Del odio al amor solo hay un favor

Fragmento

1. Martina

1

MARTINA

Nada más cruzar la puerta, lo primero que hago es tirar el bolso encima del sofá sin importarme lo más mínimo que Víctor esté tumbado en él.

—Pero ¡¿qué haces?!

—Lo siento, no te he visto.

Me hago la loca y me dirijo hacia la cocina sabiendo perfectamente que no se ha tragado mi excusa barata. En cuanto he abierto la puerta he sabido que estaba ahí tumbado. La primera pista me la ha dado la tele encendida; la segunda, la notificación que le ha llegado, y ver sus pies por encima del respaldo del sofá ha sido la tercera y definitiva.

—¿Ya te han tocado las narices en el curro? —dice, bajando las piernas del respaldo e incorporándose un poco para mirarme por encima de él.

—No, me las estás tocando tú ahora mismo después de haber estado trabajando… —me paro para calcular rápidamente cuántas horas he hecho hoy en el centro comercial— diez horas.

Me lo invento, porque no pienso tardar más de dos segundos en calcular algo. No quiero darle ese material a Víctor para que pueda usarlo en mi contra. Por suerte, lo pillo desprevenido, porque no me hace ningún comentario.

—Mi día de fiesta ha ido muy bien, la verdad. Gracias por preguntar.

Pongo los ojos en blanco. Este chico tiene el don de sacarme de quicio.

Ha aprovechado su día de fiesta para no hacer ni el huevo en casa. No le pregunto a qué se ha dedicado durante toda la mañana, tengo asumido que soltará la primera mentira que se le pase por la cabeza. Prefiero dirigirme directamente hacia donde está el cesto de la ropa sucia y lo veo tal como lo he dejado hoy antes de irme a trabajar. También me da por mirar el lavavajillas. En qué momento. Tampoco se ha dignado a sacar los platos limpios. Y por supuesto el aspirador está por pasar. De eso me doy cuenta porque una bola de pelo de Flusflis pasea por el comedor como si esto fuera el viejo Oeste.

—¿En serio no has sido capaz ni de pasar el aspirador?

—Por si todavía no te has enterado, hoy ha sido mi día de fiesta.

—Sí, me he enterado. —Me acerco de nuevo al sofá y le tiro a la cara un cojín que pillo de una de las esquinas—. Pero eso no significa que no puedas hacer nada en casa.

—Es que tengo una regla, ¿sabes?

Quiero decirle «sorpréndeme», pero lo hace antes de que yo sea capaz siquiera de tentarle.

—Tengo como norma no hacer nada en mis días de fiesta.

—¿Y has llegado a esa conclusión porque…?

—Porque, si no, el «día de fiesta» no existe.

—Claro, es mejor que en tu «día de fiesta» te coma la mierda, ¿no?

—A mí no me come nada. —Le doy un golpe en la pierna para que las encoja y yo pueda sentarme en el sofá. Después de diez horas de pie y una larga cola de clientes insoportables, necesito reposar el culo—. El piso tampoco está tan mal.

—Claro, porque luego vengo yo y hago todo lo que hay que hacer.

—Martini…

Le cojo el pie por el tobillo con fuerza y lo amenazo con mi uña.

—No te atrevas.

—Martinit…

Pero no puede terminar la frase, porque le rasco la planta del pie con mi uña extralarga y extrapuntiaguda, y él se retuerce de cosquillas, soltando carcajadas que ponen en alerta a Flusflis. La gata viene a la velocidad de la luz y se sube al sofá, más concretamente encima de Víctor.

—¡No tengo suficiente con Doña Uñas, que ahora tiene que ponérseme encima la gata de las narices!

—Eh. —Lo amenazo ahora con hincarle la uña—. Un respeto a Flusflis.

—Se llama Perla.

—Perdona, ¿qué dices? —Le clavo un poco la uña y pega un salto que hace que se incorpore del todo—. No te he escuchado bien.

—No puedes llamar a un gato Flusflis… —Termino por clavarle la uña por completo, sin llegar a profundizar dentro de su carne, evidentemente—. ¡Martina!

Sonrío orgullosa a la Martina de hace dos semanas, que decidió hacerse las uñas de esta forma.

—¿Quién la adoptó? —dice. Es una pregunta retórica, claro. Dejo de apretar, no vaya a ser que le haga daño de verdad. No quisiera, encima, tener que llevarlo a urgencias—. Yo. ¿Quién tiene el derecho de decidir el nombre? Yo también.

—Vale, decide lo que quieras, pero me niego a llamarla Flusflis.

Me levanto del sofá y vuelvo a la cocina. Nada más salir del trabajo, las tripas me han rugido. Hacer el descanso a las tres del mediodía y llegar a casa cerca de las once de la noche hace que tenga un hambre voraz. Me habría ido derechita a la nevera si Víctor no me hubiese tocado las narices nada más entrar en casa. De hecho, ya ni me acordaba de que me estaba muriendo de hambre. No ha sido hasta que las tripas me han vuelto a rugir que me he acordado de lo primero que quería hacer nada más llegar: comer.

—Parece que alguien tiene hambre.

Decido ignorar el comentario que ha soltado con la esperanza de encontrar algo hecho en la cocina.

Para sorpresa de nadie, no hay nada. Ni en la encimera, ni en el microondas, ni en la nevera. Lo único que encuentro medio hecho es un paquete de Heura sazonada. Suspiro. Ni la compra se ha dignado a hacer.

—¡Oye! —grita Víctor levantándose del sofá y acercándose a la cocina—. Yo tampoco he cenado.

—No sé con qué intención has dicho eso, pero yo me niego a prepararte nada para cenar.

—Y lo dirás en serio.

Me mira mientras acaricia a Flusflis.

—Muy en serio.

Saco el paquete de Heura de la nevera y una sartén del horno. Enciendo la vitrocerámica y dejo que se caliente el chorrito de aceite que he vertido antes de poner al fuego la proteína vegetal. Sé que Víctor no ha comido nada más que guarrerías aparte de la ensalada de pasta que hice anoche para llevarme hoy al curro y de la cual decidí dejarle un poco, pensando que tendría el detalle de, al menos, preparar la cena.

La sorpresa me la llevo cuando para de acariciar a Flusflis y se acerca sigilosamente a mí por la espalda. Casi doy un salto cuando noto sus brazos alrededor de mis hombros.

—Venga, Martinita…

—Llamándome así no me convencerás para que haga un poco para ti —digo, tratando de que no me tiemble la voz ni se me acelere la respiración ante el inesperado contacto físico por su parte—. Y aléjate. No seas pelota.

—Martina…

Giro la cara pensando que me lo encontraré un poco más lejos de lo que está en realidad; es decir, a escasos dos centímetros de mi cara. Bueno, realmente, lo que me encuentro es su cuello. Víctor no es mucho más alto que yo, pero sí lo suficiente como para tener que alzar un pelín la vista si lo que quiero mirar son sus ojos.

El corazón me comienza a latir más rápido de la cuenta en cuanto huelo su perfume fresco y especiado, con un toque de ámbar y cítrico que yo misma le compré para su cumpleaños. Es el mismo que lleva usando desde que se lo regalé por primera vez, en su decimosexto cumpleaños. Nada más olerlo, por mi mente pasan a la velocidad de la luz miles de escenas que hemos vivido juntos desde entonces: unas que conservo en mi mente y otras que anhelo olvidar. No sé qué tiene ese aroma tan suyo que me dispersa de la realidad y me teletransporta mágicamente a cuando éramos tan solo dos adolescentes que pasaban los veranos juntos.

—Eso se te va a quemar.

«Que todo el mundo se compre este perfume, el olor es tan intenso que es capaz de eclipsar la peste a chamusquina. Palabrita».

Vuelvo a dirigir la mirada a la sartén a la vez que me doy cuenta de que sí, he estado a punto de quemar la cena. Con el hambre que tengo no me lo hubiese perdonado jamás.

—Puedes volver al sofá.

—Oh, ¿vas a llevarme la cena en una bandeja como a un marajá?

—Despierta del sueño que estás teniendo, anda. Esto es para mí. No vas a probar bocado.

—¿Todo eso te lo vas a comer tú sola? —dice señalando la sartén que contiene todo el paquete de Heura. Tanto él como yo sabemos que no. No porque yo no coma mucho, nada de eso; más de una vez que hemos pedido comida a domicilio me he esperado a que él no pueda más para terminarme su ración de patatas fritas. Patatas fritas, todas las que quieras, pero Heura… Me cuesta más no aborrecerla.

—¿A ti qué te importa?

—Pues que tengo hambre. Ya me podrías dejar aunque sea la mitad.

—En tus sueños, Pardo.

Intento esconder la sonrisa que aparece en mis labios. Primero, porque no quiero que se declare ganador antes de tiempo; segundo, porque cuando he volcado el paquete en la sartén lo he hecho sabiendo que le iba a ofrecer compartir la cena. Soy así de buena o de tonta, depende de cómo se mire.

Mi táctica surte efecto, porque Víctor bufa a mi espalda y abre el armario donde guardamos el pan de molde, galletas y bollería diversa. Saca la bolsa de pan de molde y un tarro con crema de cacahuete. Sí. Víctor es la clase de persona que se come un bocadillo de pan de molde con mantequilla de cacahuete. ¿Existe combinación más empalagosa? Yo digo que no, pero él no piensa lo mismo.

—Por tu bien, espero que no me pidas ni un bocado de esta delicia.

—Créeme, no lo haré.

Víctor le da un bocado a su sándwich sin poder impedir que se le enganche en el paladar, y yo me pongo de puntillas para coger dos platos del armario que tengo justo encima de la cabeza.

—Tampoco me pidas ayuda para que te alcance nada, guapa.

—No contaba con ello, después de que te has pasado el día rascándote los huevos.

Alcanzo dos platos a duras penas y reparto el preparado en ambos. Yo me echo un poco más, obviamente. Quien reparte se lleva la mejor parte, dicen. Aunque, viendo la situación en la que estamos, Víctor no se merece ni probar bocado.

Pillo el plato que tiene más, abro otro armario para sacar una bolsa de patatas fritas y me dirijo al sofá, donde pienso zamparme la cena viendo un capítulo de Aquí no hay quien viva.

—No me lo comeré todo —digo sabiendo que Víctor me está mirando desde la cocina ojiplático mientras intenta tragar lo que lleva dando vueltas en su boca más tiempo de lo normal—. Se pondrá malo si nadie se lo come.

—¿Esto es para mí?

Está al lado del plato que he dejado, pero sin tocarlo, como si le fuera a dar calambre.

—No, eso es lo que no me voy a comer.

Suelta una carcajada, coge el plato y deja el sándwich en la encimera.

—Me siento un poco perro comiéndome tus sobras, pero me la suda. —Se deja caer a mi lado en el sofá con el plato y un tenedor—. Por cierto, tengo que pedirte un favor.

Lo miro con las cejas alzadas. Cualquier «tengo que pedirte un favor» que venga de Víctor no puede ser nada bueno. Por eso decido dejar de comer hasta que lo suelte. No me gustaría atragantarme.

—¿Qué quieres?

—Mis padres van a inaugurar dentro de poco el restaurante ese del que te hablé el otro día. —Sigo mirándolo, sin saber dónde entro yo ahí—. Y para la inauguración tengo que llevar acompañante.

Menos mal que he dejado de comer antes de escuchar esas palabras salir de su boca. Porque, aunque ahora me haré la loca para ver si a él le da pereza ser más claro, ya sé por dónde está yendo el favor que quiere que le haga.

—¿Y?

—Pues que necesito que me acompañes.

—¿Que necesitas que yo qué?

—Ya lo has escuchado, Martina, no me hagas repetírtelo, por favor. Me hace la misma gracia que a ti tener que pedírtelo.

—Es que no lo he entendido del todo bien. —Empiezo a comer porque si no la cena se me enfriará y no estoy dispuesta a levantarme del sofá para calentarla. Y la comida fría no me gusta—. ¿Le estás pidiendo a alguien a quien odias que te acompañe a la inauguración del restaurante de tus padres? No tiene mucho sentido. ¿Por qué no se lo pides a la chiquita esa rubia que trajiste a casa el otro día? Seguro que al tenerla a tu lado no te entra urticaria.

Literalmente, eso es lo que me dijo un día cuando me acerqué más de la cuenta a él. «¿Te puedes alejar? Me das urticaria». Desde entonces no dejo de recordárselo cada vez que tengo ocasión. Que yo lo odie y no lo quiera cerca, vale. Él se lo buscó hace años y merecido se lo tiene. Pero ¿que él me trate así a mí? ¿Qué le he hecho yo? ¿Lamerle el culo más de la cuenta? Me enrabio nada más pensarlo. Menudo imbécil. Si lo sé, me pongo toda la Heura en mi plato.

—Vamos, Martinita, no te odio. —Tuerzo la cabeza y frunzo los labios—. Bueno, al menos no siempre. Es que a veces eres mazo insoportable, chica.

—Vaya, si ya tenía pocas ganas de acompañarte, ahora es que no las encontrarás ni cavando con una pala.

—Joder, tía, es que no me entiendes. No es que quiera que vengas conmigo, es que necesito que vengas conmigo. Tienes que ser mi acompañante sí o sí. Mis padres te adoran, y, cuando me dijeron que tenía que llevar acompañante, en realidad lo que querían decir era «ven con Martina». —Sigo masticando sin hacerle el más mínimo caso. Tengo clara mi respuesta y, por más que adore a los padres de Víctor, a él lo detesto. Y ese sentimiento es mucho mayor que el amor que tengo por sus padres—. No puedo llevar a la tía a la que me estoy follando, Martina.

—Pues búscate a otra a la que no te folles. Yo ya te he dicho que no.

—Venga, Martina… Contigo no follo.

Abro los ojos como dos platos.

—Que no, Víctor.

Resopla y se da por vencido, dejándome a mí más trastocada que nunca con ese comentario que ha soltado. No sé por qué se me ha acelerado un pelín el pulso. Bueno, no. Sí que lo sé. Lo sé muy bien y detesto que se me seque la boca al imaginarlo a él… Basta. Se acabó. No puedo darle tanta importancia a tres palabras que han salido de su boca y que, para él, no han tenido tanta magnitud.

Qué rabia.

Lo que podía haber sido un «Martina Avellaneda 1 – Víctor Pardo 0» ha terminado siendo un «Martina Avellaneda 1 – Víctor Pardo 1», aunque él crea que he sido yo quien ha ganado esta batalla.

2

VÍCTOR

Estoy tirado en el suelo, mirándole los bajos al coche que tengo encima, cuando Cristóbal entra por la puerta del taller. En realidad, más que puerta es un trozo de plástico colgado del techo, así que cualquiera puede colarse como Pedro por su casa. Sé que es él porque su voz resuena por encima de la música que sale del altavoz.

—¡¿Qué pasa, tío?!

Saco la cabeza por un lado del coche y veo que viene con una bolsa y dos cafés en la mano. En otro momento hubiese sabido que llegaba por el olor a cruasán, pero ahora mismo solo huelo a grasa y gasolina. Salgo de debajo del coche y me limpio las manos en el trapo que cuelga por un lado de mis pantalones.

—¿Tú no me dijiste que hoy empezabas temprano?

Cristóbal y yo trabajamos juntos en el taller, somos compañeros de curro y de vida, prácticamente. Es mi mejor amigo desde que nos conocimos en el curso de Mecánica, y desde entonces somos inseparables. Ser igual de desastres para la puntualidad es lo que más nos une, aparte del amor hacia las bujías y los carburadores.

—¿Es que no es temprano?

Se mira el reloj que lleva en la muñeca, convencido de que lo es. Será cabrón… Temprano, dice, cuando yo llevo más de una hora aquí.

—Si son las nueve y media, mamón. —Me acerco a él y le arrebato uno de los cafés de la mano, mientras que con la otra abro la bolsa de papel que lleva para ver que dentro hay un par de cruasanes—. Te lo perdono por esto.

Saco un cruasán de la bolsa y le pego un mordisco tras beber un poco de café. Dios, esto sabe a gloria. Hace días que no tomo café porque Martina se niega a comprarme leche normal. No es porque se niegue a que yo me convierta en consumidor de bebida de avena. Simplemente dice que no le da la gana comprármela porque soy un vago de narices incapaz de ir al supermercado. Así que el café o me lo tomo solo o… no me lo tomo. ¿Y a quién le gusta el café solo?

—Así que lo que te faltaba era café —dice, refiriéndose al microcabreo que he pillado al verle llegar tarde cuando me dijo, específicamente, que hoy llegaría pronto.

—Es lo que tiene llevar días sin una gota de él en el cuerpo.

—¿Martina te tiene vetada la cafetera?

—Qué va —digo con la boca llena de cruasán—. Es que tengo que ir a comprarme leche, y bueno… —Me termino el cruasán y, cuando voy a chuparme los dedos, me lo pienso mejor y me limpio en los pantalones—. En fin, no me menciones a Martina. Vamos a currar.

—¿Qué te pasa con la chavala?

—Me pasa que necesito que me ayude con una cosa y se niega rotundamente.

—¿Con qué cosa? —pregunta, intrigado de verdad.

Una de las características de Cristóbal es que no te escucha cuando le hablas. Le habré explicado una decena de veces lo del restaurante de mis padres, que quieren que vaya acompañado y que quieren que esa compañía sea Martina. Ante la sorpresa de nadie, ninguna de todas esas veces me ha estado prestando atención. Por eso lo repito sin cabrearme. Ya sé cómo es Cristo y tampoco descarto la opción de tener que repetírselo unas cuantas veces más.

—Dentro de dos fines de semana es la inauguración del nuevo restaurante de mis padres y tengo que ir con alguien.

—Pues llévame a mí, cabrón, ya ves tú el problema.

—Quieren que vaya con Martina. ¿De verdad me haces tan poco caso cuando te hablo?

El muy capullo asiente con la cabeza, como si no fuese realmente preocupante.

—¿Ya me has contado esto?

—Unas cuantas veces.

—¿Estás seguro? —Frunce el ceño. Tira la bolsa donde estaban los cruasanes al cubo de basura y luego vuelve a ocupar el lugar en el que estaba.

—Más seguro que de que Martina me odia. Pero más me odiarán mis padres si no aparezco en la inauguración con ella agarrada del brazo. Sé que si voy con otra persona se cabrearán. Y últimamente están muy majos conmigo. No me conviene tenerlos a malas.

—Por lo que tengo entendido, Martina también adora a tus padres, ¿no? Pensé que eso sería motivo suficiente para ceder.

—El odio que me tiene a mí supera al cariño que les tiene a ellos. Palabras suyas. —Me defiendo alzando los brazos.

—¿Se lo has pedido por favor?

—Casi se lo pido de rodillas. Menos mal que me lo pensé dos veces antes de hacerlo. No le voy a dar ese placer. Prefiero que mis padres me odien antes que arrodillarme delante de ella.

—Pues o le haces mucho la pelota estas dos semanas que faltan para la inauguración, o vete buscando una buena excusa para tus padres, porque un «no ha venido, porque me odia y no me soporta» no creo que les vaya a servir. Más que nada porque tengo entendido que ellos están de su parte. ¿O me equivoco?

—No eres de gran ayuda, ¿sabes?

Cristóbal se encoge de hombros y se sienta en una silla para terminarse el café. Yo, mientras, sigo con el coche con el que estaba. No me paso más de diez minutos trabajando cuando unos zapatos aparecen delante de mis narices acompañados de una voz irritante que solo puede ser de una persona.

—¡Necesito tu coche! ¡Ya!

Cierro los ojos y me tomo dos segundos para coger aire y expulsarlo muy lentamente. No descanso de ella ni en el trabajo.

Salgo de debajo del vehículo, me limpio las manos en el mismo trapo de antes y la miro de arriba abajo. Comienzo por sus zapatos, los mismos que he visto desde debajo del coche. Sigo por los tejanos negros ceñidos. Subo más y veo que hoy ha decidido ponerse una camisa blanca con un lazo en el cuello. Llego a su cara poniendo una mueca de «¿dónde vas con esa pinta de niña buena?», pero, al ver que lleva el pelo recogido en una coleta y no hay ni rastro de sus pecas debajo del maquillaje, decido decirle:

—¿Dónde vas con esas pintas?

—¿Estás sordo? ¡Necesito tu coche! —Está desesperada y a mí me encanta sacarla de quicio. Mala combinación—. Y lo necesito ya.

Cristóbal se ríe desde detrás de un coche.

—Cálmate, porque no te lo voy a dejar.

—¡¿Qué?!

—Puedo repetírtelo, pero no creo que te haga gracia escucharlo dos veces.

Mientras termino de pronunciar la frase, noto cómo sus mejillas se van encendiendo poco a poco y sus labios se van juntando hasta formar una sola línea. Es en ese momento, justo en su mirada, cuando veo que está más cabreada de lo que lo ha estado en mucho tiempo. No me hace falta demasiado para saber que Martina Avellaneda va a estallar en tres…, dos…, uno…

—Mira, Pardo, se me ha estropeado mi coche. He ido a por él y… no arranca. No sé qué le pasa, pero tampoco tengo tiempo para averiguarlo. Tengo una entrevista de trabajo y… —mira el reloj de su muñeca— he de estar ahí en menos de una hora. Es en el centro, así que, obviamente, en transporte público no me da tiempo. Ya sabes las malas combinaciones que hay desde aquí. Así que, por lo que más quieras, déjame tu coche.

Espero cruzado de brazos a que deje de contarme todo el rollo. Cuando se calla y se queda mirándome ojiplática, esperando una respuesta, decido alargar mi silencio un poco más. Solamente para crisparla.

—Que no te lo voy a dejar —digo calmado.

«Otro día te piensas lo de soltarle un “no” tan rotundamente a tu compañero de piso cuando te pide un favor», quiero decirle. Pero no hace falta que lo verbalice. Ella es lo bastante lista como para saber que lo estoy pensando.

—¿Va en serio, Víctor? Te estoy diciendo que tengo una entrevista de trabajo… ¡¿y no me quieres dejar tu coche porque te dije que no te acompañaría a lo de tus padres?!

Asiento lentamente sin decir nada más. ¿Veis? Martina Avellaneda es la tía más lista que conozco.

Ni borracho le dejaría el coche nuevo a Martina. Solo hace unos meses que saqué el Cupra León del concesionario y no me apetece correr el riesgo de quedarme sin él. Ella siempre está diciendo por ahí que es una excelente conductora, pero si se viese desde fuera… Es una kamikaze al volante. Por no hablar de cómo aparca. El sensor que tienen los coches nuevos, para ella no existe. Parece que le va más el rollo de jugar al pinball hasta que consigue encajarlo. Todos estos motivos junto al «no» que recibí anoche forman el cóctel perfecto para, por supuesto, no hacerle el favor.

—No te voy a prestar mi coche, Martina. Deja de intentarlo.

—¡¿Se puede saber por qué?!

—Porque no te pienso prestar mi coche nuevo y punto. Y menos si tienes que ir al centro de Madrid. Estás chiflada.

Estoy por ponerme de nuevo a trabajar porque, sintiéndolo mucho, no hay más que hablar. Además de que no tengo ni el coche aquí. Que, de tenerlo, tampoco se lo dejaría, ojo. Esta mañana he venido en moto —normalmente siempre vengo en coche; prefiero evitarme la media hora que tengo caminando desde casa y tardar solo cinco minutos. O dos, como hoy, si en vez del coche cojo la moto—, pero me gusta demasiado sacarla de sus casillas. Estoy a punto de agacharme de nuevo bajo el coche cuando dice:

—Vale, pues, si no me piensas prestar tu coche, llévame tú.

—Estoy trabajando. —Es la mejor excusa que puedo encontrar ahora mismo. La mejor y única. ¿Cuánto tiempo pasará hasta que descubra que no hay coche que valga porque está aparcado en casa?

—Pero ¡necesito que me lleves! —Da un pisotón en el suelo y automáticamente vuelve a tener doce años, edad en la que nos conocimos. Ya entonces supe que era una mimada. Solo me han hecho falta diez años más para corroborarlo—. Joder, Víctor, eres el puto dueño de este sitio y nunca te pido nada. Es más, ¡siempre estoy haciendo cosas por ti! Por una vez que necesito tu ayuda… Es para algo importante de verdad. —Hace énfasis en la palabra «importante», ante lo que no puedo evitar reírme—. ¿De verdad pretendes dejarme tirada?

—¿De verdad pretendes dejarme tú tirado a mí delante de mis padres en la inauguración del Sensaciones?

—Vale… Ya lo entiendo. Todo esto es por la maldita fiesta de inauguración, ¿no? Eres un puto rencoroso y un egoísta de mierda, Pardo.

—Yo de ti no insultaría a la única persona que te puede llevar ahora mismo a esa entrevista. ¿O es que acaso tienes a alguien más que pueda hacerlo?

—¿Te crees que si lo tuviese estaría aquí suplicándote? ¡Pues claro que no, Víctor! Eres mi única opción.

Al ver que no estoy dispuesto a dar mi brazo a torcer, está a punto de girarse y dar media vuelta. Antes de que lo haga veo a Cristóbal por detrás de la carrocería del coche con el que está liado abriendo los ojos como platos y gesticulando con los labios algo que soy incapaz de entender. Achino un poco los ojos y me esfuerzo por tratar de averiguar qué me está queriendo decir cuando Martina comienza a caminar hacia la puerta de salida. Por suerte, no tardo demasiado. «Aprovecha, tío, llévala», entiendo.

Que Cristo haya tenido que hacerme ver la oportunidad que tengo delante… Gracias a él, se me ha encendido la bombilla. No hay favor que no se cobre con otro favor…, ¿no?

—Vale —suelto.

Martina, que prácticamente está a punto de salir del taller, se detiene en seco y se gira para mirarme.

—¿Vale qué, Víctor? No tengo más tiempo para tus tonterías. Si he de coger el metro para intentar llegar a la entrevista, debería…

—Que vale. Que sí. Que te llevo.

Sin dejar que responda, me saco el trapo lleno de grasa de los pantalones, lo dejo sobre una estantería y voy hacia la habitación que usamos como vestidor. Allí agarro mi casco y el que tengo de reserva por si acaso. Salgo con ese colgando del brazo y el otro a medio poner cuando la voz de Martina vuelve a sonar.

—¿Qué haces?

—¿No querías que te llevase?

—Bueno, prefiero que me dejes el coche. Pero, puestos a no dejármelo, con que me lleves me conformo. Pero en coche. Aquí nadie ha hablado de motos, ¿sabes? —Se cruza de brazos cuando yo ya tengo el casco puesto—. Mira, Víctor, no estoy para bromas. El tiempo pasa y la entrevista no va a esperarme. ¿Puedes, por favor, dejar de hacer estupideces y coger las llaves del coche?

La veo a través de la visera negra, pero decido levantarla para verla mejor.

—Creo que queda claro que no he venido en coche.

—Ya, vale. Cada día vienes en coche y hoy, casualmente, has venido en moto. Deja de vacilarme.

—No te estoy vacilando.

Señalo con la cabeza hacia mi derecha. Mi moto lleva aparcada dentro del taller toda la mañana. Martina la ha tenido a prácticamente dos metros de distancia desde que ha entrado aquí, pero ni se ha dado cuenta. Eso es lo que pasa cuando estás tan enfadada, que el cabreo te nubla hasta la visión. Si se hubiera molestado en mirar un poco más allá de sí misma, no hubiese perdido toda esta cantidad de tiempo.

—Esto es lo que hay —declaro como ultimátum, señalándole el casco—. ¿Lo tomas o lo dejas?

—¿Se puede saber por qué has decidido venir hoy en moto?

—¿Siempre vas a ser una entrometida de narices en asuntos que ni te van ni te vienen? —Me mira con las cejas alzadas y los brazos cruzados. Repiquetea en el suelo con la punta del zapato, cosa que me pone de los nervios. Está perdiendo tiempo y yo mi oportunidad—. Sabía que vendrías a pedirme que te llevase en coche y, para joderte, he venido en moto. —Inclina ligeramente la cabeza hacia la izquierda—. En serio, Martina, ¡¿y yo qué sé por qué he venido en moto?! Qué más da. Bueno, ¿qué? ¿Te vas a poner el casco o me lo quito yo? Me está comenzando a pesar la cabeza.

—¿Tú crees que voy vestida para ir en moto?

—Lo que creo es que el tiempo corre y que estás desesperada porque necesitas que alguien te lleve a esa entrevista. Y de los dos —digo señalando a Cristóbal con el dedo y luego a mí mismo— soy el único que puede hacerlo. Ahora mismo deberías conformarte hasta con un patinete eléctrico. Alégrate de que disponga de una moto que te pueda llevar al centro de Madrid en apenas veinte minutos.

Martina se acerca a mí y me quita el casco del brazo. Se deshace la coleta, se acomoda un poco el pelo y se coloca el casco sobre la cabeza. No puede evitar tambalearse un poco al ponérselo y me río ligeramente al verla.

—Ni te atrevas.

—Tarde, guapa.

Cojo dos chaquetas y le tiendo una para que se la ponga.

—No recordaba que odiase tanto ir en moto.

—¿Es que hay algo que no odies, Martina?

—Pues claro. —Se pone la chaqueta. Noto que le va un poco grande, pero no tanto como para que no la proteja bien—. Pero ni tú ni nada que tenga que ver contigo entráis en esa lista. Sigue habiendo mucho odio para ti en exclusiva. ¿Nos podemos ir ya, por favor?

Sonrío aprovechando que ella no me ve.

—Así me gusta. Caprichosa y consentida, pero educada.

Nos despedimos de Cristóbal, al que dejamos liado con el coche que estaba arreglando, y saco la moto del taller. La enciendo, haciéndola rugir, y no puedo evitar lanzarle una mirada a Martina. Por supuesto, ha puesto los ojos en blanco y la cabeza se le mueve de un lado a otro. Me río para mis adentros. Todo lo que otras chicas aman de mí, ella lo detesta. Por eso nuestra relación lleva en pie más de diez años. Es más fácil cansarse del amor que del odio.

—Verás como se me rompan los pantalones. —Consigo escuchar por encima del rugido de la moto.

Decido ignorar su comentario porque la única respuesta que se me ocurre es «no le eches la culpa a la moto del culo que tienes». Y, evidentemente, se pensaría que lo digo a malas cuando no es para nada así. Sería un halago hacia su culo, pero también sería el odio quien escuchase por ella, cosa que no me conviene. Por eso decido quedarme calladito.

Cuando ya está subida en la parte de atrás de la moto rodeándome el cuerpo con sus piernas, le cojo las manos que tiene puestas en mi espalda y se las coloco en mi abdomen.

—¿Tienes miedo a tocar?

Tras darle gas a la moto para hacerla rugir, pongo primera y arranco de golpe haciendo que Martina se agarre bien fuerte a mí, y nos ponemos rumbo al centro de Madrid.

—¡Tremendo imbécil!

—Agárrate fuerte.

3

MARTINA

Camino a través del vestíbulo del hotel Príncipe Pío entre palmeras, como si estuviese en las mismísimas islas Fiyi. Mis zapatos resuenan por el suelo brillante que hay bajo mis pies y en el cual se refleja absolutamente todo. No es el hotel más caro ni el más lujoso de todo Madrid, pero en el centro de esta ciudad hasta el hotel con menos estrellas es más lujoso de lo que te puedes llegar a imaginar. Bueno, todos todos no. Hay excepciones, claro, como en todo. Recuerdo aquel hotel de mala muerte que visitamos Gala y yo una noche en la que no éramos capaces de volver a casa ni de subir a cualquier vehículo sin vomitar. Aquel día no se nos ocurrió buscar reseñas ni opiniones. Eran las tantas de la madrugada y dábamos gracias por mantenernos de pie. No estábamos como para comparar hoteles, así que nos metimos en el primero que encontramos y aprendimos que antes de pasar la noche en un hotel siempre hay que buscar las opiniones de otras personas que hayan hecho lo mismo. Nunca habíamos estado en un antro tan… cutre. Por llamarlo de alguna manera.

El hotel Príncipe Pío es de lo mejor al lado de ese hotel. Y yo acabo de tener una entrevista para ser recepcionista.

Salgo del edificio con la esperanza de ver la moto de Víctor justo donde me ha dejado antes. De hecho, si cierro los ojos y me esfuerzo mucho, puedo verla aparcada y a él apoyado en ella. Evidentemente, no es lo que me encuentro cuando salgo por la puerta del hotel. Solo hay gente que va y viene y unos cuantos guiris que le hacen fotos a absolutamente todo lo que ven.

Me río de mí misma, sintiéndome ridícula, por pensar que Víctor seguiría ahí plantado esperando a que saliera. Quizá lo pensaba porque yo sí lo habría hecho. Por esa razón o porque sigo teniendo esperanzas en que Víctor algún día deje de ser un jodido chulo que no mira más allá de su propio ombligo.

El quid de la cuestión está en que siempre aparece una parte de mí que de normal tengo guardada bajo llave, y que es la que se compadece de Víctor. En estos momentos está martilleándome la cabeza mientras yo camino directa hacia la boca de metro de Príncipe Pío. «Pobrecito —me dice—, ¿cómo se te ha podido ocurrir que podía estar esperándote? Por favor, Martina, ha dejado de trabajar para traerte. No seas tan egoísta». Intento dejar de pensar en ello al momento y vuelvo a encerrar en el cajón a esa versión de mí que tan poco me gusta. Si está demasiado tiempo fuera, es capaz de ganarme la batalla.

Lo peor de todo es que Víctor sabe que, haga lo que haga, siempre se saldrá con la suya. Tiene ese poder sobre mí. Ha sido él quien ha creado esa versión de mí misma que siempre suelo tener bajo llave. Cuando nos conocimos gracias a nuestros padres, nuestra relación era normal y corriente. Éramos los hijos de unos padres que se adoraban. Nuestras madres eran mejores amigas de toda la vida. Nuestros padres se cayeron de maravilla cuando se conocieron. La vida los llevó a los cuatro por caminos separados hasta que, varios años después, se reencontraron. Ahí fue cuando nosotros nos conocimos. Éramos dos críos destinados a crecer juntos. Yo era una niña de doce años que seguía jugando con las muñecas Barriguitas. La ventaja de dos años que me sacaba Víctor era suficiente como para ir haciendo conmigo lo que le daba la gana. «Víctor, cuida de Martina», decían siempre mis padres. «Víctor, llévatela contigo y tus amigos a la bolera. Nosotros nos vamos a cenar fuera», decían los suyos. He sido una aguafiestas para él durante toda la vida. Víctor se ha ocupado personalmente de hacérmelo saber desde el principio. Y eso que pasar tiempo con él era lo último que yo quería. Nunca quise ir a la bolera con él y sus amigos, y mucho menos que cuidase de mí. Pero ¿qué va a decidir una niña de doce años?

Desde entonces, su odio hacia mí no paró de crecer. Ojalá pudiera decir que el mío hacia él también fue en aumento, pero estaría mintiendo. El primer día que lo conocí me fijé en sus ojos verdes. El segundo, en sus pecas —aunque menos que yo, él también tenía algunas sobre el puente de la nariz—. El tercero me hizo gracia cómo me miraba por encima del hombro, creyéndose de verdad superior a mí por tener catorce años en vez de doce. El cuarto me desperté sobresaltada soñando que íbamos a la tienda de chuches de Loli de la mano. Ahí fue cuando todo comenzó a desbordarse. Porque, a partir de ese momento, no pude dejar de mirar a Víctor con otros ojos. Hasta que llegamos a cumplir dieciséis y dieciocho años, yo estaba completamente enamorada de él, y a él no se le ocurrió otra cosa que jugar con mis sentimientos con la ayuda de todos sus amigos.

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