Nunca maltrates a un perro

Fernando de Vedia

Fragmento

130 esqueletos son señal de tragedia

130 esqueletos son señal de tragedia

A Julián y Bautista les gustaban las aventuras y los misterios. Mientras otros chicos de su edad se la pasaban en las redes o con los juegos de la computadora, ellos leían libros de leyendas antiguas y eran fanáticos de los documentales sobre civilizaciones perdidas. Cuando Julián empezó en la misma escuela que Bauti, tres años atrás, en cuarto grado, los dos se hicieron inseparables.

Su última obsesión era la cultura maya. La profesora de Historia les había contado la leyenda del cenote sagrado, un pozo de más de veinte metros de profundidad, donde los mayas arrojaban ofrendas al dios de la lluvia, Chaac. Desde entonces, no dejaban de hablar sobre eso.

—¿Sabías que tiraban tesoros, y hasta sacrificaban personas? —le dijo Julián una tarde, hojeando un libro ilustrado en la biblioteca.

—¿Personas? —preguntó Bautista, con los ojos muy abiertos.

—Sí, sobre todo “jóvenes doncellas”, para que Chaac trajera lluvia. Parece que hace unos años, los arqueólogos sacaron de ahí alrededor de ciento treinta esqueletos, además de un montón de estatuillas, piezas de oro, restos de tejidos y joyas…

—¡Guauuu! Da un poco de miedo, pero ¿no sería increíble ver ese pozo?

Fue entonces cuando Julián le reveló su idea: su familia iría de vacaciones a la península de Yucatán, y quería convencer a sus padres de que invitaran a Bautista.

—Podríamos explorar el cenote y buscar restos antiguos —sugirió—. ¿Qué decís?

—¿Y qué voy a decir? ¡Que si se llega a dar, va a ser un sueño, Juli!

Después de semanas de insistir, Julián logró que sus padres aceptaran, y unos días más tarde, los dos amigos estaban volando rumbo a México.

Las atracciones turísticas en Yucatán eran muchas. Desde que aterrizaron en Cancún y durante el viaje en el auto alquilado, insistieron en visitar primero la zona arqueológica. Al ver el entusiasmo de su hijo y de Bautista, los padres de Julián aceptaron y, ni bien se instalaron en el hotel, se dirigieron hacia allá.

Cuando llegaron a la zona —cinco kilómetros cuadrados con templos y riquezas—, los adultos se entretuvieron con las explicaciones de un guía que contrataron. Pero los chicos sabían mucho más que ese hombre y enseguida se aburrieron; por eso se alejaron para ver el famoso cenote.

—¡No vayan muy lejos! —les advirtió el papá de Julián.

A medida que se acercaban, sus corazones latían

con fuerza. No había muchos turistas en ese momento, y eso los alegró: el encuentro sería exclusivo.

La vegetación salvaje formaba una barrera natural sobre los bordes del pozo, que tenía unos cincuenta metros de diámetro. Un silencio agobiante dominaba el lugar, como en el pasado, cuando la multitud se reunía para presenciar un nuevo sacrificio humano para el dios de la lluvia. Al menos así lo describían los libros que habían leído.

—Esto está demasiado tranquilo. No parece que aquí haya muerto tanta gente como decís —murmuró Bautista, mientras se asomaba al cenote.

—Pero es así —explicó Julián—. Dicen que a muchos hombres y mujeres, antes de arrojarlos les arrancaban el corazón…

—¡Qué tiernos! Igual no sé si el dios de la lluvia los escuchaba. Si antes hacía el mismo calor que hoy, mejor que se olvidaran de los sacrificios, ¿no?

Desde arriba, el pozo se veía como un oscuro agujero sin fondo. Las paredes rocosas eran empinadas y resbalosas, cubiertas de raíces y lianas.

—Vamos a bajar —dijo Julián con decisión, y señaló una soga que alguien había atado a un tronco cercano.

—¿Y si nos descubren?

—No pasa nada, es solo para mirar más de cerca.

Bajaron de a poco por la soga hasta llegar a un fondo de agua. Era oscura y espesa, como si guardara secretos de siglos. Para sorpresa de Bautista, Julián se sumergió hasta la cintura.

—¡Es bajita, Bauti! Y tiene fondo de barro. Podemos caminar, ¡metete!

—¡Ni loco! ¡Salí de ahí!

—¿Qué es eso? —dijo Julián, y señaló algo que brillaba bajo el ag

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