Queridos lectores:
Hace poco estaba revisando un cajón de viejos escritos de mi adolescencia y de la universidad. Lo garabateaba todo: los libros de ficción, los ensayos, las obras de teatro. Y los poemas: terminados, inacabados, parcialmente terminados. La mayoría eran bastante malos, aunque había muchos. Algunos los había enviado a un par de revistas con cierta esperanza, junto con un sobre de devolución debidamente sellado, en el que —la mayoría— fueron devueltos. Estos poemas tocaban muchos temas: las peonías, la revolución húngara de 1956, el invierno, las cabezas cortadas. Lo habitual.
Estaban escritos con tinta, lápiz, bolígrafo —lo que tuviera a mano— en varios tipos de papel: rayado, liso, blanco, amarillo, azul... —de nuevo, cualquier cosa que tuviera a mano—. Al mirar los originales manuscritos de los poemas de Sinceramente, me doy cuenta de que mis métodos no han cambiado. Utilizo la palabra «métodos» con cautela; nunca he tenido ningún método, nunca he hecho ningún curso que pudiera haberme enseñado algo. En Canadá, a finales de los años cincuenta, no había cursos de este tipo.
Entre un libro de poesía y otro, dejaba que los poemas que había escrito a mano se acumularan en un cajón. Trabajaba en algunos, los mecanografiaba con los cuatro dedos, los revisaba y luego los volvía a mecanografiar. De vez en cuando, colocaba los poemas mecanografiados en el suelo (tal como hace Jo con sus páginas escritas en la película Mujercitas) y luego los reordenaba, añadía alguno, descartaba otro, reflexionaba.
Así ha ocurrido con los poemas de Sinceramente. Escritos a mano, guardados en un cajón, mecanografiados y revisados. Los escribí entre 2008 y 2019. Durante esos once años, el mundo se volvió más sombrío. Además, me hice mayor. Algunas personas muy cercanas a mí murieron.
La poesía trata sobre el núcleo de la existencia humana: la vida, la muerte, la renovación, el cambio; así como sobre la equidad y la arbitrariedad, la injusticia y, a veces, la justicia. El mundo en toda su variedad. El clima. El tiempo. La tristeza. La alegría.
Y los pájaros. En estos poemas hay más pájaros que en los anteriores. Deseo que en el próximo libro de poemas, si es que llega, haya aún más pájaros; y también deseo que haya más pájaros en el mundo.
Mantengamos todos la esperanza.
MARGARET ATWOOD
I
Poemas últimos
Éstos son los poemas últimos.
La mayoría de los poemas llegan tarde,
desde luego: demasiado tarde,
como la carta enviada por un marinero
que se recibe cuando ya se ha ahogado.
Demasiado tarde para ser útiles, esas cartas,
y los poemas últimos se parecen.
Llegan como por el agua.
De lo que tratasen ya ha pasado:
la batalla, el día soleado, lo iluminado por la luna
cayendo en la lujuria, el beso de despedida. El poema
lame la orilla como los restos de un naufragio.
O tarde, como tarde a la cena:
todas las palabras ya frías o comidas.
Truhán, en apuros, y vencido,
o demorarse, esperar, un rato,
abandonado, afligido, desconsolado.
Incluso el amor y la alegría: canciones ya roídas.
Hechizos oxidados. Estribillos de espinas.
Es tarde, es muy tarde;
demasiado tarde para bailar.
Aun así, canta lo que puedas.
Enciende la luz: sigue cantando,
canta: Sigue.
Gato fantasma
Los gatos también sufren demencia. ¿Lo sabías?
A la nuestra le pasó. No a la negra, lo suficientemente lista
como para ser neurótica y esquivar al veterinario.
La otra, el manguito de piel, la bolita de pelusa.
Se retorcía en la acera
ante los peatones ocasionales, les restregaba los bigotes
en los pantalones, aunque ya no cuando empezó a perder
lo que debía de haber sido su mente. Merodeaba por la cocina
de noche, mordiendo
un tomate por aquí, un melocotón maduro por allá,
un bollo, una pera pasada.
¿Es esto lo que debo comer?
Supongo que no. Pero ¿qué? Pero ¿dónde?
Después subía las escaleras, con patas de polilla,
ojos de búho, gimiendo
como un trenecito de vapor peludo: ¡Chucuchú! ¡Chucuchú!
Tan torpe y desmemoriada. ¡Oh!, ¿quién?
Arañaba la puerta del dormitorio
cerrada de golpe ante ella. Déjame entrar,
enciérrame, dime quién fui.
Sin docilidad. Sin ronroneos. Sin alegría. Salía
de la oscura cueva del comedor,
luego entraba y luego salía, desamparada.
Y cuando yo vaya por ese camino, me crezca pelo, empiece a aullar, arañe tus ondas:
no importa quién asegure que soy
o cuánto te ame,
gira la llave. Remacha la ventana.
Sal
¿Había cosas buenas entonces?
Sí. Eran buenas.
¿Sabías que eran buenas?
¿En ese momento? ¿Tu momento?
No, porque estaba preocupada
o tal vez hambrienta
o dormida la mitad de ese tiempo.
De vez en cuando había una pera o una ciruela
o una taza con algo dentro,
o una cortina blanca, ondeando,
o quizá una mano.
También la suave luz de la lámpara
en aquella tienda antigua,
cayendo sobre la belleza, la plenitud,
los cuerpos entrelazados, y amándose,
luego estallaban y luego desaparecían.
Espejismos, tú decides:
todo fue nunca.
Aunque sobre tu hombro ahí está,
tu tiempo dispuesto como en un pícnic
al sol, brillando todavía,
aunque sea de noche.
No mires atrás, dicen:
te convertirás en sal.
Pero ¿por qué no? ¿Por qué no mirar?
¿No es resplandeciente?
¿No es hermoso, allí atrás?
Pasaportes
Los conservamos, como conservamos esos rizos
de los primeros cortes de pelo de nuestros hijos, o de amantes
talados demasiado pronto. Aquí están
todos los míos, a salvo en un archivo, con las esquinas
recortadas, cada página sellada
con viajes que apenas recuerdo.
¿Por qué vagaba yo de acá para allá para allá? Sólo Dios lo sabe.
Y la procesión de fotos espectrales
tratando de probar que yo era yo:
las caras, los discos grisáceos, los ojos de pez