PRÓLOGO A ESTA EDICIÓN
Escribir un prólogo para la nueva edición de la biografía Antoni Gaudí me brinda una oportunidad para la reflexión. También supone una oportunidad largo tiempo esperada para reconocer y rectificar algunos pecados de omisión por mi parte y actualizar el estado en el que se encuentran los estudios y la obra en construcción de Gaudí.
Hay ciertas cosas que nunca cambiaría, pues la primera edición fue fruto de su tiempo. La dedicatoria a mis tres hijos, que han crecido a mi lado, que tantas satisfacciones y tanto apoyo me han proporcionado, la tengo grabada a fuego y nunca pasará de moda. Lo mismo ocurre con el resurgimiento de una amistad de la infancia con la hermana teresiana Rosa Bargalló, que vivía en su espacio Gaudí en la intimidad de la oración y la contemplación.
Sin embargo, la Sagrada Familia ha avanzado en su construcción a un ritmo que nadie habría sido capaz de prever en 2002. Se continúan batiendo récords. El 30 de octubre de 2025 la Sagrada Familia fue declarada la iglesia más alta del mundo, superando a la de Ulm, en Alemania. Está previsto que su torre central, la de Jesucristo, con sus vertiginosos 162 metros actuales, alcance los 172 metros definitivos.
Entretanto, la reputación de Gaudí se ha visto catapultada y ha pasado de su papel de simple y estrafalario excéntrico a ser reconocido como uno de los creadores más singulares de la historia de la arquitectura mundial. Su visión, paradójicamente, se considera antigua y moderna; medieval y, al mismo tiempo, cien años adelantada a su época, y relevante para el siglo XXI.
Muchas contribuciones importantes a los estudios sobre Gaudí llegaron demasiado tarde para añadirlas a mi texto original, algunas de ellas por tan solo unas semanas.
Recuerdo como si fuera ayer el momento en que me encaminé hacia Els Jardinets, los jardines de Salvador Espriu, para mi primera firma de libros un día de Sant Jordi. En el escaparate de una vieja y polvorienta librería que cerró hace tiempo vislumbré un libro sobre Comillas, escrito por María del Mar Arnús, que pintaba fascinante. Llegaba temprano a la firma, de modo que pedí un café en Gran de Gràcia y me senté a leer. Era brillante e incisivo, y la contribución de Gaudí al modernismo en Comillas se describía a la perfección, con vistosidad y maestría. Busqué a María del Mar en la guía telefónica y la llamé para decirle que lamentaba no haber podido incluirla, pero que admiraba de verdad su obra.
Mi primera firma de ejemplares ante la Casa del Llibre en el Passeig de Gràcia fue un baño de humildad. Me situaron junto a Eduardo Mendoza, quien hace solo unos meses, este 2025, ha recibido merecidamente el prestigioso Premio Princesa de Asturias de las Letras. Ya era famoso en aquel entonces, en 2002, y su larga cola de cuatrocientos admiradores serpenteando por el Eixample eclipsaba a mis escasos diez devotos de Gaudí, si bien me sentí agradecido por cada uno de ellos. Incluso alargando las respuestas a sus preguntas y recreándome en los detalles, con la esperanza de que más admiradores de Gaudí se unieran a mi fila, la cosa duró tan solo un doloroso cuarto de hora. Con su fino sentido del humor, Eduardo me hizo el pícaro ofrecimiento de que lo ayudara a firmar sus propios libros, visto que yo andaba corto de compradores.
El historiador barcelonés y auténtico banco de memoria de la Ciudad Condal Lluís Permanyer me fue también de enorme ayuda a la hora de comprender su compleja historia. Me encantaba ver su melena blanca serpenteando entre la multitud del Passeig de Gràcia cuando se abría paso hacia mí como si fuera el Rey León. Otro puntal del periódico nacional catalán La Vanguardia era el novelista Sergio Vila-Sanjuán, que tuvo la generosidad de facilitarme el acceso a los archivos. El mundo de Gaudí en términos académicos es, en realidad, todavía relativamente pequeño.
Mi admiración por el talento y la originalidad extraordinarios de Juan José Lahuerta es incondicional. Universo Gaudí, su catálogo y exposición de 2002, y su estudio del contexto histórico y artístico en Antoni Gaudi. Fuego y cenizas son fundamentales para acercarse al enigma de su figura. En fecha más reciente, en 2022, su impresionante retrospectiva de Gaudí en el Museo de Orsay sería pionera, provocadora y enormemente esclarecedora.
Pasando de lo macro a lo micro, la obra de Mireia Freixa y Marta Saliné sobre el trencadís resulta de lo más innovadora. La decoración con azulejos en Cataluña se asienta sobre una base romana, bizantina y, en particular, morisca. Pero Gaudí, con su estilo inimitable, lo replanteó por completo. Robert Hughes ya había sugerido la idea de que Picasso, al ver las espectaculares chimeneas de Gaudí en el Palau Güell frente a su estudio en las Ramblas, había absorbido de manera subliminal la ruptura del espacio. Hughes, siempre provocador y de ingenio tan afilado como una navaja suiza, dio en el clavo. Desde su púlpito en la revista Time se dedicaba a pontificar y rara vez resultaba aburrido. Al replantearse el mosaico modernista, Gaudí, en opinión de Hughes, había fracturado la integridad del duro azulejo para permitir que cubriera una superficie curva, con un efecto brillante. Era cubismo antes del cubismo, algo completamente revolucionario.
Gaudí fue radical en muchos sentidos. Antes de su muerte en 1926, había encendido la mecha que desencadenaría una ruta potencial hacia un estilo gaudiniano posmodernista pleno: un estilo construido sobre la curva catenaria. La Casa Comalat, de Salvador Valeri i Pupurull, junto a la Diagonal, es un alarde de extravagancia barroca: su puerta de entrada es de lo mejor que uno puede encontrar en la ciudad.
Cuatro manzanas hacia el suroeste, Diagonal abajo, se encuentra una tardía floración de Gabriel Borrell y Manuel Sayrach, la Casa Sayrach, de 1918, cuya imperiosa fachada blanca, coronada por un templo con un tejado en esquina bien proporcionado, podría confundirse fácilmente, a simple vista, con una obra del estudio de Gaudí o un homenaje al maestro.
A treinta kilómetros al noroeste de Barcelona, en la ciudad industrial de Terrassa, el arquitecto Lluís Muncunill i Parellada creó una familia de edificios en la que destaca la Masía Freixa como el más imponente y hermoso. Blanco y con curvas pronunciadas, su estilo parece sorprendentemente contemporáneo, como salido de la estantería retro de Gaudí y casi como si fuera fruto de la nostalgia por una transición del art nouveau al art déco avant la lettre, o simplemente como un maravilloso ejercicio de fantasía posmodernista. Con Muncunill parecía posible que Gaudí hubiera creado un estilo singular que pudiera replicarse con facilidad. El ayudante de Gaudí, Jujol, su heredero natural, siempre había sido demasiado peculiar, brillante y excéntrico como para encajar en un estilo: siempre fue él mismo, y a veces incluso más exageradamente Gaudí que el propio Gaudí.
Al final, fue la llegada del estilo internacional y el vidrio y el acero de la Bauhaus —y del imperioso ángulo recto— lo que le cerró la puerta a Gaudí y lo empujó sin miramientos de vuelta al pasado, degradándolo y denigrándolo como un ejemplo paradigmático del kitsch y la extravagancia de finales del siglo XIX, con todo su olor a humo e incienso.
Si Gaudí había prendido una cerilla, la plenitud de su resplandor y el aroma de su combustión todavía tardarían mucho en llegar.
Al otro lado del Atlántico, los Guastavino se habían apoderado de Nueva York con la volta catalana presente en Ellis Island, la puerta de entrada de los inmigrantes a Estados Unidos, y también en el emblemático Oyster Bar de la estación Grand Central y en la Casa del Estado de Massachusetts en el Boston Common.
En los años treinta, el arquitecto e ingeniero estructural hispanomexicano Félix Candela recogió el testigo de Gaudí al crear estructuras laminares onduladas que él denominó «cascarones». Sus hiperboloides y paraboloides constituían proezas geométricas de la construcción directamente salidas del armario de herramientas de Gaudí y que se modernizarían de forma ingeniosa para un mundo de posguerra menos ostentoso. Es posible que su obra más famosa fuera también la más sencilla: su Pabellón de Rayos Cósmicos de 1951 para la Universidad de Ciudad de México. Era puro Gaudí y una celebración de las esferas celestes.
El siguiente en la lista sería Oscar Niemeyer, el arquitecto brasileño de la ciudad de Brasilia, y de tanto más, que hizo su archiconocida declaración:
Me atrae […] la curva que encuentro en las montañas de mi país, en el curso sinuoso de sus ríos, en las olas del mar y en el cuerpo de la mujer amada. Las curvas conforman todo el universo, el universo curvo de Einstein.
Gaudí nunca habría sido tan explícito y toda su pasión quedaba oculta tras una red de camuflaje —su red de seguridad— que él describía como su reverencia por el Gran Libro de la Naturaleza, la creación de Dios. Eternamente fascinante, eternamente fértil.
En la Cataluña de los años sesenta, la Gauche Divine, una élite cultural antifranquista, expresaba su resistencia al Régimen a través de la música, la poesía, el arte y la arquitectura. Si la resistencia se llevaba a cabo en público, se castigaba. Muchos encontraron formas de crear sus propios espacios sagrados de manera privada. Nadie lo haría en mayor medida que Xavier Corberó, cuyo padre había trabajado con Gaudí. Su extraordinario palacio-casa-mazmorra-locura dantesca a lo De Chirico y Piranesi en Esplugues de Llobregat, erigido sobre una colina formada por túneles de arcilla, a veces descrito como la Casa dels Cecs, es la respuesta libertina a la circunspección religiosa de Gaudí. Pero, curiosamente, como sucede con el marqués de Sade, está en sintonía con ella.
Las generaciones posteriores, y cada vez más las foráneas, sentirían inclinación por Gaudí. En 1984 hice un programa de la serie South Bank Show con Melvyn Bragg y el director de cine Nigel Wattis sobre el escultor británico sir Anthony Caro, el rey del metal en gran formato. Los debates sobre arte y arquitectura se habían desplazado lentamente desde la cuestión de si el color era apropiado en la escultura hasta qué definía la brecha entre escultura y arquitectura y, por tanto, qué definía el «espacio». Unos años después de haber trabajado en el documental, me encontré con Caro en la azotea de La Pedrera, con aire taciturno y un poco tímido. Al día siguiente, ocurrió otro tanto en la cripta Güell, donde Caro parecía incómodo, como si lo hubieran descubierto. Era evidente que Gaudí estaba ganando terreno.
Creo que es justo decir que la siguiente generación de estrellas de la arquitectura, como Santiago Calatrava, Zaha Hadid, Frank Gehry, Norman Foster y el estudio de arquitectura Coop Himmelb(l)au y le debe mucho a la capacidad de Gaudí para «esculpir el espacio».
El don de Gaudí consiste en comprender la escala y la emoción, también la capacidad de un edificio para inspirar y respirar. Hoy en día existen atajos para acceder a los últimos avances tecnológicos de gama alta, programas de diseño CAD, cortadoras láser de precisión, materiales radicalmente nuevos, sistemas de diseño pasivo que controlan el calor, la luz y el flujo de aire, envolturas climáticas fabricadas con vidrio aislante, energías renovables o el software BIM (Building Information Modelling), utilizado sobre todo por Zaha Hadid en el Aeropuerto Internacional de Pekín-Daxing, que se extiende como una gigantesca estrella de mar de la era espacial arrojada sobre la arena. Actualmente se da una maravillosa simbiosis, puesto que esas nuevas tecnologías contribuyen a completar un proyecto de construcción que comenzó hace casi ciento cincuenta años, en 1882: la impresionante Sagrada Familia.
Si bien los arquitectos de la nueva era se inspiraron en Gaudí, también es cierto que la fecha de finalización de la Sagrada Familia, sin la intervención de la firma global Arup y las nuevas tecnologías, se habría retrasado muchos años, posiblemente hasta bien entrada la década de 2040.
Jordi Faulí i Oller, el noveno arquitecto jefe que trabaja en la Sagrada Familia, se ha beneficiado enormemente de la capacidad de Arup para resolver problemas. Por una vez, los cálculos de Gaudí sobre la resistencia de los cimientos necesarios para la torre central de María resultaban, insólita y peligrosamente, un tanto inexactos. Gaudí no sería el primer arquitecto de la historia al que se le derrumbara la cúpula central, ni que se viera obligado, ante un riesgo potencial y como último recurso, a utilizar un corsé de enormes bandas metálicas. La Cúpula de la Roca en Jerusalén es un ejemplo perfecto. La cúpula del Duomo de Florencia, de Brunelleschi, es otro caso similar.
Utilizando el software Rhino 3D para modelado, Arup analizó la tensión por el peso añadido y la carga del viento, los terremotos y las vibraciones del tráfico y del metro, así como los túneles excavados para el AVE. Se encontró una solución mediante la creación de prefabricados fuera de la obra, de paneles precomprimidos y pretensados que respetaban el deseo de Gaudí de utilizar piedra arenisca, pero que resultaban más ligeros y podían atornillarse in situ.
Un hito importante en la historia reciente de la Sagrada Familia sería la consagración del edificio por el papa Benedicto XVI, quien declaró su condición de basílica el 7 de noviembre de 2010. El Papa había llegado esa mañana en avión desde Santiago de Compostela, cubriendo el viaje espiritual desde el lugar de peregrinación del segundo milenio hasta el nuevo lugar para el tercero. Fue una ocasión profundamente emotiva y con una poderosa resonancia simbólica para el mundo católico y más allá, tal como lo he descrito en mi libro La Sagrada Familia. El paraíso terrenal de Gaudí. Sin embargo, la obra sigue su curso y la cifra de visitantes se ha multiplicado hasta casi alcanzar los cinco millones al año.
Cuesta imaginar qué pensaría Gaudí al respecto. ¿Sentiría una incredulidad inicial atenuada por el orgullo? O tal vez la esperanza de que, al atraer a la gente al redil, su fe se viera revitalizada o renovada. Ni siquiera el genio de Gaudí ni el del urbanista Ildefons Cerdà, quien a mediados del siglo XIX creó el Eixample, donde ahora se emplaza la Sagrada Familia, podrían haber pronosticado la polémica, la pesadilla logística y el quebradero de cabeza que supondría una afluencia de visitantes a semejante escala. Los barceloneses son conscientes de ello y me comentan a diario que su ciudad ha quedado completamente transformada por Gaudí.
Olvidemos por una vez todo el barullo, los empujones y los controles de seguridad dignos del aeropuerto a las puertas de la Sagrada Familia necesarios para recibir a más de trece mil visitantes al día. Rindámonos al asombro y situémonos ante la entrada central de la fachada del Nacimiento (la única que Gaudí vio terminada en vida… ¡o casi!). En el umbral entre el exterior y el interior cruzamos las gigantescas puertas de bronce verde oscuro de Etsurō Sotoo, inauguradas en 2015. Son triunfales a la par que delicadas, e infinitamente más logradas que la obra de Josep Maria Subirachs en la fachada de la Pasión, situada enfrente. Arte distinto para una época diferente.
Cuando cruzamos el umbral que da paso al interior de la Sagrada Familia, habremos de tener un corazón de piedra, o estar agobiados por el esnobismo arquitectónico, para no experimentar una inmensa sensación de asombro y sentir cómo se eleva la mirada, incluso tal vez cómo levanta el vuelo el espíritu. El efecto es similar a una revelación espacial. La escala, la luz, las columnas inclinadas, el vértigo, la impresionante altura: todo nos deja sin aliento. La luz y las sombras bailan ante nuestros ojos sobre la superficie de la piedra. Y la decoración de cada detalle planeado por Gaudí finalmente nos hace comprender por qué resulta tan atractivo para el gusto japonés.
El caso de Etsurō Sotoo, cuando llegó a Barcelona desde Kioto en 1978 y decidió dedicarse a trabajar como cantero en las obras de la Sagrada Familia, fue de lo más insólito. Quizá su ADN lo había conducido hasta allí sin que él lo supiera.
A finales del siglo XIX, el japonismo estaba de moda entre la vanguardia europea, y muchos arquitectos modernistas, como Domènech i Montaner, buscaban inspiración en Oriente. Los grabados Ukiyo-e de Hokusai e Hiroshige, con sus extraños encuadres recortados como fotos, transformarían para siempre la perspectiva occidental. Fue solo al viajar a Japón y encontrarme cara a cara con su reverencia por el mundo natural cuando fui capaz de comprender la obsesión de Gaudí por su Gran Libro de la Naturaleza. O, ya puesto, de asimilar el deleite de Gaudí al percibir los patrones de la naturaleza: la secuencia de Fibonacci, el ritmo de los fractales y la geometría sagrada y la geometría del dolor. Es siempre en el rincón más oscuro o en la sombra donde reconocemos el poder de la luz. Como nos enseña Junichirō Tanizaki en El elogio de la sombra, su obra maestra de 1930 sobre la estética japonesa, debemos ser pacientes, estar atentos y observar. Debemos aprender no solo a mirar, sino también a escuchar el espacio, a oír su eco, y permitir que nuestro cuerpo interprete su volumen.
Para Gaudí, el sonido era importante. Incluso al final de su vida, asistía a clases para estudiar la hipnótica monodia del canto gregoriano. La música fue una constante en su vida, desde el incesante zumbido de las cigarras hasta el lento y monótono repicar de las campanas de la iglesia reverberando en los campos de Riudoms.
En los inicios de su carrera, Gaudí dio muestras de su sensibilidad ante el sonido de los edificios. En 1883, en el extravagante El Capricho, adornado con cientos de girasoles de cerámica, su imaginación se desbordó. Situado en el centro de Comillas, en la costa cántabra, fue una de las tres únicas obras del arquitecto fuera de Cataluña. Máximo Díaz de Quijano, su cliente, era un indiano adinerado: empresario, político, dandy, músico aficionado y compositor ocasional íntimamente emparentado con el clan Comillas. Fue una tragedia que Díaz de Quijano muriera antes de que se finalizara su Capricho. De haber vivido, habría disfrutado del placer de abrir y cerrar las contraventanas correderas de su sala de música en un caluroso día de verano. El intrincado mecanismo para hacerlo se había acoplado a unas campanas ocultas dentro de la caja de un carillón improvisado, dando lugar a una deliciosa melodía para despertarse.
Unos años más tarde, en 1900, Gaudí aceptó el encargo de construir Bellesguard, una alta villa con almenas y castillo en las estribaciones de Barcelona. En la azotea, normalmente destinada a tender a secar la colada o, en una masía tradicional catalana, a proteger del zorro a gallinas y conejos, creó una sala de música para los clientes, con una delicada bóveda de crucería tan intrincada y perfecta como un concierto de Brandeburgo de Johann Sebastian Bach.
Sin embargo, yo era casi completamente sordo a la sensibilidad musical de Gaudí. Sabía, por supuesto, que deseaba que el viento silbara a través de las torres de la Sagrada Familia para hacer sonar las campanas tubulares, y escribí al respecto, pero sabía muy poco sobre su interés por la acústica.
De manera inesperada, en el otoño de 2023, se puso en contacto conmigo una pareja de Boston formada por Patrick Mitchell y Renee Chan. Les encantaba Gaudí y tenían un sueño. Durante un par de meses trabajé para ellos como asesor histórico en un proyecto realmente inspirador para celebrar el centenario de Gaudí el 10 de junio de 2026 con una sinfonía encargada especialmente para la ocasión. A partir de su sueño inicial, mi primera participación consistió en poner al día al equipo de compositor y libretista. Desde las paredes azotadas por el viento que rodean el afloramiento rocoso de la ermita Mare de Déu de la Roca, en Mont-roig del Camp, una inspiración evidente para La Pedrera, hicimos un recorrido por la vida creativa de Gaudí. El taller de su padre, el Mas de la Calderera, en Riudoms, era donde forjaba los alambiques de cobre para destilar brandy. Cada tamaño y forma debía tener su registro particular —hueco, resonante, sordo, cantarín— dependiendo de dónde trabajara con su martillo. Pero yo no iba a contribuir a ese proyecto con mis conocimientos de acústica: podía aportar la percepción de las sensaciones que transmitían los aromas y el lugar en sí, pero nada significativo sobre la ciencia del sonido. La ciencia es mi talón de Aquiles.
El mejor ingeniero acústico del mundo era entonces Lothar Cremer, que trabajaba a menudo en España asesorando al arquitecto García de Paredes como consultor de sonido en algunos de los recintos más prestigiosos, como el Auditorio Nacional de Madrid, el Auditorio Manuel de Falla de Granada y el Palau de la Música de Valencia. Profesor emérito de la Universidad Técnica de Berlín, Lothar Cremer había transformado teatros de ópera y salas de conciertos de todo el mundo, incluida la Ópera de Sídney. Su alumno estrella, el físico e ingeniero acústico catalán Higini Arau Puchades, ayudaría a Oscar Tusquets a renovar, restaurar y replantear desde cero el emblemático Palau de la Música de Domènech i Montaner en Barcelona.
El sueño de Patrick y Renee finalmente se ha hecho realidad. El 10 de junio de 2026, en el Palau de la Música, obra maestra de Domènech i Montaner, tendrá lugar el estreno mundial de Set Somnis de Gaudí con tres coros completos del Orfeó Català y la Orquesta Philharmonia de Londres. La directora es la mundialmente famosa Marin Alsop, alumna estrella de Leonard Bernstein y primera directora en recibir la beca MacArthur. La soprano es la excepcional Núria Real, ganadora de numerosos premios, entre ellos el de Joven Artista del Año. La compositora es la dinámica Olivia Pérez-Collellmir, pianista catalana basada en el Berklee College of Music de Boston. Lo más emocionante para mí, como escritor, ha sido descubrir que será la libretista Anna Gual, una de las poetas más importantes de Cataluña, recientemente traducida al inglés, quien transformará el legado de Ausiàs March, Jacint Verdaguer y Salvador Espriu y nos hará replantearnos la voz única de Gaudí. Sus conversaciones rara vez se grabaron. Sus pensamientos eran concisos y profundos: «Ser original consiste en volver a los orígenes».
Estoy convencido de que Anna Gual sabrá dar forma a esa voz.
Durante los dos últimos decenios he tenido la suerte de recorrer España docenas de veces al año en busca de maravillas arquitectónicas, y a menudo me he detenido a pensar si Gaudí estaría a mi vera, viendo lo mismo que yo. Cuando era un joven aspirante a arquitecto, Gaudí realizó una gira relámpago por los mejores edificios de España, con su cornucopia de estilos, desde el romano, pasando por el visigodo, el morisco, el prerrománico, el gótico, el renacentista híbrido, el estilo herreriano, el barroco churrigueresco, el neoclasicismo austero de Ventura Rodríguez y muchos más. Creo que Gaudí, al igual que Picasso, tenía una memoria visual extraordinaria; devoraba fotos, planos y grabados, así como las revistas de arquitectura de la época de Francia, Alemania, Inglaterra y Estados Unidos, mientras estudiaba con avidez los catálogos de las exposiciones universales y las grandes ferias que celebraban la nueva industria, las nuevas y exóticas posibilidades y la diversidad que traía consigo el Imperio.
En Santa María del Mar, un milagro de piedra y poderío acústico en Barcelona, a pocos minutos de su alojamiento como estudiante, Gaudí encontró su iglesia parroquial y su piedra angular. Pero necesitaba ir más allá. En la catedral de Burgos me encanta contemplar la sensual elegancia del techo de tracería de la capilla del Condestable, donde los pilares se entrecruzan y recortan con delicadeza un triángulo de espacio; Gaudí tuvo que haber estado ahí. Veo la cascada de piedra de la catedral de Rodrigo Gil de Hontañon en Segovia, salpicada por enormes remates como minaretes, como si se tratara de meros adornos en una tarta de boda gigante. La mezquita de Córdoba, al menos para mí, es asimismo una de las maravillas del mundo. Y la catedral de León, con su increíble sinfonía de luz, me asombra cada vez que la veo. Todo eso debió de presenciarlo Gaudí; debió de dejar constancia de todo ello para consultarlo y utilizarlo más adelante.
Hay otros aspectos de la vida de Gaudí que deberíamos estudiar con mayor profundidad. Gracias al fascinante libro de Raquel Lacuesta Contreras y Xavier González Toran, Eusebi Güell i Bacigalupi. Poder, catalanitat, cultura, art, sabemos más cosas sobre la fascinante familia Güell, así como del papel primordial que desempeñaron las mujeres Güell y Comillas en la vida cultural como compositoras y escritoras, siempre participando en debates y manteniéndose al día en la moda y el arte al tiempo que salvaban la fina línea entre el protofeminismo, la filantropía y la religiosidad. Nada podría ilustrar mejor esa aparente paradoja que la estrecha relación entre la cosmopolita Isabell Güell, consumada compositora de treinta cuatro obras, y su prima sor Eulàlia Anzizu, escritora, historiadora y monja piadosa, una luz brillante en el Real Monasterio de Pedralbes.
No me cabe duda de que Gaudí era un católico devoto. Como le ocurre a cualquier cristiano genuino, las tragedias personales pusieron a prueba su fe. Debemos recordar que Gaudí vivió un periodo de grandes convulsiones sociales, a veces catastróficas. La última década de su vida se simplificó de manera radical y se redujo a una impresionante profundidad de concentración en su obra definitiva, la Sagrada Familia. Creo que es acertado afirmar que su trabajo, en sí mismo, era una forma de oración de igual modo que cualquier monje cartujo podría rezar a Dios mientras lija una tabla de madera hasta dejarla perfectamente lisa o una monja carmelita rezar a Jesús mientras borda un paño de la seda más fina.
Sospecho que si pudiéramos observar a Gaudí muy concentrado y aparentemente distraído y ajeno al mundo, sumido en su trabajo, luchando por resolver un problema estructural, seríamos capaces de leerle los labios y oírlo murmurar un mantra, la liturgia de las horas o una simple oración. Esto es pura especulación, pero podemos estar seguros de que el patrón de cada jornada de Gaudí, en los últimos años de su vida, se había reducido por fin a lo absolutamente esencial: una simplicidad monástica de rezos, trabajo, confesión y una oración final antes de cerrar los ojos.
El lunes 14 de abril de 2025, en uno de sus últimos actos antes de fallecer, el papa Francisco declaró a Antoni Gaudí «venerable», el último paso en el camino hacia la santidad.
Esta es la extraordinaria historia de un niño sentado en el lecho seco de un río en Riudoms, maravillado ante la inflorescencia de un girasol y viendo cómo los flósculos en su interior evolucionaban y brotaban. Y ahora, finalmente, al cabo de más de ciento sesenta años, Gaudí avanza hacia su apoteosis final como «arquitecto de Dios» y podría llegar a ser inmortalizado como el primer santo patrón de las artes.
PREFACIO
Pocos artistas han dado forma a nuestras percepciones de una ciudad de manera tan completa como Gaudí. Y pocos arquitectos han resultado tan emblemáticos de su cultura. Gaudí, Barcelona y Cataluña estuvieron, y aún lo están, eternamente interrelacionados.
La reputación de Gaudí se ha difundido lentamente hasta convertirle, sin discusión, en el arquitecto más famoso del mundo. El legado arquitectónico de Gaudí es célebre en Japón y Corea, Alemania y Latinoamérica. Un admirador japonés describe su asombro ante el hecho de que su obra todavía esté integrada en la estructura de la ciudad, cuando en Japón se exhibiría en museos. Quizá el atractivo real de Gaudí resida en su pura accesibilidad. Algunas de sus obras muestran una chabacanería a lo Disney, pero las mejores son tan sensuales como profundamente simples. Es un arte para todo el mundo; es generoso y humanitario. Su arquitectura humanística está, una vez más, en boga.
Gaudí es una figura muy contemporánea; holística, espiritual y asombrosamente original. Era un ecologista: reciclaba azulejos, vajillas y juguetes rotos, viejas agujas de fábricas textiles, aros metálicos de fardos de tejidos de algodón, muelles de somieres y paredes chamuscadas de hornos industriales para crear sus edificios.
Cual Leonardo del siglo XX, Gaudí es la apoteosis del artista como inventor. Fantásticamente fértil, su imaginación causó verdaderos estragos en los anticuados cánones de diseño. Tenía el don de una asombrosa capacidad para imaginar un edificio y transformarlo luego en realidad. Al hacerlo, creó una tipología por entero novedosa.
A algunos les resulta difícil comprender la obra de Gaudí y evitan reconocer la generosidad de su estilo. Para ellos, sus torres exhiben los signos de la desintegración inminente, pero Gaudí siempre será atractivo para una variedad de públicos. Su afán por el detalle resulta muy japonés, y su profunda religiosidad es intensamente católica; sin embargo, el esplendor y la blancura de sus áticos es calvinista en su pureza.
Gaudí todavía construye desde la tumba. Dios fue su principal mecenas y, según Gaudí, en realidad no tenía prisa. Había esperado cientos de años a que se terminaran Chartres y Sevilla. Según tales estándares, ciento cincuenta años más para la Sagrada Familia no supondría mucho tiempo.
Todo eso está a punto de cambiar. Las predicciones señalan que la Sagrada Familia quedará terminada alrededor de 2030, eso siempre que el flujo regular de donaciones no se interrumpa.
Mientras que la arquitectura de Gaudí es un libro abierto, su personalidad, como solitario «sacerdote de la belleza» de Barcelona, siempre ha resultado mucho menos accesible. Continúa siendo un enigma; es el último gran artista moderno que ha logrado escapar de la mirada del biógrafo.
Muchos estudios previos sobre Gaudí o bien han evitado situarle en el contexto cultural, prefiriendo la figura solitaria que recorre con paso furtivo el escenario catalán, o bien se han concentrado en sus elaboradas formas arquitectónicas. Pero han pasado por alto muchos sucesos clave de la vida del artista que han resultado piedras de toque y mecha para el arquitecto y su círculo de trabajo inmediato. Por ejemplo, la pérdida que España sufrió de su imperio en 1898 y la Semana Trágica de 1909, durante la cual se quemaron conventos e iglesias, tuvieron intensos efectos en Gaudí, sus amigos y clientes, e hicieron que sus pautas de trabajo cambiaran por completo.
La situación política en Cataluña era compleja y potencialmente explosiva. Su precaria alianza con España (Castilla) entrañaba una tensión enorme. Por ese motivo, siempre que me ha sido posible he permitido a los escritores españoles y catalanes expresarse en sus propias palabras.
Antes de la Guerra Civil, algunos intelectuales y políticos españoles reconocieron el peligro, pero no contaban con el poder de frenar el ímpetu de la crisis que se avecinaba, lo que resultó por demás trágico. Pocas generaciones han sido jamás tan salvajemente autoanalíticas como la de Gaudí. Pocas han tenido que pasar por un descubrimiento de sí mismas tan doloroso. Si fue duro entonces, muchas de sus críticas todavía hieren en lo más vivo. Tales tensiones políticas y sociales entre reforma y reacción proporcionan el trasfondo y las estructuras ocultas de la obra de Gaudí.
Una biografía que se enfrente a un mito semejante estará erizada de complicaciones. Pero existen problemas más allá de la metodología. Todos los archivos personales y de trabajo de Gaudí quedaron destruidos en los inicios de la Guerra Civil. El 21 de julio de 1936, la cripta de la Sagrada Familia fue profanada y durante los dos días siguientes los dibujos, documentos y maquetas de Gaudí se quemaron o destruyeron. El mismo mes, el párroco de la Sagrada Familia Gil Parés, amigo de Gaudí, fue asesinado en un barrio cercano. Aun así, sabemos qué estaba haciendo Gaudí prácticamente en cada minuto de los últimos quince años de su vida. Gaudí era una criatura de hábitos. Uno podría ponerse el reloj en hora basándose en su rutina: la misa, las oraciones matutinas, el ángelus y su paseo diario para confesarse. Sabemos cuándo compraba el diario vespertino y en qué quiosco. Pero los entresijos de su alma se han perdido para siempre en el silencio del confesionario.
Tras años de ejercer presión, la Associació pro Beatificació d’Antoni Gaudí, que lucha por acelerar la beatificación mediante la venta de folletos y estampillas, se acerca por fin a su objetivo. En el verano de 1998 el arzobispo de Barcelona, Ricard Maria Carles, inició el proceso al declarar a Gaudí santo patrono de su profesión, declaración que el Vaticano aún tiene que ratificar. Era un artista-arquitecto que produjo (según el arzobispo) un cuerpo místico de obras a las que solo iguala Cántico espiritual, la obra sobresaliente de san Juan de la Cruz. Como escribió Ruskin de Fra Angelico, era mucho más que un artista; era, de hecho, «un santo inspirado».
AGRADECIMIENTOS
Todo libro escrito sobre Gaudí tiene que empezar con una dedicatoria a los estudiosos de su figura. El primero y más importante de quienes merecen tal reconocimiento es Joan Bassegoda i Nonell, que desde la Cátedra Gaudí inspiró y prestó su ayuda a los estudiosos durante generaciones. Sin su franqueza, su amabilidad, su buen humor y el profundo conocimiento que vertió en las páginas de su obra maestra El gran Gaudí, el estudio de tan destacable arquitecto se hallaría aún en algún punto de la prehistoria.
Mis investigaciones en Cataluña, sin embargo, también me condujeron a otras bibliotecas e instituciones cuyo carácter único contribuyó con frecuencia a acercarme más a la vida de Gaudí y al mundo modernista. A la Biblioteca de Catalunya, que tiene su sede en el antiguo Hospital de la Santa Creu donde murió Gaudí, debo agradecerle su eficaz respuesta a todas y cada una de mis peticiones. Mi agradecimiento igualmente al archivo de Maragall, la biblioteca de arte de la Fundación Tàpies, la biblioteca del Col·legi d’Arquitectes de Catalunya y la sugerente biblioteca del Centre Excursionista de Catalunya en la calle Paradís. En Barcelona, muchos me abrieron sus puertas: la Diputació, la Fundació Caixa de Catalunya en La Pedrera, Lourdes Figueras i Borrull en Canet de Mar, el escultor Subirachs en la Sagrada Familia, los propietarios de la Casa Lleó Morera, las monjas teresianas, Maria Serrat en la Casa Batlló, el Palau Moja, los propietarios de Bellesguard, el personal del Palau Güell, el Asador de Aranda «Frare Blanca», el Hotel España, el restaurante de la Casa Calvet, el personal del Museu Nacional d’Art Contemporani, el Departamento Cultural de la Generalitat, David Miró en la Conserjería de Turismo Catalán en Londres, María Luisa Albacar en Turisme de Barcelona, Blanca Cros en Turisme de Catalunya, el fallecido Javier Amat de Martí y María Ángeles Tomás y Anna Llanes i Tuset en el Museu Cau Ferrat. Numerosas residencias privadas de Barcelona permitieron la entrada a un extraño curioso para ofrecerle una visión privilegiada de la vida de finales del siglo XIX.
En el pueblo de Riudoms y en la cercana Reus me trataron con amabilidad, y en ocasiones con curiosidad ante el hecho de que un extranjero mostrara interés en el más famoso de sus hijos. El Centro de Lectura en Reus me abrió archivos y documentos relevantes y el museo se mostró igualmente generoso. En Casa Navas, la planta de aceite de oliva Gasull, la clínica psiquiátrica de Pere Mata, el santuario de Montserrat, la cooperativa de aceite de oliva en Espluga de Francolí y en el Monasterio de Poblet, se me concedió la entrada a lugares que rara vez pisa nadie. Sebastià, el propietario del Mas de la Calderera, me mostró el jardín y la casa, al igual que el párroco de Riudoms, quien me hizo de guía en la visita de su iglesia.
Muchas personas me abrieron sus corazones. En mi infancia, la familia Bargallo de Montroig, más que ningún otro, inspiró mi amor por Cataluña y me proporcionó mi pasaporte a España. En Vic, nunca olvidaré la amabilidad y la hospitalidad de Toni Pujol. En Barcelona, les doy las gracias por todo a Nicholas Law y Mercedes Darbra, como también se las doy a Montse Albàs, Aurea Márquez, Jaume Grau, Carles Caparrós, Ferran Juste, Sergi Hernández, Roger Dedeu y Jordi Daroca.
El presente libro se ha beneficiado también de la investigación en otras ciudades españolas. En Madrid, Peter Wessel y Marga Lucas siempre me proporcionaron un hogar lejos de casa, como también lo fue la casa de Bob y Clare en Comillas. Alex y Romana Canneti acudieron también en mi rescate. Agradezco la colaboración de la biblioteca del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía.
En Segovia, el arquitecto Juan José Condé y Lara Carrasco-Muñoz siempre me han brindado su hospitalidad y su amistad. También les doy las gracias, con afecto especial y en reconocimiento de una larguísima deuda, a Teresa Sanz, Ángel Yagüe, Joy y Carlos Angulo, Carmen Lois, Julio Michel, Pilar Soria, Vicki Armentia, Luis Marfagón, Nieves Morán, Cruz Ciria, Fernando Esteban, Matilde Losano, Diego y Juan Peñalosa, Ana López, Regina, Asun, Gloria, Gema Sanz y Loli, y a la familia de Peter Poguntke, quienes han continuado alimentando mi amor por la península Ibérica.
También he aprendido muchísimo de compartir la vida, la calidez, las fiestas y la amistad con los vecinos y amigos especiales de Arevalillo de Cega.
En Londres, agradezco la labor del personal de la Biblioteca Británica, el consejo de la Biblioteca de Londres por facilitar mi investigación, el Instituto de Investigación Histórica y el Instituto Cervantes, así como la Biblioteca de la Universidad de Exeter. En el Instituto de las Artes de Bournemouth conté con la ayuda particular de Paul Briglin en la biblioteca, Jim Hunter, Richard Wright, Keith Bartlett y Emma Hunt. Muchísimas gracias a Tom Titherington y Rebecca Howson por proporcionarme siempre un refugio en Londres. Y a Martin Randall y Fiona Urquhart, compañeros de armas. Más cerca de casa, muchísimas gracias a mi familia por extensión: Sonia Martínez, Sandra Bovier, Vanessa Gil Fernández, Loles Cabel, Marta Torrijo Sanjuán, Laura Balbontin Galiana y Mireia Ferrer. Con respecto a cuestiones y liturgia españolas acudieron en mi rescate José Leal Fernández y el padre Patrick O’Leary. Gracias también a los hispanistas Michael Jacobs y Joan Bolton, así como a Daphne Mundy. En Condor Ferries fueron lo bastante amables como para asistirme en diversos viajes.
En mi agencia literaria Curtis Brown quisiera dar las gracias a Euan Thomeycroft por su ayuda y apoyo continuos. Y a Jane Bradish-Ellames, por supuesto, quien, con su energía, su entusiasmo extraordinario y su confianza, me ha respaldado mucho más de lo que cree.
En Harper Collins quisiera darles las gracias de forma especial a Caroline Hotblack por descubrir fotografías por poco claras que fuesen, a la diseñadora Vera Bryce y al personal editorial de Mike Fishwick, Arabella Pike y Georgina Laycock, quienes con su valiosa atención y sensatos consejos transformaron un manuscrito en libro. Me siento en extremo agradecido.
Quisiera agradecer el apoyo siempre entusiasta de Deborah Blackman y el buen trabajo de todos cuantos hicieron posible esta edición.
Durante toda la redacción del manuscrito me han ayudado de manera constante dos mujeres especiales y amigas especiales. Mi esposa, Alexandra Coulter, ha mantenido la casa en funcionamiento y a los niños a raya mientras esperaba pacientemente a que apareciera este libro. En Barcelona, Debbie Chambers ha sido la más generosa de las anfitrionas, sin parpadear siquiera cuando mi familia entera aparecía ante su puerta.
INTRODUCCIÓN
Las más afortunadas creaciones del genio español surgen en un perseverante trabajo para vitalizar y perfeccionar modalidades propias de arraigo tradicional, pero maduradas en sazón retardada, frutos estimables por los raros, porque no dándose ya en otros países, traen elementos insubsistentes en todas partes y cuya eficiencia se echa, sin embargo, de menos.[1]
RAMÓN MENÉNDEZ PIDAL
Venerado y vilipendiado a un tiempo, Antoni Gaudí se cierne imponente sobre el siglo XX como el inquietante gigante de Goya. Al igual que sucede con la mayoría de mitos, el Gaudí real yace oculto por capas (y décadas) de negligencia y crítica simplista.
Durante más de cuarenta años, el régimen de Franco reprimió la identidad cultural catalana, ocultando el significado de la obra de Gaudí. Hubo quienes aun así le proclamaron el Dante de la Arquitectura, partidarios apasionados de la inacabada Sagrada Familia, un edificio único y destacado que había venido a representar la «teología del pueblo catalán». Pero más a menudo era desestimado como figura estilística prehistórica anclada en la Edad Media.
Sin embargo, la década de 1960 fue testigo de un resurgir del interés. En los peldaños de la Sagrada Familia y en el serpenteante banco multicolor del Park Güell, la rebelde contracultura catalana topó con hordas de jóvenes europeos partidarios del amor libre. En la década de 1970 los edificios de Gaudí proporcionaron el telón de fondo de películas como El reportero, de Antonioni, protagonizada por Jack Nicholson y Maria Schneider.
Todavía no estamos más cerca de comprender quién era Gaudí. No existen biografías en inglés, y tan solo hagiografías en castellano y catalán; los mejores estudios aún se concentran prudentemente en las nociones arquitectónicas. Se discute sobre las complejidades de la curva hiperbólica, se muestra asombro ante su uso de la curva catenaria y ante su empirismo. Pero de Gaudí el hombre todo lo que tenemos sigue girando alrededor de una docena de fotografías. Tenía fama de reservado.
En 1913 Gaudí le dijo a un reportero del periódico La Razón de Montevideo: «Los hombres se dividen en dos categorías: hombres verbosos y hombres de acción. Los primeros dicen; los segundos, ejecutan. Yo soy del segundo grupo. Carezco de medios para expresarme. No podría informar sobre mis conceptos de arte. Me falta concretarlos. Nunca tuve tiempo de hacerme un examen. Las horas fuéronseme en laborar».
Sus palabras resultan engañosas. Gaudí se deleitaba en utilizar formas originales y combinaciones de colores. Pero se suponía que sus edificios debían contener además significados claramente descifrables, de modo semejante a los frescos románicos o las catedrales góticas. La autobiografía de Gaudí quedó escrita en piedra; en azulejos rotos, caparazones de tortuga, metal retorcido, vidrieras de colores y oro bruñido; en cemento y argamasa. Para forjarnos una imagen del hombre tenemos que observar más de cerca los edificios que construyó, aquellos en los que vivió, los objetos que veneró y las fuentes de su imaginación: lo que él mismo describió como «el Gran Libro de la Naturaleza».
La apreciación de Gaudí, en general, se ha basado en la ignorancia. El desdeñoso punto de vista inglés quedó sintetizado por el hecho de que sir Nikolaus Pevsner le dejara fuera de su Pioneros del diseño moderno.[2] Evelyn Waugh ni siquiera hizo acopio de la energía suficiente para salir del taxi a contemplar las obras de Gaudí. El escritor catalán Carles Soldevila produjo una fantástica obra satírica en esa vena. En su ensayo El arte de mostrar Barcelona, escrito justo después de la muerte de Gaudí, Soldevila explica sus tácticas para lidiar con los entusiastas del arquitecto: «No apruebo sus juicios, pero tampoco los contradigo abiertamente. Dejémosles despeñarse por sí mismos por las laderas del expresionismo arquitectónico».[3]
George Orwell fue aún más incendiario. En Homenaje a Cataluña, escribió: «Fui a ver la catedral [sic], una catedral moderna y uno de los edificios más horrendos del mundo. Tiene cuatro agujas almenadas en la forma exacta de botellas de vino del Rin. Al contrario que la mayoría de iglesias en Barcelona, no sufrió daños durante la revolución. Se libró a causa de su “valor artístico”, dice la gente. Opino que los anarquistas hicieron gala de mal gusto al no volarla por los aires cuando tuvieron la oportunidad».[4]
Gaudí saldría mejor parado a manos de los comentaristas alemanes y estadounidenses. Walter Gropius admiró su obra: «Algunos de los muros de la Sagrada Familia son una maravilla de perfección técnica».[5] Louis Sullivan, profesor de Frank Lloyd Wright, fue incluso más entusiasta: «Es la mayor muestra de creación arquitectónica de los últimos veinticinco años. Es espíritu simbolizado en piedra».[6]
Pero el artista/arquitecto Hermann Finsterlin sería quien haría gala de la reacción más extrema: «Para mí, la Sagrada Familia es uno de los edificios prodigiosos de este mundo. Como el Taj Mahal, la Sagrada Familia no era una casa de Dios, sino la casa de la Diosa, su Diosa, su amor celestial y por tanto desgraciado. Pues tales catedrales solo puede construirlas un corazón presa de monstruoso desespero o uno llevado de un éxtasis dionisíaco, y solo un superhombre es capaz de semejante desesperación creativa».[7]
En vida, a Gaudí ya se le reconocía como un bicho raro. Su arquitectura pasaba de moda con rapidez y su difícil personalidad, empapada de religiosidad, era contraria al espíritu de la época. Meyer Schapiro desenmarañaría la paradoja: «Hegel dijo con mucha justicia que en una era de piedad uno no tiene que ser religioso con vistas a crear una obra de arte verdaderamente religiosa, mientras que hoy en día el más profundamente devoto de los artistas es incapaz de crearla».[8]
Gaudí fue un símbolo de lo que Mario Praz describiera como «la España indómita». Apestaba a incienso y a pecado original.
De vuelta en Barcelona, en su territorio natal Gaudí tampoco estaba de moda. El joven Picasso prevendría a la gente en su contra y el crítico Eugeni d’Ors trataría de acabar con él. Para la dictadura de Primo de Rivera de 1923 el estilo de Gaudí había quedado desfasado. Un clasicismo mediterráneo más fresco que muchos consideraban representativo del verdadero espíritu catalán había reemplazado el talante «ardiente» de Gaudí.
Paradójicamente, lo que supuso la verdadera perdición de Gaudí fueron las alabanzas de que colmó su obra Salvador Dalí en «De la beauté terrifiante et comestible de l’architecture modern style», artículo publicado en el número 3-4 de la revista Minotaure de diciembre de 1933. En dicho texto, Dalí deconstruyó, trinchó y fundió su oeuvre. En un solo artículo, se las apañó para etiquetar la arquitectura de Gaudí, para toda una generación, de arte «de tapas».
La reputación de Gaudí ha sufrido aún más a manos de otros detractores; el filósofo vasco Miguel de Unamuno describió su arquitectura como «arte borracho»; Oliver Sacks utilizó los edificios de Gaudí para diagnosticar el síndrome de Tourette; y Pevsner, en The anti-Rationalists (1973), midió a Gaudí por el mismo rasero que a fanáticos de la arquitectura como el cartero francés Ferdinand Cheval, quien de regreso a casa llenaría su saca para construir, a lo largo de treinta y tres años, su Palais Ideal incrustado de conchas. Esa marginación tiene que ver con la moda y el gusto. Lo que desagradaba más que nada a sus detractores era la díscola vulgaridad de sus edificios, lo que en 1904 T. G. Jackson tildó con desdén de su «esfuerzo consciente por la novedad y la excentricidad, que en arte son los más abyectos de los motivos». Se le veía como el ejemplo más destacado de un arquitecto «encaprichado con el encanto de lo pintoresco hasta el extremo de lo absurdo».[9]
Gaudí era «un monstruo, una de esas personalidades abrumadoras como Francesco Borromini», un neobarroco en pos de sueños desvanecientes.[10] Su fantástica arquitectura, argumentaban muchos, no era otra cosa que herejía arquitectónica, una senda falsa.
A lo largo del siglo XX Gaudí se ha visto aislado, pero también le ha sucedido a otros grandes genios españoles. Ortega y Gasset sugirió que tal era el destino del carácter español:
Alguna vez ha surgido un hombre genial, cuya obra aislada y abrupta no ha conseguido elevar el nivel medio de la producción. Entre él, solitario individuo, y la masa llana no había intermediarios y, por lo mismo, no había comunicación. Y eso que aun estos raros genios españoles han sido siempre medio «pueblo», sin que su obra haya conseguido nunca libertarse por completo de una ganga plebeya o vulgar.[11]
A la mayoría de apologistas y críticos les ha convenido centrarse en ese Gaudí, el genio aislado: un incomprendido un poco loco y excéntrico, el último de los románticos.
La excesiva simplificación, sin embargo, ha conducido a una imagen desequilibrada. En el folclore catalán, Gaudí se ha visto reducido a un estereotipo claramente reconocible: el ascético ermitaño de la arquitectura. Al parecer, la arquitectura fue su orden monástica. El mito más común presenta a un Gaudí trabajando sus últimos veinte años en la cueva del sótano de la Sagrada Familia, mientras que en realidad solo durmió allí, y eso durante los últimos seis meses.
En el exterior de Cataluña el mito le ha hecho buen servicio a la memoria de Gaudí, pero en su tierra natal su reputación es a la vez célebre y objeto de profanación. No existe término medio. Es un falso profeta, pero un grupo muy activo ejerce vigorosa presión sobre el Vaticano para su beatificación. Como san José, Gaudí se erige en símbolo del hombre trabajador, ruskiniano en su creencia en la creatividad manual.
El carácter de Gaudí, según sus más cercanos colaboradores y contemporáneos, comprendía un catálogo de antítesis: noble y mezquino; dandi y vagabundo; sabio y senil; ingenioso y aburrido. Tales observaciones las hicieron quienes le conocían o creían conocerle bien; y ninguna de ellas concuerda. Quizá todas estén en lo cierto, o ninguna, pero sus triunfos arquitectónicos y su religiosidad provocaron respuestas apasionadas.
Ortega y Gasset creyó comprender bien semejante fenómeno: «El orgullo es una fuerza antisocial […] la gente insigne no puede forjarse con él, y conduce inevitablemente a la degeneración del tipo humano, que es lo que le ha sucedido a la raza española».[12]
Gaudí pertenecía a una generación de escritores, poetas, artistas y arquitectos de talento espectacular, cada uno de ellos excepción a la regla de Ortega. No era un solitario. Era, de hecho, parte de un grupo vital de arquitectos, clientes, políticos y altos cargos eclesiásticos, que se cifraban entre las mentes más innovadoras de la época.[13]
La creencia generalizada es que Gaudí erigió, para completarlos en unos casos y en otros no, tan solo nueve edificios en Barcelona y sus alrededores, y tres en otros lugares de España. Como tantos arquitectos de finales de siglo cuyo estilo había caído en desgracia, Gaudí fue víctima de las promotoras municipales. Durante su vida laboral, Gaudí (junto con su estudio) fue responsable de setenta y cinco encargos. Algunos nunca llegaron más allá de la mesa de dibujo. Pero Gaudí fue mucho más prolífico de lo que se imagina. Su obra incluye planos para una misión franciscana en Tánger, un lujoso hotel en Manhattan, numerosos pabellones para exhibiciones y ferias comerciales, un pionero interior cinematográfico, capillas privadas, un quiosco de flores, el interior de un elegante café, una farmacia, interminables encargos religiosos y una lista de viviendas privadas que se desconocían previamente.[14]
Cualquier discusión sobre la contribución de Gaudí a la historia de la arquitectura es polémica de antemano. Su obra se ha dividido con precisión en tres periodos: eclecticismo temprano, madurez y decadencia. Algunos historiadores le consideran el inadaptado del movimiento art nouveau europeo; otros, el líder de los modernistas catalanes. Lo que no es corriente, y que al público no español le resulta imposible comprender, es lo profundamente politizada que ha llegado a estar la obra de Gaudí.
Lo que uno opine sobre la independencia catalana queda reflejado a grandes rasgos por lo que opine de Gaudí, lo que se extiende a la relación de este con Castilla. La valoración de Gaudí en España se ha convertido en confuso pero eficaz barómetro sociopolítico.
El experto reconocido en la obra de Gaudí, el profesor Bassegoda i Nonell, adopta una perspectiva más amplia, la de Gaudí como miembro integrante de la comunidad arquitectónica internacional con una intensa expresión regional. Pero advierte contra los coloristas debates sobre Gaudí como masón, como obsesivo diletante del ocultismo, como ultraderechista católico y fascista o como misántropo. Cuando entrevisté a Bassegoda i Nonell, me dirigió una mirada maliciosa: «Estoy pensando en publicar un estudio biográfico de Gaudí: “Gaudí el torero”. Para la cantidad de verdades que es posible encontrarse en muchas de las biografías baratas de Gaudí, bien podría hacerlo».
No siempre he considerado su advertencia, porque incluso en la fotografía tomada sin que lo advirtiera a un Gaudí asistiendo a misa hay un destello irónico en su mirada.
La apariencia de Gaudí es fácil de describir, desde el dandismo de su juventud hasta el desmelenado abandono de sus últimos años. Pero se hace más difícil reproducir su conversación. No escribía mucho, y cualquier correspondencia que conservara quedó destruida. Pese a su autoproclamada reticencia, muchos amigos y ayudantes le recuerdan como un gran conversador. Muchas de las citas más conocidas de Gaudí, sin embargo, no tienen el timbre auténtico de la conversación real, sino que parecen haberse ido corrigiendo hasta convertirse en enigmáticos y mordaces aforismos.
Para encontrar al Antoni Gaudí real tenemos que permitir emerger de las sombras del mito los rasgos fundamentales de su carácter. Para los catalanes, resulta muy simple seguirle la pista a la fuente del genio de Gaudí: una inquebrantable fidelidad a sus orígenes. La capacidad de Gaudí de ceñirse a semejante principio rector le alentaría durante toda su vida.
Es cierto que en Cataluña imaginación y significado han surgido siempre a partir del «detalle elocuente». La naturaleza, y lo que es aún más significativo, la naturaleza catalana, desvela sus misterios con lentitud. Con una intensidad casi proustiana, las conexiones surgen de nuestra concentración hipnótica en un objeto particular: una piedra erosionada por el viento hasta semejar un panal o un viejo olivo.
La tierra natal de Gaudí, el Baix Camp, el campo que rodea Reus y Tarragona a una hora en coche al sur de Barcelona, es una llanura cultivada atrapada entre una cadena montañosa y el Mediterráneo. El paisaje se ve puntuado tan solo por la ocasional masía, la evocadora granja catalana, que se alza a intervalos entre pueblo y pueblo, que a su vez no son más que grupitos de casas que se distinguen por sus orgullosos campanarios de color miel. Cada pocos kilómetros el paisaje se ve hendido, desde la montaña hasta el mar, por impetuosos riachuelos que se abren camino a través de maizales, olivares y arboledas de almendros.
A mis siete años solía jugar en el lecho seco de la riera de Maspujols. Durante el día mis hermanos y yo buscábamos lagartos y huíamos de los escorpiones. Y por las noches, bajo el puente ferroviario de la línea Barcelona-Valencia, cazábamos y cloroformizábamos murciélagos para uno de los mayores expertos del mundo en murciélagos. Poco sabía yo entonces que a tres kilómetros de allí, casi exactamente un siglo antes, un Gaudí de siete años había recorrido de arriba abajo el mismo lecho fluvial para describirlo más tarde, con todo cariño, como «el lugar más hermoso del mundo». Sin tener conciencia de ello, yo había captado la estética del Baix Camp.
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«GENTE DE ESPACIO Y SITUACIÓN»
Como el agua, gota a gota, va desgastando la piedra, de igual modo el paisaje modela a sus hombres, costumbre a costumbre. Un pueblo es, en su último análisis, un repertorio de costumbres. El emerger momentáneo de un genio sirve tan solo para marcar su perfil.[1]
JOSÉ ORTEGA Y GASSET
Antoni Gaudí i Cornet nació al igual que murió, por descuido, y objeto de polémica.
El 25 de junio de 1852 vino al mundo un varón hijo de Francesc Gaudí i Serra y su esposa Antònia Cornet i Bertran, residentes en Reus. Su bautizo se realizó con inusual precipitación. A pesar de que era el quinto hijo, Antònia había perdido previamente a Maria, de cinco años, y Francesc, de dos, en el espacio de tres meses. El embarazo había sido difícil. El parto fue traumático, y para salvar el alma de la criatura se le llevó a toda prisa, y con solo unas horas de vida, a la iglesia de Sant Pere.
Los documentos bautismales de Antoni Gaudí no dejan lugar a dudas sobre dónde y cuándo nació. Sin embargo, más tarde Gaudí dejó maliciosamente abiertas esas puertas al dar a entender que, de hecho, podía haber nacido en el taller de su padre, apenas traspuesto el límite del término municipal de Riudoms.
Pero ni Riudoms ni Reus han hecho mucho por sus legados. Edificios sin señalizar permanecen abandonados y dibujos y documentos bajo llave tras imponentes puertas de museos. No se trata precisamente de un legado por el que luchar. Pero lo que está en juego siempre ha sido considerable: el orgullo local, la fama, la posesión en parte de un futuro santo católico.
El taller campestre de Francesc Gaudí, el Mas de la Calderera, se halla a dos horas andando al suroeste de Reus. Desde el límite de la ciudad la carretera a Riudoms lleva casi directamente hacia el oeste y las montañas de la sierra de Montsant. Atrapada entre las montañas y el mar, en la planísima llanura el clima siempre cambia de forma dramática. Hay días en que los cirrostratos recorren el cielo azul profundo como ralas hebras de algodón. Pero el clima puede cambiar con rapidez; el azul se torna púrpura y el trueno desciende bramando de la encumbrada sierra trayendo consigo una lluvia torrencial.
Desde la carretera principal, la riera de Maspujols llega directamente al mar. A ambos lados se han allanado caminos agrícolas en la tierra roja y blanda. Las riberas del río están alfombradas de quebradizas cañas de bonetero y maderas arrastradas d