Cultura en venta

Ricardo Pérez Montfort

Fragmento

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Prefacio

JEAN-LOUP AMSELLE
EHESS/PARÍS

En esta obra coordinada por Ricardo Pérez Montfort y Ana Paula de Teresa se reúne una serie de contribuciones que son el resultado de un largo trabajo colectivo sobre la noción de la “razón cultural”, a la cual se pretende hacer diversas críticas. En la “razón cultural”, aparece la “cultura”, concepto central de la antropología, que los autores emplazan en la perspectiva actual. La noción de cultura tal como ha sido conceptualizada por los padres fundadores de la disciplina, Tylor y Boas particularmente, representó un progreso real en la medida en que se opuso eficazmente a la idea de “raza” e igualmente impugnó la oposición “salvaje/civilizado” elaborada por la antropología física del siglo XIX en el contexto de la expansión colonial de Europa. Sin embargo, podemos estimar que esta noción, antes positiva, es ahora nociva, como la de “área cultural” que está ligada a esa misma idea, y que ha servido a los Estados Unidos desde la Segunda Guerra Mundial para asegurar su hegemonía sobre el resto del planeta.

En el marco del capitalismo ultraliberal de finales del siglo XX y de principios del siglo XXI, como lo muestran Pérez Montfort y De Teresa, este concepto perdió todo valor crítico ya que se ha convertido en un instrumento de dominación de las conciencias, en particular del espíritu de los consumidores.

En efecto, ahora ya no es tanto el valor de uso de las mercancías lo que les importa a los consumidores, sino su valor simbólico, y en esto los análisis de Jean Baudrillard sobre la sociedad de consumo y el “sistema de los objetos” han sido particularmente notables.1 De ahí el papel decisivo que juegan las estrategias de marketing que le asignan un valor simbólico a las mercancías. Ya no se consume un producto por su utilidad sino por lo que representa. Las mercancías se han convertido en marcadores de distinción social y en ese sentido los signos culturales y étnicos que transmiten son primordiales. El marketing étnico y cultural ocupa así el primer lugar en las estrategias de comunicación de las multinacionales. Un gran número de casas de alta costura como Etro, Hermès o Christian Dior tienen líneas “africanas” o se publicitan bajo el lema del mestizaje y la hibridación. En las últimas décadas, el mestizaje se ha convertido en la palabra maestra del consumo occidental tanto en el plano de los cuerpos, del alimentario y de los productos industriales, así como del consumo de productos y servicios culturales.

El mestizaje, la sinécdoque o metonimia de la raza, se encuentran en el corazón del consumo de los rasgos africanos en tanto que África es el fundamento de una fascinación repulsiva por parte de Occidente desde hace tiempo. En efecto, África fascina, al mismo tiempo que inspira miedo, y las proyecciones occidentales sobre el cuerpo africano, ya sea del hombre o de la mujer, representan una elección en el seno del imaginario occidental en cuanto pozos insondables de una sexualidad desenfrenada. El mestizaje o la hibridación, como cruzamiento de las razas o de las especies tanto naturales como artificiales, se encuentra de esta forma en el centro del marketing intelectual y comercial de los llamados países desarrollados, como si Occidente ya no pudiera ser por sí mismo y tuviera la necesidad de constituir un “otro” para existir, para regenerarse. Lo demuestran las nociones como “fertilización cruzada” o cross fertilization que ocurre en la transferencia hacia los productos cosméticos de sustancias vegetales usadas en la alimentación, como el aloe vera o en la moda de los automóviles “híbridos” que supuestamente pueden atenuar los efectos deletéreos del calentamiento climático. En el campo cultural, sucede lo mismo y es apenas necesario recordar la serie de manifestaciones “mestizas” en la música o la literatura, sea bajo la forma de la criollización, creolidad o la hibridad, tal y como lo demuestran las obras de autores caribeños como Édouard Glissant, Patrick Chamoiseau, Jean Bernabé y Raphaël Confiant o americanos-indios como Homi Bhabha.

De esta manera, el mestizaje puede ser concebido como la metáfora de la globalización si ésta se entiende como un proceso de homogeneización cultural con todos los inconvenientes que dicha noción implica, entre otras cosas, el supuesto inicial de la existencia de entidades puras que en última instancia lleva a la primacía de la noción de cultura vista en su intangibilidad.

En este sentido, iniciando el siglo XXI, la naturaleza de los conflictos llega a recordarles duramente a los apóstoles del mestizaje que la “razón cultural” bajo el perfil de los múltiples etnicismos, nacionalismos y popularismos que se producen en la superficie del globo terráqueo, ocupa la escena delantera en detrimento de los conflictos de clase. Es pues, en un mundo fragmentado, un espacio reivindicado por todos aquellos que estiman que el tiempo de la esperanza revolucionaria está en el pasado. En lo sucesivo, lo que ahora se pone por delante, para las ONG y los organismos internacionales, ya no son las hipótesis de superación del capitalismo y de la transformación revolucionaria de la sociedad, sino por el contrario: la constitución de “nichos” alternativos, de espacios de autonomía como los podemos observar en Chiapas o en Rojava en el Kurdistán de Siria, espacios de autonomía que constituyen las “zonas antropológicas que hay que defender”.2

En el seno de estas reservas antropomórficas, militantes como Jérôme Baschet o antropólogos como David Graeber y Michael Taussig, pueden teorizar al salvaje anarquista que se levanta contra ese monstruo frío que es el Estado.

Así como lo muestran los responsables de este volumen, el anarquismo indigenista supone que sea evacuada toda perspectiva de alianza con los sectores populares mientras que, en varios países, los “indígenas” o los “mestizos” que se reivindican como “autóctonos” ya sea en Canadá o en México, no representan más que una débil proporción de la población. De modo que la “razón cultural” parece haber triunfado en América Central y del Sur, donde las palabras como la “Pachamama” y el “Buen Vivir” son reivindicadas tanto por las organizaciones indigenistas, las ONG y ciertas facciones del público occidental aficionado al “primitivismo”, así como por ciertos regímenes políticos contemporáneos como los de Bolivia y Ecuador. Lo mismo sucede en África donde los conceptos de “negritud”, de “autenticidad”, de “panafricanismo” o de “renacimiento africano” sólo sirven en definitiva para ocultar la miseria que causa la tiranía de los potentados locales y para desarmar a los pueblos africanos que luchan en contra de la opresión.

La obra de Ricardo Pérez Montfort y Ana Paula de Teresa es, pues, una contribución orientada a erradicar los efectos deletéreos de la “razón cultural” a la vez en el dominio intelectual y en el terreno político. En oposición a los fenómenos de separación cultural y de identitarismo que son males mayores de nuestra época, este libro pretende devolver toda su fuerza al universalismo concebido no como una manera de imponer los derechos humanos occidentales al conjunto del planeta, sino a encontrar dimensiones “comunes” entre las culturas heterogéneas y los intereses compartidos entre distintos sectores de la población del mismo país o de países diferentes. Se trata pues, de ¡un nuevo humanismo, en cierto modo!

París, septiembre de 2018

Cultura en venta

La Feria de San Juan, óleo de Ezequiel Negrete

(Colección particular)

Cultura en venta

Introducción

RICARDO PÉREZ MONTFORT
CIESAS/MÉXICO
ANA PAULA DE TERESA
UAM-I

El proyecto de investigación “La razón cultural en el capitalismo contemporáneo. Un análisis comparativo sobre las representaciones y estereotipos culturales en México y América Latina” fue el resultado de un seminario que en 2012 titulamos “Representaciones y estereotipos culturales en actividades turísticas y de desarrollo en América Latina”, auspiciado por varias instituciones mexicanas y francesas. En el segundo semestre de aquel año, a raíz de una invitación académica por parte de la Rectoría de la Universidad Autónoma Metropolitana, Iztapalapa (UAM-I), y del Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (CIESAS) a Jean-Loup Amselle con el fin de discutir sus trabajos recientes, surgió la iniciativa de formar un equipo de investigación internacional que se planteara diversas problemáticas de interés común en historia y antropología. Dicha iniciativa se concentró particularmente en torno de los procesos socioeconómicos que involucraban temas como la “etnicización”, la “esencialización de las identidades” y la construcción de estereotipos culturales.

Para ello se convocó a una reunión de académicos y estudiantes con el fin de elaborar las bases de un posible proyecto compartido. Esto se llevó a cabo en la Ciudad de México en noviembre de 2013 con la participación de colegas y alumnos del posgrado del Departamento de Antropología de la UAM-I, el CIESAS y de L’École des Hautes Études en Sciences Sociales (EHESS) y de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Dicha actividad recibió el apoyo del Centro de Estudios Mexicanos y Centroamericanos (CEMCA) en colaboración con el Centre National de la Recherche Scientifique (CNRS). El seminario consistió en la exposición y discusión a profundidad de avances de investigación sobre diversos fenómenos económicos, sociales y políticos relacionados con la construcción de estereotipos culturales, la formación de mercados de saberes étnicos y las políticas sociales y de desarrollo aplicadas en distintas zonas indígenas del país. Se trataron temas específicos como el chamanismo, los territorios ancestrales, el desarrollo de festivales regionales identitarios, el turismo cultural y el ecoturismo. También se abordó la politización y representación de ciertos grupos sociales, particularmente de jóvenes, en ámbitos locales de varias regiones de México, Chile y Perú.

Uno de los principales puntos de comparación que mostraron los trabajos presentados en las sesiones de aquel seminario fue lo que identificamos como la “razón cultural” que subyace en la construcción de las distintas representaciones y estereotipos. Con esta visión culturalista se concibe la sociedad estructurada verticalmente en grupos identitarios que luchan —y se confrontan entre sí— por el reconocimiento de sus particularidades. Al ponderar las determinantes culturales se suplanta el análisis socioeconómico y político de corte clasista que dominó en el ámbito de las ciencias sociales durante la década de los años setenta y ochenta del siglo XX. Así, esta perspectiva ancla los distintos grupos en el pasado e identifica los atributos culturales con una especie de esencia que forma parte de los sujetos que se inscriben en los mismos.

En la discusión también se evidenció que dicha conceptualización se construye en gran medida a partir de una mirada externa. De igual manera quedó claro cómo las fuerzas del mercado, muchas veces invisibilizadas, seleccionan los rasgos culturales que se destacan o ignoran. Los medios de comunicación masiva, así como la prensa escrita y las ciencias sociales juegan un papel fundamental como certificadores de las “tradiciones verdaderas”, estimulando con ello la mercantilización y el monopolio de “lo auténtico” bajo el control de intermediaros que promueven la etnicidad, la identidad y todo aquello que consideran como lo propio de tal o cual comunidad, pueblo o nación.

En este sentido, la revitalización de los saberes indígenas y autóctonos no sólo responde a la dinámica de los pueblos que los reivindican. También sirven a distintos grupos de interés que, con legitimidad o sin ella, reclaman la posesión y el usufructo de un conocimiento ancestral para apropiarse de ciertos nichos de mercado, definiendo y excluyendo a otros actores. Esto puede constatarse en actividades como la venta de artesanías, la comercialización de terapias alternativas o el control de los territorios y saberes nativos. Dicho fenómeno ha llevado a que las tradiciones, el espacio local y la cultura no sólo sean vendidos en el mercado, sino que se produzcan como mercancías destinadas a los consumidores externos, especialmente para los turistas.

Los discursos contemporáneos sobre la autenticidad de las tradiciones, de la identidad, de los saberes y las regiones indígenas, se han convertido en un instrumento político y de acceso a recursos. La razón cultural es ahora uno de los principales argumentos que permiten acceder a financiamientos públicos y privados. Éstos se obtienen a través de la compraventa de productos en el mercado, mediante la inversión privada en negocios relacionados con la cultura, los subsidios de los gobiernos a sectores específicos de la población, así como a partir de los fondos internacionales administrados por las ONG.

Después de comparar algunas conclusiones de nuestros trabajos, en aquel seminario de noviembre de 2013 quedó claro que la revaloración del conocimiento y los saberes tradicionales no responde sólo a la dimensión simbólica e identitaria, sino que se articula cabalmente con el modelo económico actual. Es decir: dicha revaloración se vincula estrechamente con lo que Jean-Loup Amselle ha llamado “capitalismo adictivo”1 y otros autores denominan “globalización”,2 “capitalismo tardío”,3 “capitalismo del desastre”4 o “ultracapitalismo”.5

***

En los últimos veinte años, tanto en las ciencias sociales como en el discurso político latinoamericano, se han reemplazado muchos análisis socioeconómicos y políticos por razonamientos culturalistas, recurriendo a argumentos que giran principalmente en torno de la identidad, la etnicidad, la autoctonía, la tradición y los territorios ancestrales.

La definición de diversos grupos humanos en función de criterios identitarios y regionales ha servido como un mecanismo muy eficaz de diferenciación y de fragmentación social, a la vez que posibilita o restringe el acceso de algunos sectores a ciertas posiciones de poder o a nichos de mercado. Estas categorías culturales son manipuladas por diversos intermediarios, ya sea para legitimarse como los auténticos guardianes del territorio y de los saberes ancestrales para justificar la implantación y/o el fracaso de nuevas políticas públicas focalizadas, dirigidas especialmente a poblaciones definidas en términos étnicos, genéricos o identitarios. La fragmentación de las poblaciones-objetivo tiene como resultado la parcialización de los proyectos de desarrollo, perdiendo de vista la integración de los distintos sectores sociales a una estructura socioeconómica y política más amplia y compleja. Tal es el caso de los proyectos culturales dirigidos a los jóvenes, la insistencia en los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres, el rescate de la cultura tradicional de los pueblos indígenas o los proyectos sociales enfocados a las zonas marginales y a las poblaciones con distintos niveles de pobreza. Estos programas, que forman parte de las políticas sociales contemporáneas, destacan aspectos particulares en detrimento del todo social sin atender la escala del conjunto de relaciones en las que se inscriben los distintos fenómenos que se pretenden subsanar.

En términos de Ulrich Beck, parece necesario abordar el proceso de “glocalización”6 de los modelos culturales. Desde el punto de vista cultural, dicho término se refiere a la combinación de los elementos locales y particulares con los mundializados. Supone que en un mundo global en el que se suprimen las fronteras económicas, políticas y sociales, se incrementan las barreras culturales. Habría que preguntarse si esto sucede como defensa frente a los efectos del capitalismo mundializado o, al contrario, como valoración de las especificidades locales en el mercado global. Justamente por la ambigüedad epistemológica que rodea el concepto de cultura,7 las explicaciones que recurren a esta noción pueden adaptarse a situaciones extremadamente diversas. Esto convierte la cultura en un instrumento particularmente útil para políticos y académicos que buscan respuestas factibles e inmediatas. Las situaciones complejas se reducen en última instancia a problemas culturales y, por lo tanto, irresolubles a través de políticas públicas o de organización política. Así, la dimensión cultural justifica las desigualdades y diferencias, lo que permite a múltiples actores, incluido el Estado, evadir su responsabilidad en conflictos y contradicciones de la sociedad actual.

En este proceso, “la cultura”, “la autenticidad” y “la identidad” se han transformado en una industria que produce mercancías “originales”,8 cuyo consumo se lleva a cabo tanto localmente como en prácticamente todo el mundo globalizado. Nos interesó entonces realizar un análisis de las diversas representaciones, estereotipos y fenómenos culturales en la dinámica del capitalismo actual. Partiendo de la premisa de que los argumentos de las políticas públicas nacionales e internacionales privilegian hoy en día la expresión de las particularidades culturales, nos propusimos conocer los mecanismos específicos que operan en la explosión de dichas expresiones dentro del contexto globalizador en México y América Latina. El análisis de la razón cultural que subyace en la dinámica económica y política actual constituiría el objeto central de nuestra propuesta de trabajo conjunto.

Tomando en cuenta estas ideas decidimos presentar un proyecto de investigación en ciencia básica a los concursos convocados por el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (

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