1
Margot Silverman oye los cascos del caballo repicando sobre la madera astillada mientras galopa por el sendero iluminado.
El cielo está negro y el aire de agosto es fresco.
Los árboles desfilan rápidamente junto a ella y van oscureciéndose hasta que se desvanecen del todo, y luego resurgen bajo la luz de la siguiente farola.
Margot es jefa del Departamento Operativo Nacional de la policía. Monta a caballo cuatro veces por semana en Värmdö. Le ayuda a vaciar la mente y reencontrarse a sí misma.
El tempo le acelera el pulso.
El caballo se precipita por el estrecho camino.
Puede vislumbrar a ambos lados del sendero árboles caídos con las raíces al aire, la maleza del sotobosque y un jersey mojado con una cara sonriente que alguien ha colgado en una barrera.
Margot se inclina hacia delante y nota la velocidad del aire en los ojos y en los labios.
Mientras galopa, el cuerpo del caballo se vuelve asimétrico: la mitad interior de su lomo es más alto que la mitad exterior.
Cada paso de tres tiempos termina con la pata delantera derecha dándose impulso, desapareciendo así todo contacto con el suelo.
Durante esos pocos segundos que permanecen en el aire, siente un cosquilleo en la entrepierna.
Cautullus es un caballo castrado, de raza sueca y de sangre caliente, patas largas y cuello robusto. A Margot le basta con poner hacia atrás las piernas y adelantar las caderas para que empiece a galopar.
La trenza le rebota en la espalda cada vez que el animal golpea los cascos contra el suelo.
Un corzo cruza corriendo un claro, agitando los helechos a su paso.
Las bombillas de las farolas de la última recta están fundidas y Margot ya no ve nada delante. Cierra los ojos, confía en la visión nocturna de Cautullus y se deja llevar por sus movimientos perfectos y ondulantes.
Cuando abre de nuevo los ojos, ve el resplandor de la hípica entre los árboles y reduce la marcha a trote alzado.
El sudor le recorre el canalillo y la espalda, y nota el ácido láctico quemando en los muslos y las ingles tras una hora de entrenamiento a intervalos.
Entra al paso por la verja y baja del caballo.
Son casi las once y su Citroën plateado es el único coche que queda en el aparcamiento.
Lleva a Cautullus a oscuras en dirección a la cuadra. El bocado cruje débilmente y los cascos golpean sordamente la hierba seca y chafada.
Unos golpes fuertes atraviesan las paredes desde alguno de los boxes.
Cautullus se para en seco, levanta la cabeza y retrocede ligeramente.
—¿Qué pasa? —pregunta Margot, y echa un vistazo a la oscuridad que rodea el tractor y las ortigas.
El caballo está asustado y resopla por la nariz. Ella le acaricia el cuello e intenta guiarlo hasta la entrada del establo, pero el animal se niega a obedecer.
—Bonito, ¿qué ocurre?
El caballo se estremece y luego se gira de golpe hacia un lado, como si estuviera a punto de salir disparado.
—Sooo —dice ella para frenarlo.
Margot sujeta las riendas con firmeza y lo obliga a trazar un semicírculo por la hierba alta hasta el patio de gravilla.
Los tres apliques exteriores de la fachada proyectan tres sombras afiladas a todos los objetos.
Cautullus resopla y baja la cabeza.
Margot mira hacia la oscuridad del hastial y siente un escalofrío a pesar de no ver nada.
No se quita el casco hasta que entran en el establo iluminado. Tiene la punta de la nariz enrojecida y la trenza rubia le cuelga pesada sobre la tela acolchada de la chaqueta. Los pantalones de montar están sucios por encima de las botas.
Huele intensamente a heno y a excremento.
Los caballos están en silencio en sus boxes.
Margot guía a Cautullus por el pasillo de las cuadras hasta la ducha, le retira la silla y la cuelga en el cuarto de aperos con calefacción.
Unos estribos tintinean contra la pared de madera.
Margot piensa lavar a Cautullus, echarle una manta por encima, darle comida en el box, ponerle un poco de sal extra, apagar las luces y marcharse a casa.
Se toca el bolsillo de la chaqueta para comprobar que no se le ha caído la vieja petaca de plata de su padre. Está llena de gel hidroalcohólico. No es que sea muy práctico, pero cree que le trae suerte y además le sirve de broma recurrente.
La puerta que da al patio de grava cruje levemente.
A Margot le invade una sensación desagradable. Regresa al pasillo del establo y se queda mirando fijamente la puerta.
Cautullus mueve las patas en la ducha. Las gotas caen perezosas de la boca de la manguera y un reguero oscuro bordea el raspador de sudor hasta deslizarse por el sumidero.
Uno de los caballos del principio del pasillo resopla. Unos cascos golpean el suelo. El armario eléctrico de la pared emite un zumbido.
—¿Hola? —dice Margot.
Contiene la respiración, se queda un rato inmóvil con los ojos clavados en la puerta y en la oscuridad del otro lado de la ventana, hasta que se vuelve de nuevo hacia Cautullus.
La lámpara de techo se refleja en el ojo negro y convexo del caballo.
Margot titubea un instante, luego saca el teléfono y llama a Johanna. Al ver que su mujer no contesta, se le revuelve el estómago debido a la ansiedad. Margot lleva dos semanas sintiéndose observada, hasta el punto de preguntarse si el Servicio de Investigación Especial o la Säpo, la policía secreta, podrían estar vigilándola por alguna razón. Ella no es una persona paranoica, en absoluto, pero un par de llamadas anónimas y unos pendientes desaparecidos hace que se pregunte si Johanna o ella podrían tener algún acosador.
Margot intenta llamar de nuevo, los tonos se suceden y caen como una plomada en aguas profundas. Pero, justo antes de que salte el buzón de voz, se oye un carraspeo.
—Empapada y desnuda —dice Johanna al otro lado.
—¿Por qué será que cada vez que te llamo te estás duchando? —dice Margot con una sonrisa.
—Espera, te pongo en altavoz…
Se oye un ruido y luego cambia el sonido. Mientras, Margot se imagina a Johanna sin ropa en el dormitorio bien iluminado que comparten, completamente visible desde el jardín de manzanos.
—¿Hola?
—Me estoy secando —dice Johanna—. ¿Ya estás de camino a casa?
—Solo me falta enjuagar al pequeño.
—Conduce con cuidado.
Margot oye que Johanna se está secando con una toalla mientras hablan.
—Corre las cortinas y comprueba que la puerta esté cerrada por dentro.
—Eso me recuerda a Scream —dice Johanna—. En realidad, estás en el jardín, mirándome, y antes de que me dé tiempo de echar el cerrojo te habrás metido en la casa.
—No tiene gracia.
—A la orden, jefa.
—Ya no quiero ser jefa de nada, no es lo mío, lo de inspectora sí se me daba bien, aunque fuera un poco prepotente, pero como jefa…
—Venga ya —la interrumpe Johanna—. A mí me gustaría tenerte de jefa.
—Oh là là —dice Margot riendo, y de pronto se siente más animada.
Johanna baja los estores y la cuerda tintinea contra el radiador.
—Venga, pon la sirena y ven a casa —dice esta a cierta distancia del teléfono.
—¿Las niñas se han acostado bien?
—Alva se pregunta si prefieres tu caballo antes que a ella.
—Ay —exclama riendo Margot.
En cuanto finaliza la llamada, Margot vuelve a notar esa sensación desagradable en el cuerpo. El tintineo contra el radiador se prolonga unos segundos antes de cesar del todo. «Tiene que haber venido de aquí, del establo», piensa Margot. Suele sonar así cuando los cubos que están colgados en el pasillo se balancean y chocan entre sí.
Uno de los caballos pega el costado y el muslo a la pared, haciéndola crujir.
Margot se vuelve hacia la puerta.
Le da la impresión de que hay una persona alta tratando de esconderse entre las sombras junto a la despensa de pienso.
Seguramente se trate del armario donde guardan las escobas, las palas y los rastrillos para los excrementos, aunque parece que esté más cerca de lo que correspondería.
El viento zumba sobre el tejado de zinc y hace que las ventanas tiemblen sobre sus bisagras.
Margot cruza el pasillo de las cuadras. Las rejas de delante de los boxes le titilan en el rabillo del ojo a medida que avanza; las cabezas pesadas de los caballos brillan bajo la luz de la lámpara de techo.
Se obliga a no volver a llamar a Johanna y pedirle que compruebe que la puerta de la cocina está cerrada por dentro, porque a las niñas les cuesta echar el cerrojo debidamente.
Lo que tiene que hacer ahora es terminar de atender a Cautullus y luego irse a casa, darse una ducha, meterse en la cama caliente y dormir.
La luz parpadea y se vuelve más débil.
Margot se detiene y aguza el oído, echa un vistazo al vestuario, más allá de la ducha.
Todo está en silencio, y luego se oye como un tictac acelerado, como si hubiera una bola de alambre rodando por el suelo.
Al darse la vuelta, el sonido se interrumpe de golpe. Resulta imposible determinar de dónde provenía.
Se apoya en la puerta de una cuadra con una mano y mira de nuevo hacia la puerta.
El tictac se acerca rápidamente por detrás.
Cautullus levanta inquieto la cabeza al tiempo que Margot nota un fuerte golpe en las lumbares. Un caballo debe de haberle dado una coz, piensa ella, mientras cae de bruces.
El mundo desaparece en un abrir y cerrar de ojos.
La cabeza está a punto de estallarle.
Margot yace bocabajo; le sangran los labios y la frente debido al impacto contra el suelo de hormigón. Siente una quemazón y una presión extrañas en la espalda.
Un olor amargo flota en el aire.
Cuando se da cuenta de que alguien le ha disparado, empieza a oír un fuerte pitido. Los caballos están asustados, todos se mueven en los boxes, golpean las paredes, agitan las patas y resoplan con fuerza.
Sí, le han disparado. Está sangrando mucho y su corazón late desbocado.
—Dios mío, Dios mío…
Piensa que tiene que levantarse, coger el coche, irse a casa y explicarles a sus hijas que las quiere más que a nada en el mundo.
Alguien se acerca caminando, y de pronto a Margot le aterra la idea de morir.
Se oye un chirrido, seguido del tintineo contra el radiador.
Margot no siente nada de cintura para abajo, pero nota que alguien la está arrastrando por las piernas en dirección a la puerta.
Su cadera raspa contra el suelo.
Margot intenta sujetarse a un balde de pienso seco, pero está demasiado débil.
Un cubo vuelca y rueda unos palmos.
La chaqueta y el jersey se le suben.
Respira de forma acelerada; es consciente de que la bala le ha dado de lleno en la columna vertebral. El dolor se le propaga a oleadas por el abdomen.
Son como hachazos que solo se notan en una dirección.
Mientras la arrastran por el suelo, Margot se siente como un animal sacrificado, como una corteza en la corriente de agua, como un zepelín sobre los campos.
Empieza a tener pensamientos extraños.
Margot sabe que no puede rendirse, que debe seguir luchando, pero está tan débil que ya no tiene fuerzas para mantener la cabeza erguida.
Se raspa la nariz, la boca y la barbilla contra el suelo de hormigón.
Lo último que Margot ve antes de perder el conocimiento es el rastro brillante de sangre que deja en el suelo.
2
Lisa está de espaldas a la ventana, con la mano que sujeta la copa empañada del combinado apoyada en el alféizar.
Es plena noche y se encuentra en una casa de una sola planta en Rimbo, junto con dos hombres.
Uno tiene cincuenta años, lleva traje y camisa azul celeste, el pelo corto, con canas en las sienes, y parece tener el cuello un tanto rígido. Tira la cubitera de plástico vacía en el fregadero, vierte ginebra en una jarra y luego añade tónica.
El otro tiene poco más de veinte años, es ancho de espaldas y alto. Lleva el pelo rapado, tiene las palmas de las manos de color blanco hueso y está fumando junto al extractor de la cocina.
Lisa dice algo y se lleva una mano a la boca cuando ríe.
El hombre más mayor sale de la cocina y a los pocos segundos se enciende la luz del cuarto de baño. Desde fuera se puede ver su silueta al otro lado de las finas cortinas.
Lisa, que acaba de cumplir veintinueve años, lleva una falda plisada y una blusa gris plateada que se ajusta sobre sus pechos. Su cabello es oscuro y brillante.
Nació con el paladar hendido y tiene una cicatriz blanca en el labio superior.
El hombre más joven mete la colilla del cigarro en una lata de cerveza, se acerca a Lisa y le muestra algo en su teléfono. Observa con una sonrisa su reacción, dice algo en voz baja y le aparta un mechón de pelo de la mejilla.
Ella lo mira a los ojos, se pone de puntillas y le da un beso. Él se pone serio, echa un vistazo al pasillo y luego se inclina hacia delante y le da un beso largo.
Saga Bauer los observa en la pantalla de la cámara, ve cómo el hombre joven mete la mano por debajo de la falda de Lisa y le acaricia entre las piernas, por encima de las medias y las bragas.
Es plena noche y la pequeña urbanización está en silencio.
Desde hace una hora, desde la valla que separa el jardín del vecino, Saga ha estado vigilando la casa a través de los ventanales encaramada sobre una carretilla, junto a la alta valla que separa ambas casas.
La luz de la cocina y el salón se desparrama sobre los troncos rectos de los pinos y las piñas en la hierba seca.
El hombre mayor vuelve y se detiene en el umbral de la puerta de la cocina. Los otros dos dejan de besarse y se acercan a él.
Saga apoya el objetivo de la cámara en el canto de la valla de madera para obtener una imagen más estable, pero los tres individuos ya se han metido pasillo adentro.
El marido de Lisa iba a la misma clase que Saga en la academia de policías y pronto ingresó en la policía de Norrmalm. Él sospecha que su mujer le es infiel cuando él trabaja de noche, pero aún no la ha confrontado.
Antes de hacerlo, ha preferido ponerse en contacto con la agencia de detectives para la que Saga trabaja actualmente. A pesar de habérselo advertido en su primer encuentro y explicarle que uno no siempre desea saber la verdad, él decidió contratarla igualmente.
En este momento, Lisa está con los dos hombres cerca del dormitorio, que permanece a oscuras. No es posible ver lo que están haciendo, pero sus sombras se mueven por encima de los marcos y de la puerta abierta.
Saga comprueba que la cámara de grabación funciona correctamente.
La pantalla está negra, hasta que uno de los hombres enciende la lámpara de pie que hay junto a la mesilla de noche. Los tres se han quitado casi toda la ropa. Lisa está de espaldas a la ventana, se baja las bragas, se las quita y luego se rasca la nalga derecha.
La goma de las medias le ha dejado unas marcas alrededor de la cintura y tiene moratones en uno de los muslos.
Las paredes del dormitorio son de color miel y la gran cama tiene un cabecero de latón con ornamentos.
La lámpara se refleja en el cristal de una foto colgada del boxeador George Foreman.
El hombre más joven se sienta en el borde de la cama, tapando con su cuerpo la mayor parte de la luz de la lámpara.
El mayor se tumba y saca un condón del primer cajón de la mesilla. Lisa se acerca, se sienta a horcajadas sobre su espinilla y espera a que esté listo.
Ella le dice algo y él coge un cojín amarillo del suelo y se lo pone debajo del culo.
Lisa se coloca encima de él y le besa el pecho y la boca. Justo antes de penetrarla, la cara de Lisa vuelve a desaparecer entre las sombras.
El más joven sigue sentado en el borde de la cama, estimulándose para aumentar su erección y poder ponerse un preservativo.
Los golpes acelerados del coito se propagan hasta la lámpara de pie y los flecos dorados de la pantalla tiemblan con cada sacudida.
Saga espera pacientemente a que la cara de Lisa se haga de nuevo visible.
Mientras su rostro no se vea claramente en la grabación durante el coito, Lisa puede negar que haya sido infiel a su marido. Siempre puede aducir que está arrepentida por haber besado a otro hombre y asegurar que abandonó la casa justo cuando llegó la otra mujer.
Los mecanismos de negación siempre colaboran con los de la mentira.
Una luz se enciende en la casa que Saga tiene detrás.
Lisa se detiene, apoya una mano en la espalda del más joven y dice algo. Él se estira para coger una botella de lubricante que hay en la otra mesilla.
Lisa se queda a horcajadas sobre las caderas del más mayor y se inclina hacia delante, mientras el más joven se coloca de rodillas detrás de ella.
Los muslos de Lisa tiemblan de dolor cuando el joven la penetra analmente. Los tres se quedan un rato quietos, y luego los dos hombres comienzan a empujar despacio.
La luz sigue siendo demasiado débil.
Saga oye a alguien moviéndose en el césped que tiene detrás, echa un vistazo por encima del hombro y supone que se trata del vecino, que la ha descubierto.
—Esto es un terreno particular —dice—. No puedes…
—Policía —lo interrumpe ella, y lo mira—. Mantén la distancia.
El hombre tiene bigote blanco y chaleco de cazador. Se acerca con mirada nerviosa.
—Déjame ver tu placa —le dice.
—Enseguida —responde Saga, y vuelve a mirar la cámara.
La contraluz se extiende más allá de los tres en la cama y arroja una sombra sobre el cristal sucio de la ventana. Por momentos, al hombre más joven se le ve la cara de perfil, la nariz y la boca tensa. Un trozo de cuerpo húmedo brilla bajo la luz, nalgas que se agitan, una nuca inclinada y muslos contraídos.
—Llamaré a la policía —le advierte el vecino.
Uno de los tres le da un golpe sin querer a la mesilla de noche, haciendo que la lámpara de pie vuelque y se quede apoyada en el sillón.
De pronto la cara de Lisa queda completamente iluminada. Tiene la boca abierta y las mejillas rojas. Dice algo y cierra los ojos, sus pechos blancos se agitan y unos mechones de pelo se balancean delante de su cara.
Saga filma un rato más antes de parar la grabación, le pone la tapa al objetivo y se baja de la carretilla. El vecino se aparta hacia atrás con el teléfono a la oreja cuando ella pasa por su lado. Ella le muestra su placa no válida de la Säpo al tiempo que el hombre contacta con el operador de emergencias.
Saga cruza el césped del jardín, pasa por encima de la valla de madera y luego sigue la calle hasta el embarcadero. Tiene la moto en el aparcamiento que hay junto a los contenedores de basura.
Después de guardar la cámara en su bolsa, llama a su jefe y observa las rocas lisas y el agua oscura.
—Henry Kent —dice él al descolgar.
—Disculpa que te llame tan tarde —dice ella—. Pero querías que te informara…
—Es lo que hay —la interrumpe él.
—Vale, pues ya he terminado y lo tengo todo grabado.
—Bien.
Saga lleva la melena rubia recogida en una coleta y, pese a las bolsas oscuras bajo los ojos y la arruga profunda y vertical en la frente, sigue siendo extraordinariamente hermosa.
—Me preguntaba si… Como es tan tarde ya, ¿podría llevar mañana la cámara a la oficina?
—Hay que entregarla directamente —responde él.
—Es que me tengo que levantar temprano y…
—¿Es que no me has entendido? —la interrumpe él alzando la voz.
—No, pero…
Se queda callada al comprender que él ha cortado la llamada. Suelta un suspiro y se guarda el teléfono en el bolsillo interior de la chaqueta, se sube la cremallera, se pone el casco y se monta en la moto. Sale del aparcamiento y enfila la calle que atraviesa la urbanización.
Después de su larga baja laboral, Saga no quería volver a su trabajo en la policía secreta, por lo que presentó una solicitud para el DON, el Departamento Operativo Nacional. El jefe de personal le dijo que no había ninguna vacante libre, pero que, sin duda, estaban muy interesados en sus competencias y le prometió que hablaría de ello a la directiva.
A pesar de sentirse perfectamente preparada para volver a trabajar en la policía, Saga necesita el visto bueno del psicólogo interno del Centro de Crisis y Traumas para que esto sea posible.
A la espera de esa aprobación, Saga sigue trabajando para la Agencia de Detectives Kent AB, lidiando con infidelidades y comprobación de antecedentes. Aparte del trabajo de detective, dedica casi todo el tiempo libre a hacer de personal de apoyo a dos menores con síndrome de Down.
Saga vive sola, pero mantiene una relación sexual con el anestesiólogo que sedó a su hermanastra en el hospital Karolinska de Huddinge hace más de tres años.
Cuando apaga la moto delante de la oficina de la agencia de detectives, en la calle Norra Stationsgatan, ya son las tres y media de la mañana. Introduce el código en la cerradura electrónica del portal y coge el ascensor hasta la tercera planta, abre la oficina y desactiva la alarma.
Como hace habitualmente, Saga mira el correo en la bandeja de plástico que hay junto a la puerta y ve una pequeña caja de cartón precintado con su nombre. Se la lleva a su cubículo, la deja sobre el escritorio y se sienta. Tras acceder a su cuenta en el ordenador, saca la tarjeta de memoria de la cámara, la introduce en el lector, descarga el archivo de vídeo y lo guarda.
Saga se siente muy cansada. Su mirada se pierde entre el tráfico nocturno de Norrtull del otro lado de la ventana, en las carreteras, los puentes y las bocas iluminadas de los túneles.
Cuando el disco duro del ordenador empieza a traquetear, sale de su ensimismamiento y se levanta, va hasta la caja fuerte para guardar la cámara y regresa a su mesa.
Con los ojos escocidos por la falta de sueño, rasga el precinto marrón, abre la pequeña caja de cartón, la coloca bajo el foco de la lámpara, introduce la mano derecha y saca un paquetito hecho con un dibujo infantil arrugado.
Despliega el dibujo sobre la mesa de escritorio. En su interior hay un pequeño hatillo de tela blanca de encaje.
Saga coge un bolígrafo y lo usa para retirar la tela que envuelve un objeto gris.
Es una figurita de hojalata de no más de dos centímetros de alto.
La luz se refleja en el material gris.
Saga gira el foco y ve que la figurita representa a un hombre con una barba poblada y un abrigo estrecho de hombros.
3
Los cristales rotos de la moqueta, que cubre todo el suelo, crujen bajo los pies de Joona Linna mientras atraviesa sin prisa la habitación de hotel.
El hombre de rostro arrugado cuelga de la soga con el cuello roto y se balancea con un leve chirrido hacia delante y hacia atrás en el hueco de la ventana.
La parte delantera de la camisa se ha oscurecido debido a la sangre que ha rezumado desde la herida provocada por la cuerda.
Unas esquirlas de cristal caen sobre el alféizar que hay debajo de él.
Su último susurro resuena como un eco en la cabeza de Joona.
Las palabras se retuercen como una serpiente en su interior, sin hallar consuelo ni una vía de salida.
Joona sabe que el hombre ahorcado está muerto, que tiene la nuca partida, pero, aun así, debe tomarle el pulso.
Con cuidado, alarga la mano hacia el cuerpo inerte, cuando de pronto suena el teléfono.
Entonces Joona abre los ojos, coge el teléfono de la mesilla de noche y responde con voz apagada antes de que llegue a sonar el segundo tono.
—Disculpa que te llame a estas horas —dice un hombre al otro lado de la línea.
Joona se levanta de la cama, ve que Valeria entreabre los ojos somnolientos, le acaricia la mejilla y se va a la cocina con el teléfono pegado a la oreja.
—¿De qué se trata? —pregunta en voz baja.
—Me llamo Valid Mohammed, trabajo en la policía de Estocolmo Sur… Verás, el ciento doce recibió una llamada a las doce y media de la noche de Johanna, la esposa de Margot Silverman… Margot se fue a la hípica de Beatelund, cerca de Gustavsberg, en Värmdö, sobre las nueve, y debería haber vuelto a casa hace horas. Johanna no podía dejar a las niñas solas en casa, pero estaba preocupada por si Margot había sufrido un accidente, así que la centralita ha enviado una patrulla… y los compañeros que han ido hasta allí acaban de informar de la situación… No han encontrado a Margot, pero por lo que parece hay una gran cantidad de sangre en el suelo, dentro del establo… No sé, he pensado que querrías saberlo.
—Gracias, voy para allá ahora mismo —contesta Joona—. ¿Puedes encargarte de que nadie toque nada? Es importante, diles a tus compañeros que no hagan nada hasta que yo llegue. Yo me ocupo del caso; llevaré a mi propio técnico.
Joona cuelga, llama a su viejo amigo Erixon y lo pone al día de lo sucedido.
Ahora son las dos y cinco de la madrugada.
El coche patrulla ha llegado a la hípica hace tres cuartos de hora.
Han pasado noventa y cinco minutos desde que Johanna llamó al ciento doce.
No tiene ningún sentido montar controles de carretera. Lo único que pueden hacer ahora es examinar el escenario y tratar de descubrir qué ha pasado.
—De acuerdo —susurra Erixon.
—Sé que tienes problemas de espalda, pero nece…
—No hay problema.
—Necesito al mejor técnico que tenemos —le explica Joona.
—Pero, como él no te lo ha cogido a estas horas intempestivas, me has llamado a mí —bromea Erixon en un intento de ocultar su preocupación.
Tras quedar en encontrarse en la entrada de los establos, Joona vuelve al dormitorio y empieza a vestirse. Valeria se levanta de la cama y se pone una rebeca por encima del fino camisón.
—¿Qué pasa? —pregunta.
Joona se pone rápidamente el reloj de pulsera que le regaló su hija Lumi, quien lo eligió porque, según ella, la esfera tenía el mismo color gris que los ojos de su padre.
—Me ha llamado un compañero —responde él mientras se abrocha los pantalones—. Tengo que irme, es…
Se queda callado y mira a Valeria a los ojos.
—Alguien a quien conoces —señala ella.
—Sí, es Margot, no ha vuelto a casa después de ir a montar a caballo —contesta él al tiempo que se pone la camisa.
—¿Qué han dicho los primeros agentes en llegar?
—Han encontrado su coche y también sangre dentro el establo —responde él.
—Dios mío…
—Lo sé.
Se apresura hasta el armero, introduce el código, saca su Colt Combat, se pasa la sobaquera por el hombro y tensa las correas de camino al recibidor. Valeria lo sigue, le da un beso fugaz y cierra la puerta. Joona corre en dirección a los ascensores.
Mientras las puertas del garaje se abren, Joona piensa en Margot y en el día en que se conocieron. Ella estaba al final de su embarazo, acababan de nombrarla inspectora y dejó que Joona participara en una investigación que ella llevaba a cabo a pesar de que él ya no era policía.
Sube la rampa con el coche y sale al estrecho callejón de atrás, dobla a la izquierda por la avenida Sveavägen y aumenta la velocidad rumbo a Klaratunneln.
A estas horas apenas hay tráfico.
Estocolmo desaparece detrás de él. Bloques de pisos y centros comerciales van desfilando por su lado y luego, naves industriales, zonas residenciales y puentes vertiginosos que cruzan ensenadas y bahías.
Joona es inspector de policía en el Departamento Operativo Nacional. Ha resuelto más casos de asesinato de gran complejidad que ningún otro policía en todo el norte de Europa. Desde hace seis años vive con Valeria de Castro y tiene una hija adulta de su matrimonio anterior.
En cada lado de la entrada de los establos hay un coche patrulla.
Las luces azules barren los árboles y el asfalto. Da la impresión de que se trata de agua impulsada por el suelo por fuertes rachas de viento.
La furgoneta de Erixon está aparcada al otro lado del camino. Vive en Gustavsberg, apenas a cinco minutos de allí.
Joona se detiene en el arcén y baja del coche, se acerca a los compañeros, los saluda y les pide que corten el acceso a la zona.
El aire de la noche es fresco.
Todo está en silencio y a oscuras; ahí no hay más edificación que los establos, tan solo bosque y prados.
El enorme cuerpo de Erixon se mueve bajo la luz de los faros de la furgoneta. Está de pie delante de las huellas de neumático que los coches que han salido a la carretera de Ingarö han dejado en la arena; vierte yeso líquido en todas y cada una de ellas, procurando sacar moldes de una vuelta entera de neumático.
—Esperemos que solo se trate de un malentendido —dice en voz baja.
—Sí —responde Joona.
Se sientan en el vehículo de Erixon y suben el corto tramo hasta el establo. Los faros abren un túnel de árboles blancos y hierba en la oscuridad.
El camino de gravilla cruje bajo el peso de las ruedas.
Pasan junto a una hilera de tolvas automáticas y un paddock apelmazado, hasta que ven el coche de Margot en el aparcamiento.
Erixon gira para ponerse a su lado y apaga el motor.
Todavía es pronto para comentar nada sobre lo sucedido. Se ponen los monos de un solo uso y se acercan al vehículo, le hacen fotos y luego enfocan sus linternas hacia las ventanillas.
La luz se refleja en los cristales y luego se expande por el interior: volante y asientos, una lata de bebida energética en el hueco de la consola, envoltorios de caramelos y una carpeta gruesa del DON.
Enfilan hacia el edificio de las cuadras.
Los focos del primer coche patrulla que ha llegado al lugar están iluminando un tractor y unas matas de ortigas que hay delante de un hastial de madera pintada de color rojo.
Tres grajillas inquietas gorjean ansiosamente en lo alto de una arboleda.
Erixon hace fotos, echa un espray fijador en todas las huellas de zapato y neumático que encuentra, las marca con papeles numerados y va tomando apuntes en un cuaderno.
Un agente uniformado permanece inmóvil en medio del resplandor del maletero del coche patrulla; tiene un rollo de cinta policial en la mano.
—¿Dónde está tu compañero? —pregunta Joona.
—Dentro del establo —responde con un gesto cansado.
—Quédate quieto —dice Erixon, y empieza a asegurar las huellas a su alrededor.
Joona sabe que aquello que se dice que la explicación más probable suele ser la correcta es un tópico, pero, aun así, hay ocasiones en las que uno tiene que repetírselo, como cuando la esperanza se cuela en el pensamiento.
Aún no tiene fuerzas para aceptar la idea de que, seguramente, deberá ir a casa de Johanna y las niñas e informarlas de que Margot está muerta.
Erixon y Joona se acercan a las cuadras con paso cauteloso. Las luces de la fachada están apagadas, pero, a la luz que se cuela por las ranuras alrededor de la puerta, puede verse que parte del suelo está barrido.
—¿Puedes iluminar con infrarrojos? —pregunta Joona.
—Supongo que ha llegado el momento —dice Erixon con un suspiro.
Se acerca a la furgoneta y carga todo lo que necesita en un carrito. Luego monta la lámpara y la enciende.
—Jesús…
La gravilla de delante de la puerta se vuelve pálida bajo la luz invisible, mientras que la sangre aflora claramente en dibujos negros y deshilachados.
A pesar de que el suelo ha sido barrido, puede verse una gran cantidad de sangre en una clara línea recta que va hasta la puerta y desaparece de repente a los dos metros.
Erixon saca fotos y recoge gravilla manchada de sangre de cinco puntos diferentes que vierte en cinco cajitas de cartón.
—Tengo que entrar —dice Joona.
Erixon se acerca a la cuadra, busca huellas dactilares en la manija, en la hoja de la puerta, en el marco y en la pared de alrededor.
—Mi mentor siempre se ponía gomas elásticas en los zapatos, pero yo prefiero usar láminas protectoras —dice, y arranca el envoltorio de plástico de un paquete.
Abre la puerta y, jadeando pesadamente, coloca la primera lámina en el suelo pasado el umbral; luego se enfunda unos cubrezapatos.
Joona lo sigue y entra en las cuadras.
Las rejas delante de los boxes brillan bajo la luz amarilla de la lámpara de techo. El otro agente uniformado permanece inmóvil delante del cuarto de sillas de montar.
En medio del pasillo del establo, sobre el suelo de hormigón, se ve un gran charco de sangre, desde el que parte una larga marca de arrastre que llega hasta el lugar donde el suelo ha sido barrido.
Después se ven estrías paralelas de sangre dejadas por el paso de la escoba en el último tramo hasta la puerta.
El autor de los hechos ha ido caminando hacia atrás al tiempo que barría las huellas que iba dejando a su paso.
—Joona Linna —dice el agente—. Me costaba creer que existieras de verdad, pero he pensado que… que era mejor quedarme quieto, por si acaso.
—Gracias.
Mientras Erixon va colocando las láminas protectoras, Joona estudia el escenario del crimen. Todos los caballos están resoplando en sus respectivas cuadras, excepto uno castrado de color negro, que se mueve inquieto en el compartimento de la ducha.
«Quien hizo esto no se ha molestado en ocultar el crimen —piensa Joona—. Solo pretendía borrar las huellas de sus zapatos».
Erixon ilumina el suelo con un foco intenso de luz rasante, pero todas las huellas han desaparecido del pasillo del establo. Suspira, prueba un ángulo nuevo y luego se rinde.
—No hay pisadas… y en la manija no aparecen huellas —dice.
Joona avanza pisando solo en las láminas.
La mayor parte del charco de sangre inicial se ha secado, pero en la parte central hay un coágulo viscoso.
No hay sangre esparcida ni grandes salpicaduras.
A Margot le han disparado con un arma monotiro.
Es una pistola con una velocidad de salida bastante baja y con una bala de punta hueca, que se caracteriza por permanecer en el interior del cuerpo.
Erixon va untado un palillo de algodón tras otro con una solución de cloruro de sodio, recoge muestras de sangre seca y las mete en bolsitas de papel para muestras biológicas.
Joona camina lentamente con la mirada concentrada mientras deja que se introduzcan en él las persistentes sombras de lo que haya sucedido realmente allí.
Hay mucha sangre; no es fácil deducir cuánto tiempo estuvo Margot tendida en el suelo, pero la sangre seguía brotando de su cuerpo y aún no había comenzado a coagularse cuando se la llevaron a rastras.
Hay un balde negro para forraje y en el suelo se ve medio palmo de plástico arañado.
—¿Qué opinas? —pregunta Erixon, quien ha seguido la mirada de Joona.
—¿Puedes echar Bluestar alrededor del charco? —responde este.
Erixon va a buscar el bote y echa el espray sobre todas las superficies en las que no hay sangre visible.
Las sustancias químicas del espray le aportan luminiscencia temporal a la sangre. Cada gota minúscula empieza a relucir con un resplandor azulado.
Joona permanece inmóvil, tratando de analizar el escenario del crimen con mayor exactitud, ahora que toda la sangre, hasta la última salpicadura, está visible.
Registra la forma de cada gota en relación con la superficie y la gravedad.
A treinta y cinco centímetros del charco se ven unas manchitas débiles reflejando su luz fría.
Joona se acerca pisando en las láminas protectoras y se agacha.
En el hormigón se ve un poco de pintalabios rosa, junto a las manchitas de sangre.
El rostro de Margot ha golpeado el suelo con fuerza al caerse.
Erixon toma fotos y Joona examina el otro lado, se agacha y se fija en una hilera de seis gotas de sangre fluorescente a la derecha del charco.
Dado que la sangre tiene una tensión superficial mayor que el agua, las gotas que caen sobre una superficie más o menos lisa no se desintegran, sino que mantienen sus bordes uniformes, igual que la serie de gotas en el suelo de hormigón pulido.
Las primeras cinco gotas son ligeramente puntiagudas, debido a una energía cinética hacia la derecha, mientras que la última es completamente redonda.
—Comprueba si en estas gotas hay residuos de disparo —dice Joona señalando la hilera.
—Es la primera vez que oigo algo así, pero por supuesto —responde Erixon.
—El autor de los hechos es diestro, presionó la boca del cañón en la parte de atrás del cuerpo, disparó y, mientras ella caía, dejó que el arma se deslizara ligeramente sobre su espalda antes de retirar el arma del cuerpo, así, despacio, hasta despegarla de Margot.
—¿Crees que estas gotas provienen del cañón de la pistola?
—Margot cayó de bruces, con la bala dentro del cuerpo, se golpeó la cara contra el suelo y se partió el labio.
—No sabemos si la sangre es de Margot —señala Erixon.
—Ese es su pintalabios.
—¿Estás seguro?
—Estoy seguro del todo.
—Lamento oírlo —murmura Erixon.
—Sí, pero Margot seguía viva, porque intentó agarrarse a ese cubo.
—Probaré con espray Amido-Black.
—El autor de los hechos la arrastró por los pies mientras ella seguía viva, la subió al coche, condujo un corto trecho, volvió a entrar en el establo para barrer las huellas, limpiar la manija de la puerta y la hoja, luego barrió el patio de fuera hasta el coche, se llevó la escoba y se marchó de aquí.
4
Las aguas de la ensenada yacen inmóviles como una sábana de seda bajo la luz brumosa del sol. Los miembros del pequeño grupo de gente amarran la lancha motora de alquiler en una cala en la cara oeste de la isla, se quitan los chalecos salvavidas, sacan el equipaje y suben una docena de pasos por la arena de playa hasta la linde del bosque antes de sentarse a descansar.
Emma se apoya en la muleta mientras piensa qué les dirá a los demás tras haberles asegurado que aún eran lo bastante jóvenes para aguantar un paseo de cien metros.
A Samir le falta el aliento y tose en su pañuelo a cuadros. Lennart despliega su silla con manos temblorosas y Sonja levanta un poco su abrigo amarillo, se sienta en una piedra y abre la mochila.
—Nadie toca la comida hasta que hayamos llegado —dice Lennart.
—Solo voy a drogarme un poco —responde ella, y saca un tarro de medicamentos.
Llevan consigo huevos cocidos, ensalada de patata, albóndigas frías con mostaza de Dijon, emparedados de atún, cuatro cervezas Pilsen, rollos de crepes con mermelada de frambuesa, un termo de café y una botellita de coñac.
Emma enciende un cigarro y mira las huellas que han dejado en la arena. En la orilla hay restos de leña y basura que han traído consigo las olas. Un poco más allá parece que alguien haya arrastrado algo pesado por toda la playa hasta la linde del bosque.
—Bernie, a veces lo veo todo como a través de un trozo de cristal —susurra.
Desde que su marido Bernie falleció, Emma ha seguido hablando con él. A veces abre el armario y le habla a su traje de verano. A los demás les dice que disfruta de su libertad, pero lo cierto es que echa de menos a Bernie cada día.
—¿No deberíamos rendirnos y dejar que las nuevas generaciones se queden con todo lo divertido? —pregunta Samir.
—Ni hablar —contesta Lennart, y se pone en pie.
Guiados por Emma, se adentran en el bosque azotado por el viento, que rodea las rocas erosionadas. Su muleta se encalla entre dos raíces que sobresalen de la tierra. Cuando trata de liberarla siente como si hubiera alguien tirando de ella desde las profundidades.
Durante un instante, le tienta la idea de cancelar la excursión alegando que no se encuentra bien; sin embargo, se acerca un poco más al claro antes de dejar que el grupo tome otro descanso.
Lennart despliega su silla y Samir dice con una sonrisa que está viendo puntitos negros.
—Yo escupo sangre —murmura Sonja.
Después de que todo el grupo perdiera a sus respectivos cónyuges, fundaron la compañía Seniors del Ocultismo, cuyo lema era «¡Un pie en la tumba es la mejor ventaja!». Viajan a lugares embrujados, participan en sesiones de espiritismo y visitan a chamanes. Ninguno de ellos cree en fantasmas, pero a todos les parece una excusa emocionante para verse y cabe decir que en algunas ocasiones se han asustado de verdad.
—Atención —dice Emma, y se planta delante de los otros tres—. El cólera acabó con unos cien millones de vidas en toda Europa durante el siglo diecinueve.
—Lo recuerdo como si fuera ayer —bromea Lennart.
—Según Marx, la Historia siempre se repite —continúa diciendo Emma—. Primero como tragedia, y luego como farsa. Las autoridades suecas querían detener el contagio en las fronteras, así que montaron una estación de cuarentena para barcos que venían de Rusia y Finlandia en esta misma isla, que se llama Fejan.
—Bien hecho —murmura Sonja.
Un grajo aletea en la distancia justo cuando una nube tapa el sol. De pronto, todo el bosque toma un carácter hostil.
—Fejan queda a unos cuatro kilómetros al este —prosigue Emma, señalando con la muleta—. Y todas las personas que murieron en Fejan fueron enterradas en islas deshabitadas… y aquí delante tenemos uno de los cementerios con muertos de cólera más grandes de todo el archipiélago.
Todos dirigen la mirada al claro que se intuye entre pinos y troncos inclinados.
—¿Y está embrujado? —pregunta Lennart.
—Como tu culo por las hemorroides —murmura Sonja.
—Lo siento, pero no te oigo —dice él, y vuelve el oído bueno hacia ella.
Sonja deja la bolsa de picnic en el suelo con un suspiro y se adentra en el claro. Las matas de arándanos tiemblan a su paso y Emma ve su abrigo amarillo desaparecer entre los árboles.
—Hablando en serio —continúa Emma—. He leído un montón de textos del archivo de memoria popular y de la Oficina del Archipiélago… Ningún habitante del archipiélago desembarcaría en esta isla por voluntad propia, pero…
Se queda callada porque le ha parecido ver una figura moviéndose entre los troncos y la maleza, un poco por detrás de Sonja. Es un hombre bajito que lleva el traje de lino de Bernie. Le va grande y tiene los hombros extrañamente torcidos.
—¡Venid! —grita Sonja desde el claro.
Los tres se introducen en el claro y la ven de pie delante de un paquete alargado que yace en el suelo, con la parte más estrecha apoyada en un tronco de abedul. El paquete debe de medir unos dos metros de largo y está hecho de tela de sábana y plástico, atado con cuerdas que se han enredado en los árboles de alrededor.
—¿Qué demonios es eso?
Emma se da cuenta de que eso es lo que debe de haber confundido con una figura humana. Se pregunta si el viento podría haberlo hecho llegar hasta allí durante un temporal. Tal vez se trate de chalecos salvavidas o de defensas neumáticas enrollados en una vieja vela.
—¿Un proyecto artístico? —sugiere Samir sonriendo.
Emma toquetea el paquete con la muleta y nota que es blando como una ubre de vaca y, al mismo tiempo, demasiado pesado para que haya sido arrastrado hasta allí por el viento.
Lennart murmura algo entre dientes, despliega la navaja y se acerca.
—Dejémoslo estar —dice Emma—. No me parece…
Calla de golpe cuando Lennart hace un corte profundo en la parte más gruesa del paquete. De la hendidura brota una pasta gris con estrías marrones y rojizas y grumos. Todo cae sobre la hierba. Un olor químico penetrante hace que los cuatro se echen para atrás. Cuando el moco más ralo termina de filtrarse en la tierra, entre los pegotes de gelatina marrón pueden ver claramente un pie a medio descomponer.
Actualmente, hay treinta y tres agentes de policía trabajando a tiempo completo en la desaparición de Margot Silverman, además de quince expertos del Centro Forense Nacional.
El puesto de mando está montado en la sala de reuniones del Departamento Operativo Nacional.
Cinco inspectores de la policía judicial se hallan sentados a una gran mesa con vasos de agua, tazas de café, ordenadores, libretas, bolígrafos y gafas de leer.
No les está siendo nada fácil ser objetivos en este caso. Ya se han desatado varias discusiones tensas.
—¡Estamos hablando de Margot, maldita sea! ¡Nuestra Margot! —gritó Petter Näslund antes de abandonar la sala.
Manvir Rai dirige el grupo interno. Sus padres provienen de Goa, motivo por el que, según afirma él mismo, está libre de prejuicios contra cualquier nacionalidad, excepto la portuguesa.
Se expresa bien y es perspicaz; siempre tiene la frente fruncida y viste traje negro, camisa blanca y corbata estrecha también negra.
Hace una pequeña presentación acompañada de fotografías de los establos de Beatelund en Värmdö.
Las partículas de polvo flotan en corrientes titilantes por delante del foco del proyector.
En el último punto, Manvir repasa posibles amenazas relacionadas con casos en los que había trabajado Margot y otras dirigidas contra la policía en general.
—Tenemos un equipo que nos presentará un informe esta tarde. Están recopilando los datos de todos los presos que han salido de las cárceles o a los que se les ha concedido un permiso —dice Manvir para concluir, y le cede la palabra a Joona.
Este se levanta de la silla, deja la americana colgada en el respaldo y se coloca frente al resto de los inspectores.
Lleva el primer botón de la camisa desabrochado y las mangas recogidas. Se le ve cansado, casi febril, pero sus ojos siguen siendo de un gris intenso, como de titanio pulido.
Pese a destinar gran parte de su tiempo delante del ordenador en su despacho, sus músculos y cuantiosas cicatrices dan fe de todos los años que acumula como agente operativo y de su formación militar en combate cuerpo a cuerpo no convencional.
—Como ya sabéis, el Centro Forense Nacional ha confirmado que la sangre que encontramos en el suelo era de Margot, también la orina, la médula espinal y el líquido cefalorraquídeo —empieza diciendo—. Ahora se están comparando las huellas dactilares y de pisadas con las de los usuarios habituales de la hípica. Estamos hablando de dos mil ochocientas huellas, pero es poco probable que vayamos a encontrar algún rastro del autor de los hechos.
—Es cuidadoso, pero no se trata de un profesional —señala Manvir.
—En la salida a la carretera de Ingarö hemos encontrado las huellas de un camión ligero que no coinciden con las de ninguno de los coches que suelen pasar por la hípica, y es posible que pertenezcan al vehículo que estamos buscando.
—¿Cuál es el siguiente paso? —pregunta Greta Jackson.
Greta es experta en perfilación criminal y se ha doctorado en ciencias del comportamiento y criminología.
Tiene los ojos azul claro y el pelo corto y canoso, lleva pantalones ajustados y chaqueta de terciopelo rosa pálido.
—Estamos esperando los resultados de varios análisis —responde Joona—. Y acaban de confirmarme que la huella de la mano en el cubo de forraje, el que habéis visto en la foto, es de Margot, lo cual implica que estaba viva cuando la sacaron a rastras… Insisto en ello porque significa que existe la posibilidad de encontrarla con vida… Sé que en este momento todo el mundo está dispuesto a darlo todo, pero, aun así, quisiera subrayar que vamos contrarreloj, porque le dispararon en la columna vertebral.
—¿Sabemos con certeza que le dispararon? —pregunta Greta.
—Es la única interpretación que puedo hacer en cuanto a las marcas de sangre —contesta Joona justo cuando llaman a la puerta.
Randy Young, el exnovio de Saga Bauer, entra en la sala de reuniones con su teléfono en la mano. Lleva tejanos y jersey de punto de color azul marino y gafas de montura negra. Se ha rapado el pelo; parece que tenga una sombra sobre la cabeza. Randy se trasladó de la unidad que investiga delitos en internet al DON hace catorce meses.
—Joona, tienes una llamada de la policía de Estocolmo Norte, creo que es importante —le avisa, y le pasa el teléfono.
—Linna —dice él al aparato, y oye una respiración agitada.
—Hola, solo quería decirle que… que… Hemos estado siguiendo los acontecimientos relacionados con la desaparición de Margot Silverman por el canal interno —dice un hombre con voz inestable—. Y me parece que… No puedo afirmarlo, pero… Dios mío, tengo…
—¿Con quién hablo? —pregunta Joona.
—Disculpa, soy Rickard Svenbro, inspector de la policía de Norrtälje.
El hombre se queda de nuevo en silencio y Joona oye un jadeo ahogado. Es evidente que está alterado y que tiene dificultades para expresarse de forma coherente.
—Vale, Rickard, te escucho, tómate tu tiempo —dice Joona en voz baja.
—A ver, hemos encontrado un cadáver, los restos, de una persona, creemos, imposible describirlo, es repugnante, absolutamente repugnante.
—¿Dónde están esos restos?
—¿Dónde? En el suelo… en una pequeña isla justo delante del puerto de Kapellskär.
—¿Podrías explicarme por qué es repugnante?
—El cuerpo está disuelto… en ácido, diría yo… Pero entre ese mejunje había una petaca gravada con el nombre de Ernest Silverman.
5
Joona está sentado esperando en la sala polivalente de la escuela Enskede junto con Astrid, que es una de las niñas con síndrome de Down a las que Saga hace de persona de apoyo.
Astrid tiene once años, el pelo largo y castaño y unos ojos grandes y soñadores. Sus hombros son redondos y su rostro refleja casi siempre una expresión de felicidad.
Delante de ella hay una caja de plástico blanca llena de tarritos de pintauñas. Mientras saca sus colores preferidos y los pone en fila delante de Joona, le va explicando cómo se llama cada color.
—Rouge Noir —dice, y le muestra un pintauñas.
—Qué chulo —dice él.
—¿Tú elegirías este?
—No sé, también me gusta el rosa —responde Joona.
Ella busca en la caja y luego le pone delante una botellita a topos.
—Lady Like.
—Mi preferido —dice él.
Joona ha venido hasta aquí directamente desde Kapellskär, mientras Erixon se ha quedado en la isla junto con seis técnicos más de la policía científica.
El puerto natural es una pequeña playa de arena que se adentra como una cuña en las rocas de la cara oeste de la isla.
El cuerpo fue arrastrado por una de las playas, pero el autor de los hechos barrió sus propias pisadas.
Erixon consiguió varias huellas de pisadas en el bosque, pero, teniendo en cuenta las precauciones que tomó el asesino, Joona ve poco probable que ninguna de ellas sea suya.
Las moscas correteaban por el pie y los restos de esqueleto en la hierba.
Cuando Erixon habló por teléfono con Nålen, le dijo que los restos del cuerpo recordaban al contenido del estómago de un carnívoro, con trozos de alimento descompuestos entera y parcialmente.
—La capa interior del saco está hecha de goma gruesa, y doy por hecho que el autor ha empleado sosa cáustica para disolver el cuerpo —le explicó.
Joona prefiere no pensar en ello, pero sabe que es posible que Margot estuviera viva cuando se inició la descomposición química.
Astrid tensa la boca por la concentración y sus largas pestañas tiemblan detrás de las gafas mientras le pinta las uñas a Joona de color rosa.
—Perdón —susurra, y esboza una amplia sonrisa cuando el pincel se le escapa y le pinta la punta del dedo.
—Tengo las uñas demasiado cortas.
—Sí, pero queda bonito igualmente.
—Muy bonito —dice él, sonriendo.
Joona sigue las suaves pinceladas con la mirada y, al cabo de un rato, la profunda arruga de su frente se atenúa, dejando tras de sí una raya pálida que poco a poco acaba desapareciendo cuando la niña cambia de mano.
Saga lo llamó y le dijo que tenían que verse cuanto antes, pero, cuando llegó, tuvo que ayudar a Nick a ducharse después del partido de fútbol.
Joona le da las gracias a Astrid y se queda sentado soplándose las uñas hasta que Saga y Nick entran en la sala polivalente.
Saga lleva unos vaqueros azul pálido, zapatillas de baloncesto y un jersey de lana de Islandia. Lleva el pelo recogido en una trenza dura y va sin maquillar.
Joona se levanta y enseña las uñas.
—Guau —bromea Nick, riendo.
—Mola —dice Saga.
Joona da de nuevo las gracias a Astrid y le dice que nunca se ha sentido tan guapo como ahora. Abandonan la sala polivalente y Saga se ocupa de que Astrid y Nick suban al transporte escolar. Después, Joona y ella empiezan a caminar por la acera bañada por el sol.
—¿Qué tal la vida de detective privada? —pregunta Joona con una media sonrisa.
—La verdad es que es bastante insoportable.
—Lamento oírlo.
—Sí, pero necesito un trabajo, la Seguridad Social no me da ni un céntimo.
—Sabes que puedo prestarte dinero si…
—Lo sé —lo interrumpe ella—. Gracias, pero estoy bien, me las apaño… Solo tengo que volver a la policía.
—Está claro.
—De hecho, he presentado una solicitud para el DON —le cuenta.
—¿No para la Säpo?
—No, creo que he terminado con ellos —contesta Saga—. Necesito un trabajo mucho más concreto, se me da bien investigar asesinatos; de hecho, es lo que se me da mejor… y en verdad me encantaría poder trabajar contigo.
—Sería fantástico —dice él con voz queda.
—Pero ni se molestarán en mirar mi solicitud hasta que tenga el visto bueno del psicólogo.
—Siempre es así.
—Lo necesito de veras —dice ella sin mirar a Joona.
Para conseguir un diagnóstico favorable del psicólogo de la policía, Saga debe tomar conciencia de su estado y alcanzar un equilibrio emocional, saber administrar su economía, disfrutar de una vida social y, también, tener una pareja estable.
—En cualquier caso… Te he pedido que vinieras porque solo tengo media hora antes de una reunión de trabajo —le explica ella, y se detiene delante de su moto—. Mi jefe me vigilia como a un… no sé, da igual… Pero es que tengo que… Necesito hablar contigo del hallazgo en Kapellskär, no puedo decirte quién me lo ha contado, pero…
—Randy.
—No digo nada —dice ella, sonriendo.
A Joona se le encoge el corazón al ver de nuevo esa intensidad perturbadora en la mirada azul de Saga. Ella saca una carpeta de plástico de la mochila y se la entrega. A través del plástico rugoso se ve una postal que Saga recibió hace más de tres años.
Tengo una pistola roja de la marca Makarov. En el cargador hay nueve balas blancas. Una de ellas está reservada para Joona Linna. La única que puede salvarlo eres tú.
ARTUR K. JEWEL
Joona asiente con la cabeza, le da la vuelta a la postal y contempla la fotografía en blanco y negro de 1898 del viejo cementerio del cólera de Kapellskär, donde han hallado los restos de Margot.
—Lo sé, pero Jurek Walter está muerto —dice él.
—El Castor sigue vivo.
—Está encerrado por asesinato en una cárcel de Bielorrusia. Hemos intentado que lo trasladen aquí, pero no tenemos ningún convenio de extradición con ellos.
El Castor fue reclutado por Jurek Walter y le fue completamente leal hasta el momento de su muerte. Después de eso, estuvo desaparecido de la faz de la tierra hasta el año anterior, cuando la Interpol lo identificó en un centro penitenciario de Bielorrusia.
Una ráfaga de viento azota la copa de un árbol, y unos rizos rubios que se han desprendido de la trenza de Saga le cubren la cara.
—Vale, pero…, pero siento que este asesino, de una manera u otra, ha sido adiestrado por Jurek.
—No lo veo claro, Saga… Sí es una extraña casualidad lo del cementerio del cólera, pero…, pero me resulta difícil creer que el asesinato de Margot tenga algo que ver conmigo, quiero decir…
—Pero es que se trata de ti —lo interrumpe ella, y vuelve a darle la vuelta a la postal—. Para mí… Tal como yo lo veo, la muerte de Margot es una especie de apostilla, un sello de confirmación de que la amenaza contra ti es real.
—Esa postal es de hace tres años —replica él.
—Pero está ocurriendo ahora.
6
Saga aparca la moto y se adentra en la penumbra del Star Bar. En las paredes hay pantallas planas de televisión, en las que se está retransmitiendo un partido de fútbol de la liga alemana. El suelo está rayado y las botellas detrás de la barra brillan por efecto de una tira LED de color azul.
Simon Bjerke está sentado en uno de los compartimentos interiores del local, vestido con el uniforme de policía. Delante de él, tiene una jarra grande de cerveza y está mirando la pantalla de un portátil repleto de pegatinas.
Tiene el rostro fruncido, el bigote mal recortado y los ojos hinchados. Cuando ve a Saga, cierra el ordenador y se reclina con los brazos cruzados sobre el pecho.
—Saga Bauer, la mejor de la clase, la más guapa…
—Dijiste lo mismo la última vez.
—La más guapa de la clase, la más lista, nunca quería salir con nadie ni jugar a la botella, llegó a la Säpo… y ahora vuelve a estar en lo más bajo, donde estamos los demás.
—No se puede tener todo —dice ella con un suspiro, y se sienta enfrente de él.
—Tenías algo que querías enseñarme —dice él, y toma un trago de cerveza.
—Hemos terminado la investigación y tienes derecho a que te pongamos al corriente, ahora o cuando quieras —le explica Saga.
Él la observa con una mirada turbia.
—¿Tengo derecho a que me pongáis al corriente?
—También puedes elegir no saber nada —dice ella.
—O sea que me es infiel —afirma Simon con una sonrisa tensa, y un músculo, bajo su ojo derecho, empieza a sufrir pequeños espasmos.
—¿Quieres que conteste a esa pregunta? —insiste Saga.
—¿Estás segura? ¿Mi Lisa? Quiero decir, ¿no puede tratarse de un error?
—¿Quieres saber lo que opinamos al respecto? —pregunta Saga.
—¿Por qué coño sonríes? ¿Qué te hace tanta gracia?
—No sonrío, solo intento ser amable en una situación que te agobia.
—No estoy agobiado, solo quiero saber la verdad.
—¿La verdad acerca de qué?
—De si mi mujer es una puta zorra.
Se hace el silencio de nuevo y Simon toma otro trago de cerveza. Saga observa que le tiembla la mano cuando vuelve a dejar el vaso sobre la mesa.
—Acudiste a nosotros porque sospechabas que tu mujer se estaba viendo con otro hombre cuando tú…
—Interpreto por tus palabras que sí se está viendo con alguien —la interrumpe él.
Saga le entrega una carpeta gris marengo con el texto «Agencia de Detectives Kent AB» en plateado en la esquina superior derecha.
—Aquí se explica detalladamente lo que hemos descubierto, las observaciones que hemos hechos