- LA TRAMA DEL PASADO
- Portadilla
- Diseño de tapa
- Portada
- Legales
- Menciones y agradecimientos
- INTRODUCCIÓN
- Primera parte: DE LAS OFENSAS DEBIDAS
- 1. EL ÁNGEL DEL VIENTO DEL SUR
- 2. LA TRAMA DEL PASADO
- 3. CORRER LA SUERTE
- 4. HACIA EL CREPÚSCULO
- 5. AL RESPLANDOR DE LOS INCENDIOS
- 6. LAS DAMAS DEL ATARDECER
- 7. EL OLOR DE LA VERBENA
- 8. LA VIEJA DE TEGUA
- 9. LA HONRA DE LOS HOMBRES, LA VIRTUD DE LAS MUJERES
- 10. BAJO EL JACARANDÁ
- 11. RESTAÑAR LAS HERIDAS
- 12. CORTEJO DE TINIEBLAS
- 13. LA SOMBRA DEL GRANADO
- 14. LA CIUDAD POR CUARTEL
- 15. EL MANDATO DE LA SANGRE
- 16. EL OLOR DE LA MUERTE
- 17. LA “TRÁGALA”
- 18. A TRAVÉS DEL VELO OSCURO
- 19. “DE ALMA FÚLGIDA Y CARNE SOMBRÍA”
- 20. UN COSTAL DE DISPARATES
- 21. CONDENARSE AMANDO
- 22. COMO EN UNA ROMANZA
- 23. LOS MARCOS DORADOS, LOS PAPELES VIEJOS
- 24. QUE EL VIENTO LLEVE MI LAMENTO
- 25. EN EL MAR DEL SILENCIO
- 26. UN ESPÍRITU SALVAJE
- 27. DESCANSARÁS ENTRE VERBENAS
- Segunda parte: DE LAS VENGANZAS TOMADAS
- 28. REGRESAR DEL DOLOR
- 29. LA LEALTAD DE LA LLANURA
- 30. LOS PROTOCOLOS DE EL PUEBLITO
- 31. LO QUE ESCONDE LA SIERRA
- 32. POR HACERLE MÁS DESPECHO
- 33. EL AMIGO DEL CAPITÁN SANTOS PÉREZ
- 34. ÁNGEL O ÁNIMA
- 35. A FUEGO Y FILO
- 36. SOMBRAS DE LOS RINCONES OLVIDADOS
- 37. MAL DE AUSENCIAS
- 38. PARA OLVIDAR
- 39. EL ENVIADO
- 40. DE TAL CUIDADO
- 41. ORDALÍA
- 42. TOMAR IDENTIDAD
- 43. REENCUENTRO
- 44. LA PIEDRA DE SATURNO
- 45. LA ESTOCADA MAESTRA
- 46. VÍSPERAS DE SANGRE
- 47. ÁNIMA SOLA
- 48. HOY ES DÍA DE MATAR
- Personajes reales y de ficción
- Apostillas para la trama
Menciones y agradecimientos
A los amigos que acudieron en mi ayuda con paciencia y sapiencia, aportando datos históricos poco conocidos, lecturas, críticas y préstamos de obras inhallables. Ellos son en democrático orden alfabético de nombres: Eduardo Arnau, Graciela Fernández, José Ignacio Romero Díaz, Luis Carranza Torres, Nelson Gustavo-Specchia, Prudencio Bustos Argañaraz y Teresita Mendiburu.
A San Judas Tadeo, que respondió a mi plegaria en una época difícil.
A Alfredo Franchín, que me prestó uno de los libros sobre halcones.
A Ángel Remón Ruiz, maestro cetrero del Centro Cetrero El Ángel, de Albalate de Cinca (Huesca), España; fue él quien me dio la clave de cómo traer en un largo viaje, desde España al Río de la Plata, en 1840, un halcón peregrino, enseñándome cómo alimentarlo, mantenerlo sano de cuerpo y espíritu, y posteriores actividades de Zegrí, el halcón de Ignacia Arias de Ulloa.
Y muy especialmente, para Julio Torres. Él sabrá por qué.
INTRODUCCIÓN
“Y si algún día conoces las amarguras de la vida, el caballo primero, después el perro y el halcón podrán serte compañeros preciosos que te hagan olvidar un poco.”
Conde Alphonse de Toulouse-Lautrec, dedicatoria en un libro de cetrería a su hijo Henri, en el día de su nacimiento
EN EL PAZO DE ZELTIA
VIGO (GALICIA)
ESPAÑA
JUNIO DE 1840
I
Ignacia había dejado la casa de su marido antes del amanecer, a caballo y seguida por una criada en mula, llevándose consigo a Zegrí, un halcón peregrino. Costearon el río hasta el vado, donde las esperaba el hijo del guardabosque de una finca vecina, que justamente tenía que viajar a Vigo por cuestiones de su señor. La criada lo había recomendado por eso, y porque se decía que su familia conocía los senderos olvidados de la región; el padre del muchacho le había aconsejado que evitaran poblados y caminos transitados donde pudieran dar noticias del paso de una joven dama acompañada por dos servidores.
No esperaba Ignacia que su marido fuera a perseguirla de inmediato, pero era mejor hacerle pensar que, en vez de volver con su madre, había pasado a Portugal, para refugiarse en Oporto con su tío, Braz Ramires de Castro, un juez de importancia al que no sería fácil quitarle una parienta de entre las manos.
Cabalgaron bajo la luna de verano que colgaba sobre ellos como una cimitarra, y cuando entraron en la helada profundidad del bosque, Ignacia pensó que el lugar se parecía al vientre de una catedral cuyos pilares y arcos estuvieran formados por árboles altísimos donde algunas rendijas dejaban pasar un parpadeo de luz.
Clareaba cuando salieron de la espesura y vieron ante ellos las ruinas de un monasterio, tan destruido que mal podía darles refugio. Pero el chico, después de observar los signos tranquilizadores del paisaje —los pájaros cantaban sin descanso y varios animales silvestres huyeron al oírlos—, apartó unas matas y les hizo señas para que lo siguieran. En la base de la construcción había una abertura, y entraron, con los animales a tiro, en una especie de cripta. Era un lugar abandonado, pero con ventajas para el peregrino que buscara resguardo, ya fuera de perseguidores, del clima o de la hora: una vertiente natural, leña para hacer fuego, una mesa medio coja, a la que habían nivelado con un ladrillo, rescatada vaya a saberse de qué celda.
Pronto la criada la cubrió con un trapo, puso un cuchillo, un jarro y una pieza de queso. El chico aportó el pan que su madre acababa de sacar del horno cuando partiera, mantenido tibio entre su cuerpo y la blusa. Ignacia buscó la bota de vino de la montura y después de tomar el primer trago, sirvió en el jarro y lo pasó a los chicos.
—Hay que dormir —dijo el muchacho con la voz empastada de queso—; nos iremos en cuanto anochezca.
A Ignacia le costó abandonarse al sueño. Se cubrió con la capa y fue a ver al halcón, que se mantenía enhiesto y atento en su percha. Poniéndose el guante, le ofreció el puño y salió al exterior con el pájaro encapuchado. Afuera, la claridad echó sobre ella el campo florecido, y la brisa, el olor de los bosques. La embargó una suave melancolía que le hizo dudar del paso que había dado; el corazón de una mujer que escapa del hombre que la hace infeliz es un mundo en sí, pensó, mucho más complejo que el de un corazón enamorado que no se plantea preguntas ni requiere sentencias.
Un golpe de viento le dio en los oídos y le recordó el comportamiento de su esposo una semana atrás: el arrebato de furia cuando ella se negó a entregarle la llave del cofre de las joyas de su dote —ya la había despojado de las que él mismo le regalara—, las frases duras, la frustración de saber que la había relegado de sus favores por una tonadillera de mala muerte.
No era la primera vez que era rudo con ella; al principio era un juego impetuoso que los arrojaba a uno en brazos del otro, consumidos de pasión. No recordaba en qué momento había cambiado el espíritu de aquello, tornándose violento, donde el encuentro amoroso no era el fin, sino el medio. Para entonces, le había advertido que no estaba acostumbrada a tales tratos y no pensaba acostumbrarse, pues bien cierto era que sus padres no la habían criado para mártir.
La última vez que se vieron, ella estaba practicando con su maestro de esgrima y su marido irrumpió en la sala, ordenándole a éste que saliera. Cuando Alfonso le exigió la llave del cofre de joyas, ella le contestó que ni muerta se la daría, cosa que él no tomó a bien, echándosele encima y obligándola a retroceder hasta la mesa, donde había dejado el florete un momento antes. Fue sentir el acero, tomarlo con rapidez y volverse, encarándolo con el arma en la mano. Como él se le acercara riéndose de su atrevimiento, ella, con un golpe en el filo del tablero, hizo saltar el botón de la punta y la dirigió a la garganta de su marido. Todo acabó con ambos temblando: Alfonso, con el chaleco manchado de sangre pues ella no había retirado el acero de su cuello cuando él hizo un intento de acercársele; Ignacia, porque durante un instante sintió el deseo de matarlo, diciéndose que podía argüir que fue un accidente mientras estaban practicando. Sólo el maestro podía atestiguar lo contrario, pero el viejo le era decididamente leal.
Alfonso, embravecido, se retiró al dormitorio, donde causó destrozos. Cuando Ignacia finalmente oyó que partía, se acercó a la ventana y lo vio subir al carruaje con el cofre de sus alhajas.
Pensó en abandonarlo, pero tenía que ser una acción rápida, que él no pudiera detener. El lacayo de Alfonso regresó días después, a buscar ropas y armas para el señor, y contó a las criadas que se iban a Madrid, de juerga con la tonadillera.
Era un buen momento para escapar, pero necesitaba ayuda, y se confió a su doncella, una chiquilla criada en el Pazo de Zeltia, que tenía amores con el hijo del guardabosque; entre la muchacha y el chico planearon la huida. Tomar el halcón había sido una venganza y un placer. Le gustaba el pájaro, que Alfonso usaba cuando salía de cacería —amaba las antiguas artes de cetrería, aunque ya no estuvieran de moda—, pero apoderarse de él fue también un acto de compensación por las joyas perdidas.
Y ahora, mientras huía, más que de él, de ella misma, le pareció que desde las verdes profundidades de junio el verano la envolvía en el olor del romero. Sintió una hermandad extraña con el cautivo y lo nombró “Zegrí, Zegrí”, con un chasquido de los labios; le quitó el lazo, la caperuza y, con un envión, lo dejó volar. “Vete; vete ahora que puedes”, pensó al verlo desplegar las alas.
Había algo más que simple melancolía en su ánimo, y era la duda. ¿Hasta dónde estaba dispuesta a llegar? ¿Volvería con él, cuando apareciera a buscarla? ¿Qué le diría a su madre, quien en casos anteriores se había sonreído con un dejo de... de compasión, de burla, de impaciencia?
Su madre, doña Leonarda Arias de Ulloa, que toda la vida había mantenido una discreta dominación sobre su esposo, el padre de Ignacia. Mal podía aquella mujer comprender la rabia, el amor desbocado, el dolor de ser engañada y dejada de lado por aquel hombre que le trastornaba el seso y el cuerpo.
Vio al halcón preparándose para cazar y recordó el viejo proverbio árabe, “elevándose con la suavidad de una plegaria” para descender luego sobre la presa sorprendida “con la rapidez de una maldición”.
Se dormitó a la suavidad del sol de la mañana y cuando recuperó la conciencia, vio los restos de plumas y a Zegrí volando suavemente en círculos. Cuando se puso de pie para entrar en la ruina y dormir un rato, el pájaro se lanzó en picada y se posó en su puño enguantado. Sintió que se le humedecían los ojos, quizá como un reflejo de su espíritu, que reconocía la debilidad del animal en sí misma, y poniéndole los cueros que lo tranquilizaban regresó a la cueva.
II
Llegaron al Pazo de Zeltia en el anochecer de la fiesta de San Juan. El aire olía a almendras, a trapos quemados, a leños de manzanos apolillados. Entraron a la propiedad por los establos, y luego de dejar los animales con el caballerizo, recomendándole el halcón, Ignacia mandó a los criados a la cocina y se detuvo, indecisa, entre las torres de piedra. Necesitaba un momento de soledad antes de presentarse a su madre, así que decidió dar una caminata para desentumecer el cuerpo y la mente. Desde el bosque, mientras atravesaba la glorieta cubierta de glicinas, le llegaron rumores nocturnos —animales, brisas nacidas quién sabe dónde, quizá trasgos—; salió al rosedal y, cuando se acabaron los escalones de piedra, tomó por la senda de tierra. Llegó al linde de la arboleda, donde los castaños de Indias, traídos por antepasados inquietos y amantes de la botánica —la debilidad de la familia de su padre—, se mezclaban con robles, pinos y araucarias mientras los magnolios florecidos recordaban los tenebrarios de Jueves Santo.
Noche de San Juan, tiempo de fogatas que temblaban en los huertos, en las calles, en los caminos; el humo había envuelto como en nieblas el Morrazo, del otro lado de la ría.
Se detuvo al borde del estanque en un raro estado de inquietud; muda y tersa, el agua apenas si descubría un brillo furtivo —un pez desvelado, una hoja condenada—, ausentes los cisnes y los patos.
“¿Dónde duermen los cisnes?”, se preguntó, la mirada en el islote donde se vislumbraba una especie de santuario de piedra gris, elevado a dioses ya desaparecidos.
“¿Desaparecidos o sólo indiferentes?”, pensó. Quizá dormían, de momento, y en ese sueño se desvanecerían la vida de su madre y la suya propia. Muerto el señor del lugar, quizá, como en las sociedades antiguas de las que le hablaba su padre, condenarían a desaparecer, junto con él, a sus mujeres, sus siervos y sus animales.
Era un pensamiento apropiado para aquella noche. Porque en noches de ese ánimo, anhelaba cosas que no debía anhelar, cosas que parecían respirarse con el aire, que fantasmeaban en la sombra de los árboles, en los senderos ocultos, entre la rosaleda, que se mecían en las lánguidas ramas de los sauces. Cosas que nacían de las entrañas de los bosques más antiguos del mundo donde, si uno se fijaba, podía distinguir el relámpago de una pezuña, los cuernos gruesos, curvados, naciendo de una cabeza humana que parecía moldeada con la más tosca arcilla del sueño de la humanidad.
Pensó en su padre, alquimista moderno y benévolo que, desde que ella recordara, había ocupado la vida en buscar, a través de hierbas y químicos, la cura para la melancolía.
Sintiendo que el pecho se le cerraba de emoción ante su recuerdo, volvió por la senda estrecha levantándose la falda para que no se le enredara en las matas espinosas de los toxos.
La sala donde su madre solía descansar estaba iluminada; subió la escalinata de piedra, llegó a la terraza y antes de que pudiera espiar por el ventanal, doña Leonarda abrió la puerta vidriada y se quedó mirándola.
Ignacia, algo avergonzada, fue consciente de su desaliño, de su ropa polvorienta, de su cabellera enredada.
—¿Qué te ha pasado ahora? —preguntó su madre, llevándose el puño, donde apretaba unos papeles, a la cintura.
Ella se le acercó e inclinó la cabeza para que la besara en la frente. Quizás hubo algo en ese gesto de entrega filial que hizo que la señora le rodeara los hombros con un brazo y la llevara hasta el sillón, donde se sentaron las dos. El quinqué de la mesa de apoyo coloreaba la escena con el tono dorado, íntimo, de las ceremonias domésticas.
Doña Leonarda plegó la carta que tenía en la mano, recogió otras, desparramadas por la alfombra, y las dejó sobre la mesita. Luego preguntó con menos ironía:
—Bueno, ¿qué sucedió?
—Lo abandoné. Me golpeó y se llevó las joyas. Tiene una amante que lo ha vuelto loco.
Y adelantándose a lo que ella pudiera decir, aclaró:
—Esta vez no volveré.
—Tu marido podría acudir a la ley. Para tu desgracia, decidiste casarte en vez de tener una aventura con él.
A medias escandalizada, Ignacia tartamudeó:
—Eso hubiera matado a mi padre.
—Hija, el bendito ni se habría enterado.
Y tomándole la mano, dijo confidencialmente:
—Como ya eres casada, te hablaré sin vueltas: las pasiones no deben pasar por la iglesia, porque ahí quedan enterradas. Es más saludable gozarlas en los bosques, en los camposantos o en las cuevas.
—Usted se burla de mí.
—Te aseguro que no.
—A veces me parece que no cree en el matrimonio.
—Es verdad; no creo en él.
—¿Acaso alguna vez se arrepintió de casarse con mi padre?
—Nunca; pero tu padre era un hombre muy especial.
Hubo un silencio largo, y saliendo de él con un suspiro, doña Leonarda le dijo, echándose hacia atrás:
—Quizá fuera mejor que pasaras a Oporto, porque cuando venga Alfonso, yo no estaré aquí para protegerte. He decidido volver al Río de la Plata.
Y al ver el desconcierto en su hija, comenzó a decir:
—Hay alguna herencia de por medio y...
La señora desistió de explicarse y se sinceró, por lo que le pareció a Ignacia, con mucha ambigüedad:
—Tu padre murió mientras planeábamos este viaje; el primo Fernán... —y como los Fernán eran varios en la familia, doña Leonarda aclaró—: Fernán Quinoñes de Orive, el que es pariente de unos Oribe de Montevideo, nos allanó mucho las cosas por medio de la cancillería. Parece que se ha desatado una guerra civil por aquellas tierras. Por lo que entendimos, están sentados sobre un polvorín.
Y con una nota de duda, se alzó de hombros.
—Supongo que preferirás esperar que tu marido venga por ti, pero yo debo viajar antes de que sea demasiado tarde. Está la herencia y... y debo enderezar algunas cosas de las que no quiero hablar ahora. Tú puedes quedarte aquí o hacer lo que prefieras.
Ante el silencio desconcertado de Ignacia, doña Leonarda suavizó la voz.
—Mira, no tienes muchas opciones.
Y fue tocándose los dedos a partir del meñique:
—Una, regresas con Alfonso; dos, te refugias en Oporto con tu tío, Braz de Ramires; tres, te atrincheras aquí y gastas tu fortuna contratando abogados y curas para que te libren de esa bestia; o cuatro, te vas conmigo, y que gaste él su fortuna en tratar de hacerte volver. Tómate esta noche para pensarlo, pero desgraciadamente no puedo darte mucho más. El barco zarpa en diez días. Ahora, vamos a descansar, que buena falta te hace.
Al llamado de la campanilla, aparecieron dos criadas, y mientras una cerraba ventanas y puertas, la otra, con un candil encendido en alto, esperó a que doña Leonarda recogiera las cartas y las guardara en un cofrecito. Mientras la muchacha las guiaba por el corredor, Ignacia recordó que nunca, desde que era niña, había encontrado abierta aquella caja, siempre guardada en el ropero de su madre, entre chales de encaje y flores de corpiño.
Frente a sus dormitorios, donde las esperaba, cabeceando, otra criadita, Ignacia pidió a su madre la bendición; doña Leonarda la bendijo y luego la abrazó, besándola cariñosamente.
—Me harás feliz si decides acompañarme —reconoció.
Ignacia despidió a la chica antes de entrar a su dormitorio y se desvistió sospechando que entre las páginas percudidas de encierro de aquellas cartas estaba la clave de la vida de su madre. Desde que era niña, había notado las diferencias que las separaban de la familia paterna; no sólo era el acento, marcadamente del Río de la Plata, y las costumbres americanas de las que su madre hacía —y la instaba a hacer— fidelidad, era algo más, un misterio que flotaba sobre las conversaciones de sus parientas, que se transmitía en murmullos, que hacía sonreír a su padre con secreta satisfacción, que había provocado en ella, su hija, desde muy niña, una especie de recóndito respeto por los poderes intangibles de su madre.
Demoró en dormirse, pensando en qué decisión tomar, qué rumbo dar a su vida. No se sentía del todo preparada para separarse de Alfonso, eso era verdad, pero le tentaba la posibilidad de un viaje al Río de la Plata en compañía de su madre. Se entregó finalmente al sueño mientras cavilaba sobre lo que se llevaría a América, en caso de decidirse. En ese momento, sólo pudo pensar en los cuadernos y en los libros de su padre.
Doña Leonarda dejó que la criadita encendiera los candelabros, la ayudara a quitarse la ropa, le pusiera la bata de dormir y le trenzara flojamente el cabello. Cuando la chica se fue, se acercó al secreter, lo abrió, buscó el librillo donde Clodio, su difunto marido, guardaba direcciones con nombres y parentescos, y encontró el de Manuel Oribe.
Sacó la bandeja de escritura y con buena letra, como que había sido educada por monjas y había tenido un maestro calígrafo, puso su nombre en el encabezado, le recordó parentescos, nombró al marqués del Pazo, le comunicó que iría al Río de la Plata y esperaba que pudiera aliviarles el viaje, una vez en tierra americana, aconsejándoles la mejor forma de llegar al interior del país. Con suerte, la esquela llegaría diez días antes que ella.
No estaba segura de si Manuel era general o presidente de la Banda Oriental, como llamaban los rioplatenses a la provincia de Montevideo. Había cierto parentesco entre Clodio y él, que era de origen vasco, y aunque ella no lo recordaba bien, se habían tratado mientras vivieron en Montevideo, Clodio dedicado al estudio y la recolección de sus hierbas medicinales. Ignacia había nacido y se había educado allí, y cuando regresaron a la propiedad ancestral de los Ulloa, en Vigo, hubo intercambio de cartas con los Oribe del otro lado del océano, y el anuncio de una visita a Galicia, que quedó en la nada.
Suspiró. Extrañaba a su marido, aunque no lo había amado profundamente. Se habían casado siendo ella bastante menor que él, y él la hizo feliz de una manera tranquila y divertida, sin molestarla mucho, pues tenía su atención puesta en la alquimia y la herbolaria. La había dejado a cubierto de futuros sobresaltos económicos pero, sobre todo, había tenido la amabilidad de morirse antes de que ella fuera demasiado mayor para encargarse de viejas cuestiones sin resolver.
Decidió que a la mañana siguiente iría a la Colegiata de Santa María, de la cual el bendito era devoto asistente, y encargaría una misa a perpetuidad por el descanso de su alma.
Frente al suyo, estaba el dormitorio de Ignacia; sabía que la joven estaría pensando en Alfonso, ese apuesto sinvergüenza que había hecho perder la cabeza a solteras, casadas y hasta monjas —se rumoreaba— de Vigo a Málaga. Sabía que aún latía la pasión en ella, y la pasión no cede la presa antes de haber sido agotada. Si Ignacia quería deshacerse de él, debía acudir a alguna fibra oculta, dura como el cable de un navío, que impusiera su dignidad —la primera víctima del amar— al reclamo de los sentidos.
Sospechaba también que se había fijado en las cartas, donde su pasado podía leerse como en un libro abierto. Se sonrió; Ignacia era una muchacha de mucho carácter y acostumbrada a hacer su real gana: por su real gana se había casado con Alfonso, al que ni ella ni Clodio aprobaban. Al menos, pensó ahora, ella tuvo firmeza en educarla, tratando de balancear la liberalidad del padre.
¿Y qué le contestaría si se empeñaba en saber el motivo del viaje?
Bien, la niña tendría que quedarse en ascuas, porque ella no se sentía capaz de hablar del tema; ya llegaría el día, pero no ahora, no antes de emprender el viaje. Tal vez, cuando pisaran las riberas del Plata.
Recordó lo que le había dicho el maestro de cuadra cuando le anunció la llegada de su hija: “Se ha traído el halcón de don Alfonso, y no creo que el señor lo tolere”.
Porque hasta aquel hombre sabía que aunque Alfonso no quisiera de vuelta a su esposa, jamás dejaría en posesión de ella a su halcón favorito.
PRIMERA PARTE
De las ofensas debidas
1. EL ÁNGEL DEL VIENTO DEL SUR
“Yo te invoco, oh Saquiel, ángel grande y poderoso, que eres el jefe y el dominador del Jueves, y te conjuro a que operes para mí, y atiendas todas mis demandas y deseos según mi voluntad, para que lleve a buen término mi pedido.”
El libro de San Cipriano y otros Rituales de Potencia: Consideraciones e invocaciones para cada uno de los días de la semana, Monasterio de Broken. Año de Gracia de 1001
LOS ALGARROBOS
TERCERO ARRIBA (CÓRDOBA)
ARGENTINA
SEGUNDA MITAD DE 1840
sentada al borde de la mesa, mientras le armaba el lazo de la camisa, Calandria dijo con la voz agarrotada:
—No te vayás.
Fernando miró el rostro moreno, la cabeza de huesos armoniosos con el pelo cortísimo, los labios gruesos, el arco superior provocativo y a la vez vulnerable. La joven no lo miraba a los ojos. Su expresión, más africana que nunca, parecía perderse en algún laberinto.
—No lo hago por capricho; me lo pide Quebracho. En quince días estoy de vuelta.
Le acarició la cintura para calmarla.
—¿Estás celosa?
—No. Tengo un... no sé... ¿y si les sale el malón?
—¿Con la cantidad de tropas que andan entre Mendoza y Santa Fe? ¿Te creés que los ranqueles son sonsos?
Ella siguió acomodándole la ropa. Luego le ordenó:
—Date vuelta.
Pasó las palmas humedecidas por la melena de él, larga, rubia, enrulada cuando no se la ataba; la dividió en tres mechones y se la trenzó en una coleta que sujetó con una cinta roja. Luego lo tomó de los hombros, lo volvió de cara a ella y le peinó, con los dedos, la barba y el bigote blanqueados por el sol. Él la besó en el hombro. Ella, impulsivamente, le rodeó el cuello y lo besó en la boca.
—¿Qué estás buscando? —preguntó Fernando en cuanto pudo respirar, acariciándole las nalgas con el roce áspero y pesado de la mano.
El llanto del niño, desde la puerta de la habitación, los obligó a enderezarse. Era Lucián, desnudo, que lloraba sin lágrimas mientras se refregaba los párpados. Calandria le tendió los brazos y el chico corrió y apretó la cabeza contra el vientre de su madre.
—¿Qué pasa? —preguntó Fernando levantándolo y poniéndolo de pie sobre la mesa—. ¿Le duele la pancita?
—Tengo miedo. Me perdí.
—¿Y dónde será que se ha perdido sin salir de la cama? —se burló su padre.
—Me perdí —insistió la criatura.
—Ha sido un sueño, no tengás miedo —dijo Calandria, y lo tomó en brazos a pesar de que ya tenía cinco años.
Vivían en las piezas de servicio de la estancia de los Osorio, a medias abandonada, al sur de Córdoba. Ella, esclava de la familia, y él, hijo del antiguo propietario, eran los únicos que la habitaban. La guerra civil había obligado al resto a dejar el lugar.
Después de estar atado a lealtades políticas de caudillos que ya habían muerto, perseguido más tarde por los enemigos de éstos —inexplicablemente, federales también—, Fernando había regresado desde las provincias del oeste buscando un lugar seguro para él, su mujer y su hijo.
Mientras alineaba las armas, pensó si sería sólo eso —encontrar un refugio—, o si estaría respondiendo al mandato de la conciencia, que le recriminaba haber desobedecido a su padre, haber luchado contra sus hermanos, haber desdeñado una sociedad cerrada donde su relación con una mulata era considerada más escandalosa que si, casado con una mujer de su clase, tuviera un harén de negras y mestizas.
No habitaban la parte principal de la casa porque Calandria se sentía incómoda en esas habitaciones enormes, sin muebles, y silenciosas como sepulcros. Las voces resonaban de una pieza en otra cuando hablaban, y ella tenía la sensación de escuchar un murmullo, siempre más allá, que le recordaba los relatos de locas y aparecidos que durante más de doscientos años habían tejido el encaje de la historia de la familia y de Los Algarrobos.
Fernando se allanaba a su capricho. Mientras la tuviera a su lado y sintiera reír a Lucián, todo estaba bien.
A él también le molestaba emprender aquel viaje, pero quería complacer al gobernador. Rodeado de gente en la cual poco confiaba, López “Quebracho” había tenido que soportar y sofocar varias conspiraciones, y no deseaba que colaboradores y supuestos partidarios especularan sobre la índole de los despachos que remitía a Rosas, el gobernador de Buenos Aires.
En una amplia alforja, Calandria le había acomodado varias prendas, entre ellas, la ropa de ciudad; estaba un poco ajada, pero la usaba tan raras veces que no valía la pena desecharla por prendas nuevas. A pesar de que su mujer se la había oreado, todavía olía al laurel con que la resguardara de la polilla.
—Seguro que la Luchi te manda a comprar ropa —dijo Calandria. Ella y Luz, la hermana mimada de Fernando, se habían criado a la par en los patios de los criados manteniendo, a través de la distancia social y a pesar de las ausencias, una fraternidad casi sanguínea.
Fernando salió al patio y se calzó el facón en la rastra. El sur amenazaba tormenta, pero tuvo la esperanza de que corriera hacia el norte y no hacia el camino de Buenos Aires.
Volvió a la habitación, se sentó en la silla de paja y disimuló las pequeñas pistolas inglesas —regalo de su hermana— dentro de la bota, para un caso de apuro. Oyó la voz de Calandria, arrulladora, que preguntaba al niño:
—¿Te perdiste?
—...taba oscuro.
—No te vi salir, y eso que estuve acostadita a tu lado...
El niño guardó un instante de silencio y luego dijo, inspirado:
—El duende me llevó.
—¡Qué sinvergüenza te me has venido! —exclamó ella—. En castigo, te como la panza.
Lucián gritó y rió y Fernando, como oyera el relincho de los caballos en los corrales, y las voces de sus hombres, que iban llegando de los puestos, le advirtió:
—Pascual está ensillando los caballos, Cala; en cuanto estén listos me voy.
Ella, con la expresión desolada, regresó del otro cuarto. Él se puso de pie, sin saber cómo consolarla, con esa inutilidad teñida de impaciencia del hombre que tiene una vida fuera de la casa. La abarcó en un abrazo, con Lucián entre el pecho de ambos, les murmuró palabras cariñosas y unos minutos después salió hacia las barracas seguido por la mulata y su hijo. Una partida de peones, cuyas familias habían permanecido por generaciones en las tierras de los Osorio, lo esperaba.
Los saludos fueron parcos, un murmullo mientras se recogían riendas y se acomodaban lanzas.
Fernando, desganado de partir, se entretuvo en palmear su caballo, un malacara de mucho cuerpo. Luego se apartó un poco con el peoncito de la casa.
—Cuidate de las levas, Pascual. Hacele caso a tu tío y si él los manda al Puesto Encerrado, ahí se van —y señaló con un movimiento imperceptible a la morena y al niño—; por lo menos, hasta que vuelva Lienán de los toldos.
Lienán, el ranquel, su amigo, su mano derecha, había viajado al desierto a ver a los suyos. “No podía haber sido en peor momento”, pensó Fernando, preocupado.
Había que emprender la marcha, así que murmuró: “Vamos”, y el Manco Videla, el hijo del capataz, que estaba al mando del grupo, levantó el sable, abriendo la marcha.
Él volvió la cabeza para mirar a su mujer y súbitamente recordó cuando abandonara Los Algarrobos, once años atrás, después de la muerte del capitanejo Enmanuel a manos de su familia. Aquella vez había oído gritar a Calandria desesperada, corriendo detrás de él como una corza, llamándolo y rogándole que la llevara al desierto.
El recuerdo de la bárbara muerte del amigo, la jauría cebada en su cuerpo, Luz desmayada en los brazos del hermano mayor, lo llenaron de angustia.
—Sigan —dijo, y regresó al trote.
Calandria lloraba quedamente —raro en ella, que era tan escandalosa— con la frente apoyada en el tronco rugoso del algarrobo. Lucián, prendido a su falda, se chupaba el dedo gordo, abstraído.
Saltó del caballo y tomó la cara de su mujer entre las manos, besándola con fuerza.
—¿De qué tenés miedo? ¿De que ande con mujeres, que me quede por ahí con otra? Hace años que estamos juntos; de siempre nos queremos. ¿Creés que abandonaría a Lucián?
Ella, resignada, lo rodeó blandamente con los brazos y acomodó la cabeza entre el cuello y el hombro de él, sorbiéndose las lágrimas.
—Tengo miedo que te achuren —sollozó.
—Ya ves, Dios o el Diablo han decidido que viva para cuidar de vos y del chico —la consoló, y después de conseguir que suspirara con fuerza y se limpiara los ojos, le dijo—: ¿Por qué no te vas a lo de Aurorita, a Río Cuarto, y visitás a los chicos?
Aurora era la hija menor del capataz. Se había casado bien, pero no había podido tener hijos. Como Fernando y Calandria, al salir de La Rioja, habían recogido a dos huérfanos, le permitían que se los llevara cada tanto, pues la joven les había tomado cariño.
Calandria asintió con la cabeza, casi sin mirarlo, pero reconoció:
—Capaz que ya se quieran volver, los pobres; será mejor que les haga una visita...
Él volvió a besarla, montó y se adelantó a la tropa. Cuando llegó al alto, donde el camino se hundía en el llano que se estiraba hacia Santa Fe, levantó el brazo.
Calandria lo vio partir enferma de inquietud. Era brava, de frontera, capaz de torear peligros, pero a pesar de la fuerza física, de su estatura y de su valentía, se sentía abandonada sin él.
—Viene fiera, Cala —dijo Pascual, mirando el cielo—; viene negro del sur.
La mulata, que temía a los relámpagos, se santiguó antes de que un pensamiento nuevo le golpeara las entendederas: ¿Y si lo mataba un rayo al Fernando? Sacudió la cabeza y se puso a rogar a San Cristóbal que lo protegiera en el viaje.
En el cielo, los nubarrones cambiaban rápidamente de forma, imitando sombras aterradoras: la cabeza de Mandinga, el trasero del Diablo, los genitales de Lucifer... Se resistió a mirarlos. La negra Severa, su madrina, solía decir que a veces era mejor desconocer el significado de los presagios.
Sin siquiera meditarlo, se oyó decir:
—No lo voy a ver más.
Pascual tomó la mano a Lucián, que había empezado a llorar de nuevo. Los nubarrones se tragaron el sol, y ellos entraban por las barracas a la cocina cuando el viento embistió contra las copas de los árboles, entrechocando las ramas con un ruido de huesos.
Era jueves y el viento soplaba del sur; se apresuró a entrar a la casa a rezar la oración que le enseñara Severa para el Ángel del día Jueves, y atarlo en la promesa de que cuidara de su hombre.
2. LA TRAMA DEL PASADO
“...Cada individuo fue ampliando su contexto social a través de las íntimas relaciones en que estuvo implicada su familia. Pero más allá de los favores, preferencias o solidaridades políticas que produjeron, los parentescossignificaron la permanencia en el poder de determinados grupos familiares, a través de cabezas de linajes alternativas.”
Ana Inés Ferreyra, Elite dirigente y vida cotidiana en Córdoba, 1835-1852
SAN LUIS DE LA PUNTA
MITAD DE 1840
En el atardecer, un paisano con aspecto de miliciano —chaquetilla de un azul desteñido y un sable a la cintura— cabalgaba por el largo callejón entre tapiales de la entrada a San Luis de la Punta. Si bien se oían voces tras los muros de adobe, no se veía a nadie: la tormenta que se cernía había metido a muchos en sus casas.
Frente a la plaza, la iglesia mayor y la Casa de Gobierno lucían como las describiera Samuel Haigh tiempo atrás. Todo era pobreza y apatía; diez años de guerra civil no habían pasado en vano para las provincias sin puerto.
Los nubarrones, y un vientecillo tibio y terroso, enturbiaban la claridad que quedaba. Aún no estaban encendidos los faroles de la calle.
A dos cuadras de la plaza y a cincuenta metros del descampado, se alzaban unas casas de muros muertos, sostenidos por plantas de tunas que protegían las rajaduras de las paredes. El hombre se detuvo frente a una que mostraba los faroles de la entrada arrancados y la vereda hundida; en el frontis nacían unos hierbajos que se elevaban sobre el techo. Ató el caballo al palenque de la calzada y golpeó la puerta con el talero, pero sólo le respondió el silencio. Volvió a hacerlo, se recostó contra la pared y lió un cigarro. Una vieja desdentada, con un pañuelo que le sostenía la quijada atado a la cabeza, preguntó “¿Qué hay, qué hay?” por la rendija.
—Recado de don Manuel —dijo el paisano.
La vieja le hizo señas de que entrara, cerró la puerta y sus pasos arrastrados se perdieron en la lejanía de patios y corredores mientras le hacía señas de que pasara. El hombre se quitó el sombrero, más como reflejo de una remota educación que por respeto, y siguió la desmedrada candela entre las tinieblas interiores. La cabeza de la mujer boyaba en la oscuridad y él, hombre de espacios abiertos, sintió que la casa a oscuras, con las paredes que vislumbraba cercanas, le producía un desagradable ahogo.
La luz crepuscular daba cierta claridad al patio y la maraña se enseñoreaba a metros del aljibe; en el brocal, varios gatos se lamían la pelambre, indiferentes a un perro que, encadenado, ladraba rabiosamente. En los respaldos de unos bancos derrengados, cloquearon varias gallinas. Otra débil luz flameaba a través de una puerta entreabierta, y hacia allí se dirigió la mujer.
Entraron en una habitación alta y espaciosa; unos cuantos muebles desvencijados y una más perdurable mesa componían el mobiliario, todo avaramente iluminado. Un hombre estaba sentado a la mesa, el codo en el brazo del sillón que ocupaba, la cabeza caída hacia la izquierda y sostenida por dos dedos.
El paisano insinuó un movimiento de cabeza y el dueño de casa una caída de párpados: fue todo el saludo.
—De Pampayasta —dijo el mensajero entregándole un rollo de papel atado con una cinta punzó.
El otro observó el lacrado, donde distinguió la torre con las siete banderas, lo hizo saltar con la uña y comenzó a leer.
—Esto lleva muchos días en camino —dijo agriamente al concluir la lectura.
El hombre aclaró:
—No sé cuándo la remitió el gobernador; yo la recibí hoy de mañana.
El dueño de casa no era apuesto, pero lo desagradable, más que en su físico, estaba en la expresión, en los ademanes, en aquel bajar la cabeza rehuyendo los ojos para mirar después de soslayo.
Plegó la comunicación y luego de permanecer encorvado, tamborileando sobre la mesa, murmuró:
—Dígale a Su Excelencia que allí estaré.
Se despidieron sin palabras, apenas con un gesto. Y mientras esperaba oír la puerta que se cerraría tras el intruso, el hombre de la sala se mantuvo quieto, como atrapado en un guadal de recuerdos.
Al rato entró la vieja mascullando plegarias o maldiciones y puso delante del patrón un plato hondo y una sopera donde se mecía un caldo poco prometedor; en él se distinguían presas de gallina, hígados y patas. Una yema endurecida, redonda y amarilla, flotaba en el líquido.
La anciana regresó trayendo un vaso y un botellón con vino. El hombre mondaba las patas del ave, quitando con delicadeza las uñas y los pellejos desprendidos.
El perro se había callado y los gatos entraron, alertas, restregándose contra los muebles. Acariciándolos, les ofreció un hígado, una panza, algunos cueros que los animales tomaron con melindres sin dejar de ronronear.
La mujer puso sobre la mesa una tabla de madera, con unas costillas de vaca gruesas, negras de estar al aire libre, y una bandeja que contenía queso, un cuchillo, un cuenco de arrope y una pequeña cuchara de plata.
—Soltá al perro —ordenó el hombre al tiempo que cortaba una tajada de queso, desmenuzándolo sobre el arrope. Lo removió y, con mejores maneras que aspecto, comenzó a comer. De a ratos, el maullido gutural de los felinos conseguía que él pescase algo de la sopa y se los entregara en la boca, sin descuidar a ninguno.
Un perro enorme y de aspecto feroz, que apenas mereció un bufido protocolar de los gatos, entró a los saltos, gimiendo de excitación. Puso las patas sobre el sillón e intentó lamerle la cara, y él lo esquivó sin desagrado, acariciándolo. Después de unos segundos, lo apartó, le ofreció uno de los huesos de costilla y colocó el cuenco de madera en el suelo. El animal comió vorazmente y luego, ante los ojos vigilantes de los felinos que habían saltado sobre los muebles, correteó olisqueando el rastro del mensajero.
Cuando el hombre acabó el postre, bebió dos tragos de vino, enjuagándose la boca con él. Se puso de pie, bajo, compacto y fuerte a pesar de la edad, y aunque el pelo le huía de la frente, le colgaba tapándole las orejas. El bigote le daba aspecto de malvado.
La higiene se redujo a limpiarse los labios y las manos con el pañuelo; alzando al gato amarillo, peludo y de ojos salvajes que había saltado sobre la mesa —su preferido—, tomó la palmatoria y se perdió en las impenetrables tinieblas de los corredores, guiado, más que por la luz, por los saltos complacidos del perro.
Acariciando con el mentón la cabeza del gato, pensó en el ofrecimiento de su tío político —que era menor que él, por esas circunstancias de las familias prolíficas—, don Manuel López “Quebracho”.
“Por supuesto que iré a Córdoba”, se regocijó. “Por supuesto que aceptaré el cargo que Manuel quiera ofrecerme. Le pediré una plaza en Propiedades...”, y al abrir el cuarto donde dormía, más miserable que pobre, dejó al gato sobre la cama y la palmatoria en un banquito.
En pocas semanas podría viajar. Posiblemente Quebracho resintiera la falta de aquel que fuera su protector, el gobernador de Santa Fe, don Estanislao López, muerto hacía unos años. Mientras se quitaba la levita, murmuró: “No me iré antes de cobrarle a Alves”.
El gato, sobre las mantas, jugaba con su cola y el perro, sobre la estera, seguía ocupado en triturar el hueso que se había traído. El hombre cerró los postigos y puso llave a la puerta, colgando el pañuelo sobre la cerradura. Luego se dirigió a un pesado arcón, lo corrió, se arrodilló sobre el tapete y tanteó hasta dar con una baldosa suelta, tan bien calzada que nadie lo habría notado. La levantó con un cuchillo y, metiendo la mano en el hueco, quitó primero unas piedras, después unos ladrillos para por fin sacar un morral de cuero de potrillo, bastante pesado.
Se sentó sobre la cama, retiró del morral un gran pañuelo y volcó su contenido sobre la manta: algunas monedas de oro y muchas de plata, joyas y pequeños objetos preciosos brillaron sobre el terciopelo carmesí.
Se entretuvo acariciándolas mientras se preguntaba por los Osorio, cuyo recuerdo había despertado la carta. “¿Vivirá Doña Adelaida? ¿Y Francisca?” Sabía que Carlos y Felipe habían muerto, y sin pudor reconocía que se alegraba del asesinato de ambos. Sabía, como sabía todo lo que ocurría en la región, que Fernando, el Payo Osorio, el Chañarito de los indios —quien había matado a su sobrino preferido porque éste le disparó desde el techo de su tienda a un ranquel que pasaba por la calle—, vivía ahora en Los Algarrobos, amancebado con una negra y ya padre de un mulato. Bien se lo merecía Carlos: la hija aquella, Luz, casi se le escapa con un indio, y el hijo, con una esclava.
Sus dedos tomaron un alfiler de corbata, de oro y con un ónix grande, acorazonado. La expresión se le volvió sombría. Cuando sacudió la cabeza para librarse del recuerdo que le enturbiaba la mirada, el cabello entrecano se corrió y mostró un agujero contraído y rojizo: le habían rebanado la oreja izquierda a ras de cráneo. Se encogió como un mochuelo y se alisó el pelo, ocultando la horrible mutilación.
Sopesó la joya mientras pensaba en aquel gaucho malo al que había contratado varias veces para convencer a algunos propietarios pobres, renuentes a venderle tierras o minas abandonadas. Decían que se había refugiado en las tolderías pero él sabía cómo contactarlo; la vida entre indios y cristianos, en la frontera, era un extraño vínculo de matanzas y pactos. Aunque todavía dudaba en encargar a aquel facineroso lo que tenía en mente, la idea le satisfacía. Vengar la sangre.
—Por ti será —murmuró, pensando en su sobrino muerto, el que hubiera heredado sus bienes, al que quería como si fuera el hijo que nunca tuvo. Al que un Osorio levantisco y aindiado había matado de un tiro.
—Por ti, y por los muertos y las injurias que me deben.
Guardó el tesoro, y acariciando al gato y dejando que el mastín le lamiera la otra mano, se acostó entre las sábanas remendadas. Todavía sonreía.
3. CORRER LA SUERTE
“Nunca Rosas se había encontrado en una situación más apurada. La Francia bloqueaba sus puertos; las provincias se habían alzado contra él. El Estado Oriental se preparaba para atacarlo; sus ejércitos, desmoralizados, huían ante los libertadores. Y Lavalle, en estas circunstancias, no tenía más que estirar el brazo para tocar con su lanza las puertas de Buenos Aires.”
Margariños Cervantes, Estudios históricos
CIUDAD DE BUENOS AIRES
FINALES DE 1840
Una semana atrás, en la sala del hotel de Faunch, Ignacia observaba a su madre discutir sobre cómo salir de la ciudad rumbo a las provincias del interior.
Habían llegado hacía menos de un mes, con dos criadas andaluzas, un joven sacerdote franciscano, el padre Filemón, un muchachito moreno que habían tomado en Montevideo... y el halcón.
No había sido sencillo traer a Zegrí desde Galicia, y en un momento Ignacia estuvo tentada de dejarlo en Vigo, a cargo del maestro de cuadra, para que se lo entregase a su marido. Pero la solución vino, inesperadamente, de parte de su tío el juez, Braz Ramires de Castro, que, al ser consultado por doña Leonarda sobre la situación de su hija —y del pájaro—, les dio un dato que solucionó las cosas: el halconero de los Andrada, amigos de los Ramires de Castro y parientes del tutor del joven emperador de Brasil, don Pedro II, viajaba a América llevando de regalo unas cuantas aves de presa. Él podría encargarse de Zegrí en el viaje. Tras algunas deliberaciones, las señoras cruzaron la frontera hacia Oporto, donde se encontraron con su pariente,
