Diseño de portada e interior: Donagh I Matulich
La biblia del rock
Juan Manuel Cibeira
1.ª edición: octubre, 2016
© 2016 by Juan Manuel Cibeira
© Ediciones B Argentina S.A., 2016
Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina
www.edicionesb.com.ar
ISBN DIGITAL: 978-987-627-683-2
Maquetación ebook: Caurina.com
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Para ellas; Patricia,
Florencia y Camila.
Contenido
Portadilla
Créditos
Dedicatoria
Agradecimientos
Prólogo
Hubo un tiempo que fue hermoso…
# 1. Los 60, el fin de una era
# 2. Dos tipos audaces
# 3. Un festival que es leyenda
# 4. Tiempos difíciles
# 5. Santana: la furia aplacada
# 6. El largo adiós
# 7. La Biblia del rock
# 8. La prensa internacional del rock
# 9. Pelo, el rock y la dictadura
# 10. La vanguardia acústica
# 11. La fiesta inolvidable
# 12. Cerca de la revolución
# 13. El contacto con los lectores
# 14. Somos los campeones
# 15. La hora del rock nacional
# 16. Rock a cielo abierto
# 17. Lluvia, barro y rock and roll
# 18. Derechos, humanos y... extras
# 19. Bienvenidos a la jungla
# 20. La reina del sexo
# 21. Viaje a la tierra de la fantasía
# 22. No habrá ninguna igual
# 23. El libro del año
# 24. Los personajes de la revista
# 25. Los dueños de la redacción
Álbum fotográfico
Agradecimientos
Al Fondo Metropolitano de las Artes y las Ciencias del Ministerio de Cultura del Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires por su apoyo.
A Melina Dorfman, cuya inclaudicable voluntad hizo posible este libro.
Daniel Ripoll, fundador de Pelo y maestro de periodismo.
Silvia Itkin, Soledad di Luca y Oscar Finkelstein de Ediciones B.
A todos los músicos, periodistas, productores y locos en general con los que compartí ese fantástico viaje con la revista Pelo.
Prólogo
La historia de la revista Pelo es una historia típica de los años 70, cuando en el país todavía era muy importante el desarrollo de una idea. La libre iniciativa, el trabajo en equipo y el esfuerzo constituían todavía valores que podían garantizar cierta posibilidad de éxito en un entramado social y cultural infinitamente más inocente que hoy, aunque probablemente más intolerante.
Estaba terminando el año 1969. En las radios sonaba el tema “La balsa” interpretado por un conjunto rosarino denominado Los Gatos. Argentina vivía bajo una cíclica dictadura militar, en esa oportunidad la del general Onganía. Los Beatles eran conocidos en Buenos Aires desde hacía dos o tres años. Comenzaba a hablarse de hippismo, psicodelia, flower power, la movida de la ciudad de San Francisco, y llegaban versiones contradictorias de un extraordinario festival cerca de Nueva York, en un paraje llamado Woodstock.
Junto con un grupo de amigos, en ese mes de noviembre del 69 habíamos organizado para la revista Pinap el primer Festival de Música Progresiva de la Argentina. Lo hicimos en un anfiteatro muy lindo y sin ningún tipo de barreras, que había sobrevivido a una gran Feria de Expo para promover la Argentina, que años antes había organizado el presidente democrático Arturo Frondizi. De esa época y de esa Expo solo sobrevive el puente peatonal curvo sobre la avenida Figueroa Alcorta que hoy utilizan miles de estudiantes para llegar a la Facultad de Derecho de la UBA.
Aquel anfiteatro estaba en el cruce de las avenidas Figueroa Alcorta y Pueyrredón, en lo que hoy es la playa de estacionamiento del Centro de Exposiciones de la Ciudad. En ese momento, todo el movimiento de música, pintura y teatro moderno alternativo estaba concentrado en pocos puntos de la ciudad. Uno de ellos, sobre todo durante los días de semana, era todo lo que rodeaba a una organización pro arte que funcionaba en la calle Florida y Paraguay.
Se trataba de una fundación creada por el padre del que fue ministro de Relaciones Exteriores del gobierno de Carlos Menem, Guido Di Tella. Esa familia había construido el primer conglomerado industrial de los años 50 y 60 de producción de bienes sustitutivos. Ellos hacían las famosísimas heladeras Siam y los automóviles Siam Di Tella, tres o cuatro modelos derivados de licencias británicas de Morris y MG.
Di Tella padre era muy afecto a las expresiones artísticas, y sus hijos, entre ellos Guido, que habían estudiado en Londres, lo entusiasmaron para que descontara impuestos de las fabulosas ganancias de la compañía promoviendo una fundación que albergara todas las manifestaciones del campo de la modernidad en diferentes áreas. De ese modo se creó el todavía famoso Instituto Di Tella. Allí hacía investigaciones sociológicas Gino Germani, exponían pinturas irreverentes Marta Minujín y Jorge de la Vega, había muestras fotográficas de Oscar Bony, y Roberto Villanueva y José María Paolantonio experimentaban con teatro. La música estaba más inclinada a promover gente del café concert, como Nacha Guevara y Les Luthiers, que a sostener a nuevos grupos musicales que, como Almendra y Manal, consiguieron hacer alguna presentación.
Cerca de allí estaba el bar Moderno, verdadero refugio urbano con mayoría de pintores y minoría de músicos. A la vuelta, sobre la calle San Martín, el teatro Payró acogió los primeros recitales de música rock o beat, como se la llamaba en ese momento. Almendra tocó allí y en esa oportunidad un policía entró a la sala para llevarse detenido al bajista del grupo, Emilio del Guercio.
El otro punto de la modernidad de la época era Plaza Francia. Todos los domingos, allí en la bajada de la Recoleta, se reunían espontáneamente los artesanos (entre ellos los primeros hippies), los grupos de muchachos que cantaban y tocaban la guitarra y todos aquellos que desafiando la mirada policial andaban con el pelo un poco largo, como los primeros Beatles. Tener el pelo así, para la época, era arriesgarse a ser remitido a la comisaría, donde después de 12 horas y un par de trompadas y gastadas, te dejaban ir pero con la cabeza más rapada que una bocha.
El circuito se completaba con un boliche muy chiquito que se llamaba La Cueva de Passarotus, un antro de la calle Pueyrredón donde tocaban varios de los mejores músicos de jazz de la época: el baterista Osvaldito López, Jorge López Ruiz, el Zurdo Roizner, Bernardo Baraj y algunos pocos músicos de rock, entre ellos Javier Martínez, Roberto Sánchez (Sandro) y otros del beat, como Litto Nebbia, Ciro Fogliatta, Oscar Moro, Tanguito, Pajarito Zaguri, Moris y otros cuyos nombres quedaron borrados en la neblina del tiempo. Se dice que allí se escuchó por primera vez “La balsa”, cantada a dúo por Litto Nebbia y Tanguito. Yo no la escuché por entonces, pero puede haber sido. Todo estaba muy mezclado: había músicos de distintas corrientes y pocos prejuicios; hasta Billy Bond, que para la época era un cantante pop de tevé cuyo mayor éxito era “Mi limón, mi limonero”.
La ubicación de los centros de irradiación de la modernidad, tanto en música como en plástica o movimientos culturales, no era casual. En esas zonas se movía el ambiente intelectual, informado, progresista y, de alguna manera, de resistencia a la patética dictadura de las ambiciones militares. Pero sin embargo, eran grupos elitistas. El rock y el beat no eran músicas populares o conocidas por diversas capas sociales. No se pasaba por la radio, no había conciertos y los discos se editaban muchos meses o años después de aparecidos en sus países de origen.
La juventud popular escuchaba a Palito Ortega, Bárbara y Dick, Lalo Fransen, Johnny Tedesco, Violeta Rivas y una caterva de cantantes similares que nosotros, para diferenciarnos, encerramos en el despectivo (y a la larga exitoso) mote de “música complaciente”, complaciente con todo el orden existente: la sociedad tal como era, con la policía omnipotente, con los militares y con una organización cultural que no permitía el trasvasamiento ni los cambios demasiado arrojados.
Pero la calle Florida, en sus cercanías con Santa Fe, y todo el ámbito de la Recoleta, eran como “zonas liberadas” donde la juventud se podía expresar un poco más libremente no tanto en sus ideas sino en sus devociones y preferencias. Las ideas políticas, al contrario, fueron propiedad de grupos de otra procedencia, de un orden más militarista y absolutamente violento, que derivó en un proceso de enfrentamiento armado de consecuencias terribles para la Argentina. Por el contrario, los beats, los rockeros y los llamados hippies de la época fueron apaleados, perseguidos y criticados por los dos bandos: los militares y el establishment que los sostenía, y las fuerzas políticas violentas que los combatían.
A pesar de que eran tiempos de profundos prejuicios, pudimos arrancarle el préstamo del anfiteatro a la Secretaria de Cultura de la Municipalidad. Nos interesaba esa zona libre porque allí estaba nuestro “ambiente”, nuestra gente, la que entendía de la cosa y la que, de boca en boca, pasó la onda de este primer festival donde la gente pudiera juntarse, reconocerse y escuchar la música que les gustaba en su propia lengua, una cosa rarísima para la época, donde solo la música moderna de segunda categoría era cantada en español.
Una vez que, con artilugios de “juventud”, “nuevas ondas” y “paz y amor”, conseguimos el lugar, nos dedicamos a preparar un festival sin tener ningún tipo de experiencia. Lo único extra que nos largó la Municipalidad fue una especie de telón de fondo en madera aglomerada, que nosotros nos encargamos de pintar de amarillo con el isologo del festival que denominamos de la “Música Beat & Pop”. Por lo demás, cero total: no había camarines, boleterías ni seguridad alguna. Nada. Todo fue “a la que te criaste”. Y salió bien.
Allí debutaron para el público masivo Manal, Almendra, Conexión N°5 (¡que todavía cantaban en inglés!), Los In, un grupo llamado Cristal en el que figuraba el casi niño Miguel Mateos (Zas), Pajarito Zaguri y la Barra de Chocolate, Moris, el inglés Mel Williams y una serie de grupos cuya identidad era que cantaban en castellano y componían sus propios temas.
Ese movimiento musical que había explotado casi sin querer tenía también unas tímidas y experimentales publicaciones que trataban de reconocer lo que estaba pasando: por entonces surgieron JV, La Bella Gente (un engendro que hablaba de jóvenes desde un lugar “concheto”) y Pinap, una revista de la que yo era secretario de Redacción y que en veinte ediciones había derivado del pop hacia un tímido rock cuya máxima expresión eran los Beatles y los Rolling Stones.
Pero el mundo estaba cambiando, la Argentina se estaba poniendo menos inocente y el rock comenzaba a bullir desde su capullito de “beat and pop”. Debajo había algo fuerte. El festival tuvo gran repercusión en los diarios e la época, se empezaba a decir que había una música nueva, fuerte, “ruidosa” y cantada en castellano, con letras que “decían cosas”. Ya no podía quedar reducida a un jueguito de entretenimiento de unos modernitos que pululaban alrededor del Di Tella o de la Recoleta. Los grupos querían tocar, querían estar en las radios y comunicar lo que hacían. El movimiento no tenía cómo canalizar sus ideas y expresar lo que pensaba.
Cuando terminó el festival no lo dudamos más: con un grupo de amigos y colegas diseñadores y periodistas buscamos un local para lanzar una revista. En la época estaban de moda “las cuevas”. La famosa de Liverpool (The Cavern) y la vernácula de la calle Pueyrredón. Nosotros también tuvimos la nuestra: un sótano en la esquina de Independencia y Entre Ríos fue la primera improvisada redacción de la revista Pelo. Desde allí salió el número 1, una edición que hoy es inhallable y que —dicen—solo se consigue en el mercado del usado tras entregar a cambio algunos billetes de cien dólares.
Esa es la verdadera esencia de la génesis de Pelo. Fueron muchos los que ayudaron a la gestación. Nosotros queríamos representar al movimiento, pero los músicos de la época también nos ayudaron mucho. Éramos parte de ellos. Estábamos todos luchando por lo mismo. Los que estuvieron muy cerca fueron: los Almendra, los Manal, Litto Nebbia, Moris y Pajarito. Y entre los que no eran músicos pero tenían que ver con la música, Aníbal Gruart, Jorge Álvarez, Pedro Pujó, Charlie Grilli, Marta Minujín y Fabián Ross.
Muchos se preguntan hoy cuál es el motivo por el que la revista se llama Pelo. Me pareció que en ese momento era la palabra más contracultural e irritativa y que, por otra parte, significaba la expresión silenciosa y pacífica del deseo de libertad para la expresión y para la individualidad. Tener el pelo largo, o de un modo no convencional, era una forma de resistencia, de decir no, de decir no queremos ser iguales a todo lo instituido. Desde aquel primer número pasaron más de 40 años. Pelo es una revista reconocida por todas las generaciones y significa rock y música libre en la Argentina. Afortunadamente pude cumplir con lo que decía en el editorial del primer número:
“Este año (1970), después de tanto tiempo de utilizables confusiones y música complaciente, aparenta ser el definitivo para que se produzca el necesario decantamiento de la música pop (popular) argentina. La etapa parece iniciarse con la aparición de tres importantes long plays: el de Los Gatos, Almendra y Manal, tres elementos clave para prever la futura música nacional. Tal vez, todas estas pautas sean premonitorias de la alborada de una música pop más honesta, a pesar de la inevitable comercialización; pero realizada con mayor seriedad, estudio e integrada a la Argentina real”.
Daniel Ripoll1
1 Cr
