cuando me resbalo hacia atrás, varias rocas caen por el precipicio. Un grito de terror resuena en el aire.

Un grito mío.

No lo pienso dos veces: me agarro rápidamente a su antebrazo con las dos manos.

—Pero ¿qué… qué narices haces? —digo jadeando; respiro de forma entrecortada. El corazón me late desbocado, y una sensación de terror anega mi pecho. Hacía semanas que no sentía algo así.

—¿Qué te parece que estoy haciendo? —Habla como si nada, como si estuviese debatiendo con sus amigos qué le apetece desayunar—. Estoy terminando lo que has empezado. Así, cuando te caigas y te mates, podré inmortalizar el momento. Me da la sensación de que me darás una buena pieza para mi colección, pero si no es así… —Se encoge de hombros—. La quemaré y punto.

Me quedo boquiabierta; una oleada de pensamientos invade mi mente. ¿Acaba de decir que añadirá una foto de mi caída mortal a su colección? Tengo demasiadas preguntas, pero la más importante de todas es qué clase de colección tiene este lunático.

No, eso no. La pregunta definitiva es quién narices es este tipo. Parece más o menos de mi edad, es guapo, según los estándares de la sociedad, y no es de aquí.

Ah, y tiene pinta de criminal, pero no en plan ladrón de medio pelo. Creo que juega en otra liga.

Desprende un aura muy peligrosa.

Podría ser la cabeza pensante que controla a un montón de matones, el que merodea siempre en un segundo plano, oculto entre las sombras.

Y, sin saber cómo, me he cruzado en su camino.

Llevo toda mi vida rodeada de hombres que se zampan el mundo para desayunar, así que sé reconocer el peligro cuando lo tengo delante.

Y también sé reconocer a las personas de las que debo mantenerme alejada.

Y este norteamericano desconocido es un ejemplo paradigmático de ambas cosas.

He de salir de aquí ahora mismo.

A pesar de los nervios que asaltan mi ya frágil estado mental, me obligo a hablar con firmeza:

—No tenía pensado morir.

Él enarca una ceja y frunce los labios, moviendo ligeramente el cigarrillo.

—¿Ah, no?

—Pues no. Así que…, ¿me puedes ayudar?

Podría valerme de su antebrazo para hacerlo yo misma, pero temo que cualquier movimiento repentino tenga exactamente el efecto contrario y me mande directa a mejor vida.

Sin soltarme la muñeca, todavía con esa pose despreocupada, saca un mechero y se enciende el cigarro con la otra mano. La punta resplandece como la luz naranja del ocaso. Se toma su tiempo: vuelve a meterse el mechero en el bolsillo y me echa una nube de humo en la cara. Normalmente, el olor del tabaco me provoca arcadas, pero ahora mismo ese es el menor de mis problemas.

—¿Y qué me das a cambio de mi ayuda?

—¿Las gracias?

—Eso no me sirve de nada.

Aprieto los labios y me obligo a conservar la calma.

—Entonces ¿por qué me has cogido cuando me he resbalado?

Da unos golpecitos en su cámara y luego la acaricia con la sensualidad de un hombre incapaz de mantenerse alejado de una mujer.

Por alguna razón, ese gesto hace que me suba la temperatura.

Tiene pinta de hacerlo mucho.

Pero mucho.

Y con esa misma intensidad que emana de todos los poros de su piel.

—Para fotografiarte. ¿Por qué no terminas lo que has empezado y así me das la obra maestra que he venido a buscar?

—¿En serio me estás diciendo que tu obra maestra es mi muerte?

—No, tu muerte no. Sería demasiado sangriento y gore, porque cuando te estrelles contra esas rocas se te reventará el cráneo. Por no hablar de que, con esta luz, es imposible hacer una buena foto. Lo que me interesa es tu caída. El contraste de tu piel pálida contra el agua será maravilloso.

—Estás… enfermo.

Se encoge de hombros y exhala más humo tóxico. Incluso su forma de deslizar los dedos sobre el cigarrillo y de fumar es despreocupada, indiferente, a pesar de que la tensión podría cortarse con un cuchillo.

—¿Eso es un no?

—Pues claro que es un no, psicópata. ¿Crees que estoy dispuesta a morir solo para que consigas una foto?

—Una obra maestra, no una foto. Y la verdad es que no tienes elección. Si decido que debes morir… —Se inclina ligeramente hacia delante y afloja un poco los dedos con los que me agarra la muñeca. Luego baja la voz y en un susurro aterrador añade—: Morirás.

Mi pie está a punto de perder apoyo. Chillo y le clavo las uñas en el antebrazo, movida por una feroz necesidad de vivir que me hierve en las venas con la desesperación de un animal enjaulado, la de un prisionero que lleva en aislamiento años y años. Estoy segura de que lo he arañado; pero, si le he hecho daño, no da muestras de ello.

—Esto no tiene ninguna gracia —digo jadeante y con la voz entrecor­tada.

—¿A ti te parece que me estoy riendo? —Sostiene de nuevo el cigarro con los largos dedos y le da una calada antes de quitárselo de la boca—. Tienes de plazo para darme algo hasta que me termine el cigarrillo.

—¿Algo como qué?

—Cualquier cosa que estés dispuesta a hacer a cambio del caballeroso acto de salvar a una damisela en apuros.

El énfasis a la palabra «caballeroso» no me pasa desapercibido, ni tampoco su forma provocativa de utilizar las palabras, como si fueran armas en su arsenal.

En el batallón que comanda.

Lo está disfrutando; estoy segura. Esta situación, que nació por mis intentos de olvidar, me ha lanzado de lleno a una pesadilla. Desvío la mirada hacia el cigarro medio consumido y, justo cuando estoy pensando en cómo prolongar el tiempo, inhala lo que queda por fumar en pocos segundos y tira la colilla.

—Se te ha acabado el tiempo. Adiós.

Empieza a soltarme las manos, pero le clavo las uñas con más fuerza todavía.

—¡Espera!

No se produce ningún cambio en sus rasgos, ni siquiera cuando el aire le alborota el pelo. Sin embargo, no me cabe duda de que él nota que tiemblo con la misma desesperación que una hoja que intenta mantenerse a flote por todos los medios.

Nada parece afectarle.

Y eso me aterroriza.

¿Cómo puede alguien ser tan… frío?

Tan distante.

Tan carente de vida.

—¿Has cambiado de opinión?

—Sí. —Me tiembla la voz por mucho que intente fingir que conservo el control sobre mí misma—. Ayúdame y haré lo que tú quieras.

—¿Estás segura de que quieres plantearlo así? Puede que lo que yo quiera incluya una serie de cosas que la gente no suele ver con buenos ojos.

—Me da igual. —En cuanto esté a salvo, pienso poner tierra de por medio entre este pirado y yo.

—Bienvenida a tu funeral. —Me coge de la muñeca con una fuerza implacable y me aleja del borde con una facilidad pasmosa.

Como si mi vida no hubiese estado pendiente de un hilo. Como si el mar enfurecido no me estuviera esperando con las fauces abiertas, preparado para devorarme. Quizá, teniendo en cuenta el mal al que me enfrento, no sea una buena señal.

Mi respiración brusca, casi animalística, resuena en el silencio de la noche. Intento acompasarla, pero no sirve de nada.

Me educaron para tener una voluntad férrea y una presencia imponente. Crecí con un apellido mayor que la vida misma, con unos familiares y amigos que llaman la atención dondequiera que vayan.

Y, sin embargo, todo parece haberse desvanecido en un instante. Siento una especie de disociación entre la persona que debería ser y la que soy, como si me estuviera convirtiendo en una versión de mí que ni yo misma soy capaz de concebir.

Y todo es debido al hombre que tengo delante, a sus rasgos vacuos, sus ojos apagados y sin vida, de los colores más lúgubres de la paleta. Si tuviera que asociar un color con él, seguramente sería el negro. Un tono infinito, frío e inexpresivo.

Intento soltarme, pero él me aprieta tanto la muñeca que me hace estar segura de que sería capaz de fracturarme los huesos solo para ver qué hay dentro de ellos. Hace escasamente un minuto que nos conocemos, pero lo cierto es que no me sorprendería que me rompiera la mano. Al fin y al cabo, quería fotografiarme precipitándome hacia mi muerte.

Y, por extraño que sea eso, también es terrorífico. Porque sé, simplemente sé, que este desconocido sería capaz de hacerlo sin pestañear y no pensaría ni un segundo en las consecuencias.

—Suéltame —le pido en tono cortante.

Él esboza una sonrisilla.

—Pídemelo amablemente y tal vez lo haga.

—¿Y qué entiendes tú por «amablemente»?

—Puedes añadir un «por favor» o ponerte de rodillas. Cualquiera de las dos me vale, aunque te recomiendo encarecidamente que hagas las dos a la vez.

—¿Qué te parece si no hago ninguna?

Él ladea la cabeza.

—Eso sería tan absurdo como estúpido. Al fin y al cabo, estás a mi merced.

Con un rápido movimiento me empuja de nuevo hacia el borde. Intento resistirme a la brutalidad de su gesto, pero mi fuerza es como una ramita al lado de su desbordante poder. En un santiamén, mis piernas cuelgan del borde del acantilado, solo que esta vez me agarro de la correa de su cámara, de su camiseta, de cualquier superficie a la que pueda clavarle las uñas.

Qué frío.

Está tan frío que se me congelan los dedos y me quedo sin respiración.

—¡Por favor!

Un sonido de aprobación sale de sus labios, pero no me aparta del precipicio.

—¿A que no ha sido tan difícil?

Estoy furiosa, pero logro decir:

—¿Puedes parar?

—No. No has cumplido con la segunda parte del trato.

Lo miro fijamente, supongo que con una expresión de total desconcierto.

—¿La segunda parte?

Me pone una mano en la cabeza y entonces reparo en lo alto que es. Su altura me intimida. Al principio, se limita a acariciarme el pelo y colocarme algunos mechones detrás de las orejas. Se trata de un gesto tan íntimo que la boca se me seca.

El corazón me late con tanta violencia que creo que me va a romper las costillas. Nadie me había tocado nunca con ese nivel de seguridad en sí mismo tan incuestionable. No… No es seguridad. Es poder.

Un poder abrumador.

De repente, esos mismos dedos que me acariciaban se me clavan en el cráneo y empujan hacia abajo con tanta fuerza que las piernas me fallan. Así, sin más.

Sin resistencia.

Sin nada.

Me caigo.

Caigo y caigo…

Lo primero que pienso es que al final sí que me ha precipitado hacia la muerte, pero entonces mis rodillas chocan con la tierra firme, y lo mismo hace mi corazón. Cuando levanto la vista vuelvo a ver ese destello. Antes me había parecido una chispa, un fulgor, un atisbo de luz entre tanta negrura.

Pero estaba equivocada.

Es negro sobre negro.

Su color es la más absoluta oscuridad.

En sus iris resplandece un sadismo puro mientras me sujeta, prisionera, la cabeza. Lo peor de todo es que si me suelta me caeré hacia atrás.

Una sonrisilla terrorífica le adorna los labios.

—La verdad es que lo más recomendable es hacerlo de rodillas. ¿Empezamos?

Esto no puede ser real.

No lo es.

No debería serlo.

Y, sin embargo, cuando mi mirada se cruza con los ojos apagados y absolutamente muertos del desconocido, no sé muy bien si esto es real o si estoy atrapada en una pesadilla.

Creo que es lo segundo.

No se trata ni siquiera de la violencia con la que me tiene cogida del pelo, aunque estoy segura de que me lo arrancará del cráneo si intento resistirme. O, aún peor, podría usarlo para tirarme por el acantilado, lo que lleva amenazando con hacer desde que lo he conocido. Pensándolo bien, debería haber estado preparada para algo así, teniendo en cuenta cómo es mi familia.

Siempre he pensado que tenía una familia y unos amigos bastante particulares. Madre mía, pero ¡si mi abuelo es un sociópata despiadado y mi tío también! Y mi hermano es aún peor. Quizá, como los conozco desde que nací, haya normalizado su comportamiento. Lo he aceptado como si fuese un hecho incontestable, porque son miembros funcionales de la sociedad, y yo nunca he sido su objetivo.

Pero estaba ciega. Pensaba que podría lidiar con gente como ellos si los conocía en la vida real. Aunque, claro, nada podría haberme preparado para estar en esta situación con alguien a quien acabo de conocer.

El sonido del oleaje al romper contra las rocas va en sincronía con mis caóticos pensamientos. El aire frío se me cuela a través de la chaqueta y debajo del top, enfriando el sudor que llevo pegado a la piel. Siento que estoy en llamas desde que ese golpe de vida entró en mis venas, así que agradezco la sensación.

Mis instintos me piden a gritos que huya, pero sé que cualquier movimiento repentino podría significar mi muerte. Así que trago saliva y respondo a su última pregunta:

—Empezar ¿qué?

—El pago por haberte salvado.

—No me has salvado. —Señalo a mi alrededor con una mano temblorosa—. Sigo estando al borde del precipicio.

—Y ahí seguirás hasta que me hayas dado lo que me has prometido.

—Yo no te he prometido nada.

Ladea la cabeza y la cámara se inclina con él, siguiendo el eje de su cuerpo en un movimiento metódico y estremecedor.

—Lo cierto es que sí lo has hecho. Te lo recuerdo: «Haré lo que tú quieras». Esas han sido tus palabras.

—Lo he dicho en caliente. No cuenta.

—Para mí sí. Así que, o me das lo que quiero o… —se interrumpe y señala con la cabeza lo que hay detrás de mí. No le hace falta terminar la frase. Ya sé a qué se refiere.

Es para intimidarme.

Una amenaza que pesa sobre mi cabeza.

Y sabe perfectamente que está funcionando.

—¿Puedo ponerme de pie antes?

—No. Esta postura es mejor para lo que quiero.

—¿Y qué es lo que quieres?

—Que tus labios rodeen mi polla.

Me quedo boquiabierta, deseando que sea una pesadilla. Ojalá que esto sea una especie de broma retorcida que ha ido demasiado lejos, y que yo ahora tenga que echarme a reír y después irme a casa y contárselo a las chicas por mensaje.

Pero tengo la sensación de que si me atrevo aunque sea a respirar de forma inadecuada, la situación llegará al peor extremo imaginable.

—Si esa opción no te satisface, se me ocurren algunas alternativas. —Desliza la mano desde mi cabeza a mi pómulo y luego a los labios.

Nunca, en toda mi vida, me había sentido tan paralizada como en este instante, y la única razón es por la frialdad de sus caricias. Son crueles, desprovistas de afecto alguno y total y absolutamente aterradoras.

Supongo que así es como te sientes cuando la parca te arranca el alma.

Desliza los dedos hacia mi cuello y lo aprieta por los lados con tanta fuerza que me mareo. Así me deja claro quién tiene el control de la situación.

—Puedes ponerte a cuatro patas para que te la meta en alguno de los otros agujeros, supongo que en los dos, sin un orden en concreto.

Ojalá esto fuera una fachada, pero en su tono de voz no hay ni pizca de falsedad. Este cabrón demente va a cumplir lo que promete sin pensarlo dos veces.

Solo ahora me doy cuenta de la gravedad del lío en el que estoy metida.

Este psicópata me va a devorar viva.

Si ya hace semanas que me siento vacía, creo que esto será el golpe definitivo.

Acabará conmigo.

Me romperá en pedazos.

Debe de percibir mi desazón, porque tiemblo de pies a cabeza. Soy como un pajarito perdido en mitad de una noche ventosa que soporta las embestidas del aire desde todas las direcciones.

—¿Con qué opción te quedas? —pregunta el desconocido con un tono indiferente que podría pertenecer a un duque u otro aristócrata.

La seguridad de sus movimientos y su forma de hablar me sacan de quicio. Es como si fuese un puto robot impulsado por una batería que alimenta su locura. Pero, al mismo tiempo, parece estar en una guerra. Precipita los acontecimientos con tanta rapidez que la naturaleza de sus actos se convierte en algo impredecible.

Sin embargo, yo no pienso quedarme a ver hasta dónde es capaz de llegar.

Me valgo del elemento sorpresa. Aprovecho un instante en el que afloja un poco la mano con la que me tiene cogida del cuello y me levanto. Cuando noto que me suelta, el corazón me da un vuelco, envuelto en los explosivos fuegos de artificio que provoca la adrenalina.

Lo he logrado.

Lo he…

No he terminado siquiera de celebrarlo mentalmente cuando oigo un golpe sordo en el aire. Me quedo sin aliento al dar mis rodillas contra las rocas con una letalidad que me arrebata la capacidad para pensar.

No puedo respirar.

No puedo respirar…

En ese momento comprendo que me ha obligado a bajar estrujándome el cuello con violencia y golpeándome en la cabeza. Y esta vez pretende estrangularme. Le clavo las uñas en las muñecas; mi instinto de supervivencia ha tomado las riendas como si fuese un animal enjaulado.

Pero es como darse golpes contra una pared.

Es una puta fortaleza inamovible.

Sigue apretando tanto con los dedos que llego a estar segura de que me arrancará la cabeza del cuello.

—La posibilidad de escaparte no estaba en el menú, que yo sepa. —Su voz es muy lejana y se entremezcla con el pitido de mis oídos. Y, si no me equivoco, ahora suena aún más profunda, más grave y más negra.

Mucho peor que la noche más oscura.

Incluso sus mortecinos ojos se han transformado en algo inhóspito, de una tonalidad mucho peor que ninguna que yo pudiera imaginar.

En este momento es, simple y llanamente, un depredador. Un monstruo cruel y sin corazón.

—Por… por favor… —le pido con voz ronca, y mi súplica reverbera en la noche que nos rodea como una canción espectral.

Ni siquiera puedo rezar para que alguien que pase por aquí nos encuentre. Al fin y al cabo, Devlin eligió este sitio por lo remoto y solitario que es.

Devlin y yo elegimos este sitio.

¿Quién iba a pensar que ambos nos enfrentaríamos en él a destinos tan trágicos a la par que distintos?

—¿Por favor? —repite alargando la palabra, como si quisiera probar cómo suena en sus labios. Intento asentir, pero me tiene agarrada del cuello de tal modo que me resulta imposible—. ¿Por favor que use tus labios o por favor, tu coño y tu culo? —Hace una pausa y luego me empuja hacia atrás, hasta que la mitad superior de mi cuerpo queda suspendida sobre el acantilado—. ¿O por favor que te convierta en una obra de arte?

De mis labios solo salen unos ruidos entrecortados que suenan más animales que humanos. Ha vuelto a precipitar los acontecimientos; es un recordatorio de que esto es un juego de poder y de que, si continúo luchando contra él, se limitará a hacer que la situación sea todavía más horrenda de lo que soy capaz de imaginar. No importa cuánto me resista; este desconocido e inhumano ser parece no reparar en ello; es más, se encoge de hombros como un demente, como un maldito criminal que no siente ningún tipo de remordimiento por sus crímenes.

—Si no eliges, lo haré yo por ti.

—Labios —consigo decir, aunque no sé muy bien cómo.

No sé ni cómo narices sigo consciente, teniendo en cuenta la fuerza despiadada con la que me aprieta el cuello. No afloja hasta que la palabra sale de mi boca. Poco a poco sus dedos dejan de presionar con tanta rudeza la piel de mi cuello, pero no me suelta. Me tiene totalmente encarcelada ante él.

Inhalo una cantidad copiosa de aire, me lleno los pulmones de oxígeno hasta que siento que me arden, hasta que me noto atrapada en mi asfixia, apuñalada en el pecho.

Él enarca una de sus gruesas cejas. Es guapo, guapísimo incluso, pero tiene esa clase de belleza que los más famosos asesinos en serie han utilizado para atraer a sus víctimas. La verdad es que no me sorprendería nada que matara por diversión.

Y, sin duda, no es lo mejor que podría imaginarme estando en la situación en la que estoy. Es una locura: he pensado en la muerte a menudo, y ahora, a la hora de la verdad, estoy aterrorizada.

El desconocido infernal desliza el pulgar sobre mi labio superior de forma sexual, casi con afecto, y me da todavía más miedo, ya que, por la forma en que me habla y se comporta, estoy segura de que no hay ni un gramo de gentileza en su cuerpo.

—Entonces ¿vas a dejar que meta la polla entre esos labios y te llene la garganta de leche?

Siento que ardo; no estoy acostumbrada a que me hablen así. Sin embargo, alzo la barbilla y contesto:

—No lo voy a hacer porque yo quiera. Lo hago porque me estás amenazando con algo peor. Si de mí dependiera, no permitiría que me pusieras ni un solo dedo encima, puto enfermo.

—Pues me alegro de que no dependa de ti.

Sin soltarme el cuello, se baja la cremallera con la otra mano. El sonido se me antoja más espeluznante que el romper de las olas y el ulular del viento. Cuando se saca el pene, intento girarme hacia el otro lado, pero la fuerza con la que me sujeta me obliga a observar cada pequeño detalle. La tiene grande y empalmada, y no quiero ni pensar en qué será lo que se la ha puesto así de dura.

Noto algo caliente contra los labios, así que los cierro con fuerza y lo fulmino con la mirada.

—Abre la boca —me ordena.

Me agarra del pelo, eliminando todo margen de negociación. No obstante, yo me aferro a las ganas de luchar que me quedan, al rayito de esperanza que me dice que tal vez cambie de opinión y que esta pesadilla llegará a su fin.

Debería haberlo sabido.

Un monstruo no cambia ni descarrila.

Un monstruo no tiene más objetivo que el de destruir.

—Siempre puedo recurrir a tu culo y a tu coño. En ese orden. Así que te sugiero que abras la boca, a no ser que estés dispuesta a empaparme la polla de sangre y luego a limpiármela con la lengua. —Me golpea en los labios con la polla, y no me queda más remedio que aflojar la mandíbula.

Si no lo hago, no me cabe duda de que cumplirá lo que ha prometido respecto a sus otras opciones, y no estoy preparada para descubrir hasta dónde es capaz de llegar.

Lo alto que es el precipicio por el que puede arrojarme.

La punta de su polla se desliza por entre mis labios mientras el estómago se me encoge y se me revuelve a intervalos cortos. Me trago la repugnante necesidad de vomitarle encima, a él y a mí.

—Nada de arcadas. No hemos ni empezado. —Me acaricia el labio inferior de nuevo con esa falsa gentileza—. Puedes disfrutarlo si quieres. Supongo que lo único que conseguirás si te resistes es que te resulte incómodo. Ahora chupa. Y hazlo bien.

¿Quiere que se la chupe?

Que te jodan. Soy una King, y a los King nadie nos dice lo que tenemos que hacer.

A pesar del terror que me paraliza los brazos y las piernas, clavo la mirada en la suya y le muerdo la polla.

Con fuerza.

Con toda la que tengo. Le muerdo tan fuerte que creo que le voy a cortar el pene con los dientes y tragarme la punta.

Sin embargo, la única reacción que obtengo por su parte es un gruñido y… Se le está poniendo más dura. Puedo sentir cómo crece en el interior de mi boca.

Y no logro seguir mordiéndolo.

Porque, de repente, me tira del pelo con tanta violencia como si quisiera arrancármelo. El dolor me explota en todo el cuerpo, pero ahí no acaba la cosa.

Me inclina la cabeza hacia atrás, de forma que la parte superior de mi cuerpo queda doblada hacia atrás, y él ahora me mira con esos ojos de maniaco que podrían matar.

No me la saca de la boca. De hecho, ni siquiera parece que le haya dolido mucho.

Mierda.

Quizá sea un robot y yo sea prisionera de una máquina sin sentimientos.

—Si vuelves a usar los dientes, yo usaré tu culo. Te desgarraré el agujero y emplearé tu sangre como lubricante, con tu cabeza colgada sobre el vacío —me amenaza con la voz tensa mientras sigue metiéndome la polla en la boca—. Y ahora chupa de una puta vez.

No me atrevo a seguir desafiándolo. En primer lugar, estoy literalmente al borde del precipicio, y, en segundo, estoy convencida de que cumpliría su amenaza.

El problema es que nunca he hecho una mamada, así que no tengo ni idea de lo que hago. Aun así intento chuparle la punta y, a juzgar por su gemido de placer, mis lametones inseguros parecen complacerlo.

Así que lo hago otra vez, y otra.

—Nunca habías hecho una mamada, ¿verdad? —En su voz se percibe cierta apreciación, como si le pareciera bien al muy imbécil—. Ahueca las mejillas y suelta la mandíbula. No te limites a lamer: chupa —me instruye con la voz llena de lujuria, como si le estuviese hablando a su amante.

Me siento tentada de morderlo de nuevo, y de arrancársela esta vez, pero la amenaza de la muerte me obliga a descartar la idea. Así que, en lugar de eso, obedezco sus órdenes. Cuanto antes termine con esto, antes podré escapar de su órbita mortal.

—Así —dice jadeando, con un tono más relajado por primera vez—. Con la lengua.

Obedezco de forma mecánica, sin ni siquiera pensarlo. Además, intento arrancarme del cerebro la posición en la que estoy: en el borde, de rodillas y a punto de caer hacia atrás, con un psicópata usando mi boca para cascársela. Si empuja mi cuerpo hacia atrás, aunque sea solo un centímetro, la única persona que podría salvarme es la misma que me ha puesto en esta situación.

Me agarra del pelo con más fuerza, y me da pavor haber usado de nuevo los dientes. Pero no tardo en descubrir que no es así.

Se acabó lo de intentar ir con calma. O tal vez se haya aburrido. Sea cual sea la razón, ha decidido tomar las riendas. Sin soltarme del pelo, me coge de la mandíbula con los dedos y me obliga a abrir la boca lo máximo posible.

—Tu intento de mamada es adorable, pero ¿qué te parece si te enseño cómo lo hacen los mayores? —Me la mete hasta el fondo—. Mmm… Mira qué carita. Es bastante erótico follársela.

Escupo, porque me ahogo con mi saliva, con su enorme tamaño. No es que me haya cruzado con muchas pollas en esta vida, pero la suya es, sin lugar a dudas, la más grande que he visto nunca.

Y la manera en la que me la clava en lo más profundo de la garganta no puede ser otra cosa que un modo de demostrar que él es quien domina. La mete y la deja ahí, asfixiándome con ella hasta que casi se me salen los ojos de las órbitas. Creo que me voy a morir con su polla en la boca.

No aparta su mirada de la mía y, al observarme, se le pone todavía más dura. Tengo los ojos llenos de lágrimas y estoy segura de que me he puesto roja.

Este puto enfermo me va a matar y se va a poner cachondo mientras lo hace.

Pero entonces me la saca lo justo para poder inhalar una mínima bocanada de aire. Ni siquiera logro respirar de veras, porque me la vuelve a meter a la fuerza de golpe, de forma aún más violenta.

Aún más intensa.

Aún más… fuera de control.

Las lágrimas me escuecen en los ojos antes de empezar a formar riachuelos en mis mejillas. La saliva y el líquido preseminal me gotean en la barbilla y en el cuello mientras él sigue embistiéndome la boca, entrando y saliendo de mí, evitando con una sola mano que me precipite al vacío.

Una y otra vez.

Una y otra vez.

Compite en brutalidad con el sonido de las olas que rompen bajo nuestros pies.

Estoy mareada; me palpitan los dedos y me tiemblan las piernas. Me niego a pensar en lo que está pasando entre ellas.

No puedo estar tan mal de la cabeza.

Y justo cuando empiezo a creer que no terminará nunca, un sabor salado me explota en la boca.

Mi reacción instintiva es escupírselo a la cara, así que intento hacerlo. En cuanto me saca la polla de la boca, esputo el semen sobre sus zapatos de marca. Jadeo con violencia, inhalo y exhalo con rapidez, pero no rompo el contacto visual. Fulminándolo con la mirada, me limpio de la boca el resto de su asqueroso semen.

Al principio me observa con el rostro inexpresivo, pero no tarda en soltar una risita y, por primera vez en toda la noche, le brillan los ojos. Ya no es negro sobre negro.

Es una luz sádica.

Me suelta el pelo y me mete el dedo corazón y el anular en la boca. Me cojo de su muñeca para no caerme hacia atrás, pero él aprovecha la oportunidad para restregarme restos de semen en los labios. Me asfixia con los dedos, me invade la boca con ellos como si tuviera todo el derecho de hacerlo, una vez tras otra.

Y una puta vez más.

Cuando parece lo bastante satisfecho, una luz me ciega.

Me quedo mirando la cámara que le tapa los ojos.

¿Este cabrón me acaba de hacer una foto en estas condiciones?

Sí. Eso es exactamente lo que ha hecho.

Sin embargo, antes de que me dé tiempo a quitarle la cámara, saca los dedos de mi boca y luego los usa para ponerme el pelo detrás de las orejas y darme unos golpecitos en la cabeza.

—Buena chica, Glyndon.

Y entonces me aparta del precipicio sin esfuerzo, se da la vuelta y se va.

Yo me quedo paralizada, incapaz de asimilar todo lo que acaba de ocurrir.

Y lo más importante de todo es…, ¿cómo narices sabe ese psicópata mi nombre?

No sé ni cómo llego a casa.

Me aferro con fuerza al volante, con los ojos llenos de lágrimas y la vista nublada. Aunque lo que más me domina es la persistente necesidad de seguir los pasos de Devlin y pisar el acelerador en dirección al primer acantilado que vea.

Sacudo la cabeza.

En la situación en la que me encuentro ahora mismo, pensar en Devlin es básicamente lo peor que puedo hacer. Pero sí que doy un paso en la mejor dirección posible: parar frente a una comisaría con la intención de denunciar lo que me acaba de ocurrir.

Pero algo me impide abrir la puerta del coche: ¿qué pruebas tengo? Además, preferiría morirme que obligar a mi familia a luchar en una guerra mediática por mí. Porque sí, es probable que papá y el abuelo, e incluso mamá, hicieran picadillo a ese desconocido y estuvieran dispuestos a embarcarse en todo tipo de batallas por mí si se enterasen. Pero yo no soy como ellos. No soy tan beligerante. Y ni de coña quiero que estén en el ojo del huracán por mi culpa.

Simplemente, no puedo hacerlo.

Y estoy tan cansada… Llevo meses cansada, y esto no hará sino añadir peso a la carga que acarreo en los hombros.

Mamá se decepcionaría muchísimo conmigo si supiera que su pequeña está encubriendo a un depredador. Me educó con un lema: ir siempre con la cabeza bien alta. Me crio para que fuese una mujer fuerte, como ella y la abuela, que en paz descanse.

Pero no tiene por qué enterarse de esto.

No es que lo esté encubriendo. No es eso. No pienso excusarlo. No pienso considerarlo nada menos de lo que es.

Sin embargo, lo ocurrido permanecerá enterrado conmigo. Igual que todo lo de Devlin. ¿Tan importante es la justicia? No si he de sacrificar por ella mi paz y mi tranquilidad. Ya he lidiado yo sola con muchas cosas. ¿Qué más da si añado otra más a la lista?

Cuando por fin llego a la casa familiar, el alma me pesa y tengo el corazón hecho jirones. Los tintes azules del primer amanecer han empezado a caer sobre la enorme finca. Cuando cierro el portón detrás de mí, la puerta chirría. Es un sonido que me encoge las entrañas, y la niebla que se está formando en la distancia no ayuda a disimular lo espeluznante de la escena.

Bajo del coche y me quedo paralizada. Miro atrás. Se me han puesto los pelos de punta; los brazos y las piernas han empezado a temblarme descontroladamente.

¿Y si ese cabrón demente me ha seguido hasta aquí?

¿Y si le hace daño a mi familia?

Si se atreve siquiera a amenazarlos, me volveré homicida. No tengo ninguna duda. Puede que esté dispuesta a dejar atrás lo que me ha hecho a mí, pero implicar a mis seres queridos es algo distinto. Se me irá la pinza, lo juro.

Pasan unos segundos eternos mientras inspecciono los alrededores con los puños apretados. No entro hasta que no estoy segura de que no haberme traído a ese perro rabioso conmigo.

Mamá y papá construyeron una casa enorme e imponente, pero carece de la calidez suficiente que lo convierta en un hogar. El edificio se extiende sobre un amplio terreno de las afueras de Londres. En medio del jardín hay un cenador de madera lleno de cuadros de nuestra niñez. Las estrellas que dibujé cuando tenía unos tres años resultan grotescas y espantosas al lado de lo que pintaron mis hermanos. No quiero mirarlos, para que no me asalte el complejo de inferioridad.

Ahora no.

Así pues, me quito los zapatos y bajo al sótano. Es donde tenemos cada uno nuestro estudio. Justo al lado del de una artista mundialmente conocida.

No hay nadie en el circuito artístico que no sepa quién es Astrid Clif­ford King o, al menos, que no reconozca su firma: «Astrid C. King». Sus dibujos han robado el corazón de críticos y galerías de todo el mundo. A menudo le piden que asista como invitada de honor a una inauguración por aquí, a algún otro evento exclusivo por allá… Mi madre es la razón que se esconde tras las inclinaciones artísticas de mis hermanos y de las mías. Para Landon, el arte es algo natural. Brandon es meticuloso.

¿Y yo?

Yo soy caótica hasta un punto que a veces ni yo misma entiendo.

No formo parte de su círculo íntimo.

Con una mano temblorosa, abro la puerta que lleva a los estudios que papá nos construyó cuando los gemelos tenían diez años. Lan y Bran comparten el más grande, y yo tengo otro mucho más pequeño. Durante mi primera adolescencia solía pintar con ellos, pero su talento me quebró el alma y pasé meses sin ser capaz de coger un pincel. Fue entonces cuando mamá le pidió a papá que me construyera un estudio a mí sola, para que así disfrutara de un poco más de intimidad. No tengo ni idea de si se le ocurrió a ella o de si Bran se lo confió. Pero eso no importó mucho. Al menos, de ese modo no tuve que sentirme ni acosada por su genialidad ni más diminuta cada día.

En realidad, no debería compararme con ellos. No solo son mayores que yo; somos muy diferentes. Lan es escultor, un sádico de la peor clase que puede transformar, y no dudará en hacerlo, a sus sujetos en piedra si tiene la oportunidad. Bran, en cambio, pinta solo paisajes y cualquier cosa que no sean humanos, animales o lo que sea que tenga ojos.

Y yo…, supongo que también soy pintora. Dibujo y jugueteo con el impresionismo contemporáneo. No tengo un estilo tan definido como el de mis hermanos.

Y, sin lugar a dudas, tampoco tengo su técnica o su talento.

De todos modos, el único lugar donde quiero estar ahora mismo es en el rinconcito de mi estudio. Abro la puerta y entro. Me noto la mano fría y rígida. Las luces automáticas iluminan los lienzos en blanco que recubren las paredes.

Mamá me pregunta a menudo dónde escondo mis cuadros, pero nunca me obliga a mostrárselos. De todos modos, me limito a guardarlos en el armario de la pared del fondo, donde nadie puede encontrarlos.

No estoy preparada para que nadie vea esa parte de mí.

ESTA parte de mí.

Porque puedo sentir la oscuridad que resplandece, trémula, bajo la superficie; esa necesidad sofocante de dejar que me consuma, que me devore desde dentro y me purgue de todo.

Cojo la lata de pintura negra con dedos temblorosos y la lanzo sobre el lienzo más grande que encuentro. Al hacerlo salpica todos los demás, pero no me fijo en eso. Cojo otra lata, y otra, hasta que todo es negro.

Entonces cojo mi paleta, mis rojos, mis espátulas y los pinceles más gruesos. Sin pensar en lo que hago, doy enérgicas pinceladas de color rojo y lo remato todo con el negro. Utilizo incluso la escalera, deslizándola de un lado a otro para llegar a los puntos más altos del lienzo.

Me dedico a ello durante lo que me parecen diez minutos, pero en realidad es mucho más tiempo. Cuando por fin bajo de la escalera y la aparto, tengo la sensación de que me voy a derrumbar.

O a disolverme.

O quizá podría volver a ese acantilado y permitir que las letales olas rematen la faena.

Estoy jadeando y el corazón me martillea en los oídos. Siento que de mis ojos está a punto de brotar sangre del mismo rojo que el del cuadro que acabo de terminar.

No puede ser.

Esto… no es posible.

¿Por qué narices he pintado tal sinfonía de violencia? Casi puedo sentir las brutales caricias en mi piel caliente. Puedo notar su aliento sobre mí, su control, cómo me arrebató el mío. Lo veo ante mí con esos ojos muertos, alto como el diablo e igual de imponente. Recuerdo cómo me lo ha quitado todo.

Prácticamente puedo oír su voz burlona y su forma de hablar, como si no le costase esfuerzo nada.

Hasta puedo olerlo. Un aroma amaderado y crudo que hace que el aire se me quede atorado en la garganta.

Deslizo los dedos hacia mi cuello, donde me ha tocado —no: donde me ha estrangulado—, y entonces me atraviesa una descarga eléctrica. Bajo la mano, sobresaltada.

¿Qué narices estoy haciendo?

Lo que ha ocurrido esta noche ha sido oscuro, perturbador y, desde luego, nada que yo deba plasmar en un cuadro con estos detalles tan crudos.

Nunca había pintado nada de esta envergadura.

Me abrazo a mí misma; me ha asaltado un dolor tan fuerte que estoy a punto de doblarme en dos.

Mierda.

Creo que voy a vomitar.

—Uau.

La palabra, pronunciada en voz baja detrás de mí, me sobresalta. Estremeciéndome, me vuelvo hacia mi hermano.

El más accesible de los gemelos, por suerte.

Brandon está de pie junto a la puerta, vestido con unos pantalones cortos de color caqui y una camiseta blanca. Su cabello, imitación bastante realista del chocolate negro, está despeinado con mechones que apuntan en todas las direcciones, como si acabase de salir de la cama y rodado hasta mi estudio.

Señala mi lienzo grotesco con un dedo.

—¿Eso lo has hecho tú?

—No. O sea, sí… Puede. No lo sé. La verdad es que no estaba en mis cabales.

—¿Y no es ese el estado mental al que aspira todo artista? —Su mirada se suaviza. Tiene los ojos tan azules, claros y apasionados… Como los de papá. E igual de torturados.

Desde que desarrolló esa aversión tan fuerte por los ojos, Brandon no ha vuelto a ser el mismo.

Viene hacia mí y me rodea los hombros con un brazo. Mi hermano tiene unos cuatro años más que yo, y eso se ve en cada línea de su rostro. En cada uno de los pasos seguros que da.

En cada movimiento calculado.

Para mí, Bran siempre ha sido naranja. Cálido, profundo. Uno de mis colores preferidos.

Durante unos instantes sigue en silencio, contemplando el cuadro, mudo. Yo no me atrevo a mirarlo, ni tampoco a ver cómo lo estudia. Casi no oso ni a respirar. Me pone una mano en el hombro de forma despreocupada, como siempre que necesitamos la compañía del otro.

Bran y yo siempre hemos sido un equipo contra Lan, el tirano.

—Es… es increíble, Glyn. De verdad.

Me lo quedo mirando por entre las pestañas.

—¿Te estás quedando conmigo?

—No haría eso con el arte. No sabía que tenías escondido este talento.

Más que talento, yo preferiría llamarlo un desastre, una manifestación de lo jodida que está mi musa.

Cualquier cosa menos talento.

—Ya verás cuando lo vea mamá. Va a flipar.

—No. —Me aparto de él. Los ánimos que me ha dado se transforman en puro terror—. No quiero enseñárselo… Por favor, Bran. A mamá, no.

Lo sabría.

Verá la violación en esas audaces pinceladas y esas líneas caóticas.

—Oye… —Bran me sujeta el cuerpo tembloroso y me abraza—. No pasa nada. Si no quieres que mamá lo vea, no le diré nada.

—Gracias.

Entierro la cara en su pecho y no lo suelto, aunque debo de haberle manchado la ropa con toda esta pintura al óleo.

No lo suelto porque, por primera vez desde que ocurrió todo, por fin me puedo relajar.

Me siento segura, protegida de todo.

Incluso de mi propia mente.

Clavo los dedos en la espalda de mi hermano, y él sigue abrazándome en silencio.

Por eso Bran es al que más quiero. Sabe cómo ser un pilar en el que apoyarme; sabe cómo ser un hermano.

A diferencia de Lan.

Al cabo de un rato nos separamos, pero él no deja que me vaya. Baja la vista y me mira.

—¿Qué pasa, princesita?

Así es como me llama papá. «Princesita».

La princesa original es mamá. Es a ella a quien papá venera en un altar y cuyos sueños se dedica a cumplir.

Yo soy la princesa hija y, por tanto, la princesita.

Me seco los ojos húmedos.

—Nada, Bran.

—No puedes bajar de puntillas al sótano a las cinco de la madrugada, pintar esto y luego decir que no pasa nada. Puedes elegir cualquier palabra que exista, pero «nada» no debería ni pasársete por la mente.

Cojo una paleta y empiezo a mezclar colores al azar, solo por mantener las manos y la mente ocupadas. Pero Bran no deja el tema. Da una vuelta y se interpone entre el cuadro y yo. Pienso tirarlo a la primera hoguera que vea.

—¿Es por Devlin?

Me estremezco. Trago saliva una y otra vez al oír el nombre de mi amigo.

En su momento, mi mejor amigo.

El chico que entendía mi musa inquietante del mismo modo en que yo comprendía sus demonios solitarios.

Hasta que, un día, nos separaron de golpe.

Hasta que, un día, nos fuimos en direcciones opuestas.

—No, no es por Dev —susurro.

—Y una mierda. ¿Crees que no me he dado cuenta de que no has vuelto a ser la misma desde que murió? Tú no tienes la culpa de que se suicidara, Glyn. A veces, la gente decide marcharse y no hay nada que podamos hacer para evitarlo.

Se me nubla la vista y noto una presión en el pecho que crece y crece hasta que ya no puedo respirar.

—Deja el tema, Bran.

—Mamá, papá y el abuelo están preocupados por ti. Y yo también. Así que, si hay algo que podamos hacer, dínoslo. Habla con nosotros. Si no te expresas, no seremos capaces de ayudar a mejorar la situación.

Siento que me estoy desintegrando, que estoy perdiendo el equilibrio. Dejo de mezclar colores y pongo mi paleta en sus manos.

—Seguro que puedes hacer un bosque precioso con todo este verde. Al estilo Bran.

No rechaza la paleta, pero suspira con fuerza:

—Si tan empeñada estás en apartarnos, puede que no estemos cuando nos necesites, Glyn.

Una tímida sonrisa aflora en mis labios.

—Ya lo sé.

Se me da bien guardármelo todo dentro.

Bran no está muy convencido, así que se queda para intentar sonsacarme información. Creo que es la primera vez que he deseado que fuese Lan el que me descubriera aquí y no él. Al menos Lan me dejaría en paz. No le importa.

Y a Bran le importa demasiado.

Como a mí.

Al cabo de un rato, coge la paleta y se va. En cuanto oigo que la puerta se cierra, me dejo caer ante la pintura. Un acantilado oscuro, una estrella negra y rojo pasión.

Luego entierro la cabeza entre las manos y me pongo a llorar.

Cuando rompe el día, estoy deseando escaparme sin tener que enfrentarme a ningún otro miembro de mi familia.

Hago la maleta para el nuevo semestre y luego me doy una ducha que probablemente dura una hora. Me froto con fuerza la boca, el pelo, las manos, las uñas.

Todas las partes del cuerpo donde ese psicópata me ha tocado.

Después me pongo unos vaqueros, un top y una chaqueta, y estoy lista para lanzarme a la carretera. Saco el teléfono para mandar un mensaje a mis chicas. Siempre hablamos por el chat grupal. Lo tenemos prácticamente desde que llevábamos pañales.

Ava

¿Es raro que esté perdiendo pelo por culpa de Ari? No hace más que decir que quiere que la metamos en el grupo

Cecily

Dile que puede volver a presentar su solicitud dentro de dos años, cuando sea mayor de edad. Aquí solo se habla de cosas de mayores

Ava

¿Cosas de mayores, tía? ¿Dónde? No he visto eso en tu menú de mojigata en los últimos… diecinueve años

Cecily

Qué graciosa. Me estoy partiendo de risa y revolcándome por el suelo… O no

Ava

Sabes muy bien que me quieres, Ces *emojis de besos*

Escribo con una mano y con la otra hago malabarismos poniéndome la mochila al hombro.

Glyndon

Lista para ir a la uni. ¿Quién conduce?

En realidad, el viaje hacia la isla es mucho más corto por aire, pero eso implicaría coger un avión. Y me da miedo volar.

La pantalla se ilumina con la respuesta:

Ava

Yo no. Eso seguro. Anoche me quedé hasta tarde con mamá, papá y mis abuelos y me siento como una zombi

Cecily

Ya conduzco yo. Dadme una hora. Todavía quiero pasar un rato más con mis padres

Estoy a punto de escribir que tengo prisa, pero me paro a mitad del mensaje, cuando Ava contesta:

Ava

Joder, cómo voy a echar de menos

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