Prólogo
Alguien lo tiene que hacer, pensé. Después de contarles a varias personas mi decisión de escribir sobre el impacto que nos dejó la pandemia, me quedó claro que sería una tarea difícil. No es fácil leer sobre algo que nos lleve a recordar uno de los momentos de mayor incertidumbre y transformación que ha vivido la humanidad en este siglo. Mejor olvidarlo y pensar que aquí no pasó nada. Pero aquí estamos, cinco años más tarde. Y después de más de cien entrevistas con expertos y líderes en educación, neurociencia, sociología, negocios, finanzas, tecnología e inteligencia artificial —entre otros campos— puedo afirmar con certeza que por más que hagamos la pandemia a un lado e intentemos mirar al costado, su impacto marcó un antes y un después en la historia de la humanidad y sus efectos perdurarán por años.
Yo solía creer en los cambios graduales. Es más, viviendo en la Florida y acostumbrado a perseguir huracanes cuando era periodista, aprendí a leer esas señales que te van diciendo que algo se moverá de un lado para otro. Pero si bien hasta los huracanes se volvieron previsibles, nada, absolutamente nada nos anticipó la fuerza, la magnitud y el alcance de las consecuencias de este movimiento telúrico que nos sacudió globalmente, nos aterrorizó, nos paralizó y nos desestabilizó a tal punto que no tuvimos otra alternativa que adaptarnos y buscar salidas para sobrevivir.
No escuchamos a Bill Gates cuando en 2015, en una charla TED que ha sido vista millones de veces, nos avisó lo que venía y advirtió premonitoriamente que no estábamos preparados para afrontarlo.1A mí, como al 99,9% de la humanidad, la pandemia me tomó por sorpresa, me estremeció y me dejó sin piso. A todos nos dejó sin amarre, en offside. A cinco años de aquel impacto brutal, es posible afirmar, sin temer a equivocarnos, que fue una de las más grandes disrupciones de la historia reciente y la piedra angular de la transformación sociocultural más rápida y masiva de nuestra era, una revolución que apenas comienza.
El encierro y el miedo a morir consiguieron lo que no lograron ni Mahoma, ni Cristo: cambiarnos a todos. Una situación extrema como la padecida en 2020 nos llevó, irremediablemente, a enfrentarnos con el espejo y a vérnoslas con nosotros mismos. Nos demostró que nada estaba escrito en piedra. Sin saberlo, con la pandemia fundamos una nueva época: la era del unknown. Lo desconocido, lo incierto, empezó a gravitar sobre nosotros y generó esta nueva realidad que hoy nos hace vivir fuera de la zona de confort una buena parte del tiempo y a la que también nos hemos ido acostumbrando y adaptando.
Sumergidos en la incertidumbre, dejamos de tener el control que creíamos tener y se puso a prueba, como nunca, nuestra flexibilidad y capacidad de adaptación. Y del fondo de nuestro más profundo yo emergió una resiliencia, una fuerza que ni siquiera sabíamos que teníamos. Aceleramos el cambio que venía anticipándose, prácticamente sin oponer resistencia, y salimos adelante, como antes lo hicieron otras generaciones ante plagas o situaciones límites.
Sin embargo, mientras a nuestros antecesores les tomó siglos hacerlo, nosotros no tuvimos más opción que lograrlo en cuestión de meses. Fuimos capaces de crear en tiempo récord una vacuna que salvó a la humanidad y nos adaptamos meteóricamente a una nueva realidad. Nuestra lucha por sobrevivir prevaleció y nos volvimos resilientes. Sin haberlo buscado, nos convertimos en seres completamente digitales y la tecnología se convirtió en nuestro respirador artificial. Hasta nació una nueva generación, la P, de pandemials, con capacidades sociales completamente distintas a las que tuvimos nosotros, pero también con problemas de salud mental que la han marcado y cuyas consecuencias apenas comienzan a hacerse visibles.
Del confinamiento salimos recargados… La tecnología nos dio aire e impidió que se rompieran del todo nuestros lazos. Fundó una nueva forma de relacionarnos, de estudiar, de trabajar, de ir al médico, de comprar, de contratar. El mundo se volvió híbrido y nómada y ahora con la inteligencia artificial (IA), otra revolución se está gestando velozmente, producto de la aceleración de los tiempos, de la multiplicación de la capacidad tecnológica.
No podemos darle la espalda a esta nueva era. Nos convertimos en seres permanentemente conectados, con una poderosa voz propia que hoy, más que nunca, tiene la fuerza de crear (y demoler) figuras y marcas, pero al mismo tiempo con una necesidad de conexión, de contacto, que va más allá de las pantallas.
La pandemia también hizo evidente que solos no vamos a resolver ningún problema, que la vida es un asunto común. Si no estamos interconectados, no vamos a sobrevivir. Y hablo de una conexión profunda, también de emociones, de comportamientos, de objetivos, de un engagement que nos lleve a construir un escenario común, un propósito compartido. Ya nunca será igual manejar una empresa o dirigir una organización.
Este libro es el resultado de un proceso de cinco años durante los cuales el propósito ha sido descifrar la encrucijada que nos tocó vivir y poner en palabras lo que nos pasó,pero, sobre todo, qué cambió, cómo cambiamos y qué nos quedó después del estremecimiento global más profundo que ha vivido la humanidad en las últimas décadas y que —como veremos en los capítulos que siguen— nos hizo otros.
1. Gates, Bill. The Next Outbreak? We’re Not Ready. TED, marzo de 2015. Disponible en: <www.youtube.com/watch?v=6Af6b_wyiwI>. Accedido el 7 de mayo de 2025.
Capítulo 1
¡Cuidado con los “idus” de marzo!
En el calendario romano, el 15 de marzo es una fecha fatídica. En ese día, en el año 44 a. C., fue asesinado Julio César, el magno emperador cuyas batallas y glorias hicieron de Roma un imperio. Conocida como los “idus de marzo”, desde entonces ha sido considerada presagio de que se avecinan tiempos difíciles. Y así iban a ser esos aciagos días que siguieron al 15 de marzo de 2020…
Comenzaba la tercera década del siglo XXI y el mundo se preparaba para afrontarla. Los titulares de las noticias no auguraban días fáciles. La Unión Europea estrenaba una nueva era sin el Reino Unido; pocos días después de firmado en Afganistán el acuerdo entre los talibanes y los Estados Unidos que debía significar el comienzo del retiro de las tropas norteamericanas de ese país, las confrontaciones continuaban; los expertos económicos empezaban a hablar de recesión y retumbaba todavía el eco del veredicto contra Harvey Weinstein, el poderoso productor de Hollywood declarado culpable por los cargos de ataque sexual y violación. En medio de las poco alentadoras nuevas, se empezaban a abrir paso informaciones sobre un extraño virus que había surgido en China y empezaba a extenderse a otros países, entre ellos Italia, donde el primer ministro Giuseppe Conte había decretado hacía pocos días un estricto confinamiento. En Washington, el Capitolio había cerrado sus puertas al público y la NBA, suspendido su temporada de básquet por temor a propagar el contagio. Todo parecía indicar que se aproximaban épocas oscuras.
El día que el mundo cambió
Como cada semana, fui al Aeropuerto Internacional de Miami a tomar un vuelo que me llevaría a visitar a alguno de mis clientes. En esa oportunidad, el vuelo era a México. Desde que vivo en Miami, hace 30 años, el aeropuerto ha sido para mí prácticamente una extensión de mi lugar de trabajo. En promedio suelo hacer un centenar de viajes al año, así que lo conozco como la palma de mi mano y me muevo como pez en el agua entre sus multitudes, que en la actualidad rondan los 200 mil pasajeros al día. Mitad en broma y mitad en serio, acostumbro a decir que lo mejor que sé hacer en la vida es salir y entrar al aeropuerto en tiempo récord. Pero ese día todo era distinto.
En el área del check-in, los mostradores estaban vacíos y no había empleados. Los pasillos que se suelen llenar de pasajeros estaban desiertos y las tiendas, usualmente colmadas de viajeros presurosos, estaban cerradas. Parecía como si el aeropuerto estuviera reservado solo para mí, una escena que no había visto ni cuando un gran huracán estaba a punto de pasar por Florida. Los aeropuertos —pensé— suelen ser el termómetro de las catástrofes. Se llenan o vacían según se trate de huir de un tornado o resguardarse después de un atentado terrorista como del 9/11.
Esta vez, sin embargo, todo indicaba que se trataba de algo diferente, único. Lo más aterrador era que no sabíamos con certeza lo que era. Apenas hacía unos días la Organización Mundial de la Salud (OMS) le había puesto nombre, covid-19, sin explicarnos muy bien de dónde provenía el denominativo. Más tarde nos enteraríamos de que derivaba de las palabras “corona”, “virus” y disease (“enfermedad” en inglés), mientras que "19" representaba el año en que surgió el brote, del que se informó a la OMS el 31 de diciembre de 2019.
En cuestión de horas, esa palabreja extraña —“coronavirus”— se convirtió en la más buscada en internet, con más de 20 millones de búsquedas tan solo el 11 de marzo.1 Todos queríamos entender qué era lo que estaba pasando, qué bicho mortal se había infiltrado silenciosamente en nuestras vidas y estaba acabando con ellas a un ritmo frenético. Pero no había respuestas, solo cifras desoladoras que iban mostrando un crecimiento exponencial primero de los contagiados, luego de los hospitalizados, de los internados en las UCI y, finalmente, de las víctimas mortales de este monstruo desconocido.
Los mapas infográficos que nos presentaban los medios de comunicación, cuyos periodistas estaban igual de perdidos que todos nosotros, se iban colmando de puntitos rojos que anunciaban el angustiante progreso del virus y su incontrolable capacidad de expandirse de un lugar a otro, sin freno. Primero China, luego India, Italia, Alemania, España, Estados Unidos… finalmente, el planeta entero. Y esto sin haber terminado el mes de marzo.
La evidencia de los números —que para el fin de mes ya sumaban 150 mil casos solo en los Estados Unidos— se fue volviendo abrumadora. El Dow Jones se desplomó 1.200 puntos en cuestión de días,2 una locura… Aterrorizados, empezamos a ver cómo, a medida que se extendía el contagio, las puertas del mundo se iban cerrando una a una para tratar de detenerlo. Pero navegábamos sin dirección. Nadie sabía a ciencia cierta ni la naturaleza, ni el tamaño de la amenaza, ni mucho menos cómo detenerla. Como el epidemiólogo norteamericano March Lipsitch, director del Center for Communicable Disease Dynamics del Harvard Chan School, lo definió en ese entonces: “Simplemente nos estamos subiendo a una balsa sin salvavidas. La tierra firme está aún muy lejos.3 ¡No podíamos imaginar cuánto!
Lo que en un comienzo creíamos circunscrito a China, poco a poco, se fue convirtiendo en una plaga universal de la que parecía que nadie podría salvarse. Cualquiera podía contagiarse, enfermar y morir. La globalidad —esa que tanto habíamos abrazado como remedio a varios de nuestros males— mostraba la más cruel de sus facetas. En un mundo hiperconectado, no había escapatoria posible, nadie podía sentirse a salvo.
Las desoladoras imágenes de las más icónicas calles del mundo totalmente vacías, hospitales a reventar y cadáveres apilándose por doquier, bien fuera en las calles de Guayaquil o en una carpa improvisada en un estadio en Nueva York, se apoderaron de las primeras planas de los medios e inundaron las redes sociales. Día a día, la incertidumbre se iba haciendo aún más grande y nadie parecía tener una respuesta que pudiera calmar la ansiedad universal. Algo similar a lo que probablemente debieron sentir quienes vivieron la Primera o la Segunda Guerra Mundial… un temor inconmensurable de no tener idea de lo que vendría al día siguiente, si lograrías sobrevivir o caería una bomba que te haría desaparecer en cuestión de segundos.
Si en ese entonces las circunstancias ya eran brutales, en esta ocasión la dimensión de la amenaza las hacía apabullantes. Ya no se trataba de un evento continental, como lo fueron estas guerras, sino que nos afectaba a todos y no existía búnker donde escondernos para protegernos. Nos invadió la impotencia… De un día para otro, el incesante ritmo del mundo se había detenido e ignorábamos cómo ponerlo a andar de nuevo. El terror frente a lo desconocido nos hizo sentirnos más vulnerables que nunca y nos paralizó.
Nadie podía sentirse a salvo. De Tom Hanks a la Reina Margarita de Dinamarca, pasando por Mick Jagger, Rafael Nadal, Lionel Messi, Plácido Domingo, y hasta el imbatible juez español Baltazar Garzón, cayeron víctimas de la inclemente oleada inicial del contagio. Sin distingo de nacionalidad, clase o prestigio, el covid-19 atacó sin piedad ni consideración.
Aunque todos, hasta los más poderosos y populares, éramos vulnerables, con el pasar de los días fue evidente, sin embargo, que el virus no se desarrollaría por igual en todas partes ni nos afectaría a todos de la misma manera. Ante una amenaza global única, paradójicamente prevalecieron las respuestas locales y dispersas. El desconocimiento casi total sobre la evolución del virus y cómo detenerlo llevó a cada nación, a cada región, a cada dirigente, a sacar de la manga un improvisado plan para responder a los millones de personas que, impávidas, reclamaban de sus líderes respuestas que nadie tenía. Ellos tampoco…
Frente a lo desconocido, la improvisación fue la regla, sin distingo de poderío político o económico. Países como los Estados Unidos vivieron una tragedia humanitaria sin precedentes que los llevó a encabezar la lista negra de naciones con mayor número de muertos por covid-19; el Reino Unido padeció una crisis hospitalaria que derivó en colosales huelgas del personal médico y asistencial y en Suecia —uno de los pocos países donde el gobierno no impuso confinamiento—, para el mes de abril de 2020, la tasa de mortalidad por 100 mil habitantes llegaba a 17,3, muy por encima de sus vecinos Dinamarca (6,4), Noruega (3,4) y Finlandia (2,6).4
Hoy podemos verlo con mayor claridad, pero en aquellos interminables días encerrados, todo era confuso y la cabeza no nos daba más que para intentar entender qué era lo que nos estaba pasando. En qué consistía ese “algo” que llegaba por el aire y, sin darnos cuenta, nos atrapaba y hacía que fuéramos cayendo uno tras otro, sin poder hacer prácticamente nada.
Entre la ficción y la realidad
Nunca fui aficionado a las películas de ciencia ficción. Siempre las encontré distorsionadoras de una realidad que para mí nunca se asemejaría a aquellas fantasías producto de la desbordada imaginación de los diversos Stanley Kubrick que han pasado por las pantallas.
Sin embargo, en esos aciagos primeros días de marzo de 2020, la sensación que me invadía era precisamente la de ser el protagonista de uno de aquellos fantasiosos films donde la vida en el planeta se ve amenazada por una extraña fuerza difícil de descifrar e imposible de combatir. Lo que desfilaba ante mis ojos y los de millones de personas no difería mucho de lo que avezados cineastas habían visualizado durante décadas a manera de invasión extraterrestre, monstruo de varias cabezas emergido de algún misterioso lago o virus letal… un mundo que, de la noche a la mañana, se veía vaciado de sus habitantes, inmóvil y aterrorizado frente a un enemigo común, desconocido e indescifrable.
En aquel tiempo, agobiado por esa incesante sensación de incertidumbre y de haber perdido por completo el control, dediqué varias sesiones a repasar algunas películas que, para mi mente fáctica y cartesiana, eran excesivamente imaginativas e inverosímiles. Por mi pantalla desfilaron varias, como Contagio, de Steven Soderbergh, realizada una década antes y en la que, como una aterradora premonición, un virus letal se esparce por el planeta; o La llegada, de Denis Villeneuve (2016) y Día de la Independencia, de Roland Emmerich (1996), en las que naves alienígenas invaden la tierra ante la mirada estupefacta de millones de personas que permanecen como zombis ante lo desconocido.
Increíblemente, lo que estábamos viviendo en esos días resultaba ser todo eso y mucho más. Enfrentadas a una amenaza inédita y letal, millones de personas nos encontrábamos aisladas, incomunicadas y entumecidas, desbordadas por una realidad apabullante en la que nadie ni nada de lo que hasta entonces habíamos conocido parecía ser suficiente para ofrecernos una respuesta, una salida a la debacle a la que estábamos abocados.
Con el pánico instalado en la piel y la paranoia por este nuevo virus de nombre covid-19 que se transmitía por el aire, nos encapsulamos y empezamos a desconfiar de todos los que nos rodeaban. Los gobiernos decidieron por nosotros, a nivel individual y colectivo. Los confinamientos nos aislaron dentro de nuestras casas, encerrados en nuestras propias urnas de cristal, y nos impidieron movernos más allá de nuestras propias fronteras. Y, sin derecho a réplica, tuvimos que pagar las consecuencias de las decisiones erráticas de muchos de los dirigentes del planeta.
Dentro de cuatro paredes
Sin saber muy bien cómo, cuándo ni por qué, esa bola con nombre de virus fue creciendo con los días y aplastándonos a todos. El 11 de marzo de 2020, la OMS finalmente catalogó lo que estábamos viviendo como “PANDEMIA”,5 así con mayúscula, lo que en pocas palabras quería decir que era una amenaza de la que nadie se iba a salvar y que se propagaba como gasolina que se enciende sin freno con un fósforo con consecuencias para todos.
En Miami, ese día el alcalde declaró el estado de emergencia y prácticamente cada ciudad del mundo hizo lo propio, con distintas interpretaciones de la urgencia, versiones de las medidas e intensidad del aislamiento recomendado. En algunas tan diversas como Melbourne, Manila y Bogotá los confinamientos fueron especialmente severos y las medidas se mantuvieron por largo tiempo.
Revivimos una palabra que había sido acuñada en otras epidemias y que ya parecía una referencia restringida exclusivamente a los libros de historia: cuarentena. Las ciudades —grandes, medianas y pequeñas— de todo el mundo comenzaron a vaciarse y millones de personas nos vimos abocadas, de la noche a la mañana, a un encierro obligatorio que nos cambió la vida y nos llevó a un escenario hasta entonces totalmente desconocido y que cada uno enfrentó como pudo.
Muchos creíamos que la crisis iba ser cuestión de días, máximo unas cuantas semanas. En nuestro caso, en Newlink, cerramos la oficina, instalamos las computadoras en nuestras casas y nos preparamos para un corto receso. A medida que iban pasando los días, sin embargo, se hizo evidente que no iba a ser así. La vida se nos encapsuló dentro de cuatro paredes. De come