PRÓLOGO
Este es un libro para gente muy optimista. Y si no te consideras optimista, ¿me creerías si te digo que para el final de este prólogo podría convencerte de que sí lo eres? Hablo en serio, sin trampas.
Y para explicarte a qué me refiero, permíteme contarte de dónde viene y qué significa la palabra optimismo. La raíz indoeuropea de la palabra “optimista” es “op”. De ella provienen las palabras del español “ópera”, “operario”, “operación”, “opción”, “oportunidad” y tantas otras que comienzan con el mismo prefijo. El prefijo op en latín significa acción. No por nada una ópera está dividida en primer acto, segundo acto, tercer acto. Un operario está ocupado y activo en una fábrica. Y cuando vamos al hospital por una operación, el cirujano entra en acción.
Lo que nos dice este rápido estudio etimológico es que el optimista, desde su raíz o su significado primo, es alguien de acción. Optimistas son todos aquellos que no dejan la realidad como está. Luego de conectarse con ella, luchan por cambiarla y hacerla mejor. No es optimista quien dice respirar brisas frescas con aromas a jazmín en el medio de un basural. Esto es más bien natural del delirante. En cambio, el optimista, cuando está parado frente a la realidad, es activo, pues su inspiración no pasa por la ilusión sino por el cambio.
Lo que caracteriza al optimista no es entonces su pronóstico, que puede ser “positivo” o “negativo”, según el margen de acción que perciba en la realidad, sino su disposición a la acción transformadora. Lo que distingue al optimista es que está dispuesto a aprovechar las muchas o pocas op-ortunidades que le ofrezca la realidad.
El optimista es protagonista de su realidad, y en términos psicológicos es aquel que tiene un locus de control interno. Es decir que la dirección que toma su vida viene desde adentro y no de las presiones externas, el qué dirán o el miedo a lo que piensen otros. Lo que guía es lo interior, los valores y los principios.
¿Y a qué me refería cuando te decía que eres un optimista? Me refiero a que, si decidiste seguir leyendo hasta aquí, te has conectado con la acción, dándote una oportunidad de exponerte hoy por curiosidad al cambio. Y cuando hay deseos de cambio y de crecimiento, Dios tiene la puerta abierta para inspirar nuestro espíritu y llenarlo de optimismo y de transformación por medio de su acción.
La Biblia y la historia de gente de fe está llena de optimistas. Aquellos podían sentirse muy desanimados o entusiasmados, pero en un caso y en el otro se dedicaron a crear un mundo mejor. Como Moisés, que creyó que la libertad de su gente era posible. José, que perdió todo y, sin nada, siguió creyendo que era posible transformar la realidad para bien de la nación de Egipto y el mundo. Cómo no hablar de Jesús, quien se animó a convertirse en uno de nosotros, y creyó que era posible cambiar el universo para siempre.
El hecho de que estés todavía leyendo tiene que ver con tu optimismo, que cree en hacer, en accionar y hoy está leyendo este prólogo hasta el final, porque ¿cómo podemos esperar resultados diferentes si siempre hacemos lo mismo? El optimismo que te llevó hasta aquí en la lectura te seguirá invitando al cambio, porque no quieres seguir siempre en el mismo lugar.
Y hablando de acción, comencé a escribir estas mentas hace una docena de años. Las escribí de a poco. Pensando constantemente en qué necesitaría leer yo mismo, en medio de procesos de cambio, crisis o crecimiento que atravesé repetidas veces en todo este tiempo. También teniendo en mente qué me gustaría que mis pacientes leyeran mientras atravesamos juntos el proceso terapéutico, que siempre aparece con mucha necesidad de optimismo (acción) y la presencia transformadora de Dios.
Menta espiritual es un libro para optimistas, que son a veces positivos y a veces negativos, pero siempre están comprometidos con el cambio, la acción y la creación de una nueva realidad.
Que al leer las próximas páginas te llenes de frescura por dentro, esa que nadie puede sacarnos y que se vive más allá de las circunstancias.
Quizá ser optimista sea vivir poniéndole piel y huesos a los sueños… Pues que estemos aquí ya hace una diferencia. Bienvenido/a a Menta espiritual, aliento fresco para el alma.
NÉSTOR BRUNO
KETTERING, OHIO
A menos que se indique otra versión, todas las citas bíblicas empleadas en este libro corresponden a la Reina Valera 1960.
¿CÓMO LEER ESTE LIBRO?
Queremos que este libro realmente sea un espacio fresco donde encuentres paz y fuerza. Que al leerlo sientas una inyección de confianza y buenas noticias.
Con este deseo en mente, aquí van algunas sugerencias para que consideres a la hora de leer Menta espiritual:
LEE SOLO UNA “MENTA” POR DÍA. Date tiempo para poder absorber cada idea, deja que tu mente y tu espíritu puedan reposar en el mensaje. Cada tema te llevará a un nivel de profundidad que te invitará a reflexionar y a vivir de forma diferente.
ELIGE TU PROPIA AVENTURA. Una manera de leer este libro es hacerlo en el orden de páginas propuesto; también puedes recorrer el índice y buscar el título que llame tu atención en ese momento; o puedes abrir el libro al azar y dejar que te “hable” con el mensaje que te toque.
PUEDES LEERLO A LA MAÑANA, ANTES DE ARRANCAR EL DÍA. Pon tu despertador cinco minutos antes del horario habitual. Empezar el día con Dios te renovará. Además, al hacerlo así, lo convertirás fácilmente en un ritual.
PUEDES LEERLO ANTES DE IRTE A DORMIR. Puedes tener el libro en tu mesa de luz y leerlo todas las noches cinco minutos antes de dormir. Lo último que leemos, miramos o conversamos antes de dormir es lo que la mente subconsciente sigue trabajando durante la noche. Por eso leer algo que te haga bien es ideal para que tu cuerpo, tu mente y tu espíritu se impregnen de salud al ir a dormir.
QUE SEA TU LECTURA PARA EMPEZAR TU DÍA EN EL TRABAJO. Puedes tener el libro en tu escritorio/mostrador/oficina y tomarte unos minutos como rutina justo antes de comenzar la jornada o en la pausa del almuerzo. Te renovará.
USA ESTAS MENTAS PARA ROMPER LA SOLEDAD. La soledad es como una lupa que amplifica todo lo malo y negativo. Compartir la lectura de estas mentas con un amigo, familiar o con tu pareja puede ser el doble de terapéutico. Puedes hacerlo, por supuesto, encontrándote en persona o colocando un horario en que a la distancia, pero como grupo, se conectan con Dios y la lectura, para luego compartir de la forma que más te guste (texto, video, redes, etc.).
Algunas de las mentas que vas a leer narran cuentos o historias. El siguiente índice te ayudará a encontrarlos fácilmente.
Cuentos
Aureolas apretadas, ver aquí.
El borracho que buscaba, ver aquí.
La olla embarazada, ver aquí.
El cuento de la entrada al cielo, ver aquí.
Los bebés de Kamir, ver aquí.
La pérdida de Nasrudín, ver aquí.
La mujer zaparrastrosa, ver aquí.
Paciente y soldado, ver aquí.
Historia del letrero, ver aquí.
El zapatero y el pueblo de los descalzos, ver aquí.
1
UN DIOS ATREVIDO Y ESCANDALOSO
En la Biblia tenemos a un personaje importante que si tuviera que presentarnos a parte de la familia diría así:
“En mi familia tengo una tía que quedó viuda y sin hijos; y como no podía soportar la idea de no tener familia se volvió prostituta para quedar embarazada… ¡y, sí, quedó embarazada nada menos que de su suegro!
No es la única de las mujeres de la familia con esta reputación. Otro de mis tíos conoció a una mujer y se enamoró perdidamente de ella. Mi tía abandonó su vida en la que cambiaba su cuerpo por dinero y se casaron. Todos dicen que de allí en más ella le fue siempre fiel, lo que yo no sé es cómo mi tío pudo superar semejante pasado.
La historia no termina aquí. Otro pariente que era un alto militar tuvo una turbulenta historia de amor. Resulta que desde su terraza solía espiar las casas del vecindario, y una tarde vio a una vecina que tomaba un baño. Sintió que su corazón le palpitaba e hizo todo lo posible para seducirla, pero la mujer era casada y su marido estaba defendiendo el país en la guerra. Nada importó: finalmente la sedujo y luego de un tiempo la mujer quedó embarazada. Para ocultar el embarazo movió todas sus conexiones e hizo traer a su esposo de la guerra. Como esto tampoco resultó, finalmente lo mandó a matar. Sus hijos nunca le perdonaron semejante canallada y uno de ellos intentó asesinarlo”.
En toda familia existen “secretos de familia”: cosas dolorosas o vergonzosas de las que nadie habla. No sé quién de nosotros presentaría su familia a su novio/a en una primera cena familiar contando las historias más escabrosas. Sin embargo, la honestidad de la Biblia es asombrosa: Dios presenta a su familia y los antepasados de su Hijo mencionando a personajes como los que acabamos de describir. Así comienza la biografía de Jesús.
Si no me crees, lee el primer capítulo de Mateo y allí encontrarás personalidades como Tamar (su historia está en Génesis 38), Rahab (Josué 6) y David y sus desventuras con Betsabé (2 Samuel 11). La genealogía de Jesús está cargada de sorpresas y de hechos que probablemente no desearíamos que los demás conocieran como nuestra carta de presentación. El resumen de individuos del principio de este devocional describe a estos personajes de la familia de Jesús.
Es alentador que de esta familia haya salido el ser más amoroso y emocionalmente sano de toda la historia. ¿Quién acaso tuvo una familia perfecta? ¿Quién no tiene temas de su historia familiar que le gustaría obviar? ¿Quién no ha lastimado y ha sido lastimado por los que más ama? Dios presenta a su familia con la seguridad de que no importa el pasado, lo que importa es lo que hacemos con el presente. El poder de Dios puede curar cualquier historia.
A veces pensamos que las grandes cosas están reservadas para gente mejor que nosotros. Antes de consignar una vida grande para Dios al terreno de las superestrellas espirituales, haríamos bien en recordar que servimos a un Dios que invadió este planeta como un recién nacido, pequeño y frágil, que no venía de una familia acomodada y que tenía parientes de los cuales uno se avergonzaría.
La aceptación de Dios es atrevida y escandalosa. Y eso es una enorme noticia. ¡Bienvenido a la familia! Es momento de celebrar el Dios que tenemos y que nos tiene en su familia.
2
EMANUEL, HOY Y SIEMPRE
Cuando era un niño crecí con la idea de que si entraba a un lugar que Dios no aprobaba los ángeles no me acompañaban: se quedaban fuera, y yo, solo. Me los imaginaba tomando limonada en la puerta (no me pregunten por qué tomando limonada) mientras esperaban por nosotros, los pecadores que habíamos entrado sin protección a entregarnos en las manos del enemigo. Y mientras pienso en esta imagen, digo: “¡Qué buenos amigos! Cuando más necesitamos su protección, se toman vacaciones”. Así crecí, también, pensando que los pecados me separaban de Dios y de su presencia. Finalmente un día Dios se encargó de hacerme entender las cosas de otra manera.
En el medio de una situación de arrepentimiento y reflexión, recordé aquellas veces en las que había estado en lugares donde no debía. O los momentos en los que había pecado consciente e intencionalmente. En esas ocasiones siempre escuchaba en mi mente una clara voz que me decía que lo que estaba haciendo no estaba bien y que me lastimaba y lastimaba a otros con mis decisiones.
Reconocí, como en un flash de claridad espiritual, que esa voz era la voz del Espíritu Santo, que luchaba en mi corazón y que estaba conmigo. Sí, conmigo. Descubrí que ni siquiera en el medio del pecado Dios me dejaba. Él estaba sufriendo conmigo durante esta engañosa transacción en la que siempre salimos perdiendo. Dios no nos abandona, aprendí ese día, ni siquiera cuando nosotros lo abandonamos. Nunca. Y esto tiene que ver con el nombre de Dios: Emanuel es “Dios con nosotros”.
Los nombres en los tiempos bíblicos siempre fueron muy importantes y significativos. No es casual que en un reinado de paz y en donde no existieron guerras el rey fue llamado “Pacífico” (o más conocido como Salomón), o que quien escuchó el llamado de Dios y respondió: “Heme aquí, habla que tu siervo oye” se llame “oidor de Dios” (más conocido como Samuel).
En la Biblia, los nombres describen la esencia del carácter y marcan lo distintivo de un destino, de una misión. Jesús significa salvador “porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mateo 1:21). Y teniendo en mente a Jesús, hoy queremos recordar otro de sus nombres, nombre que carga con su carácter y el extracto fragante de la intimidad del amor de Dios. “‘[...] Y lo llamarán Emanuel’ (que significa ‘Dios con nosotros’)” (Mateo 1:23, Nueva Versión Internacional).
Desde su mismo nombre, Dios nos garantiza su presencia entre nosotros. De hecho, en toda la Biblia percibimos un cordón conductor teológico cuya esencia es que Dios quiere estar con nosotros. Desde las primeras líneas del Génesis encontramos a Dios viniendo a nosotros para crearnos y tratándonos como sus hijos.
Dios como padre es la primera idea que tenemos del Señor. Un Ser supremo, todopoderoso, que nos da libertad, que nos ama, que nos aconseja, que nos cuida. Todo eso es Dios en los primeros esbozos que hace la Biblia de su carácter. Un padre que dedica tiempo especial para estar con nosotros (el sábado). Un padre presente que educa y castiga, pero con la particularidad de que el castigo no lo sufren solo sus hijos, sino que lo sufre principalmente Él, como padre.
Luego vemos a Jesús, como hermano, porque Dios no parece conformarse con que entendamos que es nuestro padre, Él quiere también ser hermano y amigo (Juan 15:15). Quiere compartir desde la confianza, quiere que lo toquemos, que lo veamos, que lo conozcamos como un par. Y así viene para estar con nosotros como un hermano, porque sabe que hay dimensiones de la vida que solo podemos compartir con alguien que sentimos al lado. ¿Qué haríamos sin nuestros hermanos? Hasta hemos sufrido a los mismos padres, ¿quién mejor que ellos para entendernos? (padres leyendo, lamentamos que lo sepan
).
Sin embargo, todavía no conforme con esto, Dios quiere volver a buscarnos como el esposo que viene a buscar a su iglesia. Y la idea es compartir la vida, porque el matrimonio es para toda la vida y su vida es la eternidad. Ya no más separaciones, “la morada de Dios” estará con los hombres, “Dios mismo estará con ellos” (Apocalipsis 21:3). Finalmente, el sueño de Dios de estar con nosotros se cumplirá completamente.
Hay muchos más pasajes bíblicos que nos recuerdan la presencia continua de Dios. Aquí te dejo dos de mis preferidos para leerlos con pausa, respirando profundo, dejando que lleguen a tu corazón:
“Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro” (Romanos 8:38,39).
“¿A dónde me iré de tu Espíritu? ¿Y a dónde huiré de tu presencia? Si subiere a los cielos, allí estás tú; y si en el Seol hiciere mi estrado, he aquí, allí tú estás. Si tomare las alas del alba y habitare en el extremo del mar, aun allí me guiará tu mano, y me asirá tu diestra” (Salmos 139:710).
Podemos transitar este día con la plena seguridad de que Dios nos acompaña y no nos deja solos. Y entendámoslo bien, no nos deja solos nunca, ni en la buenas ni en las malas. Ni cuando nos portamos bien o cuando nos portamos mal. Nunca significa, nunca.
3
AUREOLAS APRETADAS
Un hombre va a ver al doctor y le dice:
—Doctor, sufro terribles dolores de cabeza. Nada me alivia. ¿Puede ayudarme?
—Veamos —dice el doctor—, tengo que hacerle unas preguntas. ¿Usa bebidas alcohólicas?
—¿Alcohol? —dice indignado el hombre—. ¡Jamás toco esa porquería!
—¿Fuma?
—Creo que el cigarrillo es asqueroso. Jamás he fumado.
—Disculpe mi indiscreción, pero… usted sabe cómo son algunos hombres. ¿Sale usted por las noches?
—¡Claro que no! ¿Quién se cree que soy? A las diez de la noche estoy ya en la cama.
—Dígame —continúa el médico—, ¿el dolor de cabeza es punzante, como si le estuvieran apretando?
—Sí, es como si algo me apretara con fuerza.
—Entonces creo que es más sencillo de lo que pensaba. Su problema es que lleva la aureola demasiado apretada. Solo hace falta aflojarla un poco.
¿Puede ser sana una espiritualidad que se caracteriza por llenarnos de “prohibiciones”? ¿O la espiritualidad sana nos llena más bien de posibilidades nuevas y más saludables de crecimiento? No es para nada lo mismo una espiritualidad que es conocida por todo lo que prohíbe (tan común cuando pensamos en muchas denominaciones cristianas) que una espiritualidad que se basa en todas las posibilidades que trae vivir en la luz de la libertad, eligiendo lo que nos mantiene libres, y diciendo “no”, pero porque primero hemos dicho “sí” a lo que realmente nos hace bien. Imaginemos que nuestra espiritualidad o religiosidad sea famosa por traer libertad.
Pensemos esto un poco más. Otra historia nos sirve para entender este tema. Un hombre, que evidentemente estaba ebrio, se arrastraba debajo de una luz del alumbrado público en una calle a las 3 de la madrugada. Pasando en la patrulla, un oficial de la Policía lo llamó:
—Escúcheme, ¿qué está haciendo ahí? ¿Necesita ayuda?
—Estoy bus… buscando mi billetera —explicó el hombre—. La, la perdí… en la esquina de las calles Charcas y Paraguay.
—¿Charcas y Paraguay? —exclamó el oficial—. ¡Pero esto es Güemes y Uriarte!
—Ya séeee —dijo el hombre—. Pero aquí hay me… mej... mejor luz.
Si estamos buscando la libertad que hemos perdido bajo una espiritualidad basada en prohibiciones y no en nuevas posibilidades, quizá lo que necesitamos es buscar partiendo del lugar correcto. De nada sirve tener más luz si estoy buscando en el lugar errado. Felipe entendió esta realidad cuando le preguntó a Jesús cuál era el camino al Padre, a lo que el Señor respondió: “Yo soy el camino, y la verdad y la vida” (Juan 14:6). Imitar e inspirarse en la vida de Jesús nos marca el camino a más vida, más verdad y más libertad.
Pablo fue alguien que antes de su conversión había vivido la experiencia de una religión que se construye desde la prohibición, hasta que encontró libertad en Jesús. “Conocerán la verdad, y la verdad los hará libres”, solía decir Cristo (Juan 8:32, Palabra de Dios para Todos).
Pablo no experimentó la libertad espiritual hasta que conoció a Cristo. Previamente, todo estaba reglado, permitido o prohibido en su experiencia religiosa. Solo para respetar el día de reposo (sábado) debía guardar 39 mandamientos.
En Jesús encontró el placer de disfrutar del camino que se abre cuando uno se niega a transitar por el que no conviene. Es algo que transita un adicto cuando dice “no” a lo que lo esclaviza y comienza un proceso de recuperación. Con cada “no” que sentencia al objeto de su adicción, proclama un “sí” sobre las opciones que llevan a recuperar la propia libertad y la vida.
La religión sana, la espiritualidad que libera el alma, no se basa en prohibiciones sino en nuevas posibilidades. En decir “no” porque primero hemos decidido decir “sí” a una mejor opción. Es, al fin y al cabo, ser libres. Como siempre lo quiso Jesús.
4
(NO) TENGO MIEDO
¿Sabías cuál es el mandamiento que más le repitió Jesús a los discípulos? Solemos creer que fue que se amen unos a otros, que sean unidos, que prediquen y bauticen o alguna otra cosa por el estilo. Sin embargo, lo que más reiteró Jesús fue: “¡No teman, no tengan miedo!”. Lo dijo 29 veces en los evangelios. Casi podemos leer una cada día del mes.
En cierta ocasión, luego de un día muy largo de predicación y sanación de enfermos, Jesús se duerme en el barco de los discípulos. Mientras Él duerme, se levanta una “tempestad” tan fuerte que, al describirla, Mateo —que va en la barca esa noche— usa la palabra griega seismos, que en castellano es “sismo”: la asemeja a un terremoto. Las olas son tan altas que cubren la barca.
Finalmente, despiertan a Jesús. Jesús calla a la tempestad y luego se experimenta una “gran calma” (Mateo 8:2327, Nueva Traducción Viviente). Lo que llama la atención es la pregunta de Jesús: “¿Por qué tienen miedo?” (versículo 26). La respuesta parece obvia: los discípulos tienen miedo a la tormenta, miedo a morir, miedo a no poder salir de esta situación, miedo a pelear con todas sus fuerzas y ser derrotados por la fuerza de la tormenta, desesperación porque las cosas, en lugar de mejorar, empeoran. Y se están hundiendo... literalmente.
Una vez pregunté a mis compañeros de trabajo qué sentían cuando experimentaban lo contrario al miedo, qué sentían cuando no tenían miedo. Me respondieron: valentía, coraje, confianza, alegría, paz, fe, “siento que puedo”, etcétera. Me di cuenta de cuán tóxico es el miedo: cuando se apodera de nosotros echa fuera la alegría, la paz y la fe. Y me temo que el miedo se ha vuelto una emoción muy cotidiana en nuestra vida. Especialmente durante la pandemia, ha sido la emoción más común en el mundo.
Jesús se despierta y hace lo que solo Él sabe hacer: lo imposible. Les recuerda que Él tiene recursos que ellos no conocen, les recuerda que viajan con Dios (versículo 27). Jesús nos hace entender que, en las tormentas del mar de la vida, Él no está en el cielo, ni en la playa: está con nosotros en la barca. ¿Por qué cuesta tanto dejarlo actuar? Quizás, en el fondo nos preguntamos: “¿Qué podría hacer Él que nosotros no estemos haciendo?”.
Mientras
