Patagonia, Argentina
F. M. SICCARDI
Las manos de Reyes, venosas y oscuras, mezclaban harina y agua para hacer tortas fritas con la misma delicadeza con la que clavaban un cuchillo en la garganta de un cordero. De Chiloé traía una forma de hablar que omitía las letras de algunas palabras y recuerdos de su padre tallando una canoa en un tronco, de un molino de piedra que convertía en harina el trigo, de rondas de mujeres hilando lana y cantando: imágenes de una tierra fértil y lejana que, en la estepa seca en que vivía, parecían un espejismo. No me gustan la pesca ni las canoas, decía, los anzuelos ni las redes. Pero quien prestara atención podía entrever, por lo que no decía, que una parte de él quería regresar.
Reyes trabajó como peón para mis abuelos en la estancia a orillas del lago Cardiel en el sur de la Patagonia. Llegó sin familia en la década de 1950 y murió sin familia unos cincuenta años más tarde. Su ataúd yace en el panteón familiar en Piebrabuena, al lado del abuelo Eladio y de la abuela Angelina. Se hacía llamar “chilote”, eufemismo cuyo real significado por mucho tiempo desconocí. Reyes me contó la historia de un esqueleto de dinosaurio escondido en una cueva, de la pintura rupestre de un bisonte unicornio sobre una pared de piedra tan alta como una montaña, de una mujer llamada Margot de la que se enamoró en Punta Arenas. Reyes tenía edad suficiente para ser mi abuelo. No tengo ningún recuerdo del padre de mi madre y apenas una vaga imagen de mi abuelo Eladio, pero me acuerdo de Reyes como si estuviera aún aquí, ahora mismo, ofreciéndome un mate.
La estancia de mis abuelos está en una meseta ventosa y árida. En contraste con las postales patagónicas de montañas nevadas y bosques exuberantes, la meseta es una planicie con arbustos espinosos y pastos de puntas amarillas y raíces negras. A su manera es un desierto inabarcable, que hipnotiza, y siempre produce en mí una calma profunda.
Ese territorio originalmente abierto, donde hombres y mujeres indígenas se movían libremente, fue subdividido por el gobierno argentino a fines del siglo XIX, una vez completada la ocupación del sur de la Patagonia. Las mejores tierras pasaron rápidamente a manos de los potentados Braun-Menéndez y otros terratenientes, en su mayoría ingleses malvineros. Las hectáreas restantes se subdividieron en lotes, suficientemente grandes para alimentar a unos cientos de ovejas y mantener a una familia, y se vendieron a precios módicos o simplemente se asignaron a familias o a hombres solteros dispuestos a levantar alambrados, construir casas y galpones y trabajar duro para obtener los frutos de la tierra: lana y carne de capón.
Mis abuelos Eladio y Angelina compraron la estancia en 1946 al primer hombre blanco que obtuvo el título de propiedad, un español como mi abuelo.
Barrientos era veinte años más joven que Reyes. Llevaba camisas oscuras, un pañuelo blanco atado al cuello y bombachas grises con un cuchillo calzado en la faja. Tenía la nariz y las mejillas coloradas, los ojos negros y sombríos. Como suvenir de una antigua pelea, le faltaba uno de los dientes de adelante. Le gustaba contar la pelea. Se podía ver por la manera en que bajaba la voz y tiraba trompadas al aire que le gustaba. Hablaba como argentino, pero nunca mencionó de dónde venía. Algunos lo llamaban “paisano”, otra palabra con un significado que descubrí mucho más tarde.
Cuando Reyes se fue poniendo viejo, Barrientos se hizo cargo de las carneadas. Su cuchillo tenía un mango de plata con flores grabadas y restos de pintura azul en los pétalos. A veces lo acompañaba a carnear. Barrientos colgaba el capón cabeza abajo para que la sangre goteara por el agujero en la garganta, lo cuereaba con el cuchillo apretado contra la carne para separarla de la piel. Una vez me pidió que hundiera el cuchillo arriba del vientre y lo bajara cortando despacio. Juntos sacamos las tripas y, con las manos bañadas en sangre caliente, se las tiramos a los perros. Los pulmones eran rojos y el estómago, verde. Los perros gruñían ante el festín.
El primer día de cada llegada al Cardiel, mi abuela Angelina me mandaba a la despensa a elegir alpargatas. Meter el pie en las alpargatas, sentir la suela dura de cáñamo, me convertía en una versión más ruda de mí mismo: un gaucho, un patagónico de pura cepa, un hombre de verdad. En esa época iba a un colegio salesiano en el norte de la Patagonia, donde tocar la guitarra, leer libros y esquivar peleas se pagaba con insultos y palizas, el acoso incesante de mis compañeros. Las alpargatas me convertían en alguien como Reyes o Barrientos, hombres más rudos que el más rudo de mis compañeros. Y sentir que era como ellos, por unos meses al menos, me ayudaba a dudar de lo que me decían cuando volvía a casa.
Pasaron los años y las visitas de verano a la estancia se espaciaron. Después de más de una década, volví un verano. Para entonces mis abuelos, mi tío, Reyes y Barrientos habían muerto o ya no estaban. Ahora eran mis primos y mi tía Úrsula (la viuda de mi tío) los que se encargaban de mantener en funcionamiento la estancia.
Por esa época, la investigación para mi novela Los hombres más altos (una historia sobre el pueblo tehuelche) me llevó a profundizar sobre los horrores de la ocupación argentina de la Patagonia: las matanzas, las violaciones, los saqueos de asentamientos, los campos de concentración, la apropiación y reducción a servidumbre de decenas de miles de hombres, mujeres, niños y ancianos indígenas y, luego, la invisibilización de esos pueblos originarios bajo la ficción de una Argentina blanca, sin indios, que todavía hoy se acepta sin problemas.
A medida que desmontaba, una por una, las narrativas oficiales de lo que aún se llama la “Conquista del Desierto” y las reemplazaba por la realidad —la ocupación flagrante de un territorio ajeno, la mitad del tamaño del país original, habitado durante siglos por pueblos con vidas complejas y relaciones sofisticadas— se volvió evidente que la Argentina, infectada por la enfermedad colonial del Norte de la que se había liberado con tanto coraje, se había convertido en un colonizador aun más cruel. Empezaba a vislumbrar nuevos nortes y nuevos sures.
Al llegar a la estancia, después de tantos años, noté mejoras en la casa de los peones. Había un techo nuevo de chapa y un baño más grande, pero aún podía reconocer el banco verde donde me sentaba a hablar con Reyes y la mesa ovalada donde jugábamos a las cartas con Barrientos. Golpeé la puerta y entré, como solía hacer. Un hombre robusto, con boina negra y faja roja, estaba sentado junto a la estufa de leña escuchando la radio. Se presentó como Pocho. Nos dimos la mano y tomé una silla. No necesité la magia de las alpargatas: apenas empecé a hablar, mi acento cambió y supe qué preguntar. Empezamos hablando del campeonato nacional de rodeo, después le pregunté por sus perros (dos ovejeros peludos que había visto afuera) y luego por su caballo (que aún no había visto). Me pasó un mate y me contó sobre su última visita al pueblo, cómo había perdido su segundo caballo a los dados. No era un buen caballo, me dijo.
Le pregunté de dónde era. Me dijo que era tehuelche, que había crecido en la Reserva Lote 6. Mi corazón se aceleró. Le miré los ojos rasgados, los pelos sueltos en el mentón. Le miré la mano mientras me pasaba el mate, la uña del dedo medio estaba morada. Me quedé sin palabras por un momento, y luego sólo pude hablar de la novela que estaba escribiendo, mi investigación sobre los tehuelches. Le hablé de sus rituales y métodos de caza, que había leído en un libro del siglo XIX. Sonrió y no dijo nada. Luego despotriqué contra la invasión patagónica, contra una Argentina que se libera de su metrópoli sólo para darse vuelta y matar, desplazar y subyugar a decenas de miles de indígenas. Pocho seguía sonriendo, pero no estaba seguro de que apreciara por qué le decía todo esto. Su silencio me hizo callar. Volvimos al tema del rodeo, tomamos unos mates más y me fui.
De vuelta en la casa, Úrsula estaba horneando pan. El aroma que salía del horno era diferente al de la abuela de formas que no podía explicar. Le pregunté por Reyes y Barrientos, pero ya sabía la respuesta. La mayoría de los peones en la estancia eran indígenas, dijo con naturalidad, sólo que nunca los llamamos así. Las nubes flotaban perezosamente sobre el lago. Los perros de Pocho aullaban a lo lejos. Atardecía y los azules de las aguas, los ocres y naranjas de los cañadones, los marrones de la meseta se volvían más brillantes.
Miré por la ventana, el todo y la nada, mientras pensaba en las manos, las que me sostuvieron para subir a un caballo, las que me enseñaron a barajar un mazo de cartas, las manos que guadañaban alfalfa y esquilaban ovejas. El trabajo, los hábitos, la repetición del cuidado. Manos que me ayudaron a verme diferente de lo que los matones de la escuela me decían que era.
Quizá fue el mismo sistema blanco, europeo y masculino el que nos lastimó a todos, un sistema que concibió y construyó un único mundo con poco espacio para diferentes matices de humanidad, mucho menos para los pueblos indígenas. Y, sin embargo, pensar en eso sólo resaltaba mis privilegios: alguien apenas tocado por las esquirlas, cuidado por los gravemente heridos.
Reyes (1987) y Pocho (2016). Estancia Dos Hermanos. Lago Cardiel. Patagonia argentina.
(Fuente: F. M. Siccardi).
Karoo, Sudáfrica
J. M. COETZEE
En la década de 1920, mi abuelo, Gert Coetzee, compró una estancia en el Karoo, la enorme meseta árida en el centro del país que hoy llamamos República de Sudáfrica. Cuando mi abuelo murió, le dejó la propiedad a su hijo mayor, quien a su vez se la cedió a su hijo mayor. El siguiente primogénito de la lista no estaba interesado en una vida solitaria en el Karoo. En la década de 2020, la estancia se vendió a un extraño. Así, después de un siglo, dejó de ser la estancia de los Coetzee, un lugar donde, si uno era un Coetzee, tenía derecho a ser bienvenido.
La estancia tenía 5 000 hectáreas. En 5 000 hectáreas se podía pastorear 5 000 ovejas en los años buenos, en los que llovía. En los años secos, cuando la lluvia escaseaba, se vendían tantas ovejas como fuera posible y se esperaba que la lluvia volviera.
En mis primeras visitas a la estancia, cuando mi abuelo aún vivía, ahí estaban todos los animales de granja de mis libros de cuentos: caballos, burros, vacas con terneros, chanchos, patos, una bandada de gallinas con un gallo que saludaba al sol cantando, un macho cabrío con su harén de cabras. Después de la muerte de mi abuelo, los corrales se fueron vaciando. Primero se vendieron los caballos, luego los chanchos se convirtieron en carne de cerdo (vi a mi tío dispararle al último chancho: la bala le entró por detrás de la oreja; soltó un gruñido y un pedo tremendo y se desplomó, primero de rodillas, después de costado, temblando). Un poco más tarde desaparecieron las vacas y los patos. Por último quedaron sólo las ovejas: unas merino llevadas desde España en el siglo XIX, que prosperaron en el inclemente Karoo como en la inclemencia de La Mancha.
Las viejas formas de trabajar el campo desfallecieron ante el aumento vertiginoso del precio de la lana. Los japoneses pagaban dos libras esterlinas por kilo. De un día para el otro, los estancieros se volvieron ricos. Era más fácil comprarse un tractor que mantener caballos; más cómodo ir en auto al pueblo cercano a comprar manteca congelada y leche en polvo que ordeñar una vaca y batir la crema. Había plata para un auto nuevo, plata para que las esposas y las hijas compraran ropa nueva.
También se podía dejar la dura tarea de arar la tierra. El único cultivo que hacía falta era la alfalfa, para las ovejas.
La estancia se llamaba Voëlfontein: Fuente de los pájaros. Ahí pasé las vacaciones escolares de invierno con mi padre, en lo que llamábamos “expediciones de caza”. Salíamos a cazar los pequeños antílopes del Karoo. Ninguno de los dos tenía buena puntería, rara vez volvíamos con algo para meter en la olla, pero en esas infructuosas expediciones llegué a conocer y a querer cada piedra de la estancia, cada arbusto, cada brizna de pasto; aprendí a amar a los pájaros que le dan su nombre, esos que al caer la tarde se juntaban de a cientos en los árboles alrededor del manantial, llamándose entre sí, murmurando, alborotándose las plumas, preparándose para la noche. Aunque han pasado más de cincuenta años desde la última vez que pisé esa tierra, mi amor por ella sigue intacto.
En Voëlfontein había dos familias de peones rurales, cada una en su propia casita con techo de paja. También estaba, cerca del dique, la casita donde vivía Outa Jaap. A Outa Jaap lo vi una sola vez, un anciano con los ojos blancos como la leche, ciego, con las encías desnudas y las manos nudosas, sentado en un banco al sol. Me llevaron a verlo para que me bendijera.
Cuando pregunté qué tenía de especial Outa Jaap, las respuestas que recibí fueron poco claras. Me dijeron que era de los tiempos de antaño, de cuando los pastores tenían que vivir con sus ovejas de día y de noche para cuidarlas de los chacales. ¿Y qué tenía eso de especial?, pregunté. Me dijeron que Outa Jaap pertenecía a una generación perdida. Que estaba en la estancia desde antes que los Coetzee. Eso fue todo.
Como Outa Jaap era especial, nunca se planteó la idea de despedir a su hijo Ros, aunque no fuera partic