Lo que pesa el corazón

Cristina Fornós

Fragmento

Prólogo

1

Riera de Maspujols, término municipal de Cambrils,

26 de octubre de 2019

Los llantos del niño cesaron por completo cuando advirtió que Rita había desaparecido. De pronto pareció olvidarse de los rasguños en las rodillas y del golpe que se había dado al caer de la bicicleta. Mientras su entregado padre seguía limpiándole la sangre de la herida con el agua de la cantimplora, el pequeño no dejaba de buscar a su mascota con la mirada. Por su parte, la madre se había separado de ellos tras el rastro de la perrita, cansada del victimismo de su hijo y de los excesivos miramientos por parte de su marido.

La mujer llamó a la mascota en repetidas ocasiones y silbó largamente, como solía hacer para reclamarla cuando salían a pasear y se alejaba demasiado. Pocos segundos después, el animal apareció a unos veinte metros en la riera, asomado entre unos matorrales.

—¡Ahí está! —gritó el niño, feliz de verla.

Pero Rita los ignoró y volvió a esconderse entre la maleza. Antes de perderla de vista otra vez, la mujer dejó atrás a su marido e hijo, pedaleó hasta alcanzarla y apoyó la bici en el camino polvoriento. Sacó la correa de la mochila y se acercó al animal para atarlo y regresar todos más tranquilos. Vio que Rita se había metido entre unas cañas secas, en una zona llana y sombreada, y estaba escarbando en una especie de montículo de tierra. La mujer se aproximó con cautela, con el mosquetón de la correa abierto para engancharlo al arnés de la perra antes de que esta pudiese huir de nuevo. Cuando ya estaba a punto de alcanzarla, descubrió que había dos objetos junto a la tierra que Rita removía con energía. El primero era una especie de cajita de madera. El otro, una gran maleta de color gris, apoyada en sus ruedecillas y con las cremalleras completamente cerradas.

—Pero ¿qué narices…? —exclamó ella acercándose más, a la vez que oía cómo su marido y su hijo llegaban al escondrijo que había descubierto su mascota.

La mujer advirtió algo extraño en la maleta: un pequeño charco oscuro en el suelo y una especie de líquido que empapaba los cierres. Al comprender que se trataba de sangre, dio un enorme respingo.

Salió corriendo hacia las bicicletas y cogió el móvil. Mientras escuchaba cómo su marido intentaba que el pequeño no se acercase y que Rita regresase con ellos, llamó a emergencias y explicó lo que ocurría.

Después de colgar, dudó unos segundos y finalmente marcó otro número. Enseguida contestó una voz femenina.

—¡Ey! ¿Qué pasa? ¡Cuánto tiempo, tía!

—Cállate y escucha con atención, Lara, que sigo con el susto en el cuerpo y los mossos no tardarán en venir —le contestó, apresurada—. Esto es muy fuerte. No te lo vas a creer.

Cinco minutos después de la llamada al 112, una ambulancia del SEM y una patrulla de los Mossos d’Esquadra de seguridad ciudadana que vigilaba las urbanizaciones de Miami Playa llegaron al lugar de la riera donde aguardaba la familia. Los técnicos sanitarios esperaron órdenes de los policías y ofrecieron su ayuda a los responsables del hallazgo, quienes aseguraron encontrarse bien y solo pidieron un poco de sombra y agua.

La mujer señaló a los mossos el sitio exacto en el que habían localizado la maleta. Los dos agentes les indicaron que se quedaran junto a la ambulancia y ellos se adentraron en el claro entre las cañas. Enseguida advirtieron el sospechoso montículo removido y se acercaron a la maleta.

—Sí que parece sangre —afirmó uno de los agentes.

—¡Vamos, ayúdame! ¡Podría haber alguien dentro!

Los mossos tiraron de la maleta, la tumbaron y abrieron la cremallera. Cuando levantaron la tapa, se separaron de ella instintivamente. Uno de los agentes apartó la vista y cogió el walkie-talkie. El otro no podía dejar de mirar lo que había en el interior del equipaje.

—¡Hostia puta!

El cuerpo descuartizado de un hombre ocupaba todo el espacio, en el que se habían mezclado desordenadamente un torso, extremidades fragmentadas y una cabeza, que coronaba la sangrante amalgama de piezas. Sin embargo, la cara de la víctima no podía apreciarse porque estaba cubierta por una máscara de carnaval que representaba la faz de una especie de lobo negro, con las orejas y las cejas pintadas en color dorado.

No tardaron en personarse los miembros del grupo de Homicidios de los Mossos del Camp de Tarragona, repartidos en dos vehículos que aparcaron a cierta distancia del lugar. Robert Vidal, inspector del Área de Investigación Criminal, comprobó satisfecho que los agentes que habían llegado antes habían acordonado la zona y habían habilitado un nuevo camino por donde entrar y salir para preservar la ruta de acceso natural que probablemente habría seguido el asesino. También mantenían a la familia apartada y vigilaban que nadie más se adentrase en ese tramo de la riera.

El inspector esperó a que sus compañeros de la Policía Científica se enfundasen los buzos blancos para seguirlos hasta el escenario y hacer las primeras valoraciones. Los flashes de las cámaras se sucedían uno tras otro. Los agentes documentaban e inventariaban todo cuanto veían: la maleta ya abierta, la misteriosa cajita de madera, el charco de sangre, el entorno forestal y el montículo de tierra.

—Aquí debe de ser donde ha escarbado el perro —apuntó Óscar Ortiz, cabo de la Policía Científica, señalando una zona removida donde un poco de tierra se había desprendido del bloque más compactado.

—Si el animal buscaba aquí es porque olió algo —dedujo Vidal—. Y fíjate en la forma alargada de la parte elevada. No creo que el de la maleta sea el único cuerpo que encontremos hoy. Hay que comprobarlo.

Ortiz se aseguró de que en el lado izquierdo del montículo no hubiera huellas de zapatos ni otras pruebas que proteger. Entre dos mossos y con mucho cuidado, empezaron a achicar tierra, lanzándola hacia la zona controlada. Enseguida vieron que asomaba una tela de color claro y que, bajo esta, se intuía un cadáver. Decidieron limpiar solo un poco más para corroborar la existencia de otra víctima antes de dar aviso al juzgado. No querían contaminar las pruebas ni el escenario más de lo estrictamente necesario.

—Parece que está envuelto en una sábana —dijo Vidal—. Apartadlo un poco para confirmar.

El cabo de la Científica limpió la superficie de la tela con las manos enfundadas en unos guantes de látex hasta que halló un resquicio por donde introducir los dedos. Abrió el lienzo, y poco a poco fue aflorando la cara pálida e inerte de una joven. Los mossos suspiraron con pesar y resignación. Aunque ya lo suponían, nunca se acostumbraban a encontrar nuevas víctimas y la esperanza siempre los acompañaba hasta el último segundo.

—Espero que no sean ellos, pero tiene pinta —se lamentó Ortiz.

Vidal asintió y salió de nuevo a la riera para llamar al juzgado de Reus y hablar con el magistrado de guardia. Mientras esperaba a que le respondiese, lanzó una patada a un guijarro y maldijo en voz baja. Los habían estado buscando y no habían conseguido dar con ellos. Ahora se encontraban con un siniestro decorado que, intuía, no iba a resultar fácil de descifrar.

2

Central de los Mossos d’Esquadra de Egara, Sabadell,

26 de octubre de 2019

Redactar informes, actas y diligencias y rellenar infinitos papeles era lo que más detestaba de su trabajo. Se sentía inmensamente satisfecho cada vez que conseguían detener a un asesino, ponerlo ante la justicia y resolver un crimen, pero todo ello comportaba el cumplimiento a rajatabla de un procedimiento administrativo que siempre se le hacía pesado y, a menudo, eterno.

A la vuelta de sus vacaciones de tan solo siete días, y a pesar de que su equipo había avanzado a buen ritmo con la burocracia del último caso, el inspector Sagi se había encontrado en la mesa de su despacho con una montaña de documentos por revisar, completar y firmar. Por eso, y para volver a centrar sus esfuerzos en los nuevos homicidios, había decidido destinar la mañana del sábado a quitarse de en medio todo ese papeleo. Sin embargo, y pese a lo aburrido de la tarea, releer los detalles del asesinato de Jaume Folch en el pequeño municipio de Escaladei, en la comarca del Priorat, le hacía recordar todo lo vivido durante esa semana. Sin poder evitarlo, se adentró de nuevo en los pasos que les llevaron a resolver un crimen que nada tuvo de ordinario: sus esfuerzos para progresar en la investigación, los callejones sin salida que tuvieron que excavar, los misterios que nunca se desentrañarían, los nuevos compañeros de trabajo que Sagi llegó a apreciar y que ahora incluso echaba de menos, y la periodista que tanto los ayudó a llegar a buen puerto. Un crimen resuelto siempre traía paz de espíritu, palmaditas en la espalda, noches de sueño profundo y una buena dosis de aprendizaje. Pero si, además, podía compartir los desvelos, el esfuerzo y el empeño de su trabajo con gente competente y también entregada a la causa, el camino resultaba mucho más fácil y los tragos amargos se hacían más llevaderos. Era en esa comunidad, y en el agridulce alivio de las familias de las víctimas, donde encontraba la reafirmación del amor por su profesión.

Víctor Sanz Gimeno, inspector de Investigación Criminal de los Mossos d’Esquadra en la central de Egara, a quien sus allegados y conocidos siempre llamaban Sagi, estaba a punto de levantarse de la silla para prepararse un café cuando su ordenador emitió un sonido que le indicaba que acababa de recibir un e-mail. No se trataba de ningún compañero del Cuerpo, ni del laboratorio, ni de ningún juzgado. Le echó un vistazo al remitente, pero le resultó desconocido. Abrió el correo y lo leyó con curiosidad.

De: El Kini

Para: Víctor Sanz Gimeno

Asunto:

Apreciado señor Sanz Gimeno:

Soy un preso de la cárcel de Mas d’Enric de Tarragona y necesito de su ayuda urgente. Mi hija Ana, que tiene 25 años, y su novio llevan dos días desaparecidos y nadie nos hace caso. La madre de la niña ha ido varias veces a los Mossos y le han dicho que aún es pronto. Que hacen lo que pueden y lo que marca el protocolo, pero, con todos mis respetos, a mí el protocolo me la trae floja y sé que les ha pasado algo malo. Porque ella no se habría ido sin decirnos nada.

Por favor, hable con los Mossos de Tarragona y pida que se espabilen. Necesitamos que vuelva a casa. Sé que usted es muy bueno resolviendo asuntos feos y por eso le escribo. Y confío en su buen corazón. Le estaré muy agradecido por todo lo que pueda hacer.

Le ruego que se comunique conmigo. Estaré esperando su respuesta.

Cordialmente,

EL KINI

Sagi resopló. Estaba a favor de la transparencia en el Cuerpo de Mossos, pero le importunaba que su dirección de correo electrónico fuese tan fácil de conseguir, ya que eso significaba que los ciudadanos, en vez de ser atendidos por los cauces establecidos, podían escribirle directamente y ponerle en un brete. Jamás iba a negarle la ayuda a nadie, pero bien sabía que a menudo la proximidad en la desgracia magnificaba las cosas y dificultaba los avances. Estaba convencido de que los agentes que llevaban esa desaparición estaban haciendo todo lo posible para localizar a la joven y a su pareja y dar una respuesta óptima al caso. Comprendía la angustia de la familia, como la de tantas otras personas que habían perdido a alguien en un homicidio, o habían sido víctimas de un robo, o amenazadas, pero no debía permitir que esa empatía le hiciese perder el rumbo y olvidar las prioridades. Seguro que la desaparición de Ana no requería de la implicación de un investigador criminal de la central de Egara.

Respondió al e-mail con un breve texto estándar en el que se solidarizaba con su interlocutor, mostraba su confianza en sus compañeros de Tarragona y aseguraba que estos resolverían la situación a la mayor brevedad.

Se levantó y salió al pasillo en busca de la máquina de café. Sabía muy bien que la cafeína no le convenía, pues para él era como hacer de funambulista en la cuerda floja sobre el abismo de su ansiedad, pero necesitaba una buena dosis si no quería caer rendido en esa maraña de lenguaje policial, administrativo y judicial. Mientras contemplaba hipnotizado cómo el chorro de humeante café llenaba el vasito de cartón, pensó en Marta.

Habían pasado ya varias semanas desde la última vez que se vieron. Esa noche de comida tailandesa y vino tinto, de recuerdos compartidos, de cálidas caricias y besos urgentes. De deseo irremediable y de resaca con gélido golpe de realidad. Sagi había amanecido en la cama de Marta, embriagado por su aroma y a la vez comprendiendo que eran en realidad el blanco y el negro, el orden y el caos, dos opuestos que se atraen, pero que jamás convergerán en armonía. A Sagi lo movían el orden y el control, mientras que Marta era puro azar e improvisación.

Por esas muchas grietas que los separaban y que el mosso percibía insalvables, había decidido distanciarse de la artista antes de que su relación se volviera más adictiva y necesaria. El inspector no quería tener que llegar a rogarle que pasase con él un fin de semana de sofá y peli cuando sabía que ella querría salir con sus amigos o sumarse a algún viaje inesperado. No podía, ni debía, poner a Marta en la tesitura de proponerle algo más serio que le fuese a cortar las alas. Si lo hacía, uno de los dos saldría malherido: él, si lógicamente Marta elegía su preciada libertad; o ella, si cedía a sus deseos y se aventuraba a una relación más estable y tradicional. Ninguna de las dos opciones resultaba sana ni sensata. Sagi era consciente de ello, y por eso se había propuesto alejarse de Marta y dejar que esa distancia rebajase sus ansias de estar con ella y de pedirle egoístamente más.

Sin embargo, le estaba costando horrores resistirse a la tentación de volver a verla. En los últimos días, la joven le había enviado varios mensajes y le había propuesto quedar en dos ocasiones. Sagi le había dado largas con excusas vagas, fiel a su firme propósito de superarla, aunque notaba que había empezado a flaquear. Había intentado salir de ese corsé de rectitud y control que lo acorazaba, e incluso se planteaba posibilidades hasta ahora inconcebibles. Le parecía oír los mantras que su psicoterapeuta, el doctor Ríos, le repetía una y otra vez. «Debes ser más flexible y menos controlador. Solo así podrás vivir más relajadamente y aceptar las cosas como son».

Siguiendo estos consejos, había reflexionado que, quizá, la relación que tenía con Marta en la actualidad podía ser la más adecuada para ambos. Porque ¿acaso no estaban bien como estaban? ¿Era de imperiosa necesidad iniciar un compromiso estable y tradicional? Puede que si se metiese en ese jardín, le acabaría sucediendo lo mismo que con su exmujer. Ella solo ansiaba casarse, tener hijos y formar una familia de revista y ejemplar, lo cual acabó agobiando a Sagi. Le hizo refugiarse en su trabajo para huir de una relación que llegó a ahogarlo, llena de rituales y objetivos marcados con rotulador fosforito. No quería volver a tropezar con la misma piedra, pero su obstinación en formalizar lo que tenía con Marta igual lo llevaba de cabeza a ello. ¿Por qué no seguir como hasta ahora? Verse de vez en cuando, quedar para cenar, tener buen sexo, charlar unos minutos por teléfono, cobijarse temporalmente en sus brazos cuando otras preocupaciones le pesasen demasiado… Pensándolo bien, no le parecía tan mal plan. Quizá la artista estaba ahí justo para sacarlo de esa zona de confort que le hacía sentirse tan seguro como enclaustrado. Tal vez el universo le estaba diciendo que debía salir de ese recoveco y empezar a poner un pie en el terreno de la improvisación y la anarquía. Puede que, contrariamente a lo que su carácter de hombre recto y mesurado le indicaba, esa cesión fuese a traerle cosas buenas y le ayudara a avanzar.

Por otro lado, también se había descubierto a sí mismo pensando en Lara. La periodista que le había ayudado en la resolución del último caso había resultado una sorpresa para él. Durante esos días, primero habían coincidido de forma puntual y luego habían pasado a colaborar estrechamente. Incluso habían viajado juntos desde Reus, donde ella vivía, hasta Barcelona para entrevistarse con una testigo fundamental para el sumario. Había sido en ese desplazamiento cuando Sagi había empezado a conocer mejor a la joven. Si en un primer momento había creído que sería una reportera metomentodo, centrada en redactar un buen reportaje para obtener el reconocimiento de sus jefes y compañeros de la prensa, en la distancia corta había comprobado que Lara era una persona amante de su profesión, como él, y entregada a la causa de encontrar al asesino de un buen hombre, a quien ella misma había hallado muerto. Para su sorpresa, Lara no había mercadeado con esa desgracia ni con la información privilegiada de la que disponía, lo cual le hubiera resultado muy fácil y seguramente provechoso. Además, habían pasado de charlar sobre asuntos triviales como sus gustos musicales a temas mucho más espinosos y delicados como sus respectivas familias, en los que no ahondaron demasiado, pero sí lo suficiente como para percatarse de que ambos tenían cuestiones que resolver. En esas confesiones, Sagi y Lara habían encontrado numerosos puntos en común que los habían acercado a una incipiente amistad y les habían dejado un regusto de química y afinidad, con lo que habían podido comenzar a superar la frialdad que imponía lo estrictamente profesional.

Poco después de resolver el caso, Sagi había llamado a Lara con el pretexto de preguntarle si conocía a alguien en la zona de Móra d’Ebre que pudiera asistir a su abuela Teresa en las tareas del hogar. Aunque la mujer seguía siendo autónoma e independiente, la estancia de Sagi durante un par de semanas en su casa —primero, mientras duró el caso, para estar más cerca del Priorat y no tener que volver a Barcelona cada día; luego, por unas merecidas aunque cortas vacaciones— había evidenciado que los ochenta y nueve años de la abuela no eran moco de pavo. Cada vez más necesitaba de una ayuda para determinadas tareas que su cuerpo ya no aguantaba, por mucho que ella se empeñase en negarlo.

Lara enseguida le recomendó a Katya, una mujer ucraniana algo peculiar, residente en La Morera de Montsant, que tenía un carácter fuerte y en ocasiones incluso agrio, pero que había resultado ser una buena partenaire para la obstinada Teresa. A pesar de que las dos mujeres habían empezado su relación con una especie de pelea de gallos, con reproches y sarcasmos afilados como cuchillos, a los pocos días se entendían a las mil maravillas y se coordinaban para cocinar, planchar, limpiar y hacer la compra. De hecho, Sagi pensaba que eran tal para cual. Ambas tenían un genio de mil demonios y no se dejaban achantar. Por eso, aunque al principio habían chocado por la similitud de energías, ahora se adoraban y complementaban y ya no podían vivir la una sin la otra. Sagi había seguido la recomendación de Lara y había insistido a Katya para que aceptase el trabajo a pesar de tener que desplazarse desde tan lejos, después de varias negativas basadas en que «no se me ha perdido nada en Móra d’Ebre» y «ya tengo a bastantes yayos que cuidar». Cuando la ucraniana por fin aceptó, Sagi le aumentó el sueldo inicialmente propuesto en señal de agradecimiento. La simple tranquilidad de saber que Teresa estaba en buena compañía ya lo merecía.

El inspector era consciente de que esa llamada a Lara, aunque justificada, había sido un pretexto para escuchar su voz de nuevo y, tal vez, volver a verla. Pero no había caído esa breva. La reportera charló larga y animadamente con él, sorprendida y feliz por la inesperada llamada, le preguntó sobre todo en general y nada en particular, y le habló de Katya, pero no le dio pie a un encuentro. Reconocía que le dolió desechar esa posibilidad.

Aunque luego otra vez pensaba en Marta, y el remolino de su interior volvía a agitarse con la misma fuerza que él removía en esos momentos el azúcar del café de máquina de la comisaría de Egara. Regresó a su despacho y suspiró largamente antes de continuar con los informes que fastidiosamente le esperaban. Determinó que, ya que por el momento no tenía ni el coraje ni la capacidad de tomar una decisión en firme respecto a su vida sentimental, lo mejor sería armarse de valor para afrontar y vencer toda aquella burocracia.

Cuando empezaba a redactar otra diligencia, recibió una llamada.

—Estoy aquí en Egara avanzando papeleo. ¿Qué necesitas?

—Me dijiste que querías participar en todos los homicidios que sucediesen cerca de Móra d’Ebre, ¿no es cierto? —le preguntó su jefe, el comisario José Antonio Bonet, tan directo como siempre.

Sagi se incorporó en su asiento y escuchó atento.

—Así es.

—Pues estás de suerte.

3

Castillo de Escornalbou, Riudecanyes,

septiembre de 1885

Albert Coma observaba por la ventana de su despacho, erguido, con el rostro pensativo y las manos juntas tras la espalda. Admirar la vastedad de los bosques que se extendían a sus pies era una de las cosas que más le complacían. Pinos, encinas e higueras cubrían la tierra que descendía suavemente hasta el mar, formando una especie de frondosa y verde alfombra vegetal. Desde lo alto del altiplano de Santa Bárbara, donde se encontraba su castillo, Albert divisaba toda la comarca que se desplegaba bajo él y sentía con mayor intensidad, si cabe, el poder que ostentaba en ella.

Proveniente de una familia acaudalada de Reus, nieto de prósperos comerciantes y sobrino de un diputado en las Cortes Generales de Madrid, Albert se había convertido en una respetable figura en su lugar de origen debido a su fulgurante carrera diplomática, su empeño en la promoción del arte y la cultura, y el prestigio que habían alcanzado sus dietarios de viajes. En ellos describía con acierto y pasión los exóticos paisajes y las extrañas culturas que conocía en sus misiones como cónsul en países lejanos. No en vano se le consideraba uno de los intelectuales de referencia en el nuevo movimiento cultural y literario surgido en Cataluña llamado la Renaixença. Ahora, después de haber residido durante cerca de un año en la remota y bella India, y tras haber reposado en casa durante unas breves semanas, se disponía a embarcarse en una nueva empresa que llevaba años ansiando.

Su cargo de diplomático le había enseñado cuán colosal y hermoso era el planeta, pero también le había hecho añorar su hogar de una forma que jamás imaginó. La juventud lo había arrastrado a una vigorosa y hambrienta sed de conocimiento del mundo, que poco a poco veía como se iba mitigando. Por ello, buscando el retorno a su Reus natal, pero también la placidez y el sosiego de las montañas del Baix Camp, recaló en el antiguo monasterio de Sant Miquel de Escornalbou del siglo XII. Deshabitado desde la desamortización de 1835 y destruido por un terremoto y varios bombardeos, Albert Coma lo había adquirido cerca de una década atrás. Después, bajo la dirección de obra de los más importantes arquitectos del modernismo contemporáneo, lo reconstruyó como un castillo, a su gusto y estilo, para fijar en él su residencia permanente y formar allí una familia.

A pesar de sus múltiples ocupaciones y de su dinamismo, el reciente fallecimiento de su madre había dejado en él un gran vacío. Siempre había estado muy unido a ella, puesto que esta había enviudado muy joven y su único hijo se había convertido a la vez en la motivación y el objetivo de todos sus actos. Asimismo, Albert había contado con su opinión y había buscado su beneplácito para cualquier empresa que se había propuesto. Su muerte había causado un hondo pesar en él y, a menudo, acusaba su ausencia, que procuraba suplir con un derroche de interés e ímpetu en sus tareas y planes, tanto laborales como lúdicos.

La perspectiva del nuevo viaje lo regocijaba sobremanera, si bien el proyecto había contrariado a su esposa Caterina, por verse privada una vez más de su compañía. Desde que contrajeron matrimonio hacía ya tres años, Albert se hallaba sumergido en la continua encrucijada de permanecer junto a ella o partir en una nueva aventura diplomática. Sabía que no podía elegir solo una de sus dos pasiones, renunciando a la otra, y por ello intentaba compaginarlas de forma equitativa, por más que su esposa resultara mucho más quejicosa y exigente que sus viajes.

En ello andaba reflexionando cuando escuchó un ruido a su espalda.

—Permiso, señor —se excusó un sirviente a la par que Albert volvía el rostro—. Los baúles con los libros y herramientas ya están listos. ¿Manda alguna cosa más para esta tarde?

—De momento eso es todo. Mañana prepararemos la ropa y elaboraremos una lista con las provisiones para la travesía, que no será corta. Puedes retirarte, Mateo —ordenó.

El criado inclinó la cabeza en señal de acatamiento y dejó la estancia. Mateo llevaba décadas al servicio del diplomático, dado que sus padres ya trabajaron como sirvientes de la familia Coma antes de que Albert llegase a Escornalbou. Se trataba de un hombre de constitución robusta y carácter disciplinado, leal y servicial, y se había ganado la plena confianza del joven señor dentro del castillo por su obediencia, respeto y diligencia en sus múltiples labores. Escornalbou quedaría en buenas manos durante la ausencia de su dueño.

Albert mostró una amplia sonrisa al pensar en su próximo destino: Egipto.

Había comenzado a soñar con realizar expediciones a orillas del Nilo unos cuantos años atrás, cuando visitó el país por primera vez en una de sus misiones, para hacer parada y fonda de camino a un destino del sudeste asiático. A las pocas horas de haber pisado el polvoriento suelo de El Cairo y de haber atisbado las portentosas pirámides de Guiza, ya había caído rendido a los encantos de la historia y la cultura del país. Empezó así una afición que se fue convirtiendo en fascinación a medida que el ilustrado Coma leía, investigaba y estudiaba todo lo que llegaba a sus manos relacionado con el Antiguo Egipto. Su dominio de las lenguas inglesa y francesa le había ayudado a ponerse en contacto y trabar amistad con eminentes egiptólogos de distintas procedencias, con quienes mantenía una interesante y fluida relación epistolar. Había sido uno de ellos, el arqueólogo François Duporteaux, quien lo había invitado a la expedición que le había encomendado el Servicio de Antigüedades Egipcias en la zona de Deir el-Medina, cercana a la ciudad de Lúxor. La embarcación que los iba a transportar Nilo abajo partiría desde El Cairo en pocos días y, a pesar de que Albert apenas había podido habituarse de nuevo a su rutina en Escornalbou desde su regreso de la India, no tenía dudas de que no iba a dejar pasar la oportunidad de adentrarse en la historia de Egipto en primera persona y de absorber todos los conocimientos que esta odisea parecía reservarle.

Se acercó a su escritorio para revisar entre pliegues de manuscritos que no hubiese olvidado ningún documento que le pudiese ser útil o indispensable en el viaje. Mientras leía garabatos en un papel, sintió un fuerte pinchazo en las sienes. Cayó sobre la silla del despacho, sobrecogido por el dolor y con los ojos cerrados, y se quedó paralizado durante unos instantes, con las manos presionando firmemente la cabeza. Parecía que un lacerante rayo hubiera atravesado su cerebro, abrasándolo por unos momentos.

Caterina entró en el despacho mientras Albert seguía inmóvil en el asiento, apretando las yemas de los dedos contra los pulsos de la cabeza. Corrió a su lado y se agachó junto a él.

—Albert, Albert, mírame —lo conminó, tomándolo por la barbilla y obligándole a abrir los ojos. Al cabo de unos segundos, él fijó la mirada en su hermoso y joven rostro—. Ya pasó. Prueba a respirar lentamente.

El intelectual intentó normalizar su respiración entrecortada y parpadeó unas cuantas veces. De repente, pareció tomar conciencia de estar frente a su amada e hizo el amago de farfullar unas palabras. Ella lo detuvo.

—No hagas esfuerzos. Avisaré al doctor.

Severino Icart dejó suavemente la mano derecha de Albert sobre la cama, después de contar sus pulsaciones en la muñeca. El médico de la familia Coma, que había atendido ya a tres generaciones de esta, suspiró negando con la cabeza.

—Tienes que hacer reposo, Albert. Estas jaquecas son avisos de tu cuerpo, que te dice que estás forzándolo demasiado —lo regañó el facultativo en tono condescendiente, como si hablara con el niño pequeño que aún creía que era.

Albert torció el cuello hacia la ventana, ignorando la recomendación.

—No atiende a razones, doctor —se quejó Caterina, que permanecía de pie junto a la cama conyugal—. Por mucho que usted o yo misma le aconsejemos, hace oídos sordos y continúa empeñado en leer hasta la madrugada y explorar otros mundos cual aventurero, en vez de cuidarse a buen recaudo en su casa o retirarse a un balneario para sanar.

El anciano chasqueó la lengua y miró al paciente con expresión seria.

—Es cierto que eres joven todavía, amigo. Pero no debes envalentonarte y hacer caso omiso a tu organismo. Estos dolores no presagian nada bueno. De la misma forma que los mareos que te sobrevienen a menudo, o el cansancio que me ha referido tu esposa. Todo ello indica que estás abarcando demasiado. Deberías detener tus numerosas ocupaciones y liberar tu mente de ellas durante un tiempo. Solo así te repondrás.

El médico recogió su maletín y salió de la habitación, dejando al matrimonio en la intimidad. Caterina se sentó al lado de su esposo y le acarició la mejilla derecha.

—Estoy asustada, Albert. Estas dolencias van en aumento. Te ruego que canceles tu viaje. Quédate conmigo —le suplicó.

El hombre la miró con ternura. Tomó la mano que le acariciaba y la besó.

—Sabes que te amo con toda mi alma, pero no me pidas que deje de ser quien soy —respondió—. Si me encierro en este castillo, o en cualquier otro lugar, me sentiré preso en una cárcel, por muy dorada que sea. Egipto me espera y necesito acudir a esa llamada, tanto como el aire que respiro. Si me quieres bien, no permitas que me marchite, aunque me cueste migrañas y malestares ocasionales.

Caterina apartó la mano de su boca y se levantó rauda del lecho, contrariada. Jamás comprendería la obsesión por la erudición que embriagaba a su esposo y que lo alejaba de ella, incluso poniendo en riesgo su salud. En numerosas ocasiones, la joven le había argumentado sus motivos y estaba convencida de que no era tanto lo que le pedía: tener un marido fiel y considerado que estuviese presente y anhelase formar una familia, de la misma manera que hacía ella. En tres años de matrimonio, Caterina no había logrado quedarse encinta, pero se mostraba segura de que algún día lo conseguirían y podrían convertirse en una familia feliz. Aunque ese objetivo era irrealizable si Albert pasaba más tiempo en tierras extranjeras que en sus brazos.

Lo miró desde el umbral de la estancia antes de cerrar de un portazo y dejarlo solo entre unas sábanas que ya apenas calentaban los dos juntos.

4

Central nuclear de Vandellós I,

mayo de 1989

Juan Rubio apoyó los dedos pulgar e índice en el dial que controlaba una de las variables relativas a la potencia del alternador de la planta. Con una leve presión de las yemas y un movimiento apenas perceptible, giró el interruptor circular en el sentido contrario a las agujas del reloj para que el medidor se ajustase exactamente a los parámetros que él consideraba óptimos para el sistema. Dio un paso atrás y observó en su conjunto el enorme panel de control frontal, en el cual numerosas luces verdes indicaban que todo funcionaba de forma correcta.

A Juan le deleitaban ese orden y control. Le gustaba que todo siguiese el plan previsto y que nada quedase al azar o la improvisación. Creía firmemente que cada cosa tenía su tiempo y lugar y que todo en el universo, desde la multitud de interruptores que veía frente a él hasta los infinitos astros que poblaban el firmamento, debía seguir en armonía y desechar el más mínimo indicio de caos. Esa complacencia por el statu quo y su rigor en el cumplimiento de las normas establecidas hacían de él un hombre extremadamente exigente y perfeccionista en todos los ámbitos de su vida. En la central nuclear, en la cual trabajaba desde hacía cinco años, todos sus compañeros admiraban la escrupulosidad y el celo con que realizaba cada una de las tareas, la rectitud y ecuanimidad que demostraba como jefe de turno en la sala de control, y la pasión que lo movía en su empleo. Aun así, y a pesar del buen ambiente laboral que siempre imperaba en la planta, ese carácter un tanto obsesivo le hacía parecer alguien frío, distante e introvertido.

Desde que había aterrizado en Vandellós I, se había afanado en conocer la central nuclear al milímetro, recorriéndola sistema por sistema, sala a sala, ayudando a supervisores, técnicos y operarios, absorbiendo cuanto le enseñaban. Para Juan, que había dejado Barcelona para vivir y trabajar en esa solitaria zona de Tarragona, la planta se había convertido en su familia y la amaba como si fuese el hermano o el hijo que nunca había tenido.

—Relájate, que por más que las mires, las bombillas no se volverán más verdes —bromeó alguien a sus espaldas.

Juan se dio la vuelta sonriendo y se dirigió hacia la mesa en la que el operador de turbina presionaba unos dígitos en el teclado de un ordenador. Se situó tras él, cotilleando su trabajo, y le dio una palmada en el hombro.

—Me encanta que todo siga en orden —se justificó.

Chema negó con la cabeza.

—No puedes evitarlo, don Perfecto.

Juan rio su pulla y se acercó al ventanal sur, que regalaba a la sala de control unas extraordinarias vistas al Mediterráneo. Tan solo unos pocos metros más adelante, la central captaba el agua del mar para la refrigeración del reactor. Observó que apenas había olas, ya que el fuerte viento que solía soplar en ese recodo de la costa catalana había decidido concederles una tregua. Dio media vuelta y se situó frente al cristal del lado opuesto de la sala, de cara al monte del norte, donde vastas extensiones de pinos blancos ascendían en dirección al Coll de Balaguer y la sierra de Llaberia. Miró hacia el recinto nuclear y contempló los almacenes y talleres, los depósitos de agua y, más allá, la vía del ferrocarril. Volvió frente a los centenares de medidores que tenía que supervisar y suspiró, satisfecho. Un día más, agradecía poder trabajar en esa tranquila planta, en un cargo que le encantaba, con unos compañeros amables y profesionales y gozando de unas privilegiadas panorámicas al mar y la montaña.

Desde el resplandor de la pantalla de la computadora, Chema lo miraba de reojo, sonriendo por la previsibilidad del humor de su colega. Tenía que reconocer que sentía una mezcla de envidia sana y adoración hacia Juan, puesto que él se consideraba más relajado y sociable y sus preocupaciones eran mucho más dispares que las de su amigo, quien solamente se inquietaba por cumplir con su trabajo con la máxima excelencia y se pasaba el resto de las horas instalado en una especie de gratificante hedonismo activo.

—Esta noche tengo previsto salir por Salou. ¿Te apuntas? —le propuso Juan, que había vuelto junto a su mesa.

Chema alzó las cejas y sonrió. Suspiró largamente valorando la oferta.

—Hoy es martes…

—¡Por eso! Menos gente, más tranquilos. Todo para nosotros —lo tentó Juan.

El operador de turbina fingió dudar, aunque sabía que acabaría cayendo en la tentación, como siempre hacía.

—Voy a tener lío en casa.

—Tú mismo…

Chema dejó asomar una traviesa sonrisa y Juan le susurró al oído:

—Te espero a las ocho.

José María Balseda aparcó el coche dentro del garaje y salió al recibidor del chalet. Era uno de los afortunados en residir en una de las doce viviendas unifamiliares que Hifrensa, la empresa explotadora de la central nuclear, había construido en el llamado «Poblado», ubicado a unos siete kilómetros de la planta, en una zona hasta entonces desértica de L’Hospitalet de l’Infant, dentro del municipio de Vandellós. El Poblado se destinaba únicamente a los empleados y contaba con diferentes edificaciones de uso público y privado, todas ellas titularidad de la compañía. El tipo de vivienda asignada a cada trabajador dependía de su rango en la empresa: chalets, adosados o pisos. El Poblado también contaba con una escuela, una zona deportiva y un local recreativo con bar. Nadie ajeno a la central de Vandellós I podía acceder al Poblado ni disfrutar de sus exclusivos espacios, lo cual había generado recelos y suspicacias entre los autóctonos: los trabajadores de la planta, la mayoría provenientes de otras partes del país, tenían mejores viviendas y servicios que ellos mismos, que se veían obligados a quedar al margen de esos lujos y privilegios.

El ingeniero dejó las llaves y la cartera en una bandeja sobre una estantería y entró en el salón, donde dos niños miraban absortos unos dibujos animados en la televisión. La puerta acristalada que daba al jardín trasero estaba entreabierta y se podía oír de fondo el rumor del mar.

Una mujer joven salió de la cocina limpiándose las manos con un trapo.

—Ah, cariño, ya estás aquí. ¿Cómo ha ido el día? ¿Quieres una cerveza?

El hombre se sentó en el sofá junto a los dos pequeños y les revolvió cariñosamente los cabellos.

—No, gracias. Quiero comer pronto.

—Entonces te lo dejo todo preparado y me llevo a las fieras al cole.

Cuando su mujer entró de nuevo en la cocina, y desde la seguridad de su trinchera, lanzó la bomba.

—Esta noche cenaré fuera.

Fuencisla dejó los platos y se plantó frente a él, enfurecida. En primera línea de fuego y con toda la artillería.

—¿Otra vez, Chema? —le recriminó cruzando los brazos frente al pecho—. ¿Hoy también tienes previsto llegar a las tantas?

—No te enfades.

—¡¿Cómo quieres que no me enfade?! Antes era algo puntual, pero esto ya empieza a convertirse en una costumbre. ¡Es martes, por Dios!

Los niños miraron a su madre. Chema se levantó y la arrastró a la cocina.

—Cariño, vamos a tranquilizarnos. Y no discutamos delante de Rubén y de Nico, por favor.

—¡Es que ya empiezo a estar harta! —Miró de reojo a los pequeños y bajó el tono de voz—. Cada vez que sales con Juan apareces de madrugada, apestando a tabaco y alcohol. Os comportáis como dos críos, yendo de fiesta entre semana como si no hubiera un mañana.

—Jamás hemos faltado al trabajo ni hemos llegado tarde —se defendió. A pesar de sus salidas nocturnas, tanto él como Juan eran muy conscientes del sector en el que trabajaban y tenían su empleo como sagrado. Nunca se habían presentado en la central ebrios o en un estado físico o mental que les impidiese operar al cien por cien o que pudiese mermarles sus facultades operativas de vigilancia y control. Sus cargos en la planta eran fundamentales para ellos y no estaban dispuestos a que sus ocasionales juergas los pusiesen en peligro—. Juan ha reservado en un restaurante que ha abierto hace poco en Tarragona y…

—Me da igual lo que él haga con su vida, pero tú tienes familia, Chema.

Bajó la cabeza y resopló. Comprendía a su esposa, que no hacía más que reclamar su atención y suplicarle que volviese al redil. Pero en los últimos meses, Chema se había dado cuenta de que necesitaba esa libertad que Juan le ofrecía. Le gustaba sentir que seguía siendo joven y que no todo eran responsabilidades y obligaciones. A veces, se creía rehén de su propio hogar y percibía que había mucha vida fuera de la central y de las reuniones en la escuela, las visitas al pediatra o las meriendas en casa de otros padres.

—Yo te entiendo, pero tú también deberías ponerte en mi lugar. Necesito airearme, fuera de casa y del trabajo.

—¡Una cosa es airearse y la otra es entregarse al huracán! —le reprochó—. Nunca te he prohibido que tengas tu espacio, pero esto ya pasa de castaño oscuro. Estás más pendiente de Juan que de nosotros.

—¡Es mi amigo! Podría decir que es mi único amigo de verdad aquí. Tenemos al resto en Segovia, igual que a nuestras familias. ¿Qué quieres? ¿Que me quede atado en casa todo el día?

—¡Yo sí que estoy aquí encerrada! Mi vida se centra en los niños y en ti. Yo no dispongo de ese espacio que reclamas y que tú sí disfrutas.

Chema frunció el ceño y le habló con enojo.

—¡No os falta de nada, Fuencis! ¡Hago todos los turnos que me piden y más para traer un buen sueldo a casa cada mes! ¡Cuántas lo quisieran para sus familias! Vivimos como reyes en este chalet frente al mar, apenas tenemos gastos, podemos viajar cuando nos apetezca y comprarnos todos los caprichos que se nos antojan, ¿qué más quieres?

La mujer suspiró y fue a sentarse con sus hijos, entristecida y resignada al hecho de que su marido solo pensase en él y se escudase en el dinero que ganaba para justificar que su vida resultaba perfecta y que solo podían dar gracias. Sin embargo, Fuencisla sabía que no era así. Ella echaba de menos a su familia y a sus amigos, a su ciudad, y se sentía tremendamente sola en esa inmensa casa de diseño que se le caía encima cuando los niños estaban en la escuela y se encontraba cara a cara con la fría soledad. Se arrebujó en el sofá junto a los pequeños y se concentró en la pantalla del televisor, que mostraba a un niño vestido con un mono naranja que surcaba el cielo a toda velocidad montado en una nube amarilla. Pensó que, en esos momentos, a ella

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