El poder de renacer

María José Poblete

Fragmento

Prólogo

Muchas veces he oído a la gente decir que soy una persona con suerte. Me ven como una mujer vital, capaz de haber transformado su vida, con el coraje necesario como para tomar decisiones en virtud de auténticas motivaciones personales. Infieren que todo se reduce a una cuestión de suerte. No es así. Los logros que tuve como persona y profesional los debo a un arduo y voluntario trabajo que me ha llevado, diría sin temor a exagerar, toda la vida.

En momentos de crisis y profundo dolor, la necesidad de torcer el que parecía ser mi destino me llevó a iniciar un camino distinto al que mis padres, y yo misma, alguna vez, habíamos imaginado para mí. No tengo la fórmula de nada parecido al éxito o a la felicidad, ni siquiera creo en ella como estado permanente. Pero quiero compartir algunas reflexiones y experiencias personales, con la esperanza de que puedan servirles a otros para mejorar su calidad de vida, en la medida de que tengan la voluntad de hacerlo y estén dispuestos a encarar un proceso que seguramente terminará acercándolos a su deseo auténtico, a su pulsión de vida.

Pese a lo que muchos pudieran creer, yo no he tenido una vida fácil. Mi primer hijo (Adrián Eduardo) falleció a los dos meses de vida. Desde muy joven conocí el dolor más profundo que puede experimentar una persona. Esa pérdida me transformó para siempre. Por aquellos días empecé a vislumbrar que sólo podemos apelar a nuestros recursos internos para hacerle frente al sufrimiento.

Tuve tres hijos después de la muerte de Adrián (Silvana Beatriz, Gerardo Fabián y Laura Judith) y viví con miedo cada embarazo y cada nacimiento. En realidad, creo que — como le ocurre a tanta gente— me daba miedo vivir, y desde ese lugar hacía frente a lo que me iba sucediendo.

Me convertí en actriz —me formé con Augusto Fernández y Franklin Caicedo— y experimenté el vértigo de vivir de escenario en escenario, de gira en gira. Mis hijos crecieron viéndome correr de aquí para allá, disfrutando intensamente por momentos, pero siempre pendiente de la opinión de los demás, de esa mirada externa que tanto me importaba. Usaba mi apellido de casada —yo era, por entonces, Frida Winter— y no sabía que se avecinaban nuevos sufrimientos.

Después de una infancia y juventud de comodidades, de un día para otro, mi padre perdió todo, y se tuvo que ir a vivir al exterior. Para mí el panorama se volvió dramático: nunca había pensado en esa posibilidad y aun viviéndola no creía que eso pudiera estar sucediéndome. Sentí que no tenía recursos para hacerle frente a esa situación que me provocó tanto desamparo y confusión. Ante ese dolor imprevisible, me enfermé. Me diagnosticaron cáncer. Yo tenía tres hijos y 31 años.

Tuve que aprender a lidiar con la idea de mi propia muerte y a hacerle frente a la enfermedad. Fue muy duro, pero pude superarlo.

Vendrían más reveses con el tiempo. Agonías, finales y recomienzos: incluso después de lo peor —y de eso trata este libro— es posible renacer.

Me divorcié del padre de mis hijos luego de 38 años de matrimonio; y, tras desarrollar una prolífica carrera como actriz, teniendo 54, un día decidí bajarme del escenario para recomenzar la historia desde otro lugar: hace más de veinte años que me dedico a ejercer la Eutonía, transmitiendo las bondades de esta disciplina. Me especialicé en aplicarla durante el embarazo. He acompañado a decenas de padres y madres que se acercan a mi estudio en ese proceso tan complejo y maravilloso que es la espera de un hijo.

Suelo preguntarles cuando llegan qué es lo que quieren para el bebé, para su vida. La amplia mayoría responde: “Que sea feliz”. Entonces intento transmitirles, con humildad, una de las cosas que creo haber aprendido: antes de lo que, vulgarmente, llamamos felicidad y más importante aún, está la capacidad de disfrute: que nos hará más o menos grato este pasaje que se inicia en el nacimiento y culmina en la muerte. Nuestra fuerza vital es lo único que nos permitirá atravesar airosamente los trances más duros.

Algo de eso es lo que he querido transmitir en El poder de renacer: una invitación a repensar ciertas cuestiones que suelen atentar contra nuestro bienestar y nuestra salud, y nos limitan a la hora de elegir con sabiduría, antes de que a partir de nuestras necesidades vitales, obedeciendo a mandatos externos u obligaciones impuestas.

Las páginas que siguen son el resultado de pensamientos y acciones que dan sentido a cada día de mi vida, y que surgen de las experiencias que fui atravesando.

El profundo proceso de cambio que inicié hace muchos años es el que me permite —en una construcción permanente, dinámica, siempre inacabada, muchas veces trabajosa— descubrir quién soy, qué quiero, qué puedo y qué no, hacia dónde voy, con quién deseo estar, qué cosas estoy dispuesta a hacer y cuáles no, en virtud de qué motivaciones.

Se trata de un camino que elijo voluntariamente, que me permite vivir con coherencia, llegar a vislumbrar mi identidad y liberarme de lo que los demás “esperan” que sea.

Puedo decir con orgullo que soy una sobreviviente, que una fuerte pulsión vital me ayudó a superar distintos duelos y me permite seguir viviendo con salud, alegría y fortaleza prestándole atención a cada una de mis decisiones.

Ahora lo saben, no es cuestión de suerte.

FRIDA KAPLAN

1

La búsqueda del camino

“Somos lo que hacemos con lo

que han hecho de nosotros.”

JEAN-PAUL SARTRE

LOS DESPRENDIMIENTOS

La leyenda del Ave Fénix relata la historia de un ave capaz de renacer de sus propias cenizas. La esperanza de que cada final sea un nuevo comienzo es uno de los simbolismos que esconde esta historia. Mirando hacia atrás, veo los desprendimientos que tuve en mi vida y entiendo que después de cada uno tuve la posibilidad de renacer, de volver a ser, de ser “más” yo misma.

Recomponerse es una oportunidad recurrente que nos da la vida. Siempre podemos aprender de la dificultad que se nos presenta: en el aprendizaje está el cambio y la chance de volver a empezar.

Todos tenemos la posibilidad de parirnos a nosotros mismos.

El parto simboliza un nacimiento, pero también una separación —del hijo y de la madre— dolorosa muchas veces, pero imprescindible para la continuidad de la vida.

Hay que atravesar el canal de parto para nacer. Hay que atravesar el dolor para renacer.

Es imposible vivir sin dolor, pero es posible aprender a enfrentarlo, “atravesarlo”: cada duelo, cada pérdida y cada cambio voluntario nos fortalece, y así se puede renacer con renovadas fuerzas.

Viví muchas veces este ciclo de sufrimiento, fin y resurrección: reconozco cuando llega la instancia de sufrir y la experimento como si fuera la primera vez, pero no desespero porque sé que durará el tiempo necesario para llegar a una comprensión, elaboración y aceptación del conflicto.

Viviendo aprendí que es necesario no quedar “pegado” al dolor teniendo la voluntad de seguir. No es saludable vivir como avestruces que esconden la cabeza pensando que si no ven tampoco serán vistas, negando la realidad. Pero tampoco es positivo instalarnos en el sufrimiento para que los demás nos compadezcan y compadecernos de nosotros mismos; al menos esa no es una opción válida para mí.

Seguramente, a la hora de enfrentar la angustia habrá momentos en los que te sentirás seguro/a y liberado/a, y habrá otros en los que volverás a retroceder y quizá pienses que nunca más lograrás centrarte y volver a tu equilibrio interno. Es probable que aparezcan sensaciones de malestar en el cuerpo y tristeza en el alma. Sentirás instalarse la duda: “¿Podré salir de esta situación? ¿Cómo haré?”.

El camino del autoconocimiento y el contacto —un concepto clave— pueden conducirte a una etapa superadora.

Es posible vivir enfrentando al miedo.

Es posible vivir en paz con uno mismo.

Para continuar es necesario renacer.

Renacer es posible.

Pero primero hay que elegir…

EL RESPETO POR UNO MISMO

Muchas veces el respeto por uno mismo y el amor propio se confunden con egoísmo. El egoísmo real es propio de personas que no son capaces de salirse de su centro y actúan desde el capricho. El respeto hacia uno mismo es otra cosa: es entender lo que uno desea y necesita para responder a ese deseo, y a su vez ser capaz de brindar al otro un amor generoso, sin esperar nada a cambio, sin estar pendiente de algún beneficio secundario.

¡Cuántas veces el sufrimiento nace de la falta de respeto hacia uno mismo! Esa es, en todo caso, la primera injusticia. Nada positivo podría proyectarse a partir de quien no se respeta a sí mismo en primer lugar.

Modificar conceptos o creencias que limitan la realización personal y el autoconocimiento es un primer paso en el camino para hacer frente al dolor.

Existen recursos prácticos a partir de los que se puede iniciar un proceso de aprendizaje factible, no utópico: son los que nos permitirán vivir mejor, mitigando el dolor físico y emocional. Estos múltiples recursos los podemos incorporar a nuestra rutina, manteniéndonos atentos a la experiencia y a nuestra capacidad de actuar desde la voluntad.

El sufrimiento existe, es inevitable.

Una tendencia actual se inclina a negarlo o desconocerlo. Vivimos en la era de la analgesia: nadie quiere sufrir, nadie quiere sentirse mal. Las emociones que no son agradables son negadas, se ocultan. Todos quieren verse bien, estar bien, mostrarse todo el tiempo felices, ser exitosos.

Cada día se presentan nuevos tratamientos, nuevos medicamentos, nuevas fórmulas destinadas a hacernos creer que la vida sin sufrimiento existe realmente.

El camino del autoconocimiento propone lo contrario: registrar el dolor, respetarlo para transitarlo y aprender cuáles son los recursos que nos permitan afrontarlo y salir fortalecidos, en el mejor de los casos, de las experiencias que nos tocan vivir.

Si uno siente que cuenta con recursos se atreve a atravesar el infierno del sufrimiento. El miedo deja lugar entonces a una sensación muy distinta, la de la seguridad personal.

Cuando nos enfrentamos a la pérdida de aquello que por una razón u otra nos servía como reaseguro —el vínculo con determinadas personas, el éxito laboral, la propiedad material, el reconocimiento profesional— podemos llegar a sentirnos indefensos y angustiados frente a lo que desconocemos o no deseamos. Puede surgir la tentación de abandonar —“ya hice mucho, me puedo morir en paz”—, pero sólo hasta que se toma conciencia de que el camino de la recuperación es mucho más que una ilusión.

Es un trabajo constante que nos enfrentará a decisiones y a mandatos externos que podremos superar para volver a nuestro centro. Lo importante es entender que es un camino que tenemos la posibilidad de transitar.

A medida que transcurre la vida como hecho biológico cada uno tiene la opción de:

  1. instalarse en el pasado, en el dolor o la supuesta incapacidad; o
  2. apelar a los recursos de búsqueda interior.

Es imposible saber dónde conducirá esa búsqueda y esa incertidumbre es parte del desafío.

El aprendizaje es un proceso que termina siendo revelador. Cuando nos plantamos de cara al futuro y nos desprendemos de tensiones pasadas podemos llegar a reconectarnos con la esencia propia, con el deseo y la voluntad de superación.

Habrá quienes, llegado ese punto, no deseen hacerlo: serán quienes probablemente vivirán instalados en el sufrimiento. Otros vislumbrarán la posibilidad del cambio favorable, siempre vinculado a la comprensión de la conciencia y a la conciencia del proceso. Lo que buscamos todos es vivir bien, vivir mejor.

Claro que este aprendizaje no es un pasaje sin escalas a la alegría o al disfrute. Es lo que con esfuerzo y dedicación nos conducirá a encontrar un sentido de vida propio. La vida tendrá, entonces, otro color, y un sentido que orientará nuestros pasos.

Lo que de algún modo nos exige la vida, y lo que podemos hacer para evitar el circuito de la enfermedad, en la medida de lo posible, es alejarnos o modificar aquellos mecanismos que nos dañan. Conocer esos mecanismos, las leyes internas y los mandatos que orientan nuestras acciones, y llegar a transformarlos a favor nuestro es parte de lo que nos acerca a la posibilidad de vivir saludablemente, espontáneamente, respetando nuestras elecciones y decisiones.

2

El poder de renacer y lo misterioso de la vida

“Casi muero por todas

las lágrimas que no derramé.”

ROBERT FISHER

Muchas veces me he preguntado si es realmente posible superar dolores profundos, como puede serlo la muerte de un ser querido, y me he propuesto desentrañar el proceso interno que nos puede permitir resurgir fortalecidos. Probablemente, cada uno tenga una respuesta propia a esa pregunta, a la que habrá llegado después de atravesar determinadas experiencias y que será coherente con su propia historia. Lo que puedo decir basándome en lo que he vivido es que a partir del trauma del duelo —provocado por la pérdida de los que amamos, el fin de relaciones que fueron importantes para nosotros o por cualquiera de las circunstancias dolorosas a las que a menudo nos enfrenta la vida— es posible iniciar un trabajo interno que transforme el sufrimiento en algo vital, aunque el dolor de la pérdida conviva por siempre con nosotros.

No es fácil, claro. Es un trabajo duro que exige voluntad y creatividad, que muchas veces nos pone al límite de nuestras fuerzas. Pero es posible hacerlo.

Se da la paradoja de que, por un lado, aprendemos a vivir con el vacío que ha dejado, por caso, un ser amado (aclaro que aprender a convivir no es lo mismo que quedar “estancados” en el dolor), mientras que, por otro, podemos hacer de esa experiencia algo que nos ayude a crecer y que también sirva a otros.

El sufrimiento es parte de la vida que, así como nos propone desafíos permanentes, nos obliga a estar siempre “en duelo” por algo a medida que atravesamos experiencias y etapas que nos llevan de un punto a otro. Cuando pienso que es posible convertir el sufrimiento en algo vital no estoy hablando de olvidar o de dejar completamente atrás lo que nos hizo sufrir, sino de aprender a transitar el dolor. Cuando creemos que el sufrimiento es más de lo que somos capaces de soportar, cuando suponemos que nos ha ocurrido algo de lo que no podremos recuperarnos, o que determinados dolores físicos o emocionales podrían derribarnos, el padecimiento se adueña de nosotros y nos quita o limita nuestra capacidad de reaccionar. Muy distinto es hacerle frente, proponerse transitar el sufrimiento, habitar el dolor, para superarlo en la medida en que seamos capaces.

Muchas veces imaginamos que superar el dolor implica pasarlo por alto, dejarlo rápidamente atrás, cerrar los capítulos más tristes de nuestras vidas con la mayor eficacia y celeridad posibles. En mi experiencia, el sentido de la vida me lo ha dado, por el contrario, el ser capaz de habitar ese espacio doloroso y encontrar la quietud. Una quietud que no será permanente, sino, seguramente, la transición hacia otra experiencia de vida, porque ésta es dinamismo, es movimiento. Nos lleva de una situación a otra, de una experiencia a otra, y eso es lo más estimulante.

En lugar de temer, podemos pensar: “Hoy cambiaron los planes que tenía previstos, eso me da la posibilidad de atravesar una situación nueva para aprender de ella, siempre hay algo por descubrir”.

La imprevisibilidad nos da la posibilidad de agudizar nuestro sentido de la creatividad, así como el dolor de poner en marcha recursos que nos ayuden a atravesarlo para seguir.

QUIÉN SOY Y CÓMO LLEGUÉ HASTA AQUÍ

En este momento de mi vida —todo puede cambiar, siempre— podría definirme como una mujer en búsqueda permanente, que a cada instante intenta realimentar su pulsión vital, y a la que, en tiempos en que se impone la hiperactividad social, le interesa más entender la soledad, vivir en ella, atravesar el proceso y descubrir qué podrá aportarle, en qué podrá modificarla. Disfrutar, finalmente. Gozar de la oportunidad que surge de hacer lo que siente sin tener que responder a demandas externas ni tener que justificarse.

Atravieso una etapa en la que me propongo aprender a vivir bien, sola; voy explorando y probando a cada paso estrategias para enfrentar la situación que se presente, a la búsqueda de lo que pueda descubrir.

No siempre fui así. Como muchos, yo viví durante años respondiendo a las expectativas ajenas, pendiente de la mirada externa: yo no era yo, era el proyecto de los otros, lo que los demás esperaban que yo fuera para ellos. Esos mandatos producen vacíos internos muy intensos que van desdibujando, de algún modo, el sentido de la vida propia. Claro que el camino del cambio, o reversión de esa forma de sentir y de pensar, no es automático: requiere de un tiempo, de una necesidad profunda de liberación. En mi caso, se inició a los treinta años cuando me internaron porque me sentía muy mal. Me recomendaron una cura de sueño, porque entre otras dolencias padecía de insomnio. Terminé en un hospital.

—¿Querés fumar? —me preguntó cuando menos lo esperaba la psicóloga que vino a verme.

—No… —respondí yo, escandalizada.— ¡Acá está prohibido fumar!

—Pero vos, ¿qué querés hacer? —retrucó ella, y me dio una primera e importante lección.

Esa pregunta abrió una compuerta desconocida para mí hasta ese momento: la posibilidad de registrar mi deseo. Así inicié un camino que no fue lineal, un camino que fue acercán

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