Un paraguas contra un tsunami

Juan Tonelli

Fragmento

Introducción

Introducción

“El paraíso lo prefiero por el clima, el infierno por la compañía”, dijo Mark Twain.

La frase me hizo reír, pero también me dejó pensando. ¿Por qué me resultarían más interesantes las personas del infierno?

Creo que es porque allí van quienes sienten de verdad. Los que no disimulan tanto. Los que se equivocan, se desbordan, se arrepienten y vuelven a intentar. Ahí están quienes aman mal, quienes tienen miedo, quienes lloran en soledad y también quienes se ríen de sus errores.

Ahí estoy yo.

Este libro nace de ese lugar: el barro emocional en el que todos nos hundimos con más o menos frecuencia. Son cuarenta y dos historias reales, intensas, humanas. Que no encajan con los mandatos de felicidad ni con la exigencia de tener todo bajo control, y mucho menos con la fantasía de que si hacemos las cosas bien, nada malo nos va a pasar.

Muchas me dejaron perplejo. Son historias que no se parecen a lo que nos dijeron que debía ser la vida. Porque la vida no pide permiso: nos atraviesa con su caos. Nos zarandea, a veces nos acaricia, otras nos golpea. Pero siempre —siempre— nos transforma.

Si tengo un deseo con este libro es que quien lo lea se sienta menos solo, menos raro, menos roto. Que entienda que eso que duele no lo define, y que merece ser mirado a pesar de todo. Que lo que muchas veces juzgamos como debilidad puede ser la forma más profunda de humanidad. Y que las emociones no son errores del sistema: son el sistema.

Pienso que lo más valioso de nosotros aparece cuando algo duele, se quiebra, colapsa. Porque por esas grietas es donde empieza a aparecer la verdad.

Y, con suerte, también algo parecido al amor.

Antes de empezar

Karl von Frisch, un investigador que ganó el premio Nobel de Medicina, solía recomendarles a sus alumnos algo sencillo pero profundo: “Estudien bien la célula”.

Él creía que, si alguien lograba comprender bien los procesos esenciales de una célula, entonces estaba en condiciones de entender algo tan vasto y complejo como el cuerpo humano. Pero si no se podía entender lo básico, lo esencial, ¿cómo iba a abarcar algo mucho más grande?

Esta idea estuvo muy presente al escribir este libro. Las historias que lo componen han sido, en mayor o menor medida, simplificadas. No porque la realidad no sea compleja, sino porque necesitaba encontrar una forma de acercarme a ella sin quedar atrapado en una infinidad de elementos.

Cada una de estas historias es, en algún sentido, una célula emocional. Un intento de mirar de cerca un momento, una herida, una revelación. Soy consciente de que los problemas humanos no son lineales, que rara vez se deben a una causa única, que lo que nos pasa se construye en capas, con contradicciones, con memorias mezcladas.

Pero también sé que, si no logramos reconocer lo esencial, nos perdemos en lo accesorio. Y eso fue lo que intenté hacer aquí: identificar el núcleo, el corazón de cada historia. Porque al conectar con lo central de una experiencia humana, aunque sea ajena, quizás podamos iluminar zonas oscuras de nuestra propia vida.

Para eso, para comprender lo que nos pasa, necesitamos tiempo. Muchas veces años, con frecuencia décadas, y en algunos asuntos toda la vida. La mayoría de las personas que aparecen en estas historias tardaron muchos años en poder ponerle palabras a aquello que les dolía, en comprender qué les había pasado, en reconocer patrones que se repetían desde que tenían uso de razón.

Por último, hay un factor además del tiempo, sin el cual no hay revelación posible: el otro.

Sin alguien enfrente —que escuche, que mire, que nos refleje— es muy difícil tomar registro de nosotros mismos. La conciencia no aparece en soledad: nace en el encuentro con alguien.

A veces es con un terapeuta, con un grupo, o en una conversación con un amigo que se anima a correr un riesgo y decirnos algo que no esperábamos o que no queríamos escuchar. Más allá de con quien, indefectiblemente necesitamos de un otro para vernos. No hay conciencia de nuestras dificultades, de nuestras áreas sombrías, sin ellos.

Algo más antes de empezar: así como hay muchas formas de habitar el dolor y de sentir amor, también hay muchas formas de leer este libro. Se lo puede tomar como entretenimiento, leyendo diez o veinte historias seguidas. O se puede elegir un camino más largo, pero quizás más transformador: leer una historia por día. Dejar que nos acompañe, preguntándonos qué tiene que ver con nuestra vida, qué nos despierta, en qué nos toca.

Tal vez algunas de estas historias no nos digan nada. O quizás, en medio de una frase cualquiera, encontremos algo propio, algo que reconocemos de inmediato. Ahí, sin darnos cuenta, es posible que se abra también para nosotros un espacio inesperado.

JUAN TONELLI

Juan Tonelli

EN PRIMERA PERSONA

Dicen que toda escritura es, en el fondo, autobiográfica.

A veces, la autobiografía del autor es explícita: cuenta un hecho que vivió, una búsqueda personal, una pregunta sin respuesta que lo persigue desde siempre.

La mayoría de las veces, sin embargo, su vida no aparece a plena luz, sino camuflada entre personajes, ficciones y relatos que, aunque no lo parezcan, nacen en el mismo lugar: su mundo interior.

Porque incluso cuando no escribe sobre sí mismo, en el fondo, todo escritor solo escribe de sí mismo. De aquello que le interesa, que lo deja perplejo, que no entiende, que le preocupa, que lo conmueve.

Al fin y al cabo, escribir es bajar al sótano —propio y ajeno—, abrir puertas oxidadas, enfrentarnos a fantasmas que normalmente preferimos evitar porque nos dan miedo o nos duele demasiado. Es intentar encontrar un poco de luz allí donde solo parece haber oscuridad.

Por eso, preguntarnos si lo que cuenta “le pasó de verdad” es quedarnos en la anécdota, en la superficie. Porque aunque no lo haya vivido exactamente como dice, todo lo que escribe le importa profundamente. Todo lo que pone en palabras viene de una emoción real, de una herida abierta. O de una que, con suerte, está empezando a cicatrizar.

En esta primera sección decidí correr mis propios velos y contar historias personales. Relatos en los que no me escondo detrás de ningún personaje. No porque crea que mi vida sea especialmente iluminadora, sino porque, a veces —muchas—, contar lo que nos pasa, con la verdad descarnada, puede mover algo en los demás. Nos hace saber que no estamos tan solos.

Rendición incondicional

El orden es una superstición de los que no soportan el caos.

EMILE CIORAN

Hice todo para estar más sano, más flaco, más fuerte, más lindo, y resulta que estoy más enfermo que nunca. Vivo en un infierno que yo mismo construí.

¿Por qué me obsesioné tanto con una alimentación perfecta? ¿Cuándo me transformé en este adicto?

La respuesta fácil sería decir que buscaba mejorar mi salud. Pero, en el mejor de los casos, sería media verdad. La otra mitad, la más importante, es que hace años, décadas, vengo arrastrando temas pesados, negando miedos muy profundos, tratando de llenar un gran vacío.

Una parte de la historia empezó cuando terminaba mi carrera universitaria al mismo tiempo que se acababa mi carrera deportiva, dos ámbitos en los que había sido muy destacado. En la facultad había hecho una carrera meteórica, llena de récords. Ahí todos sabían quién era.

En el deporte fui todavía más reconocido: llegué a ser campeón nacional de squash con solo diecisiete años, y me mantuve entre los tres primeros lugares del ranking durante mucho tiempo. Yo era extremadamente competitivo, y mis resultados desarrollaron la autoestima que no tenía. Ser campeón de mi país me hacía sentir importante, valioso, salir del lugar de minusvalía en el que, sin ser del todo consciente, me había sentido toda la vida.

Soñaba con ser el campeón del mundo, pero mis padres tenían pánico de que yo me dedicara seriamente al deporte: temían por mi futuro económico porque el squash no está bien remunerado. Además, en casa había un linaje académico e intelectual según el cual ser deportista era una actividad de personas elementales, básicas.

Yo aceptaba esas definiciones y las repetía como si fueran propias, aunque me hubiera encantado ir en busca de mi máximo sueño. Uno que, por otra parte, no era ningún disparate, porque siendo adolescente ya era el mejor jugador del país.

Así y todo, los últimos largos años de mi carrera deportiva solo me produjeron dolor y frustración. Forzado a hacer lo correcto y lo que se esperaba de mí, empecé la facultad aunque no me interesaba en lo más mínimo. Durante algunos años llevé una doble vida que era un infierno: jornadas eternas de cinco o seis horas de entrenamiento diario, y otras tantas entre la facultad y el estudio.

Las consecuencias de esta locura fueron surgiendo enseguida. Se resintió mi nivel de juego y perdí el primer lugar del ránking. Mi anhelo de ser campeón mundial se deshilachaba día a día, alejándome de mi sueño de ser el número uno del mundo. Simulaba que seguía creyendo en mí, que tenía fe para meterme en la elite mundial del squash, pero mi corazón conocía la verdad.

Paralelamente, me iba atrasando en la carrera universitaria, algo que podría haber evitado si hubiera dedicado más tiempo al estudio. Seguí con esa doble vida imposible hasta que después de tres años de frustraciones en los dos ámbitos, con el dolor de mi alma decidí sincerar mi realidad y priorizar los estudios, mandando a pérdida mis ganas de ser campeón mundial.

Si hacía rato que ya no creía en mí mismo ni en lo que hacía, si estaba convencido de que en el squash no tenía futuro, ¿para qué había seguido? ¿Por qué no lo abandoné antes?

No es fácil dejar la droga del reconocimiento cuando uno tiene grandes carencias afectivas. Llegar a un club y que todos te miren, entrar a un vestuario y que todos hagan silencio porque entró la “autoridad”.

Por esa necesidad compensatoria de ser valorado seguía jugando aun cuando ya no creía en lo que hacía. Me aferraba a ese lugar sin vitalidad solo por el pánico de volver a ser invisible. Irónicamente, ese apego a algo que mi corazón ya había soltado obturaba cualquier posibilidad de recibir lo nuevo que la vida tenía para ofrecerme.

Es muy difícil entregar todo eso, aun cuando el precio que se paga por ese reconocimiento sea muy alto. No era amor, pero era un sustituto de altísima calidad. Cocaína de máxima pureza. Por eso seguía jugando, aun siendo consciente de que mi juego no mejoraría y de que nunca sería más que lo que era, lo cual me resultaba terriblemente doloroso. Era como aceptar no ser más que un buen amigo del amor de mi vida.

¿Cómo se hace algo así? En el mejor de los casos toma años; en mi caso, fueron décadas.

Este cuadro se montaba sobre un conflicto paralelo: toda la vida tuve terror a ser gordo. Y no de ser un tipo rellenito, sino de tener obesidad mórbida. Desde chico me gusta mucho la comida, lo cual, sumado a mi ansiedad, es un cóctel explosivo.

Siempre pensé que con mi voracidad, tener dientes en la boca era un error anatómico. Yo tendría que tenerlos en el estómago, porque en la boca no los uso: no mastico, solo trago, como esos perros a los que les tiran un hueso y lo devoran en dos tarascones.

No era solo miedo. Siempre sentí la necesidad de verme en forma, delgado, fuerte. En el fondo, me gustaba ser admirado por los demás. Por eso mantuve desde que tengo memoria una lucha sórdida con la comida, intentando mantener a raya mi pulsión para no convertirme en obeso y las amenazas que eso implicaba: desde los obvios problemas de salud hasta el pánico de ser rechazado, de dar asco.

El squash es uno de los deportes más intensos que existe y fue mi herramienta inconsciente para controlar esos fantasmas que me acompañaban desde chico. Me permitió comer sin preocupaciones, exorcizando el fantasma de la obesidad.

Era un equilibrio precario, porque bastaba que me lesionara y no pudiera entrenar durante un par de semanas para que mi ansiedad alimentaria se hiciera evidente en mi cara. Todos tenemos alguna manía con nuestro cuerpo, esos lugares que miramos en el espejo con obsesión. En mi caso son los cachetes de la cara. Toda mi vida los miré varias veces por día deseando que fueran diferentes de lo que son. Anhelaba una cara angulosa que nunca tuve ni tendré. Pero durante mucho tiempo estuve convencido de que si me esforzaba lo suficiente, la lograría.

Al acercarme al final de mi carrera deportiva, el temor a la gordura adquirió nuevas dimensiones. ¿Qué iba a pasar el día que dejara de jugar y de quemar tantas calorías? Solo imaginar en qué podía convertirme me daba escalofríos. No fue casual que entonces me naciera un poderoso deseo por “comer bien”.

Fue entonces cuando decidí comprarme La Antidieta, un libro sobre nutrición del que tenía excelentes referencias. Empecé a leerlo una medianoche y a las 6 de la mañana siguiente, cuando lo había terminado, ya era vegetariano a rajatabla. Si bien el autor ofrecía varias posibilidades de alimentación, yo leí lo que quería leer. Para mí, decía que los únicos alimentos buenos eran los de origen vegetal y que lo más sano era no cocinarlos para que mantuviesen sus propiedades intactas. Sin el menor análisis, mucho menos una consulta médica, esa misma mañana empecé a comer únicamente frutas y verduras crudas. Inconscientemente, sentía que a grandes males, grandes remedios. A profundos miedos, soluciones extremas.

Como toda luna de miel, al principio fue todo entusiasmo. Cada día me daba una panzada de uvas, bananas, duraznos, dátiles, paltas, ensaladas, damascos, almendras y cerezas. No tomaba ni agua, porque al comer tantas frutas crudas no la necesitaba.

En pocas semanas pasé de pesar mis 72 kilos habituales a apenas 56. Para mi metro ochenta de altura, ese peso resultaba patológico, pero yo estaba feliz con mi cuerpo y no me daba cuenta de que parecía desnutrido. Con frecuencia nos cuesta reconocer lo obvio, especialmente cuando se trata de uno mismo.

Esa dieta resolvía mi ansiedad de fondo. Podía comer sin límites, aunque se tratara solo de frutas y verduras, sin miedo a engordar. No tener que controlarme con las cantidades me resultaba liberador; podía comportarme como un obeso sin convertirme en uno.

Parecía un mundo perfecto en el que mis desequilibrios no tenían consecuencias. Pero las tenían, solo que se estaban gestando silenciosamente, como un tsunami que avanza hacia la costa.

La realidad empezaba a filtrarse como humo por debajo de la puerta, aunque yo seguía sin intuir el incendio. Recuerdo que un día, un conocido al que hacía un tiempo que no veía, se sorprendió de verme tan flaco y me preguntó si había tenido un accidente. Yo estaba exultante: para mí, era un halago.

Otra bandera roja que no quise ver fue el hecho de que 99% de mis pensamientos diarios giraban en torno de la comida. La dieta que parecía resolver mi temor a ser gordo estaba agravando mi problema de fondo, el miedo a mi propio descontrol.

El primer signo visible de la catástrofe en ciernes fue que, aunque me gustaba lo que comía, empecé a tomar conciencia de todo lo que estaba dejando de lado. ¿Nunca más iba a comer asado? ¿Una pizza? ¿Un poco de helado? ¿Algún chocolate? ¿Una Coca-Cola, una caipiroska?

Entonces, sin saber cómo, empecé a tener atracones. Aunque en aquel momento no podía entender por qué me pasaban, a la distancia es fácil ver que eran inevitables. De alguna forma, necesitaba descomprimir tanta represión.

Una pequeña debilidad o transgresión podía desencadenar un efecto dominó catastrófico. Como si Adán, consciente de haber pecado, y perdido por perdido, decidiera comerse dos cajones de manzanas en media hora. Total, entre quedar fuera del paraíso por un mordisco o por dos cajones de manzanas, mejor aprovechar y comerse los dos cajones.

En mi caso, una inofensiva cuchara de helado desencadenaba un huracán en el que terminaba comiendo dos kilos de helado, dos pizzas, doscientos gramos de chocolate, dos litros de Coca-Cola, todo en treinta minutos. Obviamente sin disfrutarlo, porque ¿quién puede disfrutar algo que está haciendo muy mal?

En un esfuerzo por neutralizar lo imposible, tenía intentos fallidos de vomitar y hacer ejercicio compulsivo. Aunque en ese momento me frustraba no poder hacerlo, hoy pienso que tuve suerte, porque pretender que nuestros actos no tengan consecuencias solo agrava más las cosas.

Los atracones se fueron haciendo más frecuentes. Eran la contracara inevitable de vivir con una dieta tan estricta. El péndulo se movía de un extremo al otro. Yo me enojaba por no poder controlarme, omitiendo que vivía con un autocontrol tan estricto que, cuando flaqueaba, abría las puertas del infierno. El dique se rompía y el agua lo inundaba todo.

Los desequilibrios solían ser por la noche. Por un lado, porque había aguantado todo el día y a la noche mi voluntad cedía, necesitaba aflojarme. Pero también porque tener un atracón a la mañana era una doble catástrofe: no podía huir del problema yéndome a dormir ocho horas y despertarme al día siguiente sintiéndome un poco mejor. Tenía que convivir con el malestar físico y emocional durante todo un largo día, y no empeorarlo aún más con nuevos atracones.

Con los años pude ver que mi adicción a la comida no surgió de la nada ni en cualquier momento. Fue la respuesta inconsciente que encontré para lidiar con dos problemas: el miedo a engordar porque mi carrera deportiva estaba terminada y ya no iba a quemar tantas calorías con un deporte de alta intensidad, y el vacío enorme por haberme quedado sin las fuentes de reconocimiento que tenía en la facultad y en el deporte.

En cuanto dejé de ser el gran jugador y el alumno estrella que siempre había sido, afloraron muchas emociones negativas que había tenido desde siempre y que, desde siempre, había tapado con resultados. ¿Quién era yo si no podía seguir batiendo récords universitarios? ¿Quién era si ya no tenía el título de campeón? ¿Era alguien? Mis dos ámbitos de gran reconocimiento habían dejado de existir y mi identidad se desvanecía.

De repente, todo había colapsado, mi vida se había desestructurado, y ahí estaba yo solito ante un enorme vacío. La dieta obsesiva fue la tabla de salvación a la que me aferré para tratar de organizar mi vida, darle algún sentido, un rumbo.

Mis históricas dificultades en las relaciones sociales, mi autoexigencia, mi rigidez, mi baja tolerancia a la frustración, las canalicé preocupándome exclusivamente por algo que podía controlar. Y aunque me sintiera muy solo, focalizarme en comer de manera perfecta me daba una sensación de seguridad, me evitaba conectar con mis sentimientos de vacío.

Poner foco en algo me hacía sentir a salvo de mis inseguridades y mis problemas. Me daba un orden, un propósito de vida. Tenía una misión que me estructuraba y me contenía.

A la distancia, sé que mi adicción con la comida fue una forma desesperada de controlar y compensar mi caos interno. Pero en el momento, mis esfuerzos por huir del dolor solo generaron más dolor. Mis intentos por dominar la vida terminaron generando caos y sufrimiento.

Llegó un punto en el que estaba convencido de que iba a morirme. Poco importaba si era de un cáncer en el estómago o ahogado en mi propio vómito después de un atracón. La certeza de que me iba a morir era infinitamente más importante que cómo iba a suceder.

Mi fuerza de voluntad, que siempre había sido memorable, no servía para nada. Al contrario, me jugaba en contra. Mi tenacidad terminó siendo un bumerán, como cuando se nos resbala

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