Malas lenguas

Fernando Bonete (@en_bookle)

Fragmento

1. Introducción a las malas lenguas. Safo de Lesbos

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Introducción a las malas lenguas Safo de Lesbos

Apenas disponemos de datos biográficos fehacientes de la poetisa de la Grecia Arcaica Safo de Lesbos. Estos son tan escasos que buena parte de las afirmaciones que se han hecho y han perdurado sobre su vida y carácter tienen que ver mucho más con las interpretaciones interesadas que con la realidad, que permanece velada. Para nosotros, Safo es la autoficción que la historia ha creado de ella.

Según algunas fuentes, nació hacia el año 620 a. C. y murió en el 570 a. C. Tuvo que ser una persona notable, por descontado. Pese a no tratarse de la única mujer poeta y sabia de su época, su éxito fue tal que su obra sobrevivió a través de los siglos mediante el esforzado arte de la copia en papiro —hasta el siglo VII d. C., eso es un milenio en copias—, algo insólito, muy poco frecuente para la obra de una mujer de aquellos tiempos.

Lo que se da por seguro de la biografía de Safo es el nombre de sus padres y hermanos, el de su esposo, y un posible exilio a Sicilia. Poca cosa a partir de la cual comienza a forjarse la leyenda.

Si Platón la consideró «la décima musa», otros se han ido al inicio del ranking para proclamar que fue «la primera lesbiana de la historia». Al margen de que en la Antigua Grecia el concepto de «homosexualidad» no existía como tal, ni mucho menos como lo entendemos hoy, y aun siendo cierto que en sus poemas se refleja a las claras el «amor» que profesa a sus amigas, la Safo icono del lesbianismo e incluso del feminismo no es más que una construcción biográfica ocasional —que viene operando desde el periodo helenístico hasta los estudios de género actuales— de algunos autores frente a otros que niegan su homosexualidad o bisexualidad, o se sitúan en el extremo de calificarla directamente de «prostituta». Todo ello mezclado con una visión orientalista —decadentista, perversa— de la sexualidad de influencia decimonónica, y sentenciado por la representación de Safo como suicida al no recibir las atenciones del bello Faón. Sin embargo, no hay ninguna prueba al respecto, ni del suicidio ni de las calabazas.

Existen muchas otras interpretaciones para las huellas de tono homoerótico en la poesía de Safo: el ritual, el subtexto para desafiar el estatus de su tiempo o el mero juego literario, pero el relato de la homosexualidad de la poetisa se ha impuesto por los siglos de los siglos. Las malas lenguas no descansan, son una constante desde que la humanidad tiene memoria, y ponen la guinda a la biografía de todos nosotros.

Las malas lenguas nos hablan de lo oculto insospechado; no damos crédito, no podemos creer que sea cierto lo que nos cuentan. Pero la sorpresa unida a la perspectiva de la posibilidad, así como las implicaciones que esa posibilidad despliega en nuestra imaginación junto al placer de conocer algo que quizá los demás no sepan y con lo que podré sorprenderles a su vez —convirtiéndome en parte de las malas lenguas, porque «dicen las malas lenguas...»—, bien vale que le demos una oportunidad al rumor, al morbo, a la curiosidad en definitiva.

El cuestionamiento del mito de Safo, sostenido en el encumbramiento o la maledicencia de unos y otros, introduce bien este anecdotario. En palabras de la historiadora Elena Duce, especialista en la Antigüedad y estudiosa del mito historiográfico de la poetisa, lo que se ha dicho de la escritora a lo largo de la historia «no son versiones necesariamente verídicas, pero tampoco obligatoriamente falsas».

Muchas de las anécdotas recogidas en este libro parten de esa premisa, y me he dedicado a confirmarlas o desmentirlas hasta donde me ha sido posible: las muchas y falsas muertes atribuidas a Edgar Allan Poe; las flatulencias achacadas a Camilo José Cela; el falso dedo de Calderón que es un hueso del pie; la supuesta lentitud de George R. R. Martin; o el espíritu aventurero que se le adjudica a Salgari hasta en su muerte.

Pensaréis que soy un aguafiestas, pero creedme si os digo que del desmentido de una anécdota suele nacer una nueva curiosidad sobre el personaje que a veces —no siempre, para qué nos vamos a engañar, en ocasiones sí soy un aguafiestas—, a veces es incluso más divertida y sorprendente que la inventada.

Tampoco se trata de que este libro sea un constante factchecking biográfico. Otras anécdotas nos descubren facetas, por lo común desconocidas, de escritores que fueron mucho más —o mucho menos— que eso. En algunos casos, no en todos, tan solo en los más excepcionales, escribir no fue su principal dedicación en vida, si bien en la muerte solo se les recordó por la importancia de su obra literaria. Entre esas vertientes insospechadas de nuestros autores favoritos tenemos al Goethe fisionomista, al James Joyce empresario y pionero del cine, al Bécquer dibujante, al Mishima culturista, al Nabokov lepidopterólogo, a la Agatha Christie surfista o al Napoleón escritor (sí, también fue escritor, al igual que Julio César).

Por supuesto, en cualquier anecdotario que se precie no pueden faltar las acciones irracionales o estrambóticas de los escritores: Gógol quemando su obra, Emilia Pardo Bazán traficando con armas, Salinger bebiéndose su propia orina, Simenon escribiendo en un escaparate...

También hay anécdotas de y sobre los premios Nobel de Literatura —las polémicas que han rodeado al Nobel, al menos en esta categoría, siempre han sido una invitación a la anécdota—: Hemingway, Neruda, Pasternak, Bernard Shaw, Laxness, Selma Lagerlöf, Gabriela Mistral, y hasta el reciente Jon Fosse, entre otros.

Sobre la pregunta del millón, qué criterio he seguido para seleccionar a los cien escritores que forman parte del anecdotario, la respuesta es muy sencilla: ninguno. O en cualquier caso, ninguno objetivo o deliberado. Ante todo, ha primado el hecho de encontrar una anécdota que explotar, o un suceso del que tirar del hilo hasta dar con algo curioso y digno de ser contado. A veces me he topado con la anécdota por casualidad, otras la he tenido que buscar y, en una mayoría de los casos, no la he encontrado y el escritor se ha salvado —de momento— y no ha entrado en la lista.

También ha tenido que ver en la selección mi voluntad de aprovechar la oportunidad que me daba este libro para descubrir nuevos autores o profundizar en otros que no conocía tanto, con el propósito añadido de que el lector me acompañe en estos descubrimientos.

Por otra parte, en efecto, no hay tantas mujeres como hombres entre los escritores escogidos. No se ha presentado la ocasión ni la he buscado. No me obsesiona el cupo; tampoco me obsesionan las posibles críticas que se produzcan por tal ausencia. Un buen libro de anécdotas tiene que saber generar las suyas propias.

De hecho, además de las que puedan llegar, os puedo contar ya unas pocas. El título no se me ocurrió a mí, tampoco la idea de un escritor gamberro para la cubierta, sino a mi mujer, Maitane, y qué gran título, ¿verdad? (El Quevedo de la portada es una genialidad de Sebastià Martí). El criterio de orden de aparición que finalmente hemos dado a los escritores, el cronológico por año de nacimiento, fue de mi editor, Gonzalo Eltesch.

A mí me ha restado la tarea de escribir estas páginas, y aunque el último mes de trabajo se me hizo algo duro intentando llegar a las malditas «100 anécdotas», porque todos sabemos que el 100 es un número redondo que en portada queda mucho mejor que 50 o 75, un número de esos que prometen más lectores —dejadme que viva en la ilusión de creerlo y, por lo pronto, gracias por contribuir a ello—, lo cierto es que me he divertido mucho con el proceso de investigar y redactar todas y cada una de ellas. También he aprendido una barbaridad sobre la vida y obra de los autores que forman parte del anecdotario y de la época que les tuvo que sufrir.

Ojalá haya quedado algo de ese espíritu con el que escribí el libro y sus anécdotas os regalen grandes sorpresas, momentos divertidos y hallazgos literarios que os impulsen a conocer y leer más de cuantos grandes escritores de (casi) todos los tiempos las protagonizan.

Docere et delectare.

2

Aristóteles desterrado (384-322 a.C.)

Sócrates, Platón y Aristóteles. El dream team de la filosofía ateniense tiene un foráneo entre sus filas. Aristóteles no nació ni murió en Atenas, y no gozó de la ciudadanía ateniense. Sí vivió en Atenas, aunque marchó de allí en dos ocasiones, partidas siempre jalonadas por las más fúnebres circunstancias: primero la muerte de su maestro Platón (347 a. C.); después la de un discípulo, Alejandro Magno (323 a. C.).

Los motivos de la primera salida de Atenas —como se verá después, decisiva— son meras especulaciones, pero tratándose este libro de un anecdotario, cabe presentar y dar pábulo a las tres más probables. Muerto Platón, había que elegir nuevo director para la Academia ateniense. Los candidatos, por su preparación y prestigio intelectual, eran tres: Aristóteles, Jenócrates y Espeusipo. Este último, sobrino de Platón por más señas, resultó el escogido para sucederle.

¿Fue descartado Aristóteles por su disenso ante el platonismo? Nunca lo sabremos a ciencia cierta; quizá no, dado que también Espeusipo, como buen sobrino, negaba la teoría de las ideas de su tío. ¿Marchó Aristóteles decepcionado ante la elección? Nunca lo sabremos a ciencia cierta; quizá no, dado que un macedonio sin ciudadanía ateniense tenía por norma muy difícil ostentar dicha posición. ¿Marchó ante la perspectiva de las complicaciones que traería para un macedonio rodeado de atenienses la guerra que había estallado entre ambas facciones? (Recordemos que un año antes de la muerte de Platón, Filipo II de Macedonia saqueó Olinto). Tampoco es posible saberlo a ciencia cierta.

Sea como fuere, el destierro de Aristóteles resultó decisivo para la historia de las ideas y la configuración del pensamiento occidental. Tras su paso por Aso y Mitilene, donde sumó discípulos procedentes de la escuela platónica —entre ellos Teofrasto, su futuro sucesor intelectual y tutor de su hija Pitias y su hijo Nicómaco—, es invitado a la corte de los macedonios para convertirse en el tutor de Alejandro Magno. El discípulo no hizo caso alguno de los ideales políticos del maestro, y lo demostró fundando un vasto imperio y revolucionando la administración tradicional griega, pero el maestro obtuvo a cambio la notoriedad suficiente para regresar triunfante a Atenas y crear su propio centro de estudios, el Liceo.

De esta escuela proceden la obra y tratados más importantes de Aristóteles, un legado que, acompañado de los comentarios de Averroes, impactaría más de doce siglos después con gran fuerza en el Occidente cristiano. Así, se volvieron a confrontar los conceptos platónicos y neoplatónicos adoptados por san Agustín con el nuevo y recién traducido pensamiento aristotélico que alcanzó su cúspide en la obra de santo Tomás de Aquino. Nunca un destierro nos alegró tanto.

3

Cicerón. Un poco de pluma, mucho de espada (106-43 a.C.)

«¡Oh tiempos, oh costumbres!» es una de las muchas famosas locuciones que plagan las Catilinarias, los cuatro discursos con los que un Marco Tulio Cicerón cónsul denunció entre noviembre y diciembre del 63 a. C. «la conjura de Catilina», como se conoció y debatió desde entonces la conspiración del senador Lucio Sergio Catilina contra la República —pero sobre todo contra la persona del primero, a quien siempre se enfrentó como su más fuerte oponente político—. Pues bien, se podría aplicar la máxima a la actuación misma de Cicerón en el desmantelamiento del complot, dando auténtica fe de su propósito.

Las Catilinarias son un ejemplo excelso de la retórica, del uso de la palabra y la astucia política; de ahí que sean estudiadas al detalle tanto por latinistas como por comunicadores, candidatos y gobernantes que quieren destacar en el arte de la palabra y de la persuasión. Resulta indiscutible la importancia de estos cuatro discursos de Cicerón para convencer al Senado de las peligrosas aspiraciones de Catilina —así como la intervención de otras célebres figuras de la historia de Roma, como Cayo Julio César o Marco Licinio Craso— y para presentarse a cambio como el salvador del Estado. Pero la palabra no fue el único recurso utilizado por Cicerón para hacer prevalecer su consulado, poniendo en duda por adelantado el tópico literario decimonónico, aquello de que «la pluma es más poderosa que la espada».

Lo sabemos bien: como señala la gran especialista y divulgadora del mundo romano Mary Beard, no hubo nadie más en la Antigüedad hasta san Agustín cuya vida esté documentada hasta el punto de «poder reconstruir una biografía plausible en términos modernos». Sin embargo, el paso del tiempo primó el luminoso recuerdo de sus intervenciones orales y encumbró su faceta como estadista y hombre de letras, tapando con eficacia el rastro de vileza y crueldad que también él dejó en la historia.

En la pugna política y elecciones contra Catilina por el consulado en el 63 a. C., Cicerón no dudó en aparecer ante las urnas con coraza bajo la toga y seguido de una guardia armada, «como si un político moderno —estima Beard— entrase en la asamblea legislativa ataviado con traje formal y una ametralladora colgada del hombro». Tras su victoria electoral, comenzó a recibir pruebas del violento complot que planeaba Catilina. Consiguió el visto bueno del Senado para proteger al Estado, y Catilina huyó de Roma al encuentro de su ejército, con el que no consiguió vencer a las legiones romanas. Él mismo cayó en combate.

Los colaboradores de Catilina fueron condenados a muerte por orden directa de Cicerón, en un ejercicio abusivo de sus poderes y sin mediar siquiera un juicio de farsa. Esta decisión le pasó factura al terminar su mandato, puesto que le costó el exilio, el descrédito reputacional una vez rehabilitado y la inquina de quienes le asesinaron veinte años más tarde, en el 43 a. C., en las guerras civiles que siguieron al brutal apuñalamiento colectivo de Julio César. Su mano derecha y su cabeza se clavaron en el centro de Roma para que todo el mundo pudiera participar de su mutilación. Otra sentencia, esta de origen bíblico, nos da la lección: «Quien a hierro mata, a hierro muere».

4

Julio César escritor (100-44 a.C.)

Teniendo en cuenta todo tipo de consideraciones, excepto las de carácter ético —al fin y al cabo, se trata de un dictador—, se puede afirmar con rotundidad que Julio César lo tenía todo, fue un verdadero genio en muchas cosas: un político sin parangón; un dechado de virtudes —las romanas, se entiende— que le hicieron modelo de grandeza para el conjunto de Occidente; un estratega militar como se han visto pocos en la historia de la humanidad; un excelso orador y a la postre, aunque se pase por alto y lo hayamos olvidado, un magnífico escritor.

Se ha perdido mucho del César escritor, sobre todo perteneciente a su obra poética; también tragedias y tratados astronómicos, etnográficos y de oratoria. Suetonio todavía conoció De la analogía, así como los poemas que describen el viaje de César a Hispania cuando fue gobernador en el sur, pero para entonces ya se habían extraviado una tragedia de Edipo, una colección de apotegmas y una oda a Hércules.

Han sobrevivido sus narraciones históricas Comentarios a la guerra de las Galias y Comentarios a la guerra civil. Suficiente para considerar a Julio César uno de los grandes representantes del periodo áureo de las letras latinas, junto con Salustio, y también con Tito Livio.

Ensalzadas como obras maestras ya en la Antigüedad, se han utilizado para estudiar latín desde la Edad Media en adelante, por su estilo claro, al mismo tiempo que elegante, y como libro de texto en Francia a partir de los tiempos de Napoleón, quien emuló a César en muchas facetas, también en la literaria, como se verá en el capítulo correspondiente.

Ninguna de las obras se halla completa, pero no por los azares destructivos de la historia, sino por la dejadez del dictador, que ante todo era un hombre pragmático. Usados como elementos propagandísticos de su persona política y militar, con los Comentarios a la guerra de las Galias intentó evitar sin éxito la guerra civil. Para cuando estalló, no tuvo sentido seguir escribiendo sino sobre el conflicto mismo. De nuevo, acabado el fratricidio, continuar los Comentarios a la guerra civil careció a su vez de sentido. En ambos casos fue su legatus Aulo Hircio, apoyándose en materiales del dictador, quien dio continuidad y fin a ambas obras.

Para acompañar y reforzar el aura artística de Julio César hay que recordar que, como tantos otros escritores de la historia de la literatura que sí lo han sido, se creyó durante milenios que fue epiléptico. César no dejó nada escrito sobre sus ataques, pero Plutarco, Suetonio o Apiano lo apuntaron en sus textos. A la postre, esta era tenida por una enfermedad sagrada; le sería poco útil en el campo de batalla, pero resultó un apoyo extra para reforzar su imagen divina.

Hoy la epilepsia le habría hecho confraternizar con otros escritores que la padecieron, como Dostoievski, pero los investigadores Francesco Galassi y Hutan Ashrafian, del Imperial College de Londres, han señalado que todo apunta a que los síntomas recogidos en los textos del momento no habrían sido causados por la epilepsia, sino por pequeños derrames cerebrales.

5

Los tres Garcilasos de la Vega (1501/1503[?]-1536)

Uno de los ejemplos por antonomasia del poeta soldado, con permiso del manco de Lepanto, fue el del renacentista Garcilaso de la Vega. Aunque se discute el año de su nacimiento, si aceptamos como referencia el de 1503, que es el que propuso Fernández de Navarrete, su primer biógrafo, Garcilaso andaba por los diecisiete cuando entró al servicio del emperador Carlos I de España. Así inició una exitosa carrera militar que le llevaría a combatir en la guerra de las Comunidades de Castilla, la campaña de Fuenterrabía y de Florencia, la Jornada de Túnez y, finalmente, la guerra italiana contra Francisco I de Francia.

En esta última campaña, en Provenza, lo hirieron durante el asalto a la fortaleza de Le Muy y, trasladado a Niza, murió a causa de sus heridas dos semanas más tarde, el 14 de octubre de 1536.

En paralelo, y gracias a sus estancias por motivos cortesanos o bélicos en Nápoles, Garcilaso se convertirá en el gran representante del Renacimiento castellano, con innovaciones líricas tomadas de Petrarca, Sannazaro y Ariosto que cambiaron por completo la forma de hacer versos en la poesía española.

Otro Garcilaso de la Vega, este soldado, pero no poeta, fue Sebastián Garcilaso de la Vega. Llegó a Perú desde Guatemala como parte de la expedición del adelantado Pedro de Alvarado, en busca de nuevas conquistas, y se quedó a cargo del clan de los Pizarro, después de que estos dieran a Alvarado cien mil pesos de plata a cambio de abandonar el reino y evitar nuevos enfrentamientos entre conquistadores. Bajo la protección de los Pizarro, el capitán Sebastián Garcilaso de la Vega llegó a ser alcalde de Cuzco, capital del Imperio incaico.

Allí, fruto de la relación del capitán con la princesa inca Isabel Chimpu Ocllo, nació en 1539, apenas tres años después de que nos dejara el primero, nuestro segundo Garcilaso de la Vega. En su partida de bautismo figura como Gómez Suárez de Figueroa, adopción privilegiada del nombre del primer conde de Feria, del que era descendiente. En 1560 emprende rumbo a España y pocos años después de su llegada, a los veintitrés —una edad parecida a la del primer Garcilaso—, toma las armas y adopta el nombre de Inca Garcilaso de la Vega, representación de sus orígenes mestizos con el que se le conocerá en la posteridad, tras dejar la espada y cambiarla por la pluma, como el «príncipe de los escritores del Nuevo Mundo».

Tanto Garcilaso de la Vega, tanto guerrero y tanto poeta junto no podía ser fruto de la casualidad. Todos eran familia: el primer Garcilaso de la Vega fue tío del segundo, por lo que el tercero fue sobrino nieto del primero.

GARCILASO EL INCA VUELVE A PERÚ

En cumplimiento de las disposiciones testamentarias de su padre, Garcilaso de la Vega (de los tres, el Inca) viajó a España en enero de 1560, y nunca más regresó a América. Bueno, no vivo, desde luego. El 25 de noviembre de 1978, en un viaje del rey Juan Carlos a Perú, el monarca depositó en la catedral de Cuzco una arqueta con una parte de las cenizas procedentes de la capilla de las Ánimas del Purgatorio de la mezquita-catedral de Córdoba, como gesto de unión entre culturas hermanas.

6

Vidas paralelas de Mateo Alemán (1547-1614)

El pícaro por antonomasia, pese a lo que creen los de la LOGSE y subsiguientes, no está en Lazarillo de Tormes; este fue tan solo, como planteó Mainer, «un precedente necesario». El modelo de pícaros se halla en Guzmán de Alfarache, de Mateo Alemán.

Con la fama que ha adquirido el antihéroe en nuestros días —historicismos con el xvi y el xvii aparte, será que los tiempos de crisis, da igual cuándo, derivan en la veneración de estos arquetipos artísticos—, uno no puede sino recordar que el ínclito protagonista de esta historia superventas de su época, escrita y publicada entre lo mejor del Siglo de Oro y casi lo peor de la degradación del Imperio español —faltaba Felipe IV y Westfalia para que el desmoronamiento fuera definitivo— fue un ladrón, un estafador y un proxeneta. Esta es la cruda verdad.

El más grande escritor de todos los tiempos vivió también en aquel tiempo, y publicó la más grande de todas las obras literarias en fechas muy similares. En vida y en obra, Cervantes y Mateo Alemán presentaron no pocos paralelismos.

Los dos trabajaron para la administración como funcionarios de la Corona, fueron denunciados por sus tejemanejes con el dinero público y privado, y acabaron presos. Los sinsabores del peculio se extendieron al matrimonio, que buscaron para saldar deudas y no terminó bien para ninguno de ellos. Doctos fueron, y mucho, pero sin título de licenciado, y eso que Alemán llegó a cuarto de Medicina, carrera que, junto con la de Leyes, dejó sin finalizar.

Publicaron la primera parte de sus respectivas obras cumbre —porque ambos la editaron en dos partes— en años cercanos, dando nacimiento sin saberlo a la novela moderna. El primer libro del Guzmán apareció en 1599; el primero del Quijote, en 1605. Antes Alemán que Cervantes, aunque mejor Cervantes que Alemán. Un poco por eso y un mucho por otros motivos todos vergonzantes para el nivel cultural de nuestro país, injustamente bastante más olvidado Alemán que Cervantes. No obstante, regalaron a la posteridad las aventuras de dos tipos inolvidables, «un galeote arrepentido y un hidalgo chiflado», como los describió Florencio Sevilla.

Aún hay más en esta anécdota de vida y obra paralelas, pues a ambas primeras partes les salieron segundas apócrifas. Si Cervantes tuvo al anónimo Alonso Fernández de Avellaneda, Mateo Alemán tuvo a Mateo Luján de Sayavedra —sobrenombre de un desconocido valenciano, Juan Martí, cuyo más alto logro en la literatura fue apropiarse de la obra de otro–. Y ambos se dedicaron con indisimulado disfrute a la par que preocupación, y una genialidad pocas veces igualada, a desautorizar los apócrifos en sus prólogos.

7

El ingenio de Cervantes >y de su ingenioso hidalgo (1547-1616)

A don Quijote no se le podía llamar oficialmente «loco» porque ya tenía lo suyo con tanta lectura y ser caballero en esta España nuestra. Pero algo había que llamarle y pronto, porque corre la primavera de 1604 y apenas quedan unos meses para que entre en el taller de Cuesta, del que saldrá impreso el primero de diciembre.

No es lo único que queda por decidir

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