¡Cuánto cuento!

María Elena Walsh

Fragmento

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Lo que van a leer es la historia de un nativo de esta isla olvidada en los mapas, alguna vez conquistada por los romanos, que se murieron todos de aburrimiento.

Los nimedios eran petisos, pero este nimedio que yo digo era alto, les llevaba una cabeza a casi todos los demás.

Un día su mamá le dijo:

—Diluvio, andá a la feria y pedí que te fíen una sandía.

—Estoy leyendo Veinte mil leguas de viaje submarino, bondadosa madre mía.

—Salí del agua, secate y andá.

Diluvio cerró el libro y allá se fue, cortando camino por una antigua calle de piedra que atravesaba un campito abandonado. Redondeó el brazo, con la mano en la cintura, preparándose para llevar la sandía.

Diluvio andaba siempre cabizbajo y pensativo. Por ejemplo, esa mañana seguía metido en su libro y en el fondo del mar, discutiendo con un pulpo.

Además, caminaba medio jorobado porque le daba vergüenza ser tan alto: los otros chicos lo cargaban. Hasta se le trepaban a los hombros para aplastarlo.

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Diluvio no perdía el buen humor, a pesar de que su propio padre, que era bastante bestia, solía murmurar: qué otario este Diluvio.

Fue a la feria y le fiaron la sandía de mala gana.

En el campito, escondida detrás de una gigantesca planta de ortiga, lo esperaba Ulrica para hacerle alguna perrería, porque era la chica más mala de Nimedia, lo que es mucho decir.

Ulrica torció una rama para que quedara a la altura de la cabeza de Diluvio y esperó. Al pasar su amigo, siempre mirando para abajo, tropezó y se cayó. La sandía también se cayó y se partió, y se desparramaron las semillas.

Ulrica se reía tapándose la boca con una mano flaca llena de anillos mientras Diluvio trataba de unir los pedazos. Se sentó en una piedra y vio que las semillas de la sandía no eran negras sino de un feo color terroso, quizás estaban podridas.

Limpió la fruta y arrojó las semillas, pero se guardó unas cuantas en el bolsillo, pensando que las secaría al sol y le servirían para jugar. Otras rodaron por ahí.

Ulrica, acariciando un ciempiés y mascando una hoja de ortiga, miraba la escena. Vio cómo Diluvio juntaba tan bien los pedazos que la sandía parecía enterita. Vio que ahuecaba el brazo, la cargaba y se iba.

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Ulrica fue corriendo a curiosear las semillas y a fuerza de escupirlas y frotarlas les sacó brillo y decidió que eran de oro, ideales para hacerse una pulsera de siete vueltas.

Las guardó en su caja de tesoros: escorpiones, lagartijas y ratones muertos por sus propias manos y disecados al sol. No reparó en que algunas semillas habían quedado escondidas entre las piedras.

Y enseguida pensó:

—¿Qué hace la gente que encuentra pepitas de oro? ¡Buscar más pepitas de oro, obvio! Tengo que ir a la feria y revisar todas las sandías.

Sacó de su bolso una gorra y unos trapos, se miró en un espejito y dijo: ya está, ahora soy una inspectora de fruterías.

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Diluvio llegó a su casa y fue a depositar la sandía en la cocina. La había pegado tan bien que no se notaba que estaba rota.

La madre descolgó su alfanje de la pared, lo empuñó y ferozmente partió la sandía en dos mitades igualitas. Miró la pulpa, la probó, estaba rica, pero... faltaba lo principal.

—¡Diluvio! ¿Dónde te metiste? ¿Otra vez haraganeando en el fondo del mar?

—No, estoy aquí, bajo la mesa, ma.

—¿Y qué hacés ahí?

—Tengo miedo de que se te escape el alfanje y me cortes la cabeza, ma.

—¿Alguna vez te corté la cabeza, hijito querido?

—Hasta ahora no, pero puede suceder, para que no sea tan alto.

—Tu altura no tiene remedio, será siempre el bochorno de esta familia de ilustres petisos nimedios, de apellido Petipuá.

—Me iré en el primer submarino que llegue al puerto.

—No me digas. ¿Y adónde te irás?

—Al primer país de gigantes que encuentre.

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—Pero vos no sos un gigante, sos un chico estirado nada más.

—...Y en ese país, me voy a construir una cabaña en la copa de un ombú —murmuró Diluvio.

Y se asomó debajo del mantel al oír que su santa madre pegaba un grito como para despegarle las orejas a un elefante.

—Diluvio, ¿dónde están las semillas?

—¿Eeeh?

—¿Cuándo has visto una sandía con semillas amarillas?

—No sé, será que ahora vienen así, nunca vi que nadie se comiera las semillas.

—No las como, pero las machaco bien machacadas.

Y la buena señora seguía empuñando el alfanje hasta hacer papilla la pulpa colorada.

—Las machaco, las hago polvo, las mezclo con betún y preparo mi tintura para el pelo, grandísimo nabo.

—No sabía que te teñías el pelo, ma.

—¡Y no se te ocurra decírselo a nadie, menos que menos a esa horrible amiguita que tenés!

—¿Cuál? ¿Ulrica?

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