El camino de la aceptación

Isha Escribano

Fragmento

1

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Cuenta Paul Auster que una vez, siendo adolescente, durante su estancia en un campamento de verano, se desató una furiosa tormenta eléctrica. Los azotes del cielo lo sorprendieron cruzando una alambrada a la par de sus compañeros. En medio de la descarga, el amigo que iba delante cayó fulminado por un rayo ante sus ojos. “Lo asesinaron los dioses”, resolvería el escritor estadounidense unas cuantas décadas después.

El infortunio ha grabado en sus retinas una súbita verdad a fuego: la muerte acecha entre la gente, y alevosa o reservadamente puede presentársenos en cualquier momento. Un disparo del cielo que ha despertado al muchacho de la senilidad eterna. Implacable, lo confronta con lo inevitable: lo que ha tenido principio tiene fin. El fogonazo brutal lo alecciona: la muerte no es ni vieja ni está enferma. En su paso arrollador, enceguecida, no discrimina la cabellera blanca ni la sonrisa tierna de la infancia. El cansancio le es ajeno. Su rostro es pura vitalidad. Y jamás espera a que los seres de esta tierra estemos listos.

“Esa idea está en la base de todo lo que he escrito jamás”, revelaría en su adultez el autor de Un hombre en la oscuridad, La trilogía de Nueva York y La invención de la soledad. Aunque con cierta resignación, Auster considera que es posible aceptar la muerte que sobreviene tras una larga enfermedad. E incluso la accidental, que podemos achacársela al destino. Pero, al igual que a tanta gente de carne y hueso, el asunto no le resulta tan simple frente a historias que acontecen porque sí, sin causa aparente.

“Cuando una persona fallece simplemente por su condición de persona —sostenía este incansable buscador de significados y simbolismos—, nos acerca tanto a la frontera invisible entre la vida y la muerte que no sabemos de qué lado nos encontramos. La vida se convierte en muerte, y es como si la muerte hubiese sido dueña de la vida durante toda su existencia”.

Otro incidente marcaría su prolífica obra. A los 8 años, en las puertas del estadio de béisbol de los Giants, se tropieza con el legendario Willie Mays. Su minúscula humanidad es desbordada por el asombro. La felicidad lo perturba. El pasmo le arrebata el sosiego. Temblequeando de emoción le pide al astro un autógrafo. Bondadoso, su ídolo máximo accede. Segundos después caen en la cuenta de que nadie trae consigo algo con qué firmar.

La decepción lo atraviesa. El lamento se inmortaliza. El sinsabor se afinca en la recámara de sus sentires. Un sucedido que lo visitará con frecuencia. Ensayos y guiones. Sangre y poesía. El peso de los años le enseñará que una vida es la sumatoria de inagotables contingencias, y no importa cuán diversas puedan ser en sus detalles: “Todas comparten una aleatoriedad esencial en su diseño: esto es eso, y debido a eso, esto”.

Desde entonces, Paul Auster jugará asiduamente al escondite con invenciones y soledades, ilusiones y oscuridades, con decepciones y el azar. Se fascinará con las bifurcaciones cotidianas que suceden “por error”. Pesquisará en cada incidente insustancial en apariencia. E insistirá hasta el final que descubrir el poder colosal de sinos y desventuras es descubrir que somos terriblemente frágiles y vulnerables, que dependemos de imprevistos y albures, que una coincidencia estúpida puede destrozarnos en un segundo.

A fin de cuentas, las oportunidades perdidas son parte de la cotidianidad tanto como lo son las aprovechadas. Y tal vez por eso el mayor castigo no sea reincidir en las primeras, sino dilapidar las segundas cuando se nos presentan.

Con los años fui aprendiendo que cada posibilidad que surge y desaparece es parte de un flujo constante y armonioso, un aspecto inevitable de la esencia de todas las cosas. Una “oportunidad perdida” no es algo que deba lamentarse. De hecho, nunca “perdemos” nada verdaderamente, puesto que todo aquello que no sucede es también parte de nuestro aprendizaje evolutivo. Además, no olvidemos que llegamos a este plano en un estado de despojamiento abisal, y es así mismo también como lo abandonaremos. De la nada a la nada. De la tierra al polvo. De las llamas voraces a las cenizas eternas.

Una “oportunidad aprovechada”, por su parte, no es necesariamente un éxito ni un logro personal, no al menos en lo que a los minúsculos asuntos del ego y sus pequeñas ambiciones se refiere, sino más bien sería un acto de alineación universal, en perfecta sintonía con el presente.

Cuando entendemos que cada instante es completo —no le falta ni le sobra nada—, lo que distingue las oportunidades “perdidas” de las “aprovechadas” es la disposición a soltar las expectativas —“dejo” que la vida me sorprenda— y a darle la bienvenida a cada situación.

La genuina actitud de “estar armonía” con lo que es conduce a una forma de existir sin esfuerzo, a un transcurrir placentero, como una hoja de árbol que se permite ser llevada por los brazos del viento. Llegado un punto, sonreímos no porque la vida sea “perfecta”, sino porque nos hemos emancipado para siempre de la ilusión de que así debería ser.

Prácticamente nada es como deseamos, como soñamos. Más allá de los opuestos, la realidad simplemente es. Cuestionarla es acaso una de las más infelices formas de ignorancia. Objetarla, un salvoconducto al padecimiento eterno. Resistirla, el pináculo de la estupidez. Y, a decir verdad, aunque la narrativa de nuestras mentes diga lo contrario, no tenemos ninguna razón para desconfiar del mundo, pues no es cierto eso de que está en contra de nosotros los humanos. “Si tienes espantos, son nuestros espantos; si tienes abismos, esos abismos nos pertenecen; si hay peligros, debemos intentar amarlos”, como ha sugerido Rainer Rilke.

Ahora bien, ¿y si no es posible adherirse a lo que nos propone el poeta? En tal caso, aún queda una elección posible: negar, rechazar o desafiar el presente tal cual es. Casi una derivación binaria. Le doy la bienvenida o lo resisto con el alma entera. Y más allá de la trama, el personaje o el lugar, observaremos un condimento narrativo recurrente: las ansias por la libertad.

En última instancia, no existe drama que no gire y se sostenga en torno al mismo hilo conductor: la redención. El punto final de la devastadora lucha contra lo inevitable.

“Quien se aflige o se indigna de un suceso cualquiera se asemeja al cordero que, durante el sacrificio, patalea y gruñe. Y lo mismo sucede, créelo bien, con la persona que, extendida en su cama, deplora allí solo el destino que nos subyuga”. Así nos advierte Marco Aurelio, con sorprendente vigencia, en un pasaje de sus célebres Meditaciones, más de dos mil años después.

“Piensa también que solo al ser racional se le ha dado el poder de aceptar voluntariamente todo cuanto le suceda. Porque el ceder a ello, simplemente es para todos los seres una cosa inevitable”. Las palabras del emperador romano, fiel reflejo de su filosofía estoica, son una franca invitación a recibir con serenidad lo que es, en lugar de resistirnos inútilmente frente a lo que no podemos controlar. Después de todo, ¿qué podemos dominar en nuestras vidas, salvo algunas determinaciones pueriles como peinarnos de tal o cual manera, contestar o no un llamado, o dejar pasar el desayuno?

Bajo el manto milagroso de la existencia humana, amaneceres y ocasos nos zamarrean. De orilla a orilla, de contradicción en contradicción. Lo que ayer aparentó ser el más dantesco de los castigos puede que mañana se nos antoje una bendición. El acertijo cósmico lo impregna todo. Las cosas son. Ni lindas ni feas, ni buenas ni malas, ni justas ni injustas. Salvo que el intelecto las catalogue como tal.

Borges en su “Deutsches Requiem” apunta: “Me satisface la derrota, porque ha ocurrido, porque está innumerablemente unida a todos los hechos que son, que fueron, que serán, porque censurar o deplorar un solo hecho real es blasfemar del universo”.

La historia de un crimen es la de una mente que se ha detenido en lo que podría haber sido y no fue. El acto íntimo de congelar la consciencia en lo que ya no existe, en un fotograma pretérito del vasto film, para alimentar desde allí la impotencia, la tristeza o la culpa. Y lo mismo podría decirse de la habitual tendencia a vivir fantaseando con lo que en algún momento sucederá.

Tal vez ambos sean uno de los mayores castigos que nos hemos infligido como especie humana: quitarnos, por motu proprio, el derecho a “estar presentes”; negarnos a percibir “la presencia”; privarnos de habitar lo que se nos ofrece a cada instante. Un poco por considerar que el aquí y ahora es injusto, baladí o insuficiente, y otro tanto por ignorar cómo traer nuestra atención, y sostenerla, en el aquí y ahora.

Si hay una educación que ha de servirnos desde la infancia (¿por qué habríamos de demorarla?), es aquella que nos ayude a querer las cosas, las situaciones y a las personas como son. A reconocer que nada bueno llega reteniendo el aliento, con los puños cerrados y el entrecejo fruncido. Un entendimiento que nos invite a dejar de pretender que los sucesos sucedan como yo quiero, para aprender a abrazar los sucesos como suceden.

Una sapiencia que contribuya a expandir, junto con la agudeza intelectual, nuestra visión del mundo. Y a proveernos de los nutrientes y el espacio para que crezcan vigorosos el canto, la danza, la poesía y la sabiduría animal, bien intuitiva. Solo una educación que se digne de tal, y honre verdaderamente su propósito, ha de servirnos a considerar “amigas y sagradas todas las cosas; útiles, todas las vivencias; santos, todos los días; divinos, todos los seres”.1

No obstante, mientras nos empeñemos en postergar la aceptación, sobrevendrán conflictivas mentes, extraviados ojos, rechinados dientes. El fruto de una actitud semejante acabará perpetuándose en un ciclo de sufrimiento, rabia, preocupación, duda, tristeza, desconfianza, enojo, desconsuelo y aflicción. Es relegar las preciosas reservas de energía vital al servicio de la protesta, el lamento y la propulsión irrefrenable por acumular, por el solo hecho de tener siempre un poco más.

Heráclito instruía que para Dios toda cosa es hermosa, buena y correcta. Spinoza, en sintonía con el griego, entendía por perfección y realidad la misma cosa. Los yoes humildes —aquellos que subyugan la mente por debajo del corazón— pueden dar fe de que ambas sentencias dan en el centro. Quienes pasan del signo de interrogación al de exclamación, del cuestionamiento banal al más inocente de los asombros, del análisis a la síntesis, tales excepcionales seres también lo saben: toda cosa es para Dios buena, correcta y hermosa; son perfección y realidad la misma cosa.

No aceptar —y no aceptarnos— es negarnos al tonificante cauce de la existencia. Es pretender quitarle al agua la cualidad de fluir. Es ignorar que cuanto más reconocemos que todo lo que nace muere, más fuerza cobrará la vida. Y que, si nos animamos a morir mil veces, la verdad mil veces vivirá. Decirle no a las potencialidades infinitas del presente es estar más acá —no más allá— del bien y del mal. Es estar ausente en el presente. Ser sin estar.

No aceptar —y no aceptarnos— es mantenerse en guardia, comprimir el pecho, elevar la voz. Es escapar de mil maneras, evitar el contacto. Es no sentir, temer, narcotizarse. Es la mirada furtiva. El cortisol altivo. Es un sistema adormecido hasta el colapso. Es perpetuar una actitud de huida y lucha. No aceptar —y no aceptarnos— es, en última instancia, el punto cumbre de la disociación existencial.

1 La cita es de Ralph Waldo Emerson.

2

Cada mañana trae consigo inesperadas visitas. Algunas pretendidas y anheladas; otras, rechazadas e indeseadas: alegrías, tristezas, placeres, decepciones, sensación de vacío, soledad, ataques de pánico, ataques de risa… Nunca faltarán, en la bóveda de nuestras mentes, recuerdos traumáticos, memorias felices, miedos fundados, pánicos imaginarios, fantasías gozosas, ideaciones funestas, achaques físicos, arrebatos materiales, incertidumbres sociales, amargores vinculares…

La persona que finalmente ha aprendido que la total aceptación del presente conforma los más básicos cimientos de la sabiduría está en perfecta armonía con las cosas en el modo en que se desencadenan; no le interesa que nada sea diferente a como es y, puesto que ha entablado un precioso vínculo de amistad con lo inevitable, no sufre.

Puede, sí, que conozca el dolor. Mas el dolor no le genera alteración. Y cuando alguna situación particular la aqueja, actúa con serenidad, no rechaza ni reacciona, y hace lo necesario — siempre que esté a su alcance— para restablecer el equilibrio. Caso contrario, se entrega con humildad y confianza al cauce natural de los eventos.

Si indagamos en lo que pasa por nuestros pensamientos y nuestras vidas a cada instante, comprenderemos que los seres humanos poco tenemos de originales y que, al fin y al cabo, todos somos una “casa de huéspedes”. Rumi,2 el gran poeta persa, juega en una de sus obras con esta idea, en la cual nos convida a recibir con igual hospitalidad cada suceso, emoción o fracaso.

El ser humano es una casa de huéspedes.

Cada día una nueva visita, una alegría, una tristeza,

una decepción, una mezquindad.

Cierta consciencia momentánea

llega como un visitante inesperado.

¡Dales la bienvenida y acógelos a todos!

Incluso si son una multitud de lamentos,

que desvalijan violentamente tu casa.

Aun así, trata a cada huésped honorablemente pues

puede estar creándote espacio

para un nuevo deleite.

Al pensamiento oscuro, a la vergüenza, a la malicia

recíbelos en tu puerta con una sonrisa

e invítalos a entrar.

Sé agradecido con quien quiera que venga

porque cada uno ha sido enviado

como una guía del más allá.

Cada huésped que llega debe ser recibido con la misma hospitalidad. Y aunque tormentas y tempestades puedan sacudir nuestra morada interior hasta los mismísimos cimientos, el gran poeta persa, consciente de la dificultad que puede presentar su apuesta, la redobla, espoleándonos a que alojemos a cada visitante con idéntico honor, puesto que no son más que guías enviadas para el crecimiento espiritual.

Para cesar la hostilidad externa, primero tiene que cesar la interna. Motivo por el cual es preciso hacer las paces cuanto antes con las batallas más recónditas. La existencia, así como es, necesaria y perfecta. Y aunque no podamos comprenderla en su conjunto, ni nos hayamos enterado de que su único propósito es abrirnos el corazón, siempre es pertinente darle al amor, a la vida misma, una nueva oportunidad.

Después de todo: ¿de qué instrumentos nos valemos para “medir” la realidad? ¿Con qué derecho nos podemos arrogar la potestad de opinar sobre lo “injusto” de una muerte “prematura”, del colapso de un sistema planetario, de un autógrafo inconcluso por falta de una pluma, o del asunto que fuere?

¿Son las ecuaciones nacidas de la razón suficientes para abarcar la estructura atómica de una imperceptible molécula o rotular el mismísimo cosmos en un tubito de ensayo? ¿No es un poco “demasiado” pretender estipular los vericuetos del infinito basándonos en el análisis que proviene de los apocados sentidos? O incluso más cotidiano todavía: ¿quién, en su sano juicio, aspiraría a descifrar la actitud o el sentir de otra persona cuando más de una vez siquiera comprendemos nuestra propia conducta o emociones?

Sumada, a todo esto, la continua agitación de la consciencia. Un ruido de fondo ensordecedor que le imprime aún más distorsión a los cristales a través de los cuales descubrimos el mundo. Así y todo, con instrumentos de medición descalibrados y exiguos, nos damos dique y ametrallamos un veredicto tras otro, con total determinación, de cuanta cuestión exista sobre la faz de esta tierra, e incluso más allá.

De la mañana a la noche, la mente nos narra un cuento. Nos dice que el cielo es azul3 y que el sol “se pone”. Nos lo jura y afirma de mil maneras, porque “lo ve”. Nos aferramos a la ilusión como si fuese real. Lo mismo hacemos cuando esas voces aturdidas nos repiten —una y otra vez— que no valemos, que no somos suficiente, que no lo vamos a lograr, que no nos quieren, que algo que soñamos es imposible… Y lo creemos. Tanto como, cuando aun sabiendo que los sentidos engañan, al mirar hacia arriba arrojamos: ¡es azul!

La obcecación no cesará en tanto y en cuanto se hayan destruido todas —sí, todas— las impresiones mentales,4 y ya no quede trazo de condicionamiento alguno.

Se necesita tiempo, disciplina y una práctica incesante para que una mente atormentada se estabilice, asiente y vuelva impasible. Y, según mi experiencia directa, también es precisa la enseñanza compasiva y calificada de una guía en el saber espiritual. Al menos, durante los primeros años del fatigoso pero fascinante sendero del autoconocimiento.

Por eso, si hemos de suplicarle algo al cielo —que no es azul—, resulta pertinente implorar: enséñame el sendero que me regrese a la esencia, de manera tal que pueda emanciparme para siempre del abatimiento, la confusión y el desánimo.

Cuando la súplica es genuina y brota desnuda desde el alma, cuando el anhelo por volver a casa desdibuja toda distracción, cuando la comezón por la nostalgia de los orígenes arde al punto de volverse quemazón insoportable, entonces, sí, eso potencialmente llega.

Del mismo modo que jamás ingresará la luz mientras las cortinas estén cerradas, quien quiera iluminar los ambientes de su hogar deberá abrir las ventanas de par en par. ¿Eso significa que todo se esclarecerá de inmediato? No necesariamente. Puede ser noche sin luna o estar nublado. Sin embargo, todo estará listo para cuando salga el sol y el frente de tormenta se haya ido.

Lo que nos encamine hacia el despertar de consciencia puede ser una persona viva o muerta, una experiencia reveladora, una técnica específica, un grupo de pertenencia, una situación transformadora, algo o alguien —en suma— con la potencia de revelar verdades y encender el espíritu humano. Un eco de resonancia que en el momento adecuado responde al llamado más íntimo y genuino. Como la ley de atracción, donde el fuego atrae al fuego; donde la figura de aquello que habrá de guiarnos asume finalmente el nombre y la forma que cada alma necesita para recordar que es luz.

Un somero diálogo del Mahabharata —uno de los dos grandes poemas épicos en sánscrito junto con el Ramayana— aún resuena en la consciencia colectiva. “¿Cuál es el mayor de los misterios?”, le interrogó un Yaksha, un poderoso espíritu de la Naturaleza, al sabio Yudhishthira. Inmutable, el anciano respondió: “Cada día mueren innumerables personas y, sin embargo, las que quedan viven como si fueran inmortales”.

Sabemos que el mundo es una tumba inquieta. Que algún día vamos a morir. Sin embargo, gran parte de nuestras horas transcurren como si la última exhalación no fuese a ocurrir jamás. Por eso, nunca está de más refrescárselo a la memoria, puesto que cada instante puede ser el último.

Como le ocurrió a aquel emperador que se paseaba entre una multitud. Los pectorales henchidos. El cortejo rebosante. Hasta que en medio del vitoreo uno de sus esclavos se le acercó al oído con la advertencia: “Recuerda que eres mortal”.

“Todo lo cercano se aleja”, advirtió Goethe. El alemán se refería al crepúsculo de la tarde. Pero también a la vida. Borges, por su parte, puntualizó que “la muerte (o su alusión)” nos hace preciosos como humanos por la sola condición de fugacidad que nos vincula. Pero también “patéticos”, por esa misma finitud irremediable. “Cada acto que ejecutan puede ser el último —sentenció el argentino—; no hay rostro que no esté por desdibujarse como el rostro de un sueño. Todo, entre los mortales, tiene el valor de lo irrecuperable y de lo azaroso”.

Todo lo cercano se aleja. Todas las cosas van dejándonos. Hasta que el día menos pensado, y sin previo aviso, la respiración se detiene. Job muere “colmado de días”. Una fortuna que —nos guste o no— no siempre nos abraza por igual. En ocasiones, “la hermana del sueño”5 nos viene a cerrar los párpados con sobrada precocidad. Lo que aparece frente a nuestras narices, “prematuramente” o no, tarde o temprano desaparece.

“El problema es que crees que tienes tiempo”, avisa oportunamente Buda. Antes de qué el tiempo nos devore no es mala idea “despertar”. ¿Cuándo? Ahora. ¿Dónde? Aquí. De manera tal que podamos devorar al tiempo antes de que el tiempo nos devore. Porque una vida en las tinieblas es similar a la del árbol cuyas ramas han sido taladas, pero aún conserva vivas sus raíces.

La vida y la muerte, junto con sus bromas de buen o de mal gusto, se mimetizan, se igualan, se atraen. Adoptan, con su desapego flagrante, rasgos casi idénticos a los de la música popular: desnudez formal, intensidad expresiva y ausencia sentimentalismo.

Desde la primera inhalación hasta la última exhalación no hay garantías de absolutamente nada. Salvo, que vida y muerte se mimetizan, se atraen. Y es tanto lo que se igualan que ninguna de las dos anda esperando a que los seres de esta tierra estemos listos.

2 Jalal ad-Din Muhammad Rumi (1207-1273), conocido simplemente como Rumi, fue un poeta, teólogo, jurista y místico sufí persa, nacido en Balj (actual Afganistán) y radicado en Konya (actual Turquía). Es una de las figuras más influyentes de la literatura espiritual de todos los tiempos, y su legado ha trascendido culturas, idiomas y religiones. Sus poemas están impregnados de simbolismo místico y una profunda devoción como fuerza transformadora. Su mensaje universal ha cobrado un renovado interés en Occidente, y sus versos siguen siendo fuente de inspiración, amor y autoconocimiento.

3 El cielo no es realmente azul. Lo parece debido a un fenómeno físico llamado dispersión de Rayleigh. La luz del sol, aunque blanca, está compuesta por todos los colores del espectro visible. Las longitudes de onda más cortas, como el azul y el violeta, se dispersan en todas las direcciones mucho más que las largas, como el rojo. Aunque el violeta se dispersa incluso más que el azul, nuestros ojos son menos sensibles a aquel. Como resultado, lo que percibimos mayoritariamente es el azul. Por lo tanto, el color del cielo no es una propiedad del cielo en sí, sino una consecuencia de cómo la luz interactúa con nuestra atmósfera y cómo nuestro sistema visual interpreta esa interacción.

4 Lo que en el camino del yoga se conoce con el término vasanas.

5 Así llamó a la muerte Johann Sebastian Bach en su Cantata BWV 56.

3

El kintsugi, la ancestral técnica japonesa de reparación con resina y polvo de oro, plata o platino, es mucho más que una exquisita manualidad o que una forma de arte avanzada. Es, en esencia, uno de los principios más arraigados en las tierras del sol naciente, una filosofía práctica que nos invita a apreciar la belleza en cada grieta.

Del mismo modo que un jarrón roto no es desechado, sino reconstruido por medio de la “reparación dorada”, cada herida se puede transformar en preciosos hilos de oro. Un proceso de sanación que, lejos de ocultar las cicatrices, las celebra, las honra y las distingue, exhibiéndolas como parte de la más sagrada historia. De hecho, las almas más fuertes han resurgido del sufrimiento y están plagadas de quebraduras.

No hay ser humano que esté exento de padecer alguna de las mil formas de rajaduras: desengaños, pérdidas, tropiezos, aberraciones, fracasos; “imperfecciones” y desgarros que en su momento pueden parecer irreparables. El kintsugi nos enseña que no se trata de ocultar ni de volver a ser quienes éramos antes de rompernos, sino de reconstruirnos y convertirnos en algo todavía más precioso.

Las cicatrices no nos afean, menoscaban ni disminuyen. Todo lo contrario, son hendiduras victoriosas por donde asoma la luz y se destila nuestra más prístina humanidad. Y así como el oro da brillo y embellece cada fisura en la cerámica, las experiencias más duras y cada herida remendada con aceptación y coraje nos vuelven personas más amorosas, poderosas y singulares.

Hace unos años me consultó una de las mujeres más tenaces y cariñosas que conocí. Separada y madre de dos hijas, por esos días se ganaba la vida como maquilladora profesional en un exclusivo barrio de Buenos Aires. El contexto de su infancia, no obstante, nada tenía que ver con su escenario presente. Criada en el tétrico basural de un pequeño pueblo agrario de la Argentina, desde la más temprana infancia y durante años fue abusada persistentemente por su padre.

“Vengo de una clase bajísima; sufrí abusos, burlas, hambre, miseria, abandonos; juntaba chatarra, después la vendía, cobre, aluminio, lo que fuese; cuando me iba a acostar, caía rendida del cansancio. Era todo muy precario, muy desperdicio, muy sucio; pero cuando salíamos, me arreglaba de manera impecable para que pareciese que llevaba una vida de princesa. Hoy me doy cuenta de que éramos, con mis hermanos, unos actores de primera”, me detalló en la primera entrevista que tuvimos.

“Peleábamos con las lauchas por los restos; ellas también estaban muertas de hambre. No sabés las veces que tuve que sacarles sus excrementos a los pedazos de pan duro que encontraba para comérmelos”, recordó envuelta de congoja, como si la pintura del cuadro estuviese tan fresca como ayer. Y tras una larga enumeración de alevosías y atrocidades, reparó en la saña con que el mismo profanador de su inocencia le agujereaba asiduamente los lóbulos. A la vez que, en un gemido sordo, sin derramar aún lágrima alguna, se repetía sin cesar: “No voy a llorar, no tengo que llorar”.

“Mirá las marcas que me quedaron en las orejas”, me enseñó sin reservas, acercándose a la camarita de su teléfono celular. Yo, que la miraba con perplejidad desde la pantalla del mío, la abrazaba sin hacerlo mientras asentía internamente su resolución: “Ahora las quiero mostrar, ¿por qué esconderlas? Estoy recontramarcada, lastimada. No quiero esconder más mis cicatrices”.

La invité a que cerrara los ojos y que respirara hondo unos minutos. Su pavoroso recuerdo, en aquel tiempo suspendido, explotó por fin en un llanto vivo. Por mi parte, y ya sin mucho que agregar, me limité a hacerle saber que estaba allí, acompañándola en silencio.

Veinte minutos después se reincorporó estoica contra el respaldo de su asiento y exhaló con resignación: “Me hubiera encantado tener un papá divino y una mamá presente. Pero esa fue la casa que me tocó”. “No sabés las veces que anduve en patas en el basurero y me corté los pies, pero nunca me pasó nada, nunca me infecté”, observó, como desafiando a las bases de la infectología moderna o de cualquier protocolo de vacunas.

“En mi día a día me muestro que estoy bien, y no estoy bien, es difícil seguir adelante cuando te pisaron un montón de veces; cuando te ahogaron, te maltrataron, te humillaron… y no me quiero poner en víctima, pero me doy cuenta de que tengo un pasado de mierda. A veces siento que es todo como una película, y veo pantallazos y veo que fueron muchas más cosas feas, duras y horribles que lindas”.

Sesión tras sesión, la llaga seguía abierta. Hasta que en el cuarto o quinto encuentro se mostró dispuesta a amigarse —si es que cabe el término con semejante crueldad— con algunos capítulos de su propia historia: “Me gustaría que me abracen, que me digan cosas lindas, pero mi papá y mi mamá ya no están. Y encima siento que ya no los puedo culpar, que me tengo que hacer cargo de mi, y eso me hace entrar en cortocircuito”.

Una tarde conversamos sobre las diferencias entre dolor y sufrimiento. Coincidimos en que el primero tiene fluidez, movimiento y está lleno de vida, mientras que el segundo es posicional, defensivo y conlleva energía de muerte y putrefacción. Como todo lo que se queda quieto y se estanca. Ella asintió y comprendió que la apertura del corazón era en sí mismo un acto curativo. Y supo también que quien le abre las más íntimas compuertas al dolor está expresando la grandeza del ser humano.

Luego le leí un fragmento de Decir sí a la vida, el maravilloso texto de Joan Garriga, que reza: “Dolor es aquello que sentimos cuando la vida, en su devenir imparable, nos sumerge en trances difíciles o indeseados. Sufrimiento, en cambio, es lo que hacemos para evitar bañarnos en ese dolor, tome la forma que tome, en lugar de abrirnos a él, como si quisiéramos de alguna manera que nuestra voluntad se impusiera a la voluntad de la vida”.

Comentamos aquellas líneas y concluimos, basándonos en nuestras experiencias personales, que el sufrimiento, desde una mirada más holística, no es otra cosa que negación o desconexión total con la realidad —entendiéndose por realidad lo que es—. Al tiempo que el dolor —incluso el más traumático, lacerante o “injusto”—, sigue siendo canto y apertura, aceptación de lo que es, inmersión audaz en las entrañas de las vivencias y memorias que nos sorprenden a cada instante.

Y de ahí que un enorme paso en el camino del autoconocimiento consista en abrazar todo aquello que molesta, aprieta o desangra. Hacerle espacio. Recibirlo con la paleta entera de colores con que se nos presenta.

La poca infancia que siquiera conoció quedaría sepultada por siempre en plena floración adolescente, cuando se la entregaron a un adinerado estanciero mucho mayor para que se casara con ella.6 ¿Cuál era el trueque? Básicamente, carne por carne: la hija púber, con la ternura de mil pétalos, a cambio de unas quince vaquillonas de las buenas.

Por un instante recordé, mientras ella desgarraba una vez más la herida en llanto, que la palabra “libertad” y la palabra “perdón”, en árabe, se dicen de la misma forma. Pero me pareció una imprudencia decírselo, por lo que continué con la escucha atenta, a boca cerrada y el alma abierta de par en par.

“Muchos años traté de mentirme de que estaba todo bien, y no está todo bien. Me hubiese encantado que hubiera sido una pesadilla, pero no lo fue. Cada día pienso: ¿por qué a mí? Y no lo sé”, articuló con una dignidad impar.

En la fragilidad del relato se rebelaba su pureza intacta, y me recordaba que las únicas limitaciones a la superación residen en el pequeño territorio de la mente. Algo que nada tiene que ver con la inconmensurable sapiencia del corazón.

Muchas veces he escuchado —y lo he vivido— que quien enseña al mismo tiempo aprende, y viceversa. No obstante, cada encuentro con esa majestuosa flor de loto que mantenía incólume su delicada belleza, a pesar de haber estado sumergida bajo el más escalofriante de los fangos, no solo me conmovía hasta las lágrimas, sino que se convertía en un compendio de las lecciones más sublimes. En un viaje brutal a los confines de lo que es capaz la resiliencia humana.

El tiempo, lento, se convirtió en déca

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