Cuarto 412

Arnoldo Kraus

Fragmento

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Cuarto 412

Primera edición digital: agosto, 2026

D. R. © 2026, Arnoldo Kraus

D. R. © 2026, derechos de edición mundiales en lengua castellana

Penguin Random House Grupo Editorial, S. A. de C. V.

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Índice

Prólogo

I.

II.

III.

IV.

V.

VI.

VII.

VIII.

IX.

X.

XI.

XII.

XIII.

XIV.

XV.

XVI.

XVII.

XVIII.

XIX.

XX.

XXI.

XXII.

XXIII.

XXIV.

XXV.

XXVI.

XXVII.

XXVIII.

XXIX.

XXX.

XXXI.

XXXII.

XXXIII.

XXXIV.

XXXV.

XXXVI.

XXXVII.

XXXVIII.

XXXIX.

XL.

XLI.

XLII.

XLIII.

XLIV.

XLV.

XLVI.

XLVII.

XLVIII.

Epílogo

El invencible

Escribir para atrapar un instante

Mi personaje favorito

Mi guerrero

Prólogo

EL MÉDICO ENFERMO

ROGER BARTRA

Este libro alberga un remolino de ideas, emociones y recuerdos que se desencadenó en la mente de un médico cuando de manera súbita enfermó muy gravemente y acabó hospitalizado. Como este médico es también escritor, el torrente de palabras inunda las páginas con preocupaciones que van mucho más allá de los peligros que entraña padecer un cáncer muy agresivo. Al mismo tiempo, esas amenazas, como lo confiesa Arnoldo Kraus, lo lanzaron a una fosa muy profunda. Desde allí se alza la voz del médico que nos explica lo que sucede cuando quien está dedicado a curar enfermedades sufre un padecimiento agresivo que se le escapa de las manos. Hay algo de delirio creativo en el enfermo inteligente ante la sorpresa de darse cuenta repentinamente de que la enfermedad tiene una dimensión desconocida que un médico sano no advierte fácilmente. Ahora el médico tiene que ser consciente de la anormalidad que se sufre en carne propia.

El escritor derrama miles de palabras en un tumulto para enfrentar el reto que ha surgido sin avisar. ¿O acaso no se dio cuenta y fue sordo? No, él cree que el que llama su amigo el tumor nunca le habló, no le advirtió que crecía con molestia y dolores. Más tormentos y más trastornos le causó el proceso de curación. Llegó el mal silenciosamente, y aunque a veces habla de su “compañero el cáncer”, es claro que se enfrentó a un enemigo temible.

En la lucha, y sobre todo en los momentos de reposo y recuperación, Arnoldo dejó fluir en las páginas que iba llenando una cadena de recuerdos infantiles y juveniles, y dejó que de su memoria manasen las imágenes de sus abuelos y padres perseguidos como judíos por el nazismo, el amor a su familia y a sus amigos, los disgustos políticos e intelectuales, y sus rupturas con la medicina burocratizada. Un tropel de remembranzas se agolpa en un libro que va creciendo en combate contra el mal.

No es la primera vez que Arnoldo incursiona en sus recuerdos, llevándonos a recorrer su pasado. En A veces ayer (2010) sacó de su memoria sus experiencias de niño y adolescente rebelde. Allí se rebela contra el olvido que clausura caminos. “Se recuerda para no morir del todo, para contar”, dijo al final de ese libro. Describía la vida de un hijo de padres judíos polacos que habían tenido que migrar, que escapar de su país de origen. Tenía los problemas de identidad típicos de un hijo de extranjeros que habían escapado de Europa para refugiarse en México. Comparto con Arnoldo el hecho de ser hijo de migrantes forzados a huir de su país. Por ello somos exiliados permanentes que vivimos como extranjeros en el país donde nacimos. Esta condición es hoy un fenómeno masivo a escala mundial, consecuencia de los flujos de quienes abandonan sus países para evitar el hambre, la guerra o la represión. Nuestros padres escaparon del nazismo y del franquismo y nos heredaron unas lenguas, el yiddish y el catalán, que eran extrañas en México. Iniciaron aquí familias nucleares solitarias, sin parientes, pues todos se habían quedado en el país de origen o habían muerto.

La vida que va recordando Arnoldo encerrado en el cuarto 412 es como un jarro roto cuyos fragmentos han sido pegados. Hay fragmentos que se han perdido. El resultado muestra las grietas, que son como suturas de heridas a medio cicatrizar. Le gusta repasar recuerdos como si fuera una lección vuelta a explicar, un paisaje vuelto a mirar y también una trayectoria que es recosida, remendada como si fuera un cuerpo roto por la enfermedad. Arnoldo ha recordado en otro lugar que la abuela de su esposa siempre le decía que se sentía mal. Al preguntarle la razón, ella contestó: “Porque cada objeto encierra un recuerdo. Porque cada recuerdo produce dolor. Porque hace tiempo debí morir” (Enfermar o sanar: El arte del dolor, 2003).

Impaciente por naturaleza, Arnoldo soportó muy mal el encierro en el cuarto 412. Además, recelaba de los médicos y desconfiaba de lo que llamaba “aparatología”, una maraña tecnológica que lo llevó a soportar ultrasonidos, punciones venosas, cirugía, quimioterapia, resonancias magnéticas y tomografías. Sin embargo, reconoce que fue uno de esos aparatos, manejado con pericia, el que le detectó una metástasis en el hipocondrio. Uso esta antigua palabra para advertir que, a pesar de ello y según el propio enfermo, no sufre de hipocondría ni de melancolía, y que no tiene el alma fracturada. Pero su libro sí muestra una aglomeración de fragmentos e ideas sueltas que son síntomas del malestar agudo del escritor enfermo.

Arnoldo siempre apoyó la autonomía del enfermo, pero de repente él mismo perdió la independencia. Reniega de la horrible vida cotidiana en el hospital, enganchado a máquinas vigilantes y conectado a tubos que le inyectan sustancias. Esta condición puso a prueba sus convicciones como médico humanista y sensible, y le permitió reafirmar su idea de que el enfermo es el maestro del médico. Ahora más que nunca observa que la enfermedad es su profesora y que, aunque lo sume en la oscuridad, también le trae la luz sabia que le susurra verdades al oído. Otra de sus ideas se pone a prueba: escribir es una cura, y nos deja ver que su libro es el fruto de la necesidad propia del enfermo de ser escuchado.

Por otro lado, aunque habla mucho de la resiliencia, confiesa que él no es resiliente y que no le es fácil desarrollar capacidades para adaptarse a las perturbaciones que provoca la enfermedad. En estas condiciones, ¿cómo ser un médico enfermo confrontado a los médicos sanos que lo curan? Antes el enfermo era el Otro; ahora él o su alter ego es el paciente que sufre. Pero demuestra ser un paciente muy impaciente que no puede dejar de ser médico de sí mismo.

Como era de esperarse, en estas páginas ronda la idea de la muerte. Habla de sus largas noches de insomnio y de soledad. Más que temor a la muerte, parece tener miedo al miedo. Es evidente que este libro es en parte fruto de esos insomnios que le revelan la presencia de varias microexistencias que se acumulan en el tiempo y en las páginas que va escribiendo. Como buen médico, explica que el suicidio puede ser perfectamente válido. Pero Arnoldo se agarra con fuerza a los múltiples autores que en su insomnio se le aparecen y le ayudan. En su desfile de recuerdos surgen Borges, Beckett y Brecht junto a Pessoa, Perec y Pizarnik. Cita las ideas de Freud, Fromm, Franklin y Foucault. Amontonados en las páginas de este libro, le dan al escritor las sensaciones e ideas que necesita para expresarse. Se ve que los espectros de sus autores preferidos acudieron a visitarlo a su cuarto 412, donde estaba atrapado. Uno de ellos, Daudet, le dijo que no hay enfermedades sino enfermos. Seguramente pensó que había que matar a esas enfermedades inexistentes pero amenazadoras sin sacrificar al enfermo.

En otro libro (Una receta para no morir, 2005), Arnoldo citó la pregunta que le hacen al médico protagonista de la novela La plaga de Albert Camus:

—Doctor, ¿quién le enseñó todo esto?

La respuesta llegó pronto:

—El sufrimiento.

Al parecer la vida decidió darle a Arnoldo una gran lección de sufrimiento. Él siempre supo, con Schopenhauer, que el sufrimiento es parte esencial de la vida. Es indispensable para entender el mundo. Creyó que el médico que ha sufrido intensos dolores puede ser más empático que quien ha sido siempre sano. El dolor es una magnífica escuela. Por supuesto, no se trata de que las escuelas de Medicina receten el sufrimiento y el dolor. Estos males llegan por azar o por causas imprevisibles. Lo que Arnoldo propugnaba era una especie de “arte de acompañar” mediante el cual el médico intenta ser parte del dolor y la enfermedad, para sentir y angustiarse con su paciente. El libro de Arnoldo que cité contiene una idea muy interesante e inquietante: la enfermedad es una obra literaria que, al leerla, permite entender cosas no vividas como si se leyera un poema que desmenuza dolores y sensaciones no experimentadas. El médico que se enferma gravemente, como Arnoldo, deja de ser lector de esa obra y pasa a ser un protagonista vivo que sí experimenta el sufrimiento. El libro que tiene el lector en sus manos permitirá, al leerlo, comprender la sorpresa angustiosa del médico al convertirse en actor de una obra que él no ha escrito.

I

Las palabras, mis palabras, no compiten entre ellas. Unas escriben vida; otras, dolor. Dos mundos.

Después de convivir con mi enfermedad, el insomnio y sus palabras se han convertido en compañeros. En las noches largas trazo prólogos.

¿Por qué?, me interrogan las palabras. ¿Por qué escribirlos y romperlos? Uno pervive, muchos murieron: el cesto de basura o el sobre etiquetado con varios de ellos —“Prólogos”, dice la etiqueta— anuncian mi condición: reciclable.

Hoy todo es reciclable: el mundo, el ser humano; los cadáveres abandonados son abandonados: una nueva forma de reciclar.

Mientras escribo palabras negras, palabras blancas, amanece; interrumpo un momento mi escrito.

“Kraus: eres reciclable”, me dicen todos: lápiz, papel, focos, agua, enfermedad.

Jorge Luis Borges: “Toda negligencia es deliberada, todo casual encuentro una cita, toda humillación una penitencia, todo fracaso una misteriosa victoria, toda muerte un suicidio”.

Leo y releo la oración de Borges. En pocas palabras incluye cuasi todo. En escasas y sabias reflexiones resume el mundo, no su mundo, el nuestro, el de todos los días. En ese inmenso universo borgiano todo, me repito, todo o casi todo cabe. Salvo una situación, ora frecuente, en otras ocasiones infrecuente: el universo de repente… Con el correr del tiempo a todos nos mueve “algo”: un suceso, un encuentro inesperado, una pérdida irreparable, una tragedia, un soplo amoroso, un guiño en honor a la vida, una mirada arropadora. O un aviso: falleció tu amigo de la vida.

De repente llega “algo” y todo, o casi todo, cambia. El tiempo se interrumpe. El tiempo deja de ser como siempre ha sido: de pronto uno se enferma; al unísono, súbitamente, el amigo de la infancia cambia de país y muere pese a ser sano. Los galenos ignoran la causa del deceso. ¿Importa saberlo? Importa si fue por una causa genética o si la razón (o sinrazón) fue suicidio. Quitarse la vida motu proprio siempre importa: les atañe a todos los seres cercanos.

Sin mi amigo, las calles de antaño, las mismas de hace décadas, son distintas. De repente mi voz, cuando revivo a mi bróder, sin proponérmelo emite otros tonos, musita o habla de otra forma, como si se inclinara, como si el aire por donde viaja se tornara espeso. Tras la muerte de amigos es menester reflexionar en el presente y en el mañana cercano. El futuro puede aguardar.

Mi de repente no es banal. Tiene nombre y apellido. De modo repentino, sin previo aviso, enfermé. Un Arnoldo diferente se introdujo en mis entrañas. Un Arnoldo desconocido invadió la carcasa con la cual siempre he convivido. He leído acerca de dos enemigos de la felicidad humana: el dolor y el tedio; agregaría, entre muchos inter alia, el miedo. Por fortuna he viajado acompañado de pasiones: el hastío nunca ha sido problema. Dolor, por fortuna, ha sido poco. He tenido suerte: medicinas y una dosis de actitud me han ayudado. Por ahora, afortunadamente, el miedo no se ha apersonado.

En escasos días me convertí en de repente. Pasé de mi normalidad a la anormalidad de ser enfermo.

Sucedió de repente.

Lentamente el mundo, de repente, desapareció.

Desgarrar vestiduras no es lo mío. Vida, enfermedad y muerte es, desde el primer llanto, destino manifiesto.

El universo súbito no pertenece al mundo de la serendipia ni al azar. La serendipia —hallazgo accidental— y el azar —casualidad— son fenómenos recurrentes. Son fragmentos inmemoriales de la existencia. Lo es, asimismo, para los devotos de Dios, Adán y Eva, o para los ateos, la suma de elementos químicos cuya combinación dio pie al ser humano. Tanto la manzana como los no creyentes existen “desde siempre”. Pregunto: ¿era la manzana roja o amarilla? Se dice que el amarillo está relacionado con la avaricia y el desprecio (mmm).

Entrecomillé, en el párrafo previo, “desde siempre” porque, a pesar de ser una frase utilizada muchas veces en un día, nada es para siempre. Ni siquiera el universo de repente. Tampoco la suma de las lecciones escritas por el maestro Borges ni los consejos de Giuseppe Tomasi di Lampedusa vertidos en El gatopardo: “Hace falta que algo cambie para que todo siga igual”. Idea con la que trabajo a raíz de mi enfermedad: cambié yo, se modificó mi mundo, cambiaron mis afectos; busco paz y reculo: la vida es bella.

Súbitamente, mi vida dio un giro inesperado. Caí en una fosa muy profunda. Cuando la salud se quiebra, el “hoy” adquiere otros tonos y el lenguaje requiere palabras diferentes. No tuve la oportunidad de percatarme del suceso. Una suerte de tsunami se apoderó de fragmentos de mi vida. Fue un inmenso cambio repentino. La enfermedad trastocó mi cotidianidad y con ella yo dejé de ser el yo de antes. En un suspiro —¿cuánto dura un suspiro?— la vida adquiere otros tonos. De pronto, la enfermedad, mi enfermedad, tomó las riendas de algunas de mis decisiones. Zarandeó mis días. Hundió mis tiempos. En un abrir y cerrar de ojos, lo asible y común se convirtió en inasible.

Los días ya no eran míos. Y yo dejé de ser dueño de ellos. Mi patología me dotó de una mirada diferente. La enfermedad cambia todo. Todo.

De repente.

De repente me convertí en habitante de las noches.

Ahora los amaneceres son distintos.

II

Borges nos debe una cadena de ideas similar a la que cité al inicio. Un fragmento dedicado al mundo inesperado. Entre insomnio e insomnio escribí unas ideas: “La salud es la luz del cuerpo: cuando de repente decae, todo se transforma. De repente uno deja de ser quien era, te conviertes en otro a pesar de ser el mismo; tu cabeza y tu cuerpo se modifican, pierdes, te transformas; en un tris tras eres otro, otro dentro del mismo otro”. Afuera llueve. Adentro escampa.

El universo de repente no sabe del tiempo. No ha escuchado sobre él. En mi caso la caída fue rápida, veloz. Ayer en la casa. Hoy a las 6:00 a. m. en el hospital. Todo mundo, camilleros, médicos, enfermeras son muy amables, educados y afectuosos. Hablar del cobijo de mi familia no es sencillo. Mis diccionarios carecen de las palabras adecuadas para explicar su presencia, sus guiños, sus temores: Debi, Daniela, Ilana, Gabriel, Naomi, Adrián, Naya, Mila, Camille, Ella, Ilán, Daniel, Mariana, Isaac, Becky, Eitan, Ariela son sus nombres. Nombres cuyas letras y presencia atenúan el Mal. Sin afecto, la vida, sobre todo la de los enfermos, debe ser muy dura.

Las enfermedades suelen ser contagiosas. A los míos/mías, mi enfermedad los alteró. Ignoro si lo pensaron, quizás sí: nadie, ni el esposo ni el padre ni el abuelo es inmortal.

De la inmortalidad se habla en los cuentos, en los libros de ficción, en películas. Los pequeños muy pequeños no cavilan en ella: la muerte de seres cercanos es infrecuente. Mientras escribo —2025—, aguardo con temor los alcances de la inteligencia artificial, las posibles invenciones sin fin de aparatos y de nuevas tecnologías médicas, y la prisa para patentar todo lo patentable. “Prohibido prohibir” fue un famoso eslogan de las contiendas francesas del famoso mayo de 1968. “Prohibido inventar sin consultar primero un panel amplio de eticistas, científicos y filósofos” debería ser, nunca lo será, acción obligada. He leído, aterrado, que cualquier teléfono inteligente contiene más información que la antigua Biblioteca de Alejandría. Hoy, sobre todo los jóvenes dependen de sus

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