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LA MAGA DE LA
PERSUASIÓN:
PA SERVIRLE A USTÉ
Yo no quería escribir este libro
En serio. Tampoco quería dar cursos ni conferencias. No quería ser especialista en comunicación asertiva ni persuasión. No quería dar asesoría en comunicación estratégica ni entrenar oradores. Es más, no quería ir como invitada a programas de televisión y radio como especialista en el tema. Suena cool, ¿verdad? Pero yo no quería…
Yo quería ser maga…
Desde los siete años era fan de David Copperfield, sin duda uno de los ilusionistas más talentosos que han existido. La primera vez que vi su show en el Auditorio Nacional de la Ciudad de México decidí que quería ser como él cuando creciera: una versión femenina y región 4 del maestro del ilusionismo. Estaba decidida. Quería dedicarme a reproducir por doquier la cara de sorpresa y desconcierto de cada persona de la audiencia que había dejado a un lado, por un par de horas, todo razonamiento científico para entregarse a la magia. Tan sólo durante dos horas lo que subía no tenía que bajar, la materia se creaba y destruía en lugar de transformarse, dos cuerpos podían ocupar el mismo espacio al mismo tiempo y no existían las leyes de la gravedad. ¿Así o más maravilloso?
Hubieran visto la cara de mis papás cuando se los comuniqué con tanta formalidad, como si hubiera tomado la decisión más importante de mi vida… y en parte lo era.
Ellos pensaron lo que todo padre pensaría de una niña de siete años que comunica algo similar: “Ya se le pasará…”, pero como me vieron tan entusiasmada y decidida optaron por apoyarme y ayudarme a conseguir los mejores trucos de magia para que yo pudiera, por lo menos, entretenerme. Pasé horas encerrada en mi cuarto, sentada en la alfombra con Toto (una french poodle color negro que era mi fiel compañera) y un par de ratoncitos chinos que subían y bajaban por mi pierna, mientras yo me concentraba tratando de que mis pequeñas manitas hicieran lo imposible para lograr desarrollar la habilidad de la prestidigitación. (¡¿La presti… qué?! No comas ansias, ya te chismearé más adelante sobre cómo desarrollar esta habilidad para convertirte en un comunicador persuasivo.)
La maga precoz
¡Era imparable! Todos estaban atentos a mis shows de magia en cada comida familiar, y yo siempre en primera fila cuando algún mago famoso venía a México, hasta tuve la oportunidad de ir a ver a Copperfield y a Siegfried & Roy a Las Vegas. Y a los nueve años hice una gira para que el mundo conociera mis talentos… ejem… bueno, exageré un poquitín, pero es que ir al Ajusco —del ooootro lado de la ciudad— a hacer un show de magia en la fiesta de cumpleaños de mis primos chiquitos, frente a más de 40 niños de todas las edades… honestamente ya me parecía un evento internacional (si vives o has viajado a la Ciudad de México, puedes constatarlo).
Guardaba todos mis trucos, compuestos por cientos de piezas pequeñitas, en una maleta roja de Hello Kitty. Un día se perdió. Y yo… yo lloré y lloré y lloré, noche tras noche, caray, noche tras noche (igualito que Juan Gabriel). La verdad, me frustré. Volver a conseguirlos todos, después de haber invertido tanto tiempo y dinero en ellos, sería imposible. Entonces, ¿qué pasó con la entusiasmada maga precoz? Pues ante la frustración decidió que por el momento México tenía suficiente con el mago Frank y su conejo Blas. Ahí acabó mi carrera como maga. O al menos como el tipo de maga que pensaba en ese entonces que quería ser. Hoy me doy cuenta de que había malentendido el tipo de magia que estaba destinada a hacer.
Pero mi público conocedor —mi familia— seguía cautivo y expectante. No podía abandonarlos, dejarlos así, por Dios, ¿quién?, ¡¿quién los entretendría los sábados?! Para eso estaba yo.
Y por otro lado, tenía mucha energía y cero hermanos, así que mis papás decidieron meterme a clases de… pues de todo lo que se pudiera. Así que aprendí a tocar el piano, me convertí en bailarina de ballet clásico (actividad que realicé durante 12 años), en bailarina de jazz, en la bala veloz de un equipo de futbol, en poetisa y en una romántica escritora… de 10 años. Mi mamá quería que yo creciera como una mujercita culta y preparada, y eso, aunado a su propia pasión por el arte, la motivó a llevarme a todos los conciertos y obras de teatro que se pudiera. Eso me llevó a volverme loca por la música y a descubrir un nuevo tipo de magia que me tenía cautivada: la magia del espectáculo.
—Mamá, ¿sabes qué quiero hacer en la vida? Quiero descubrir la magia que ocurre detrás de las cortinas de la realidad.
Mi mamá escuchó la frase y se quedó estupefacta (dejaré este término dominguero por aquí para que te sorprendas con mi amplitud de vocabulario). Probablemente pensó: “Mi hija va a ser una gurú espiritual, es la elegida…”. Después descubrió que me refería literalmente a lo que ocurre detrás de los telones del teatro, de los auditorios, detrás de una película o programa de TV, detrás de los grandes espectáculos.
—Mamá, cuando sea grande quiero ser conductora (presentadora) y productora de TV, actriz de teatro musical y comediante.
(Es probable que a estas alturas estés pensando: “¿Y esto a mí qué?, si quisiera conocer tu biografía la buscaría en Wikipedia o en un documental de History Channel”. Bueno, pues, el problema es que esta historia aún no está ni en la red ni en ningún documental, y sí es MUY importante porque te ayudará a descubrir de dónde vienen muchos de los conceptos que voy a compartirte y te ayudará a comprender la relevancia que han tenido en cada faceta de mi vida y la que tendrán en cada faceta de la tuya. Así que relájate un ratito, imagínate que estás viendo una serie de Netflix, déjate llevar… los para qués quedarán resueltos cuando menos te des cuenta.)
Continuemos…
Nace una estrella
Siempre tuve cierto talento para las cámaras por una sencilla coincidencia: llegué a este mundo milagrosamente después de siete años de incansable insistencia de mis padres y, por ende, emocionados con su pequeño milagrito, decidieron documentar absolutamente TODO lo que hacía desde que nací, con cualquier tipo de aparato fotográfico y de video que tuvieran a la mano. Aunque no tengo hermanos, tengo muchos primos que desde chicos se divertían con mis ocurrencias, y desde entonces me convertí en directora y productora de mis talentosísimos consanguíneos para traer cada sábado o Navidad el show mágico-cómico-musical a la familia Zetina.
En donde había un escenario, una cámara o un micrófono, estaba yo. Como imán. Me sentía cómoda, estaba en mi hábitat natural. Al grado de que, a partir de los 10 años cuando hice mi primera comunión, me convertí en monaguillo para ayudar al padre todos los domingos en misa. Yo me sentía iluminada, casi poseída, cada vez que me hincaba junto al altar a tocar la campanita. Mis papás dicen que lo que me gustaba era el show y ése era un escenario más. ¿Será? Quizá una combinación de ambas porque, en efecto, siempre me he considerado una persona muy espiritual, como decimos mi mamá y yo: “Del equipo de Dios”.
Por eso decidí estudiar conducción, oratoria, actuación en teatro, actuación en cine, improvisación, comedia musical, canto, proyección escénica, locución y un largo etcétera, y eventualmente estudié la licenciatura en comunicación en la Universidad Anáhuac. Ahí comencé a entender el gran fenómeno de la comunicación a través del tiempo. De la mano de Edward Bernays1 descubrí la importancia tanto de la imagen pública como de las relaciones públicas y de lo necesario que es saber persuadir a las demás personas sobre aquello que es importante para nosotros. Como siempre me dice mi madre santa (a la que me verás mencionar una y otra vez pues ha sido mi más grande guía, amiga y maestra): “El mundo está hecho de gente, y es la gente quien te abrirá o cerrará las puertas de tus sueños”.
Gracias a Hovland2 descubrí la relevancia de la credibilidad de la fuente y del orden de los argumentos en una presentación. De todo esto te hablaré más adelante. Hovland dedicó sus años a investigar el efecto persuasivo del material cinematográfico de propaganda y definió la comunicación persuasiva como una formulación científica de la retórica; fue, sin duda, uno de los autores que más despertaron mi interés durante la carrera.
Y mientras estudiaba la licenciatura para, según yo, comprender la mente de los productores y ejecutivos de TV y radio que alguna vez me irían a contratar, fui a TOOOOODOS los castings habidos y por haber. Si no sabes bien lo que es un casting, permíteme explicarte: imagínate tener que ir a una entrevista de trabajo tres o cuatro veces a la semana, que dura tres minutos pero esperas a que te reciban más de tres horas mientras te mueres de los nervios, para que finalmente te digan “no nos llames, nosotros te llamamos”, y después de esperar con mucha ilusión, jamás recibas esa llamada. Entonces te quedas pensando que no eres lo suficientemente talentoso, guapo o capaz, porque SIEMPRE aparece alguien mejor que tú o que simplemente “da mejor el personaje”; acto seguido, recoges tu autoestima del piso con espátula, y corres a buscar otro casting. Si los planetas se alinean, los ángeles y santos conspiran a tu favor y te eligen en éste, vas a call back, esto quiere decir que fuiste de los mejores, y el filtro puede extenderse por días, semanas y meses; puedes incluso llegar a ser parte de la ultimisisisísima selección y aun así… no quedarte. Y cuando por fin te quedas en un proyecto, éste eventualmente se acaba (algunos duran solamente uno o dos días), y tienes que volver a empezar.
Mi mamá —gran abogada— y mi papá —administrador de empresas dedicado en cuerpo y alma a los seguros— (ambos muy habituados a las estructuras y ritmos de trabajo tradicionales) me veían salir nerviosa de mi casa una y otra vez, para después regresar cabizbaja y desanimada porque no me había ido bien. No podían entender por qué demonios había elegido una profesión en donde tendría que vivir en una especie rara de entrevistas de trabajo de manera permanente. Con todo y todo, en varias ocasiones ambos me acompañaron a las pruebas y grabaciones.
Pero gracias a los castings y a mi formación como actriz descubrí lo importante que es elegir y planear el personaje antes, para no correr el riesgo de quedar mid cast (le llamamos así a la inconsistencia o incongruencia que existe en un personaje, cuando alguno de los elementos no cuaja, no empata con el resto y el personaje no es creíble). Porque así como en el mundo del espectáculo el productor y el director de cada proyecto tienen en mente ya un estereotipo del personaje que quieren representar a través de su obra, y con base en eso evalúan si tú das el ancho y encajas en el personaje, en el mundo de los negocios y de las relaciones en general sucede igualito cuando la gente tiene cierta expectativa y se lleva una primera impresión de ti. Cuidar la congruencia entre los elementos de nuestra comunicación será fundamental para ganar credibilidad y ser persuasivos. Ya llegaremos ahí.
Nota: Aprovecho para expresar mi respeto y admiración a mis colegas artistas. Me consta que es de las profesiones más desgastantes que existen, ganan poco o nada hasta que logran hacerse de fama y pueden cobrar bien, trabajan incansablemente y a veces en condiciones durísimas. El glamur que pensamos que se vive en el mundo artístico es un gran mito.
Y ¿qué pasó con la joven estrella?
Hice un poco de todo: comerciales, infomerciales, spots, conduje cientos de eventos en vivo, participé en algunas series de TV, obras de teatro, fui locutora de radio y conductora de televisión. ¡Me divertí muchísimo! Me inspiraban la versatilidad y excelencia de Adal Ramones, que podía ser productor, director, actor, conductor, cantante y empresario al mismo tiempo, y hacerlo todo bien. Eso es lo que yo quería. Y por fortuna, acompañándolo a varios eventos, aprendí mucho de él y conocí a personas maravillosas que después se convertirían en grandes amigos y aliados, como Yordi.
Sin embargo, tenía muchos requisitos para trabajar que no me facilitaron el camino: no quería ni encuerarme ni enseñar de más, tampoco estaba dispuesta a besuquearme con nadie en una telenovela ni hacer escenas de cama. Me negaba a conducir programas de chismes para vivir a costa de los demás y tampoco de deportes porque no me interesaban. La verdad admiro mucho a quien sí hace todo esto y se entrega en cuerpo y alma al escenario y a las cámaras, pero “cada quien sus cubas”, eso no era lo mío. Además de que no me sentía cómoda, intuía que esas cosas me pesarían en un futuro cuando requiriera proyectar una imagen más “formal” para… pues no tenía claro para qué, pero mi alma sabía que algo importante vendría.
Un día Nacho Ortiz (un gran tipo, por cierto), quien en esa época era como el San Pedro de Televisa, porque elegía a quién mandar a casting para programas importantes de entre una lista enorme de cantantes, actores y conductores, me dijo que no entendía qué estaba haciendo ahí si no estaba dispuesta a mostrar mi belleza ni a hacer ese tipo de escenas. Le expliqué que no estaba dispuesta a enseñar de más, pero que estaba en absoluta disposición de caracterizarme lo más fea y ridícula posible para hacer reír a los demás, que lo mío era la comedia. Y bueno, eso sí que le causó mucha gracia.
Como actriz, admiraba mucho la comedia de Eugenio Derbez, Héctor Suárez y, sobre todo, Andrés Bustamante, El Güiri Güiri, pero como conductora me inspiraban la elegancia y el carisma de Rebecca de Alba. Un día le pedí que me diera el consejo que le daría a una hermana pequeña si quisiera dedicarse a lo mismo que ella:
—¿Qué te hace diferente, Rebecca? —le pregunté intrigada.
—Prepárate mucho, y cuando creas que ya estás lista, sigue preparándote y perfeccionándote —me contestó.
“Tengo que prepararme más”, pensé. Algo me está faltando.
Adicta y sin intenciones de rehabilitarme
Un día mi mamá encontró en el periódico el anuncio de un curso de Programación Neurolingüística (PNL), que se llamaba: “Descubriendo tu poder mental”. Lo impartían Gabriel Guerrero y Omar Fuentes, dos de los maestros más reconocidos en el tema en toda Latinoamérica.
—Pam, mira, esto te puede servir para entender cómo funciona la mente de la gente y cómo puedes programarla y reprogramarla a través del lenguaje. ¿Vamos? —me dijo muy entusiasmada.
—¡Pues vamos! —le contesté inmediatamente.
Y así entré al apasionante mundo de la mente humana, y no salí jamás.
Te confieso que desde chica sentía una gran atracción por la medicina y hasta pensé estudiar la carrera, pero el mundo del espectáculo me pareció más atractivo y deslumbrante en ese momento. Sin embargo, me bastó con conocer un poquito sobre el cerebro humano para correr a comprar decenas de libros al respecto, me inscribí en todos los cursos que estaban a mi alcance sobre neurociencias, inteligencia emocional, psicología, ingeniería de la persuasión, ¡hasta PNL aplicada a la hipnosis! Más tarde me convertí en master practitioner de PNL y, aquí entre nos, en una especie de “neuróloga de clóset”.
Entre muchas otras cosas, de Gabriel Guerrero aprendí cómo generar un cambio de estado emocional en mí y en otras personas, descubrí cómo trazar un mapa neurológico y crear tu destino reprogramando tu mente. Nos habló una y otra vez sobre cómo los grandes atletas utilizan estas herramientas para superar sus propios límites y alcanzar la excelencia.
De Omar Fuentes aprendí… ¡tantísimo! (y lo sigo haciendo, pues tengo la fortuna de colaborar con él en proyectos increíbles); por mencionar algunos temas entre tantos, gracias a él comprendí el poder de las palabras, descubrí cómo construir argumentos sólidos y persuasivos, y aprendí a leer entre líneas para entender el significado implícito detrás de las palabras.
Directamente de Richard Bandler, uno de los dos fundadores de la PNL, aprendí sobre hipnosis terapéutica y acerca de cómo los procesos mentales pueden estudiarse y programarse matemáticamente, para superar problemas como fobias y otras creencias limitantes.
Y no quiero dejar de nombrar a otros grandiosos instructores, por ejemplo a John Lavalle, presidente de la Sociedad de PNL, y a Owen Fitzpatrick, el irlandés más loco que he conocido (y no porque haya conocido a muchos irlandeses), creador de Charisma Training Academy.3
Y hay que mencionarlos a todos ellos por una sencilla razón: “Honor a quien honor merece”.
Una vez dicho lo anterior, solamente me queda algo que confesar: Hola, soy Pamela Jean, y soy adicta a la mente humana y a los efectos de la comunicación sobre ella.
Que la niña ahora quiere ser… ¡¿qué?!
Parecía que por fin me estaba convirtiendo en una persona “seria”, pero aún no te vayas con la finta; una de las experiencias de las que más aprendí (en todo sentido) para en verdad crecer, evolucionar y llegar a enseñar lo que hoy enseño ocurrió después.
En esos cursos conocí a uno de los seres humanos que más han marcado mi vida desde el primer momento: Leonel (Leopi) Castellanos. Era mi primer curso de Introducción a la Programación Neurolingüística, yo tenía 19 años, Gabriel hablaba parado sobre una tarima, vestía una camisa negra con un dragón dibujado y llevaba un micrófono de diadema; Leopi estaba parado a su lado detrás de un teclado, con un mohawk, piercings en las orejas, unos jeans tipo baggies tan grandes que parecían caerse, tenis Converse de dos colores distintos (es decir, un zapato de un par y otro de un par diferente), un tatuaje enorme en el brazo y, mientras musicalizaba el cambio de estado que Gabriel dirigía, me miraba fijamente.
Mi mamá, al borde de un ataque en la silla de junto, lo veía con cara de “ni-te-le-a-cer-ques”.
Yo lo veía intrigada.
En un break, Leopi se acercó a platicar con mi mamá y ella le contó que yo también tocaba el piano y además cantaba. Así que ni lento ni perezoso, Leopi propuso grabarme un demo, y me pareció que valía la pena, sobre todo hacerlo con alguien tan talentoso y divertido. Confieso que antes de eso, aunque era la reina del karaoke, jamás había considerado dedicarme a la música.
Grabamos el dichoso demo, compuesto por un par de poemas que había escrito de chica, motivada e inspirada por mi padrino Rafa, quien siempre me alentaba a escribir, festejaba mis aciertos y me hacía sugerencias (y quien ahora desde el cielo me ayuda con estas líneas, porque vivió para conocer, leer y retroalimentar los pininos de este libro). Así que por idea de Leopi les inventé una melodía y él los musicalizó.
En ese ínter, mi amigo Richie Rocha me invitó a abrir su show en el Bataclán con mis canciones nuevas. Le propuse a Leopi que tocara el teclado en el show y lo hiciéramos juntos, piano y voz. Pero no. Él suele pensar en grande y me dijo:
—Hay un grupo con el que palomeo los fines de semana, es un grupo de rock. ¡Vente un día a palomear y los convencemos de que toquen con nosotros!
Casi me desmayo. ¿Yo con un grupo de rock? ¡Pero mis rolas son lo más meloso y fresa que existe! (Cabe mencionar que en ese entonces de rockera solamente tenía el alma, pero todo lo demás en mí gritaba ¡pop! a todo lo que da; así que no sabía qué tan buena idea sería. #YoConfieso que no logré dormir ninguna de las tres noches anteriores a lo que te voy a platicar.)
Llegó ese sábado y con un poco de pánico atravesé la puerta del famoso Joint (el cuarto de ensayos). Ahí estaban ellos. Más rockeros imposible. Luigi en la batería vestía unos jeans rotos, una playera negra de Jack Daniels, un cinturón de estoperoles, una cadena, un paliacate de leopardo y tenía los ojos pintados de negro; él me dio un abrazo tan fuerte que me hizo perder el poco aire que me había quedado tras el impacto. Muerte en el bajo me recibió con un discurso del cual entendí una cuarta parte.
—Se llama Miguel Ángel, pero le decimos Muerte o Muerto, no responde a su nombre real, así que ni lo intentes —me advirtió Leopi.
Sam en la guitarra eléctrica traía un sombrero de paja que cubría su pelo güero, alto, muy delgado, con una camisa estilo wife beater y jeans, me recibió con un “¿qué onda?” no muy expresivo, mientras su piel blanca se enrojecía paulatinamente y él acomodaba el strap de la guitarra para disimular.
Chava en la otra guitarra tenía el pelo chino, cortito, castaño oscuro, traía puesta una playera verde de Benito Bodoque y de su hombro colgaba una guitarra de Hello Kitty.
—Él es como Chandler el de Friends, sabemos que trabaja en algo relacionado con números, pero nunca hemos sabido bien qué hace —me dijo Leopi al oído mientras se integraba a ellos en el teclado; me pasó un micrófono y me dijo que ya habían montado mis rolas y estaban listos para ensayar.
Curiosamente, en lugar de querer salir corriendo como cualquiera lo hubiera esperado, sentí que estaba en casa, que una parte de mí que había estado incompleta ahora ya no lo estaba. Tiempo después me contaron que ellos se sintieron igual, era la fuerza del destino… a esa extensa y ecléctica variedad le venía bien una chavita fresa de la Anáhuac.
Me sentí feliz.
El momento culmen de aquella primera noche con Los Leftovers fue cuando llegó la hora de tocar mi poética y melosa canción “Sé fuerte4.”
Nota: Te comparto la canción en el siguiente código QR. Mientras la escuchas te pido que te imagines lo que pasaba por la mente de cada uno de estos rudos y peculiares personajes al momento de tocarla.

Exacto… En ese momento, pensé lo mismo que tú… Pero para mi sorpresa, y ahora la tuya, después de tocar la canción por primera vez, Muerte volteó y con la expresividad propia de Droopy Dee me dijo: “Me encanta. Se acaba de convertir en una de mis canciones favoritas”.
Ahí descubrí que detrás de esa ropa y esos looks eran igualitos a mí: sensibles, versátiles, creativos, disruptivos y con un gran corazón.
Llegó el día…
Mi primer soundcheck, mi primer camerino de rockstar, mi primera vez cantando con una banda en vivo. Y mientras el karaoke en mi casa moría de celos sabiendo que jamás regresaría, yo me moría de nervios. Luigi se acercó y me dijo algo que se convirtió en una filosofía de vida para mí y algo que comparto con mis alumnos en los cursos de oratoria:
—Pam, en esta banda todos somos rockstars —me dijo, agarrándome la cara con las dos manos.
—Sí, Luigi, ¡sé que son unos rockstars fregonsísimos! De verdad muchas gracias por darme la oportunidad y venir a tocar conmigo —contesté.
—No, no estás entendiendo. En esta banda TODOS somos rockstars, y tú eres parte de esta banda, así que también lo eres. Por eso te voy a pedir un favor: en el instante en el que pises ese escenario te vas a olvidar de que éste es tu primer show en vivo, piensa que estás en un world tour y que éste es uno de tantos conciertos pero, a la vez, el último de tu vida. Para convertirte en rockstar tienes que empezar por serlo.
Después comprobé científica y neurológicamente que Luigi tenía razón, a lo largo del libro te hablaré de eso y de cómo podrás utilizarlo a tu favor.
Empezó el toquín, yo estaba francamente aterrada y el cortisol (neurotransmisor asociado al estrés) hizo de las suyas para que se me olvidaran las letras. Chabe, una de mis mejores amigas, con quien hice mi tesis sobre jazz en la universidad, y quien además de cantar hermoso, tenía muchísima más experiencia que yo en los escenarios, por suerte estaba sentada en la fila de hasta adelante, pegadita al escenario, y me ayudó a salvar la noche soplándome algunas de las letras con los labios.
Uff… ¡cortisol del demonio! ¿Te ha pasado algo así, por ejemplo en una presentación en el trabajo? La buena noticia es que después aprendí también que el cortisol puede controlarse y que la adrenalina, en pequeñas dosis, es una excelente aliada si sabemos aprovecharla. Sigue leyendo y más adelante descubrirás cómo.
Total que, con todo y todo, ¡el show fue un éxito! Lo cual me dio entrada directita y sin escalas a Los Leftovers. ¡Hicimos una gran química!
¿Alguna vez te has preguntado qué es lo que ocurre detrás de la “química” que haces con alguien? Yo también me lo preguntaba y ahora lo sé. En el Paso 3: CONECTA, te lo explicaré. Pero no comas ansias. En este caso el orden de los factores sí altera el producto.
Así que un segundo show con rolas nuestras era inminente. Nos pusimos a componer.
Nació, entre 10 rolas más, “11” que más que una canción se convirtió en un himno, en otra filosofía de vida para la banda y para mí; de hecho, cada vez que me leas o escuches decir que es posible convertir lo ordinario en extraordinario, sabrás ahora lo que hay detrás. Porque la diferencia entre ambos términos es solamente el EXTRA, ¿te fijas? La mayoría de la gente aspira al 10, pero con este libro te convertirás en un comunicador tan hábil, que el 10 no será suficiente. El 11, ese extra, es nuestro objetivo y lo será siempre.
¿Le entras?
Por cierto, convencí a Los Leftovers de dejarte aquí un regalito, descarga la rola y hazla tuya. Más adelante también nos va a servir:

Así que llegó el día de nuestro primer show, ya como Los Leftovers. Llegamos al Bataclán en la colonia Roma, el lugar estaba a reventar. Cabe mencionar que días antes Leopi se las había arreglado para hacer llegar mi demo a Sony BMG, ese mismo día tuve un casting por la mañana y conocí a Memo Gutiérrez y a Paul Forat —en ese entonces A&R y vicepresidente de Sony BMG—. En la prueba canté “Algo más” de La Quinta Estación. Me fue bien, los vi interesados pero pensé que sería simplemente un casting más en mi traje de tigre, no le di importancia, pues ya para ese momento se me había hecho la piel un poco más dura, “ya no me cocía al primer hervor”, como dicen en mi pueblo.
El show de la noche era para amigos y familia, nadie tenía la intención de llevarlo más allá; a decir verdad, cada miembro del grupo tenía su propia chamba, y en el caso de Leopi él tenía su propio grupo, Tiempo Real, a quienes amaba con amor jarocho y con quienes llevaba casi 12 años buscando firma de una disquera en cualquier parte del mundo.
Y no vas a creer lo que pasó…
Terminando el show, cuando iba directito a saludar y dejarme alabar por mi familia, apareció frente a mí Paul Forat. ¡¿Qué demonios estaba haciendo ahí?! Me detuvo en seco y me dijo: “Tienen el contrato mañana a primera hora en su correo”.
#PLOP y #REPLOP.
Leopi me agarró del brazo, mientras yo seguía en shock sin entender una milésima parte de lo que estaba pasando, y me dijo: “¡Acompáñame al camerino, tenemos que hablar!”.
—Pamela, no friegues, invité a Memo Gutiérrez a escucharnos como siempre lo he invitado a todo lo que hago, pensando que no pasaría nada, como nunca había pasado. Pero Paul estaba en México y resulta que te había visto en un casting en la mañana; Memo le dijo que iba a ir a un show por la noche en donde cantarías tú, ¡y Paul se apuntó! Pamelaaaaaa, he buscado esto toda mi vida. Pero chance es choro, aún no digas nada.
Yo no contesté, seguía pasmada.
Y ahí nos tienes a Leopi y a mí guardando el secreto hasta tener el contrato en las manos, y entonces sí, les dijimos a los demás. ¡FIESTAAAAAA EN AMÉRICAAAA!
Por el contrario, mis papás, tíos, primos y toda persona cercana a mí que sentía tres grados de verdadero afecto se aterraron: “La perdimos, ¿qué hicimos mal?, se va a volver drogadicta, va a vivir en giras y jamás se va a casar, y tanto que invertimos en su educación para que acabara en esto”. Pero me apoyaron todo el tiempo y decidieron confiar en mí, y no me soltaron… JAMÁS.
Lo peor de Los Leftovers
Grabamos el disco con 11 rolas nuestras, irreverente y ecléctico como nosotros, se llamó Lo peor de Los Leftovers, como una especie de burla a las compilaciones de “Lo Mejor de…” de los artistas más famosos. ¿Qué había implícito en el nombre? (porque siempre hay algo implícito detrás de lo explícito, de eso hablaremos después), pues que si éste era lo peor y era tan bueno, seríamos imparables (modestia aparte).
Tocamos en cientos de escenarios, frente a miles de personas unas veces, frente a un puñado, otras, pero teníamos la firme creencia de que la única manera de triunfar era dando el 111% de nosotros, así hubiera 10 000 personas o únicamente 10. Cada una de ellas merecía todo lo que había en nosotros. Y la reputación se construye una persona a la vez. Ambos son preceptos que hoy forman parte crucial de la metodología que voy a desvelar a lo largo del libro.
La primera vez que hicimos un show juntos con rolas de Los Leftovers mi formación y experiencia como conductora me traicionó, porque yo quería manejar la energía del público entre rola y rola, conduciendo el concierto. Hasta que me pusieron en mi lugar.
—¡No conduzcas, Pam! Aquí eres otro personaje, eres la mística vocalista de un grupo de rock. Métete en el papel —me dijeron mis hermanitos Leftovers.
Con ellos descubrí que para llegarle a la gente al corazón a veces es más útil hablar menos y proyectar las emociones con mayor intensidad. Descubrí que las emociones se contagian y que la única manera de provocarlas en el de enfrente es empezar por sentirlas tú mismo.
Descubrí que nuestra primera pregunta antes de comunicarnos con cualquier persona o con cualquier audiencia debe ser “¿cómo quiero hacerlo(s) sentir con esto que voy a decir?”, y a partir de ahí elegir los recursos verbales y no verbales para lograrlo.
Descubrí que la gente no quiere verte perfecto, quiere verte real, quiere verte sentir, y que si un artista no suda y no se despeina sobre el escenario con emoción y pasión, nadie le cree.
Descubrí que lo que hace que seis o más instrumentos que se ven, se tocan y se escuchan de formas completamente distintas, produzcan música y no ruido al sonar juntos, depende del ritmo y la armonía que comparten. Después en PNL lo entendí como rapport y me di cuenta de que se puede utilizar para hacer clic con la gente.
Descubrí que lo que hace que seis o más individuos que parecen completamente distintos puedan crear arte juntos depende de su habilidad para encontrar ese punto en común que los mueve y apasiona, en nuestro caso fue la música, pero si alguna vez has estado en una negociación con tu jefe, cliente, pareja o hijo, y después de horas de discutir llegaron a un acuerdo en donde ambas partes salieron ganando de algún modo y te invadió una inmensa paz, no podrás negar que ese acuerdo sonó en aquel momento como “música para tus oídos”. A lo largo del libro encontraremos la manera de identificar esos puntos de confluencia que aluden a las necesidades y motivaciones del otro, que son “música para sus oídos” y conquistarán su voluntad.
Y tres años después de hacer una gira por casi todos los bares, antros, foros, teatros y tugurios de México, financiada por nosotros, “en lo que llegaba el lanzamiento del disco” (nos decían), e intentarlo también por la libre o vía independiente en una época en la que las redes sociales apenas empezaban, decidimos que también teníamos que comer y familias que mantener. Con todo y que el disco estaba en manos de una de las mejores disqueras a nivel internacional y que lo había producido uno de los mejores productores en el mundo: Armando Ávila (y su maravilloso equipo de COSMOS), las cosas no se dieron. El timing fue muy malo, la disquera se quedó sin lana, la piratería estaba a mil y aún no existían plataformas como iTunes, mucho menos Spotify. Digamos que nos tocó la época de transición en el mundo de la música, y nos quedamos en el limbo. Así que nos abrazamos y decidimos seguir adelante con nuestras propias carreras y dejar la música como un hobby en el cual seguir encontrándonos, conectándonos y desahogándonos (siempre he dicho que mis noches de ensayos y palomazos salen más baratos que el Rivotril, el Tafil y el Diazepam).
Ya sabes, uno propone y Dios dispone. Pero todo pasa por algo, y hoy que lo veo en retrospectiva lo entiendo. Simplemente ahora comprendo que había confundido mis talentos de show girl con mi misión; ¡aunque usted no lo crea!, una vez más había malentendido el tipo de magia que estaba destinada a hacer.
¡Y qué bueno!, porque en cada esfuerzo, en cada intento, fui descubriendo o comprendiendo algo que después pude estudiar y experimentar para fundamentarlo y comprobarlo. Cada experiencia, cada persona a lo largo de mi carrera, sembró semillas que hoy dan frutos que puedo compartir contigo. Un método como el que tienes hoy en tus manos no nació de la noche a la mañana, es consecuencia de un cúmulo de aventuras, esfuerzos y también tropezones de los cuales pude levantarme y logré capitalizar. Porque lo bailado nadie nos lo quita, ¿cierto?
Y estaba cada vez más cerca de descubrir mi vocación.
Quesque dice que ahora sí quiere enseñar
Ahí, en medio del enojo y la frustración, recibí la llamada de Jorge Hidalgo, un querido maestro de la Universidad Anáhuac.
—Pam, estamos por abrir una nueva carrera para todos los que quieren dedicarse a la industria del entretenimiento como managers de personajes públicos, productores de espectáculos, editorialistas, creadores de videojuegos, etcétera; se llama Dirección de Empresas de Entretenimiento. Necesitamos a alguien que sea de nuestra confianza y que conozca bien la industria musical en nuestro país. Pensamos en ti.
Me mandó el temario para impartir la materia de Mercado Musical e Industria Discográfica.
—¿Te sentirías cómoda impartiendo esos temas? ¿Los conoces bien? —me preguntó.
Wow, claro que los conocía. Y cuando empecé en esta industria me hubiera encantado que alguien me enseñara por las buenas en seis meses lo que yo tuve que aprender, a veces por las malas, a lo largo de casi cuatro años.
Uff, pero ¿yo dando clases? ¿A chavos que son casi de mi edad? ¿Qué autoridad voy a tener? ¿Y si no sé cómo? ¿Y si no me hacen caso? ¿Y si…? Ya sabes, eso y todo lo que la voz del miedo nos dice para imponerse y hacernos pensar que no somos suficientes.
—Güera —me dijo mi esposo Tony, que entonces era mi novio—, serías excelente maestra; además es una gran oportunidad para seguir creciendo y compartir lo que sabes, en lo que decides qué hacer con tu carrera. No pierdes nada y puedes ganar mucho.
Y tenía razón. Además, ¿qué mejor forma de canalizar la ira que tenía en contra de aquellos manejos obsoletos y absurdos de la industria musical?, porque de no evolucionar, seguiría dejando en el cajón a grandiosos talentos, como pasó con nosotros (porque la neta sí éramos buenos) y otras decenas de colegas hipervirtuosos que vi pasar por las mismas mientras las disqueras, con tal de sobrevivir, seguían sacando en su lugar refritos de artistas viejos, pues… ¡pa vender aunque sea tantito!
No, no, no. ¡Había que hacer algo! Y yo me tomé personal la encomienda de educar a quienes dirigirían la industria musical el día de mañana, para que esto no siguiera pasando en México.
Así que encerré a mi egocéntrico Miedo en un cuartito, le pedí a la Resiliencia que le entrara al quite, le di cuatro zapes bien puestos a la Perseverancia que se me andaba atolondrando, y acepté.
Pasó un semestre en el cual esa tarimita se había convertido para mí en un escenario más y yo me sentía cómoda en él, pero sobre todo se había convertido en un sueño hecho realidad: tener un t