Deseo y destino

David Rieff

Fragmento

Prólogo

En memoria de Edgardo Cozarinsky

La revolución cultural que arrasa en buena parte del mundo rico —una amalgama de subjetividad autoritaria más radicalmente expresada por la convicción de que los seres humanos son todo lo que sienten ser, y de una suerte de rousseaunismo lumpen, según el cual lo que hoy se denominan «modalidades indígenas de la mirada» se consideran al menos equivalentes a la razón y, según muchos progresistas, son superiores a esta— no tiene precedentes formales. Si bien muchos de sus componentes tienen, sin duda, antecedentes ciertos. He aquí cuatro de ellos: la pretensión comunista de crear un hombre nuevo; la satanización del pasado en la Revolución Cultural china, aunada al empeño en que la gente manifestara su repudio a aquel en público; la vetusta ilusión europea de que las sociedades premodernas eran en esencia moralmente inocentes, y la revolución terapéutica que popularizó (lo que Freud tenía presente en un principio era, desde luego, algo bien distinto) y convirtió en fetiche un yo imperial merecedor de satisfacción por el mero hecho de serlo, y enfatizó que, si no podía hacerse realidad el relato que alguien se contaba a sí mismo, entonces uno u otro orden opresivo lo había estafado.

Lo novedoso es la síntesis: dos cosmovisiones al parecer incompatibles —el individualismo radical y el comunitarismo radical que llamamos de modo más o menos insatisfactorio «política identitaria»— buenamente coexisten en el seno del mismo relato utópico. Pero lo que también la distingue —al margen del conjunto de trilladas frases marxistas que revolotean en el ámbito académico— es su absoluta intolerancia a todo —el supremacismo blanco, el patriarcado, la heteronormatividad, etcétera—, salvo al capitalismo. Siempre que la comunidad empresarial se doblegue ante la nueva dispensación cultural (personas no blancas que de pronto predominan en la publicidad, banderas del Orgullo en la entrada de las torres de oficinas de las empresas incluidas en «Fortune 500»), puede proseguir venturosa su camino, como en efecto está ocurriendo. Acaso lo woke se esté o no tambaleando, pero los ricos sin duda se están enriqueciendo, y muchísimo más, de hecho. De este modo es posible cuadrar lo que al principio parece un círculo: la satanización de la alta cultura tradicional de Occidente y la actitud más permisiva imaginable ante las desigualdades de clase.

Se trata de un mundo en el que se considera peor sufrir una ofensa lingüística —por un error de género, una microagresión o un libro escrito en 1823 porque no presenta las mismas actitudes que los de 2023— que sufrir privaciones materiales. Esto supone que probablemente nada en esta revolución cultural afectará nunca los resultados empresariales. Las compañías lo entienden a la perfección, por supuesto, de ahí la celeridad con la que —para consternación de la mayoría de la derecha política— se han puesto la botarga woke, que les ha parecido amplia y cómoda y les ha venido muy bien. La única excepción son los ecologistas radicales. Su anticapitalismo es del todo genuino, pero ello se debe a que se trata del anticapitalismo del miedo. Cuando los ecologistas militantes se pegan las manos a famosas pinturas o les arrojan sopa, su cri de coeur es preguntarse cómo es posible que a la gente le preocupen más las bellas artes que el abrasamiento del planeta. En una galería con grandes cuadros occidentales, una manifestación woke (aunque no haría falta, los comisarios los invitarían con entusiasmo y emoción) despreciaría las obras, destacando sus vínculos con el colonialismo, la trata de esclavos, etcétera. Hoy en día, el censor y el expurgador tienen vía libre. Y su público, que se regodea en la plena satisfacción de su propio alardeo moral, estaría encantado; aunque, cuando los verdes radicales están a las puertas, se les denuncia como vándalos.

Y sin duda lo son. Pero al menos se concentran en el conocimiento, erróneo o no —en este contexto es irrelevante—, de las efectivas realidades de la crisis climática. Son histéricos de los hechos. ¿Y los revolucionarios culturales? Son los histéricos de sus sentimientos. En esta época de relativismo punitivo, entonces, no debería ser una sorpresa a quién se tolera, agasaja, consiente y defiere, y a quién no.

Dada la demolición ocurrida desde hace un cuarto de siglo en las humanidades universitarias en nombre de la equidad, y dada la facilidad con la que los requerimientos identitarios y los vetos de la academia —sobre todo el empecinamiento en que la representación es crucial, pero la calidad no lo es— hayan acabado por prevalecer en el ámbito corporativo de toda la anglosfera, no sorprende entonces que muchos conservadores reconsideren su adhesión al llamado libre mercado. La pregunta, por ende, es obvia: ¿por qué han tardado tanto? ¿De verdad no advirtieron que el capitalismo con el que sobradamente se identificaban —al margen del hecho de que esa compenetración era en gran medida dialéctica, en el sentido de que fueron procapitalistas por ser anticomunistas— era, como afirmó una vez mi madre, «el elefante en la cacharrería de la historia de la humanidad»?

Es como si, de algún modo, los conservadores hubiesen imaginado que la concepción cultural que inmejorablemente expresó T. S. Eliot en «La tradición y el talento individual», donde arguye que la verdadera importancia de la obra de un artista —incluso, de hecho y acaso sobre todo, la de los más innovadores y originales, en el sentido recto y no efectista de estos vocablos, y que el propio Eliot encarnara— estriba en la relación entre dicho artista y los poetas y artistas muertos que lo preceden, podría prosperar mucho tiempo en una cultura capitalista.[1] En otras palabras, es como si, de algún modo, supusieran que lo que Daniel Bell describió como el «individualismo radical en la economía [del capitalismo] y, así, su disposición a destruir todas las relaciones sociales tradicionales en el proceso»,[2] una ideología que, para emplear la jerga identitaria actual, es por definición «presentista» y además desprecia palmariamente el pasado, podría de algún modo dejar aún espacio libre al tradicionalismo en la cultura según el sentido dado por Eliot.

Pues la tradición, al menos a largo plazo (ya que siempre hay evidentes solapamientos entre épocas históricas y culturales), es el oponente cultural, y quizá incluso moral, de la innovación, anhelada siempre, en definitiva, por el libre mercado. Por emplear el cliché de las escuelas de negocios, las nuevas tecnologías generan nuevas industrias que a su vez producen nuevos bienes y servicios. En el proceso, las relaciones sociales se transforman. Incluso si están en lo cierto quienes sostienen que el capitalismo, mediante el proceso que Schumpeter bien describió como «destrucción creativa», es el mejor sistema económico de la historia para la creación de prosperidad, el precio que siempre se ha cobrado es el de la alta cultura.

En Las contradicciones culturales del capitalismo, su libro de 1976, Daniel Bell rechazó la idea de Marx según la cual la cultura es un reflejo de la economía y está «indisolublemente aliada a ella a través del proceso de intercambio»,[3] y sostuvo en cambio que la cultura había ganado cada vez más autonomía. Y, sin embargo, la relación que Bell estableció entre el incremento de la renta discrecional, que había «permitido a los individuos elegir muchos artículos diversos para ejemplificar un estilo de consumo diferente», con un ámbito y alcance cada vez más amplio de lo que denominó «comportamiento social discrecional», y el surgimiento de lo que con razón consideraba un orden cultural que orgullosamente se proclamaba a sí mismo como adversario del orden social establecido encaja mejor, en realidad, con la postura de Marx que con la del propio Bell, como demuestra el hecho de que, hacia el final de su ensayo, este reconoce que «la ruptura del tradicional sistema de valores burgués fue, de hecho, causada por el sistema económico burgués; por el libre mercado, para ser precisos».[4]

A pesar de su excepcional clarividencia, Bell no parece haber comprendido —y comprendió muchísimas cosas, buena parte de las cuales no solo los conservadores, sino también los liberales, están empezando a comprender actualmente— que, si bien es incuestionable que, desde mediados del siglo XIX y a pesar de la presencia de algunas voces disidentes como la de Eliot, las artes en Occidente interpretaron que su misión consistía en desintegrar el statu quo social, en retrospectiva queda claro que su función más importante en términos históricos globales fue la de servir como una suerte de inadvertida vanguardia del libre mercado, mediante la sistemática destrucción de una vez por todas de la ética protestante y de sus compromisos morales y económicos con la recompensa diferida, así como con lo que Bell llamó la «prudencia maltusiana». El lenguaje de Bell es elegíaco. El capitalismo estadounidense, escribe, «ha perdido su legitimidad, que se basaba en un sistema moral de recompensa y en la santificación protestante del trabajo». Al escribirlo en 1970, es comprensible que pensara que la sustitución del moralismo protestante por el hedonismo, con lo que llamó el nuevo «sistema sibarítico» de «permisividad social y libertinaje» del capitalismo, resultaría insostenible.

Y si se hubiera detenido ahí, quizá Bell habría tenido razón, pues es indiscutible que todo sistema social precisa de algún tipo de justificación moral, y en 1970 no estaba nada claro cuál sería esa nueva justificación. Al cabo de medio siglo, sin embargo, ya sabemos cuál es: lo woke, la teoría crítica de la raza (TCR), la interseccionalidad, lo LGTBQ+ y todo lo demás. Estas doctrinas han moralizado el sistema sibarítico, disciplinado el libertinaje y politizado la permisividad. En lo tocante a la contradicción cultural sobre la que advertía Bell, también ha quedado resuelta, y al modo cartaginés, por medio del mecanismo de la condena y el repudio del pasado como racista, lo que en términos prácticos supone exigir la supresión de la alta cultura precedente. No podría ser de otro modo, pues, históricamente, la alta cultura, en todas las sociedades del mundo, ha sido siempre producto de los ricos y poderosos, de los reyes e imperios, de los príncipes de la religión o de los plutócratas. Y, por ende, la alta cultura se convirtió en el único obstáculo frente al libre mercado, y ahora también este la ha despachado. El arte puede coexistir con las baratijas, pero no puede perdurar indefinidamente ante las arremetidas de lo kitsch, el único tipo de cultura que el libre mercado puede realmente tolerar.

Schumpeter más Fanon. Inimaginable. Y, sin embargo, una vez imaginado, resulta obvio, tal vez incluso inevitable. Puesto que, al menos a largo plazo, es sin duda imposible tener un sistema económico basado en la obsolescencia y la destrucción (ya sea «creativa» u otra cosa) y un sistema cultural basado en la continuidad mojigata. Hemos sustituido al Gran Inquisidor por el Gran Terapeuta.

Solo el 8 por ciento de los estudiantes universitarios del Reino

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