Prólogo
Washington D. C.
Estados Unidos
23 de mayo de 2025
Viernes
El senador Jack Johnson contempló en el espejo su nuevo esmoquin hecho a medida. Le sentaba a la perfección, y no era para menos: había costado más que su primer coche, pero valía la pena. Era un traje especial para una noche especial, una noche que supondría un nuevo capítulo en su vida.
Al menos ese era el plan. Pero, como muchos planes, este no llegaría a buen puerto. Porque, aunque Johnson no lo sabía, era el traje que llevaría en el momento de su muerte.
Johnson nunca se había tenido por un hombre importante. Otros sí lo hacían, y el equipo de protección personal que estaba comiendo a toda prisa en la cocina del sótano era prueba de ello. Pero él nunca se había creído la idea de que su trabajo lo convirtiera en alguien «especial».
Por supuesto que esperaba cierto revuelo mediático cuando fue elegido en 2020. Lo que no esperaba era el interés que despertaba lo que él consideraba una vida privada de lo más corriente, o que la tragedia fuese a intensificar de tal manera ese interés.
Al principio del mandato, su esposa Rita había enfermado y fallecido poco después, por lo que pasó de ser una de las mitades de la nueva pareja glamurosa de Washington D. C. a convertirse en el viudo más consolado de la capital. Fue el viaje más oscuro de su vida, y cada uno de los detalles era absorbido por una prensa sedienta de noticias.
Johnson no se lo reprochó; era la vida que había elegido, pero agradeció que por fin amainase la atención. Eso le brindó lo que en esta ciudad pasaba por normalidad.
Una normalidad que esperaba que terminase esa noche.
Había conocido a Elizabeth tres meses antes y habían pasado muy poco tiempo juntos desde entonces, pero no tenía dudas sobre lo que sentía. Únicamente otra persona había logrado ese efecto en él. Después de casi cuatro años solo, Johnson estaba preparado.
Como también lo estaban los cotillas profesionales de Washington.
Era imposible mantener alejada a la prensa, sobre todo cuando ya había captado el aroma de una nueva relación, el olor de un titular. Pero había aprendido muchas cosas durante su primer mandato y comprendía mucho mejor cómo funcionaba todo el engranaje. Si no era capaz de pararlo, al menos podía manipularlo.
La prensa conocería a Elizabeth, tendría su noticia, pero Johnson pondría las condiciones.
Esa idea le arrancó una sonrisa mientras se colocaba la pajarita negra con un gesto casi mecánico. Había elegido esa noche a conciencia. La naturaleza del acto —una importante gala benéfica para el Smithsonian— garantizaba la máxima cobertura de prensa y aseguraba que la velada fuese su única y definitiva presentación en sociedad como pareja. El hecho de que Elizabeth fuese la oradora principal solo mejoraba la elección, ya que la haría reconocible al instante para todos los periodistas allí presentes.
El sonido de un portazo varios pisos más abajo interrumpió los pensamientos de Johnson, que salió del vestidor y entró en el dormitorio.
La habitación estaba vacía y la gran cama de matrimonio inmaculada, tal como la había dejado la criada horas antes. Toda la estancia, como el resto de la enorme casa adosada de Johnson en Mount Pleasant, se asemejaba más a una vivienda piloto que a un hogar.
Momentos después de entrar nuevamente en el vestidor oyó otra puerta cerrándose, pero esta vez con suavidad, así que decidió ignorarlo. Estaba acostumbrado a que hubiera extraños en su casa: personal del Senado, los tres miembros del servicio doméstico que cuidaban el lugar abriéndose paso entre ellos y el pequeño grupo de policías del Capitolio cuyo trabajo era mantenerlo a salvo. Rara vez o nunca estaba solo.
Recuperó la sonrisa al pensar en la noche que le esperaba.
Pero la sonrisa desapareció tan súbitamente como había llegado, espantada por el sonido de otra puerta cerrándose, esta vez de manera mucho más silenciosa, mucho más cerca.
Con dos zancadas había vuelto al dormitorio, que ya no estaba vacío.
—¿Sophie?
Habló en cuanto reconoció a la figura que tenía frente a él, sin fijarse siquiera en los detalles. Estos llegaron rápidamente, junto con una sensación de angustia en el estómago.
Sophie Arnott cursaba secundaria en un instituto de Ohio. Era con diferencia la alumna más sobresaliente de su distrito escolar y había obtenido una plaza para realizar prácticas no remuneradas en la oficina de Jack Johnson, el senador júnior de su estado. Llevaba cinco de un total de seis semanas, a lo largo de las cuales había demostrado muy bien cuatro cosas. Era extremadamente inteligente, intelectualmente madura para su edad e increíblemente afable: en poco más de un mes había hecho buenos amigos entre un personal del Senado que solía mostrarse muy irritable.
Esos tres factores eran beneficiosos para la carrera política a la que aspiraba Sophie. Pero ¿y el cuarto? La atracción sexual mal disimulada y absolutamente inapropiada que sentía hacia su jefe, mucho mayor que ella. Eso era un problema que ahora amenazaba con degenerar en un escándalo: una becaria menor de edad en la habitación de un senador estadounidense, enfundada en un impermeable largo y con la puerta cerrada tras ella.
El interés romántico ya se hizo evidente en su segunda semana, y ni siquiera Johnson, conocido por su incapacidad para captar «señales», había podido ignorarlo. Decidió obviar el encaprichamiento, reacio a que un deseo juvenil rodease de sospechas la pasantía de Sophie Arnott, pero aun así fue cuidadoso. Durante esas cinco semanas procuró no quedarse nunca a solas con ella en una habitación.
Hasta ahora.
El corazón le empezó a latir a mil por hora mientras Sophie esbozaba una sonrisa recatada. Tal aumento de actividad no obedecía a la excitación, sino a una mezcla de nervios y adrenalina que ahora inundaba su organismo: la sensación muy real de un escalofrío que le bajaba por la columna vertebral era imposible de ignorar. Instintivamente, metió la mano en el bolsillo para coger el teléfono móvil mientras pensaba a quién podía llamar para pedir ayuda. Pero la idea se diluyó al momento, anulada por la imagen mental del dispositivo en el salón, situado tres pisos más abajo. Lo había dejado cargando.
Manteniendo la esperanza de haber malinterpretado todo aquello, Johnson se tomó un instante para evaluar los detalles, pero eso no alivió sus temores. Sophie iba maquillada como una adolescente juzgaría adecuado para la seducción adulta: labios de color rojo intenso, demasiado colorete en las mejillas y unas pestañas que casi parecían un jeroglífico. Su espeso cabello castaño, aparentemente peinado por un profesional, le caía por la espalda.
¿Y la ropa? ¿Qué había debajo de ese impermeable?
Era una pregunta cuya respuesta Johnson esperaba que nunca se le desvelara.
Apenas había transcurrido un segundo desde que pronunció su nombre por primera vez, tiempo suficiente para saber lo que estaba sucediendo, pero sus siguientes palabras fueron una pregunta.
—Sophie, ¿qué estás haciendo aquí?
La sonrisa nerviosa. La mano alzándose hasta la cadera, cada milímetro del movimiento delatado por la vacilación.
—Ya sabes por qué estoy aquí…, Jack.
Su nombre de pila sonaba extraño en boca de Sophie, y resultaba aún más incómodo por su tono ronco. Seguro que había recreado mentalmente ese momento en innumerables ocasiones. La fantasía sexual de una niña, mucho más peligrosa de lo que ella misma podía imaginar.
Johnson empezó a sentir pánico.
—¿Cómo has llegado hasta aquí?
—He entrado sin más. Quería verte fuera de la oficina. Y quería que tú me vieras.
Johnson pensó en su equipo de seguridad. Por supuesto que la habían dejado entrar: era una empleada. Pero ¿y si alguno había reparado en el maquillaje? ¿Qué creerían que estaba ocurriendo tras la puerta del dormitorio?
—Así pues, ¿quieres verme?
Mientras hablaba, los dedos temblorosos de Sophie desabrocharon el primer botón del impermeable, y luego el siguiente. Ahora, Johnson estaba prestándole toda su atención, pero no como ella había planeado.
—Para.
Lanzó la orden con brusquedad mientras acortaba la distancia que los separaba. Ya veía piel desnuda bajo la gabardina, un atisbo de lencería, y le agarró las manos antes de que pudiera mostrar nada más.
—No puedes hacer esto, Sophie. Está mal.
Dando un paso atrás, la chica apartó las manos, y Johnson no se lo impidió. Lo último que necesitaba era que aquello derivase en una denuncia por agresión. Percibió la confusión en su rostro, la inocencia que se ocultaba tras sus intenciones.
—Pero… yo pensaba…
—Te equivocaste.
—Pensaba que los dos queríamos esto.
—Por el amor de Dios, Sophie. Eres una niña. Aún no sabes lo que quieres, pero desde luego no soy yo.
Sophie se acercó más y extendió las manos hacia las de Johnson.
—Sí que eres tú, Jack. Siempre lo has sido. Y sé que me deseas. He visto cómo me miras.
Ahora fue Johnson quien se apartó, quien puso distancia entre los dos. Cuando habló, mantuvo un tono firme y deliberadamente paternal.
—Sea lo que sea que creas haber visto, te equivocas. Lo siento. Tengo cuarenta y dos años, Sophie. Podría ser tu padre.
—Pero no lo eres…
Ella se acercó de nuevo, recuperando la sonrisa.
—Ya basta. —Esta vez, el tono de Johnson fue tajante—. Quiero que salgas de esta casa.
Sophie hizo ademán de responder, pero el senador no se lo permitió. La cogió por los hombros y la llevó hacia la puerta del dormitorio.
—Ni una palabra más, Sophie. Se acabó.
Llegaron a la salida en solo unos pasos. Manteniendo una mano en el hombro de Sophie para evitar que se diera la vuelta, Johnson utilizó la otra para girar el pomo, pero no cedía. La puerta estaba cerrada y no veía la llave por ninguna parte.
Impaciente, Johnson giró a la chica para que lo mirara de frente.
—¿Dónde está la puta llave?
—Yo… Yo no he cerrado.
Johnson no la creyó. Había tres llaves para esa habitación. Una la tenía el personal doméstico, otra el servicio de seguridad y la tercera era la de Johnson. Y cuando él estaba en la habitación, la llave no salía nunca de la cerradura.
Si ahora no estaba allí, alguien la había cogido.
—Ya basta de juegos. —Su tono era serio y directo—. Abre la puerta.
—No puedo. Yo no la he cerrado.
Por un momento, Johnson sintió el impulso de gritar, pero, cuando se preparaba para alzar la voz, notó algo en los ojos de Sophie. Estaba diciendo la verdad, lo cual suscitó dos preguntas inevitables: si ella no había cerrado, ¿quién demonios lo había hecho? ¿Y por qué?
Al momento, el misterio cayó en el olvido, reemplazado por un mal sabor de boca y una sensación extraña y desagradable en la garganta y los pulmones. Confuso, Johnson se dio la vuelta y vio las primeras volutas de humo negro colándose por la pequeña rendija que había entre la puerta y la moqueta del dormitorio.
Se le aceleró el pulso al llegar a la única conclusión posible.
—¡Fuego!
El grito sobresaltó a Sophie, pero Johnson no le prestó atención. Ya estaba junto a la puerta, decidido a abrirla. Primero intentó girar de nuevo el pomo —una pérdida de tiempo— y luego empujó con el hombro. Cuatro, cinco, seis veces embistió la gruesa barrera de madera con el deltoides.
Él ignoró el dolor, que aumentaba con cada colisión, y la puerta ignoró sus golpes.
Respirando con dificultad a causa del esfuerzo y la mezcla tóxica que ahora se condensaba a su alrededor, dio un paso atrás. Solo entonces cayó en la cuenta de que la puerta, como cualquier otro punto de acceso a la habitación, probablemente estaba reforzada, una desventaja involuntaria de las reformas de seguridad por las que había pasado la casa antes de que él y Rita se instalaran.
El humo aumentaba a un ritmo que a Johnson le parecía increíble. Lo que antes eran pequeñas volutas estaba convirtiéndose en un torrente. El olor le quemaba la nariz y le dolían los pulmones.
—¡Ayuda! —gritó Johnson mientras se apartaba y apuntaba a la puerta con la esperanza de que su pie lograra lo que su hombro no había podido—. ¡Ayuda!
—¡Ayuda!
El grito de Sophie ahogó el ruido sordo que emitió el zapato de Johnson al golpear la puerta.
Lo intentó de nuevo.
La puerta —cuyo refuerzo era ya una certeza— ni se inmutó.
Johnson se alejó, esforzándose por contener el vómito que notaba en la garganta. El humo se volvía más denso a cada segundo. Instantes después, la puerta quedó completamente oculta.
—¡Ayuda!
Ambos estaban gritando, con fuerza pero cada vez más desesperados.
No acudía nadie y Johnson se preguntó por qué. Era una casa grande, pero no tanto como para que no se oyera el alboroto. La conclusión era obvia: su equipo de protección era incapaz de atravesar las llamas.
—¡Ayuda, por favor! ¡Ayudadnos!
A Johnson le sorprendió la debilidad de la voz de Sophie mientras pedía ayuda por última vez. Había humo por todas partes, e inundaba el dormitorio y el vestidor. Ya había hecho mella en él, pero ahora tomó conciencia de lo mucho que debía de estar afectando a los pulmones de la adolescente. Observó su piel pálida y el contenido de su estómago, que ahora decoraba la parte delantera del impermeable.
La chica se estaba muriendo, y él también. A menos que Johnson encontrara la fuerza necesaria para salvarlos.
Cogiendo a Sophie en brazos, fue tambaleándose hacia el otro extremo del vestidor y la dejó en un rincón sobre la moqueta. Allí abajo, la capa de humo era menos densa.
Agachado, sus ojos se posaron en dos pesadas hormas para zapatos tiradas en el suelo. Fue gateando hacia ellas, las cogió y volvió lentamente al dormitorio, dirigiéndose a la única ventana que daba al jardín de la propiedad.
La ventana había estado cerrada desde la elección de Johnson, ya que, según le dijeron, era un punto de acceso demasiado fácil para alguien con malas intenciones. En vista de ello, siguió el consejo de su equipo de seguridad y pidió que reforzaran el cristal y fijaran el marco para que no se pudiera abrir. En su momento le había parecido sensato.
Intentó ponerse de pie, pero, al principio, su cuerpo se negó a obedecer. El vómito que había estado conteniendo se liberó encima de sus manos y las piezas de madera que sostenían. Por un momento notó que el codo izquierdo cedía, y estuvo a punto de caer de bruces sobre la moqueta.
Johnson resistió la tentación de desplomarse. Sabía que, si acababa en el suelo, nunca se levantaría. Así pues, reunió hasta su última gota de energía y se obligó a levantarse de nuevo. Manteniendo a duras penas el equilibrio y asfixiado por el veneno que lo rodeaba, cogió la primera horma con la mano derecha y golpeó con ella el cristal con las pocas fuerzas que le quedaban. Ni siquiera dejó una mancha. Probó de nuevo. Y otra vez. Y otra vez. Golpes repetidos, cada uno más débil que el anterior, mientras el humo le llenaba los pulmones.
Al cuarto golpe, la horma se rompió en sus manos. Miró la segunda, que aún sostenía en su mano izquierda pero apenas era visible, y en ese momento se dio cuenta de la futilidad de sus esfuerzos.
La dejó caer al suelo.
Luego, él también cayó.
Y, mientras perdía el conocimiento, pensó en Rita.
Pensó en Elizabeth.
Y pensó en Sophie Arnott, la niña que compartiría su mismo destino.
1
Stuttgart
República Federal de Alemania
27 de septiembre de 2025
Sábado
Karl Weber saltó antes de que el balón tocase el fondo de la red, sus frenéticos vítores tan indescifrables como los de las miles de personas que lo rodeaban. Toda la grada del Cannstatter había cobrado vida en un momento de genialidad individual por parte del icónico número 10 del VfB Stuttgart, Bobby Wright, cuya carrera de cuarenta metros terminó con un tiro imparable desde la esquina del área de penalti.
El golazo había sentenciado el resultado. El VfB ganaba por cuatro a cero a falta de solo quince minutos para el final, haciendo casi imposible una remontada del TSG Hoffenheim. El marcador exigía una celebración, sobre todo porque era contra uno de los máximos rivales del club. Y Weber, como tantos otros a su alrededor, iba a hacer exactamente eso.
Se limpió lo que parecía un cubo de cerveza de los ojos y el pelo mientras seguía vitoreando a través de una lluvia constante de lager, agarrando, abrazando y, sobre todo, gritando a los que tenía más cerca. No era el único. El chut de Wright había desatado una explosión de euforia incontrolada en la Cannstatter Kurve, la grada más tristemente célebre del VfB, ocupada por los seguidores más fanáticos del club. En cualquier otro lugar, la reacción de Weber habría parecido exagerada, pero allí era una simple gota en un océano de emoción desbocada.
Nadie prestó atención al campo mientras la locura invadía la grada. Nadie observó cómo recuperaban el balón de la portería y volvían a dejarlo en el círculo central para que diese comienzo el tramo final del partido. Por el contrario, los vítores continuaron durante varios minutos mientras los aficionados se felicitaban unos a otros como si hubiesen marcado los cuatro goles ellos mismos.
Esa fue la razón por la que los seguidores de la Cannstatter Kurve fueron los últimos en ver la llegada de la muerte al MHP Arena.
Weber apenas se percató de los primeros disparos. Se produjeron cuando tenía la cabeza enterrada en el hombro de su amigo Philipp Rüdiger, que era mucho más alto que él. Weber y Rüdiger llevaban casi treinta años yendo a ver al VfB con su amigo Florian Aber, y ninguno de los tres percibió el cambio repentino en el ambiente.
La segunda ráfaga llegó segundos después. Esta vez, Weber oyó el ruido, pero seguía demasiado distraído como para preguntarse cuál podía ser la causa. Eso cambió en un instante con una tercera, cuarta y quinta ráfagas, estas casi simultáneas.
Confundido, Weber miró a su alrededor. Al principio creyó que eran petardos, pero algo en su interior le decía que no. Tal vez fue el volumen, demasiado alto para tratarse de fuegos artificiales en un estadio. O quizá fue la violencia inherente que parecía acompañar al sonido. Fuese lo que fuese, su instinto demostró ser acertado con el sonido de una sexta, séptima y octava ráfagas. Entonces supo que lo que había interpretado como vítores de alegría eran gritos de terror.
Se volvió hacia Aber, situado a su derecha, con la intención de darle instrucciones, pero su amigo se anticipó.
—¡Corre!
Gritando, Aber empujó a Weber, sus palabras ahogadas por el ruido que los rodeaba y luego totalmente eclipsadas por otra ráfaga de disparos, esta mucho más cercana. Toda la Cannstatter Kurve se había percatado de la amenaza y una sección entera de la grada parecía moverse al unísono, arrastrando a su paso a los aterrados Weber, Aber y Rüdiger.
Los disparos continuaron mientras los tres hombres se movían. Algunos sonaban lejanos, otros más cerca. Viniesen de donde viniesen, Weber no tenía forma de verlos ni de controlar si estaba avanzando hacia ellos o alejándose. Solo podía intentar mantenerse de pie en el aplastante abrazo de la multitud, con la respiración entrecortada mientras los cuerpos presionaban por todos lados.
Weber trató de liberarse. Estaba desesperado por ver hacia dónde lo llevaba la ola humana y preocupado por localizar a sus dos amigos, ahora perdidos entre la multitud. Era tarea imposible. Miles de personas se habían fusionado en una única, irresistible y descontrolada entidad impulsada por una sola cosa: el deseo de escapar.
Contra eso, un hombre no podía hacer nada.
Más disparos. Más gritos.
En respuesta a ellos, la multitud pareció apiñarse más, como si los de fuera estuvieran intentando entrar. Eso empeoró la ya insoportable opresión, con cuerpos empujando a Weber en el pecho, los hombros y la espalda. En ese momento era imposible respirar: sus pulmones y su caja torácica no podían hacer nada para superar la presión que ahora lo rodeaba.
Se esforzó por coger aire, por tener espacio, pero sabía que no lo estaba consiguiendo, que no podría sobrevivir.
El alivio llegó con otra andanada. El sonido indicó a Weber que eran los disparos más cercanos hasta el momento, y una mezcla de sangre y otras sustancias corporales de alguna víctima invisible lo confirmó al impactar en su rostro.
La cercanía del atacante dispersó un poco a parte de la multitud, como si hubiesen decidido probar suerte en otra dirección. Eso redujo la presión sobre Weber y le permitió respirar por, según su percepción, primera vez en varios minutos. También despejó su línea de visión.
Finalmente pudo divisar a un tirador.
En un abrir y cerrar de ojos registró sus rasgos. El hombre era árabe. Llevaba un mono marrón de estilo militar que parecía un traje de vuelo y un rifle de asalto que en ese momento se desvió de Weber y apuntó a un pequeño grupo que se había separado de la multitud.
Un grupo, según pudo comprobar Weber, que incluía a varios niños pequeños.
—¡No!
Su grito no sirvió de nada, y solo pudo observar horrorizado cómo el tirador abría fuego. La ráfaga fue acompañada de un grito:
—Allahu Akbar!
Era lo peor que Weber había visto en toda su vida, el acto más horrible que había presenciado, y lo dejó físicamente aturdido. Incapaz de moverse, vio al mismo individuo descargar dos ráfagas más contra la multitud que huía, ambas con el mismo grito de celebración a su dios. La parálisis persistió incluso cuando el hombre lo vio, y Weber se quedó quieto mientras el arma giraba hacia él.
Si el hombre hubiese tenido la oportunidad de disparar, Weber estaría muerto. Y, sin embargo, no sintió alivio cuando, en lugar de abrir fuego, el atacante se desplomó tras ser acribillado por alguien a quien no podía ver.
Weber no se dio cuenta de nada: ni de que había sobrevivido, ni de que los terroristas que habían asesinado a tanta gente estaban muertos, o ni siquiera del hecho de que la pesadilla estaba tocando a su fin. No podía apartar la mirada de los cuerpos que yacían a unos metros de él.
Los cuerpos de tres seguidores del VfB, ni más jóvenes ni más viejos que él y sus dos amigos cuando asistieron a su primer partido. Tres muchachos que sin duda estaban celebrando ese mismo gol hacía solo unos minutos.
Tres muchachos que nunca verían otro amanecer.
2
«El intenso calor de la noche de Stuttgart parece un telón de fondo apropiado para el infierno que se ha desatado hoy aquí».
Georg Miller leyó esas palabras cuatro veces, tres mentalmente y una en voz alta. Habían superado el examen silencioso —sobre el papel estaban bien—, pero tropezaban con el último obstáculo.
«Puedes escribir esta mierda, Georg —pensó—, pero no puedes decirla ni de broma».
Utilizando un bolígrafo barato, tachó su esforzada prosa con tinta negra. Luego cerró su maltrecha libreta con tapas de cuero y la guardó en la bandolera. No encontraba las palabras, y no lo haría. Todavía no.
No mientras se sintiera así.
Miró hacia fuera a través de las grandes puertas de acceso al hospital. Lo que más deseaba en ese momento era un cigarrillo, pero ver la zona de fumadores lo hizo dudar. Había una cantidad incómoda de periodistas, todos sin nada que hacer excepto fumar y vapear mientras esperaban noticias de dentro.
A Georg, esperar a que les sirvieran en bandeja lo esencial de una noticia siempre le había parecido una manera perezosa de abordar el trabajo. Pero no era solo el desdén que sentía por sus compañeros lo que lo mantenía dentro del edificio y lejos del calor todavía opresivo de la noche. También estaba la certeza de que una dosis de nicotina, por agradable que fuese, no lograría calmarlo después de los horrores que había presenciado.
«Después de esto hará falta algo mucho más fuerte y mucho menos legal».
Volvió a dirigir su mirada hacia el interior del hospital.
Desde allí divisaba la abarrotada zona de recepción y calculó que un cinco por ciento de sus ocupantes eran periodistas y el resto, pacientes y personal médico. Esas cifras por sí solas denotaban una noche ajetreada, pero la terrible realidad seguía oculta. Lo que Georg había visto en las salas y los pasillos más allá de la recepción no se parecía a nada que hubiera experimentado. Ni de lejos.
Aquellas imágenes quedarían grabadas en su memoria mientras viviera, un alto precio que eliminaba cualquier necesidad de volver a mirar para describirlas.
Y aun así no tenía más remedio que regresar, pasar por la recepción y adentrarse en el infierno que había más allá. Porque allí era donde estaban las respuestas. Las respuestas a las preguntas que se moría por hacer.
A las preguntas que le pagaban por formular.
«Porque un periodista no huye a la primera señal de sangre».
Repitió esas palabras mentalmente mientras separaba la espalda de la pared y respiraba hondo, preparándose para lo que se avecinaba. Esas mismas palabras, que su abuelo le inculcó hacía más tiempo del que podía recordar, habían alimentado a Georg durante toda su carrera: un mantra tallado en su alma. En ese momento no era consciente de que las estaba pensando. No era consciente de lo mucho que debía a los valores que subyacían en ellas. La lección definitiva de su abuelo, la diferencia entre él y todos los que estaban en la zona de fumadores.
Entró de nuevo.
Georg había tardado casi dos horas en ir desde las oficinas de la revista de actualidad Komet, situadas en Hamburgo, hasta el aeropuerto de Stuttgart, y luego treinta minutos más en llegar al Marienhospital, donde habían trasladado a la mayoría de los heridos y moribundos en un esfuerzo desesperado por salvarles la vida. Cuando llegó, habían pasado tres horas y, aun así, los médicos no habían visto a la mitad de los heridos.
Tal era la envergadura del horror que los había llevado a él y a tantos otros periodistas hasta allí.
Incluso ahora, los detalles seguían siendo escasos.
La policía había comunicado muy poco a la ciudadanía o a la prensa, y Georg no había podido sonsacar mucha información a nadie del hospital. El personal médico estaba demasiado ocupado, la mayoría de las víctimas no se encontraban en condiciones de hablar y ver tantos muertos y moribundos había dejado a Georg demasiado conmocionado como para idear preguntas perspicaces.
Hacía tres horas que había llegado la noticia de la atrocidad y solo estaba al tanto de los detalles que conocía el resto del mundo: más de treinta aficionados al fútbol muertos y a saber cuántos más heridos. Todos los terroristas habían sido abatidos por la GSG-9, la unidad de élite de las fuerzas especiales de la Bundespolizei.
Al principio de su carrera, a Georg le habría bastado con eso, al menos a esas alturas. Pero el mundo, y especialmente Alemania, había cambiado en la década transcurrida desde que firmó su primera noticia. Por aquel entonces podría haber esperado una reacción moderada y lógica incluso a la peor de las salvajadas terroristas, pero ahora podía garantizar lo contrario. Alemania era un polvorín, listo para explotar en una dirección que Georg juzgaba impensable. Y ya no se podía confiar en que los políticos de su país, antaño entre los más liberales del mundo occidental, calmaran esa tormenta.
Un atentado como aquel, y como todos los que lo habían precedido, suponía una escalada lo suficientemente grande en envergadura y horror como para que su manipulación y su uso contra una población ya asustada fuese inevitable.
Ya lo había visto antes: políticos supuestamente respetables utilizando una tragedia para movilizar a las masas aterrorizadas hacia una causa que esas mismas masas cuestionarían en otras circunstancias. Había sucedido reiteradamente a lo largo de tres años desgarradores de terror, violencia y muerte.
Pero esta vez no. Esta vez Georg lo impediría.
Y, para lograrlo, necesitaba saber más.
3
Al entrar de nuevo iba despacio, temeroso de las imágenes que estaba a punto de ver.
A pesar de ser uno de los centros sanitarios más importantes de Stuttgart y de contar con el servicio de urgencias más grande de la ciudad, el Marienhospital era inadecuado para el propósito al que ahora estaba siendo destinado.
Georg mantuvo la vista al frente y trató de ignorar lo que sucedía a su alrededor, pero era imposible no ver la enorme cantidad de cadáveres ensangrentados y apenas cubiertos que había dejado en el pasillo un personal demasiado ocupado luchando por los vivos como para preocuparse por la dignidad de los muertos.
«Treinta fallecidos es una estimación a la baja —se dijo a sí mismo mientras avanzaba—. Son muchos más».
Y, sin embargo, lo peor no eran esos cuerpos. Lo que más lo atormentaba eran las imágenes y los sonidos de los vivos. Había decenas de ellos a izquierda y derecha. Algunos seguían esperando atención médica y, en otros casos, parecía que los doctores habían hecho todo lo que estaba en sus manos.
Solo pudo sacudir la cabeza mientras seguía adelante, reprimiendo las lágrimas de consternación. Sabía que aquello era obra del mal en estado puro: la pérdida masiva de sangre, los gritos de agonía y la desesperación en los rostros de los médicos y enfermeras que aún luchaban por salvar a esas pobres personas.
Muchos no lo lograrían. Georg no necesitaba titulación médica para saberlo. ¿Y los que sobrevivirían? Estaban repartidos por la unidad de urgencias y los numerosos departamentos circundantes asignados a aquella tarea.
Georg no lo sabía, pero había estado respirando hondo mientras se movía, un intento subconsciente de fortalecerse para lo que vendría y, en sí mismo, un síntoma del empeño en superar aquello, en hacer su trabajo. Pero esas respiraciones cesaron cuando miró a su izquierda y vio en la camilla más cercana una figura pequeña cubierta con una sábana.
Por un momento se quedó inmóvil. Esa última imagen —ese niño perdido— casi fue demasiado. Un niño inocente, probablemente entusiasmado por un día de fútbol con su padre, cuya alegría se vio reemplazada en un instante por un terror que nunca podría comprender. Su vida arrebatada por esos…
«… por esos putos asesinos».
Esos pensamientos estuvieron a punto de desbordarlo y le empezaron a caer lágrimas por las mejillas. Con la mirada fija en la sábana, por suerte sin sangre, sus emociones acabaron por superarlo. Las lágrimas eran pocas, pero la inercia era total. Podría haberse quedado allí toda la noche, paralizado entre el dolor y la inacción, de no ser porque notó algo en la parte baja de la espalda que lo sacó de su estupor y lo empujó físicamente hacia una pared.
Tres médicos pasaron corriendo, y el más cercano ofreció una tímida disculpa por el empujón mientras se movían de una emergencia a la siguiente. Fue la interrupción que Georg necesitaba y un recordatorio de por qué se encontraba allí.
«Se están esforzando —pensó mientras observaba a los tres médicos pasar corriendo—. Están haciendo su trabajo. Están cumpliendo con su deber».
Fue la sacudida que Georg necesitaba para hacer lo mismo.
Tras alejarse un poco de la camilla y dejar atrás aquella protuberancia del tamaño de un niño, volvió a respirar hondo y observó lo que parecía una versión menos frenética del servicio de urgencias.
Nada más entrar, Georg vio en qué se había convertido aquella sala. El personal estaba trasladando a los heridos no mortales allí, un lugar para que sangraran, gimieran y gritaran de dolor mientras esperaban una atención médica mucho más necesaria en otros lugares. Si había de encontrar a alguien que quisiera y pudiera hablar con él, sería allí.
Los vio casi al instante: un grupo de tres hombres, todos sentados contra una pared lejana, todos ellos una generación mayor que Georg y lo bastante ensangrentados como para no generar dudas de por qué se encontraban allí. Todos estaban heridos, pero ninguna de las lesiones parecía mortal.
Cuando echó a andar, ellos también lo vieron. En realidad resultaba inevitable: puesto que los otros periodistas se habían quedado fuera, Georg probablemente era la única persona que en ese momento no estaba cubierta de sangre en todo el edificio. Dando por hecho que ya habrían intuido a qué se dedicaba, fue directo al grano.
—¿Les importa si hablo con ustedes, caballeros? Tengo algunas preguntas.
Ninguno de los tres pronunció ni una palabra. En lugar de eso, se miraron unos a otros y luego se volvieron hacia la sala abarrotada. Era un mensaje entregado en silencio.
—¿Estaban…? —Georg vaciló al darse cuenta de que lo que iba a preguntar era ridículo—. ¿Estaban ustedes en el estadio de fútbol esta noche?
Dos de los tres se quedaron en silencio. El tercero, que se puso en pie, no.
—¿Usted qué coño cree? —preguntó.
—Verständlich —respondió Georg—. Supongo que me lo he buscado. Mire, esto no es ninguna artimaña. Soy periodista y solo quiero averiguar qué pasó.
Uno de sus amigos se irguió un poco ante la mención a la prensa, como si no lo hubiera deducido antes. Los otros dos —uno todavía sentado y el otro de pie— lo habían averiguado por sí mismos.
El primero siguió ejerciendo de portavoz.
—¿Cómo se llama?
—Georg Miller. Soy del Komet de Hamburgo. ¿Le importaría decirme su nombre?
El hombre que estaba de pie miró a sus dos amigos como pidiendo permiso. Uno respondió asintiendo y el otro encogiéndose de hombros, unas respuestas tan claras para él como carentes de significado para Georg.
—Me llamo Karl Weber. —Señaló hacia atrás—. Mi amigo, el alto, es Philipp Rüdiger, y este es Florian Aber. Ahora díganos qué quiere exactamente.
—Los detalles. La verdad. Quiero asegurarme de que lo que se publica es lo que ocurrió realmente.
—¿La verdad? —Daba la impresión de que Weber se habría reído de haber encontrado en su interior la capacidad de hacerlo después de los horrores que había presenciado—. ¿Cuándo han contado los suyos la verdad?
—¿A qué se refiere con «los suyos»?
—Lo sabe de sobra. Ustedes solo difunden mentiras. No son más que propagandistas de los cabrones que han permitido esto.
—¿Qué cabrones?
Weber miró a su alrededor con afectada exasperación. Cuando volvió a hablar, elevó el tono de voz, cosa que suscitó el interés de los allí presentes.
—¿Qué cabrones? ¿Lo dice en serio? Los hijos de puta que se han cargado este país. Esos cabrones. Los que han llenado nuestras fronteras de enemigos que nos odian a nosotros y nuestro estilo de vida…, la puta escoria asesina de la Tierra… Usted y la gente como usted son igual que Goebbels, pero él al menos era un patriota.
La última frase provocó un escalofrío en Georg, plenamente consciente de la multitud que comenzaba a formarse a su alrededor, una multitud que no parecía discrepar de Karl Weber. Esas últimas palabras —la defensa implícita del principal propagandista de Adolf Hitler— eran algo nuevo para él, un paso más en un camino que, con creciente consternación, había visto a sus compatriotas seguir. Pero ¿y el resto? ¿La aversión y la desconfianza hacia la prensa generalista?
Era demasiado habitual en 2025.
Y a decir verdad, Georg podía entender qué lo había causado.
—Por si sirve de algo, comparto su rabia —aventuró—. Rara vez se informa con el debido rigor de cosas como la que ha ocurrido hoy. Pero estoy aquí por eso, créame. Quiero asegurarme de que la ciudadanía conozca la verdad y no la versión de un político.
—Ah, ¿sí? Entonces ¿dónde coño estaba las otras veces? ¿Dónde estaba después de Magdeburgo, cuando el Gobierno y los medios de comunicación intentaron convencernos de que un árabe que gritaba «Allahu Akbar» mientras embestía con su coche a una multitud de alemanes en un mercado navideño era antiislamista?
—Entiendo que…
—¿Y qué hay de Bonn? —terció el segundo, Florian Aber—. Pusieron una bomba dentro de una iglesia. ¿Y qué dijeron los putos periodistas? «No hay motivos para sospechar de algún vínculo con el extremismo islámico». Eso dijeron. Si no fuera por AfD y las redes sociales, no nos enteraríamos de nada.
—Entiendo que lo vean así. —Georg estaba decidido a hacer llegar su mensaje—. Pero les doy mi palabra de que yo no actuaré de esa manera. Mi trabajo es que la verdad salga a la luz y que todo el mundo sepa lo que debe saber.
—¿Y quién decide lo que debemos saber? ¿Usted?
—No lo decide nadie. Hay que contar la verdad, nada más y nada menos.
—Y eso es lo que planea hacer, ¿eh? Decir la verdad.
—Si me lo permiten.
—Der Scheinwerfer. —Esta vez habló el hombre alto, Philipp Rüdiger—. Ese es su pódcast, ¿no?
Georg asintió. No tenía ni idea de qué rumbo iba a tomar aquella conversación.
—El foco, sí —respondió—. ¿Lo ha oído?
—Sí.
—Entonces ¿sabe que hablo en serio?
—Usted no es un mercenario de nadie, eso es cierto.
Weber no pareció reparar en la limitada validación que Rüdiger había brindado al joven periodista. Estaba demasiado afectado para escuchar.
Eso no dejó a Georg más opción que continuar.
—Entonces ¿pueden contarme algo sobre lo sucedido, algún detalle que deba hacerse público?
—Puedo decirle quién estaba detrás de esto. —La voz de Weber se quebró al pronunciar esas palabras, como si estuviera reviviendo un momento ahora grabado a fuego en su ser—. Puedo decirle quién mató a esos niños pequeños.
Con lágrimas surcándole las mejillas, Weber relató lo ocurrido. Cuando hubo terminado, Georg esperó unos segundos, dándole tiempo para recuperarse mientras daba forma cuidadosamente a la siguiente pregunta.
Aguardó tanto como pudo, pero no tuvo más remedio que pedir detalles, cualquier indicio de que aquello no era lo que parecía, pero se mantuvieron firmes. Los atacantes eran islamistas y habían disparado mortalmente a varios niños.
Era justamente lo que Georg esperaba y no supo qué responder.
—¿Es suficiente prueba para usted? —preguntó Weber, su furia cada vez más visible—. ¿Lo es o volveremos a lo del mercado navideño? ¿Le dirá al mundo que esos asesinos de mierda eran simplemente unos enfermos mentales, que todos estaban un poco mal de la cabeza?
—Por supuesto que no. Le prometo que, si es tan sencillo como dice, eso es lo que publicaré. Pero debe entender que, si no es tan sencillo, si resulta que hay algo más, la gente debe saberlo. Y debe saberlo antes de que algún cabrón sin escrúpulos utilice esta tragedia para causar problemas.
—¿Problemas?
El rencor en la voz de Weber era evidente, y Georg se arrepintió al instante de sus palabras.
—¿Problemas? —insistió Weber—. ¿Ha mirado a su alrededor? Hace mucho que cruzamos la frontera de los putos problemas.
Georg se disponía a contestar, pero Aber apartó a su amigo, se acercó a él y le hundió el dedo en el pecho antes de continuar.
—No le necesitamos. Tenemos a gente que sabe que todo esto es una declaración de guerra al pueblo alemán. Pero es una guerra que esta vez no vamos a perder. Con el respaldo de AfD no.
Georg dio un paso atrás para poner distancia entre ellos. La agresividad de Aber y esa segunda referencia a Alternativa para Alemania le dijeron lo que necesitaba saber: no conseguiría nada con aquella conversación.
Dio un segundo paso atrás y luego un tercero. La distancia significaba seguridad, pero aun así no apartó la mirada de Florian Aber. Finalmente estaba listo para dar media vuelta, pero Georg sintió la necesidad de decir algo más.
—Contaré la verdad, sea cual sea. Hablo en serio. No importa a quién implique.
Para la respuesta que obtuvo, se lo podría haber ahorrado.
4
Georg dio una honda calada a su cigarrillo Lucky Strike y cerró los ojos para saborear la dosis de nicotina, que apenas mitigó el estrés que había sufrido en los últimos minutos.
Las emociones de los tres hombres que estaban dentro del hospital.
La rabia que teñía su voz.
El odio.
No podía olvidarlo.
Comprendía perfectamente su reacción. Karl Weber y sus amigos habían sobrevivido a un atentado tan horrible que incluso sus consecuencias habían enfermado físicamente a Georg. Si las secuelas podían afectarlo tanto, ¿cómo sería vivirlo, ver cómo sucedía?
¿Cómo no iban a sentir odio hacia los responsables?
Pero ¿y lo que había dicho Aber? Eso iba más allá. No era solo por lo que había acontecido hoy.
«Es una guerra que esta vez no vamos a perder», había declarado Aber.
Ese sentimiento preocupaba más a Georg que cualquier atentado terrorista. Para él representaba algo mucho más grande, un cambio total en la dirección de la sociedad alemana que amenazaba con emprender una batalla por el alma de su gente.
La Alemania en la que Georg se había criado no era la Alemania de hoy. Durante medio siglo o más, los vestigios democráticos surgidos de la Segunda Guerra Mundial habían sido la unión perfecta de una política y una sociedad liberales.
Para algunos —para muchos, concluyó Georg—, eso había supuesto un giro ideológico demasiado drástico, un reposicionamiento forzado que se basaba en la culpa colectiva. Lo que una vez había sido izquierda o derecha y estaba abierto a debate se había convertido en correcto o erróneo sin margen alguno para la discrepancia.
Era una receta para el malestar colectivo y le recordó a Georg lo que había dicho su abuelo durante años:
«Cuando prohíbes la verdad, allanas el camino al infierno».
Al principio, Georg rechazaba esa idea.
E ignoró su instinto.
Hasta el día en que el mensaje de ambos cobró demasiada fuerza.
Fue después de Magdeburgo, en diciembre de 2024, cuando Georg empezó a escuchar.
Un atentado con un coche en el mercado navideño de Magdeburgo había dejado cinco muertos y más de trescientos heridos.
Al ver que su integridad periodística se veía sacudida por un rápido comunicado público que aseguraba que la tragedia navideña obedecía simplemente a un problema de salud mental —el acto de un hombre enloquecido por sus demonios internos—, empezó a hacer preguntas. ¿Cómo pudieron identificar esos problemas de salud mental con tanta rapidez? ¿Cómo pudieron descartar otros motivos potenciales —había quienes podrían decir que motivos descaradamente obvios— en apenas un instante?
Entendía el razonamiento: descartar el atentado terrorista pretendía reducir las probabilidades de una represalia antiislámica violenta. Pero Georg también comprendía la percepción ciudadana y cómo se había interpretado aquella respuesta: generó el potencial para un conflicto entre «ellos y nosotros» en el que se consideraba que la policía había tomado partido.
Así pues, no le sorprendió que se le diera precisamente ese enfoque.
AfD y otros como ellos aprovecharon la oportunidad. Estaban dispuestos a decir lo que otros no, a dar voz a esos pensamientos durante mucho tiempo considerados inaceptables.
Y, al hacerlo, estaban cosechando apoyos a un ritmo que cada día otorgaba más veracidad a la advertencia de su abuelo:
«Cuando prohíbes la verdad, allanas el camino al infierno».
5
La idea deprimió a Georg lo suficiente como para sentir la necesidad de compartirla.
Estaba en el aparcamiento, situado a unos metros de la zona de fumadores, y se alejó un poco más para que no lo oyeran otros periodistas ni lo alcanzaran las nubes de los vapeadores. Una vez satisfecho, sacó el teléfono móvil y pulsó el primer nombre de su lista de favoritos.
Freya Fischer respondió al tercer tono.
—¿Qué ha pasado? —preguntó—. Por las imágenes que estamos viendo parece horrible, Georg.
—Lo es. —Notaba la garganta tensa al hablar; aquella pregunta le había traído demasiadas imágenes mentales indeseadas—. Es…, no sé…
Freya no contestó de inmediato y, cuando lo hizo, su voz había cambiado. Parecía preocupada.
—¿Tú estás bien?
—¿Comparado con la gente de dentro? Soy el hombre más afortunado del mundo.
—Ya sabes a qué me refiero.
—Tengo un trabajo que hacer. Debo contar esta historia antes de que sea manipulada, sobre todo con lo que está a punto de salir a la luz.
—¿De qué