PRÓLOGO
Un día, en la primavera o el verano de 1989, a la hora del almuerzo, fui a una librería de la calle 1 de Washington. Allí me encontré con Jeffrey Sachs y David Lipton, dos economistas estadounidenses a los que conocía por su participación en las reformas económicas de Polonia, mucho antes del cambio de Gobierno de junio de 1989. Acababan de comprar un montón de libros sobre Europa del Este y la historia del comunismo, y le comenté a Jeff que mi monografía Liberalization and Entrepreneurship se había publicado hacía solo un par de meses. Me preguntó si tenían algún ejemplar en la librería. Lo comprobé y encontré uno. Jeff lo compró, y me correspondió escribirle una dedicatoria. Escribí: «Para Jeff, que está tratando de salvar el socialismo (muy a pesar de este)». La parte entre paréntesis pretendía ser graciosa y hacía referencia a los comunistas recalcitrantes que entorpecían todos los intentos de reforma en la región. Pero la parte anterior al paréntesis era del todo sincera. Jeff me miró con cierta perplejidad: «Pero ¡si yo trato de enterrar el socialismo, no de salvarlo!», exclamó. Le di una explicación poco afortunada, seguramente remitiendo a la economía socialista de mercado o algo parecido; no había tiempo para más: Jeff estaba haciendo malabarismos con la docena de libros que tenía entre ambas manos.
Pero en esos momentos, lo que yo pensaba era lo siguiente: la segunda mitad de los años ochenta fue una época de auge del reaganismo y el thatcherismo en Occidente (lo que más tarde se dio en llamar, de forma genérica, «neoliberalismo») y de grave crisis de crecimiento en las economías socialistas. Su declive comenzó en la mayoría de los casos con la incapacidad de reembolsar los préstamos extranjeros, contraídos en divisas fuertes, tras las dos crisis del petróleo de los años setenta. Este es el trasfondo, que suele olvidarse, del auge del movimiento Solidaridad en Polonia, las fuerzas centrífugas en Yugoslavia, la brutal austeridad en Rumanía, la desaceleración del comunismo goulash en Hungría y las súplicas desesperadas de fondos de la República Democrática Alemana a la URSS y a la RFA.
La crisis socialista me parecía un equivalente perfecto de la Gran Depresión de 1929-1932 en los países capitalistas. La Depresión se superó gracias a las políticas keynesianas. Lo que hizo el keynesianismo fue introducir cierta dosis de estatismo en una economía de libre mercado que, por sí sola, era sencillamente incapaz de salir de la Depresión. Así, el capitalismo se salvó gracias a lo que muchos consideraron políticas protosocialistas de gasto público, prestaciones por desempleo, obras públicas y nacionalización de empresas privadas. Por analogía, razonaba yo en 1989, la grave crisis de las economías socialistas tenía que resolverse mediante la introducción de dosis de capitalismo: mayor papel del mercado, estructura salarial con más incentivos, apertura de algunos sectores a la pequeña y mediana empresa privada, mayor independencia de las empresas públicas en la toma de decisiones y reducción de la planificación centralizada. Me parecía meridianamente claro que la salida a la crisis socialista era más capitalismo, pero, como en el caso análogo de la Gran Depresión, sin abandonar el modelo socialista de base. Al igual que las economías capitalistas no dejaron de ser capitalistas cuando se otorgó un mayor papel al Estado, las economías socialistas, creía entonces, no dejarían de ser socialistas por que el sector privado desempeñara un papel mucho más importante que antes.
De hecho, en el libro que compró Jeff desarrollaba esta tesis, incluso antes de que la crisis socialista se hiciera evidente, presentando, entre otras cosas, los datos sobre el tamaño de los sectores privado y estatal en varias economías. Las capitalistas iban desde aquellas en las que menos del 5 por ciento del producto interior bruto (PIB) se producía en el sector público hasta aquellas en las que superaba el 20 por ciento; las economías socialistas iban desde aquellas en las que casi el 100 por ciento del PIB lo producía el sector estatal hasta aquellas en las que solo alcanzaba el 70 por ciento. Mi argumento era el siguiente: ¿no se podría reducir el porcentaje del sector estatal en las economías socialistas a un rango de (digamos) entre el 50 y el 70 por ciento sin alterar la naturaleza fundamental del socialismo? Al final, los dos sistemas seguirían siendo reconocibles como «socialista» y «capitalista» en lo ideológico, pero en la práctica ambos serían «mixtos» con diferencias relativamente pequeñas. En lugar de estudiar las variedades del capitalismo como ramas de un mismo sistema troncal, estudiaríamos un conjunto mucho más rico de economías que combinaban, en proporciones distintas, el mercado y el Estado. La convergencia de los sistemas «resolvería» la disputa ideológica entre ellos y haría más sostenible la paz mundial. Me parecía una propuesta beneficiosa para todos. Esta era la idea que había detrás de mi libro y mi dedicatoria.
Pero la realidad era otra. 1989 fue un año importante en el camino hacia la hegemonía absoluta de la economía neoliberal en todo el mundo. Las políticas económicas de Reagan tuvieron continuidad en su sucesor republicano, George H. W. Bush, y unos años más tarde las consolidó el demócrata Bill Clinton. Margaret Thatcher se convertiría en la primera ministra del Reino Unido con más años de servicio en la historia contemporánea. La postura antisindical de Reagan y Thatcher, la desregulación, la privatización de las infraestructuras y la vivienda y la reducción de los tipos impositivos para los propietarios de capital y los ricos, todas ellas características de las políticas destinadas a remodelar el orden del New Deal y reducir el Estado del bienestar, continuaron sin tregua. Además, estas políticas se expandieron geográficamente hasta dejar de limitarse a Occidente y Japón. Entre 1989 y 1992, todas las economías anteriormente comunistas se derrumbaron y cambiaron de bando: algunas pasaron de ser cien por cien públicas a cien por cien privadas. No se convirtieron en «mixtas», como yo imaginaba. La mayoría avanzó hacia un sistema thatcherista en el que el sector público (o el Estado) no intervenía en la producción de nada, ni siquiera de las infraestructuras, y se aspiraba a que tampoco desempeñara ningún papel importante en el gasto. Por supuesto, era imposible aplicar durante mucho tiempo unos preceptos tan extremos y las economías «en transición» acabaron preservando un rol destacado para el Estado, sobre todo en Europa central. No obstante, todas ellas eran inequívocamente capitalistas y neoliberales.
En otros países, las cosas cambiaron en la misma dirección. En 1991, la India entró en el neoliberalismo con el desmantelamiento de numerosas regulaciones que habían obstaculizado el crecimiento del sector privado. El famoso Licence Raj indio terminó con el Gobierno de Manmohan Singh y el rescate del Fondo Monetario Internacional (FMI). Tras la represión de la plaza de Tiananmén de 1989 y la histórica gira por el sur de Deng Xiaoping, China aceleró su desarrollo procapitalista. Al final, gran parte de las energías juveniles que se habían dirigido hacia la reforma política a finales de los años ochenta podían encauzarse fácilmente hacia la economía y el enriquecimiento personal. Los jóvenes defensores del Sr. Democracia se convirtieron en empresarios millonarios. La Unión Soviética no solo desapareció del mapa, sino que todos los nuevos Estados abrazaron versiones extremas del credo neoliberal, algo a lo que contribuyó el hecho de que las nuevas élites interpretaran el capitalismo neoliberal como una licencia ideológica para robar. Así pues, estaban encantadas de ser neoliberales.
El apogeo del neoliberalismo global se produjo a principios del milenio, cuando China entró en la Organización Mundial del Comercio (OMC), se derogó la Ley Glass-Steagall en Estados Unidos, el euro se convirtió en la moneda común europea y la globalización fue aceptada como la nueva normalidad. Los profetas intelectuales del liberalismo político y la economía de mercado sin restricciones creían que esta combinación particular de democracia y mercado contaba con el apoyo universal y que pronto sería aceptada incluso por los pequeños islotes recalcitrantes que, como la aldea gala de Astérix, se aferraban obstinadamente a lo viejo.
En los países en vías de desarrollo, dicho triunfo implicaba una tríada ideológicamente coherente: el Consenso de Washington, la satisfacción de las necesidades básicas (reducción de la pobreza absoluta a nivel mundial) y la protección de los derechos humanos. El papel del Estado-nación, en especial, de los Estados-nación más débiles, quedó reducido a la nada: sus políticas las prescribían directamente organizaciones internacionales con sede en Washington —ya fuera en relación con el déficit presupuestario o sobre la mejor forma de organizar la asistencia social—, así como organizaciones no gubernamentales (ONG) de derechos humanos, también con sede en Washington y a menudo filiales del Departamento de Estado.
Dos acontecimientos acabaron con la supremacía neoliberal, debidos ambos a su propio éxito. El triunfo de la globalización hizo que China se volviera cada vez más rica y poderosa. Eso desencadenó una reacción geopolítica entre los políticos, los geoestrategas y los círculos militaristas de Occidente, que veían en China un rival e incluso un enemigo, por lo menos en Asia Oriental y, en el futuro, posiblemente también a nivel planetario. China, a su vez, envalentonada por su éxito y viendo claramente las ventajas que le proporcionaban su enorme tamaño, su larga historia de concentración del poder en manos del Estado, sus altas tasas de alfabetización y la ética de trabajo de su población, desarrolló, a veces con cierta candidez, una mentalidad arrogante. Por primera vez en dos siglos, China desafiaba la supremacía occidental. Su siglo de humillaciones había terminado.
El éxito de China, que se debía en gran medida a la globalización neoliberal, trajo consigo otro problema: la pérdida de puestos de trabajo, ingresos y autoestima entre los trabajadores de los países occidentales, que fueron sustituidos indirectamente por las importaciones de China o directamente por la deslocalización de la producción occidental, y especialmente estadounidense, a países más baratos. La contrapartida del auge geopolítico de China fue el aumento de los ingresos de amplios sectores de su población que, por primera vez en dos siglos, pasaron a formar parte de los exclusivos deciles superiores de ingresos mundiales, lo que desalojó de sus posiciones en el escalafón de los ingresos globales a una parte de la clase media occidental, que no lo agradeció ni pizca.
El auge de China, que fue posible gracias al neoliberalismo global, hizo inevitable el fin del propio neoliberalismo global.
El segundo éxito del neoliberalismo —el enriquecimiento de las élites occidentales— se volvió insostenible, tras la crisis financiera mundial de 2008, para los rezagados y demás «deplorables», por usar el término de Hillary Clinton. Los costes de la crisis no los asumieron quienes la provocaron, sino quienes salieron perjudicados de la misma. La crisis socavó la base ideológica del neoliberalismo, no solo al demostrar que no todos podían beneficiarse por igual de la globalización, sino al poner de manifiesto la irresponsabilidad de los ricos y su capacidad para manipular a los gobiernos. En prácticamente todos los países occidentales surgieron coaliciones de descontentos, cuyas quejas abarcaban desde aspectos económicos (bajo crecimiento de los ingresos) y culturales (cosmopolitismo y desarraigo de las élites) hasta sociales (desprecio de las élites hacia quienes carecían de la formación y la habilidad necesarias para aprovechar las oportunidades del mundo globalizado).
Así, el fin de la hegemonía ideológica y «factual» del neoliberalismo fue consecuencia de sus dos mayores éxitos: el auge de Asia y la nueva riqueza de las élites occidentales altamente preparadas. Al frente de lo que se dio en llamar «revuelta populista» se encontraban fuerzas de lo más diverso, lo que a su vez reflejaba la diversidad de sus quejas. Cabe dudar de su éxito, no solo porque es difícil que sus dirigentes lleguen a ocupar puestos de autoridad, sino porque, cuando los ocupan, las políticas que aplican los movimientos «rebeldes» una vez al mando no son muy distintas de las que denostaban cuando luchaban por el poder. Esto se debe a su confusión ideológica y a su incapacidad para pensar y llevar a cabo políticas alternativas. Pero es un error juzgar el éxito o el fracaso de estos movimientos simplemente en función de si ejercen el poder o limitándose a señalar que, en cuanto a políticas realmente distintas, ofrecen mucho menos de lo que pretenden. La importancia de los movimientos de descontento radica en su carácter «anti», es decir, en el hecho de poner fin a la hegemonía del neoliberalismo global y cuestionar el poder y las bases ideológicas y culturales de las élites recién creadas. Lo más importante es que han obligado a las élites a cambiar muchas ideas que definían el neoliberalismo en las últimas décadas. Las guerras arancelarias y la reversión de partes de la globalización mediante el friend-shoring (la práctica de reubicar cadenas de suministro en países aliados) y demás prácticas discriminatorias han entrado en el léxico de los partidos mayoritarios, al igual que la inquietud por la inmigración y el afán de frenarla o el uso de la coacción económica mediante innumerables sanciones para alcanzar objetivos políticos o económicos internacionales. Todo ello representa en conjunto una desviación de la ideología del neoliberalismo global. La parte global o internacional ya no es aplicable. En su lugar, sería más adecuado denominar al nuevo modelo de gobierno «liberalismo de mercado nacional» porque conserva las características clave del neoliberalismo en el ámbito del mercado interno, pero abandona su internacionalismo y, a menudo, incluso la aplicación del liberalismo a las cuestiones sociales internas. El epíteto «nacional» y el complemento del nombre «de mercado» son necesarios para mostrar cómo sigue empleando el nuevo orden los principios liberales clásicos o neoliberales: limitándolos al mercado interno, revisándolos en el ámbito social y abandonándolos por completo en el marco internacional.
Este libro trata sobre dos acontecimientos que han marcado el apogeo y el declive del neoliberalismo global: el auge de Asia, y de China en particular, y la aparición de nuevas élites plutocráticas gobernantes en Estados Unidos y China. Estas nuevas élites surgieron y alcanzaron el poder