
Nuestra sociedad está dirigida por personas
locas por insanos objetivos. Creo que estamos
siendo manejados por maníacos para fines
maníacos y creo que es posible que me consideren
loco por decir esto. Es la última locura.
JOHN LENNON
Imagínate que una persona muy atractiva del sexo de tu preferencia se sienta delante de ti y te dice sonriendo: «¡Eres la persona más maravillosa que he conocido nunca!» Tú notas directamente que no es una broma, que esa persona lo dice en serio. Él (o ella) te pregunta cosas sobre ti, quiere saberlo todo. No habla en absoluto de sí mismo y se comporta como si vosotros dos estuvieseis solos en la sala. Se centra en ti como persona y hace que te sientas bien, mucho mejor de lo que te has sentido nunca. La persona en cuestión expresa su admiración hacia ti, solo dice cosas agradables y expresa sentimientos de la índole que tú has deseado oír toda tu vida. Parece que entiende exactamente quién eres, cómo eres, qué te gusta y qué no te gusta. Parece que finalmente has encontrado a tu alma gemela. Extrañamente, te llega al corazón de una forma que no te había ocurrido antes.
¿Puedes visualizarlo delante de ti? ¿Puedes sentirlo en tu interior? ¿No sería maravilloso?
Ahora, la pregunta: ¿puedes mirarte en el espejo y decir honradamente que a ti eso no te afectaría? ¿Crees que estás por encima de semejantes argucias románticas y que enseguida empezarías a sospechar y a entender que lo que esa persona está buscando realmente es algo bien distinto? Si no tu cuerpo, entonces probablemente tu dinero.
Piénsalo detenidamente antes de contestar. Porque si no has estado nunca en una situación semejante, no verás el peligro. Esta persona te contará sus secretos, y él (o ella) conseguirá que reveles los tuyos. Tú responderás a todas sus preguntas interesadas cuyo único propósito es averiguar todo lo posible sobre ti.
Hace unos años escribí un libro titulado El hombre que estaba rodeado de idiotas. Cómo entender a aquellos que no podemos entender (Aguilar, 2017). Trataba de los aspectos básicos del lenguaje DISA (siglas del inglés dominance, influence, stability y analysis), una de las formas más habituales de describir la comunicación humana y las diferencias entre nuestros distintos comportamientos. El libro se convirtió en un éxito, algo que no esperaba. Creo que eso tiene que ver con el hecho de que hay muchas personas que, como yo, están fascinadas por el comportamiento, de otros claro está, pero sobre todo del suyo. Y habrá que admitirlo: ¡yo soy una persona interesante! Al menos para mí mismo.
La división que utilizo, tanto en este libro como en el anterior, está basada en las investigaciones de William Moulton Marston, y consta de cuatro categorías principales representadas con colores como soporte pedagógico para la memoria. Son los comportamientos rojo, amarillo, verde y azul. El rojo para la actitud dominante, el amarillo representa la inspiración, el verde la estabilidad y el azul la capacidad analítica. En los siguientes capítulos haré un recorrido de lo que significan en la práctica los diferentes colores. Esta herramienta se puede utilizar para saber cómo funcionan las personas pero, lógicamente, no da respuesta a todas las preguntas.
Las personas somos realmente demasiado complejas para que se nos pueda describir por completo, pero cuanto más se sabe, más fácil resulta ver las diferencias que, a pesar de todo, existen. Este método proporciona quizás el 80 por ciento de la totalidad del puzle. Es mucho, pero faltan piezas. Hay otros aspectos a los que hay que prestar atención: la perspectiva de género, la edad, las diferencias culturales, la motivación, la inteligencia, el interés, las experiencias de todo tipo; si uno es nuevo en el trabajo o un veterano con experiencia; el lugar que ocupas por edad entre los hermanos y muchos otros aspectos. Para simplificar, basta con constatar que el puzle está formado por muchas piezas.
Ahora vayamos al problema
Con el tiempo se ha comprobado que algunas personas deciden utilizar este conocimiento de forma incorrecta. Y esa no fue nunca mi intención. Por eso, ahora lo que quiero es ponerte en guardia ante esos individuos. Una pregunta frecuente que me han hecho en relación con el libro El hombre que estaba rodeado de idiotas es si uno puede tener todos los colores. «Yo tengo un poco de cada color», dicen algunos lectores en la larga lista de correos electrónicos que he recibido. Y, por supuesto, uno puede tener esa percepción. A veces reacciono como un rojo, a menudo como un amarillo y verde, pero en ciertas ocasiones soy sin duda azul. En realidad, la respuesta a esta pregunta es bastante sencilla: todos tenemos la capacidad de emplear el comportamiento que queremos, gracias a que somos seres inteligentes que podemos pensar por nosotros mismos. A medida que aumenta su propia percepción, una persona amarilla sabe cuándo es el momento de cerrar la boca y abrir los oídos. Y una persona verde puede aprender a decir lo que piensa aunque eso pueda acarrearle conflictos. Pero, básicamente, suelen ser dos los colores que predominan en un comportamiento.
Una experiencia desagradable
Aproximadamente un año después de la publicación de El hombre que estaba rodeado de idiotas ocurrió un acontecimiento extraño y desagradable. Un hombre joven se acercó a mí después de una conferencia que pronuncié en una universidad. El joven se plantó frente a mí, cara a cara, apartando como pudo a otras personas que querían acercarse a mí para hacerme alguna pregunta. Me miró fijamente y dijo que él no se reconocía en ninguno de los colores. Le pregunté qué quería decir, y dijo que nada de lo que yo había descrito encajaba con él. Insinuó que él era el quinto color. Además quería saber más sobre qué tenía que hacer para adaptarse a los otros colores. Quería saber cómo se conseguía, y su propia formulación fue interesante: quería saber cómo podía utilizar este conocimiento de la mejor manera posible.
De acuerdo.
Le di una respuesta estándar porque no tenía ninguna posibilidad de ponerme a analizarlo donde estábamos, y cuando se dio cuenta de que no iba a conseguir nada con sus afirmaciones, se hizo a un lado. Pero no abandonó la sala, sino que se alejó unos metros y se quedó observándome todo el tiempo hasta que yo recogí mis cosas.
Por cierto, ¿qué digo observándome? La verdad es que me miró fijamente de una forma casi descarada durante, quizá, diez minutos. Vi que se acercaban a él personas, lo saludaban y sonreían. Y él respondía cada vez con una sonrisa. Aunque en realidad lo que hacía no era sonreír. Fingía que sonreía. Torcía la cara haciendo una mueca extraña, una especie de simulación de una sonrisa. Algunas de las personas a las que sonrió reaccionaron, parecían extrañadas, mientras que otras no notaron nada raro. Y después de cada «sonrisa», el joven volvía a mirarme fijamente, serio y concentrado. Fue francamente desagradable.
¿A qué se refería realmente con «utilizar este conocimiento de la mejor manera posible?»
Me di cuenta de que aquel joven tenía razón en una cosa: el lenguaje DISA no encaja realmente con todos. De hecho hay una parte de la población a la que es imposible categorizar. Se trata de personas desagradables ante las que hay que ir con mucho cuidado. Todos hemos oído historias de maestros de la manipulación, seductores, estafadores. «¿Cómo pudo engañarme tanto?», suele ser el comentario de las víctimas. «¿Cómo no vi que era un estafador?»
Sí, ¿cómo? Esos individuos saben cómo cambiar tu propio comportamiento en contra tuyo. Tienen un conocimiento instintivo de cómo manipular a una persona para que haga prácticamente cualquier cosa. Y en principio pueden embaucar a cualquiera utilizando lo que han aprendido acerca de esa persona. Y su objetivo es siempre el mismo: conseguir lo que quieren. Tras sus huellas quedan la tropelía y el caos…
Entonces la pregunta es: si una persona no tiene una personalidad propia, sino que siempre refleja la de quien tiene frente a él, ¿qué es? No es rojo ni amarillo y, definitivamente, no es verde ni azul. ¿Es de todos los colores? ¿El quinto color? La respuesta es: nada de eso. Ese tipo es algo mucho peor, algo que no se puede categorizar de la manera que categorizamos a las personas normales. Se trata de un ser que no tiene personalidad propia, que solo imita lo que ve, en su propio beneficio. Es una especie de camaleón con un programa oculto que solo él conoce. Y podemos estar seguros de que ese plan solo lo beneficia a él.
Yo diría más bien: una persona sin color en absoluto. Porque alguien que carece de personalidad, que siempre interpreta un papel, no es una verdadera persona. Es más bien una sombra, un reflejo de la realidad, pero no real de verdad. Es una especie de estafa que deambula sobre dos piernas. Si has conocido a algún individuo de este tipo sabrás de qué estoy hablando.
Pero ¿quiénes son esos tipos de los que hablo? ¿Qué clase de personas son las que imitan como los monos lo que hacen otros? ¿Y cuál puede ser su objetivo?
Aparentar ser como todos los demás
Hablando claro: son depredadores disfrazados de personas. ¿Suena dramático? La razón es muy sencilla: es dramático. Esos individuos acaban haciendo daño a la mayoría de aquellos con quienes entran en contacto, y a menudo la víctima ni siquiera sabe quién está detrás del desastre.
Esto, querido amigo, es lo que hacen los psicópatas.
Por suerte toda esa chusma está en chirona
Los psicópatas están repartidos por la sociedad como todos los demás. Se infiltran en las empresas y en las organizaciones, realizan relativamente poco trabajo de verdad y solo en casos aislados contribuyen con algo. Rara vez piden la cuenta en el restaurante y cuando hay que pagar nunca tienen dinero. Suelen ser infieles, manipuladores y embaucadores. Son manifiestamente mentirosos; la mayoría de ellos miente incluso cuando no tienen ningún motivo para hacerlo. Pueden engañar a cualquiera para que crea en ellos, y todo lo que les digas lo vuelven contra ti. Pero no es raro que sean muy populares. Caen bien a muchos, los colocan en un pedestal y, sin duda, los respetan.
¿Cómo es posible? —te preguntarás. Buena pregunta. ¿Por qué nos cae bien una persona que es tan embustera? A mí no, piensas enseguida, a mí me caería mal desde el primer momento. Exacto. Si conocieras su verdadero yo. Pero no lo conoces. Porque él no lo muestra. Con un poco de suerte, quizá llegarás a descubrirlo al final. En el mejor de los casos, antes de que estés al borde de la ruina, hayas perdido el trabajo y te encuentres aislado de todos aquellos a los que llamabas tus amigos.
Pero espera un poco, piensas quizá. Los psicópatas son asesinos en serie y gente violenta en general. La mayoría de esos locos están entre rejas.
¡Cómo si fuera tan sencillo! Es cierto que muchos de ellos están en la cárcel porque no pudieron controlar sus impulsos. Son personas violentas y, a veces, rematadamente tontas. Cuando ven algo que quieren van y se hacen con ello, a menudo con violencia, lo que los delata enseguida. Pero la mayoría de los psicópatas no están encerrados. Los psicópatas más inteligentes y aquellos que básicamente no cometen crímenes violentos andan sueltos a nuestro alrededor como cualquiera. Son personas que no dudan en emplear cualquier medio para conseguir lo que quieren. Y tú seguro que te has encontrado con alguna.
Pero, ¿estamos realmente rodeados de ellos?
El título Rodeado de psicópatas está elegido a propósito, porque hay bastantes más psicópatas de los que la mayoría de la gente imagina, o eso creo. Quiero enseñarte cómo puedes reconocer a un maestro de la manipulación, y espero que puedas llegar a darte cuenta de lo que puedes hacer para protegerte si te encuentras con uno de ellos.
¿Cuáles son las consecuencias?
El joven de la conferencia —cuyo comportamiento extraño me estuvo dando vueltas en la cabeza durante varios meses—, con esos ojos fijos, la sonrisa fingida… Todo era muy raro. ¿Qué fue de él? No hace mucho obtuve la respuesta. Por diversas razones, tuve recientemente la ocasión de volver a la misma universidad. Busqué al jefe del departamento de la institución donde había dado la conferencia y le pregunté por aquel joven. ¿Quién era? ¿Qué me podía contar el jefe del departamento? La respuesta que me dio fue espantosa.
Habían descubierto que aquel joven había malversado alrededor de medio millón de coronas de los fondos dedicados a investigación y, finalmente, el jefe del departamento tuvo que denunciarlo a la Policía. Pero antes el joven había dejado embarazadas a dos mujeres que trabajaban en ese mismo departamento. Aquel hombre había conseguido que una de ellas fuera despedida por acoso sexual contra él; y la otra mujer intentó suicidarse después de que saliera a la luz la aventura que habían mantenido. (Estaba casada desde hacía muchos años.) Dos colaboradores estaban de baja por estrés laboral después de que el joven hubiera empezado a intrigar y a crear enredos dentro del grupo de trabajo. El jefe de grupo había dejado su puesto y el departamento se convirtió en un caos. Nadie sabía qué hacer, habían olvidado los objetivos y el grupo estuvo a punto de sucumbir.
Pero el joven había aprendido a sonreír. Había aprendido lo que tenía que hacer para parecer ese tipo agradable que caía bien a todo el mundo. Se las arregló para estar allí, durante casi dos años, hasta que lo despidieron. Nadie sospechaba de él. Siempre tenía explicaciones para todo. Y la culpa siempre era de otro.
El jefe de departamento me contó con voz temblorosa que el joven había quedado en libertad después de convencer a la Policía y al fiscal de que la malversación económica la había realizado por encargo de él. Dicho jefe de departamento —después de treinta y ocho años en la universidad en cuestión— se libró por los pelos de que lo procesaran. El dinero, por supuesto, había desaparecido y las pruebas eran tan vagas que no se pudo hacer nada contra el auténtico estafador. Pregunté adónde se había ido el joven. El jefe de departamento me dijo que acababa de conseguir un nuevo puesto de trabajo en una empresa de telecomunicaciones. Ahora era el gerente de un proyecto para una gran inversión que llevaría a esa empresa a nuevas cimas.
Esto demostraba que el joven había aprendido a «utilizar este conocimiento de la mejor manera posible».
Al jefe de departamento le caían lágrimas por las mejillas cuando terminó de contarme la historia. Fue horrible presenciarlo.
Si hubiera podido, habría analizado a ese joven. ¿Qué habría mostrado? Sinceramente, no lo sé.
No obstante, lo más aterrador es que todavía anda por ahí. Y si te tropiezas con él, es mejor que sepas cómo debes actuar. Porque si puede husmear tus debilidades hará todo lo que pueda para destrozarte. No porque te odie ni porque tenga necesariamente algo contra ti, sino porque eso es lo que hacen los psicópatas. Toman lo que quieren de ti. De la manera que sea. No les importan las consecuencias.
Seducen y engañan. Mienten y manipulan, roban y parasitan, y destruir a otras personas les da fuerza. Ese es su principal combustible.
¿Exagerado? Ni lo más mínimo. Cuando leas este libro quizá te costará conciliar el sueño por la noche. Si es tu caso, te pido disculpas de antemano.
Explicaré cómo puedes reconocer a un psicópata, y cómo puedes reconocer a una persona con rasgos psicopáticos. También te enseñaré qué puedes hacer cuando te encuentres frente a ellos.
¿Otro libro de psicópatas?
Después de la publicación de El hombre que estaba rodeado de idiotas. Cómo entender a aquellos que no podemos entender, he dado conferencias sobre el tema por toda Europa. El libro resaltaba ciertas cosas que yo siempre había dado por sentadas. Las personas son distintas unas de otras. Comprobado. Eso ya lo sabíamos. Pero, ¿en qué medida y de qué manera? Y sobre todo, ¿qué podemos hacer al respecto?
El sistema de colores, el lenguaje DISA, cuyas bases estableció Marston, explica en gran parte cómo funcionan las personas. Pero, como ya he mencionado, no explica todo. Marston fue, por ejemplo, el primer gran psicólogo que investigó la conducta de personas sanas. Tanto Jung como Freud se dedicaron principalmente a los enfermos mentales.
¿Se puede meter a todos en el sistema DISA? Lo cierto es que no. Este sistema solo funciona con personas mentalmente estables. Si tienes algún tipo de diagnóstico —como por ejemplo trastorno límite de la personalidad (TLP) (borderline), autismo severo, esquizofrenia o trastornos similares—, el método, sencillamente, no funciona. Tampoco con la psicopatía.
¿Cuántos psicópatas hay en realidad?
Espera un poco, a lo mejor crees que hay tan pocos psicópatas que casi no merece la pena preocuparse por ellos o que no pueden ser más que un tanto por mil insignificante de la población. Entiendo tu manera de pensar. Pero hay más psicópatas de los que imaginas. Según las últimas investigaciones científicas, suponen entre el 2 y el 4 por ciento de la población. A modo de comparación, puedo asegurar que son muchos más que las personas que solo presentan una conducta roja. Estos son solo alrededor del 0,5 por ciento de la población; y no obstante les dediqué bastantes páginas en el libro anterior.
Imagínate a ti mismo: si fueras un pastor con mil ovejas y oyeses decir que hay dos lobos cerca, ¿de quiénes querrías saber más? ¿De las ovejas… o de los lobos? Lógicamente querrás saber más de los lobos. Aunque no sean muchos, y aunque no vayan a matar a todas las ovejas que encuentren, sería bueno saber cómo actúan los lobos. Porque una vez que hayan decidido actuar será demasiado tarde. Entonces atacarán a las ovejas que quieran.
Cuando hablamos de psicópatas, hablamos además de los efectos secundarios que provocan a su alrededor. Su comportamiento afecta a una gran cantidad de personas porque los efectos de su forma de actuar pocas veces se detienen a su alrededor. Los daños que provocan tienen amplias consecuencias que afectan siempre a muchas más personas.
Este libro trata de cómo puedes protegerte ante estos comportamientos. A partir del sistema Marston, con los cuatro colores mostraré cómo las fortalezas y debilidades de los respectivos tipos de personalidad pueden ser aprovechadas por un psicópata sin corazón. Él (o ella) los volverá en tu contra. Esa, entre otras, es una de las razones por las que la terapia no funciona con los psicópatas. No hay cura para ellos.
En este libro voy a repetir parte de los conocimientos científicos acerca de los cuatro colores. La razón es que, si no has leído El hombre que estaba rodeado de idiotas, puedas comprender mejor el lenguaje que aparece en él y por qué algunos ejemplos son como son. Si ya has leído mi libro anterior y crees que has entendido el sistema al cien por cien, ten paciencia. Recuerda que la repetición es la madre del aprendizaje.
Cuanto más cercana a la verdad, mejor será la
mentira, y la misma verdad, cuando puede
utilizarse, es la mejor mentira.
ISAAC ASIMOV
Un ejemplo de psicopatía
El primer ejemplo de psicopatía cotidiana lo he experimentado yo mismo. He escrito varios libros y, después de la publicación de la primera novela de intriga, se puso en contacto conmigo mediante un mensaje de correo electrónico una joven que quería ser escritora. Había leído mi libro, era estupendo, ¿podía ayudarla a ser escritora? Mi idea de cómo actuar ante mis lectores es sencilla. Realmente aprecio todo contacto con quienes leen mis libros y escucharé con mucho gusto los comentarios que puedas hacerme sobre este que estás leyendo, por ejemplo. Pero no suelo enviar más de una respuesta. No me es posible iniciar diálogos más largos, por la sencilla razón de que trabajo seis días a la semana. A esta joven le envié algún tipo de respuesta estándar y no volví a pensar en el asunto. Pero esta mujer seguía enviándome mensajes y el tono se volvió cada vez más agresivo al ver que yo no contestaba.
Pasado un tiempo, la que era entonces mi pareja, recibe un correo electrónico del que se desprende que la joven —ahora con otro nombre distinto— mantiene una relación conmigo, y que nos vamos a casar. Mi pareja y yo nos quedamos pasmados, y el mensaje contenía una larga lista de acusaciones graves contra mí. Por ejemplo, que yo había tenido relaciones con más de cien chicas jóvenes y además había dejado embarazadas al menos a veinte de ellas. Todo esto en el transcurso de unos meses. (Esto condujo finalmente a que le pusiera una denuncia, y a que la Policía se preguntase asombrada cómo me quedaba tiempo para trabajar.) Hubo muchas más cosas demenciales, pero no puedo referirlas todas. Mi pareja recibió en total unos cincuenta correos electrónicos con diferente contenido, pero siempre sobre este tema.
Al mismo tiempo, y en paralelo, yo recibía correos con mensajes amorosos subidos de tono de la misma joven. Me echaba mucho de menos. Deseaba volver a verme. En cualquier caso, ¿no deberíamos ir a ver ese apartamento en el centro de Estocolmo? A través de mi perfil de Facebook, demasiado abierto entonces, ella había reunido mucha información sobre mí y sobre mi vida privada, lo cual hacía que algunas cosas de las que escribía sonaran bastante creíbles. (Aviso para navegantes: tú no sabes quién ve lo que haces en las redes, ni para qué pueden utilizarlo.)
Esto duró unos seis meses, hasta que la Policía pudo detenerla. Todo ello no era más que una audaz persecución. Con ayuda de las redes sociales de internet, la joven consiguió ponerme en una situación bastante delicada ante, entre otros, un buen número de colegas escritores como yo. Resultó horrible y bastante embarazoso para mí. Al principio ni tan siquiera sabía quién era aquella mujer.
Una enferma mental, pensarás. Una loca más. Hay muchos sueltos por ahí.
Tal vez. Pero el patrón de conducta estaba allí. La investigación policial reveló que la mujer ya había hecho lo mismo anteriormente al menos en una ocasión. Entonces, también, contra un hombre que era considerablemente mayor que ella, escritor y bastante más conocido que yo. Es posible que hayas oído hablar de él. A este hombre le afectó tanto que se despidió de su trabajo habitual. Yo hablé con él varias veces para tratar de comprender, pero ninguno de los dos entendíamos qué es lo que ella pretendía exactamente, más allá de una especie de venganza por no haber colaborado en su sueño de convertirse en escritora.
Lisbet Duvringe y Mike Florette escriben en su libro Kvinnliga psykopater (Mujeres psicópatas):
«Saborean la venganza y (las psicópatas) encuentran placer en hacer daño; disfrutan con ello. Particularmente las mujeres psicópatas parecen buscar satisfacción en la venganza emocional, la agresión social y, en este caso, en forma de rumores que crean relaciones manipuladoras, inseguras y amenazantes. Es un tipo de venganza destructiva que no aparece tan visible como la violencia física y, por lo tanto, es más difícil de identificar.»
Sé exactamente cómo se siente uno cuando se ve afectado por un comportamiento semejante. La Policía detuvo a la joven para interrogarla, y después cesó el acoso como por arte de magia. Curioso, ¿verdad? Para entonces ella ya había señalado a otras personas como posibles culpables del despropósito. Eso es lo que me reafirma en la creencia de que no estaba mentalmente enferma. Si hubiera tenido un diagnóstico, algún tipo de trastorno, entonces no habría podido parar así, de golpe. Pero ella siempre fue plenamente consciente de lo que estaba haciendo. No obstante, empezó a verle las orejas al lobo y desactivó su campaña contra mí. Probablemente iría en busca de nuevos terrenos de caza en los que pudiera seguir con su comportamiento perverso.
La Policía dijo que no habían conocido nunca a una mentirosa tan creíble. La joven parecía creer en sus propias palabras. A pesar de que ellos le ponían delante pruebas técnicas que demostraban que era ella quien estaba detrás de mi acoso (revisaron sus ordenadores y encontraron todo lo que necesitaban), la joven lo negaba todo. Y no se detuvo ahí. Contraatacó denunciándome por amenazas encubiertas. Era yo quien la perseguía a ella. Me acusó de amenazas de muerte, de haber contratado a un matón profesional con el que yo, por algún motivo inconcebible, al parecer tenía contacto. Acusaciones graves, por decirlo suavement
