Poder irse

Bárbara García

Fragmento

Introducción

INTRODUCCIÓN

Hablar, escribir, sacarlo del sistema para sanar. ¿Es posible poder irse de los espacios inseguros, del trato hiriente, de la falta de placer? Sí. Es posible irse hacia el placer. Poder irse del des-trato al con-trato. Parece algo fácil de decir, de proclamar, de enunciar. Aunque realmente no es así. Nos une la vulnerabilidad que sentimos al hablar de placer.

La búsqueda del placer. Pero ¿a qué costo? Cuando escribo, las vidas de otras personas se confunden con la mía y la mía con las de los demás. A veces hablo en primera persona por lo que siento, tan personal, y otras en plural porque sé que somos muchas en la misma dirección. Si bien empatizo, muchas veces cuento historias que no me tocaron. Historias que me son imposibles de pensar como propias porque distan de mi realidad.

Todo lo que estudié como médica, lo que escuché como obstetra, ginecóloga y sexóloga está aquí. También lo que viví y acompañé hasta ahora me atrevo a contarlo en esta ficción. ¿Por qué? Porque siento que, en este recorrido hacia el placer, en este hilo mundial, que viene de siglos atrás —que nos excede— hay un poder. El de sanarnos en el goce. Ahí sé que hay un refugio. Aunque sea un momento, sanarnos de todo lo que está afuera y adentro. La humanidad ha estado, desde que somos parte de ella, pendiente del placer, persiguiéndolo como una zanahoria, como un premio.

¿Hay transformación detrás de cada orgasmo? ¿De cada encuentro íntimo con goce y satisfacción? Yo siento que sí. Y por eso escribo, para alivianarnos e intentar apalabrar el dolor que a veces inunda el placer; y para que así ese dolor compartido, lentamente, pierda su sabor amargo y transmute en algo dulce. En esa transformación colectiva del dolor por el placer hay medicina.

Escribo para contarte historias de vida de gente que se sintió rota, pero pudo rediseñar sus pensamientos y acciones. Estas historias entrelazadas con las de una sexóloga, quizás cambien tu mirada hacia el placer… También escribo para esa sanación. Hace unos días pensé: “¿Por qué trabajo acompañando a personas a que atraviesen el dolor para llegar al placer?”. Y me di cuenta de que esto tiene que ver conmigo. Yo también soy ustedes. Yo también tuve que poder irme.

Me han pasado cosas, he tenido que transformarme. La especialización de dos años en sexología me cambió bastante la mirada y la vida. Me gustaría decir que fue solo eso; por suerte, no. He recorrido espacios muy diversos para aprender más y más sobre el placer. He salido de la medicina y la ginecología tradicional para sumar y ampliar mis horizontes. He tomado cursos de tantra, he estudiado shibari —un estilo japonés de bondage que propone ataduras artísticas con fibras naturales—; he leído libros sobre la ética promiscua, el amor imposible y la estructura de la violencia. He investigado sobre género, sobre las malas y buenas cosas del placer, sobre sustancias. Me he casado dos veces, divorciado, enamorado, desenamorado. Me han herido, he herido y también he perdonado.

También soy ustedes. Me muevo, me cuestiono, me reviso porque busco enriquecer mi recorrido hacia el placer. Me apasiona transformar el dolor en placer y quiero compartirlo para que cada quien tome lo que pueda. Para que te llenes de preguntas más que de certezas. Para que te abraces, te perdones y sobre todo te permitas, en el medio de este mundo roto y loco, un poco de satisfacción.

El objetivo de este libro es movilizar tu brújula. No quiero que te patologices. Me gustaría que cambies la forma en la que te tratás y que busques la autocompasión mediante la historia de otros personajes. Busco que salgas del problema. Que no quieras más habitar el displacer. Duelar, rearmarse y seguir camino. Registrar, leerte, reescribirte en aceptación de lo que fuiste y lo que pudiste hacer con eso. ¿Sentís que las vivencias limitantes o traumáticas te paralizan? Es una respuesta normal de tu cuerpo: sos una persona transitando cosas. Ahora esa parálisis puede sustituirse lentamente por acciones para volver a buscar el placer.

Aquí vas a encontrar diez capítulos que en algo te sonarán familiares. Son las diez experiencias más frecuentes en la consulta de sexología. Las personas que configuran cada historia atraviesan las etapas de un duelo. El duelo de darse cuenta de que tienen que juntar coraje y poder irse. Hay situaciones muy dolorosas. Otras más livianas. ¿Acaso se puede cuantificar el dolor y el placer? Algunas resonarán inevitablemente con la tuya, porque suceden con frecuencia. Porque ¿a quién no le ha fallado el placer a veces? ¿A quién no le pasó vivir o escuchar una situación en la que el placer y el displacer estuvieron en juego?

Todas las personas habitamos contradicciones. Lo importante es poder irnos a lo que deseamos. Seguramente, después de leer este libro, vas a escuchar las conversaciones internas y externas sobre el placer de otra manera: te vas a preguntar más cosas, no vas a dar todo por sentado, te vas a interpelar. ¿Esto es lo que realmente deseo? ¿Esto me acerca o me aleja del placer?

En este libro vas a encontrar mucha intimidad. Las preguntas que hago en el consultorio son herramientas terapéuticas que, quizás, puedas sumar a tu rutina del goce. La búsqueda será extrema. Quiero que no solo te interpeles, que te escuches, también que te erotices. Un gran recurso que utilizo en la consulta es compartir literatura que active la dopamina y la intriga, y evoque placer cuando la leas. También encontrarás recortes de eso aquí.

Una de las preguntas que hago habitualmente es sobre el punto de partida: ¿cuándo sentís que empezaste a conectar con el placer? ¿Cuándo comenzaste a sentir con goce la mente y el cuerpo? Para mí, todo empieza a sexualizarse desde el nacimiento, desde que te visten de rosa y te dan una muñeca para que la cuides. O te visten de celeste y te dan un auto o un arma para jugar a ser “adulto”. Preparadas para la tarea de cuidados, preparados para la ejecución. Rosa o celeste, binarismo, ¿dos equipos sin opciones? Después, con el correr de la vida te das cuenta de que todo es continuo, no hay tal polo. O sí, y en alguna etapa de tu vida estás en uno y después en otro. ¿Quizás te gustaba en la infancia el celeste y ahora el rosa?

Pensé en qué información tenía yo de esa época del desarrollo y recordé mi diario íntimo. En los siguientes capítulos, encontrarás notas que son recortes del diario que escribí desde los once hasta los quince. Para mí, ese personaje es el más entrañable. La niña que transicionó a la mujer que soy hoy ha sido una gran guía para este relato, y está atomizada en estos diez cuentos. Siempre guardé este diario pensando que cuando fuera más grande lo leería. Y me pone muy feliz poder compartir un poco de esa Barbi pequeña que habita en mí. Me llenó de orgullo leerme, siempre fui un personaje particular. Después de revisar mi diario, entendí mi desconexión social, mi forma diferente de ver las cosas. Entendí mucho a mi madre, a quien inevitablemente citaré.

Desde los dieciocho hasta hoy, escribí en agendas. Lo que sentía, lo que soñaba, lo que intencionaba. Pero nunca soñé con esto de acompañar a las personas al placer. Empecé a hacer medicina para ayudar y siempre me costó el tema del dolor. Esa parte de mí, despertándoles de las cirugías, también estará por aquí.

Hablaremos de muchos temas incómodos en cierto sentido. Hablar de placer y de vínculos familiares es un tema complejo. Es y ha sido el tabú más grande de la historia de la humanidad. ¿Cuántas historias de nuestras familias están codificadas en nuestro ADN? ¿De dónde viene la edificación de qué es el placer? ¿Quién nos enseñó a ignorarlo? ¿A temerle? ¿Cuántas historias ocultas en cada familia sobre este tema? ¿Pudieron, quienes nos precedieron, dejar atrás el malestar e irse al bienestar?

La construcción que tenemos sobre el placer no es enteramente nuestra. No sos solo tu marco —la trama que organiza tu experiencia—, sos tu contexto —la cama, la hora, el humor, el espacio—. Todo lo que nos acerca al placer y nos aleja de él es continuo en el tiempo. Pero ¿cuándo comienza a hacerse más consciente? ¿Cuáles son nuestros primeros recuerdos eróticos? Cuando se despiertan las hormonas sexuales y hacen que nuestro cerebro y nuestra conducta se orienten hacia el placer sexual. Esa es nuestra primera revolución cerebral. ¿Qué pasó en tu infancia? ¿Cómo te conectabas con el placer? En tu casa, ¿qué decían del tema? Son preguntas que deberíamos poder hacernos.

Las primeras veces nos dejan marcas. Pueden ser recuerdos positivos, negativos o neutros. Lo interesante es que nunca dejan de suceder y de sorprendernos. Hemos creado enormes expectativas sobre el placer. Hay todo el tiempo un choque entre el dolor y el placer. Parte de lo que van a encontrar en las páginas siguientes tiene que ver con experiencias que duelen tanto que no permiten hablar de lo conflictivo.

Nos pasa. Me pasó. ¿Te dolían tanto ciertas situaciones que no podías hablar de ellas? Compartir el dolor, poder nombrar, darle entidad, sacarlo del sistema es parte del poder querer bien. ¿A quién? Primero a mí, segundo a mí y tercero a la otredad. Pero ¿quién nos enseña a estimarnos? Esto no es sencillo. En lo personal, leyendo mi diario vi esas limitaciones, esos corsés del goce en los que nos meten y nos metemos. Las normas. ¿Qué debe hacer una mujer? ¿Qué es de puta, qué es de chica bien? ¿Esto es de varón? ¿Qué van a decir mis compañeros si se enteran? ¿Tengo que hacerlo porque soy el hombre de la casa?

Siempre la mirada de la otredad diciéndote qué debés ser y cómo debe ser tu cuerpo para el placer. Y pocas veces la pregunta honesta: ¿qué quiero? ¿Por qué los varones se tocan y las mujeres no? Muy pocas de mis pacientes se lo preguntaron en la adolescencia. Y así transcurrió su vida sin cuestionarse algunos pilares del placer.

¿Cómo seríamos si nos enseñaran desde la infancia a querernos primero, como modo de habitarnos? Desde el jardín de infantes, nos hipersexualizan sin opciones diversas: si ya tenés novio, si sos una nena, es la pregunta obligada de los adultos. Si ya tenés novia, si sos un varón, es la duda. Toda la expectativa puesta en vínculos normalizados monógamos y heterosexuales. ¿Cuándo hay un momento y un lugar para edificar el amor hacia vos? ¿Cuándo te enseñan a conocerte en términos de placer para compartirlo después con el resto?

Así como entramos en una bolsa de cosas celestes y de rosas, entramos en lo que se espera que nos guste. Siempre hay dos opciones, siempre lo binario. ¿Qué pasa si cambio? ¿Si hoy me gustan las chicas y mañana las personas? Nunca la pregunta: ¿te gustan chicos/chicas/ambos? Desde el jardín de infantes, nos preguntan si nos gustan las personas del sexo opuesto. Son los adultos quienes van generando ese sesgo. Quizás, ese sea el primer duelo. Aceptar que las sociedades vienen cargadas de todo tipo de expectativas. Que se esperan cosas de vos por ser varón o por ser mujer heterosexual. Ahora, ¿qué se espera de las personas intersexuales (a quienes no llamamos más hermafroditas)? ¿Qué se espera de gais, lesbianas, bisexuales? ¿Y de las personas trans? ¿Podemos dejar de esperar algo de la vida sexual de otros y otras? ¿Podemos pensarnos más allá de este código tan binario? Una vez leí una frase: “El futuro es no binario”. Me gusta pensar en esa utopía. Otra frase: “El género no es más que una ficción”. Todo es un cuento que nos contamos hasta que lo (des)creemos y o (re)escribimos.

¿Es distinto el precio del placer de quienes habitan la diversidad de las experiencias eróticas? ¿El placer tiene que dolerles por vivir su vida como desean? ¿A qué corporalidades y orientaciones son las que más les cuesta acceder al placer? En toda historia hay una contradicción. Que gente rota pueda irse del dolor para sentir un refugio y la no la soledad en el placer, tiene un precio.

En los siguientes capítulos encontrarán historias de pacientes (con sus identidades resguardadas) ficcionalizadas, pero que representan el común de los temas de consulta que veo en la práctica médica. Encontrarán caminos al placer, contradicciones, investigaciones, vivencias personales, información y propuestas. Son diez capítulos que ejemplifican lo complejo y diverso de vincularse con el placer. Pero hay una primera persona, la persona 0. La que me motivó a ser la doctora que hoy les escribe. Les invito a bucear por este mar profundo de (re)conocimiento del placer. Estamos ante una nueva visión sexual. Por eso, es clave que pensemos de dónde venimos y hacia dónde vamos en materia de goce. Estas preguntas, este revisarse a uno mismo puede ser algo disruptivo.

Que indaguen y jueguen con su placer es el norte. Quiero que lo salten como a una rayuela (sí, aquí habla una fanática de Julio Cortázar que adopta su método: en Rayuela, él invita a leer el libro hacia adelante, hacia atrás o saltando capítulos).

Les invito a que elijan el capítulo que deseen. Hay muchos aprendizajes para llevarse, y ejercicios. También hay historias para que se busquen. Pueden comenzar por cualquiera, son independientes y, a la vez, están pensados como un todo. Amaría que jueguen con este libro, que experimenten, que reestructuren y resignifiquen sus conocimientos en torno a sus sexualidades, que se interpelen.

Empiezo por el placer orgásmico para hacerle justicia y en honor a esta primera paciente que me abrió los ojos. Gracias, Simona, por aparecer en mi camino. Como nadie quiere hablar del tema, cuando se menciona, algunas personas me tildan de orgasmocentrista. Creo todo lo contrario: hablar de placer incluye todo, porque el orgasmo sucede solo si antes hubo deseo y excitación.

Empiezo por el orgasmo porque es mi punto de partida en esta profesión. Me hace ser la doctora que soy hoy. La falta de orgasmos es el primer caso clínico que me despertó una sexualidad consciente. Este libro es un recorte de mi experiencia, de consultas muy frecuentes. Hoy, como profesional de la salud con más de quince años de experiencia, me parece necesario contarles mi recorrido como persona, como sexóloga, que también es el de muchas mujeres colegas. Sí, claro, también estamos estigmatizadas y ficcionalizadas las sexólogas. También sufrimos y no orgasmamos a veces.

Leerás experiencias no muy alegres —mías y de otras personas— vinculadas al goce, y también el maltrato ejercido por personas y sociedades que atacan los derechos sexuales. Pero no faltan cosas muy alegres, como cuando tiene alguien su primer orgasmo y lloramos de emoción en el consultorio; cuando me cruzo gente en la calle y me dicen que se animaron a hablar después de leerme. Historias de personas de India, de Chile, de Estados Unidos y de República Dominicana, con las que me fui cruzando mientras escribía este libro, y miles de otras cosas maravillosas.

Quiero decirles que van a quedar necesariamente muchos temas fuera; no es la idea recopilar todas las teorías, ni responder todas las preguntas sobre medicina del placer y sexualidad (¿acaso alguien podría hacerlo?). Pero sí creo urgente hablar de (dis)placer, no como un mandato o como una meta sexual. Comienzo por el orgasmo porque considero que es algo que está poco analizado desde la medicina sexual, desde las neurociencias, y poco hablado desde lo sociocultural. Además, anhelo que desgenitalicemos el placer, que entendamos qué es el goce para cada quien y que el orgasmo es cerebral. No está solamente en los genitales.

Por otro lado, quiero revisar nuestra práctica médica. La anorgasmia, es decir la ausencia de orgasmos, está subdiagnosticada. Esto ocurre porque los profesionales de la salud no pensamos en goce como marcador de calidad de vida, no preguntamos sistemáticamente en las historias clínicas sobre satisfacción o insatisfacción sexual (por falta de formación académica, tiempo, ganas, limitaciones emocionales). Las personas tardamos años en consultar sobre temáticas de sexualidad a los profesionales que nos atienden por temores diversos que provienen de la cultura y las familias que nos criaron. Ni siquiera son solo nuestros.

En el segundo capítulo sí hablaremos de deseo. Su historia, su química, cómo estimularlo y cómo fluctúa en diversas situaciones. Para no adelantarles todo, en estas historias de vida profundizaremos en el hecho de que nuestros cuerpos están inmersos en un contexto y en emociones. Analizaremos qué le pasa a la gente con las apps, las sustancias, los juguetes, los testeos de infecciones sexuales, el BDSM, la confianza sexual, el postporno, el arte, la literatura y el erotismo, entre otras variables.

Este libro es para todas las personas de todas las edades. Porque aún los Estados no destinan recursos para consultorios de salud sexual, ni para rehabilitar el placer. Pocos países se han atrevido a tanto. Por más tratados internacionales y leyes nacionales de salud sexual y reproductiva que se sigan escribiendo, se continúa haciendo, con las políticas públicas, foco en lo reproductivo, no en el placer.

El placer NO es importante, sostienen siempre. Quieren hacernos creer que es superficial, un tema menor, de poca jerarquía. Y, aunque en muchos lugares del planeta está cambiando, sabemos desde nuestras entrañas que no es así. Queremos saber de placer; queremos poder irnos de los lugares donde ya no lo hay y solo queda el dolor. Queremos vivir bien.

En mi historia profesional, existe una precuela del placer. Existe una paciente cero. Simona tocó la puerta del consultorio de ginecología de un hospital de zona sur de Rosario, la más poblada de la ciudad. En promedio, los turnos tenían dos meses de espera. Yo era médica en entrenamiento. Tenía veintinueve, estaba en mi segundo año de la residencia de Ginecología y Obstetricia; un especialista me guiaba en la consulta. Ella entró sin mediar palabra, y se sentó frente a nosotros. Sentí timidez por su lenguaje corporal. El mejor libro es el paciente. Esto es algo que aprendí en la facultad: antes de usar la palabra, mirar qué dice el cuerpo. Porque, en definitiva, trabajo de leer personas y cuerpos. Se puede saber mucho de la persona por su forma de andar. Puedo darme cuenta de la fuerza de sus piernas por el movimiento de sus rodillas y de sus pies al rozar el piso. Si mantiene el equilibrio al balancear sus brazos, es que su cerebelo está bien. Cuando aprendí lo que hace ese órgano con nombre gracioso, me pareció hermoso cómo la naturaleza es tan simbólica y misteriosa. Un órgano para ayudar al equilibrio del andar.

También, algo apasionante de mirar a la gente es ver el dolor en sus caras. Se puede interpretar en su expresión facial al sentarse si les duele algo. Y si en la vida les duele algo, se nota. En ella, la tensión era generalizada. Se sentó y con ambas manos se tomó firme de la silla por debajo, estaba incómoda. Luego cruzó los brazos sobre el torso y fijó su mirada al piso… La consulta le daba temor. Su piel parecía bien hidratada, se veía descansada. Respiraba lento, sin dificultad. No mostraba otros síntomas evidentes. El profesional que estaba a mi lado le preguntó si venía a control ginecológico, infiriendo que su motivo de consulta era un simple chequeo. Ella hizo una inspiración profunda. Con un hilo de voz, quebrada, nos contó que tenía treinta años, tres hijos varones, que le daba vergüenza, pero que nunca en su vida había tenido un orgasmo.

Recuerdo las miradas. El silencio. La cara de sorpresa y dudas del especialista llamaron mi atención. La desorientación, esa tensión y timidez ahora reinaban en él. No sé cómo pasó, pero le terminamos dando un montón de papeles de estudios, los de control en salud ginecológica. Y en menos de cinco minutos, sin profundizar en lo que ella traía como inquietud angustiante, terminó la consulta. Nos limitamos a la biología, a la respuesta sexual, no nos animamos a descubrir el contexto. Pero yo me quedé con una sensación extraña: agitada, confundida. Una leve opresión en el pecho no me dejó siquiera hablar del tema. Como si yo también ocultara algo. El otro doctor actuó de la misma manera. No habíamos podido ayudarla, ¿no se suponía que estábamos para eso? ¿Qué es lo que tenía la paciente? ¿Por qué no llegaba al orgasmo? Si nosotros no podíamos resolverlo, ¿a quién debíamos derivarla? Hicimos pasar a la próxima paciente sin decir una palabra.

Más tarde, caminando hacia la sala de partos a controlar unas pacientes, recordé la escena. Saqué de mi chaqueta la minilibreta que llevaba a todas partes para recordar dosis, protocolos y anotar pendientes, y escribí una sola palabra: PLACER. El día recién comenzaba; yo, en posguardia, hacía treinta horas que estaba en el hospital. Por la noche, habían parido cuatro personas; es decir que había dormido aproximadamente tres horas, entrecortadas. Siempre me costó mucho esa dinámica, y hoy la sigo cuestionando. No es seguro para la población ni para la salud del equipo médico trabajar así. Hasta quienes pilotean aviones o conducen transportes tienen controles de su descanso para garantizar la calidad del servicio. El Ministerio de Salud y el de Trabajo no están aún alineados en esta temática en muchos países. Para ser ginecóloga y obstetra, ¿esta es la única opción de formación médica? Me quemó el espíritu. Solo pude sostenerlo diez años.

Esa tarde salí del hospital y subí al transporte público. Algo que usualmente hacía de vuelta a casa era pensar en las personas que había visto y revisar mi libreta. Escribir me dio siempre el poder de recordar. Me ha ayudado a ordenarme, a ser metódica, a estudiar. Sintetizar en los márgenes los libros me ha dado impulso para relatar mi visión de las cosas. Fanática de las listas, anotaba lo que me interpelaba para volver, abrir mis libros y estudiar, e incorporar conceptos. Es un ejercicio que siempre me divirtió.

Comencé a leer las palabras del día. Anoté DIABETES por una paciente de dieciséis años con este diagnóstico en su embarazo. Ella me sensibilizó, siempre venía con los controles de azúcar en sangre alterados. Cuando charlábamos sobre qué comía, eran siempre harinas, fideos o arroz. “Las verduras son para ricos”, me dijo una vez. Nunca las había visto hasta entonces como un privilegio. Entonces comencé a guardarle las viandas que nos daban en la residencia.

Debajo de la palabra DIABETES, la palabra PLACER, así con mayúsculas por Simona. Llegué a casa. Ese día no hice mi ritual: sacarme el ambo, ducharme con música, café y estudiar. Abrí la puerta aún con esa sensación de agitación. Fui corriendo a mi biblioteca, toqué los lomos de todos mis libros. Y de pronto lo vi. Abrí el libro de Ginecología, de Roberto Testa, una suerte de “Biblia/Torá/Texto sagrado” y, sobre todo, liviano (el resto de los libros era de más de novecientas páginas). Me senté en el piso buscando la palabra ORGASMOS, y recién en la página 322 aparecía en “Menopausia y sexualidad”, pero ¡mi paciente tenía treinta y menstruaba! Avancé y casi al final, en la página 522, estaba el capítulo “El ginecólogo frente a problemas sexuales femeninos”.

Me quedé en shock. Preparé un café, me saqué el ambo y me sumergí en la lectura. Descubrí que había una especialidad que era la Sexología. ¿Qué? ¿Entonces por qué no derivamos a Simona a esa especialidad, así como cuando alguien viene con un cáncer de mama la derivamos a Oncología? ¿Habíamos minimizado su síntoma? Desconocíamos por completo el tema. La medicina sexual analizaba las múltiples causas de su problema. No tener nunca orgasmos se llama anorgasmia. Si existía una rama de la ciencia que estudiaba esto, entonces… ¿por qué nunca les preguntamos a las personas por su sexualidad, por su identidad, por su satisfacción?

Tras esa experiencia empecé a ver las cosas distintas. Después de ese día encontré un camino que quería recorrer. ¿Por qué nadie de la medicina sabía o quería hablar de esto? ¿Era como una ciencia oculta?

Meses más tarde encontré un afiche en el pasillo del hospital. Era un congreso internacional que se hacía en la ciudad sobre el tema; no podía creer esa casualidad. Pedí permiso a mis jefes para asistir, pero los horarios eran incompatibles con mis tareas en la residencia. Me lo perdí.

Al año siguiente, a mis treinta, di con un posgrado en Sexología. Ya estaba haciendo uno en Ginecología y Obstetricia. ¿Haría otro más mientras tenía siete guardias por mes? Las cosas en casa no estaban bien y ni siquiera podíamos hablarlo. ¿Iba a pasar más tiempo formándome y evadiendo el tema con mi marido?

Me daba cuenta de que necesitaba sumar este aprendizaje a mi formación. El posgrado duraba dos años, se cursaba los sábados y se abría la inscripción cada dos años; averigüé y justo era el comienzo. Pedí permiso en el hospital, pero no podía porque hacía guardias los sábados, ¿quizás más adelante?

“¡Ahhhhhhhhhh!”, grité en casa, esa noche, en la ducha por la frustración y el cansancio. No me tomé esa respuesta como un no, y comencé a estudiar por mi cuenta. En el último año de mi residencia, el jefe de Ginecología de mi hospital me autorizó a comenzar mi posgrado en Sexología; si bien mi cargo era full time, me comprometí a no faltar a mis tareas. Así comencé este camino hacia el placer. Se me salía el corazón de felicidad.

Lo que pensé que solo iba a ser estudio fue un gran golpe de realidad. Y no fue nada fácil. Tuve que aprender a bajarme de un pedestal académico al que no me había dado cuenta de que me había subido como doctora. Tuve que aprender a usar palabras sencillas para que la información llegara —horizontalmente— y tocara a todas las personas. Tuve que entender que para mucha gente había “malas palabras” que se mencionaban en la consulta y empecé a preguntarme por qué siempre lo malo tenía que ver con el placer.

Fue duro darme cuenta de que tenía que trabajar para mi placer también. Esto me tomó años y llegó más tarde a mi vida. Tenía que revisarme. Analizar mi conocimiento situado, como persona, más allá de como especialista. ¿Me puedo parar en la vereda de enfrente de la gente para hablar de placer? ¿Puedo poner en agenda el placer para mí como persona? ¿Qué costo tiene? ¿Por qué nos cuesta tanto?

Me pasaron cosas, desde tener una tienda de dispositivos/juguetes/alegradores sexuales —como más te guste llamarlos— hasta abrir una web para escribir, reflexionar y hablar del tema. Me sentía la protagonista de Sex and the City. Había creado, a través de la escritura, una comunidad de personas lectoras ávidas por el placer. Evidentemente no estaba sola. Me gustaría poder romantizar toda la secuencia, pero pasaron cosas dolorosas; en el camino tuve que hacer duelos.

Hacía sexología por curiosidad. Yo estaba en un enamoramiento con una especialidad que estudiaba cánceres ginecológicos, la oncología pelviana. Por aquel momento, ya había comenzado mi último año de residencia, entonces solo quería operar. Esa decisión fue el fin de mi

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